Hermanos Grimm

La zorra y el caballo

Ilustración: juanex

Tenía un campesino un fiel caballo, muy viejo ya, que no podía prestarle ningún servicio. El amo decidió no gastar más dinero en darle de comer y le dijo así:

—Ya no me sirves de nada, pero para que veas que te tengo cariño, me quedaré contigo y te daré de comer otra vez si me demuestras que tienes aún la fuerza suficiente para traerme un león. Pero entretanto, ¡fuera de la cuadra!

Y lo echó de su casa. El animal se encaminó triste y cabizbajo al bosque, en busca de cobijo. Allí se encontró con la zorra, la cual le preguntó:

—¿Qué haces por aquí, tan abatido y solitario?

—¡Ay! —respondió el caballo—, la avaricia y la lealtad jamás moran en la misma casa. Mi amo ya no se acuerda de los servicios que le he prestado durante tantos años y como ahora ya no puedo arar como antes, se niega a darme pienso y me ha echado a la calle.

—¿Así, a secas? ¿No puedes hacer nada para evitarlo? —preguntó la zorra.

—La solución es bien difícil. Me dijo que si era lo bastante fuerte para llevarle un león podría quedarme junto a él y me alimentaría de nuevo. Pero él sabe muy bien que lo que me pide yo no puedo hacerlo.

—Yo te ayudaré. Túmbate aquí y no te muevas, haz como si estuvieras muerto.

Hizo el caballo lo que le indicaba la zorra y esta fue al encuentro del león, cuya guarida se hallaba a escasa distancia. Al llegar allí, la zorra le dijo:

—León, aquí cerca hay un caballo muerto; si sales, podrás darte un buen banquete.

—Llévame hasta donde está.

La zorra se puso en marcha y el león salió tras ella. Cuando ya estuvieron junto al caballo, dijo la zorra:

—Aquí no podrás zampártelo cómodamente. ¡Tengo una idea! ¿Sabes qué? Te lo ataré a su cola, así te será más fácil arrastrarlo hasta tu guarida y allí te lo comes tranquilamente

Al león le gustó el consejo y se colocó de manera que la zorra, con la cola del caballo, ató fuertemente las patas del león y le dio tantas vueltas y nudos que no había modo de soltarse. Cuando hubo terminado, golpeó el anca del caballo y dijo:

—¡Arriba, jamelgo, andando!

Se incorporó el animal de un salto y salió al trote, arrastrando tras de sí al león. Se puso este a rugir con tanta fiereza, que todas las aves del bosque echaron a volar asustadas, pero el caballo lo dejó rugir y, a campo traviesa, lo llevó arrastrando hasta la puerta de su amo. Al verlo este, cambió de idea y le dijo a su caballo:

—Te quedarás a mi lado, y vivirás bien.

En adelante, no le faltó al caballo el mejor pienso y no tuvo que trabajar nunca más. Vivió feliz y tranquilo hasta que murió.

FIN

La Luna

Ilustración: photonensauger

En tiempos muy lejanos hubo un país en que de noche siempre estaba oscuro y el cielo se extendía como una sábana negra, pues nada brillaba en el firmamento.

De aquel país salieron un día cuatro amigas a recorrer el mundo en busca de aventuras y llegaron a una tierra en la que al anochecer, en cuanto el sol se ocultaba detrás de las montañas, aparecía sobre un roble una esfera luminosa que esparcía a gran distancia una luz clara y suave. Aun cuando no era brillante como la del sol, permitía ver y distinguir muy bien los objetos. Las forasteras se detuvieron a contemplarla y preguntaron a una campesina, que acertaba a pasar por allí en su carro, qué clase de luz era aquella.

—Es la Luna —respondió la mujer—. Nuestro alcalde la compró por cuatro monedas y la sujetó a la copa del roble. Hay que ponerle aceite todos los días y mantenerla limpia para que arda claramente. Para ello le pagamos una moneda a la semana.

Cuando la campesina se hubo marchado, dijo una de las amigas:

—Esta lámpara nos prestaría un gran servicio. En nuestra tierra tenemos un roble tan alto como este, podríamos colgarla de él. ¡Qué ventaja no tener que andar a tientas por la noche!

