hermanas

Las tres mentiras

Ilustración: Lois van Baarle

Al morir, unos campesinos dejaron en herencia a sus tres hijas los ahorros de toda su vida para que los repartieran entre las tres como buenas hermanas, pero era tan poco lo que habían dejado, que las hermanas decidieron que solo una de ellas habría de quedarse con todo el dinero.

Enterraron las monedas y, para decidir quién sería la afortunada, acordaron que durante un año viajarían por el mundo. Al terminar el plazo, se reunirían de nuevo y el dinero sería para la hermana que contara la mentira más grande.

Todas de acuerdo, tomaron cada una un rumbo distinto.

Pasado el año, se reencontraron en el punto convenido, allí donde habían enterrado el dinero de la herencia. Se abrazaron con grandes muestras de afecto y la mayor tomó la palabra:

—Yo, hermanas, he trabajado un año entero como agricultora y os cuento que planté una mata de garbanzos que creció tan alto, tan alto, que llegó hasta el cielo.

—¡Qué mentira más grande! —corearon sus dos hermanas.

—Ahora te toca a ti —dijo la mayor a la mediana.

—Yo estuve todo el año trabajando en una hilandería. Un día, me puse a torcer un hilo tan largo, tan largo, que mientras yo sostenía un extremo, el otro llegó al cielo.

—¡Qué mentira más grande! —dijeron las otras dos hermanas.

—Ahora es tu turno —dijo la hermana mediana a la más pequeña.

Yo —dijo la menor rascándose una oreja —no trabajé en nada concreto y pasé bastante frío y mucha hambre. Tantas penurias pasé, que una noche no tenía ni un fósforo para encender una vela que me iluminara. ¿Qué hice? Divisé la luz de la luna allá en lo alto y decidí subir hasta ella y pedirle un poco de su fuego para encender la vela.

—¡Esa sí que es una gran mentira! ¿Por dónde subiste?

—¡Por el hilo que tú torciste!

—¿Y por dónde bajaste?

—¡Por el garbanzo que tú plantaste!

Las dos hermanas mayores no tuvieron más remedio que aceptar su derrota. Desenterraron el dinero y se lo entregaron, riendo, a la más pequeña.

FIN

Blancanieve y Rojaflor

Ilustración: Alexander Zick

Una pobre mujer vivía en una choza solitaria. Ante la puerta de su casa crecían dos rosales: uno, de rosas blancas; otro, de rosas rojas. La mujer tenía dos hijas que se parecían a sus dos rosales y les había puesto por nombre Blancanieve y Rojaflor.

Blancanieve era apacible y dulce y Rojaflor movida y nerviosa. A Rojaflor le gustaba correr y saltar por campos y prados, buscar flores y perseguir bichos y Blancanieve prefería estar en casa, junto a su madre, ayudándola en sus quehaceres o leyendo libros. Aunque eran muy diferentes, las dos niñas se querían con locura.

Blancanieve decía:

—Jamás nos separaremos.

Rojaflor contestaba:

—Jamás mientras vivamos.

Y la madre añadía:

—Lo que es de una, de la otra ha de ser.

Con frecuencia salían juntas al bosque, a recoger leña o frutos silvestres. Los animales, que las conocían, nunca les hicieron daño; al contrario, se acercaban confiados a ellas. La liebre comía hojas tiernas de su mano; el ciervo pacía a su lado, la gacela saltaba alegremente a su alrededor y los pájaros, posados en las ramas, les cantaban dulces canciones. Jamás tuvieron percance alguno en la floresta.

Una fría noche de invierno estaban las dos hermanas y la madre en casa, junto a la chimenea, cuando llamaron a la puerta.

—Mira quién es, Rojaflor. Tal vez sea un caminante que busca refugio —dijo la madre.

Rojaflor abrió la puerta y un gran oso pardo asomó su gorda cabezota. La niña gritó y retrocedió de un salto; Blancanieve se escondió bajo la mesa y la madre se quedó helada de espanto.

El oso entonces les dijo:

—No tengáis miedo, no os haré daño. Estoy helado de frío y solo quiero calentarme un poco. He visto que tratáis bien a los animales del bosque, por eso he venido.

—¡Pobre oso! —exclamó la madre—. Échate junto al fuego.

Las niñas también se acercaron y, al poco rato, ya eran sus amigas. Acariciaban su sedoso pelo, apoyaban los pies en su espalda, y le rascaban tras las orejas, como si de un gran perro se tratara. Y si él gruñía, se echaban a reír. El oso se dejaba querer.

Llegó la hora de acostarse y la madre y le dijo al oso:

—Puedes quedarte aquí, así estarás resguardado del frío y del mal tiempo.

Cuando amaneció, las niñas le abrieron la puerta, y el animal se alejó trotando por la nieve y desapareció en el bosque.

