Hänsel y Gretel

La Pequeña Hada y las flores

Ilustración: cathydelanssay

«¡¡¡Qué bien que ya llega la primavera!!!», pensó la Pequeña Hada al despertarse una mañana de abril. El cielo lucía limpio, sin nubes, y un coro de pajaritos ensayaba para el concierto primaveral.

Nuestra amiga asomó la cabeza por la ventana para sentir en su carita los rayos del sol, pero le llamó la atención ver a su vecina, una anciana tortuga, rebuscando con su hocico en la tierra de su jardín de una punta a otra; yendo de un lado a otro sin parar.

Como su curiosidad era grande y la tortuga su amiga, no dudó en salir y preguntarle:

—¡Buenos días, señora Tortuga! ¿Está buscando algo? ¿Qué ha perdido? ¿Puedo ayudarla?

—¡Oh, no!, Pequeña Hada. Es que cada primavera, por estas fechas, las flores llenan los parterres de mi jardín y con ellas hago un pastel ¡Son deliciosas! Pero este año aún no han salido. Es raro, ¿No te parece?

—¡Muy raro, muy raro! —exclamó una vocecilla al otro lado de la verja.

Un cervatillo de cola blanca, que tenía su casa junto a la de la señora Tortuga, había escuchado la conversación y se unió a ella.

—¡Yo también espero con ansia que salgan los tiernos brotes y las dulces flores que tanto me gustan! Pero, a pesar del buen tiempo, no hay ni rastro de ellas.

A la Pequeña Hada le pareció que tanto la tortuga como el cervatillo eran unos tragaldabas impacientes que únicamente pensaban en comer. Solo tenían que esperar a que salieran las flores ¿¡Cómo no iban a salir!?

Transcurrieron varios días en los que la señora Tortuga no dejó de rebuscar en el jardín y el cervatillo no paró de recorrer el bosque en busca de flores.

La Pequeña Hada empezó a preocuparse: «¿Será cierto lo que dicen la tortuga y el cervatillo? ¿De verdad esta primavera no traerá flores?».

En estos pensamientos andaba, cuando, toc. toc, toc, llamaron a la puerta:

—¡Abre, Pequeña Hada!

Al abrir, una nube de abejas, precedida por el señor Búho, entró en tropel en su casa:

—¡Bzzzzzzzzzz! ¡Bzzzzzzzz! ¡Bzzzzzzzz! —zumbaban sin parar.

      El Señor Búho tomó la palabra:

—Verás, Pequeña Hada, venimos a verte porque estas pequeñas amigas tienen un problema muuuuuuy grande. Vinieron a mí en busca de consejo y yo, después de escucharlas, he decidido que si alguien las puede ayudar, eres tú.

—Oh, señor Búho, ¡estoy impaciente por escucharos! ¿Cuál es el problema?

Una de las pequeñas abejas explicó, entre zumbidos y sollozos, que se encontraban hambrientas y desesperadas. Como cada año, esperaban la primavera para recolectar el néctar de las flores con el que alimentar a su reina. También planeaban hacer una gran colmena para ella, en la que nacieran cientos de nuevas abejitas. Pero iban pasando los días y no había ni rastro de flores, ¡ninguna! La abeja reina estaba muy débil y era urgente encontrar alimento.

—¡Puaf! Pues es verdad lo que mis vecinos decían ¡Pobres abejitas! ¿Qué habrá pasado con las flores?

La Pequeña Hada, tan dispuesta como siempre, se comprometió a ayudar a las abejas.

—Dígame, señor Búho, ¿qué razón puede haber para que no hayan nacido flores esta primavera? Las abejas las necesitan para alimentarse.

—¡Oh, sí, Pequeña Hada! —habló el búho—. La falta de flores es muy grave, ¡pero no solo para las abejas! Verás, cuando ellas se posan en una flor y extraen el néctar para fabricar la miel, en sus alitas y en sus patas quedan pegadas partículas del polen, ya sabes, ese polvito amarillo que se nos pega a la nariz cuando las olemos. Después, ese polen lo van repartiendo por todo el campo cuando van de flor en flor. De este modo se fecundan las flores de los árboles, las que después darán la fruta que tanto disfrutamos. Total, ¡que si no hay flores, no habrá fruta!