—¿Sabéis qué? —dijo la segunda—. Iremos a buscar un carro y un caballo y nos llevaremos la Luna. Cada una de nosotras que ponga una moneda para comprarla. Dejaremos una bolsa con el dinero atada en la copa del roble para que el alcalde compre otra Luna.

—Yo sé subirme a los árboles —intervino la tercera—. La descolgaré.

La cuarta fue a buscar el carro y el caballo y la tercera trepó a la copa del roble, abrió un agujero en la luna, lo atravesó con una cuerda y la bajó. En su lugar, dejó la bolsa con las cuatro monedas dentro.

Cuando ya tuvieron en el carro la brillante bola, la cubrieron con una manta para que nadie se diese cuenta de que se la llevaban y, de este modo, la transportaron sin contratiempos a su tierra, donde la colgaron de un alto roble.

Viejos y jóvenes sintieron gran contento cuando vieron la nueva luminaria esparcir su luz por los campos y llenar sus habitaciones y aposentos. Los enanos salieron de sus cuevas, y los duendecillos, con sus rojas chaquetitas, bailaron en corro por los prados.

Las cuatro amigas se encargaron de poner aceite en la Luna y de mantener limpio el pabilo y por ese trabajo les pagaban una moneda semanal. Pero envejecieron y cuando una de ellas enfermó y previó la proximidad de la muerte, dispuso que depositasen en su tumba, al enterrarla, la cuarta parte de la Luna, de la que era propietaria. Cuando hubo muerto, subió el alcalde al roble y, con las tijeras de jardinero, cortó un cuadrante, que fue colocado en el féretro. La luz del astro quedó debilitada, aunque poco. Pero a la muerte de la segunda hubo de cortar otro cuarto, con la consiguiente mengua de la luz. Más tenue quedó aún después del fallecimiento de la tercera, que se llevó también su parte; y cuando llegó la última hora de la cuarta, las tinieblas volvieron a reinar en el país. La gente que salía por la noche sin linterna chocaba y discutía.

Mientras, al unirse en el mundo subterráneo los cuatro cuadrantes de la luna e iluminar el reino de las eternas tinieblas, los muertos comenzaron a agitarse y a despertar de su último sueño. Se extrañaron al comprobar que veían de nuevo. La luz de la Luna les bastaba, pues sus ojos se habían debilitado tanto, que no habrían podido resistir el resplandor del sol. Se levantaron de sus tumbas y, alegres, reanudaron su antiguo modo de vida. Unos empezaron a jugar, otros a bailar, otros a cantar, a reír, a correr… El ruido era cada vez más estruendoso y acabó por oírse en todo el universo.

Los dioses pensaron que el mundo de abajo se había vuelto loco y corrieron a cerrar las puertas del cielo para rechazar al enemigo, caso de que intentara invadir sus dominios. Pero viendo que no llegaba nadie, un mensajero montó en su caballo y se dirigió al mundo subterráneo para comprobar qué ocurría. Al llegar allí, puso orden y mandó a los muertos volver a sus sepulturas. Después, se llevó los cuatro trozos de luna y los colocó en lo alto del firmamento, donde siguen brillando desde entonces.

FIN

Los tres hermanos

Ilustración: PHOEBELIN001

Érase una vez un hombre que tenía tres hijos y por toda fortuna, la casa en que habitaban. A cada uno de los tres le hubiera gustado heredarla, mas el padre los quería a todos por igual y no sabía cómo arreglárselas para dejar contentos a los tres. Tampoco estaba dispuesto a vender la casa, pues había pertenecido a sus bisabuelos. De no haber sido así, la habría transformado en dinero para repartido entre sus tres herederos. Se le ocurrió, al fin, una solución:

—Hijos míos, salid a recorrer el mundo y aprended un oficio. Cuando regreséis, entregaré la casa a quien demuestre mayor habilidad en su arte.

Les pareció bien a los hijos la decisión del padre y después de pensarlo, el mayor resolvió aprender la profesión de herrador; el segundo quiso hacerse barbero, y la última, profesora de esgrima. Luego calcularon el tiempo que tardarían en volver a su casa y partieron, cada uno por su lado.

