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¡No me jorobes!

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Ilustración: stefanogesh

Al principio del mundo, cuando todo era joven y nuevo y los animales empezaban a repartirse los trabajos para ayudar al hombre, había un dromedario muy holgazán, habitante del desierto Bramante, en el que siempre bramaba el viento, que se negaba a trabajar. Se pasaba el día tendido en la arena, tomando el sol y masticando palitos. Cada vez que alguien le dirigía la palabra, contestaba invariablemente:

—¡No me jorobes!

Solo contestaba eso, «¡No me jorobes!». Nada más. Después, seguía durmiendo o masticando ramitas, sin hacer caso de nada ni de nadie.

Un lunes por la mañana llegó hasta el desierto en el que habitaba el dromedario un caballo. Llevaba una silla de montar y un freno en la boca.

—Dromedario, dromedario ya tengo trabajo. Ven a trotar conmigo.

—¡No me jorobes!

El caballo se alejó de allí y fue a contarle al hombre lo que le había dicho el dromedario.

Después, recibió la visita de un perro con un palo en la boca que le dijo:

—Dromedario, dromedario ven a atrapar cosas con la boca para devolvérselas al hombre.

—¡No me jorobes!

El perro se marchó y fue a contarle al hombre lo que había dicho el dromedario.

Tras el perro, llegó un buey con su yugo al cuello:

—Dromedario, dromedario ven conmigo a arar los campos.

—¡No me jorobes!

El buey se marchó y le contó al hombre lo que había dicho el dromedario.

Aquella misma noche, el hombre convocó al caballo, al perro y al buey y les comunicó lo siguiente:

—¡Ay!, amigos míos, lo siento muchísimo, pero está visto que ese jorobador del desierto Bramante no sirve para nada, de lo contrario, ya estaría aquí colaborando con nosotros. Es terriblemente perezoso y no puedo hacer otra cosa que dejarlo en paz; pero entended que alguien tendrá que hacer su trabajo, así, que lo repartiré entre vosotros tres para compensar. A partir de mañana, tendréis que trabajar el doble.

Aquello enfureció mucho al trío, que celebraron enseguida, al borde del desierto, una larga reunión, un panchayat. un powwow y una indaba.

El dromedario, que merodeaba por allí cerca masticando hierbajos, se acercó con parsimonia hasta donde estaban y dijo indolente:

—¡No me jorobes!

Y dicho esto, se marchó por donde había venido.

Así estaban las cosas, cuando apareció un genio rodando en una nube de polvo (los genios del desierto se trasladan de este modo) y se detuvo ante los tres que celebraban la tediosa conferencia.

—Genio del desierto, ¿te parece justo que en un mundo tan nuevo habite un ocioso?

—¡Claro que no! —respondió el genio.

—Pues bien —prosiguió el caballo—, que sepas que en medio de tu desierto vive alguien de largas patas y cuello largo que desde el lunes no ha hecho nada de nada. Ni siquiera quiere trotar.

—¡Fiuuuuuuuu! —Silbó el genio a modo de respuesta—. Seguro que te refieres al dromedario. ¿Y él qué dice?

—Dice «¡No me jorobes!» —contestó el perro— Y tampoco quiere recoger un palo y llevarlo de vuelta al hombre.

—¿Dice alguna otra cosa?

—Solo «¡No me jorobes!», y tampoco quiere arar —añadió el buey.

—Bien —afirmó el genio—, esperad un minuto y veréis cómo lo jorobo yo a él.

El genio, en su polvoriento transporte, se fue a buscar al dromedario y le dijo:

—Larguirucho y haragán amigo, ¿es cierto que te niegas a entrar en el reparto de tareas de este mundo nuevo?

—¡No me jorobes! —respondió el dromedario.

El genio se sentó frente a él con la barbilla apoyada en su mano y empezó a pensar en un poderoso encantamiento. Mientras tanto, el dromedario admiraba su estilizado reflejo en un charco de agua.

Por fin, habló el genio:

—Desde el lunes no trabajas y, por tu culpa, hay tres que han de repartirse tu trabajo.