A partir de entonces, regresaba todas las noches a la misma hora; se echaba junto al fuego y dejaba que las niñas jugaran con él. Se acostumbraron tanto al oso, que cuando caía la noche, dejaban la puerta entornada para que pudiera entrar.

Al llegar la primavera, el oso le dijo a Blancanieve:

—Ya es primavera, debo marcharme y no volveré en todo el verano.

—¿Adónde vas, querido oso? —preguntó Blancanieve.

—Al bosque. Debo guardar mis tesoros para protegerlos de los malvados enanos. En invierno, cuando la tierra está helada, no pueden salir de sus cuevas ni abrirse camino hasta la superficie, pero ahora que el sol ha deshelado el suelo, suben a robar. Y lo que cae en sus manos y va a parar a sus madrigueras, es difícil que vuelva a ver la luz.

Blancanieve sintió una gran tristeza por la despedida de su amigo, pero le abrió la puerta. El oso se alejó rápidamente y desapareció entre los árboles.
Poco después, la madre envió a las niñas a buscar leña al bosque. Encontraron un gran árbol caído y, cerca del tronco vieron algo que saltaba de un lado a otro, pero sin distinguir de qué se trataba. Cuando se acercaron, descubrieron a un enanito de rostro arrugado y marchito, con una larguísima barba, blanca como la nieve, cuyo extremo se había quedado enganchado en una hendidura del árbol; por eso, el hombrecillo saltaba y saltaba, intentando soltarse.

Al ver a las niñas, clavó en ellas sus ojillos rojos y encendidos y les gritó:

—¿Qué hacéis ahí paradas? ¡Ayudadme!

—¿Qué te ha pasado, enanito? —preguntó Rojaflor.

—¡Tonta y curiosa! —replicó el enano—. Quise partir en trocitos este tronco para cocinar. Los tizones grandes queman la comida y mis platos son pequeños. Yo como mucho menos que vosotras, gente grandota y glotona. Tenía ya la cuña hincada y todo iba a las mil maravillas, pero esta maldita madera es demasiado lisa; la cuña saltó cuando menos lo pensaba y el tronco se cerró y mi hermosa barba quedó aplastada. No hay forma de sacarla. ¡Estoy aprisionado!

Tiraron y tiraron, pero, por más que se esforzaron, las niñas no pudieron desasir la barba.

—Iré a buscar ayuda —dijo Rojaflor.

—¡Bobaliconas! —gruñó el enano con voz gangosa—. ¿Ayuda para qué? A mí me sobra con vosotras dos. ¿No se os ocurre nada mejor?

—No te impacientes —dijo Blancanieve—, se me ocurre algo —Y sacando unas pequeñas tijeras del bolsillo, cortó el extremo de la barba.

Tan pronto como el enano se vio libre, agarró un saco lleno de oro, que había dejado entre las raíces del árbol y, cargándoselo a la espalda, gruñó:

—¡Has cortado un trozo de mi hermosa barba! ¡Qué gentezuela tan torpe!

Y se alejó, sin volverse a mirar a las niñas.

Poco tiempo después, las dos hermanas salieron de pesca y al llegar cerca del río vieron un bicho que avanzaba a saltitos hacia el agua. Parecía un saltamontes y pensaron que quería bañarse pero, al aproximarse, reconocieron al enano de barba blanca.

—¿Adónde vas? —preguntó Rojaflor—. Supongo que no querrás darte un baño en el río. Es peligroso.

—¡No soy tan tonto! —gritó el enano—. ¿Es que no veis que ese maldito pez me arrastra al río?

El caso era que el hombrecillo había estado pescando, pero quiso la mala suerte que una ráfaga de viento enredara el sedal en su barba justo cuando acababa de picar un pez gordo. El enano no tuvo fuerza suficiente para sacarlo, por el contrario, era el pez el que arrastraba al enanillo al agua. El hombrecillo se agarraba a las hierbas y juncos, pero sus esfuerzos no servían de gran cosa.

Las niñas habían llegado muy oportunamente; lo sujetaron e intentaron desenredar la barba, pero en vano: barba e hilo estaban sólidamente enmarañados. No hubo más remedio que acudir nuevamente a las tijeras y cortar otro trocito de barba. Al ver lo que hacían, el enano les gritó:

—¡Estúpidas! ¿No bastaba con haberme despuntado la barba, sino que ahora me cortáis otro trozo?¡Ojalá tuvieseis que echar a correr sin zapatos!

Y, cargando un saco de perlas que yacía entre los juncos, desapareció detrás de una piedra.

Otro día, la madre envió a las dos hermanas a la ciudad a comprar hilo, agujas, cordones y cintas. El camino cruzaba por un erial, en el que se veían, dispersas de trecho en trecho, grandes rocas. De pronto, observaron cómo una gran águila describía amplios círculos sobre sus cabezas, descendiendo cada vez más, hasta que se posó en lo alto de una de las peñas. Inmediatamente, oyeron un penetrante grito de angustia.

