hada

Las hadas

Ilustración: coda-leia

Había una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor era muy parecida a la madre, tanto en físico como en carácter; de modo que el que conocía a una, conocía a la otra. Ambas eran tan desagradables y orgullosas, que nadie podía vivir en paz con ellas. La menor era una copia de su padre en su dulce temperamento, en su inteligencia y en sus virtudes, y era, además, también parecida en su agraciado aspecto. Y como por naturaleza solemos amar a quien se nos parece, la madre sentía locura por su hija mayor en la misma medida que aborrecía a la pequeña. A esta la hacía trabajar sin descanso y la obligaba a comer en la cocina.

Entre las obligaciones impuestas, la desafortunada niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una fuente que distaba dos kilómetros de la casa y transportarla en una gran jarra.

Un día, cuando estaba en la fuente, se acercó a ella una pobre mujer y le rogó que le diera de beber.

—Naturalmente, buena señora —contestó la niña.

Puso la jarra bajo el chorro que manaba, la llenó con un poco de agua fresca y, sonriendo, se la ofreció a la señora, sosteniéndole la vasija todo el tiempo, para que pudiera beber más cómodamente.

Una vez hubo saciado su sed, la mujer le dijo:

—Eres lista y cortés; lo tienes todo. Así que te concederé un don especial —porque la anciana era, en realidad, un hada, que tomaba la figura de pobre campesina para probar a las personas—. El don que te concedo hará que con cada palabra que pronuncies salga de tu boca una flor o una joya.

De regreso a casa, la madre reprendió a la niña por haber tardado:

—Perdón, mamá, por haberme retrasado tanto —dijo la pobre muchacha. Y al pronunciar las seis palabras, de su boca salieron dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.

—¿Qué es lo que estoy viendo? —dijo la madre llena de asombro—. De tu boca han salido rosas, perlas y diamantes. ¿Cómo has hecho eso, hija mía?

Aquella era la primera vez que la llamaba «hija mía».

La niña le fue contando todo lo que había ocurrido y junto con cada palabra, de su boca, salían flores y joyas.

 —¡Maravilloso! —gritó la madre—, debo enviar a mi hija mayor allí. ¡Mira, hijita, ven a ver lo que sale de la boca de tu hermana cada vez que habla! ¿No te gustaría, querida, recibir un don semejante? Basta con que vayas a la fuente a buscar agua y cuando una pobre campesina te pida que le des de beber, le ofreces la jarra muy gentilmente.

—¡Qué te crees tú eso! —dijo la grosera niña— ¡¿Yo a la fuente?! ¡Ni soñarlo!

—Pues yo te digo que irás —le ordenó la madre—, ¡de inmediato!

La hija mayor tomó de mala gana una jarra de plata que había en la casa y, refunfuñando, tomó el camino para ir a buscar agua.

No había hecho más que llegar a la fuente, cuando del bosque salió una dama magníficamente ataviada que se acercó a ella y le pidió de beber.

La dama era la misma hada que se había presentado ante su hermana, pero ahora venía con la apariencia y vestiduras de una princesa, para comprobar hasta dónde llegaba la maldad de aquella niña.

—¿Te crees que he venido aquí para darte de beber? —dijo altanera la joven— A ver si te has creído que esta jarra de plata es para que la uses tú, majestad. Si tienes sed, ¡amórrate a la fuente!

—No eres muy amable, ni tampoco muy lista —contestó el hada, sin enojarse—. A tu insolencia, sin embargo, le falta algo, así que te concederé un don especial: junto a cada palabra que pronuncies, saldrán de tu boca sapos y culebras.

Tan pronto como la madre la vio regresar, le gritó:

—¿Y bien, hija?

—¿Y bien qué, madre? —contestó la infeliz. Y de su boca salieron dos culebras y dos sapos.

—¡Cielo santo! —exclamó la madre— ¿Qué es esto? ¡Tú hermana es la culpable de todo y me las pagará!  —y corrió para darle un escarmiento.

La hija pequeña, al ver a su madre tan furiosa, se alejó corriendo y fue a buscar refugio en el bosque cercano.

El hijo de los reyes de aquel lugar, que andaba por aquellos parajes, se encontró con ella. Al verla tan triste, le preguntó qué hacía allí y cuál era el motivo de su llanto.

