generosidad

La generosidad

Ilustración: MARIday

El joven señor Chang heredó, a la muerte de su padre, el puesto de ministro y miles de funcionarios que trabajaban a su cargo. Además de mucho dinero, joyas y casas en la ciudad, el rico patrimonio incluía también un extenso feudo de miles de hectáreas en el campo, muy lejos de la capital. Los habitantes que vivían allí cultivaban la tierra en arriendo y pagaban un tributo anual al ministro.

Al llegar el tiempo de recaudar las contribuciones, el nuevo ministro Chang preguntó a sus funcionarios quién quería ayudarlo en aquel difícil y poco agradable trabajo. Se ofreció voluntario uno de sus empleados, un joven llamado Feng Huan, a quien se le encomendó tan delicada tarea.

Al día siguiente, Feng Huan montó en el carruaje del ministro Chang y antes de partir preguntó:

—¿Excelencia, deseáis que adquiera algo con el dinero que obtenga de la recaudación?

El ministro Chang, que tenía de todo, no se le ocurrió nada que pedir en ese momento, pero le dijo:

—Mmm, ¡consígueme algo que falte en esta casa!

—Así lo haré, Excelencia —contestó el joven funcionario arrancando el carruaje.

Cuando llegó a los feudos, Feng Huan cobró de los campesinos cien mil monedas de oro como pago de los tributos anuales. Pero un buen número de arrendatarios no pudo pagar su deuda. La mala cosecha durante varios años consecutivos los había ido empobrecido, conduciéndolos al borde de la indigencia. Era imprescindible hacer algo para sacar a aquellas personas de su situación ya que, de otro modo, abandonarían las tierras y dejarían de pagar sus impuestos. Consciente de eso, el encargado de la recaudación convocó a todos los arrendatarios en la plaza del pueblo, pidiéndoles que llevaran con ellos los títulos de la deuda.

Acudieron todos los deudores sin saber qué les iba a pasar, preocupados por su pésima situación económica. Estaban decididos a luchar hasta el final para conservar sus últimas posesiones y no morirse de hambre. Al empezar a hablar el enviado del nuevo ministro, tuvieron la terrible sospecha de que se iban a enfrentar a una gran tragedia.

—En nombre de su excelencia el señor ministro Chang, les pido que me muestren sus títulos para comprobar conmigo las cantidades que deben a mi señor.

Los arrendatarios estaban tristes y preocupados pensando en lo que les ocurriría. Sin embargo, al terminar de comprobar sus deudas y obligaciones y esperando el momento en el que se les anunciara una medida drástica de coacción para obligarlos a pagar, se sorprendieron enormemente con lo que oyeron:

—En vista de las dificultades que os acosan y como manifestación de su gran generosidad y del cariño que siente por todos vosotros, el nuevo ministro ha decidido perdonar todas vuestras deudas anteriores. Y ahora, en vuestra presencia, quemaré todos los títulos de deuda para liberaros del pago y para que podáis empezar de cero.

Al principio nadie podía creer sus palabras. Anonadados, no comprendían el significado de aquella decisión.

Pero al instante, cuando vieron que se levantaba una roja llamarada de aquel montón de documentos que los había sometido durante tantos años al martirio económico, reaccionaron con grandes y alegres exclamaciones de júbilo y con lágrimas de agradecimiento.

Feng Huan volvió contento a la residencia del nuevo ministro, quien se sorprendió de la brevedad de su viaje:

—¿Ya has terminado con la recaudación? ¡Cuéntame!, ¿qué tal ha ido?

—Ha ido muy bien, señor. Además de recaudar cien mil monedas de oro, he adquirido algo que, hasta ahora, no tenía en su casa.

El nuevo ministro se mostró intrigado y preguntó:

—¡Ah!, ¿sí? ¡Dime!, ¿qué has comprado? ¿Una joya?, ¿una casa? ¿un carruaje nuevo?…

Feng Huan le explicó:

—Como su noble familia es tan rica en joyas, tierras y casas, no se me ocurrió comprar nada de todo eso. Sin embargo, pensé que había algo que indudablemente faltaba en su familia desde tiempos inmemoriales: la generosidad. Por lo tanto, pensé que si pudiera gastar algún dinero para adquirir esa gran virtud, su noble familia se vería enriquecida de forma inimaginable.