Corrieron hacia allí y vieron, con espanto, que el ave había apresado a su viejo conocido, el enano, y se aprestaba a llevárselo. Entre las dos sujetaron con fuerza al hombrecillo y no cejaron hasta que el águila soltó su presa.

Cuando el enano se hubo repuesto del susto, gritó con su voz gangosa:

—¿No podríais tratarme con más cuidado? Me habéis desgarrado la chaqueta, ¡torpes más que torpes!

Y cargando con un saquito de piedras preciosas, se metió en su cueva, entre las rocas.

Las niñas, acostumbradas a su ingratitud, prosiguieron su camino e hicieron sus recados en la ciudad.

De regreso, al pasar de nuevo por el erial, sorprendieron al enano, que había esparcido sobre el suelo las piedras preciosas de su saco. El sol poniente proyectaba sus rayos sobre las brillantes piedras, que refulgían y centelleaban como soles; y sus colores eran tan vivos, que las pequeñas se quedaron boquiabiertas, contemplándolas.

—¿Por qué os paráis? ¿Qué estáis mirando con esa cara de lelas? —gritó el enano; y su rostro ceniciento se volvió rojo de ira.

Se disponía a seguir con sus improperios cuando se oyó un fuerte gruñido proveniente del bosque y apareció un gran oso. Aterrorizado, el hombrecillo trató de emprender la fuga; pero el oso le dio alcance antes de que pudiera cobijarse en su escondrijo.

Entonces se puso a suplicar, angustiado:

—Perdóname la vida y te daré mi tesoro. ¿De qué te serviría comerte a una criatura tan pequeña y flacucha como yo? Mejor es que te comas a esas dos; ellas sí serán un buen bocado. Cómetelas y buen provecho te hagan.

El oso, sin hacer caso de sus palabras, se tragó al malvado hombrecillo de un solo bocado.

Las muchachas habían echado a correr; pero el oso las llamó:

—¡Blancanieve, Rojaflor!, no temáis; esperadme, que voy con vosotras.

Ellas reconocieron entonces su voz y se detuvieron.

Cuando el oso las hubo alcanzado, su espesa piel cayó al suelo y quedó transformado en un hermoso joven:

—Soy un príncipe —contó—, pero ese malvado enano me había encantado, Como no pudo robarme mis tesoros, me condenó a errar por el bosque en figura de oso salvaje. Solo su muerte podía liberarme de su hechizo.

Blancanieve se casó con el príncipe y Rojaflor, con su hermano. Entre los cuatro se repartieron las inmensas riquezas que el enano había acumulado durante siglos en su cueva.

La anciana madre vivió aún muchos años tranquila y feliz, al lado de sus hijas en el palacio. Con ella se llevó los dos rosales que, plantados delante de su ventana, siguieron dando todos los años sus hermosísimas rosas, blancas y rojas.

FIN

Los niños de madera

Ilustración: Deaf-Machbot

Hace mucho, mucho tiempo, cuando reyes y reinas gobernaban los pueblos, vivieron en una pequeña aldea tres hermanas pastoras. Un día estaban hablando las tres y dijo la mayor:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y le haría un vestidito con una cáscara de almendra.

Y dijo la segunda hermana:

—Pues si yo me casara con el rey, tendría un hijo y le haría un vestidito con una cáscara de avellana.

Y la pequeña dijo:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y un hijo mellizos. Los dos serían hermoso, sabios y justos y en sus frentes brillaría una estrella.

Antiguamente, tanto reyes como reinas tenían por costumbre mandar espías por todo su reino para que escucharan tras las puertas lo que decían sus súbditos. Uno de estos espías escuchó lo que las muchachas habían dicho y lo comunicó al rey. Este mandó llamar a la hermana pequeña y le preguntó:

—¿Es cierto lo que me han dicho?, que si nos casáramos tendrías dos niños mellizos hermosos, sabios y justos con una estrella en la frente?

La muchacha respondió:

—Sí, majestad, es cierto.

—¿Te quieres casar conmigo?

—Sí.

Se celebraron las bodas con gran pompa y esplendor.

Poco después de casarse, una terrible guerra asoló la región y el rey tuvo que ir a luchar, la muchacha se quedó sola y triste y pidió a sus dos hermanas que se fueran a vivir con ella a palacio.

Al cabo de nueve meses de haber partido su marido, tuvo un niño y una niña, ambos preciosos y ambos con una estrella en la frente.

Las dos hermanas, muertas de envidia, decidieron mandar una carta al rey en la que le anunciaban que su hermana pequeña lo había engañado y que en lugar de tener dos hijos sabios y justos, con una estrella en la frente, había dado a luz a dos niños de madera y después, a causa de la pena por no haber podido cumplir su promesa, había muerto.

