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Perico, el conejo travieso

Ilustración: Beatrix Potter

Había una vez cuatro conejitos que se llamaban Pelusa, Pitusa, Colita de algodón y Perico. Vivían con su madre bajo las raíces de un abeto muy grande.

Una mañana, su madre les dijo:

—Hijitos, podéis ir a jugar al campo o a correr por la vereda…, pero no vayáis al huerto del tío Gregorio. «Ya sabéis la desgracia que le ocurrió allí a vuestro padre; ¡la tía Gregoria lo cocinó en pepitoria! ¡Hala! Id ya a jugar y no hagáis travesuras. Yo tengo que salir.

Entonces, la mamá coneja cogió su cesta y su paraguas y se fue por el bosque a la panadería. Allí compró una barra de pan moreno y cinco bollos.

Pelusa, Pitusa, y Colita de Algodón, que eran unas conejitas muy buenas, se fueron por la vereda a recoger zarzamoras. Pero Perico, que era muy travieso, se fue derecho al huerto del tío Gregorio, y estirándose mucho…, ¡se coló por debajo de la verja!

Primero comió unas lechugas, después unas judías verdes y por último…, ¡se zampó unas zanahorias! Al rato, ya le dolía la tripa de tanto comer y se fue a buscar unas ramitas de perejil.

Pero al dar la vuelta al invernadero… ¡se dio de narices con el tío Gregorio que estaba de rodillas plantando coles!

En cuanto vio a Perico, se lanzó tras él blandiendo el rastrillo y gritando: «¡Al ladrón!».

Perico estaba muerto de miedo. Corría de acá para allá por todo el huerto sin encontrar la verja por donde había entrado.

Perdió uno de sus zapatos entre las coles y el otro en el campo de patatas.

Sin zapatos, comenzó a correr a cuatro patas tan deprisa, tan deprisa que hubiera conseguido escapar a no ser porque… ¡los botones de su chaqueta se engancharon en una red que cubría una mata de grosellas! Perico acababa de estrenar una preciosa chaqueta azul con botones dorados.

Perico se dio por vencido y empezó a llorar. Por suerte, unos gorriones muy simpáticos que volaban por allí lo animaron para que hiciera un último esfuerzo.

El tío Gregorio ya estaba encima de Perico y trababa de atraparlo con una criba. Pero en el último instante, Perico consiguió escabullirse, dejando tras de sí su chaqueta.

Corriendo a más no poder, se metió en la caseta de las herramientas y, de un salto, se escondió en la regadera. Habría sido un escondite perfecto si no hubiera sido porque… ¡estaba llena de agua!

El tío Gregorio estaba seguro de que Perico se escondía en la caseta, así que fue levantando los tiestos uno por uno a ver si lo encontraba.

De repente, Perico estornudó:

—A… a… ¡achís! —Y el tío Gregorio se lanzó tras él de nuevo.

A punto estaba de pisarlo, cuando Perico, de un salto, se escapó por la venta, volcando unas cuantas macetas. La ventana era demasiado pequeña para el tío Gregorio y, además, estaba cansado de perseguir a Perico, así que dio media vuelta y volvió a su trabajo.

Perico se sentó a descansar; estaba sin aliento, temblaba de miedo y no tenía ni la menor idea del camino que debía seguir. Además, estaba empapado mojado por lo de la regadera.

Después de un rato, empezó a rondar por los alrededores, dando pequeños saltitos: «plop, plop, plop», y mirando a ver qué veía.

Por fin, encontró una puerta en la tapia que rodeaba el huerto, pero estaba cerrada y no había sitio para que un conejito tan gordo como él pudiera pasar por debajo.

Vio un ratoncito que entraba y salía por debajo de la puerta, llevando guisantes y judías a su familia que vivía en el bosque. Perico le preguntó dónde quedaba el camino para llegar a la verja, pero el ratón, que se estaba comiendo un guisante en ese momento, se atragantó. Solo movía la cabeza de un lado a otro; y Perico se echó a llorar.

Trató de encontrar un camino a través del huerto, pero cada vez estaba más desorientado. Llegó al estanque donde el tío Gregorio llenaba sus regaderas. Había allí una gata blanca que miraba fijamente a los peces de colores. Estaba sentada sin moverse pero, de vez en cuando, la punta de su cola se estremecía como si estuviera viva. Perico se marchó sin dirigirle la palabra… ¡Había oído cosas terribles de los gatos en boca de su primo, el conejito Benjamín!

Volvió de nuevo a la caseta de herramientas, pero, de pronto oyó el ruido del azadón, «zas, zas, zas», al cavar la tierra. Perico se agazapó bajo unos arbustos. Al ver que no pasaba nada, decidió salir de su escondrijo y se subió en una carretilla para echar un vistazo. Lo primero que vio, fue al tío Gregorio escardando cebollas. Estaba de espaldas a Perico, y el conejito pudo ver que más allá estaba… ¡la verja!

Perico se bajó de la carretilla sin hacer ruido y echó a correr por una senda medio oculta entre matas de grosella.

El tío Gregorio lo vio cuando Perico doblaba la esquina del huerto, pero ya era demasiado tarde. Perico se deslizó por debajo de la verja y llegó, sano y salvo, al bosque.

El tío Gregorio recogió la chaqueta y los zapatos de Perico y, con ellos, hizo un espantapájaros para asustar a los mirlos.

Perico no paró de correr hasta que llegó a su casa, bajo las raíces del gran abeto.

Estaba tan cansado, que se dejó caer en el suelo blando y arenoso de la madriguera y allí se quedó, con los ojos cerrados. Su madre estaba cocinando y, al verlo llegar, se preguntó qué habría hecho con su ropa… ¡era la segunda chaqueta y el segundo par de zapatos que perdía en dos semanas!

Lamento decir que Perico no se sintió muy bien aquella noche. Su madre lo acostó, le preparó una infusión de manzanilla amarga… ¡y obligó al pobre Perico a tomarla! «Una cucharada sopera antes de acostarse», como decía el médico.

En cambio, sus hermanas Pelusa, Pitusa, y Colita de Algodón cenaron tan ricamente sopas de leche y, de postre, zarzamoras.

FIN

El gato, el gallo y el zorro

Ilustración: dreamstime

En otros tiempos vivió un anciano que tenía un gato y un gallo muy amigos uno de otro. Un día el viejo se fue al bosque a trabajar; el gato le llevó el almuerzo y el gallo se quedó para guardar la casa. Pasado un rato se acercó a la casa un zorro y situándose debajo de la ventana, se puso a cantar:

—¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro! Si te asomas a la ventana te daré un guisante.

El gallo abrió la ventana y, en un abrir y cerrar de ojos, el zorro lo agarró por el cuello para llevárselo a su choza. El gallo se puso a gritar:

—¡Socorro!, ¡socorro! El zorro me ha atrapado y me lleva por bosques obscuros, profundos valles y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

Cuando el gato oyó los gritos, echó a correr en ayuda del gallo; encontró al zorro, le arrancó el gallo y se lo llevó a casa.