—¡Ay!, he tenido que huir de mi casa porque mi madre estaba muy enojada.

El príncipe, lleno de asombro ante las perlas, diamantes y flores que salían de la boca de la niña con cada una de sus palabras, le rogó que le explicara cómo conseguía  hacer aquello y ella le relató toda la historia.

Mientras escuchaba, el hijo del rey se enamoró de ella y al darse cuenta de que el don de la niña era mucho más valioso que el más valioso tesoro que pudiera encontrar jamás, la llevó al palacio y allí le pidió que se casara con él.

En cuanto a la otra hermana, se hizo cada vez más despreciable y odiosa. Tanto, que su madre terminó por echarla de casa. La infeliz, después de mucho deambular, se refugió en lo más profundo del bosque y en él sigue; sola, sin pronunciar ni una sola palabra.

FIN

La Pequeña Hada y la lluvia de colores

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Ilustración: nicolas-gouny-art

Ya sabéis que en Isla Imaginada habitan todos los seres que han vivido, viven o vivirán las aventuras fascinantes que nos cuentan los cuentos. Pero antes de ser personajes principales, deben prepararse y formarse muy bien para que la historia en el que habitan sea tan bonita, que ningún niño del mundo se canse jamás de leerla o de escuchar cómo se la cuentan sus mayores una y mil veces.

En estas se encontraba nuestra protagonista, una Pequeña Hada que había llegado a la Isla Imaginada hacía dos años.

Acababa de terminar su segundo curso en la Academia de Hadas Buenas con excelentes notas y ¡hasta se había ganado con honores su varita mágica!, si bien solo podía realizar pequeños encantamientos con ella, porque aún le quedaban muchas cosas por aprender. Podía, por ejemplo, hacer que una araña tejiera un jersey para un gusanito friolero. O bien convertir una castaña en una casita nueva para un caracol que hubiera perdido la suya.

Aunque también se metía en líos tremendos, como cuando convirtió toooooda la comida de Isla Imaginada en fruta y durante una semana no hubo otra cosa para comer que no fueran manzanas, peras, sandías, naranjas, mangos, piñas…

La Pequeña Hada esperaba impaciente los días de vacaciones para correr, saltar y jugar por los parques y bosques de Isla Imaginada, que son los más bonitos del mundo de la fantasía. Pero, justo al acabar las clases, en el cielo de Isla Imaginada se había instalado una familia de nubarrones oscuros, que llevaban en sus panzas miles y miles de litros de agua. Les habían gustado tanto los preciosos campos de la isla, que habían decidido regarlos para que dieran buenas cosechas.

Así, que tras tres días encerrada en casita, nuestra Pequeña Hada ya estaba cansada de tanta humedad. Tras el cristal de la ventana observaba aburrida el paisaje requetemojado cuando, de pronto, el sol se desperezó y dejó que asomara entre las nubes un rayo de su brillante luz y, entonces, un precioso arcoíris se dibujó en el cielo.

—¡¡¡Ooooooohhhhhhh!!! ¡¡¡Qué bonito!!!

La Pequeña Hada se dijo:

—Es una pena que mi varita mágica de segundo curso no tenga poder para ordenar que pare de llover. Si al menos la lluvia fuera de colores, todo sería más divertido…

De pronto, abrió mucho los ojos y exclamó entusiasmada:

—¡Claro! ¡Vaya idea más buena! Sería maravilloso que el agua que cae del cielo fuera roja, verde, azul, naranja… ¡Que divertido! ¡Ahora mismo voy por mi varita y mis libros de consulta!

Y, ni corta ni perezosa, se puso a buscar un encantamiento colorido y acuático en el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas.

—¡Vamos a ver! Conjuros para bichos, para gnomos, para princesas, conjuros para árboles, para bebés, musicales, conjuros matemáticos… —murmuraba a medida que pasaba las hojas— ¡Uffff!, esto es más complicado de lo que pensaba.

Pero como era voluntariosa y obstinada, siguió buscando:

—Conjuros para enfermedades, de amor, para ogros, para lluvia… ¡Aquí!, ¡aquí debe estar lo que busco!