Tuvieron la suerte de encontrar buenos maestros y los tres se convirtieron en excelentes oficiales.

El herrador, cuando llegó a herrar los caballos del Rey, pensó: «Ya no cabe duda de que la casa será para mí».

El barbero tenía entre su clientela a los más distinguidos personajes, y estaba también seguro de ser el heredero.

En cuanto a la profesora de esgrima, hubo de encajar más de una estocada, pero apretó los dientes y no se desanimó, pensando: «Si temo a las cuchilladas, me quedaré sin casa».

Transcurrido el tiempo acordado, volvieron a reunirse los tres con su padre. Pero no sabían cómo mostrar sus habilidades. Mientras estaban deliberando sobre el caso, vieron una liebre que corría a campo traviesa.

—¡Mirad! —dijo el barbero—. Esta liebre nos viene como pintada.

Y tomando la bacía y el jabón, preparó bien la espuma. Cuando el animal llegó a su altura, lo enjabonó y afeitó en plena carrera, dejándole un bigotito muy coquetón. Y todo eso, sin hacerle ni el más mínimo rasguño en la piel.

—¡Me ha gustado! —dijo el padre—; si tus hermanos no se esmeran mucho, tuya será la casa.

Al poco rato, llegó un señor montado en un caballo a galope tendido.

—Padre, ahora veréis de lo que soy capaz yo —dijo el herrador. Y sin detener la veloz carrera del rocín, le arrancó las cuatro herraduras sin hacerle daño alguno y le colocó otras nuevas.

—¡Muy bien! —exclamó el padre—. Estás a la altura de tu hermano. No sé a quién de vosotros dos voy a dejar la casa.

Dijo entonces la tercera:

—Padre, esperad a que yo os muestre mis habilidades.

En esto empezó a llover, y la muchacha, desenvainando dos espadas que llevaba consigo, se puso a esgrimirlas sobre la cabeza con tal agilidad, que no le cayó encima ni una sola gota de agua. La lluvia fue arreciando hasta caer a cántaros; pero ella, con velocidad siempre creciente, consiguió quedar tan seca como si se encontrase bajo techado.

El padre, no pudo por menos de exclamar:

—Debo reconocer que te llevas la palma; ¡tuya es la casa!

Los otros dos hermanos se conformaron con la sentencia, como habían acordado de antemano. Sin embargo, los tres se querían tanto, que decidieron seguir viviendo juntos bajo el mismo techo practicando cada cual su oficio; y como eran tan buenos maestros, ganaron mucho dinero. Y así vivieron: unidos hasta la vejez.

Cuando el primero enfermó y murió, tuvieron tanta pena los otros dos, que enfermaron a su vez y no tardaron en seguir al mayor a la tumba. Y como habían sido tan hábiles artífices y se habían querido tan entrañablemente, fueron enterrados juntos en una misma sepultura.

FIN

La reina de las abejas

Ilustración: Helen Stratton

Dos príncipes, hijos mayores de un rey, partieron un día en busca de aventuras y se entregaron a una vida disipada y licenciosa, por lo que no volvieron a aparecer por su casa. El tercer hijo, al que llamaban Simplón, se puso en camino, en busca de sus hermanos. Cuando, por fin, los encontró, se burlaron de él.

—¿Cómo pretendes, siendo tan simple, abrirte paso en el mundo cuando nosotros, que somos mucho más inteligentes, aún no lo hemos conseguido?

No obstante, dejaron que los acompañara.

Por el camino, encontraron un nido de hormigas. Los dos mayores querían destruirlo para divertirse viendo cómo los animalitos corrían azorados para poner a salvo los huevos; pero el menor dijo:

—Dejad en paz a las hormigas; no dejaré que las molestéis.

Siguieron andando hasta llegar a la orilla de un lago, en cuyas aguas nadaban muchísimos patos. Los dos hermanos querían cazar unos cuantos para asarlos, pero el menor se opuso:

—Dejad en paz a los patos; no consentiré que los molestéis.

