Grimm

La reina de las abejas

Ilustración: Helen Stratton

Dos príncipes, hijos mayores de un rey, partieron un día en busca de aventuras y se entregaron a una vida disipada y licenciosa, por lo que no volvieron a aparecer por su casa. El tercer hijo, al que llamaban Simplón, se puso en camino, en busca de sus hermanos. Cuando, por fin, los encontró, se burlaron de él.

—¿Cómo pretendes, siendo tan simple, abrirte paso en el mundo cuando nosotros, que somos mucho más inteligentes, aún no lo hemos conseguido?

No obstante, dejaron que los acompañara.

Por el camino, encontraron un nido de hormigas. Los dos mayores querían destruirlo para divertirse viendo cómo los animalitos corrían azorados para poner a salvo los huevos; pero el menor dijo:

—Dejad en paz a las hormigas; no dejaré que las molestéis.

Siguieron andando hasta llegar a la orilla de un lago, en cuyas aguas nadaban muchísimos patos. Los dos hermanos querían cazar unos cuantos para asarlos, pero el menor se opuso:

—Dejad en paz a los patos; no consentiré que los molestéis.

Al fin llegaron a una colmena silvestre, instalada en un árbol, tan repleta de miel, que ésta fluía tronco abajo. Los dos mayores iban a encender fuego al pie del árbol para sofocar los insectos y poderse apoderar de la miel; pero Simplón los detuvo, repitiendo:

—Dejad a las abejas en paz; no toleraré que las queméis.

Al cabo de unas horas, llegaron los tres a un castillo del que decían que estaba encantado. Entraron y lo primero que vieron fue que en las cuadras había muchos caballos de piedra, pero ni un alma viviente. Recorrieron todas las salas sin encontrar a nadie, hasta que se encontraron frente a una puerta cerrada con tres cerrojos, pero que tenía una ventanilla en el centro por la que podía mirarse al interior. Dentro, se veía a un hombrecillo de cabello gris, sentado a una mesa. Lo llamaron una vez y dos, pero no los oyó; a la tercera, se levantó, descorrió los cerrojos y salió de la habitación sin pronunciar una sola palabra y, por señas, les indicó que lo siguieran. Los condujo hacia una mesa ricamente puesta. Una vez hubieron comido y bebido, llevó a cada uno de los tres hermanos a un dormitorio.

A la mañana siguiente, el hombrecillo llamó al mayor y lo condujo hasta una mesa de piedra, en la cual había escritos los tres trabajos que debía cumplir para desencantar el castillo. El primero decía: «En el bosque, entre el musgo, se hallan las mil perlas de la hija del rey. Se han de recoger antes de la puesta del sol, en el bien entendido de que si falta una sola, el que hubiere emprendido la búsqueda quedará convertido en piedra.

El mayor se pasó el día buscando; pero a la hora del ocaso no había reunido más que un centenar de perlas; y le sucedió lo que estaba escrito en la mesa: quedó convertido en piedra.

Al día siguiente, el segundo intentó la aventura, pero no tuvo mayor éxito que el mayor: encontró solamente doscientas perlas, y, a su vez, fue transformado en piedra.

Finalmente, le tocó el turno a Simplón, el cual salió a buscar entre el musgo. ¡Qué difícil se hacía la búsqueda y con qué lentitud se reunían las perlas! Se sentó sobre una piedra y se puso a llorar. De pronto, se presentó la reina de las hormigas a las que había salvado la vida, seguida de cinco mil de sus súbditos y en un abrir y cerrar de ojos tuvieron los animalitos las perlas reunidas en un montón.

Al día siguiente, a Simplón se le encomendó pescar del fondo del lago la llave del dormitorio de la princesa. Al llegar el muchacho a la orilla dispuesto a sumergirse en las negras aguas, los patos que había salvado se acercaron nadando, se sumergieron en las profundidades y, al poco rato, aparecieron con la llave pedida.

A la mañana siguiente, Simplón debía enfrentarse al tercero de los trabajos, el más difícil de todos. De las tres hijas del rey, que estaban dormidas a causa de un encantamiento, debía descubrir cuál era la más joven y hermosa, pero el caso era que las tres se parecían como tres gotas de agua, y entre ellas no se advertía la menor diferencia. De ellas solo se sabía que, justo antes de quedarse dormidas, habían comido diferentes golosinas. La mayor, un terrón de azúcar; la segunda, un poco de jarabe de caramelo, y la menor, una cucharada de miel.