—Ten cuidado, querido Gallito, de no asomarte más a la ventana —le dijo el gato—. No hagas caso del zorro, que lo que quiere es comerte sin dejar de ti ni siquiera los huesos.

Al día siguiente, se fue de nuevo el anciano al bosque; el gato le llevó la comida y el gallo se quedó a cuidar de la casa, no sin haberle recomendado el buen viejo que no abriese la puerta a nadie y que no se asomase a la ventana.

Pero el zorro, que tenía muchas ganas de comerse al gallo, se puso debajo de la ventana y empezó a cantar como el día anterior:

—¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro!, asómate a la ventana y te daré un guisante y otras semillas.

El gallo, nervioso, se puso a pasear por la cabaña sin responder al zorro. Entonces, este repitió la misma canción y le echó un guisante por la ventana. El gallo, después de comérselo, le dijo al zorro:

—No, zorro, no me engañas; lo que tú quieres es comerme sin dejar de mi ni siquiera los huesos.

—¿Pero por qué te figuras que yo te quiero comer? Lo que yo quiero es que vengas a mi casa a hacerme una visita. Te presentaré a mi familia y te agasajaremos como te mereces.

Y otra vez se puso a cantar con una voz muy suave:

—¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro y cabecita de seda!, asómate a la ventana; así como te di un guisante te daré también semillas.

El gallo asomó la cabeza por la ventana y el zorro lo atrapó con sus patas y, sin perder ni un instante, se lo llevó a su choza.

El gallo, asustado, se puso a dar grandes gritos:

—¡Socorro!, ¡socorro! El zorro me ha atrapado y me lleva por bosques obscuros, profundos valles y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

El gato oyó los gritos del gallo, lo buscó por todas partes y al fin lo encontró; se lo quitó a el zorro, lo llevó de regreso a casa y le dijo:

—¿No te había dicho, querido Gallito, que no mirases por la ventana? Cualquier día te comerá el zorro y no dejará de ti ni siquiera los huesos. Ten cuidado mañana porque iremos muy lejos de casa y no te podré oír ni ayudar.

Al día siguiente, el viejo se marchó otra vez al campo y el gato, como de costumbre, le llevó la comida.

Cuando el zorro vio que se habían marchado, se puso bajo la ventana de la cabaña y se puso a cantar la misma canción de siempre. La repitió tres veces, pero el gallo no respondía.

—¿Qué te pasa? –dijo el zorro–. ¿Por qué hoy, gallito, no me respondes?

—No, zorro; esta vez no me engañas; no miraré por la ventana.

El zorro le echó por la ventana un guisante y varias semillas y se puso a cantar muy dulcemente:

–¡Quiquiriquí, gallito de cresta de oro y cabecita de seda, asómate a la ventana! Yo tengo un gran palacio; en cada rincón hay sacos de grano y podrás comer tanto como quieras. ¡Si tú vieras cuántas golosinas tengo allí para ti! No creas lo que dice el gato, que si yo hubiese querido comerte ya lo habría hecho. Yo te quiero mucho, y mi deseo es que viajes y conozcas tierras nuevas para que aprendas a vivir bien en el mundo. ¿Me tienes miedo? Pues mira, asómate a la ventana, que yo me retiraré un poquito.

Y se escondió debajo de la ventana. El gallo saltó sobre el marco y se asomó. El zorro, de un golpe, lo agarró por el cuello y se lo llevó a su casa.

El gallo se puso a dar gritos desesperadamente llamando al gato para que lo socorriera; pero tanto el viejo como el gato estaban muy lejos y no lo oyeron.

Apenas el gato volvió a casa, se puso a buscar a su amigo, y no encontrándolo, pensó que le habría ocurrido la misma desgracia de siempre.

Cogió una lira y un palo y se fue en busca de la choza del zorro. Una vez llegó, se sentó y empezó a cantar acompañándose con la lira:

—Tocad, cuerdecitas de oro. ¿Está en casa el señor zorro? ¡Qué hermosas son sus hijas, la mayor Maniquí, la otra Ayuda Maniquí, la tercera Dame el Huso, la cuarta Carda la Lana, la quinta Cierra la Chimenea, la sexta Enciende el Fuego y la séptima Hazme Pasteles!

El zorro, oyendo cantar, dijo a su hija Maniquí:

—Sal a ver quién canta tan bonita canción.

Apenas Maniquí se presentó al gato, éste le dio un golpe en la cabeza con el bastón y la guardó en un saco que llevaba. Repitió la misma canción, y el zorro envió a su segunda hija, y después envió a la tercera, y así hasta la última.

Conforme salían de la choza, el gato les daba un golpe y las guardaba en su saco. Por fin salió el mismísimo zorro, y apenas el gato lo vio, le dio con el palo un golpe tan fuerte en la frente, que el zorro cayó rodando por el suelo para no levantarse más.

El gallo se puso muy contento, saltó por una ventana, dio las gracias al gato por haberlo salvado y volvieron los dos a casa del viejo, donde los tres vivieron muy felices durante muchos años.

FIN

¿De quién es este huevo?

Ilustración: stokrotas

—Uno…, dos …, tres …, cuatro …, cinco …, seis… —contó mamá gallina con alegría—. He contado cuidadosamente todos los huevos. Hay seis en total. Pero ¿por qué este es tan grande? Estos cinco huevos parecen iguales, está claro que son míos, ¡Son tan perfectos! Pero ¿por qué este es tan grande? ¡No creo que sea mío!

Después, la gallina se preguntó: «Si este no es mi huevo, entonces ¿de quién podrá ser? Creo que debo averiguar quién es su verdadera madre». A continuación, puso todos los huevos en una cesta se la colgó del ala derecha con mucho cuidado y salió de su gallinero.

A la primera que encontró fue a la gata. La gallina la saludó amablemente:

—Buenos días, señora gata, en mi nido he encontrado un huevo muy diferente, inusual. Demasiado grande para que sea mío. Es más, ¡estoy segura de que no es mío! ¿Puedes echarle un vistazo y comprobar si es tuyo?

La señora gata maulló suavemente:

—Estimada señora gallina, los gatos criamos a nuestros hijos con mucho amor, como tú, pero no ponemos huevos. Las gatas damos a luz a los gatitos. Y ahora discúlpame, mis gatitos ya deben estar llorando de hambre. Los tengo que alimentar con mi leche. Te veo luego, adiós.

Doña gallina siguió adelante. Después de un rato, se topó con la perrita que guardaba la granja. La señora gallina le preguntó:

—Doña perrita, hay un huevo inusual junto a mis huevos. Estoy buscando a la madre de ese huevo raro, ¿podría ser tuyo? Míralo, aquí lo traigo.

—¿Cómo? ¿Mi huevo? ¡No, no! ¡Yo no pongo huevos! Los perros no ponemos huevos. Damos a luz a nuestros cachorros y les damos de comer de nuestra leche. Si el huevo no es tuyo, mío tampoco es. Será mejor que vayas y preguntes a otro animal de la granja —gruñó la señora perrita de mala gana.