Emocionada, abrió el libro en el capítulo de los conjuros para lluvia y repasó todos los que allí se nombraban:

—Lluvia de garbanzos, lluvia calentita, lluvia que no moja, lluvia cantarina, lluvia de sopa, lluvia invisible, lluvia de colores… ¡Lluvia de colores! ¡Por fin! Manos a la obra. Mejor dicho, ¡varita a la obra!

La Pequeña Hada abrió la puerta y corrió hacia el jardín, dirigió su varita al cielo y en voz muy, muy alta empezó a recitar el encantamiento:

¡Chincharabón! ¡Chincharabín!

¡Colores del arcoíris, venid a mí!

¡Vestid la lluvia aburrida de rojo, verde y añil!

¡Chincharabín! ¡Chicharabón!

¡Varita haz lo que ordeno hasta que acabe el chaparrón!

De inmediato empezaron a caer del cielo ráfagas de lluvia de todos los colores. ¡Era un espectáculo fantástico!

Charcos multicolor alfombraron los campos, como pequeños lunares en un vestido veraniego. Cataratas azules caían de los canalones de los tejados. Las calles de los pueblos se convirtieron en ríos verdes, amarillos y fucsia y dejaron a los vecinos boquiabiertos y asombrados. Todos salieron a la calle, sin importarles que la colorida lluvia los calara.

La capita mojada de Caperucita Roja se tornó lila, los Pitufos, empapados, eran ahora de color naranja y la melena de Rapunzel de un brillante color morado. El león, rey de la selva, corrió a guarecerse en su cueva cuando su melena se tiñó de rosa ¡No le pareció un color apropiado para un fiero león!

¡Toda Isla Imaginada estallaba en colores, convirtiéndose en el escenario perfecto del cuento más bonito jamás contado!

Y tanto lo disfrutaron sus habitantes, que los abrumados reyes, condesas, alcaldes y presidentas de los diferentes reinos, ciudades y territorios no tuvieron más remedio que proclamar festivos los días siguientes, porque nadie quería perderse el espectáculo maravilloso del mundo pintado de todos los colores imaginados.

Así pasaron tres días más, hasta que las nubes se fueron vaciando y emigraron al mar para volver a llenar sus panzas de agua y seguir su lluviosa ruta.

Fueron los días más divertidos que se habían vivido en la Isla Imaginada en mucho tiempo.

Nadie se molestó en investigar de quién había sido la idea de convertir la lluvia en agua de colores, y es que los personajes de los cuentos viven en el mundo de la Fantasía y no se extrañan de nada, solo disfrutaron del espectáculo. Y, por supuesto, la que más disfrutó fue La Pequeña Hada. Su corazoncito brincaba de alegría al ver a sus vecinos y amigos tan contentos.

FIN

La Pequeña Hada y el día de la fruta

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Ilustración: nicolas-gouny-art

En la Isla Imaginada, los moradores están acostumbrados a sucesos fantásticos y extraordinarios. No podría ser de otro modo, ya que todos ellos habitan en los cuentos más lindos que se han escrito o que aún están por escribir. Por eso, ya no se asombran de casi nada… ¡Casi!, porque hace poco pasó algo ciertamente muy misterioso…

Por si alguien aún no lo sabe, en la Isla hay un colegio para piratas; una universidad para princesas; una granja-escuela para labradores, leñadores y pastores; un taller para sastrecillos y modistas; una facultad para doctores y veterinarios… Y, por supuesto, está la Academia para Hadas Buenas; con una excelente fama, por cierto. En ella, se han licenciado hadas famosas, como la de Cenicienta, las hadas de La Bella Durmiente o Campanilla.

Precisamente, en esta Academia de las Hadas Buenas, da comienzo nuestra historia.

Una de las últimas alumnas en incorporarse, ha sido una dulce y preciosa hadita. Tiene carita de ángel, pero es un poquito traviesa y marisabidilla. Me ha contado, en secreto, el lío tan grande que organizó hace poco, así que no os puedo revelar su nombre, si no, se enfadaría conmigo. La llamaremos, simplemente, Pequeña Hada.