La Pequeña Hada se quedó patidifusa. ¡No pensaba que el asunto fuera tan grave!:

—Señor Búho, es imprescindible encontrar la forma de llenar el campo de flores. Hablaré con el señor Jardinero, una opinión experta nos ayudará.

La Pequeña Hada se encaminó a casa del jardinero, al que encontró examinando con una lupa unos matorrales:

—¡Buenos días, Señor Jardinero! ¿Qué haces?

—Pues ya ves, Pequeña Hada, estoy muy preocupado. Por más que riego y abono las plantas no nacen las flores.

—De eso mismo quería hablarle. Hoy mismo, unas abejas me han explicado lo preocupadas que están también por esta razón ¡Si no hay flores, no tienen comida!

En ese instante, desde el camino llegó un gran alboroto. Un grupo de vecinos parloteaba sin cesar:

—¡Allí está! ¡Allí está! ¡Os dije que iba a ver al jardinero!

El cervatillo, vecino de la Señora Tortuga, encabezaba la comitiva. Lo seguían una iguana y una familia de conejos, todos ellos afectados por la falta de flores. A la cola, iba la pobre tortuga gritando a pleno pulmón:

—¡He, esperadme! ¡Esperadme! ¡Que la he visto yo!, ¡la he visto yo!

El señor Jardinero puso paz en tanto jaleo y les pidió que se explicaran.

El cervatillo tomó la palabra, pues a la tortuga aún le quedaba un buen trecho para llegar a donde estaban todos:

—¡Ya sabemos lo que ha pasado con las flores! Esta mañana, la tortuga salió al bosque, ¿y a que no sabéis a quién se encontró? —No se oía ni una mosca. Todos aguardaban a que el cervatillo continuara— ¡Pues, ni más ni menos, que a la maga Fastidiosa!

—¡Ohhhhhhh! —exclamaron todos.

La Maga Fastidiosa, siempre dispuesta a fastidiar, había estudiado en la misma Academia de Hadas Buenas en la que se diplomó la Pequeña Hada, pero fue expulsada por ser mala estudiante y no utilizar la magia para buenos fines. Entonces, se fue a vivir sola a una casita en la profundidad del bosque y se volvió egoísta y envidiosa. Le daba mucha rabia todo lo que hacía felices a los demás y, de vez en cuando, aparecía para fastidiar a alguien.

En ese momento, llegó la señora Tortuga, agotada de tanto correr, pero deseosa de explicar lo que le había sucedido. Le acercaron una silla y le dieron un vaso de agua. Una vez recuperada les contó:

—Estaba rebuscando flores entre la hierba, cuando escuché una risa burlona detrás de mí. Me giré y allí estaba ella, ¡la maga Fastidiosa!, que soltó una carcajada y me preguntó: «¿Estás buscando flores, vieja tortuga? Ja, ja, ja, ja. Pues que sepas que ni tú ni nadie en Isla Imaginada va a ver una flor esta primavera, ja, ja, ja, ja. Ya estaba harta de tanto abejorro zumbón que no me deja dormir la siesta y de conejos saltando por el campo al amanecer ¡Este año tendréis que ir a otro sitio a buscar flores! Ja, ja, ja, ja, ja». ¡Y eso es todo! Vine a todo correr, ji, ji, ji, es un decir, para explicarte lo que ha pasado. ¡Ay, Pequeña Hada! Tú eres la única que nos puede ayudar con tu buena magia —la pobre tortuga estaba muy angustiada.

De nuevo, hubo un guirigay de voces de todos los allí reunidos: que si hay que tener mal corazón; que si no puede ser que no le gusten las flores; que ¿cómo lo vamos a arreglar?; que qué mala malísima se ha vuelto la maga Fastidiosa…

Hasta que, de nuevo, el jardinero los mandó callar a todos:

—¡¡Silencio!! Dejad hablar a la Pequeña Hada. Dinos, ¿qué podemos hacer?

La Pequeña Hada sabía lo disgustados que se encontraban sus amigos e intentó calmarlos, aunque la solución era harto difícil:

—Mirad, vecinos, por lo que nos cuenta la señora Tortuga, creo que lo qué ha pasado es que la maga Fastidiosa ha lanzado un encantamiento para que las flores no nazcan esta primavera. Lo que hay que hacer es anularlo y las flores brotarán de nuevo.

