hambre

El peral de doña Miseria

Ilustración: cidaq

Doña Miseria era una pobre anciana que vivía de limosnas. Tenía un hijo llamado Ambrosio, que siempre estaba hambriento y que, como su madre, hacía tiempo que recorría el mundo mendigando. A Miseria siempre la seguía un perrito mestizo, delgado y con pulgas, que nunca se despegaba de ella y que dormía a su lado en la pequeña choza en la que habitaba. Junto a la casita crecía un frondoso peral, del que se alimentaba, aunque pocas frutas recogía, pues los chicos del pueblo, en cuanto las peras estaban maduras, se las robaban.

Cierto día llegó a la puerta de su casa un hombre más pobre que ella y, como afuera nevaba y hacía mucho frío, doña Miseria lo acogió en la choza. Compartió con él lo poco que tenía para cenar y le dejó su propio jergón para que pudiera dormir. Por la mañana, al despertarse, le ofreció también un humilde desayuno.

El pobre, agradecido, se dirigió entonces a la anciana y le dijo:

—Miseria, aunque nada material posees, tienes un corazón bueno y noble, así que voy a concederte un deseo pues, aunque parece que soy un miserable, en realidad soy un ángel del cielo.

Miseria no quería nada, pero tanto insistió el ángel, que la anciana, acordándose del peral, le pidió:

—Deseo —dijo— que cuando alguien se encarame al peral, no pueda bajar de él hasta que yo le de permiso.

El deseo le fue concedido al instante y la idea de Miseria fue tan eficaz, que al cabo de poco tiempo, tras copiosos llantos, algún que otro susto y muchos rotos en la ropa de los niños, al peral no volvió a acercarse ni un solo chaval del pueblo.

Fueron pasando los años plácidamente hasta que una mañana de otoño una mujer alta y delgada, vestida con una negra túnica y con una guadaña en la mano, se acercó a la puerta de la choza y empezó a llamar con lúgubre voz a doña Miseria:

—Miseriaaaaa, llegó tu horaaaa. Tienes que venir conmigoooo.

Miseria reconoció al instante a la Muerte, pero así como casi nadie está preparado para recibirla de buen grado, la anciana tampoco pareció estar muy de acuerdo con marcharse con ella:

—¡Vaya, justo ahora que empezaba a disfrutar de la vida! —le dijo—. Estoy dispuesta a acompañarte, pero antes de marcharnos, ¿podrías hacerme el favor de subir al peral y recoger cuatro o cinco peras para el camino? Mientras, yo me preparé para el viaje sin retorno.

La Muerte, sin sospechar nada, se dispuso a recoger las peras, pero como estaban en lo más alto, no tuvo más remedio que encaramarse al árbol. Cuando ya estaba muy arriba, oyó las carcajadas de doña Miseria y su voz cascada que le decía:

—¡Señora Muerte, no me voy contigo! Y tú te quedarás en el peral hasta que a mí me dé la gana.

Y así fue. Miseria quiso que la Muerte se quedara en el árbol —con frío y calor, con sol y con lluvia— durante muchísimos años. Tantos, que en el mundo empezó a sentirse la ausencia de la Muerte. Nadie moría. Ni en las guerras ni por enfermedad ni por vejez ni por accidente nadie desaparecía. Había ancianos que habían cumplido ya quinientos años, y estaban tan aburridos de vivir, que rogaban al cielo que los hiciera desaparecer.

Un día, a la Muerte se le ocurrió una solución para solucionar su problema al ver pasar por el camino a un viejecito decrépito que no podía casi ni andar y que no paraba de lamentarse llamando a gritos a la muerte para que se lo llevara. La Muerte lo llamó y después de contarle lo que ocurría, le rogó que la ayudara:

—Ya ves mi estado y ahora ya sabes el motivo de por qué en el mundo no muere nadie. ¡Avisa a las gentes del pueblo y venid a cortar entre todos este maldito peral! Hasta que yo no baje de sus ramas, ni tú ni nadie podrá morir.