En ese instante, compareció la reina de las abejas, cuyo panal Simplón había salvado del fuego, y exploró la boca de cada una. Después de revolotear sobre las tres princesas, se posó, finalmente, en la boca de la que había comido miel, con lo cual el príncipe pudo reconocer a la verdadera.

El hechizo se desvaneció en ese instante; todos despertaron, y los petrificados recuperaron su forma humana. Simplón se casó con la princesita más joven y bella, y los dos heredaron el trono a la muerte del rey. Los dos hermanos se casaron con las otras dos princesas.

FIN

Historia de uno que hizo un viaje para saber lo que era miedo

Ilustración: nikogeyer

Un labrador tenía dos hijos que lo ayudaban en casa, pero si el padre le pedía al mayor una faena en el exterior al caer la noche, o al oscurecer lo mandaba a un recado cerca del cementerio, el chico siempre decía: «¡Qué miedo!».

Si se reunían de noche para contar cuentos alrededor del fuego, en especial si eran de espectros o fantasmas, todos exclamaban: «¡Qué miedo!».

El hijo menor no podía comprender lo que querían decir: «Siempre hablan de “miedo”, pero yo no sé qué es miedo».

Pasó el tiempo y como el chico crecía sin conocer el miedo, un día, quiso marcharse a buscarlo:

—Padre, quisiera recorrer el mundo para conocer el miedo.

El padre suspiró y le contestó:

—¿Y de qué te servirá conocerlo? Eso no te dará de comer. Es mejor que te quedes aquí.

Tanto insistía el muchacho, que el padre ideó un plan para quitarle a su hijo la idea de la cabeza.

Una tormentosa noche de truenos y rayos, lo mandó al granero a buscar leña. «¡Ahora sabrás lo que es el miedo!», dijo para sí. Salió tras él, y cuando el joven se disponía a regresar con su carga de madera entre los brazos, el padre se interpuso entre él y la puerta, envuelto en una sábana blanca.

—¿Quién eres? —preguntó el joven. Pero el fantasma no contestó ni se movió—. ¡Responde!, o te haré volver por donde has venido.

El padre continuó inmóvil y el joven inquirió por segunda vez:

—¿Quién eres? ¡Habla!, o te arreo con un tronco.

El padre creyó que no cumpliría su amenaza y siguió inmóvil, como si fuese de piedra. El chico preguntó por tercera vez, y como tampoco obtuvo respuesta, dio un salto y empezó a atizar con un grueso tronco al espectro, el cual huyó despavorido gritando. El chico se fue a casa, se acostó y se durmió.

A la mañana siguiente, el padre, con el cuerpo tullido, le dijo al chico:

—Hijo, márchate y aprende qué es el miedo.

—Gracias, padre, así lo haré no os preocupéis por mí.

El muchacho echó a andar por el camino real diciendo: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?».

Al poco, se encontró con un hombre que, al oír al joven, le dijo señalando un cementerio:

—Entra ahí dentro, espera a que sea de noche, y sabrás lo que es el miedo.

—Si no es más que eso…, ¡lo haré sin problema!

—Ya veremos. Volveré mañana a verte.

El joven se dirigió al cementerio y, como tenía frío, encendió una hoguera. El aire movía las ramas de los árboles, que chocaban entre sí con seco ruido y el fuego dibujaba fantasmagóricas sombras sobre las piedras. Cualquier otra persona hubiera huido despavorida, pero él se echó junto al fuego y se durmió.

A la mañana siguiente, el hombre acudió puntual a la cita:

—¿Has sentido miedo?

—No, solo he sentido frío.

El joven continuó su camino: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?». Por la noche, llegó a una posada, donde decidió pasar la noche. Apenas llegó a la puerta, la posadera se echó a reír al oír su cantinela y le dijo:

—Yo sé de un lugar en el que aprenderás lo que es el miedo, aunque quizá no puedas contarlo…

—No me importa el peligro. Quiero saber qué es el miedo; ese es el motivo de mi viaje.