A continuación, Feng Huan le explicó detalladamente lo ocurrido.

Cuando terminó, notó que la cara de su amo se había congestionado por el disgusto, la desesperación y una inexplicable ira. El joven Feng Huan abandonó rápidamente la casa, mientras el ministro gritaba secamente:

—¡Vete inmediatamente! ¡Menudo favor me has hecho! Sal de mi vista antes de que me arrepienta. ¡No quiero verte nunca más!

Al año siguiente, por una intriga de palacio, el nuevo ministro perdió el favor del Emperador y fue despojado de su cargo y desterrado. Se sentía solo y abandonado. Todos sus amigos se alejaron de él y su carrera política se apagó irremediablemente.

Abandonó la capital, lleno de tristeza, frustrado y abatido por la desgracia, y se encaminó hacia su feudo en el campo, la única posesión que le habían dejado conservar.

A medida que atravesaba sus tierras, comprobó con asombro que las gentes salían a recibirlo con los brazos abiertos, haciéndole reverencias en señal de respeto y admiración.

Al principio, se quedó totalmente desconcertado y su triste corazón experimentó un sentimiento inusual de paz. De repente, recordó lo que había hecho el recaudador de deudas el año anterior y sus ojos se inundaron de lágrimas de agradecimiento:

—Ahora comprendo lo útil de lo que hizo Feng Huan al adquirir la generosidad que siempre había faltado en mi casa.

FIN

El padre comprado

Ilustración: Pintura china tradicional

Hace mucho tiempo, en China, vivía un honrado pescador llamado Wang Hua, siempre servicial y dispuesto a ayudar a la gente necesitada. Un día, se encaminaba a su casa después de haber vendido la pesca en el mercado, cuando llamó su atención un grupo de curiosos parados en la acera que formaban un círculo. Se acercó y vio que en medio de ellos había un anciano que gritaba:

—¡Estoy a la venta! ¿Quién me quiere comprar? Me iré con el que me compre. Cómprame y seré tu padre. Ahora soy pobre, pero cuando me compres, te pagaré. Si me compras ahora, algún día te haré rico y noble.

La gente se reía de él y algunos niños le tiraban piedras. El pescador vio que el viejo estaba harapiento y sucio, pero en su cara enjuta, sus ojitos hundidos chispeaban con inteligencia y miraban curiosos a su alrededor. Por su aspecto, seguramente no había comido en todo el día. Wang Hua sintió compasión por el anciano y, sin vacilar ni un segundo, se dirigió a él y le dijo con una reverencia:

—¡Ven conmigo a casa, anciano! Yo seré tu hijo y tú serás mi padre.

El padre adoptivo lo examinó sonriendo durante unos segundos y, sin decir nada, lo siguió. Mientras, los curiosos seguían riendo y comentaban el asunto, haciendo todo tipo de conjeturas:

—¿Se habrá vuelto loco el pescador?

—Tal vez lo conoce…

—Quizá se cree de verdad que el viejo lo hará rico…

—¿¡Quién, en su sano juicio, querría cargar con semejante vejestorio!?

Al llegar a su casa, el pescador sentó al anciano en el mejor sillón y llamó a su mujer y a sus hijos para que lo conocieran. La familia entera lo recibió con cordialidad. La mujer del pescador llevó enseguida una palangana llena de agua caliente y una muda de ropa. Lo lavó y lo vistió. El mismo pescador lo peinó y le sirvió un té caliente y arroz. Los niños lo miraban con ojos sorprendidos y le preguntaban mil cosas:

—¿De dónde vienes?

—¿Cómo te llamas?

—¿Dónde está tu familia?

Pero el viejo no hizo mención alguna de su vida. Después de la cena, se acostó y concilio el sueño de inmediato.