La Pequeña Hada acabó, hace poco 1º de Hada Buena y, muy contenta, celebraba con sus compañeras el último día del curso. Todas estaban ansiosas por estrenar sus flamantes varitas y empezar a realizar encantamientos. Pero he aquí, que la maestra, la Gran Hada Buena, echó por tierra esa ilusión:

—¡Queridas alumnas, hoy es un día muy importante! Habéis finalizado el primer curso y acabáis de recibir vuestra primera varita mágica. Recordad que con ella solo surtirán efecto los encantamientos destinados a mejorar y a beneficiar a los habitantes de los cuentos que lo necesiten. Aunque, de momento, tendréis que guardarla hasta el próximo curso, porque todavía no podéis usarla. Si me entero de que algún conjuro o encantamiento se ha llevado a cabo sin que yo lo haya autorizado, la autora será expulsada inmediatamente de la Academia y nunca jamás podrá licenciarse como Hada Buena.

¡Vaya chasco! La Pequeña Hada estaba muy desilusionada. Había planeado pasar todo el verano con su varita poniendo en práctica, aquí y allá, todo lo que había aprendido: convertir un negro escarabajo en una mariposa multicolor; una mañana lluviosa en un espléndido día soleado; un plato de lentejas en una rica sandía…

—¡Ehhhhhh! ¡¡Eso sería alucinante!! ¡Ay!, si pudiera usar mi varita…. ¡Convertiría toda la comida en fruta! ¡Lo haría solo por un día! Pero no, no puedo hacerlo, si me descubren me expulsarán de la Academia… ¡No, no!

En estos pensamientos andaba ensimismada, cuando en sus tripas comenzó a sonar un concierto desafinado: ¡¡ruugggggg!! ¡¡rugggggg!!

—¡¡Uyyyy!! ¡Tanto pensar en comida, me ha despertado un hambre tremenda!

Así, que se dirigió hacia el comedor con la esperanza de que la cena fuera rica y apetitosa, ya que era un poco caprichosa con la comida y, muchas veces, eso era un fastidio, porque aunque tenía mucha hambre, al ver los platos de verdura, pescado, legumbres o sopa, ¡puajjjjj!, le costaba una enormidad terminarse su ración.

—¡Con lo fácil que sería todo si solo tuviéramos que comer fruta! ¡Es tan dulce y rica! ¡La fruta me encanta! ¡La comería todo el día! Y si por un día toda la comida se convirtiera en fruta? ¡Solo por un día! Un día sin coliflor maloliente; sin sopas ardientes; sin espinas de pescado o hueso del pollo. ¡Todos los niños del mundo serían más felices! Nada de potajes, ni huevos duros. ¡Solo rica fruta fresquita!

¡Ya está! ¡Lo haré! No puedo esperar al próximo curso, he aprendido mucho estos meses y saldrá perfecto. El encantamiento durará un día, cuando la Gran Hada Buena quiera darse cuenta, todo habrá vuelto a la normalidad, pero habrá sido muy divertido ¡Sí señor!

La Pequeña Hada, decidida y segura del poder de su varita, se pasó toda la noche preparando las palabras mágicas para que el encantamiento surtiera efecto.

Al amanecer, corrió al gran almacén de alimentos; la gran despensa de la que se abastecen todas las cocinas de la Isla, y allí, escondida tras un saco gigante de patatas, comenzó a recitar:

Si os toco con mi varita

seréis  rica comidita.

¡Piña, melón y sandía!,

para comer todo el día.

¡Sabrosos melocotones

y deliciosas naranjas!,

para llenarnos las panzas.

¡Dulces uvas y granadas!,

comerán todas las hadas.

¡Macedonias por doquier!;

es lo que hemos de comer.

¡Rica ciruela, dulce boniato!

¡Que se cumpla mi mandato!

Pronunció estas palabras y agitó su varita haciendo círculos. Una estela de polvillos mágicos flotó por todo el almacén y, ¡ohhhhhh!, ¡también salió volando por los ventanales y se fue extendiendo por los alrededores!

Al verlo, la Pequeña Hada se puso muy nerviosa, porque no sabía qué poder tenía su varita y adónde iría a parar la estela de polvos mágicos. Pero, ¡bah!, el conjuro solo duraría un día…

—¡¡Ayyyyy!!! ¡Ya he metido la pata! ¡Me he olvidado de incluir la duración del encantamiento! ¡Si es que soy muy despistada, ya lo dicen mis maestros! ¡Que no estoy atenta en clase! ¿Y qué voy a hacer ahora? ¡Ay!, ¡ay! ¡La que me va a caer!