Las dos hermanas metieron a los dos recién nacidos en una caja y tiraron la caja al mar. A la madre la encerraron en una oscura y lúgubre mazmorra en lo más profundo del castillo.

Muy cerca del palacio vivía una viejecita que todas las mañanas se acercaba a la playa a recoger los objetos que las olas arrastraban hasta la orilla. Aquella mañana, como siempre, la viejecita se dirigió a la costa y a poca distancia, flotando en el agua, vio la caja; la abrió con mucho cuidado y descubrió a los dos niños con la estrellita en la frente. La mujer se los llevó a su casa y les puso un sombrerito para que nadie viera las estrellitas.

Pasó el tiempo, los niños crecieron y la anciana les fabricó unos caballitos de madera para que jugaran. Sembró hierba en el jardín de la casa y les dijo a los niños que era para que se alimentaran los caballitos. Desde el balcón de palacio se veía el jardín de la casa de la anciana.

El rey regresó de la guerra y todos los días se asomaba triste al balcón para ver jugar a los niños. Aquellos podían haber sido sus hijitos. Los miraba y le parecía muy extraño que siempre llevaran aquel sombrerito que tapaba su frente.

Un día, los niños jugaban a darles de comer hierba a sus caballitos de madera y al verlo, el rey les gritó desde el balcón:

—Niños tontos, ¿los caballitos de madera comen hierba?

Y los niños le contestaron:

—Rey tonto, ¿las reinas de carne y hueso tienen hijos de madera?

Al escuchar esto, el rey les preguntó:

—¿Por qué decís eso?

—A ti le dijeron que nuestra madre había tenido hijos de madera y que después había muerto, pero no es verdad. Nosotros somos tus hijos de carne y hueso y nuestra madre está viva, encerrada en una oscura mazmorra de palacio.

Al oír aquello, el rey recuperó a sus hijos y rescató a la madre.

En cuanto a las dos hermanas, fueron desterradas para siempre del reino que, desde aquel día, fue el más dichoso del mundo.

FIN

Las hadas

Ilustración: coda-leia

Había una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor era muy parecida a la madre, tanto en físico como en carácter; de modo que el que conocía a una, conocía a la otra. Ambas eran tan desagradables y orgullosas, que nadie podía vivir en paz con ellas. La menor era una copia de su padre en su dulce temperamento, en su inteligencia y en sus virtudes, y era, además, también parecida en su agraciado aspecto. Y como por naturaleza solemos amar a quien se nos parece, la madre sentía locura por su hija mayor en la misma medida que aborrecía a la pequeña. A esta la hacía trabajar sin descanso y la obligaba a comer en la cocina.

Entre las obligaciones impuestas, la desafortunada niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una fuente que distaba dos kilómetros de la casa y transportarla en una gran jarra.

Un día, cuando estaba en la fuente, se acercó a ella una pobre mujer y le rogó que le diera de beber.

—Naturalmente, buena señora —contestó la niña.

Puso la jarra bajo el chorro que manaba, la llenó con un poco de agua fresca y, sonriendo, se la ofreció a la señora, sosteniéndole la vasija todo el tiempo, para que pudiera beber más cómodamente.

Una vez hubo saciado su sed, la mujer le dijo:

—Eres lista y cortés; lo tienes todo. Así que te concederé un don especial —porque la anciana era, en realidad, un hada, que tomaba la figura de pobre campesina para probar a las personas—. El don que te concedo hará que con cada palabra que pronuncies salga de tu boca una flor o una joya.

De regreso a casa, la madre reprendió a la niña por haber tardado:

—Perdón, mamá, por haberme retrasado tanto —dijo la pobre muchacha. Y al pronunciar las seis palabras, de su boca salieron dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.

—¿Qué es lo que estoy viendo? —dijo la madre llena de asombro—. De tu boca han salido rosas, perlas y diamantes. ¿Cómo has hecho eso, hija mía?

Aquella era la primera vez que la llamaba «hija mía».

La niña le fue contando todo lo que había ocurrido y junto con cada palabra, de su boca, salían flores y joyas.

 —¡Maravilloso! —gritó la madre—, debo enviar a mi hija mayor allí. ¡Mira, hijita, ven a ver lo que sale de la boca de tu hermana cada vez que habla! ¿No te gustaría, querida, recibir un don semejante? Basta con que vayas a la fuente a buscar agua y cuando una pobre campesina te pida que le des de beber, le ofreces la jarra muy gentilmente.

—¡Qué te crees tú eso! —dijo la grosera niña— ¡¿Yo a la fuente?! ¡Ni soñarlo!

—Pues yo te digo que irás —le ordenó la madre—, ¡de inmediato!

La hija mayor tomó de mala gana una jarra de plata que había en la casa y, refunfuñando, tomó el camino para ir a buscar agua.

No había hecho más que llegar a la fuente, cuando del bosque salió una dama magníficamente ataviada que se acercó a ella y le pidió de beber.