El jardinero suspiró aliviado:

—Pues vamos ya. ¡No hay que perder tiempo!

—Ay, señor Jardinero, no pienses que es tan fácil. Para poder anular un encantamiento, el mago que lo ha hecho debe estar presente —respondió la hadita—. Yo elaboraré un conjuro, pero necesito un buen plan para lograr que la Maga Fastidiosa esté cerca en el momento en que yo lo recite. ¡Corred la voz!, que todo el mundo se ponga a pensar la manera de engañar a la maga Fastidiosa.

Dicho esto, los dejó a todos parloteando y se fue con paso rápido a su laboratorio.

Como ya sabemos, para elaborar un conjuro, primero hay que consultar el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas y después hay que reunir los ingredientes para elaborarlo. Menos mal que tenía cerca el Supermercado Mundo Mágico, ¡allí encontraba de todo!

Tras horas de estudio y consultas pudo, por fin, realizar el conjuro que salvaría la primavera. Pero lo más difícil era conseguir que la maga Fastidiosa estuviera presente cuando lo recitara. ¡A ver si a alguien se le ocurría una buena idea!

Toc, toc, toc, el hada oyó cómo llamaban a la puerta de su casa:

—¡Abre la puerta! ¡Vamos, abre!

De nuevo, en tropel, aparecieron la tortuga, el búho, el cervatillo, las abejas con su ¡bzzzzzzzzz! ¡bzzzzzzzzzz!, el jardinero, la iguana y los conejos pero ahora, además, se habían unido al grupo un niño y una niña:

—¡Oh! ¡Hansel!, ¡Gretel! ¡Cuánto tiempo sin veros! ¡Me alegro de que estéis aquí! —saludó alegre la Pequeña Hada a sus dos amigos, a los que hacía mucho tiempo que no veía.

—Los hemos traído porque han tenido una idea para engañar a la maga Fastidiosa —dijo el jardinero.

Y es que los animalitos habían llevado el encargo que les hizo la Pequeña Hada a todos los rincones de Isla Imaginada. Discretamente, eso sí, para que la maga no lo advirtiera, se hizo una cadena telefónica y adonde no llegó el teléfono, las palomas mensajeras llevaron el recado. De esta manera, fue como los hermanitos Hansel y Gretel propusieron su idea al jardinero y todos corrieron a contársela a la Pequeña Hada.

Tomó la palabra Gretel:

—Mi hermano y yo vivimos en lo profundo del bosque y somos, por desgracia, vecinos de la maga Fastidiosa. Sabemos de sus costumbres y hemos observado que todos los lunes cocina para toda semana. Pone al fuego una gran olla y cuece un potaje repugnante que apesta todo el bosque. Lo deja hervir, por lo menos, dos horas. A Hansel se le ha ocurrido que si logramos echar en la olla algo para que se duerma, será fácil entrar en su casa y así podrás recitar el sortilegio en su presencia sin que se entere.

—Es muy buena idea, Gretel —dijo la tortuga— Pero ¿cómo lograremos echar el bebedizo en la olla?

—Eso será muy fácil, señora Tortuga —tomó la palabra el señor Búho—, solo hay que echar el brebaje dormilón por la chimenea, pues justo debajo es donde la olla se encuentra ¡Yo mismo puedo hacerlo!

El jardinero se ofreció a recolectar las hierbas que la harían dormir, a saber: valeriana, tila y lavanda. La iguana elaboraría una infusión bien concentrada.

Era sábado, así que quedaron para verse dos días después en la entrada del bosque. Allí esperarían Hansel y Gretel para conducirlos hasta la casa de la maga Fastidiosa.

El lunes acudieron puntuales a la cita. Rogaron a las abejas que se quedaran en la linde del bosque esperando, no fuera a ser que su zumbido advirtiera a la maga, y siguieron a Hansel y Gretel, que los guiaron hasta lo más profundo de la floresta. Aunque, para llegar, les hubiera bastado el desagradable olor que salía de la chimenea de la casa. Nadie quiso averiguar qué demonios habría echado la maga en aquella marmita.