—¡No me jorobes! —exclamó el dromedario.

—Yo, de ti, no volvería a decir eso —le advirtió el genio— y me pondría a trabajar ahora mismo.

Y entonces, el dromedario repitió:

—¡No me jorobes!

Nada más pronunciarlo, su recta espalda, de la que estaba tan orgulloso, se hinchó y se hinchó, hasta que se formó sobre ella una enorme joroba.

—¿Te das cuenta? —dijo el genio— Tú mismo te has jorobado por haragán. Hoy es jueves, y desde el lunes, cuando se empezaron a repartir los trabajos, tú has estado ocioso. Ahora vas a tener que hacer algo.

—¡No me jorobes!, ¿cómo pretendes que haga algo con esta joroba en la espalda? —replicó el dromedario.

—Esa joroba tiene un propósito: con ella podrás vivir tres días sin comer ni beber, los mismos días que no has trabajado. No podrás decir que no he hecho nada por ti. ¡Joróbate! Y ahora únete al trío y cumple con tu parte.

Desde aquel día y hasta hoy, el dromedario, cargado con su joroba —aunque es mejor decir «giba», para no herir sus sentimientos—, trabaja, aunque nunca ha podido recuperar los tres días que perdió al principio del mundo ni tampoco, según cuentan caballo, perro y buey, ha aprendido a comportarse.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «De cómo al dromedario le salió su joroba».

El pescador y el genio

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Ilustración: Ada Sinache

Hace mucho, muchísimo tiempo en un lejano país vivió un anciano pescador que tenía la costumbre de echar su red al agua solo cuatro veces al día y nada más. Una mañana, se dirigió al acantilado donde solía pescar, dejó su cesta en el suelo, echó la red al agua y esperó a que se hundiera. Cuando tocó fondo, el pescador recogió las cuerdas para sacar la pesca a la superficie y, al empezar a tirar, notó mucho peso. Tiró contento con más fuerza, pensando que sacaría muchos peces, pero solo pescó un borrico muerto.

Al verlo, exclamó desconsolado:

—¡Qué mala suerte he tenido! Paciencia.

Exprimió el agua de la red, la volvió a lanzar con todas sus fuerzas y aguardó a que llegara al fondo. De nuevo tiró de ella para sacarla y notó que pesaba más que antes, por lo cual creyó que esa vez si estaría repleta de buena pesca. Consiguió al fin sacarla a flote con gran esfuerzo y encontró un cofre enorme, lleno de arena y cerámica rota.

Cuando vio la pesca, se lamentó de su mala suerte:

—¡Qué tristeza! ¡Tanto esfuerzo para nada! ¡Salgo de casa en busca de Fortuna y resulta que Fortuna hace tiempo que se mudó! ¿Es así, Fortuna, como dejas a los sabios sin nada para que los necios se queden con todas las riquezas de este mundo?

Después, lanzó la red por tercera vez y, al sacarla, la encontró llena de cacharros, suciedad y vidrios, pero ni un solo pez y se lamento de nuevo:

—¿Ignoras, ingenuo, que ni tu pluma de caña ni las líneas armoniosas de tu escritura han de enriquecerte jamás, como tampoco la pesca podrá hacerlo? Solo echo la red cuatro veces al día, ¡y ya van tres!

Por cuarta vez, lanzó la red y esperó a que tocase el fondo. Tampoco en esta ocasión, a pesar de todos sus esfuerzos, conseguía recogerla, pues a cada tirón que daba, parecía que más se enganchaba en las rocas del fondo. Entonces se desnudó, se lanzó al mar y maniobrando alrededor, consiguió desprender la malla y la arrastró hasta la playa. Al abrirla, encontró dentro una tinaja dorada que tenía la boca cerrada con una pesada tapadera. Sobre ella, había grabados unos signos muy extraños que parecían antiquísimos y de los que no entendió el significado.

El pescador exclamó feliz:

—No hay peces, pero venderé la tinaja. ¡Me darán un buen dinero por ella!