La dama era la misma hada que se había presentado ante su hermana, pero ahora venía con la apariencia y vestiduras de una princesa, para comprobar hasta dónde llegaba la maldad de aquella niña.

—¿Te crees que he venido aquí para darte de beber? —dijo altanera la joven— A ver si te has creído que esta jarra de plata es para que la uses tú, majestad. Si tienes sed, ¡amórrate a la fuente!

—No eres muy amable, ni tampoco muy lista —contestó el hada, sin enojarse—. A tu insolencia, sin embargo, le falta algo, así que te concederé un don especial: junto a cada palabra que pronuncies, saldrán de tu boca sapos y culebras.

Tan pronto como la madre la vio regresar, le gritó:

—¿Y bien, hija?

—¿Y bien qué, madre? —contestó la infeliz. Y de su boca salieron dos culebras y dos sapos.

—¡Cielo santo! —exclamó la madre— ¿Qué es esto? ¡Tú hermana es la culpable de todo y me las pagará!  —y corrió para darle un escarmiento.

La hija pequeña, al ver a su madre tan furiosa, se alejó corriendo y fue a buscar refugio en el bosque cercano.

El hijo de los reyes de aquel lugar, que andaba por aquellos parajes, se encontró con ella. Al verla tan triste, le preguntó qué hacía allí y cuál era el motivo de su llanto.

—¡Ay!, he tenido que huir de mi casa porque mi madre estaba muy enojada.

El príncipe, lleno de asombro ante las perlas, diamantes y flores que salían de la boca de la niña con cada una de sus palabras, le rogó que le explicara cómo conseguía  hacer aquello y ella le relató toda la historia.

Mientras escuchaba, el hijo del rey se enamoró de ella y al darse cuenta de que el don de la niña era mucho más valioso que el más valioso tesoro que pudiera encontrar jamás, la llevó al palacio y allí le pidió que se casara con él.

En cuanto a la otra hermana, se hizo cada vez más despreciable y odiosa. Tanto, que su madre terminó por echarla de casa. La infeliz, después de mucho deambular, se refugió en lo más profundo del bosque y en él sigue; sola, sin pronunciar ni una sola palabra.

FIN

La herencia

Ilustración: Marmaladecookie

En un lejano país vivía una reina que tenía tres hijas y quería elegir a una de ellas como su heredera. Era una decisión terriblemente difícil, porque los tres eran muy inteligentes, muy valientes y todas tenían la misma edad, pues eran trillizas, de modo que no había forma de decidirse.

Entonces preguntó a una gran maga y esta le sugirió que sometiera a las tres a una prueba para decidir cuál de ellas sería la más adecuada para gobernar el reino.

La reina se fue a su casa, reunió a su alrededor a sus tres hijas y les hablo así:

—Queridas hijas, debo emprender un largo viaje. Tal vez me ausente un año, dos o incluso tres… Os entrego a cada una de vosotras una bolsa. Dentro de ella hallareis unas semillas que a mi regreso os reclamaré. Aquella de vosotras tres que mejor las haya protegido, heredará el reino.

Dicho esto, la reina partió de viaje.

La primera hija pensó: «¿Qué haré con estas semillas? Ha dicho que debemos protegerlas». Y se le ocurrió que la mejor forma de hacerlo era encerrarlas en la caja fuerte en la que se guardaban las joyas y los tesoros más valiosos del reino.

La segunda hija pensó: «Si las guardo como ha hecho mi hermana, morirán, y una semilla muerta no sirve de nada; deja de ser una semilla». Y decidió que lo mejor que podía hacer era ir al mercado y vender las semillas. El dinero que obtuvo por ellas, lo guardó en la caja fuerte mientras se decía: «Cuando mi madre la reina regrese, iré al mercado con este dinero, compraré semillas nuevas, las mejores que encuentre, y se las devolveré, y serán incluso mejores que las que ella me ha entregado al partir».

La tercera hija se dirigió a los jardines del palacio y esparció las semillas por todas partes.

Pasaron tres largos años y la madre regresó.

La primera hija abrió la caja fuerte. Todas las semillas estaban muertas, apestaban. Al verlas, la madre le preguntó:

—¿Son éstas las semillas que te di? ¡Eso es imposible! ¡Estas no son mis semillas! Huelen muy mal; están muertas.

La segunda hija tomó el dinero que había guardado, corrió al mercado, compró las mejores semillas que pudo encontrar y regresó para entregarlas a su madre:

—Estas son semillas muy buenas, frescas, con muchas posibilidades… Pero no son las semillas que yo te di. Tu idea ha sido buena, pero no es lo que yo esperaba.

La reina, finalmente, se dirigió a su tercera hija y le preguntó:

—Veamos, ¿tú qué has hecho con las semillas?

