Hadamar

Mario Superamigo

Ilustración: Virginia Carrillo

A Mario, el pequeño marinero, le gusta ayudar a todo el mundo. Es un chico valiente y simpático y tiene muchos amigos. La señora Vaca, la rosa triste, un elefantito llamado Tim y una margarita blanca son algunos de ellos. Sin embargo, últimamente anda un poco tristón, más bien malhumorado. Seguro que le preocupa algo… Sus amigos se han dado cuenta y han encargado a Tim, el elefantito, que averigüe qué le ocurre:

—Mario, amigo, te veo algo triste. ¿Qué es lo qué te pasa?

—Oh, nada, nada, Tim. Son cosas mías –contesta Mario.

Pero Tim, que es igual de cabezota que Mario, no se rinde:

—Mira amigo, no me voy a ir de aquí hasta que me digas qué es lo que te preocupa, así que ya estás hablando.

—Está bien, elefante pelmazo, es que no creas que no me gusta ser marinero, pero hay algo que me gustaría más…

—Oh, eso está muy bien, ponte a estudiar lo que te guste, pronto empieza el nuevo curso y aún estás a tiempo.

—Eso es imposible, Tim ¡No existen escuelas de superhéroes!

—¿¡Superhéroes!? ¿Has dicho superhéroes? ¿Quieres ser un superhéroe? ¡Chaval, estás mal de la azotea!

—¡Lo ves! Por eso no quería contárselo a nadie, sabía que se reirían de mí.

¡Pobre Mario! El oficio de marinero se le ha quedado pequeño, ha visto películas y comics donde los superhéroes hacen cosas extraordinarias para salvar al mundo de los malos y su cabecita fantasiosa imagina que él puede hacer lo mismo.

—¿Cómo quieres ser un Superhéroe si ni siquiera eres capaz de ser amable con tus nuevas vecinas? —pregunta Tim.

—¿Vecinas? ¿Qué vecinas? ¿Las gallinas? ¡Son unas chismosas!, se pasan el día coco, coco, coco. ¡Ya estoy harto de tanto cloqueo!

Y es que hace unas semanas, tres jóvenes gallinitas: Plumitas, Periquina y Turuleta, se han mudado a la casita que hay junto a la de Mario, pero él aún no se ha dignado a saludarlas. A todos les ha parecido raro, porque él siempre ha sido muy amable con todo el mundo, pero ahora ya sabemos que sus pensamientos andan en otra cosa.

—¡Coco, coco! ¿Qué quieres que hagan las gallinas? ¿Qué ladren? –contesta enfadado Tim—. Piensa en lo afortunado que eres viviendo en un lugar tan maravilloso como Isla Imaginada, cuantos amigos tienes, lo bien que nos lo pasamos contigo cuando nos llevas a navegar en tu barquito… ¡Vives en un cuento, caray! —El elefantito, muy serio, se despide de Mario—. ¡Adiós, Mario! , piensa esta noche en lo que te he dicho. A nosotros nos gustas como eres ¡Y ve a saludar a tus vecinas! A lo mejor te dan unos huevos para la cena.

Mario no sale de su asombro, ¡vaya rapapolvo le había echado Tim! ¿Tendrá razón en que su vida es tan maravillosa? Es verdad que tiene muchos amigos, que se lo pasan muy bien juntos, pero… ¡ser un superhéroe debe ser tan fabuloso! Y en cuanto a visitar a las gallinitas, irá mañana, porque acaba de empezar a llover ¡Y de qué manera! Es como si alguien se hubiera dejado abiertos todos los grifos del mundo mundial justo encima de Isla Imaginada.

—¡Esta lluvia no me va a dejar dormir! ¡Qué fastidio!

Al fin, Mario logra conciliar el sueño. Sin embargo, cuando más profundamente duerme, los cloqueos desesperados de sus vecinas las gallinitas lo despiertan:

—Coco, coco, ¡Ayuda! ¡So, coco, coco, rro! ¡Salvadnos! Coco, coco… ¡Nos ahogamos!

Al escuchar los gritos, Mario se lanza a la calle con su pijama de Spiderman sin ni siquiera calzarse los zapatos. Cuando abre la puerta, ve pasar calle abajo a las gallinitas flotando sobre el tejado de su casita, que no ha resistido la fuerza del chaparrón.