La intentó cargar, pero era tan pesada que ni se movió. Entonces, el pescador dijo para sí: «No tengo más remedio que abrirla; meteré en mi saco todo lo que contenga y luego lo venderé por partes». Sacó el cuchillo y rompió el sello de plomo. Empujó con todas sus fuerzas el pesado recipiente para intentar volcarlo y vaciar el contenido en la arena, pero al hacerlo, de dentro solo se escapó una espesa humareda que formó una extraña columna. El pescador no salía de su asombro.

Una vez que hubo salido todo el humo, comenzó a condensarse en torbellinos, y al fin se convirtió en un genio que llegaba a las nubes. Su cabeza era como una cúpula; sus manos semejaban rastrillos; sus piernas eran mástiles; su boca una caverna; sus dientes, piedras; su nariz, una alcarraza; sus ojos, dos antorchas y su barba aparecía revuelta y enmarañada.

Al ver al genio, el pescador quedó mudo de espanto, temblándole las carnes, encajados los dientes, la boca seca, y los ojos cegados con la luz que desprendía aquel gigantesco ser.

El genio, mirando al pescador, le suplicó:

—¡Por favor, no me mates!

—¿Matarte yo?, ¿un humilde pescador? —replicó el anciano— ¡Imposible! Pero, por favor, cuéntame tu historia ¿qué hacías encerrado en esa tinaja?

Entonces el genio contestó:

—Así que no fuiste tú… Así que solo eres un pescador… Entonces te daré una buena noticia…

—¿Qué noticia es esa?

—Te dejo elegir el modo en el que vas a morir.

—¿Cómo? ¿Pero yo qué te he hecho? ¿Por qué deseas mi muerte? Te he salvado; te he liberado de tu cárcel.

—Te contaré mi historia, pescador. Soy un poderoso genio al que, mediante engaños, consiguieron encerrar en esta tinaja, que luego sellaron y lanzaron al mar. Al principio decía: «Haré inmortal a quien me libere», pero pasaron cien años y nadie me liberó. Después me dije: «Daré incontables tesoros a quien me libere», pero pasaron doscientos años y nadie me liberó. Entonces pensé: «Concederé tres deseos a quien me libere», pero pasaron cuatrocientos años y nadie me liberó. En los siguientes ochocientos años, me encolericé y me dije: «Mataré a quien me libere, aunque dejaré que elija el modo de morir».

El pescador le contestó:

—¿Es así como devuelves mal por bien?! ¡Los malvados no conocen la gratitud!

—Ya hemos hablado bastante, ¡elige!

Viéndose perdido, el pescador recurrió a la astucia:

—Ya que tengo que morir, me concedes, al menos, que antes te haga una pregunta para saciar mi curiosidad.

—Pregunta, que yo te responderé con la verdad.

—¿Cómo siendo tú tan grande es posible que quepas en esta tinaja tan pequeña?

—Es muy fácil, ¡fíjate!, puedo convertirme en humo.

Y el genio comenzó a agitarse y se convirtió de nuevo en una espesa humareda que subía hasta el cielo. Después, se fue condensando y empezó a entrar en la tinaja dorada, poco a poco, hasta desaparecer por completo. Entonces, el pescador cogió rápidamente la tapadera, tapó el recipiente y lo volvió a echar al mar con el genio dentro.

En la orilla, colocó un gran letrero advirtiendo de que, si alguna vez alguien encontraba aquella tinaja, por nada del mundo debía abrirla. Fue en ese cartel donde nosotros leímos esta historia y así os la hemos contado.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El pescador y el genio” con la voz de Angie Bello Albelda

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Aladino y la lámpara maravillosa

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Ilustración: cuson

Érase una vez una viuda muy pobre que tenía un hijo llamado Aladino. Un día, un misterioso extranjero le dijo a Aladino que si lo ayudaba en un sencillo trabajo le daría, a cambio, una moneda de plata y el chico aceptó encantado, ya que pensó que aquel dinero les vendría muy bien a su madre y a él:

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.

—Sígueme —respondió el misterioso extranjero.