—Siento mucho haberte molestado —dijo la gallina en voz baja. Y se alejó a paso rápido.

La señora gallina anduvo y anduvo y llegó al otro extremo de la granja. Allí vio a una cerdita muy gorda acostada sobre un gran charco, justo al borde del camino. Se acercó a ella y le habló así:

—Hola, señora cerdita, querría hacerte una pregunta. Resulta que encontré un huevo diferente entre los míos y quiero devolvérselo a su madre. ¿Podrías mirarlo para comprobar si es tuyo?

La señora cerdita ni siquiera se molestó en mirarlo y tampoco respondió.

La señora gallina insistió:

—Señora cerdita, por favor, hazme caso, mira este huevo y dime si es tuyo.

Esta vez, la cerdita contestó airadamente:

—¡Tú debes de ser tonta! ¿Acaso no sabes que mis lechones, no salieron de un huevo? ¡Yo les di a luz y los alimento con mi leche! Y ahora, ¿dejarás ya de molestarme? —Y volvió a remojarse en el charco.

La señora gallina, desanimada, caminó un poco más y, no muy lejos, se encontró con una vaca que pastaba plácidamente en la pradera. Se dirigió a ella con estas palabras:

—Señora vaca, he encontrado este huevo tan grande que alguien dejó en mi nido y quisiera devolvérselo a su madre. ¿Serías tan amable de comprobar si es tuyo?

Doña vaca observó detenidamente el huevo y luego mugió con calma:

—No es mío señora gallina, las vacas damos a luz a nuestros terneros, no ponemos huevos. Alimentamos a nuestros terneros con leche. Entre los animales que viven en la tierra y tienen cuatro patas sé que los lagartos ponen huevos; tal vez el huevo sea de doña lagarta. Si sigues este camino, la encontrarás tomando el sol sobre una piedra.

Dicho esto, la vaca siguió rumiando y doña gallina reemprendió su camino. De pronto alzó la vista y, muy contenta, descubrió a doña lagarta tomando el sol sobre una piedra y le preguntó:

—Doña lagarta, si no te importa, ¿puedo preguntarte una cosa?

—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó la lagarta.

—Mira estos huevos. Estos cinco son míos, pero este grande no lo es. ¿Por casualidad no será tuyo? ¿No tendrás que darle leche para que rompa el cascarón?

La señora lagarta miró los huevos e inmediatamente respondió:

—Señora gallina, aunque pongo huevos yo no alimento con leche a mis bebés. Y, de todas formas, este huevo no es mío. Los que pongo yo son más pequeños.

—Si no es tuyo, ¿no sabrías de quién puede ser?

—Ni idea. Y ahora, si me disculpas, debo marcharme; parece que está a punto de llover y he de buscar un agujero para cobijarme.

—Gracias por escucharme, doña lagarta. ¡Qué le vaya muy bien!

La señora gallina siguió su camino hasta que dio con una familia de cabras. Las cabritas estaban mamando la leche de mamá cabra y la señora gallina se dirigió a ella:

—Buenos días señora cabra, esta mañana, cuando conté mis huevos, vi que había uno más grande que los demás y comprendí que no era mío, así que desde entonces estoy tratando de averiguar quién es su madre. Ya sé que no es tuyo, porque veo que das de mamar a tus hijitos, así que no debes poner huevos. Pero ¿podrías decirme si sabes de quién es?

La señora cabra miró el huevo, cerró los ojos y reflexionó durante un rato:

—No estoy segura de que este huevo pertenezca a un animal de cuatro patas. Los cocodrilos ponen huevos, pero aquí no hay cocodrilos. Las tortugas también ponen huevos, pero tampoco hay tortugas por aquí. Creo que para descubrir de quién es este huevo, deberías preguntar a las aves.

—Muchas gracias. Seguiré tu consejo.

No muy lejos de allí, la señora gallina se encontró a doña pata. Antes de que la señora gallina tuviera tiempo de abrir el pico, la pata graznó nerviosa y le preguntó a dónde se dirigía.

Doña gallina respondió:

—Hace horas que estoy dando vueltas por la granja intentando buscar a la madre de este huevo. He preguntado a todos los animales de la granja, pero todos me han respondido que dan a luz a sus hijos y los alimentan con leche; no ponen huevos. La señora cabra me sugirió que preguntara a las aves.

—¡Déjame ver ese huevo! —dijo nerviosa la señora pata.

La señora gallina dejó la cesta en el suelo y dijo:

—Es este; es demasiado grande. Alguien debe haberlo dejado en mi nido, por eso estoy dando vueltas para descubrir a quién pertenece. ¡Estoy tan cansada!

—Con tu permiso, veré si es el mío…. ¡Soy tan despistada! ¡No recuerdo dónde dejé mi huevo esta mañana! ¡Llevo todo el día buscándolo!

Doña pata estiró el cuello para mirar dentro de la cesta y, justo entonces, el gran huevo comenzó a eclosionar y asomó un pequeño patito.

Doña gallina miró al patito y dijo emocionada:

—¡Se parece mucho a ti!

Apenas había terminado de decir eso, cuando los otros huevos también comenzaron a eclosionar y de dentro salieron los pollitos.

Tanto la señora gallina como la señora pata estaban contentas. Se felicitaron mutuamente y observaron con alegría como el patito y los pollitos correteaban por todas partes para encontrar comida.

FIN

El país de los memos

Ilustración: garbages

Allá por los tiempos de María Castaña vivió un anciano viudo muy pobre, el cual tenía tres hijos a los que no sabía cómo mantener y mucho menos aún sabía qué dejarles en herencia el día que muriera.

Un día, los llamó para entregarles las tres únicas cosas que poseía y les dijo:

—Hijos míos, yo no he tenido suerte en la vida, pero quizá vosotros la tengáis. A cada uno le daré una cosa que si bien es verdad que no es muy valiosa, el que sea listo sabrá qué hacer con ella para enriquecerse.
A ti, que eres mi hija mayor, te daré el gallo; a ti, hijo mío, que eres el mediano, te daré el gato; y a ti, mi pequeña hija, te daré el martillo y el cincel.
Ahora pues, coged vuestra herencia y recorred el mundo. Recordad que debéis ser buenas personas, pero intentad enriqueceros.

Los tres hijos se despidieron de su padre y decidieron dirigirse a la tierra de los memos.

La hermana mayor, con su gallo, llegó una noche a un pequeño pueblo. En aquel lugar la gente se paseaba por las calles, arriba y abajo, sin parar. Lloraban y gemían. Cuando quiso saber el porqué de aquel extraño comportamiento, un anciano le respondió:

—Tenemos que estar atentos, no podemos dormirnos. Hacemos turnos durante toda la noche para asegurarnos de que mañana se haga de día. Pasamos la noche pidiendo al sol que salga puntual. Imagina que un día, al despertar, él no estuviera, ¿qué haríamos nosotros sin sol?