La posadera le contó que no lejos de allí había un castillo en ruinas, donde podría saber lo que era miedo si pasaba en él tres noches. En el castillo había grandes tesoros ocultos, custodiados por espíritus malignos, suficientes para hacer rico a un pobre. La reina quería recuperarlo y había prometido una gran recompensa a quien superase la prueba y le devolviese el castillo. Hombres y mujeres lo habían intentado, pero nadie lo había conseguido.

A la mañana siguiente, el joven se presentó ante la reina y le pidió permiso para pasar las tres noches en el castillo arruinado. A la reina le pareció un chico guapo e inteligente, así que le dio permiso:

—Si superas la prueba, me casaré contigo. Puedes llevar contigo tres cosas que no tengan vida.

El joven pidió:

—Concédeme llevar leña para hacer lumbre, una silla para sentarme y un saco para transportarlo todo.

La reina le proporcionó lo que había pedido y, al filo de la media noche, entró el joven en el castillo. Encendió en una de las salas un hermoso fuego, puso al lado el saco y se sentó en la silla.

De repente, oyó decir con voz desagarrada en un rincón:

—¡Miauuuuu!, ¡miauuuuuu!, ¡frío tenemos!

—¿Por qué maulláis? si tenéis frío, venid y calentaos.

Apenas hubo dicho esto, dos enormes gatos negros se pusieron a su lado, mirándolo con sus ojos de fuego. Al poco rato, cuando se hubieron calentado, preguntaron:

—¿Quieres jugar con nosotros a las cartas?

—¿Por qué no? —contestó—, pero enseñadme primero las patas. —Los gatos así lo hicieron—. ¡Qué uñas tan largas tenéis!, primero os las cortaré.

Los cogió por los pies y los metió en el saco. «Ahora que os he visto las uñas— les dijo— ya no tengo ganas de jugar», y los lanzó por una de las ventanas.

No bien se había desecho de ellos, salieron de todos los rincones y rendijas una multitud de gatos negros de ojos de fuego. Eran tantos, que era imposible contarlos. Maullaban horriblemente, y lo rodeaban, intentado arañarlo. El chico los miró con tranquilidad, y, cuando se cansó, hizo ademán de pegarles con su silla, con tanta decisión, que los gatos huyeron despavoridos. Al terminar, atizó el fuego y se sentó a descansar. Comenzaron a cerrarse sus los ojos y tuvo ganas de dormir. Miró a su alrededor y vio en un rincón una hermosa cama. «Me viene muy bien», se dijo. Se echó en ella y se quedó dormido al instante, pero la cama comenzó a andar y a dar vueltas alrededor del cuarto, como si de ella tirasen seis caballos. Con el movimiento, el chico cayó al suelo y allí siguió durmiendo hasta el otro día.

A la mañana siguiente, la reina fue a visitarlo y al verlo tendido en el suelo creyó que el miedo había acabado con él:

—¡Qué lástima! Este me gustaba.

Al oírla, el chico se levantó y le contestó:

—Aún no hay por qué tenerme lástima. Ya ha pasado una noche y las otras dos vendrán y pasarán también.

Llegó la segunda noche. Sonaron las doce en el reloj y ruidos y golpes resonaban en la sala, primero débiles, después estridentes, y finalmente cayó por la chimenea la mitad de un hombre, que se plantó ante él:

—Hola —exclamó—, todavía falta el otro medio.

Entonces comenzó el ruido de nuevo: parecía que tronaba, y se venía el castillo abajo y cayó la otra mitad.

Las dos partes se unieron y un hombre horrible se sentó en su silla.

—La silla es mía —dijo el joven.

El espectro no quería dejarlo sentar, y el chico tuvo que recuperar a la fuerza su asiento. Cuando por fin lo recobró, el fantasma se desvaneció. Acto seguido, el chico se echó y durmió a pierna suelta.

A la mañana siguiente, la reina fue a informarse:

—¿Has pasado miedo?

—No.

Llegó la tercera noche y al sonar las doce aparecieron seis hombres pálidos y delgados que cargaban sobre los hombros un ataúd. Cuando lo dejaron en el suelo, el chico levantó la tapa; había un cadáver dentro:

—¡Uy!, estás helado. Espera, te calentaré un poco.