Juntos se alejaron de la aldea y se internaron en el bosque al que solía ir Aladino a buscar leña. Al poco, se detuvieron ante la angosta entrada de una profunda cueva que el chico nunca había visto antes.

—¡No recuerdo haber visto jamás esta cueva! —exclamó el joven— ¿Siempre ha estado aquí?

El extranjero no respondió, sino que le ordenó:

—Entra y busca mi vieja lámpara de aceite. Iría yo, pero la entrada es demasiado estrecha para mí.

—¡Voy ahora mismo! —repuso Aladino.

—Una cosa más antes de entrar —Lo detuvo el extranjero—. Solo quiero la lámpara de aceite. Veas lo que veas ahí dentro, no toques nada más, ¿entiendes?

El tono de voz del forastero alarmó a Aladino que, por un instante, estuvo tentando de huir, pero al recordar la moneda de plata que cobraría por trabajo tan sencillo y al pensar que con ella podrían comer una semana entera, no se movió.

—No debo tocar nada —repitió y acto seguido se deslizó a través de la estrecha abertura.

Una vez dentro, Aladino vio una vieja lámpara de aceite que alumbraba con su tenue luz la cueva. Cuál no sería su sorpresa, al descubrir que el suelo de la gruta estaba completamente cubierto de monedas de oro y plata y de piedras preciosas de todos los tamaños y colores.

«Que extraño, —se dijo— si ese extranjero desprecia los tesoros y solo quiere esta vieja lámpara, entonces es que su valor debe de ser incalculable. ¿O quizá es que ese hombre está loco? ¿O tal vez es un brujo?… Loco no parece… así que seguro que es…».

—¡Lánzame la lámpara ahora mismo! —gritó impaciente desde fuera el hechicero.

—Ya estoy saliendo con ella —repuso Aladino mientras comenzaba a deslizarse por la abertura.

—¡No! ¡Primero dame la lámpara! —exigió cerrándole el paso.

—¡No! —gritó Aladino.

—¡Pues peor para ti! —espetó enfurecido el hombre, empujando al muchacho dentro de la cueva y haciendo rodar a continuación una gran roca que bloqueó la entrada.

Pero no advirtió que, al hacerlo, el anillo que llevaba puesto en su dedo índice resbaló y rodó hasta los pies de Aladino, el cual lo recogió y se lo puso.

Una profunda oscuridad invadió la caverna y Aladino sintió miedo. ¿Se quedaría atrapado allí para siempre? Empezó a pensar en la forma de salir y mientras cavilaba, giraba nerviosamente el anillo en su dedo.

De repente, una deslumbrante luz invadió el lóbrego lugar y, en medio de ella, apareció un sonriente genio.

—Soy el Genio del Anillo, ordena y obedeceré.

—Quiero regresar a mi casa –balbuceó Aladino, aturdido ante la aparición.

Apenas lo hubo dicho, Aladino, con el anillo y el candil de aceite, se encontró en su casa refiriendo a su asombrada madre su aventura:

—Sé que no es una moneda de plata, pero al menos nos podremos alumbrar una vez esté limpia —le dijo mostrando la sucia lámpara, que empezó a frotar animoso.

Al hacerlo, de su interior salió un misterioso humo que se trasformó en un genio dos veces más grande que el Genio del Anillo.

—Soy el Genio de la Lámpara, ordena y obedeceré.

—¿Por qué no una deliciosa comida acompañada de un dulce postre?

Inmediatamente, aparecieron fuentes llenas de exquisitos manjares que Aladino y su madre degustaron con placer.

A partir de ese día, el Genio de la Lámpara se encargó de proporcionarles todo lo necesario para vivir y, como nunca pedían mucho, nadie sospechó del tesoro que guardaban.

Pasó el tiempo y, un día, cuando Aladino se dirigía al mercado, vio a la Gran Sultana, que se paseaba en su litera, y quedó perdidamente enamorado de ella. Regresó a su casa y le suplicó a su madre:

—Madre, tienes que ayudarme; la Gran Sultana Badrá’l-Budur me ha mirado a los ojos y me he enamorado de ella. Necesito saber si ella también se ha enamorado de mí.