La joven llevó a su madre al jardín; en él, cientos de flores crecían lozanas, esparciendo su aroma en el aire. Había flores por todas partes.

—Estas son las semillas que me entregaste. Si me das un poco de tiempo, las reuniré de nuevo y te las devolveré.

La madre, emocionada ante aquel hermoso jardín que su hija había hecho florecer, dijo:

—Tú serás la heredera de mi reino, hija mía. Tú has sabido comprender que plantar las semillas y cuidarlas es el único modo de obtener grandes frutos de ellas.

FIN

Kitete, el hijo de Shindo

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Ilustración: Mónica Pereiro

Había una vez, una mujer chagga, llamada Shindo que vivía en un pueblo al pie del monte Kilimanjaro. Era viuda y no había tenido hijos y como vivía sola, siempre estaba muy cansada, ya que tenía que encargarse de todo. A diario limpiaba su casa y barría el patio, daba de comer a las gallinas; iba al río a lavar la ropa; acarreaba agua del pozo; cortaba la leña; cocinaba…

Cada noche, al ocultarse el sol, Shindo elevaba su vista hacia el monte y rogaba:

—¡Gran Espíritu de la montaña!, estoy cansada. ¡Envíame ayuda!

Cierto día en el que Shindo limpiaba el huerto de malas hierbas, apareció a su lado, de repente, un hombre que habló así a la sorprendida mujer:

—Soy mensajero del Gran Espíritu de la Montaña. Siembra estas semillas de calabaza y cuídalas, porque ellas son la respuesta a tus plegarias.

Dicho esto, desapareció.

Shindo se preguntó: “¿Cómo podrán ayudarme unas semillas de calabaza?», pero igualmente las sembró y las cuidó con esmero.

Asombrada, veía cómo crecían día a día. Tanto, que una semana más tarde, las calabazas ya habían madurado.

La mujer las cortó y se las llevó a su casa, les quitó la pulpa y las dejó huecas. Una vez preparadas, las colgó de una viga. Allí se secarían y se endurecerían y, cuando ya estuvieran listas, las vendería en el mercado para ser usadas como cuencos o jarras.

Separó y reservó para ella la calabaza más pequeña y la colocó junto al fuego para que se secara más rápidamente.

A la mañana siguiente, Shindo se marchó al campo a sembrar y mientras ella no estaba, las calabazas empezaron a cambiar. Les crecieron cabezas, brazos y piernas y, en poco tiempo, aquellas calabazas se habían trasformado en niños.

También la calabaza que Shindo había dejado junto al fuego, era ahora un niño y oyó como los otros lo llamaban desde la viga de la que pendían:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete ayudó a bajar a sus hermanos y hermanas de las vigas y ya en el suelo, los niños salieron de la casa y todos empezaron a cantar y a jugar en el patio…

Todos menos Kitete, que como había estado tan cerca del fuego, ahora era un niño débil y enfermizo, al que le costaba entender las cosas. Así, que mientras sus hermanos y hermanas cantaban y jugaban, Kitete los observaba sonriente, sentadito en la puerta de la casa.

Al poco, los niños dejaron de divertirse y pusieron manos a la obra: limpiaron la casa, barrieron el patio, alimentaron a las gallinas, lavaron la ropa en el río, acarrearon el agua del pozo, cortaron leña y cocinaron para que Shindo tuviera la comida preparada al regresar.

Cuando todo estuvo hecho, Kitete ayudó a sus hermanos a colgarse de la viga y poco después, todos eran de nuevo calabazas.

Al llegar Shindo aquella tarde, los vecinos le preguntaron:

—¿Quiénes eran esos niños que estaban hoy en tu casa? ¿De dónde han salido? ¿Por qué te ayudan con el trabajo de casa?

—¿Qué niños? ¿Os reís mí?» —contestó Shindo muy enojada.

Pero al entrar en su casa, se quedó atónita. ¡Todo el trabajo estaba hecho y su comida preparada! ¿Quién podía haber hecho aquello?

Al día siguiente, la historia se repitió. En cuanto Shindo se marchó, las calabazas se convirtieron en niños y gritaron a coro:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete los descolgó, jugaron un rato, terminaron las labores de la casa de la casa, subieron a la viga, y todos se convirtieron en calabazas de nuevo.

Una vez más, Shindo quedó desconcertada y decidió descubrir quién la estaba ayudando.

Al tercer día, Shindo fingió que se marchaba, pero en lugar de dirigirse al campo, se escondió para observar qué sucedía. Entonces vio a las calabazas convertirse en niños, y oyó como gritaban:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Salieron de la casa, jugaron, hicieron los trabajos caseros y después, con la ayuda de Kitete, empezaron a encaramarse a la viga.

—¡No, no! —les dijo Shindo llorando— ¡No os transforméis de nuevo en calabazas! Seréis mis hijitos y os cuidaré y os querré.