No tardaron los vecinos en llegar, armados con hachas y sierras, pero aunque mucho lo intentaron, no lograron hacer ni la más mínima mella en el tronco del viejo árbol. Algunos pensaron en ayudar a bajar ellos mismos a la Muerte, pero todos los que lo intentaron se quedaron atrapados en el peral junto a ella. Entonces empezaron a rogar a la vieja Miseria que se apiadase de todos ellos; de los que tanto sufrían por no morir y de los que estaban colgados del peral, incluida la Muerte. Tanto y tanto insistieron, tanto y tanto lloraron y suplicaron, que, finalmente, doña Miseria cedió, aunque le puso una condición a la Muerte:

—Para que te deje bajar de ahí arriba, Muerte, me has de prometer que nunca, nunca, nunca jamás te acordarás ni de mi hijo Ambrosio ni de mí. Solo podrás llevarnos si te lo pedimos tres veces.

Accedió la Muerte y Doña Miseria dejó bajar a todos del peral. La Muerte, por fin, podía seguir con su tarea. Tenía mucho trabajo pendiente y estuvo muy ocupada durante meses. Todos los que debían haber muerto durante los años que ella estuvo cautiva en el árbol, la vieron llegar aliviados y, de buen grado, se fueron con ella. A todos se llevó la Muerte, menos a la anciana y a su hijo, que aún sigue vivos. Es por eso que todavía hoy en el mundo sigue habiendo miseria y hambre.

FIN

Pulgarcito

Ilustración: Carl Offterdinger

Érase una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones. El mayor tenía diez años y el menor siete. Quizá os parezca sorprendente que tuvieran tantos hijos en tan poco tiempo; pero es que todos, excepto el menor, habían llegado a pares. La familia era muy pobre y siete hijos eran una pesada carga, ya que todos comían y ninguno trabajaba. Además el pequeño era algo delicado y casi no hablaba. Era tan chiquitín, que al nacer no era más grande que un dedo pulgar y, por ese motivo, lo llamaron Pulgarcito. En la casa siempre le echaban la culpa de todo y, sin embargo, era el más listo de todos y aunque hablaba poco, escuchaba mucho.

Llegó un año de tanta hambruna, que la pobre pareja ya no sabía qué hacer. Una noche, cuando ya los niños dormían, el leñador, sentado con su mujer junto al fuego, dijo:

—Ya no podemos alimentar a nuestros hijos y no quiero verlos morir de hambre. He decidido que mañana los abandonaremos a su suerte en el bosque.

—¡No serás capaz! —exclamó la leñadora.

La pobre madre no quería ni oír hablar de abandonarlos, pero al pensar que aún sería más triste verlos morir de hambre, aceptó y se acostó llorando.

Pulgarcito, escondido debajo del taburete de su padre, había oído toda la conversación sin ser visto. Cuando se quedó solo, volvió a la cama, pero no podía conciliar el sueño dando vueltas a lo que había oído y se le ocurrió una idea… Se levantó, fue a la orilla del río, donde se llenó los bolsillos con guijarros blancos, y en seguida regresó a casa.

A la mañana siguiente, la familia partió. Pulgarcito nada dijo a sus hermanos de lo que sabía. Se internaron en el bosque, tan espeso que a diez pasos de distancia no se veían unos a otros. El matrimonio se puso a cortar leña y los niños a recoger astillas. El padre y la madre, al verlos ocupados, aprovecharon para alejarse de ellos sigilosamente y luego echaron a correr.

Cuando los niños vieron que estaban solos, se pusieron a llorar a mares. Pulgarcito nada decía; sabía muy bien por dónde regresarían a casa. En el trayecto de ida, había ido dejando caer, a lo largo del camino, las piedrecitas blancas que llevaba en los bolsillos:

—No tengáis miedo, hermanos; yo os guiaré de vuelta a casa —dijo—. ¡Seguidme!

Fueron tras él y al poco estaban en casa. Al principio, no se atrevían a entrar, y se pusieron a escuchar tras la puerta la conversación de sus padres:

—¡Ay!, ¿qué será de nuestros pobres hijos? ¿Qué estarán haciendo en el bosque? ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡quizás los lobos ya se los han comido! ¿Dónde estarán ahora?