Al día siguiente, el pescador regresó a casa y llevó el mejor pescado del día para que el anciano se alimentara. Aunque la vida de la familia era bastante austera, eran muy generosos con el viejo desconocido, que se convirtió en padre del pescador, suegro de la mujer y abuelo de los pequeños.

Transcurrieron varios meses, durante los cuales, la bondadosa familia no mostró nunca impaciencia o mezquindad hacia el anciano. Bien al contrario, lo rodearon de cariño y atenciones. Durante todo ese tiempo, el viejo se dejó querer, pero no les reveló nada de su vida.

Cuando la primavera ya llegaba, el abuelo llamó a su hijo adoptivo y a su nuera y les dijo:

—Llevo varios meses con vosotros y no puedo más que estar agradecido y conmovido por la hospitalidad que me habéis otorgado y por lo bien que me habéis tratado. Las personas honestas, generosas y compasivas como vosotros, deben ser recompensada de la mejor manera posible. ¿Recuerdas, hijo mío, lo que yo decía cuando estaba en la calle y tú me recogiste?

—Sí, padre, lo recuerdo.

—Pues no era broma lo que pregonaba. Hoy tengo que marcharme, pero os dejo esto —dijo mientras entregaba a su hijo adoptivo un lienzo de seda lleno de caracteres—. Si algún día venís a buscarme, os haré muy ricos y nobles. Mi historia y mi dirección está escrita en la seda.

Dicho esto, el viejo se despidió cariñosamente de todos y se marchó.

La familia quedó apenada con su marcha y como ninguno de ellos sabía leer, el pescador y su esposa fueron a buscar a un sabio para que descifrara lo que estaba escrito en el lienzo que les había entregado el anciano. El maestro, después de leer detenidamente los caracteres, les dijo:

—Este lienzo, escrito y firmado por el mismísimo Emperador, explica que, hace unos meses, el monarca salió de su palacio, solo y sin escolta, para recorrer el país y conocer personalmente a sus súbditos.

Confundidos por la sorpresa y temblando de emoción, el matrimonio guardó el lienzo con la ilustre firma estampada en él y volvió a su hogar. Los dos habían creído que habían ayudado a un pobre desamparado, pero resultó que habían dado cobijo, nada más y nada menos, que al mismísimo Emperador

Al día siguiente, se dirigieron a palacio para buscar a su padre adoptivo. Cuando llegaron allí, el viejo ya los esperaba y salió a recibirlos con los brazos abiertos, sonriendo amablemente.

Su hijo y su nuera, así como sus nietos, se pusieron de rodillas. Estaban aturdidos por el lujo y la majestuosidad que los rodeaba. Casi no podían reconocer al anciano humilde que había estado viviendo con ellos, ahora vestido con ropajes de seda bordada con hilos de plata y oro.

El Emperador les dio de comer y los alojó en su confortable residencia.

Pasados unos días, la familia se despidió de su padre adoptivo, el cual los obsequió con una hacienda, una casa amplia y varias docenas de caballos. Además, les concedió un título nobiliario.

¡Cierto!, ya sé lo que estás pensando… Es muy raro que un acto de generosidad desinteresado cambie nuestra vida de forma tan radical, pero al menos sucedió una vez en el mundo… Fue en China, hace mucho tiempo.

FIN

El árbol que daba pena

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Ilustración: Alessandra Fusi

El huerto de la señora Nicolasa era la envidia de todo el pueblo. Sus lechugas alineadas semejaban soldaditos a punto para desfilar. Las calabazas eran como naves espaciales de color naranja, ¡tan grandes se hacían! Las tomateras bien ordenadas, con sus orondos frutos rojos colgando. Pepinos y pimientos de un verde brillante… E igual de hermosas y relucientes eran todas las demás hortalizas, que hasta daba lástima tener que comérselas.