Al fin llegaron a una colmena silvestre, instalada en un árbol, tan repleta de miel, que ésta fluía tronco abajo. Los dos mayores iban a encender fuego al pie del árbol para sofocar los insectos y poderse apoderar de la miel; pero Simplón los detuvo, repitiendo:

—Dejad a las abejas en paz; no toleraré que las queméis.

Al cabo de unas horas, llegaron los tres a un castillo del que decían que estaba encantado. Entraron y lo primero que vieron fue que en las cuadras había muchos caballos de piedra, pero ni un alma viviente. Recorrieron todas las salas sin encontrar a nadie, hasta que se encontraron frente a una puerta cerrada con tres cerrojos, pero que tenía una ventanilla en el centro por la que podía mirarse al interior. Dentro, se veía a un hombrecillo de cabello gris, sentado a una mesa. Lo llamaron una vez y dos, pero no los oyó; a la tercera, se levantó, descorrió los cerrojos y salió de la habitación sin pronunciar una sola palabra y, por señas, les indicó que lo siguieran. Los condujo hacia una mesa ricamente puesta. Una vez hubieron comido y bebido, llevó a cada uno de los tres hermanos a un dormitorio.

A la mañana siguiente, el hombrecillo llamó al mayor y lo condujo hasta una mesa de piedra, en la cual había escritos los tres trabajos que debía cumplir para desencantar el castillo. El primero decía: «En el bosque, entre el musgo, se hallan las mil perlas de la hija del rey. Se han de recoger antes de la puesta del sol, en el bien entendido de que si falta una sola, el que hubiere emprendido la búsqueda quedará convertido en piedra.

El mayor se pasó el día buscando; pero a la hora del ocaso no había reunido más que un centenar de perlas; y le sucedió lo que estaba escrito en la mesa: quedó convertido en piedra.

Al día siguiente, el segundo intentó la aventura, pero no tuvo mayor éxito que el mayor: encontró solamente doscientas perlas, y, a su vez, fue transformado en piedra.

Finalmente, le tocó el turno a Simplón, el cual salió a buscar entre el musgo. ¡Qué difícil se hacía la búsqueda y con qué lentitud se reunían las perlas! Se sentó sobre una piedra y se puso a llorar. De pronto, se presentó la reina de las hormigas a las que había salvado la vida, seguida de cinco mil de sus súbditos y en un abrir y cerrar de ojos tuvieron los animalitos las perlas reunidas en un montón.

Al día siguiente, a Simplón se le encomendó pescar del fondo del lago la llave del dormitorio de la princesa. Al llegar el muchacho a la orilla dispuesto a sumergirse en las negras aguas, los patos que había salvado se acercaron nadando, se sumergieron en las profundidades y, al poco rato, aparecieron con la llave pedida.

A la mañana siguiente, Simplón debía enfrentarse al tercero de los trabajos, el más difícil de todos. De las tres hijas del rey, que estaban dormidas a causa de un encantamiento, debía descubrir cuál era la más joven y hermosa, pero el caso era que las tres se parecían como tres gotas de agua, y entre ellas no se advertía la menor diferencia. De ellas solo se sabía que, justo antes de quedarse dormidas, habían comido diferentes golosinas. La mayor, un terrón de azúcar; la segunda, un poco de jarabe de caramelo, y la menor, una cucharada de miel.

En ese instante, compareció la reina de las abejas, cuyo panal Simplón había salvado del fuego, y exploró la boca de cada una. Después de revolotear sobre las tres princesas, se posó, finalmente, en la boca de la que había comido miel, con lo cual el príncipe pudo reconocer a la verdadera.

El hechizo se desvaneció en ese instante; todos despertaron, y los petrificados recuperaron su forma humana. Simplón se casó con la princesita más joven y bella, y los dos heredaron el trono a la muerte del rey. Los dos hermanos se casaron con las otras dos princesas.

FIN

Historia de uno que hizo un viaje para saber lo que era miedo

Ilustración: nikogeyer

Un labrador tenía dos hijos que lo ayudaban en casa, pero si el padre le pedía al mayor una faena en el exterior al caer la noche, o al oscurecer lo mandaba a un recado cerca del cementerio, el chico siempre decía: «¡Qué miedo!».

