habichuelas

Las habichuelas mágicas

Ilustración: LindseyBell

Jack vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque. La situación de la familia empeoraba día a día y la madre decidió mandar a su hijo a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían.

El niño se puso en camino con el animal atado de una cuerda. No había recorrido demasiado camino, cuando se encontró con un hombre que llevaba un misterioso saquito en la mano. Al ver a Jack le dijo:

—Niño, en este saquito llevo unas habichuelas mágicas. Te las cambio por la vaca.

Jack así lo hizo y regresó contentísimo a su casa. Su madre, al ver lo que había pasado, se disgustó muchísimo, cogió las habichuelas y las tiró por la ventana. Acto seguido, se puso a llorar y a lamentar la necedad de su hijo.

Al día siguiente, cuando se levantó Jack, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista en el cielo.

Jack empezó a trepar por la planta. Sube que sube que sube, hasta llegar a un país desconocido, cuyos habitantes estaban subyugados por un terrible ogro.

En la lejanía divisó un castillo y se dirigió hacia allí. Entró en él y descubrió que era allí donde vivía el malvado gigante, el cual poseía una oca que ponía un huevo de oro cada vez que su dueño se lo ordenaba.

Jack esperó a que el gigante se durmiera, tomó la oca y escapó con ella.

Al llegar a las ramas del árbol de las habichuelas, se descolgó por el tronco hasta tocar el suelo y entró en la cabaña.

Al ver aquel prodigio, la madre se puso muy contenta. La oca ponía huevos y ello los vendían. Con la ganancia obtenida vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la oca murió.

Jack decidió trepar de nuevo por la planta y una vez arriba se dirigió al castillo del gigante.

Se escondió tras una cortina y observó como el dueño del castillo contaba monedas de oro que sacaba de una bolsa de cuero.

En cuanto se durmió el gigante, salió Jack y, recogiendo el saco que daba oro, echó a correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. La viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo.

Sin embargo, llegó un día en que la bolsa de cuero no dio más monedas de oro. Estaba completamente vacía.

Trepó Jack por tercera vez por las ramas de la planta hasta llegar a la cima. Entonces vio al ogro guardar en un cajón una cajita. Era mágica y cada vez que alguien levantaba la tapa la caja dejaba caer una moneda de oro.

Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la guardó.

Desde su escondite, vio Jack que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, ¡oh maravilla!, tocaba sola, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada música. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo, poco a poco, en un profundo sueño.

Apenas lo vio dormido, Jack, se apoderó del arpa y echó a correr. Pero el arpa estaba encantada y al verse en manos de Jack empezó a gritar.

—¡Señor ogro, señor ogro, despierte, que me roban!

Se despertó sobresaltado el gigante y viendo lo que ocurría, salió corriendo furioso tras Jack.

Resonaban a espaldas del niño los pasos del gigante cuando ya, sujeto a las ramas, empezaba a bajar. Aunque iba muy deprisa, al mirar hacia las alturas vio que también el gigante descendía.

No había tiempo que perder.

—¡Mamá, mamá trae enseguida el hacha, que el gigante me persigue! —gritó Jack.

Acudió la madre con el hacha y de un certero golpe, cortó el tronco del árbol de las habichuelas.

Al caer el árbol, arrastró consigo al gigante, que se estrelló con estrépito contra el suelo, pagando así sus fechorías.

Jack y su madre vivieron felices, ya que cuando necesitaban alguna cosa, abrían la cajita y esta dejaba caer una moneda de oro.

FIN