La chica pensó para sus adentros que aquel era, en verdad, un pueblo de memos y elevando la voz para que todo el mundo la escuchara, dijo:

—En mi país no tenemos que pasar las noches en vela para pedirle al sol que salga cada mañana porque tenemos un animal muy especial. Veréis, cuenta una leyenda que ese bicho, al que se lo conoce con el nombre de gallo, es, en realidad, el mismísimo hijo del sol y cada mañana, con su potente voz, llama a su padre y lo despierta. Casualmente, llevo uno de estos animales conmigo, si queréis, os lo puedo vender. Dejad de llorar y marchaos todos a la cama.

Los habitantes del pueblo se quedaron maravillados al ver aquel bicho raro llamado gallo, al que no habían visto en su vida. Justo al alba, el gallo llamó a su padre el sol con su quiquiriquí y este le hizo caso. Poco a poco, se fue elevando en el cielo e iluminó el mundo ante la asombrada mirada de los pueblerinos, que se apresuraron a pagar una fortuna a la hermana mayor por el gallo. La muchacha, con un saco lleno de oro, emprendió el regreso.

Entre tanto, el hermano mediano había llegado a un pueblo también habitado por memos, aunque de otra clase En aquel pueblo, toda la gente andaba por la calle protegida con recios trajes, a pesar del sofocante calor que hacía. Armada con palos o escobas. lloraba y gritaba:

—¡Por allí!, ¡por allí! ¡Tenemos que acabar con ellos! ¡Cuidado! ¡Cuidado!

Parecían aterrados y miraban en todas direcciones, como si los acechara un terrible enemigo. Cuando el chico preguntó qué ocurría, le respondieron que había llegado al pueblo una familia de extraños seres que mordían todo lo que estaba a su alcance.  Tenían miedo de que acabaran royendo los cimientos de las casas y a ellos mismos y los querían echar de allí.

Comprendió enseguida el hermano mediano que aquella familia de extrañas bestias que le describían era, seguramente, un grupo de ratones, así que dijo:

—Me temo que esos animales que os atacan se llaman ratones. Si es así, yo tengo la solución. Os presento a mi gato, especialista en cazar ratones. Si queréis, os lo vendo. Él solo se encargará de solucionar vuestro problema.

Al ver aquel animal tan raro, la gente no daba crédito, pero cuando comprobaron que en un abrir y cerrar de ojos cazaba a uno de los roedores, no dudaron ni un instante y pagaron una fortuna por el minino. El chico, muy contento, regreso a su casa con un saco lleno de monedas de oro.

No muy lejos de allí, la hermana pequeña llegó a una aldea también habitada por memos. En ella, las casas tenían puerta, pero no tenían ni una sola ventana. La gente corría por las calles con cazamariposas en las manos, aunque no se veían mariposas cerca. Al preguntar la chica qué ocurría, los del pueblo le dijeron que hacía años que intentaban cazar rayos de sol para iluminar el interior de las casas, pero que no había forma de conseguirlo. La hermana pequeña vio claro enseguida qué debía hacer:

—Tengo algo que solucionará vuestro problema. ¡Mirad!, se trata de un utensilio llamado cincel, que funciona junto a otro llamado martillo. Tienen el poder de comer piedra. Veréis como en un abrir y cerrar de ojos arreglamos esto.

En seguida, empuñando cincel y martillo, la muchacha abrió una ventana en una de las casas y la luz iluminó sus oscuras estancias. Los vecinos del pueblo, maravillados al ver que aquellos dos instrumentos que jamás habían visto antes eran tan útiles, pagaron una fortuna y los compraron y la muchacha regresó a su pueblo cargada de oro.

Cuando los tres hermanos se reencontraron, se contaron sus aventuras. Estaban muy felices. La herencia que habían recibido de su padre era más mucho más valiosa de lo que habían pensado y estaba en su interior.

FIN

El señor Korbes

Ilustración: Kristin Tercek

Érase que se era una vez, una gallinita y un gallito que decidieron salir juntos de viaje.

Construyeron un hermoso carruaje con cuatro ruedas encarnadas y engancharon cuatro ratoncitos para que tiraran de él.

La gallinita y el gallito montaron en el carruaje y emprendieron la marcha.

Al poco rato, se encontraron con un gato que les preguntó:

—¿Adónde vais?

Y ellos le respondieron:

Por el mundo vamos;

y del señor Korbes,

la casa buscamos.

—Llevadme con vosotros —suplicó el gato.

—Con mucho gusto —respondieron la gallinita y el gallito—. Siéntate detrás, no sea que te caigas por delante.

Y el carrito cantó:

Cuidado al saltar,

que mis ruedas coloradas

no se vayan a ensuciar.

Ruedecitas, rodad;

ratoncillos, silbad.

Por el mundo vamos

y del señor Korbes

la casa buscamos.

Durante el camino, subieron al carrito una piedra de molino; luego, un huevo; luego, un pato; luego, un alfiler y, finalmente, una aguja de coser. Todos se instalaron en el coche y siguieron viaje; y el carrito cantaba:

Cuidado al saltar,

que mis ruedas coloradas

no se vayan a ensuciar.

Ruedecitas, rodad;

ratoncillos, silbad.

Por el mundo vamos

y del señor Korbes

la casa buscamos.

Pero al llegar a la casa del señor Korbes, este no estaba.

Así que los ratoncitos aparcaron el coche en el granero; el gallito y la gallinita volaron a una percha; el gato se sentó junto a la chimenea; el pato fue a posarse en la barra del pozo; el huevo se envolvió en una toalla; el alfiler se clavó en un almohadón de la butaca; la aguja se instaló en la almohada de la cama y la piedra de molino se colgó sobre la puerta de entrada.

Llegó por fin el señor Korbes y se dirigió a la chimenea para encender el fuego; pero el gato bufó asustado y le llenó la cara de ceniza.

Corrió el señor Korbes al pozo para lavarse y el pato le salpicó de agua todo el rostro.

Quiso secarse con la toalla y se golpeó contra el huevo, que se rompió y se le enganchó en los ojos.

Deseaba descansar después de tantos tropiezos; sentóse en la butaca y lo pinchó en el trasero el alfiler.

Encolerizado, se echó en la cama y al apoyar la cabeza en la almohada, se clavó la aguja en el cogote.

Más que furioso, se dirigió a la calle; pero, al abrir la puerta, la piedra de molino le cayó en medio de la cabeza y casi lo mató.

¡Qué mala persona debía de ser ese señor Korbes para que le ocurriera tantas desgracias!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El señor Korbes» con la voz de Angie Bello Albelda

De cómo se instaló la gata dentro de la choza

Ilustración: Picolo-kun

Había una vez una gata, una gata salvaje, que vivía sola en el matorral. Cuando al cabo del tiempo se cansó de su soledad, tomó por esposo a otro gato salvaje que, a sus ojos, era la criatura más espléndida de la selva.