Si se reunían de noche para contar cuentos alrededor del fuego, en especial si eran de espectros o fantasmas, todos exclamaban: «¡Qué miedo!».

El hijo menor no podía comprender lo que querían decir: «Siempre hablan de “miedo”, pero yo no sé qué es miedo».

Pasó el tiempo y como el chico crecía sin conocer el miedo, un día, quiso marcharse a buscarlo:

—Padre, quisiera recorrer el mundo para conocer el miedo.

El padre suspiró y le contestó:

—¿Y de qué te servirá conocerlo? Eso no te dará de comer. Es mejor que te quedes aquí.

Tanto insistía el muchacho, que el padre ideó un plan para quitarle a su hijo la idea de la cabeza.

Una tormentosa noche de truenos y rayos, lo mandó al granero a buscar leña. «¡Ahora sabrás lo que es el miedo!», dijo para sí. Salió tras él, y cuando el joven se disponía a regresar con su carga de madera entre los brazos, el padre se interpuso entre él y la puerta, envuelto en una sábana blanca.

—¿Quién eres? —preguntó el joven. Pero el fantasma no contestó ni se movió—. ¡Responde!, o te haré volver por donde has venido.

El padre continuó inmóvil y el joven inquirió por segunda vez:

—¿Quién eres? ¡Habla!, o te arreo con un tronco.

El padre creyó que no cumpliría su amenaza y siguió inmóvil, como si fuese de piedra. El chico preguntó por tercera vez, y como tampoco obtuvo respuesta, dio un salto y empezó a atizar con un grueso tronco al espectro, el cual huyó despavorido gritando. El chico se fue a casa, se acostó y se durmió.

A la mañana siguiente, el padre, con el cuerpo tullido, le dijo al chico:

—Hijo, márchate y aprende qué es el miedo.

—Gracias, padre, así lo haré no os preocupéis por mí.

El muchacho echó a andar por el camino real diciendo: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?».

Al poco, se encontró con un hombre que, al oír al joven, le dijo señalando un cementerio:

—Entra ahí dentro, espera a que sea de noche, y sabrás lo que es el miedo.

—Si no es más que eso…, ¡lo haré sin problema!

—Ya veremos. Volveré mañana a verte.

El joven se dirigió al cementerio y, como tenía frío, encendió una hoguera. El aire movía las ramas de los árboles, que chocaban entre sí con seco ruido y el fuego dibujaba fantasmagóricas sombras sobre las piedras. Cualquier otra persona hubiera huido despavorida, pero él se echó junto al fuego y se durmió.

A la mañana siguiente, el hombre acudió puntual a la cita:

—¿Has sentido miedo?

—No, solo he sentido frío.

El joven continuó su camino: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?». Por la noche, llegó a una posada, donde decidió pasar la noche. Apenas llegó a la puerta, la posadera se echó a reír al oír su cantinela y le dijo:

—Yo sé de un lugar en el que aprenderás lo que es el miedo, aunque quizá no puedas contarlo…

—No me importa el peligro. Quiero saber qué es el miedo; ese es el motivo de mi viaje.

La posadera le contó que no lejos de allí había un castillo en ruinas, donde podría saber lo que era miedo si pasaba en él tres noches. En el castillo había grandes tesoros ocultos, custodiados por espíritus malignos, suficientes para hacer rico a un pobre. La reina quería recuperarlo y había prometido una gran recompensa a quien superase la prueba y le devolviese el castillo. Hombres y mujeres lo habían intentado, pero nadie lo había conseguido.

A la mañana siguiente, el joven se presentó ante la reina y le pidió permiso para pasar las tres noches en el castillo arruinado. A la reina le pareció un chico guapo e inteligente, así que le dio permiso:

—Si superas la prueba, me casaré contigo. Puedes llevar contigo tres cosas que no tengan vida.

El joven pidió:

—Concédeme llevar leña para hacer lumbre, una silla para sentarme y un saco para transportarlo todo.