Se escondieron tras un gran roble; el jardinero ató al cuello del búho un frasquito con la infusión que habría de hacer dormir a Fastidiosa y a la que la Pequeña Hada añadió un ingrediente secreto para potenciar el efecto dormilón.

El búho alzó el vuelo y posándose en lo más alto de la casa de la maga Fastidiosa, vertió la tisana por el hueco de la chimenea. ¡El pobre casi se ahoga al respirar el olor insoportable! Después, voló rápido hacia donde aguardaban los demás.

Esperaron agazapados a que la maga se tomara un gran plato de su asqueroso brebaje y se quedara dormida para poder entrar y recitar el conjuro, que anularía el que ella había lanzado para dejar sin flores la primavera.

Uno de los conejitos fue el encargado de acercarse a la casa. Si veía a la maga durmiendo, les haría una señal y podrían acercarse.

Efectivamente, cuando el conejito miró por una ventana se volvió hacia ellos y empezó a hacer aspavientos y a dar saltos ¡Era la señal!

Al entrar, vieron a la maga tirada en el suelo cuan larga era y como ellos eran buena gente, la acostaron en su cama y apagaron el fuego.

¡Había llegado el momento de que la Pequeña Hada pasara a la acción! Empuñó su varita mágica, rogó silencio a los presentes y recitó su encantamiento:

Inmediatamente se oyó un silbido ¡Fuuuuuuuuu!, ¡fuuuuuuuu! Los árboles empezaron a moverse con fuerza.

Según les explicó la Pequeña Hada, era el viento mágico que se llevaba el hechizo de la maga Fastidiosa.

Había sido un día de mucho trajín, estaban cansados y había empezado a anochecer. Se despidieron de Hansel y Gretel, que tanto los habían ayudado, y emprendieron el camino de regreso con la esperanza de ver cumplido el encantamiento. ¡Mañana sería otro día! ¡El día en que empezaría la primavera!

Y exactamente eso fue lo que pasó.

Al amanecer, un zumbido incesante invadió Isla Imaginada. Miles de abejas revoloteaban por los campos llenos de colores y aromas ¡El espectáculo era muy hermoso! Las flores habían brotado todas de golpe y cubrían el suelo de campos y jardines cual alfombra multicolor.

La señora Tortuga ya las recolectaba en su jardín para hacer su pastel y el cervatillo andaba por el bosque dándose un atracón de campanillas silvestres. Tanto es así, que al día siguiente tenía un empacho de campeonato y tuvieron que hacerle una jarra de manzanilla.

Una vez más, la Pequeña Hada había resuelto un gran problema que amenazaba con dejar sin alimento a muchos animales. Y qué decir de todos los que disfrutamos admirando en primavera la belleza de las flores ¡El espectáculo más bonito que nos ofrece la naturaleza!

¡Gracias Pequeña Hada! ¡Bienvenida primavera!

FIN

Hänsel y Gretel (La casita de chocolate)

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Ilustración: Margaret Tarrant

Este cuento está dedicado a Julie Sopetrán, la poeta que descubrió la PALABRA, de la mano de Hänsel y Gretel, en un trocito de chocolate.

Junto a un espeso bosque, vivía un leñador con su mujer y con los dos hijos que había tenido con su primera esposa: un niño llamado Hänsel y una niña llamada Gretel.

La familia era tan pobre, que apenas tenía qué comer y en una época de carestía, la situación empeoró tanto, que más de un día se iban a dormir sin probar bocado.

Una noche, el leñador daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño a causa del hambre y las preocupaciones cuando, finalmente, le dijo a su mujer:

—¿Qué será de nosotros? ¿Cómo daremos de comer a los niños?

—La única solución —respondió ella— es que mañana, de madrugada, nos los llevemos a lo más profundo del bosque y los abandonemos allí. Como no sabrán encontrar el camino de vuelta, ya no tendremos que preocuparnos por darles de comer.

—¡¿Pero qué dices?! ¡No podemos hacer algo así! Las fieras no tardarían en devorarlos.

—Eso tú no lo sabes. Quizá tengan suerte y salgan adelante. Piensa que si se quedan aquí, sí que es seguro que morirán.