Los niños, agolpados tras la puerta, se pusieron a gritar al unísono:

—¡Estamos aquí!, ¡estamos aquí!

Los padres abrieron la puerta y los abrazaron y los besaron:

Se sentaron a la mesa y se repartieron la poca comida que tenían mientras los niños contaban el miedo que habían pasado al creerse perdidos en el bosque.

Poco duró la alegría de los padres, el hambre y la preocupación los obligó, de nuevo, a pensar en abandonar en el bosque a sus hijos. Pero esta vez, para no fracasar, se internarían en el bosque mucho más que la primera vez.

Pulgarcito, escondido bajo el taburete, oyó los nuevos planes de sus padres y pensó en hacer lo mismo que en la ocasión anterior. Sin embargo, al levantarse de madrugada para ir a recoger los guijarros, no pudo salir, pues encontró la puerta cerrada con llave. No sabía qué hacer.

A la mañana siguiente, la leñadora dio a cada uno un pedazo de pan para desayunar y a Pulgarcito se le ocurrió que podía guardar su mendrugo en el bolsillo y utilizarlo en lugar de los guijarros. Dejaría caer miguitas de pan a lo largo del recorrido y, de ese modo, podría encontrar el camino de regreso.

Después de mucho andar, llegaron al lugar más lóbrego y alejado del bosque y allí, los leñadores abandonaron a los niños.

Pulgarcito no se preocupó, porque creía que podría encontrar la senda gracias a las miguitas de pan que había ido dejando caer durante el camino, pero cuando quiso volver, cuál no sería su sorpresa al comprobar que no había ni una sola miguita; ¡los pájaros se las habían comido!

Empezaron entonces a caminar, pero cuanto más andaban, más se extraviaban en el bosque. Cayó la noche. Por todas partes creían oír los aullidos de los lobos, acercándose para comérselos. Una lluvia torrencial los caló hasta los huesos. Muertos de hambre y frío, no sabían qué hacer.

Pulgarcito trepó a un árbol para ver si descubría algo y divisó una lejana lucecita. Después de caminar un rato, llegaron a una casa iluminada. Golpearon la puerta; una mujer abrió y les preguntó qué querían. Pulgarcito le contó que se habían extraviado en el bosque y que necesitaban cobijo. La mujer les dijo:

—Este lugar es peor que el bosque. Esta es la casa de un ogro come niños.

—-¿Y qué podemos hacer? —-respondió Pulgarcito—. También los lobos, con toda seguridad, nos comerán esta noche si no nos da cobijo en su casa, así que preferimos que sea el ogro quien nos coma; quizás se compadecerá de nosotros, si usted se lo pide.

La mujer del ogro creyó poder esconder a los niños de su marido hasta la mañana siguiente. Los dejó entrar y los llevó a calentarse a la orilla de la chimenea, en la que se asaba un cordero entero para la cena del ogro.

Al poco, se oyeron fuertes golpes en la puerta: era el ogro que regresaba de su cacería. En el acto, la mujer ocultó a los niños debajo de la cama y abrió la puerta. El ogro entró y se sentó a la mesa sin dejar de olfatear a derecha e izquierda:

—Huelo carne fresca…

—Tiene que ser —le dijo su mujer—, el ternero que estoy asando.

—No es el ternero. Huelo carne fresca… —repitió el ogro, observando de reojo a su mujer—. Aquí hay algo que no comprendo…

Y al decir estas palabras, se levantó de la mesa y fue derecho a mirar bajo la cama.

—¡Ahhhh! —rugió el ogro a su mujer—. Si me vuelves a engañar, te comeré a ti también.

Y sacó de un tirón a los niños de debajo de la cama; uno tras otro.

Los pobres se arrodillaron pidiendo clemencia, pero estaban ante el más cruel de los ogros come niños, el cual, lejos de sentir compasión, los devoraba ya con los ojos.