La reina le proporcionó lo que había pedido y, al filo de la media noche, entró el joven en el castillo. Encendió en una de las salas un hermoso fuego, puso al lado el saco y se sentó en la silla.

De repente, oyó decir con voz desagarrada en un rincón:

—¡Miauuuuu!, ¡miauuuuuu!, ¡frío tenemos!

—¿Por qué maulláis? si tenéis frío, venid y calentaos.

Apenas hubo dicho esto, dos enormes gatos negros se pusieron a su lado, mirándolo con sus ojos de fuego. Al poco rato, cuando se hubieron calentado, preguntaron:

—¿Quieres jugar con nosotros a las cartas?

—¿Por qué no? —contestó—, pero enseñadme primero las patas. —Los gatos así lo hicieron—. ¡Qué uñas tan largas tenéis!, primero os las cortaré.

Los cogió por los pies y los metió en el saco. «Ahora que os he visto las uñas— les dijo— ya no tengo ganas de jugar», y los lanzó por una de las ventanas.

No bien se había desecho de ellos, salieron de todos los rincones y rendijas una multitud de gatos negros de ojos de fuego. Eran tantos, que era imposible contarlos. Maullaban horriblemente, y lo rodeaban, intentado arañarlo. El chico los miró con tranquilidad, y, cuando se cansó, hizo ademán de pegarles con su silla, con tanta decisión, que los gatos huyeron despavoridos. Al terminar, atizó el fuego y se sentó a descansar. Comenzaron a cerrarse sus los ojos y tuvo ganas de dormir. Miró a su alrededor y vio en un rincón una hermosa cama. «Me viene muy bien», se dijo. Se echó en ella y se quedó dormido al instante, pero la cama comenzó a andar y a dar vueltas alrededor del cuarto, como si de ella tirasen seis caballos. Con el movimiento, el chico cayó al suelo y allí siguió durmiendo hasta el otro día.

A la mañana siguiente, la reina fue a visitarlo y al verlo tendido en el suelo creyó que el miedo había acabado con él:

—¡Qué lástima! Este me gustaba.

Al oírla, el chico se levantó y le contestó:

—Aún no hay por qué tenerme lástima. Ya ha pasado una noche y las otras dos vendrán y pasarán también.

Llegó la segunda noche. Sonaron las doce en el reloj y ruidos y golpes resonaban en la sala, primero débiles, después estridentes, y finalmente cayó por la chimenea la mitad de un hombre, que se plantó ante él:

—Hola —exclamó—, todavía falta el otro medio.

Entonces comenzó el ruido de nuevo: parecía que tronaba, y se venía el castillo abajo y cayó la otra mitad.

Las dos partes se unieron y un hombre horrible se sentó en su silla.

—La silla es mía —dijo el joven.

El espectro no quería dejarlo sentar, y el chico tuvo que recuperar a la fuerza su asiento. Cuando por fin lo recobró, el fantasma se desvaneció. Acto seguido, el chico se echó y durmió a pierna suelta.

A la mañana siguiente, la reina fue a informarse:

—¿Has pasado miedo?

—No.

Llegó la tercera noche y al sonar las doce aparecieron seis hombres pálidos y delgados que cargaban sobre los hombros un ataúd. Cuando lo dejaron en el suelo, el chico levantó la tapa; había un cadáver dentro:

—¡Uy!, estás helado. Espera, te calentaré un poco.

Lo cogió en brazos y lo acercó a la lumbre. Al poco, el muerto comenzó a moverse, se levantó y le dijo:

—Por haberme despertado, ¡morirás de miedo!

—¿Así me das las gracias? ¡Vuelve a tu caja!

Lo metió dentro de ella y cerró y, al hacerlo, el castillo quedó desencantado.

A la mañana siguiente, volvió la reina:

—¿Ya sabes lo que es el miedo?

—Todavía no.

—Has superado la prueba. Has recuperado mi castillo y los tesoros, así que me casaré contigo.

—Me parece muy bien, pero yo sigo sin saber lo que es el miedo.

Se celebró la boda, y aunque el joven rey, estaba muy contento, no paraba de decir: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?».