Paseaban juntos cierto día por un sendero entre la hierba alta, cuando, zas, de la pradera salió de un brinco el Leopardo y le pegó un revolcón al marido de la gata, que quedó despanzurrado en el suelo.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Mi marido ha mordido el polvo; ahora comprendo que la criatura más espléndida de la selva no es él, sino el Leopardo –y la Gata se fue a vivir con el Leopardo.

Vivieron muy felices hasta que un día, cuando cazaban en el matorral, de pronto, catapún, de entre las sombras saltó el León, aterrizó en el lomo del Leopardo y se lo zampó.

–¡ Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida de la selva no es el Leopardo, sino el León.

Y la Gata se marchó a vivir con el León.

Vivieron juntos muy felices hasta que un día, cuando acechaban a sus presas en el bosque, una figura enorme se cernió sobre ellos y fu–chu, el Elefante plantó su pata sobre el León y lo dejó planchado.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida no es el León, sino el Elefante.

Así pues, la Gata se fue a vivir con el Elefante. Trepaba en su lomo y se acomodaba ronroneando en su cuello, justo entre las orejas.

Vivieron juntos muy felices hasta que un día, cuando paseaban entre las altas cañas de la margen del río, ¡pa–wa!, se oyó una fuerte detonación y el Elefante se desplomó en la tierra.

Al mirar a su alrededor, la Gata solo alcanzó a ver un hombrecillo con una escopeta.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida de la selva no es el Elefante, sino el Hombre.

Y, así, la Gata echó a andar detrás del Hombre y, al llegar a su casa, se encaramó de un salto al techo de paja de la choza.

–Por fin he encontrado a la criatura más espléndida de toda la selva.

Vivió felizmente en el techado de la choza y comenzó a atrapar a los ratones y las ratas de la aldea. Hasta que un día, mientras se calentaba al sol sobre la choza, oyó ruidos procedentes del interior. Las voces del hombre y de su esposa fueron subiendo de volumen poco a poco hasta que ¡wara–wara–wara…yo–ui!, por la puerta salió despedido el hombre y aterrizó en el polvo.

–Con que sí, ¿eh? –dijo la Gata–. Ahora sé quién es de verdad la criatura más espléndida de la selva: la Mujer.

La Gata descendió del techo, entró en la choza y se arrellanó junto al fuego.

Y allí está instalada desde entonces.

FIN

El ratón de campo y el ratón de ciudad

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Ilustración: Audrey Benjaminsen

En un pequeño pueblecito en medio de las montañas, vivieron hace muchísimo tiempo dos amigos que, por cuestiones que ahora no vienen a cuento, tuvieron que separarse, de modo que uno de ellos acabó quedándose a vivir en el campo y el otro se fue a vivir a la capital.

Pasaron muchos años sin verse, hasta que, un día, el ratón de ciudad decidió regresar a su antiguo hogar y hacerle una visita a su viejo amigo del pueblo para demostrarle lo mucho que había triunfado en la vida. Eligió con cuidado las mejores galas de su ropero y se puso en marcha.

Llegó a su antiguo pueblo ataviado con un elegante frac, sombrero de copa y pajarita de seda. Completaba su atuendo un monóculo, que a él le parecía que le daba aspecto de persona importante, a través del cual lo observaba todo con aires de grandeza.

El campesino lo recibió con el sombrero en la mano y haciendo mil reverencias.

—Amigo mío —saludó el elegante ratón con altanería— veo que sigues viviendo tan pobremente como cuando me marche de aquí. Lo digo por tu pantalón ajado y por tu casa tan rústica; en ella no hay comodidades. ¡A mí me sería imposible vivir así! Me gustaría que fueras a visitarme uno de estos días. Será un placer para mí enseñarte mi confortable hogar y hacerte gustar los refinados manjares de mi despensa. ¡A buen seguro que no podrás creer lo que ven tus ojos! ¡Ni te imaginas lo que significa ser rico!

El campesino, mortificado por aquel tono despectivo y petulante, le prometió que al cabo de una semana viajaría a la capital para devolverle la visita.

En efecto, cuando al cabo de siete días llegó a la urbe, se quedó anonadado con todo el bullicio que allí había y cuando vio el palacio en el que habitaba su amigo, no daba crédito a sus ojos: altas almenas que se perdían entre las nubes, más altas que las montañas de su pueblo; jardines interminables, más amplios que los campos de trigo que rodeaban su vivienda; y un continuo ir y venir de gente, que le recordó a sus vecinas, las atareadas hormigas.

El anfitrión lo introdujo por una puerta ricamente decorada y lo guió por salones lujosamente amueblados, interminables pasillos, estancias llenas de espejos, dormitorios decorados con impresionantes camas con dosel y cortinajes de terciopelo…

Al final de su recorrido, llegaron a la gran cocina. El anfitrión abrió la despensa y con tono condescendiente y fatuo dijo:

—¡Sírvete! Come todo lo que gustes: jamón del mejor, quesos de todas clases, frutas exóticas, encurtidos, salazones… —Y, mientras hablaba, iba señalando con orgullo las delicias ordenadas sobre las estanterías.

Pero interrumpió bruscamente su discurso porque la puerta de la despensa se abrió de súbito y apareció la cocinera.

—¡Rápido! ¡Escóndete! —advirtió el dueño de la casa— ¡Detrás de la nevera!

Al marcharse la cocinera y quedarse de nuevo solos, empezaron a cenar. ¡Y vaya cena!, porque se debe reconocer que en aquella despensa todo era de la mejor calidad, fresco y exquisito. ¡Hasta de aquel trozo de queso que había en un rincón de la despensa se desprendía un olor delicioso!

El ratón de campo acercó su hocico para olisquear aquel manjar y, de pronto, se escuchó un chasquido, ¡clac!, y varios pelos de su bigote quedaron atrapados en una especie de pinza metálica.

—¿Qué es esto? —gritó asustado.

—¡Nada, nada! Tranquilo, no tiene importancia. No te asustes. Es una vieja y anticuada trampa. Solo hace falta ir con cuidado y hacer saltar el resorte. Si tienes un poco de maña, después puedes comerte el queso tranquilamente.

—¡Uy, no! Prefiero mantenerme a distancia. En eso rincón veo un jugoso trozo de tocino que parece muy fresco y sabr…

—¡Nooooooooooooo! ¡Ni te acerques, insensato! Es ley universal que cualquier alimento colocado en una esquina está envenenado. Los humanos están obsesionados con eliminar ratones a toda costa. La cocinera de esta casa también pretende acabar conmigo, pero no tiene nada que hacer. Soy inmune a trampas, venenos ¡incluso al gato…!

—¡¿Pero cómo?! ¡¿Qué también hay un gato?!

—Sí, pero está muy bien alimentado y se pasa el día durmiendo. Sería un milagro que se le ocurriera venir aquí de noche. No te preocupes y sigue cenando. ¿Te apetece un poco de este salmón?