Desde ese día, los niños se quedaron con Shindo, como sus hijos y ella ya nunca más estuvo sola. Todos juntos trabajaron tanto, que pronto mejoró la economía de la casa, y pudieron comprar un campo y un gran rebaño de ovejas y cabras. Todos hacían algo, excepto Kitete, que se quedaba junto al fuego sonriendo.

A Shindo esto no le importaba. De hecho, Kitete era su favorito, porque era como un tierno bebé. Pero en ocasiones, cuando ella estaba cansada o triste, pagaba su mal humor con él.

—¡Eres un niño inútil! —le decía— ¿Por qué no puedes ser inteligente como tus hermanos y hermanas, y trabajar como ellos?

Y Kitete la miraba y sonreía.

Un día que Shindo llevaba una gran olla a la cocina, tropezó con Kitete y se cayó al suelo. La olla de arcilla se hizo añicos y el guiso se esparció por todas partes.

—¡Muchacho tonto! —gritó Shindo— ¡Te tengo dicho que no te cruces en mi camino! Pero, ¿qué puedo esperar de ti si no eres un niño de verdad? ¡Solo eres una calabaza hueca!

En ese mismo instante, Kitete desapareció y en su lugar quedó la pequeña calabaza.

—¿Qué he hecho? —se lamentaba Shindo acariciando la anaranjada superficie— ¡No quería decir eso! Tú no eres una calabaza, tú eres mi hijito querido.

Los hermanos y hermanas de Kitete se miraron entre ellos, y todos subieron de un salto a la viga y al unísono gritaron:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Pasó el rato y nada sucedía. Hasta que, de repente, la pequeña calabaza empezó a cambiar: le creció una cabeza, luego unos brazos, y finalmente unas piernas. ¡De nuevo era Kitete!

Shindo aprendió la lección, Kitete era distinto, pero no por ello menos valioso que el resto de sus hijos. A partir de entonces, tuvo mucho cuidado en repartir su amor entre todos por igual y ellos, a su vez, le ofrecieron consuelo y felicidad, durante el resto de sus días.

FIN

La oreja delatora

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Ilustración: tobiee

Era un leñador muy pobre que todos los días salía al monte a cortar leña. Un día, clavó el hacha en un viejo tronco y de pronto, del interior del aquel árbol, salió un gigante que le dijo:

—¿Qué haces? Este árbol es mi casa, ¿cómo te atreves a cortarlo?

El leñador, asustado, respondió:

—Yo no sabía que esta era tu casa. Por favor, señor Gigante, no me hagas daño.

—Está bien —dijo el gigante—, tal vez no te haga nada. Pero antes de decidirme, dime, ¿cuántos hijos tienes?

—Tengo dos hijas. Vengo al bosque para cortar leña y poder darles de comer. Mi esposa es costurera y con la costura y la leña apenas ganamos para sostenernos todos.

—Está bien, te perdono la vida y te regalo una bolsa llena de monedas de oro si me traes a tu hija mayor para que sea mi sirvienta. Piénsalo, y mañana vuelve aquí con tu hija o con la bolsa de oro. ¡No intentes engañarme porque te encontraré y te comeré!

El leñador cogió la bolsa y al llegar a su casa contó lo que le había sucedido.

La hija mayor se avino al trato y, al día siguiente, su padre la acompañó hasta el árbol que había intentado talar. En el árbol había una gran puerta y tras ella una larga escalinata que descendía bajo tierra, al final de la cual se encontraba la casa del gigante.

Al llegar abajo, el gigante, que ya la estaba esperando, le dijo:

—Si me obedeces en todo, algún día serás dueña y señora de todo lo que tengo. Y lo primero que debes hacer es comerte esta oreja cruda —le dijo—. Ahora me tengo que ir. Si al volver no te la has comido, te mataré.

—¡Qué asco! —pensó la muchacha al ver que era una oreja humana y cuando el gigante se marchó, tiró la oreja al pozo.

Al volver, el gigante le preguntó:

—¿Ya te has comido la oreja?

—Sí, enterita y cruda; tal y como me has dicho.

—Veamos si es verdad. ¡Oreja! ¡Orejita!

—¿Qué quieres? —contestó la oreja

—¿Dónde estás, oreja?

—Aquí, en el pozo.

—¿No decías que te la habías comido? ¡Ahora verás!

El gigante la encerró en un cuarto y le cortó la cabeza.

Al día siguiente, el gigante fue a buscar al leñador, que estaba cortando leña en el bosque, y le dijo:

—Te daré otra bolsa de oro si me traes a tu hija pequeña. La otra dice que no puede estar sin ella.

El padre, aunque muy triste, fue a buscar a Marieta, que así se llamaba su hija pequeña y le dijo:

—Tu hermana te añora.

—¡Y yo también a ella!