Cogió un enorme cuchillo y mientras lo afilaba, se acercaba a los infelices niños. Ya había cogido a uno de ellos cuando su mujer exclamó:

—Es muy tarde, ¿no es mejor esperar a mañana por la mañana?

—¡Cállate! —repuso el ogro.

—Pero todavía queda mucha comida —replicó la mujer—Hay un ternero asándose y aún queda la mitad de un puerco de ayer. Si los matas ahora, mañana no tendrás carne fresca.

—Tienes razón —aceptó el ogro—. Dales bien de cenar para que engorden y luego que se acuesten.

Este ogro tenía siete hijas ogresas que, como su padre, se alimentaban de carne fresca. Aún no eran malvadas del todo, pero prometían serlo, pues ya mordían a los niños que encontraban perdidos en el bosque.

Las siete estaban durmiendo en una gran cama, cada una con una corona de oro en la cabeza. En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño y en ella la mujer del ogro puso a dormir a los siete niños.

A Pulgarcito, que no podía dormir porque temía que el ogro se arrepintiera de no habérselos comido esa misma noche, se le ocurrió una idea. Cuando todos dormían, se levantó e intercambió los gorros de sus hermanos y el suyo por las coronas de oro que las ogresas llevaban en la cabeza. Si el ogro entraba a oscuras, tomaría a sus hijas por los muchachos y se las comería a ellas.

La cosa resultó tal como había pensado. El ogro se despertó con hambre a medianoche, arrepentido de haber dejado para el día siguiente el trabajo, se levantó y cogió su enorme cuchillo. Subió al cuarto y se acercó a la cama donde estaban los muchachos; todos dormían, menos Pulgarcito, que tuvo mucho miedo cuando sintió la mano del ogro que tocaba su cabeza, tal y como había hecho antes con las de sus hermanos. Al notar el tacto de las coronas, el ogro se dirigió a la cama de las niñas, que llevaban los gorros y exclamó:

—¡Ajá!,¡aquí están estos tiernos niños!

Y diciendo estas palabras, clavó el enorme cuchillo en sus hijas las ogresas. Satisfecho, volvió a acostarse junto a su mujer.

Apenas Pulgarcito oyó los ronquidos del ogro, despertó a sus hermanos y les ordenó que lo siguieran. Corrieron durante toda la noche sin saber adónde se dirigían.

Al despertarse, el ogro ordenó a su mujer:

—¡Guísame a los niños!

La mujer, sin sospechar nada, subió a buscarlos y cuál no sería su disgusto al ver a sus siete hijas muertas y a los niños desaparecidos. Loca por el disgusto, empezó a llorar y a lamentarse. El ogro, al oír los gritos, subió para ver qué ocurría y su disgusto no fue menor que el de su mujer al ver lo ocurrido. Fuera de sí, exclamó:

—¡Esos desagraciados me las pagarán!

Y calzándose sus botas de siete leguas, se puso en camino.

Los niños estaban a solo cien pasos de la casa de sus padres cuando vieron como el ogro se acercaba a toda velocidad a ellos atravesando sin esfuerzo montañas y ríos.

Pulgarcito descubrió una roca hueca y todos se metieron dentro, pero sin perder de vista al ogro. Éste, agotado de tanto caminar (las botas de siete leguas cansan muchísimo), quiso reposar y, por casualidad, se fue a sentar sobre la roca donde estaban escondidos los niños y allí se durmió.

Pulgarcito les dijo a sus hermanos que huyeran deprisa y que no se preocuparan por él. Todos obedecieron y partieron raudos a casa y él se acercó al ogro con cautela, le sacó suavemente las botas de siete leguas y se las calzó él. Como las botas eran mágicas, tenían el don de adaptarse al tamaño de quien las calzara, de modo que se le ajustaron como si hubiesen sido hechas a su medida. Partió derecho a casa del ogro donde estaba la mujer.

—Su marido —le dijo Pulgarcito— está en grave peligro; ha sido capturado por una banda de malhechores que han jurado matarlo si no les da oro y dinero. En el momento de apresarlo, me vio y me pidió que me calzara sus botas para venir a avisarla de que me entregue todas las riquezas que tenga, sin guardar nada, porque de otro modo lo matarán sin misericordia.