¡Pobre aprendiz de hada!, estaba muy, muy preocupada, así que decidió comprobar si el encantamiento se había cumplido. Corrió hacia el comedor para ver si las palabras mágicas que había pronunciado habían funcionado y cuál era el efecto.

¡Y vaya si habían funcionado! Las bandejas de comida nunca habían tenido tanto colorido. Naranjas, peras, manzanas, caquis, sandías, cerezas… Todas las frutas imaginables dispuestas para ser degustadas.

Los pobres cocineros pedían disculpas:

—¡No sabemos qué ha ocurrido! Toda la comida ha desaparecido. Hoy en el almacén solo hay fruta.

Los habitantes de la Isla Imaginada estaban sorprendidos porque, según les explicaron los cocineros, hasta las vacas lecheras habían pasado de dar leche a dar zumo de frutas tropicales.

La Pequeña Hada no sabía si alegrarse o disgustarse. Por una parte, su encantamiento había salido bien, lo que quería decir que había aprovechado bien las clases. Pero, por otra, había un pequeño fallo, y es que no tenía ni la más mínima idea de cómo poner fin al día de la fruta.

Se le ocurrió que quizás en uno de los miles de libros que se guardaban en la “Gran Biblioteca Hadística” de la Academia, podía estar la fórmula para deshacer el conjuro. Así que hacia allí se encaminó. No podía preguntar a la Hada Bibliotecaria, eso la descubriría, tendría que espabilarse sola.

—¡Manos a la obra! ¡Cuanto antes empiece a buscar, antes acabaré!

Se pasó el día entero entre grandes librejos, antiguos pergaminos y pesadas enciclopedias, pero nada.

Cuando el Hada Bibliotecaria se acercó para preguntarle qué buscaba, solo acertó a decir:

—¡Oh!, no busco nada en concreto. Echo de menos las clases y quería aprender más cosas de los libros que aquí se guardan.

La Bibliotecaria, ¡claro está!, no se creyó nada y decidió observarla para descubrir qué era lo que tramaba.

Al segundo día, tras desayunar zumo, macedonia y compota, la Pequeña Hada volvió a la Gran Biblioteca, ¡pero nada!

El tercero, fue otro día más sin resultados, y el cuarto otro y el quinto otro más.

Todo el mundo andaba ya revuelto en la Isla. Se quejaban a los cocineros. El primer día fue divertido comer solo fruta, pero ahora ya echaban de menos las sopitas, los potajes, los ricos pescaditos y las tortillas calentitas.

¡Pobres cocineros! Improvisaron una paella con granos de uva y dátiles; filetes de melón con salsa de fresa; hamburguesas de higos; sopa de pera; manzanas rellenas de albaricoques; cocido de cerezas; macarrones de piña…

Y mientras, nuestra Pequeña Hada seguía con su búsqueda ¡Estaba segura de que debía existir un manual para deshacer encantamientos!

La buena Hada Bibliotecaria, que tenía muchos años de experiencia y conocía bien a las aprendices de hada, comprendió cuál era el problema y dejó con disimulo, sobre la mesa donde trabajaba nuestra hadita, el libro salvador:

 Cómo deshacer, arreglar y rectificar hechizos mal hechos.

¡Lo encontré! ¡Sí señor! ¡Aquí estará la solución! ¡Bieeeeeeennn!

Afanosa, se lo leyó entero de un tirón y halló la forma de arreglar el desaguisado que había causado, sin que nadie sospechara que era cosa suya. La solución era sencilla, se trataba de añadir la estrofa final al encantamiento original.

—¡Vaya! ¡¿Cómo no se me habrá ocurrido?!

Tendría que volver al mismo lugar y a la misma hora donde recitó las palabras mágicas del encantamiento inacabado y terminarlo.

Dicho y hecho. Esperó paciente detrás del saco de patatas para recitar la estrofa final para que, por fin, los habitantes de la Isla Imaginada pudieran volver a comer pollo, arroz, sardinas, garbanzos, ensaladas y verduras… que tanto empezaban a echar de menos.