Los dos se dirigieron al árbol donde vivía el gigante, que ya los esperaba. Cuando llegaron a la casa, el gigante le dijo a la niña:

—Tu hermana ha tenido que ausentarse, pero si tú me obedeces en todo hasta que ella regrese, algún día serás dueña y señora de todas mis riquezas. Y lo primero que has de hacer es comerte esta oreja cruda. Ahora me tengo que ir, y si al volver no te la has comido, te mataré.

Marieta, al no ver a su hermana, tuvo miedo, pero disimuló y contestó:

—Muy bien, después me la comeré.

Al marcharse el gigante, decidió esconder la oreja entre sus ropas. La puso en su cinturón y se lo ciñó bien fuerte, para que no se le cayera.

Cuando volvió el gigante preguntó:

—¿Ya te has comido la oreja?

—Sí, estaba muy rica.

—Veamos si es verdad. ¡Oreja! ¡Orejita!

—¿Qué quieres? —contestó la oreja

—¿Dónde estás, oreja?

—En la barriga de Marieta.

Al oír esto, el gigante se puso muy contento:

—Ya eres la dueña de todo lo que tengo. Aquí tienes mis llaves. Solo tienes prohibido abrir esa puerta —le dijo señalando el cuarto donde la hermana de Marieta había perdido la cabeza.

Al día siguiente, cuando se marchó el gigante, La niña se preguntó: «¿Por qué no podré abrir ese cuarto?». Y su curiosidad pudo más que su temor.

Cuando abrió, vio que un gran charco de sangre cubría el suelo de la estancia y se asustó tanto, que se le cayó la llave y se manchó.

Se agachó para recogerla y al levantarse, vio que había muchos cuerpos y junto a cada uno de ellos había una cabeza cortada. Entre todos ellos, reconoció con tristeza el de su hermana mayor. También vio una mesa en la que había una botella que contenía un extraño líquido verde, brillante y espeso. En la etiqueta se leía:

Pegamento extrafuerte de cabezas.
Aplicar una sola gota.

.

De pronto, oyó que el gigante empezaba a bajar las escaleras y salió corriendo de allí. Intentó limpiar la llave, pero no hubo forma de quitar la mancha. El gigante seguía acercándose, así que a Marieta se le ocurrió pincharse en un dedo con un alfiler y frotar con su sangre la llave que abría el cuarto prohibido justo en el momento que entraba el gigante y preguntaba:

—¿Ya has visto toda la casa?

—Sí.

—¿Entraste en el cuarto prohibido?

—No

—¡Enséñame la llave!

Al ver la llave manchada, se enfureció:

—¿Y esta mancha?

Marieta, mostrándole el dedo, le dijo:

—Me pinché en un dedo y me salió sangre.

El gigante quedó satisfecho con la explicación y le otorgó su total confianza.

Al día siguiente, el gigante salió de nuevo; dijo que se marchaba de viaje y que tardaría tres días en volver.

Marieta, tras asegurarse de que el gigante no mentía y que de verdad se marchaba porque ahora ya confiaba en ella, volvió corriendo al cuarto prohibido, cogió la botella, echó una gota del líquido prodigioso en la cabeza de su hermana y la unió a su cuerpo y ella, por arte de magia, despertó como si nada hubiera pasado y las dos se abrazaron muy contentas.

A continuación, entre las dos, fueron uniendo los cuerpos y las cabezas del resto de la gente que allí había y todos volvieron a la vida.

Estaban tan furiosos por lo que les había hecho el gigante, que esperaron escondidos a que regresara y entre todos acabaron con él.

Acto seguido, Marieta, que tenía todas las llaves, abrió la puerta donde el gigante guardaba su ingente tesoro y lo repartió.

Cargados con las inmensas riquezas, cada uno regresó a su hogar y, desde aquel día, ninguno de ellos volvió a tener nunca más preocupaciones.

FIN

Cosas de letras. «Las cinco hermanas»

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Estas cinco hermanas son muy resaladas,

todas las mañanas, bien acicaladas,

las caras lavadas, se esconden radiantes,

entre consonantes y forman palabras.

Las ves en el sol y en el corazón.

Sobre un gato van y en un alacrán.

Vuelan en las nubes, con mantas las cubres.

Soplan las trompetas, montan bicicletas.

Tocan la guitarra, ¡vaya una jarana!

Comen caramelos, muerden regalices,

y chupan anises.

¿Sabes dónde están?

Si las quieres encontrar, vas a tener que escuchar,

te las voy a presentar:

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¡Repítelo tú!:

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¡Estas son!, ¡es genial! su apellido es Vocal.

Al llegar la noche, el sol se va en coche,

salen las estrellas y la luna vela,

ellas, muy cansadas, se van a sus camas.

Las cinco vocales se van a dormir,

que hay que descansar después de jugar.

Y ahora a soñar, que por la mañana

hay que madrugar y ¡vuelta a empezar!

que muchas palabras tienen que inventar.

FIN