Lo cogió en brazos y lo acercó a la lumbre. Al poco, el muerto comenzó a moverse, se levantó y le dijo:

—Por haberme despertado, ¡morirás de miedo!

—¿Así me das las gracias? ¡Vuelve a tu caja!

Lo metió dentro de ella y cerró y, al hacerlo, el castillo quedó desencantado.

A la mañana siguiente, volvió la reina:

—¿Ya sabes lo que es el miedo?

—Todavía no.

—Has superado la prueba. Has recuperado mi castillo y los tesoros, así que me casaré contigo.

—Me parece muy bien, pero yo sigo sin saber lo que es el miedo.

Se celebró la boda, y aunque el joven rey, estaba muy contento, no paraba de decir: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?».

La reina, harta de oírlo, pensó: «¡Yo te voy a enseñar lo que es el miedo!». Fue al arroyo que corría por el jardín y llenó un cubo entero con agua y peces. Por la noche, cuando el joven rey dormía, la reina colocó el cubo sobre su pecho. Los peces, al saltar, salpicaban gotas heladas sobre el nuevo monarca, el cual se despertó sobresaltado gritando:

—¿Qué pasa? ¡Qué miedo! —y añadió, después—. Mi querida esposa, ¡gracias! Tú me has enseñado, por fin, lo que es el miedo.

FIN

El reyezuelo

Ilustración: kimsingu

En tiempos remotísimos todos los sonidos y ruidos tenían sentido y significado. Lo tenía el martillo del herrero al golpear el yunque, y el cepillo del carpintero al pulir la madera, y la rueda del molino al ponerse en acción, diciendo con su tableteo: «¡Cuántas vueltas da la vida! ¡Cuántas vueltas da la vida!» Y si el molinero que iba a moler era un ladrón, cuando la ponía en marcha, hablaba muy claramente y empezaba preguntando despacio: «¿Quién viene? ¿Quién viene? —y contestaba más rápido—: ¡El molinero! ¡El molinero! —y, finalmente, añadía a toda velocidad—: ¡Roba que robarás! ¡De un saco, dos sacarás!».

Por aquellos tiempos, incluso las aves tenían su propio lenguaje, que hoy en día, inteligible para todo el mundo, nos suena a gorjeos, chillidos, arrullos o silbidos, y el de ciertos pájaros, a música sin palabras. Pues bien, he aquí que, un día, se les metió a las aves en la cabeza la idea de que necesitaban alguien que mandase y decidieron elegir un rey. Solo una, el avefría, no estuvo de acuerdo: ella siempre había volado libre, y libre quería morir. Revoloteaba de un lado para otro, angustiada, gritando:

—¿Adónde voy, adónde voy?

Finalmente, se retiró a los pantanos solitarios y desiertos, sin dejarse ver de sus semejantes.

Las demás aves decidieron deliberar sobre el asunto, y una hermosa mañana de mayo, salieron de bosques y campos. Se congregaron: el águila, el pinzón, la lechuza, la graja, la alondra, el gorrión… ¡Imposible mencionarlas todas! Incluso acudieron la abubilla y el cucú, su sacristán, llamado así porque siempre se deja oír unos días antes que la abubilla. También compareció un pajarillo muy chiquitín, que todavía no tenía nombre. La gallina que, despistada como siempre, no se había enterado del asunto, se admiró al ver aquella enorme concentración:

—Coc, coc, coc coc, ¿qué pasa ahí? —cacareó asustada—. Pero el gallo la tranquilizó, explicándole el objeto de la asamblea.

Se decidió que sería rey el ave capaz de volar a mayor altura. Una rana de zarzal que contemplaba todo desde una mata, exclamó, en tono de advertencia, al oír aquello:

—Croac, croac. croac, convencida estoy de que esta es una mala solución.

Pero el mirlo le replicó:

—¡Chuik, chuik, chuik! —que significa: «Todo irá bien».

Decidieron efectuar la prueba aquella misma mañana, para que nadie pudiese luego decir: «Yo habría volado más alto; pero llegó la noche y tuve que descender».

Ya de acuerdo, a una señal convenida, se elevó por los aires aquel tropel de aves, levantado una gran polvareda en el campo. Se oyó un estruendoso rumor de aleteos, y pareció como si una nube negra cubriese el cielo.