La mujer, asustadísima, le dio en el acto todos los tesoros. Pulgarcito, cargado con ellos, volvió a casa de sus padres, donde fue recibido con la mayor alegría.

FIN

El sueño

Ilustración: juliette5094

Érase una vez una mujer muy pobre, cuya única posesión era un mortero en el que, cada mañana, machacaba los granos que a su vecino, un rico terrateniente, le caían de la carreta cuando se dirigía a vender su trigo al mercado.

Con el primer canto del gallo, la mujer se ponía en pie y esperaba paciente, junto al camino, el paso del pesado carromato para recoger, antes de que los pájaros se lo comieran, el dorado manjar con el que amasaba el pan que le servía de alimento.

 Una mañana, en el mismo instante que pasaba la carreta, vio cruzar por el camino un veloz conejo y sin pensarlo dos veces, le tiró la mano de mortero a la cabeza.

Justo en el mismo instante, el rico terrateniente disparó su escopeta apuntando al conejo.

El conejo cayó muerto y el terrateniente y su vecina entablaron una disputa sobre cuál de los dos lo había matado.

—Te propongo un trato —dijo la mujer—, como ahora tienes prisa para llegar al mercado y yo debo amasar mi pan, guarda tú el conejo, pero invítame esta noche a cenar a tu casa y veremos cómo resolvemos la disputa.

El hombre aceptó y aquella noche se reunieron los dos en casa del terrateniente, que ya había preparado una cena estupenda para ambos.

Cuando acabaron de cenar, la mujer dijo:

—Escucha, a ver qué te parece mi propuesta. En este momento el conejo no es ni tuyo ni mío, puesto que yo digo que lo mató mi mano de mortero y tú afirmas que fuiste tú, con tu escopeta, el que lo hizo. Si te parece bien, me quedaré a dormir aquí en tu casa. Tú te acuestas en tu cama y mañana por la mañana, el que haya tenido el sueño más bonito se quedará con el conejo. No te preocupes por mí: si me das una manta vieja, dormiré en el suelo, aquí mismo en la cocina, cerca del fuego.

Y así lo hicieron. El cazador se fue a dormir al piso de arriba y la mujer se acurrucó en el suelo de la cocina.

A la mañana siguiente, el cazador bajó y le dijo a la mujer:

—Muy bien, podemos empezar. Cuéntame tu sueño.

—No, no, por favor, primero cuéntame tú el tuyo, ya que eres el anfitrión. Además, tú eres más importante que yo.

—De acuerdo entonces. Te lo contaré. Esta noche he soñado con una escala de oro larga, muy larga. La escala colgaba junto a mi cama, traspasaba el techo de la casa y subía hasta el cielo. Al principio me dio miedo subir por ella, porque no sabía qué encontraría al final, pero me decidí y, peldaño a peldaño, ascendí un buen rato, hasta que toqué las nubes, que se iban abriendo a mi paso. Por fin, llegué a un paraíso casi imposible de describir. En él sonaba la música más bella que oído humano haya escuchado jamás; el aroma penetrante de fragantes flores inundaba mi nariz. Probé manjares exquisitos, cuyo sabor no recordaba nada de lo que hasta ahora he comido. En fin, que soy incapaz de referir con detalle todas las maravillas que allí encontré. Tan bello era lo que me rodeaba, que no quería regresar, pero el gallo cantó, me desperté, abrí los ojos y estaba en mi cama. En resumen, he tenido un sueño espléndido. Y tú, ¿qué has soñado?

—Pues, aunque no te lo creas, yo he tenido, exactamente, el mismo sueño que tú. He visto la escala de oro, he visto cómo trepabas por ella hasta el cielo y, desde aquí abajo, he oído la música maravillosa y he olido las flores; ¡y hasta me ha parecido ver esos manjares que cuentas!, y como me he figurado que no ibas a querer volver y que te quedarías allí para siempre, me he comido el conejo.

FIN