Tan convincentes fueron sus argumentos que el hombre, de personalidad débil, aceptó el plan.

Los dos niños, despiertos a causa del hambre, oyeron la conversación y Gretel le dijo a Hänsel sollozando:

—¡Estamos perdidos!

—No llores, Gretel —la consoló su hermano—. Pensaré en algo.

Cuando todos se quedaron dormidos, Hänsel salió de la casa sigilosamente. La luz de la Luna hacia relucir los blancos guijarros del camino como si fueran de plata y el pequeño tuvo una idea. Se llenó los bolsillos con ellos, regresó a casa y se acostó.

Antes de que saliera el sol, la mujer despertó a los niños:

—¡Levantaos! Hoy vendréis con nosotros al bosque a recoger leña.

Y tras darles a cada uno un trocito de pan les aconsejó:

—No lo malgastéis; esta será vuestra comida para todo el día.

Se encaminaron los cuatro hacia el bosque. Hänsel iba el último y de vez en cuando, sin que los demás se dieran cuenta, sacaba de su bolsillo una piedrecita blanca y la dejaba caer para señalar el camino.

Al llegar a lo más profundo del bosque, prepararon una hoguera y el padre y la madrastra advirtieron a los niños:

—Poneos junto al fuego y esperad nuestro regreso. Cuando terminemos de cortar la leña, vendremos a recogeros.

Pasaron las horas y los niños se quedaron profundamente dormidos a causa del cansancio. Cuando se despertaron ya era negra noche. Gretel, asustada, preguntó a su hermano:

—¿Cómo saldremos de aquí?

Hänsel la tranquilizó:

—Espera un poco a que brille la Luna, entonces encontraremos el camino de regreso.

Y en efecto, cuando la Luna estuvo en lo alto del cielo, las piedrecitas que el niño había ido soltando con disimulo, empezaron a relucir y les indicaron por dónde debían regresar a casa.

Anduvieron toda la noche y al despuntar el alba llegaron a su hogar. La madrastra los recibió con disgusto, pero el padre se alegró al verlos, pues estaba arrepentido de haberlos abandonado.

Noches después, los niños oyeron cómo la madrastra le decía a su marido:

—Otra vez se ha terminado todo. Solo queda un trocito de pan. No podemos alimentar a los niños. Los llevaremos de nuevo al bosque, pero esta vez más adentro para que no puedan regresar.

Al padre le dolía abandonar a los niños, pero como no encontraba otra solución, estuvo de acuerdo.

Hänsel, que estaba aún despierto, oyó la conversación y pensó en hacer lo mismo que la vez anterior, pero cuando quiso salir, encontró la puerta de la casa cerrada, así que no pudo recoger guijarros.

Por la mañana, la mujer dio sendos pedacitos de pan a los niños y Hänsel, al ver el suyo, pensó que sería buena idea dejar caer, de trecho en trecho, miguitas para marcar el camino.

Los cuatro se pusieron en marcha, llegaron hasta lo más profundo del bosque, a un lugar en el que nunca habían estado. Después de encender una hoguera, los padres advirtieron a los niños:

—Cuando hayamos terminado, volveremos a recogeros.

Los niños no tardaron en quedarse dormidos. Se despertaron cuando ya reinaba la más absoluta oscuridad:

—Esperaremos un poco a que salga la Luna, entonces, las miguitas de pan nos mostrarán el camino de regreso —le dijo Hänsel a Gretel.

Pero cuando salió la Luna, no encontraron ni una sola miga; se las habían comido los pajaritos del bosque. Y por más que buscaron, no encontraron el camino para volver a casa.

Anduvieron y anduvieron. La noche entera y todo el día siguiente, sin conseguir salir del bosque. Tenían hambre y estaban agotados. Al amanecer del tercer día, reanudaron la marcha, pero cada vez se extraviaban más en el bosque.

Cuando ya habían perdido casi la esperanza y creían que morirían allí, vieron un pájaro blanco como la nieve que cantaba dulcemente posado sobre la rama de un árbol y se detuvieron a escucharlo. Al terminar su canción, extendió las alas y emprendió el vuelo. Ellos lo siguieron.