Justo en aquel momento, proveniente de la zona más oscura de la cocina, llegó hasta sus oídos un misterioso ruido que puso los pelos de punta al ratón de campo. Eran pasos muelles, cautelosos como si llegara…

—¡El gatooooooooooo! ¡Ha entrado por la ventana! ¡La habrá dejado abierta la cocinera por descuido! ¡Huyamos! ¡Sígueme! ¡Por aquí, por aquí! —se apresuró el dueño de la casa.

El asustado visitante, precedido del anfitrión, atravesó a toda velocidad salas, corredores y habitaciones hasta que ambos fugitivos se precipitaron, hechos un ovillo, en un hueco que había bajo una escalinata y allí, casi sin resuello, se quedaron escondidos, sin mover ni una pestaña, muy cerca de la puerta principal por la que horas antes había entrado el ratón de campo al palacio.

Permanecieron allí hasta que la cocinera, muy de mañana, abrió las puertas que daban al jardín, entonces se escabulleron y se encaminaron juntos hacia el límite de la ciudad. Al despedirse, el ratón elegante le pidió al ratón campesino que repitiera la visita la semana siguiente, puesto que los acontecimientos les habían impedido celebrar una cena tranquila.

—¡Ni hablar! ¡De eso nada, amigo mío! Cuando quieras que cenemos juntos, ven a mi casa si te apetece. Estás siempre invitado. Comeremos maíz, roeremos pan duro y, con suerte, un poco de tocino o queso pasado, pero al menos haremos la digestión tranquilos y sin sobresaltos. En mi casa no hay ni trampas, ni venenos, ni gatos, ni cocineras.

Aunque esta respuesta molestó un poco al altivo ratón de ciudad, en su fuero interno no tuvo más remedio que reconocer que el sencillo ratón campesino tenía toda la razón del mundo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El ratón de campo y el ratón de ciudad» con la voz de Angie Bello Albelda

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El pollito que llegó a rey

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Ilustración: snake-silent

Érase una vez un pollito muy chiquitín, muy chiquitín que vino al mundo siendo ya huérfano, y lo primero que dijo al romper el cascarón fue:

—¡Qué injusticia! ¡Mis papás han tenido que morir de hambre y el rey les debía un grano de maíz!

Estaba muy triste, pero el valeroso pollito se enjugó las lágrimas, descolgó el zurrón de su difunto padre, se puso la bufanda de su difunta madre  y, anda que te anda, se dirigió hacia la capital decidido a cobrar la deuda.

Apenas había andado media docena de pasos, cuando en medio del camino encontró un palo que lo hizo tropezar y caer.

El pollito se levantó se sacudió el polvo y dijo:

—¡Hola, Palo!, he tropezado contigo. No te había visto.

—¿Adónde vas? —le preguntó el palo.

—A la ciudad, a cobrar un crédito de mis difuntos padres —contestó.

—Vamos juntos —dijo el palo.

El pollito cogió el palo y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un gato que, al verlo, exclamó:

—¡Oh!, un dulce pollito ¡Qué bocado más tierno!

—No valgo la pena —replicó el pollito—,  tengo poca carne.

—¿Adónde vas? —preguntó el gato.

—Voy a cobrar un crédito de mis padres.

—Pues voy contigo —dijo el gato—. Tal vez encuentre por el camino algo bueno para comer.

El pollito cogió al gato y lo metió en el zurrón.

Poco después, encontró a una hiena que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón?

—Voy a ver al rey para cobrar un crédito de mis padres —explicó el pollito.

—Me gustaría conocer la ciudad. ¡Vayamos juntos! —dijo la hiena.

El pollito cogió a la hiena y la metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un fiero león.

—¿Adónde vas pequeño pollito? —rugió la fiera.

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—Vamos allá juntos —dijo el león.

El pollito cogió al rey de la selva y lo metió en el zurrón.

Encontró después a un elefante que estaba hartándose de plátanos.

El elefante le preguntó alegremente:

—¿Adónde vas, chiquitín?

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—¡Pues vayamos juntos! —exclamó el paquidermo.

El pollito cogió al elefante y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, encontró a un guerrero, que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón tan pesado?

—Voy a cobrar una deuda.

—¿A casa de quién? —preguntó el guerrero.

—Al palacio del rey —contestó el pollito.

—Pues iremos juntos —dijo el guerrero.

El pollito lo cogió y lo metió en el zurrón.

Por fin, cargado con su zurrón, llegó a la ciudad donde vivía el rey. La gente corrió a anunciar al soberano que el pollito había llegado y que pretendía cobrar el crédito de sus difuntos padres.

—Haced hervir un caldero de agua, que echaremos a ese insolente polluelo dentro y haremos un buen caldo con él, así no tendremos que pagar la deuda.

El hijo del monarca se puso a gritar:

—¡Yo haré el caldo! ¡Yo haré el caldo!

Cuando el pollito vio que se acercaba el príncipe, le dijo al palo:

—¡Palo, ahora es la tuya!

El palo hizo tropezar y caer al hijo del rey, que derramó el agua y quedó escaldado.

La gente de la ciudad dijo entonces:

—Hay que encerrarlo en el gallinero con las gallinas; ellas lo matarán a picotazos.

Pero el pollito sacó al gato del zurrón y le dijo:

—¡Te devuelvo la libertad!

El gato mató a todas las gallinas, cogió la más gorda y se escapó con su botín.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo con las cabras; allí lo pisotearán!

El pollito dijo entonces:

—¡Hiena, ya eres libre!

La hiena mató a todas las cabras, escogió la más gorda y con ella se escapó.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo de las vacas!

Y allí lo metieron, pero el pollito dijo:

—¡León, ahora es la tuya!

El león salió del zurrón y terminó con todas las vacas, escogió la más gorda y la devoró en un abrir y cerrar de ojos.

El pueblo entero estaba furioso y decía:

—¡Este polluelo es un desvergonzado y no quiere morir! ¡Lo encerraremos con los camellos! Ellos acabarán con él.

Lo encerraron allí, pero el pollito dijo:

—Elefante, buen amigo, ¡sálvame la vida! Ahora es la tuya.

Y sacó al paquidermo del zurrón.

El elefante miró desafiante a los camellos y los aplastó, del primero al último.

La gente del pueblo fue a ver al rey y le dijo:

—Aquí en la ciudad no podemos con este polluelo insolente; paguémosle lo que se les debía a sus padres y que se marche. Le daremos caza en el bosque y recuperaremos lo que le hemos dado.

El soberano ordenó abrir su real tesoro y entregarle al pollito el grano de maíz que se le debía.

Y el pollito, feliz y contento, abandonó el pueblo con su grano de maíz.

Cuando vieron que se alejaba camino adelante, montaron en sus caballos, incluido el mismísimo rey, y se lanzaron en pos del pollito. Pero el pollito, que se dio cuenta del peligro, sacó rápidamente al guerrero del zurrón y le pidió:

—¡Guerrero, por favor! ¡Ayúdame! ¡Demuéstrales que eres de armas tomar!

