granjero

Ni cansancio ni hambre ni sed

Ilustración: Andrea Gerstmann

Llegó el momento en que el dueño de una pequeña granja no encontró en los alrededores un trabajador que le durara más de una semana. Según él, los echaba porque todos eran unos flojos, comilones y bebedores. Según los lugareños, se iban porque no les daba descanso y la alimentación era tan escasa como el tiempo disponible para comer.

Quienquiera que tuviera la razón, lo cierto es que nuestro granjero viajó a una aldea vecina en busca de un mozo capaz de soportar la jornada, que comenzaba antes de aclarar, ordeñando las vacas, y terminaba después al anochecer, apilando leña en la cocina del señor.

En el mercado del pueblo encontró a un muchacho que le pareció el indicado. El granjero le preguntó si no sería de esos flojos que siempre que los necesitaba estaban cansados, hambrientos o muertos de sed.

—¡Yo no me hago esos problemas! —respondió el muchacho—. Yo nunca estoy cansado, nunca tengo hambre y nunca tengo sed.

El granjero se dijo que al fin había dado con el tipo ideal: rendidor y económico, pensó.

Cargó el muchacho su equipaje, que no era más que una maletita de mimbre, y se fueron tan contentos el patrón con su empleado nuevo como el mozo con su nuevo empleo.

Llegando a casa, y solo por probarlo, el granjero le ofreció un gran plato de legumbres y un enorme jarro de leche fría. El mozo se los tragó y se fue a dormir. Debe ser por el viaje, pensó el granjero, mañana será distinto.

Pero fue igual. El muchacho se comía cuanto le daban, se bebía cuanto quedara a su alcance y se acostaba antes que las gallinas.

Aunque el granjero evitaba echarlo, porque eso sería reconocer las habladurías del vecindario, un día no aguantó más y lo llamó:

—¡Ven acá, grandísimo pícaro! ¿No eras tú el que aseguraba que nunca tenía hambre ni sed y nunca estaba cansado?

—Y así es, patrón —respondió calmadamente el mozo—, porque siempre como antes de tener hambre, bebo antes de tener sed y reposo antes de estar cansado…

FIN

El granjero valiente  

Ilustración: NicoleNoe

Un día, en la lejana India, un tigre estaba paseando cerca de una pequeña aldea cuando, de pronto, se desencadenó una violenta tormenta de truenos, relámpagos, viento huracanado y lluvia torrencial. Para cobijarse, el tigre se acercó a la pared de una pequeña cabaña.

En el interior de la choza, la viejecita que vivía en ella también estaba muy preocupada por la tormenta, pues en el techo de su casa había un gran agujero y la lluvia se colaba por él.

Como la gotera era tan grande, la anciana corría de un lado a otro, empujando los muebles de aquí para allá para que no se mojaran y poniendo debajo del torrente de agua que caía de la techumbre cacharros y cubos.

El tigre, que tenía apoyada la oreja en la pared, oía todo el jaleo que hacía la mujer en el interior: oía cómo se arrastraban cosas, oía el entrechocar de los cacharros y cubos y oía cómo la anciana se quejaba y se lamentaba, hablando sola:

—¡Oh, es terrible! ¡Esta eterna gotera! ¿No habrá manera de evitarla? ¡Por un ratito parece que se calma, pero enseguida la tengo de nuevo cayendo con toda su fuerza sobre mí! ¡Esto es horrible y terrible!

Entonces se oyeron más ruidos, mientras la mujer exclamaba:

—¡Basta, basta, eterna gotera maldita, me estás matando!

El tigre se quedó muy impresionado por todo lo que oía:

—¿Qué clase de animal será la Eterna Gotera del que jamás antes había oído hablar? —murmuró—. Debe de ser un ser espantoso. Prefiero no cruzarme con él.

Y al oír de nuevo el estrépito producido por el arrastrar de muebles exclamó:

—¡Qué ruido más pavoroso! ¡Debe producirlo el terrible ser llamado Eterna Gotera!

El tigre, muerto de miedo, se quedó temblando apoyado contra la pared, muy preocupado por lo que pasaba, y aguantando la respiración. Solo quería que cesara la lluvia para poder alejarse de allí rápidamente.

Justo en ese momento, apareció caminando por la oscura carretera un granjero que buscaba su burro. El animal había escapado despavorido del establo al oír los primeros truenos.

A la luz de un relámpago, el hombre vio la silueta de un gran animal apoyado contra la pared de la choza de la viejecita y convencido de que se trataba de su burro, corrió hasta el tigre y lo agarró de una oreja:

—¡Animal miserable! —gritaba furioso–. ¡He tenido que salir a buscarte bajo esta lluvia torrencial!

Sin dejar de gritarle improperios arrastraba por el pescuezo al pobre tigre.

—¡Levántate inmediatamente, bicho tonto, no me obligues a enfadarme aún más de lo que ya estoy! —Y al ver que el animal ni se movía, crecía su furia.

Pero es que el tigre estaba atónito. Nunca jamás nadie se había atrevido a tratarlo así y tampoco tenía noticia de que ningún ser vivo hubiera tratado de ese modo a uno de su especie.

Se asustó y comenzó a pensar que aquel ser horripilante que lo maltrataba de aquel modo debía de ser la Eterna Gotera de la que tanto se quejaba la vieja. «No me extraña que la pobre anciana se preocupara tanto», pensó.

Por fin, el tigre se levantó dócilmente y el granjero, que todavía creía que aquel animal era su burro, le dio una palmada en el trasero, montó sobre él, y lo condujo a su casa bajó la lluvia torrencial. Durante el camino fue dándole golpes con los talones para que corriera más y no dejó de dirigirle insultos durante todo el recorrido.

Al llegar a la granja y para impedir que escapara de nuevo, lo ató del pescuezo y de las patas a un gran poste que había frente a la puerta y después, agotado y mojado, se acostó.

A la mañana siguiente, la granjera salió a ordeñar la vaca y no podía dar crédito a lo que veían sus ojos: un tigre atado al poste.

Muy asustada, corrió a despertar a su marido y le dijo:

—¿Pero tú estás loco? ¿Sabes qué animal trajiste anoche durante la tormenta?

—Claro –contestó él, enojándose al recordar lo que había pasado–, ¡ese burro miserable!

—Ven a verlo –le dijo su mujer.

El hombre salió y al ver de qué animal se trataba, empezó a temblar y temió que sus piernas no lo sostuvieran. Se palpó todo el cuerpo para comprobar si tenía alguna herida, pero no encontró ni un rasguño.

La hazaña del granjero se extendió con rapidez por todo el pueblo y todo el mundo acudió a ver al tigre cautivo y a escuchar cómo había sido capturado y domesticado.

La historia corrió de boca en boca y pronto se extendió a otros pueblos, y finalmente, llegó a oídos del Rajá y la Ráni. Ambos quedaron tan admirados al oír aquel relato del hombre que cabalgaba tigres, que les faltó tiempo para ir a conocerlo personalmente.

Al llegar con su séquito a casa del granjero, comprobaron que la historia era cierta. Y todavía quedaron más impresionados al saber que aquel feroz tigre atado al poste, que ahora se comportaba como un dócil gatito, había sido el pavoroso animal que había sembrado el terror por toda la región.

El Rajá y la Ráni quisieron recompensar al granjero por la valentía demostrada y, sin pensarlo dos veces, le otorgaron un título nobiliario, le regalaron vastas tierras, una gran mansión en el campo y riquezas sin fin.

Y todo esto no me lo contaron, que yo lo vi.

FIN