Las aves pequeñas no tardaron en quedar rezagadas; agotadas sus fuerzas, regresaron a tierra. Las mayores resistieron más, aunque ninguna pudo rivalizar con el águila, la cual subió tan alto, que habría podido dar un picotazo al sol. Al ver que ninguna otra la seguía, pensó: «¿Para qué subir más? Indudablemente, soy la reina,» y empezó a descender. Las demás aves, desde el suelo, la recibieron al grito de:

—¡Tú serás nuestra reina; nadie ha volado a mayor altura que tú!

—¡Excepto yo! —exclamó el pequeñuelo sin nombre, que se había escondido entre las plumas del águila. Y como no se había fatigado, pudo seguir subiendo y subiendo cuando el águila empezó a bajar. Tanto subió, que llegó casi a rozar la luna. Y, una vez allí arriba, recogió sus alas y se dejó caer como un plomo, gritando, con su voz fina y penetrante—: ¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!

—¿Tú nuestro rey? —protestaron las aves, airadas—. Has ganado con engaño y astucia.

Y entonces pusieron otra condición: sería rey aquel que fuese capaz de hundirse más profundamente en la tierra. ¡Era digno de ver cómo el ganso restregaba su ancho pecho contra el suelo! ¡Con cuánto vigor abría el gallo un agujero! El pato fue el menos afortunado, pues si bien saltó a un foso, se torció las patas y echó a correr, anadeando, hasta la charca próxima, mientras parpaba:

—¡Cuek, Cuek!, ¡mal negocio!

El pequeño sin nombre buscó un agujero de ratón, se metió en él, y desde el fondo, gritó con su voz fina:

—¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!

—¿Tú nuestro rey? —repitieron las aves, más indignadas todavía—. ¿Piensas que van a valerte tus ardides?

Y decidieron retenerlo prisionero en la madriguera, condenándolo a morir allí de hambre. Para ello, encargaron su custodia a la lechuza, con la consigna de no dejar escapar al bribonzuelo, bajo ningún concepto.

Al caer la noche, todas las aves, cansadas del ejercicio de vuelo al que se habían sometido, se retiraron a sus respectivos nidos, solo la lechuza se quedó junto al agujero del ratón, con sus grandes ojos clavados en la entrada. Sin embargo, como también ella estaba cansada, pensó: «Como mis ojos son tan grandes, cerraré uno y velaré con el otro. Ese pajarillo no podrá escapar de la ratonera». Y, así, cerró un ojo, manteniendo el otro clavado en la madriguera. El pajarillo sacaba de vez en cuando la cabeza con el propósito de escapar; pero la lechuza seguía vigilante, y él no tenía más remedio que meterse de nuevo en su escondite. Al cabo de un rato, la lechuza cambió de ojo para descansar el otro, con la idea de usarlos alternativamente hasta que llegase la mañana. Pero una vez lo cerró, se olvidó de abrir el otro y se quedó profundamente dormida. El pequeño pajarito no tardó en darse cuenta de ello y se escapó.

Desde entonces, la lechuza no puede dejarse ver durante el día; porque, si lo hace, todas las demás aves la persiguen y la cosen a picotazos. Por eso, vuela únicamente de noche y también, por eso, odia y persigue a los ratones, a causa de que los agujeros que abren en el suelo le recuerdan su fracaso.

Tampoco el pajarillo se presenta mucho en público, temeroso de perder la cabeza si lo cogen. Se oculta entre los setos y, cuando cree estar muy seguro, todavía suele gritar:

—¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!—por lo cual, las demás aves lo llaman, en son de burla, «reyezuelo».

Pero ningún ave se sintió más contenta que la alondra de que no se eligiera rey, pues así no tenía que obedecer a nadie. En cuanto el sol aparece en el horizonte, se eleva en los aires y canta:

—¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!

FIN

El clavo

Ilustración: shanyar

Un mercader había realizado buenos negocios en la feria. Había vendido todas sus mercancías y regresaba con la bolsa bien repleta de oro y plata. Como quería estar en casa antes de que anocheciera, metió el dinero en su valija, la ató en la parte de atrás de su silla de montar y se puso en camino, cabalgando sobre su caballo.