Y el guerrero, antes de lo que se tarda en contarlo, hizo trizas a todos.

El pollito volvió entonces a la ciudad del rey y se quedó con todas las riquezas del palacio y él mismo se proclamó rey de aquel pueblo al que había conseguido vencer con la ayuda de todos sus amigos.

FIN

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El Paraíso de los gatos

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Ilustración: Sal Meijer

Una tía mía me legó un gato de angora que sin duda es el animal más estúpido que conozco. Esto es lo que me contó mi gato una tarde de invierno, al amor de las brasas.

 

Tenía yo dos años por entonces, y era el gato más gordo e ingenuo que se viera. A esa tierna edad aún mostraba la presunción de un animal que desdeña las comodidades del hogar. Y sin embargo, ¡cuánto tenía que agradecer a la Providencia que me hubiera acomodado en casa de su tía! La buena mujer me adoraba. En el fondo de un armario yo tenía un verdadero dormitorio, con tres colchas y un cojín de pluma. La comida no le iba a la zaga. Nada de pan ni sopa; solo carne, carne roja de la buena.

Pues bien, en medio de aquellos placeres yo no tenía más que un deseo, un sueño: deslizarme por la ventana entreabierta y escapar por los tejados. Las caricias me parecían insulsas, la blandura de mi cama me producía náuseas, y estaba tan orondo que me asqueaba a mí mismo. Y me aburría el día entero de ser tan feliz.

Debo decirle que, alargando el cuello, había visto desde la ventana el tejado de enfrente. Cuatro gatos se peleaban allí aquel día, con la piel erizada y la cola en alto, rodando sobre la azulada pizarra, calentándose al sol y lanzando juramentos de alegría. Nunca había contemplado un espectáculo tan extraordinario. Entonces me convencí de que la verdadera felicidad se hallaba en aquel tejado, detrás de la ventana que cerraban con tanto cuidado. Me lo demostraba el hecho de que cerraran así las puertas de los armarios tras los cuales escondían la carne.

Concebí el proyecto de huir. En la vida debía haber algo más que carne roja. Algo ideal, desconocido. Y un día que olvidaron cerrar la ventana de la cocina, salté a un tejadillo que había debajo.

¡Qué bonitos eran los tejados! Los bordeaban largos canalones que exhalaban deliciosos aromas. Seguí voluptuosamente aquellos canalones, hundiendo las patas en un fino barro de una tibieza y suavidad infinitas. Me parecía estar caminando sobre terciopelo, y hacía calorcito al sol, un sol que derretía mi grasa.

No le negaré que temblaba como un flan. El miedo se mezclaba con la alegría. Me acuerdo sobre todo de una terrible impresión que a punto estuvo de hacerme caer sobre el asfalto. Tres gatos bajaron de la techumbre de una casa y se acercaron a mí, maullando espantosamente. Y como yo desfallecía, me llamaron gordinflón y me dijeron que lo hacían para divertirse. Me puse a maullar con ellos. Era delicioso. Aquellos fulanos no estaban tan estúpidamente gordos como yo, y se burlaron de mí cuando resbalé como una bola sobre las placas de cinc recalentadas por el sol de mediodía. Un viejo gato de aquella banda me tomó especial aprecio y se ofreció a educarme, lo que acepté agradecido.

¡Ay, cuán lejos estaban las comodidades de su tía! Yo bebía de los canalones, y ninguna leche azucarada me había sabido tan dulce. Todo me parecía bueno y hermoso. Una gata deslumbrante pasó a mi lado, una gata que me colmó de una emoción desconocida. Hasta entonces solo en sueños había visto esas deliciosas criaturas cuyo espinazo parece tan adorablemente flexible. Mis tres compañeros y yo nos precipitamos al encuentro de la recién llegada. Me adelanté al resto y, cuando me disponía a cortejar a la encantadora gata, uno de mis camaradas me mordió salvajemente en el cuello. Lancé un grito de dolor.

—¡Bah! —me dijo el viejo gato, apartándome—, ya habrá otras.

Al cabo de una hora de paseo sentí un hambre feroz.

—¿Qué se come en los tejados? —le pregunté a mi amigo.

—Lo que se encuentra —me respondió él, sabiamente.

Su respuesta me desconcertó, pues por mucho que buscaba, no encontraba nada. Por fin, en una buhardilla vi a una joven obrera que se estaba preparando la comida. Sobre la mesa, debajo de la ventana, se veía una hermosa chuleta de un rojo apetitoso.

«Esta es la mía», pensé con toda ingenuidad.

Y salté sobre la mesa para coger la chuleta. Pero la obrera, al verme, me atizó un terrible escobazo en el lomo. Solté la carne y hui, lanzando un terrible juramento.

—¿Es que acabas de llegar del pueblo? —me dijo el gato—. La carne que está sobre las mesas es para desearla de lejos. Donde hay que buscar es en los canalones.

Nunca pude entender que la carne de las cocinas no perteneciese a los gatos. Mis tripas comenzaban a quejarse seriamente. El gato me remató diciendo que había que esperar a la noche. Entonces bajaríamos a la calle y escarbaríamos en los cubos de basura. ¡Esperar a la noche! Y lo decía tan tranquilo, como un filósofo curtido. Yo me sentí desfallecer ante la sola idea de aquel ayuno prolongado

La noche llegó lentamente, una noche brumosa y helada. Empezó a caer una lluvia fina y penetrante, azotada por bruscas ráfagas de viento. Bajamos por el ventanal de una escalera. ¡Qué fea me pareció la calle! Había desaparecido el calorcillo gustoso, el sol resplandeciente, los tejados blancos de luz en los que revolcarse a placer. Mis patas resbalaban sobre el pavimento, y recordé con amargura mis tres colchas y mi cojín de pluma.

Tan pronto estuvimos en la calle, mi amigo empezó a temblar. Se encogió hasta hacerse pequeño y corrió furtivamente delante de las casas, diciéndome que lo siguiera lo más rápidamente posible. Cuando encontró una puerta cochera, se refugió presto en ella, dejando escapar un ronroneo de satisfacción. Al preguntarle por esa huida, me dijo:

—¿Viste a ese hombre que llevaba un capacho y un garfio?

—Sí.

—Pues si nos hubiera visto, nos habría matado y comido asados.

—¡Asados! —exclamé—. ¿Pero entonces la calle no es nuestra? ¡En vez de comer, nos comen!

Entretanto habían arrojado las basuras delante de las puertas. Escarbé en los montones con desesperación y encontré dos o tres huesos mondos que habían tirado a las cenizas. Entonces comprendí cuán suculenta es la comida de su tía. Mi amigo hurgaba con destreza entre las sobras. Me tuvo corriendo hasta el amanecer, examinando cada adoquín, sin apresurarse. Tras casi diez horas bajo la lluvia, yo tiritaba de frío. ¡Maldita calle, maldita libertad! ¡Cómo añoraba mi cárcel!