Con la varita mágica en la mano y con voz resuelta y clara dijo:

Y al quinto día yo mando

que se resuelva este encanto,

que todo vuelva al origen,

patatas, nabos y cebollas

¡A la olla!

Carnes, pescados y verdurillas

¡A la parrilla!

Sin más entretenimiento,

¡que se cumpla el mandamiento!

Y fue, de esta manera, como la Pequeña Hada resolvió el enorme lío en el que se había metido por impaciente y listilla.

La despensa volvió a llenarse de todos los alimentos variados que se necesitan para hacer ricos y saludables menús: carnes, pescados, verduras, pasta, panes, harinas y condimentos… ¡sin olvidar las frutas!, ¡por supuesto! Aunque durante unos días nadie quiso macedonia como postre.

Nuestra amiga dice que quedó tan escarmentada, que no volverá a intentar nuevos encantamientos sin la supervisión de sus maestras.

Pero no sé, no sé, sospecho que la Pequeña Hada, pronto nos deparará nuevas sorpresas.

FIN

La Bella Durmiente

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Ilustración: Fabulandia

Este cuento nos lo pidió Amparo y a ella se lo dedicamos.

Había una vez un rey y una reina que estaban muy tristes porque no tenían hijos. Por fin, después de mucho tiempo, la reina dio a luz a una niña.

Como era costumbre en tan lejana época, para celebrar el nacimiento de la heredera, fueron invitadas todas las hadas del reino para que pudieran otorgar sus dones a la pequeña princesa, pero se olvidaron de invitar a una de ellas; un hada malvada de la que no se tenían noticias desde hacía muchísimo tiempo, porque vivía encerrada en su lejano castillo.

No se sabe de qué modo, la noticia del nacimiento de la princesa llegó a oídos de la malvada hada, pero el caso es que acudió a la fiesta sin haber sido invitada.

Al terminar la comida, una a una, las hadas pasaron ante la cuna de la recién nacida y, tocando su frente con sus varitas mágicas, le fueron otorgando sus dones:

—Serás la más inteligente.

—Serás la más alegre.

—Serás la más hermosa.

—Serás la más constante.

—Serás la más paciente.

— …

Al llegar su turno, el hada malvada se situó frente a la cuna de la pequeña y, al mismo tiempo que apoyaba su varita mágica en la frente de la princesita, pronunció con rabia su espantoso conjuro:

—¡El día que cumplas dieciséis años, te pincharás con un huso y morirás!

El hada más joven, al oír tan terrible maleficio, realizó un encantamiento para mitigar el funesto destino de la pequeña:

—El día de tu decimosexto cumpleaños, te pincharás con un huso, pero no morirás, sino que permanecerás dormida durante cien años, hasta que un beso de amor te despierte de tu profundo sueño.

Inmediatamente, los reyes enviaron mensajeros por todo lo largo y ancho del reino con la orden de quemar todos los husos que hubiera en él para evitar que el maleficio pudiera cumplirse.

Fueron pasando los años y en la princesita iban aumentando los dones que le habían otorgado las hadas el día de su nacimiento. Y, por fin, llegó el día en el que cumplía dieciséis años.

Mientras se paseaba por el inmenso palacio pensando en la fiesta que debía celebrarse en su honor aquella noche, la princesa se desorientó y, sin darse cuenta, fue a parar a una zona del castillo que todos creían que estaba deshabitada.

Al entrar en una de las estancias, encontró a una vieja sirvienta que desconocía la prohibición del rey y estaba hilando. La princesa, que no había visto jamás un huso, sintió curiosidad y le preguntó a la anciana mujer:

—¿Qué haces buena mujer?

—Estoy hilando.

—¿Me dejarías probar?

—No es fácil hilar, hija mía, -respondió la sirvienta – pero, si quieres, puedo enseñarte.

La princesa, muy contenta, aceptó el ofrecimiento sin sospechar que, al hacerlo, la maldición del hada malvada estaba a punto de cumplirse.

Justo al tomar el huso entre sus manos, se pinchó en el dedo índice y antes de que la diminuta gota de sangre que brotó de su dedo llegara al suelo, la princesita se desvaneció y allí se quedó, como si estuviera muerta.