Pero el orgullo de la señora Nicolasa eran sus árboles frutales. En primavera, cuando florecían, parecía que una lluvia de algodón dulce hubiera caído sobre ellos de tan bonitos como lucían. Y cuando llegaba el verano, la señora Nicolasa recogía sus frutos riquísimos y los repartía entre los niños del pueblo, que acostumbraban a pasar por allí al salir de la escuela.

Pero, ¡ay!, la señora Nicolasa estaba triste porque el árbol más frondoso de su huerto hacía dos primaveras que no florecía y sus hojitas eran escasas y pequeñas.

El árbol, grandote como un gigante bueno y generoso, había dado siempre frutos y sombra. Aquel era su árbol preferido desde que era niña; a sus pies acostumbraba a merendar las tardes de verano y, después, se encaramaba por su tronco, imaginando ser un pirata en el mástil de su barco o una exploradora en medio de la selva.

La señora Nicolasa ya no sabía qué hacer para que el árbol floreciera de nuevo, porque su marido, que era un poquito gruñón y marimandón, le repetía cada día la misma cantinela:

—Tenemos que quitar de ahí ese árbol inútil ¡No quiero en el huerto un árbol que en vez de dar fruta, da pena! Si esta primavera no florece, haremos leña de él.

La señora Nicolasa pensaba que no era justo librarse de las cosas porque se hubieran hecho viejecitas y ya no pudieran servir como antes. ¡Bien que se habían refugiado a su sombra y habían comido su fruta durante muchos años! Así, que reunió a los niños y niñas del pueblo y les pidió ayuda.

—Hay que pensar en alguna solución o no quedará otro remedio que talar el árbol.

Todos se sentaron pensativos alrededor del gran tronco para intentar dar con la respuesta cuando, ¡zas!, la ayuda les llegó del cielo. Sí, sí, ¡del cielo!

Lo que ocurrió, fue que en un árbol cercano había posada una bandada de pajaritos que se estaba dando un banquete de cerezas cuando, de pronto, un ruido los asustó y salieron todos volando. En aquel instante, a algunos pajaritos se les cayeron del pico las cerezas, que fueron a quedar colgadas de las ramas del árbol que daba pena.

Uno de los niños, al darse cuenta, empezó a gritar:

—¡Señora Nicolasa! ¡Señora Nicolasa! ¡Mire! ¡Mire! ¡El árbol sí que tiene frutos! ¡Tiene frutos!

—¡Caramba! —exclamó la señora Nicolasa— ¡Ya tenemos la solución!

En su cabeza se encendió la bombillita de las ideas y les explicó a los niños su plan para salvar al árbol:

—Cada mañana, bien tempranito, colgaremos de las ramas de nuestro árbol frutas de los otros árboles. Lo haremos con cuidado, para que parezca que son suyas.

Y así lo hicieron. Todos colaboraban, muy contentos.

De este modo, el marido de la señora Nicolasa ya no podía decir que el árbol daba pena y no daba frutos y aunque los miraba de reojo y sospechaba lo que pasaba, nunca vio cómo la señora Nicolasa y los niños colgaban los frutos del árbol, así que no podía decir nada.

El viejo árbol ya no daba pena. Ahora estaba precioso, con distintas frutas colgando de sus ramas parecía una gran macedonia de muchos colores. Además, era un árbol de lo más original: en verano, daba cerezas, nísperos, ciruelas y albaricoques; en otoño, membrillos y granadas; y en invierno, dulces naranjas, mandarinas y manzanas.

Pero lo mejor era que al llegar la Navidad, cuando ningún árbol tenía hojas, la señora Nicolasa y los niños se esmeraban en adornarlo con bolas de colores, estrellitas plateadas y guirnaldas brillantes.

Entonces sí que lucía deslumbrante ¡No había en el pueblo otro igual! Todos los vecinos pasaban por allí para admirar la decoración.

La señora Nicolasa estaba aún más orgullosa de su huerto, porque su árbol seguía allí y los niños se columpiaban en él, jugaban a su alrededor al pilla-pilla, al escondite y, cuando estaban cansados, se sentaban a su alrededor a contar bonitas historias y cuentos con final feliz.

¡Anda! ¡Como este!

FIN