Por la mañana, el gato, viéndome flaquear, me preguntó con aire extraño:

—¿Has tenido bastante?

—Ya lo creo —respondí.

—¿Quieres volver a casa?

—Claro, pero ¿cómo encontrarla?

—Ven. Al verte salir esta mañana, comprendí que un gato rollizo como tú no está hecho para las ásperas alegrías de la libertad. Sé dónde vives. Te dejaré en la puerta.

Aquel digno gato dijo esto con toda sencillez. Cuando llegamos me dijo sin mostrar ninguna emoción:

—Adiós.

—¡No —exclamé—, no nos despediremos así! Ven conmigo, compartiremos la misma cama y la misma comida. Mi ama es una buena mujer…

No me dejó acabar.

—Calla —dijo bruscamente—, eres tonto. Yo me moriría en la calidez de tu hogar. Tu vida regalada es buena para gatos bastardos, pero los gatos libres nunca pagarán con la prisión tus manjares y tu cojín de plumas. Adiós.

Y trepó de nuevo a los tejados. Vi su gran silueta delgada estremecerse de placer al sentir los rayos del sol naciente.

Cuando entré en casa, su tía cogió el zurriago y me administró un correctivo que recibí con profunda alegría. Saboreé a fondo el placer de sentir calor y ser castigado. Mientras ella me zurraba, yo me relamía pensando en la comida que me daría después.

—¿Lo ve? —concluyó mi gato, estirándose frente a las brasas—. La verdadera felicidad, el paraíso, mi querido amo, consiste en ser encerrado y golpeado en una habitación donde haya carne.

Hablo de los gatos, claro.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El Paraíso de los gatos» con la voz de Frederick Engel y Angie Bello Albelda

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La Ratita presumida

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Ilustración: Victoria Assanelli

Había una vez una Ratita que cada día barría su casita y un día se encontró una moneda de oro.

—¡Oh! ¡Qué suerte he tenido! ¿Con qué la gastaré?

Y pensaba y pensaba:

—Si me compro caramelos, los dientes se me pondrán feos… Y si me compro avellanas, las muelas se me pondrán malas…. ¡Ay! ¡No sé qué hacer!… ¿Y si me comprara un lacito para la punta del rabito? Un gran lacito, para que luzca bien bonito. ¡Sí, sí! ¡Eso haré!

Y eso hizo. Se dirigió a la mercería de Doña Corneja y allí estuvo mirando y revolviendo muchos lazos. Al final, se decidió por uno precioso de seda de color rojo.

—¡Este me gusta! —dijo mientras pensaba— Todo el mundo me envidiará en el barrio. Todos los vecinos se girarán para admirar mi lazo—. ¡Quiero este! No me lo envuelva, que me lo llevo puesto.

Con el lacito anudado en la punta de su rabito, se fue a su casa y se colocó ante la puerta para lucirlo y para que todo el mundo pudiera admirar lo bien que le quedaba.

Así estaba, cuando acertó a pasar por allí el señor Pato, que al verla tan linda le dijo:

—¡Ay!, Ratita, mi Ratita, tú que eres tan bonita, ¿no querrías casarte conmigo? Soy formal, buen mozo y muy estudioso. ¡Juntos aprenderíamos mucho!

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Cuac, cuac, cuac!

—¡Uy! ¡No, no! ¡Qué horror! Si me casara contigo me dejarías sorda. ¡No te quiero por marido!

Y Don Pato se alejó triste y cabizbajo, con sus libros bajo el ala.

Al poco rato, se acercó un hermoso gallo con la cresta muy roja y le dijo a la Ratita:

—¡Ratita preciosa!, tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo? Soy buen mozo y tengo una gran casa.

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Kikirikí, Kikirikí!

—¡Uy! ¡No, no! ¡Qué alboroto! Si me casara contigo no podría dormir en toda la noche. ¡No te quiero por marido!

Y Don Gallo muy ofendido, se marchó de casa de la Ratita con la cresta muy alta y sin volver la vista atrás, seguido por siete gallinas.

También se acercaron a casa de la Ratita un perro de aguas, un cerdo y un cordero. Pero al escuchar sus voces, a todos rechazó.

Ya caía la tarde y de vuelta a su establo, después de trabajar todo el día, se acercó a casa de la Ratita un burrito:

—¡Ratita guapa!, tú que eres tan preciosa, ¿te quieres casar conmigo? Soy muy buen mozo, fuerte y trabajador. Conmigo nunca ha de faltarte de nada.

Y la Ratita, haciéndose de rogar, le dijo:

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡¡Iiiiaaaa, Iiiiiaaaaaa!!

—¡Ahhhhhhhhhh! ¡Que espanto de voz! ¡Lárgate ahora mismo, que por tu culpa me dolerán los oídos tres días enteros!

Muy triste se marchó Don Burrito por la negativa de la linda Ratita, arrastrando su pesado carro.

Ya empezaba ella a pensar que jamás encontraría a nadie hecho a su medida, cuando pasó por allí un gatito que le dijo:

—¡Marramiaumiaumiau, Ratita! En ninguna de mis siete vidas he visto ni veré a una dama igual que tú. ¿Te quieres casar conmigo? Soy buen mozo y conmigo correrás aventuras sin fin y te divertirás de día y de noche.

Y la Ratita, haciéndose de rogar le dijo:

—No sé, no sé. A ver, dime algo para que pueda escuchar tu voz.

—¡Miauu, Miauuu! –maulló Don Gato con voz melodiosa.

—¡Qué voz tan dulce que tienes! ¡Contigo me he de casar!

Al poco tiempo, celebraron una gran boda, a la que todo el mundo fue invitado. Aquel día, todos los que asistieron a la gran fiesta advirtieron a la Ratita:

—¡Ve con cuidado con este gato! No vayas a despistarte y te dé un bocado.

—Cuidado, Ratita, no vayas a ser tú su cena.

Al terminar la fiesta, cada animal regresó a su casa y, por fin, el Gato y la Ratita se quedaron solos:

—Ratita, Ratita, ¿que puedo darte un besito?

Y acercándose mucho a ella abrió tanto la boca que ¡casi se la come de un bocado! La Ratita, dando un gran salto se alejó de allí gritando:

—¡Socorroo, socorro! ¡Que el gato me come!

Al oír los gritos, pato, gallo, perro de aguas, cerdo, cordero y burro acudieron corriendo:

—¡Cuac, cuac, cuac!

—¡Kikirikiiiiiiii!

—¡Guau, guau, guau!

—Oinkkkk, oinkkkkk!

—¡Beeeeee, beeeeeeee!

—¡Hiaaaaaaaaaaa hiaaaaaaaaa!

Y el gato, espantado con tanto alboroto, huyó por los tejados y jamás regresó.

Por eso dicen que, desde aquel día, ratones y gatos dejaron de tener amistad y cuando un ratón ve a un gato huye despavorido.

FIN

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