A mediodía se detuvo a descansar en una ciudad y dejó el caballo en el establo. Ya se disponía a continuar su ruta, cuando el mozo de la posada, al devolverle el caballo, le dijo:

—Señor, en el casco izquierdo de detrás falta un clavo en la herradura. Descansad diez minutos más, que yo llevaré el caballo al herrero para que ponga un clavo nuevo.

—No importa —respondió el comerciante—. La herradura aguantará bien sin ese clavo las seis horas que me quedan de viaje. Tengo prisa. Quiero llegar a casa antes de que anochezca.

Por la tarde, el comerciante paró en otra posada; tras otro descanso y tras pedirle al posadero que le diera pienso al animal, este le dijo:

—Señor, vuestro caballo ha perdido la herradura del casco izquierdo de atrás. ¿Queréis que lo lleve al herrero? Le pondrá una nueva herradura en media hora.

—No, déjalo —respondió el mercader—. El animal aguantará sin herradura el par de horas que quedan hasta casa. Llevo mucha prisa. Se hace tarde y quiero llegar a casa antes de que se ponga el sol.

Y continuó su camino.

Mas, al poco rato, el caballo empezó a cojear, luego a tropezar continuamente y, por fin, se cayó y se rompió una pata. El comerciante no tuvo más remedio que abandonarlo en medio del camino, cargar con la valija y recorrer a pie el resto del trayecto. Llegó a su casa cansado, sin caballo y de muy mal humor.

—Quería llegar a casa antes de que anocheciera y ya es noche cerrada… ¡Y de esto ha tenido la culpa un maldito clavo!

Si quieres llegar pronto a tu destino, apresúrate, pero con calma.

FIN

El lobo y las siete cabritillas

Ilustración: Stevan55

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas.

—Hijas mías —les dijo—, me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.

Las cabritas respondieron:

—Tendremos mucho cuidado, mamaíta. Márchate tranquila.

Se despidió la vieja cabra con un balido y, confiada, emprendió su camino.

No había transcurrido mucho rato cuando llamaron a la puerta y una voz pidió:

—Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.

Pero las cabritas comprendieron, por lo ronco de la voz, que era el lobo.

—No te abriremos —exclamaron— no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.

El lobo se fue a la tienda y se compró un buen trozo de yeso, que se comió para suavizarse la voz. Volvió a la casita y llamó nuevamente a la puerta:

—Abrid hijitas —dijo—  vuestra madre os trae algo a cada una.

Pero el lobo había puesto una de sus negras patas en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron:

—No, no te abriremos, nuestras mamá no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!

Corrió entonces, el muy bribón, a un molinero:

—Échame harina blanca en el pie —le dijo.

El molinero comprendió que el lobo tramaba alguna tropelía, así que se negó, pero la fiera lo amenazó:

—Si no lo haces, te devoro.

El hombre, asustado, le blanqueó la pata.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo:

—Abrid, pequeñas; es vuestra mamíta querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.

Las cabritas replicaron:

—Enséñanos la patita; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.

La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas!

Una se metió debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo del fregadero, y la más pequeña, en la caja del reloj.

Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, no la pudo encontrar.

Ya harto, el lobo se alejó a un trote ligero y en un prado verde que encontró se  tumbó a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo.

Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; las llamó a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que le llegó el turno a la última, la cual, con vocecilla queda, dijo:

—Mamá querida, estoy en la caja del reloj.

La fue a buscar la cabra  y, entonces, la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas.

Se acercó y al observarlo de cerca, le pareció que algo se agitaba en su abultada barriga. «¡Válgame el cielo! —pensó la cabra—, ¿serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo.

Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar, cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras sin masticar.

¡Que contentas se pusieron! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta!

Pero aún no había terminado. La cabra dijo:

—Traedme piedras, que ahora que el lobo duerme, aprovecharemos y llenaremos su panza con ellas.

Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada su siesta, el lobo se despertó  y, como los guijarros que le llenaban el estómago le habían dado mucha sed, se encaminó a un pozo cercano para beber.

Mientras andaba, los guijarros de su panza se movían de un lado a otro y chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

—¿Qué será este ruido que suena en mi barriga? Creí que eran cabritas, pero parecen chinitas.

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo y no pudo volver a salir y si nadie lo ha ayudado, ahí debe seguir.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El lobo y las siete cabritillas» con la voz de Angie Bello Albelda