Los mejores médicos, las más afamadas brujas y los más competentes magos y hechiceras fueron llamados a consulta. Lo probaron absolutamente todo, sin embargo, nadie fue capaz de vencer el terrible maleficio. El hada más joven, al enterarse de lo ocurrido, corrió también hacia palacio y al encontrarse a toda la corte llorando, rodeando la cama en la que yacía inmóvil la princesa, les dijo:

—No lloréis, que cien años dormirá, pero luego despertará.

Pero los reyes no tenían consuelo posible y se lamentaban diciendo:

—¡Ay! ¡Qué triste día! Todos deberíamos dormir cien años. No queremos seguir despiertos si la princesita duerme.

El hada, al oír la queja de los reyes, quiso cumplir su deseo y decidió que mediante un encantamiento dejaría dormida a toda la corte, para que al cabo de cien años, al despertar, la princesa lo encontrara todo tal y como estaba aquel día. Movió su varita mágica y en ese mismo instante, todos los habitantes del castillo cerraron los ojos. Y, para que nadie pudiera alterar su sueño, hizo crecer una espesa hiedra por las paredes del castillo hasta dejarlo completamente oculto de la vista de todos.

—Dormid tranquilos. Dentro de cien años regresaré.

En el castillo todo dormía. Los relojes no hacían tic tac; los soldados roncaban sobre sus lanzas; el fuego estaba petrificado en las chimeneas; en la cocina, el agua detuvo su hervor y los cocineros, que preparaban la fiesta de cumpleaños de la princesa, dejaron de pelar patatas y de batir huevos para los pasteles; los perros enmudecieron su ladrido. Todo quedó inmóvil. El tiempo se detuvo en palacio.

En el exterior se sucedían los años y alrededor del castillo crecía un frondoso bosque que formaba una verde barrera, cada vez más impenetrable, que impedía el paso. Los habitantes del reino se fueron olvidando del castillo dormido y de su historia.

Pasado un siglo, un príncipe que paseaba cerca del bosque vio a lo lejos, entre los árboles, un extraño destello, que no era otra cosa que el sol de la mañana reflejado en el vidrio de una de las ventanas del palacio. Para descubrir qué era y de dónde procedía aquel fulgor, se abrió paso con su espada por entre la espesura de plantas que rodeaba el castillo.

Paso a paso, fue avanzando. Estaba ya a punto de desistir y dar la vuelta, cuando descubrió, al cortar unas altas ramas, el puente levadizo de un enorme palacio. Con mucha precaución, entró en el castillo y cuál no sería su asombro al descubrir que todos los habitantes de aquel lugar estaban durmiendo, tendidos cuan largos eran, en las escaleras, en los pasillos y en el patio.

—¡Hola! ¿Hay alguien despierto? – gritó el príncipe sin obtener respuesta.

Fue vagando de estancia en estancia, cada vez más extrañado, y no tardó en llegar a la habitación donde yacía la princesa dormida.

Al verla, su corazón dio un vuelco dentro de su pecho y se quedó contemplando largo rato y en arrobado silencio aquel rostro dormido, sereno y bello; mientras sentía cómo nacía el amor que tanto había esperado. Emocionado, se acercó a la princesa dormida y besó, delicadamente, su mejilla.

Al contacto del beso, la princesa despertó de su largo sueño, abrió los ojos, miró al príncipe y le dijo sonriendo:

—Te he esperado mucho tiempo ¡Por fin has llegado!

El encantamiento se había roto.

Justo en aquel instante todo el castillo despertó. La corte entera abrió los ojos y, mirándose muy sorprendidos los unos a otros, se preguntaban qué había sucedido.

El hada joven, que presenciaba la escena, les contó lo que había pasado y les dijo que habían dormido durante cien años.

Locos de alegría, siguieron haciendo lo que estaban haciendo justo antes de quedarse dormidos y aquella misma noche celebraron la gran fiesta de cumpleaños de la princesa.

Poco tiempo después, el castillo, hasta entonces dormido e inmerso en el silencio, se llenó de cantos, de música y de alegres risas para celebrar la boda del príncipe y la princesa.

FIN