—Iré a palacio, hijo mío, y hablaré con el Consejo Real.

Como era costumbre llevar un regalo a la Gran Sultana, madre e hijo le pidieron al Genio de la Lámpara un cofre de piedras preciosas y aunque al verlo todos los consejeros reales quedaron impresionado, preguntaron:

—¿Cómo podemos saber si tu hijo está a la altura de Badrá’l-Budur? Queremos que mañana nos envíe cuarenta caballos de pura sangre cargados con cuarenta cofres igual que este, escoltados por cuarenta guerreros.

El Genio de la Lámpara obedeció las órdenes de Aladino y, al instante, aparecieron cuarenta briosos caballos, montados por cuarenta guerreros armados con cimitarras que custodiaban cuarenta cofres rebosantes de piedras preciosas.

—¡Al palacio de la Gran Sultana!- ordenó Aladino.

Al ver el presente, el Consejo Real permitió que Aladino se presentara ante Badrá’l-Budur. Y ella, que también se había enamorado de Aladino, ordenó que se celebrara lo antes posible una fastuosa boda que duró veinte días.

Con la ayuda del genio, Aladino construyó un magnificente palacio y en él vivieron felices hasta que, al cabo de un tiempo, el malvado hechicero volvió a la ciudad disfrazado de mercader.

—¡Compro lámparas viejas!

—¡Aquí! —lo llamó Badrá’l-Budur. Y le entregó el viejo candil de aceite.

Aladino no había contado aún el secreto a su esposa y ahora ya era demasiado tarde. El hechicero frotó la lámpara y dio una orden al genio. En una fracción de segundo, Badrá’l-Budur y el palacio fueron trasladados hasta los lejanos dominios del infame brujo.

Al regresar a su casa, Aladino comprobó que todo lo que amaba había desaparecido. Entonces se acordó del anillo y le dio vueltas en su dedo.

—Soy el Genio del Anillo. Ordena y obedeceré.

—Gran Genio del Anillo, ¿adónde ha ido mi amada esposa? ¿Dónde está nuestro palacio? ¿Dónde la lámpara maravillosa?

—Tu enemigo el brujo se ha llevado el palacio entero; dentro estaba Badrá’l-Budur. También robó la lámpara maravillosa -respondió el genio.

—Tráemelos de regreso inmediatamente —pidió Aladino.

—Lo siento, pero no tengo poder suficiente para eso, aunque puedo llevarte a ti hasta el lugar en el que están.

Poco después, Aladino estaba en el palacio del hechicero y registraba una por una todas las estancias hasta que, al fin, dio con Badrá’l-Budur. Se abrazaron y empezaron a hablar de la forma de acabar con el brujo. Juntos trazaron un plan: Badrá’l-Budur le daría al vil mago un potente narcótico que lo haría dormir durante mil años y así podrían escapar. El Genio del Anillo les proporcionó el brebaje.

Aquella misma noche, Badrá’l-Budur le ofreció la bebida al hechicero, que bebió hasta la última gota e inmediatamente se sumió en un profundo sueño. Recuperaron la lámpara mágica que el perverso brujo escondía en uno de sus bolsillos y la frotaron con fuerza:

—Soy el Genio de la Lámpara, ordenad y obedeceré.

—¡Queremos regresar a casa!

—¡Al instante! —Y el palacio entero, con ellos dentro, se elevó por los aires y flotó, suavemente, hasta el reino de Badrá’l-Budur.

Al verlos llegar, los habitantes del país organizaron una gran fiesta en su honor para festejar su regreso.

Los dos enamorados vivieron felices el resto de sus días y el Genio de la Lámpara, para que nadie olvidara esta historia, la escribió en la llama de la lámpara mágica. Es por eso, que cada vez que alguien enciende un viejo candil de aceite puede ver en su luz las aventuras que vivieron Aladino y la Gran Sultana Badrá’l-Budur.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Aladino y la lámpara maravillosa» con la voz de Angie Bello Albelda

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