—¡Oh, noooo! –grita Mario—, si llegan al puerto acabarán en las profundas aguas y no podrán salvarse.

Mario, sin perder ni un segundo, toca la campana que cuelga junto a su puerta para dar la alerta «¡Tolón! ¡Tolón! ¡Tolón!».

Todos los vecinos saltan de sus camas y salen a la calle para preguntar qué pasa y, en un segundo, Mario los pone al tanto de la situación:

—¡Amigos! Las nuevas vecinas, las gallinas, van flotando calle abajo sobre su tejado, hay que ayudarlas para que no lleguen al puerto. ¡Eso sería fatal!

Tim, el elefantito, se ofrece para hacer barrera con su cuerpo y la señora Vaca se une a la propuesta, así que ambos se marchan al puerto a todo correr.

Mientras tanto, Mario, calzado con sus botas de agua y su chubasquero de marinero, se encarama en lo alto del campanario, seguido por sus vecinos. Armado con una larga cuerda anudada a su cintura, se dispone a lanzarla sobre la chimenea del maltrecho tejado de la casa de sus vecinas, convertida ahora en barca, para detener su marcha ¡Hay que intentar frenar la velocidad con la que las gallinas van hacia el desastre!

En el puerto, los pescadores de Isla Imaginada, advertidos por Tim y la señora Vaca, han tendido sus redes de pesca al final de la calle para detener a las gallinitas si el plan de Mario falla.

En la torre, Mario, con voz firme, toma el mando:

—¡A la de tres, sujetad muy fuerte el extremo de la cuerda! ¡Confío en vosotros para no caer al agua! ¡Vamos! —Y así, bien sujeto por sus amigos, se prepara para lanzar el extremo de la cuerda, que con un gran lazo corredizo ha de acertar en la chimenea del tejado sobre el que las gallinitas navegan sin control—. ¡Uno!, ¡dos! y… ¡tres!

La cuerda sale disparada cual dardo para ir a dar justo donde debía. ¡Bieeeeeeen! ¡Mario acierta a la primera! Ahora hay que sujetar fuerte la cuerda entre todos para detener el tejado que flota calle abajo empujado por el fuerte caudal.

Poco a poco, el tejado pierde velocidad y se para justo donde el elefantito Tim y la Señora Vaca esperan.

Plumitas, Periquina y Turuleta, que ya temían por su vida, respiran aliviadas.

Rápidamente, las llevan al consultorio de la doctora Dora, la hipopótama, que se apresura a hacerles un reconocimiento. A pesar de que su aspecto es de lo más preocupante, ¡imaginad!, tres gallinas mojadas que no paran de temblar y que, de tan asustadas, no pueden decir ni co, la doctora dictamina que están en buen estado.

Hadamar les lleva una sopa de maíz calentita para que entren en calor. En unos minutos, las gallinas se recuperan y agradecen a todos lo que han hecho por ellas ¡Les han salvado la vida!

—¡Vivan nuestros amigos! ¡Y viva Mario!

Mario está tan orgulloso que, a pesar de estar empapado hasta los huesos y helado de frío, siente que un calorcillo de satisfacción le sube desde el corazón al ver a las tres gallinitas sanas y salvas.

El elefantito Tim le echa una pata por los hombros y le susurra al oído:

—Ves, Mario, cómo te quiere todo el mundo. Tú no necesitas ser un superhéroe, porque ya lo eres. Eres un SUPERAMIGO y no necesitas saber volar o subir por las paredes, ni siquiera llevar un traje de colorines. Arriesgaste tu vida para salvar a tres gallinas que ni siquiera te caen bien ¡Eso es lo que hace un Superamigo!

Hoy ha sido uno de los días más felices en la vida de Mario. Ha comprendido que no hay nada más bonito que tener el amor y respeto de los que viven a tu alrededor.

¡Seguro que no le van a faltar nunca los huevos para hacer tortillas! Aunque, muy a su pesar, tendrá que acostumbrarse al incesante cloquear de sus vecinas, Plumitas, Periquina y Turuleta, ¡coco, coco, coco…!

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?