Vuela que te vuela, el pájaro se fue a posar sobre el tejado de una casa y cuando los niños se acercaron, vieron con asombro que las tejas eran de chocolate, las paredes de bizcocho y las ventanas de azúcar.

—¡Qué bien! —exclamó Hänsel—. Yo comeré un pedacito del tejado.

—Yo probaré una ventana —añadió Gretel.

Estaban mordisqueando las golosinas, cuando oyeron una voz muy dulce procedente del interior:

Alguien roe mi casita…
Tal vez sea una ratita…
a

Pero los niños se apresuraron a responder:

No es ratita sino el viento,
que sopla muy violento.
a

Y siguieron comiendo hasta que la puerta se abrió y de la casa salió una mujer viejísima, apoyada en su bastón:

—Hola, pequeñines, entrad, entrad que no os haré daño. Dentro hay leche, bollos azucarados, manzanas y nueces. Después de comer, podréis dormir y descansar.

Y Hänsel y Gretel entraron, comieron y se acostaron felices y confiados.

La vieja parecía buena y amable pero, en realidad, era una malvada hechicera que cazaba niños para comérselos y había construido aquella dulce casita para atraerlos.

Una vez dormidos, cogió a Hänsel en brazos, lo llevó al establo y lo encerró en una caja de madera en la que solo había una pequeña rendija. El niño gritó y protestó con todas sus fuerzas, pero todo fue inútil.

Después, la bruja despertó a Gretel y le ordenó:

—¡Levántate!, guisa un pollo para tu hermano, que quiero que se engorde para comérmelo cuando esté cebado como un lechón.

Todas las mañanas, la vieja bajaba al establo y ordenaba:

—¡Hänsel!, saca el dedo, por la rendija, que quiero saber si ya estás gordo.

Pero Hänsel, en vez del dedo, sacaba siempre un huesecito de pollo y la vieja, que tenía la vista muy mala, se extrañaba de que no engordara.

Al cabo de cuatro semanas, al ver que Hänsel continuaba flaco, perdió la paciencia:

—Estés gordo o flaco, mañana te comeré.

De madruga, ordenó a Gretel encender el horno y cuando ya ardían las llamas le dijo a la niña:

—Acércate a comprobar si ya está listo.

Su intención era empujar a la niña y cerrar la puerta del horno, asarla y comérsela también. Pero Gretel lo adivinó y dijo desde lejos:

—¿Qué debo hacer para saber si ya está listo?

—¡Criatura tonta! —replicó la bruja—. ¡Esto tienes que hacer! —dijo acercándose a la puerta del horno y metiendo su cabeza dentro.

Gretel, entonces, la empujó con todas sus fuerzas, cerró la puerta y corrió hacia el establo, donde estaba prisionero Hänsel. Abrió la puerta de la caja y exclamó:

—¡Hänsel, ya estamos a salvo!

Se abrazaron emocionados y como ya no había nada que temer, recorrieron la casa. En todos los rincones encontraron monedas de oro y piedras preciosas, con las que se llenaron los bolsillos. Después, huyeron de allí.

Tras un par de horas de camino, un gran río interrumpió su marcha.

—¡Estamos perdidos!, no podremos atravesarlo, no hay puente ni barca —sollozó Hänsel.

—No llores, hermano, —lo tranquilizó Gretel—; allí nada un cisne blanco, le pediré que nos ayude a pasar a la otra orilla:

Bello cisne, bello cisne,
necesitamos cruzar
dinos si sobre tu espalda
tú nos podrías llevar.
a

El cisne se acercó, los niños subieron sobre su espalda y al alcanzar la otra orilla reconocieron aquella parte del bosque. Se pusieron en marcha y, poco después, descubrieron su casa a los lejos. Echaron a correr, entraron y se abrazaron a su padre, que estaba solo porque la madrastra, harta de pasar hambre, hacía tiempo que se había marchado.

El padre estaba muy arrepentido de lo que había hecho y llorando les pidió perdón. Como respuesta, Gretel vació sus bolsillos y las perlas y piedras preciosas se esparcieron por el suelo. Hänsel hizo lo propio. Con aquel tesoro, sus penas se acabaron y, en adelante, los tres vivieron muy felices.

FIN