La reina, harta de oírlo, pensó: «¡Yo te voy a enseñar lo que es el miedo!». Fue al arroyo que corría por el jardín y llenó un cubo entero con agua y peces. Por la noche, cuando el joven rey dormía, la reina colocó el cubo sobre su pecho. Los peces, al saltar, salpicaban gotas heladas sobre el nuevo monarca, el cual se despertó sobresaltado gritando:

—¿Qué pasa? ¡Qué miedo! —y añadió, después—. Mi querida esposa, ¡gracias! Tú me has enseñado, por fin, lo que es el miedo.

FIN

La paja, la brasa y la alubia

Ilustración: Otto Schubert

Vivía en un pueblo una anciana que, habiendo recogido un plato de alubias, se disponía a cocerlas. Preparó fuego en el hogar y, para que ardiera más deprisa, lo encendió con un puñado de paja. Al echar las alubias en el puchero, se le cayó una sin que ella lo advirtiera, y fue a parar al suelo, junto a una brizna de paja. Al poco, una ascua saltó del hogar y cayó al lado de las otras dos. Inició entonces la conversación la paja:

—Amigas, ¿de dónde venís?

Y respondió la brasa:

—¡Yo he tenido la suerte de poder saltar del fuego! De no ser por mi arrojo, aquí se acababan mis días. Me habría consumido hasta convertirme en ceniza.

Dijo la alubia:

—También yo he salvado el pellejo; porque si la vieja consigue echarme en la olla, a estas horas estaría ya cocida y convertida en puré sin remisión, como mis compañeras.

—No habría salido mejor librada yo —terció la paja—, todas mis hermanas han sido arrojadas al fuego por la vieja, y ahora ya no son más que humo. Sesenta cogió de una vez para quitarnos la vida. Por fortuna, yo pude deslizarme entre sus dedos.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó la brasa.

—Yo soy de parecer —propuso la alubia— que puesto que tuvimos la buena fortuna de escapar de la muerte, sigamos reunidas las tres en amistosa compañía, y, para evitar que nos ocurra aquí algún otro percance, nos marchemos juntas a otras tierras.

La proposición gustó a las otras dos, y juntas se pusieron en camino. Al cabo de poco, llegaron a la orilla de un arroyuelo, y, como no había puente ni pasarela, no sabían cómo cruzarlo. Pero a la paja se le ocurrió una idea:

—Me echaré de través sobre el arroyo y haré de puente para que crucéis vosotras.

Se tendió la paja de orilla a orilla, y el ascua, que por naturaleza era fogosa, se apresuró a aventurarse por la nueva pasarela. Pero cuando estuvo en la mitad, oyendo el murmullo del agua bajo sus pies, sintió miedo y se paró, sin atreverse a dar un paso más. La paja comenzó a arder, y, partiéndose en dos, cayó al arroyo, arrastrando al ascua con ella, que, con un chirrido, expiró al tocar el agua. La alubia, que, prudente, se había quedado en la orilla, no pudo contener la risa ante la escena, y tales fueron sus carcajadas, que reventó de la risa. También ella habría acabado allí su existencia; pero quiso la suerte que un sastre que iba de viaje se detuviese a descansar a la orilla del riachuelo. Como era hombre de corazón compasivo, sacó hilo y aguja y cosió el desgarrón. La alubia le dio las gracias del modo más efusivo; pero como el sastre había usado hilo negro, desde aquel día todas las alubias tienen una costura negra.

FIN

El ratoncillo, el pajarito y la salchicha

Ilustración: Louis Rhead

Un ratoncillo, un pajarito y una salchicha hacían vida en común. Llevaban ya mucho tiempo juntos, en buena paz y armonía y congeniaban muy bien. La faena del pajarito era volar todos los días al bosque a buscar leña. El ratón se cuidaba de traer agua y poner la mesa, y la salchicha tenía a su cargo la cocina.

¡Cuando las cosas van demasiado bien, uno se cansa pronto de ellas! Así, ocurrió que un día el pajarito se encontró con otro pájaro, a quien contó y encomió lo bien que vivía. Pero el otro lo trató de tonto, pues dijo que cargaba con el trabajo más duro mientras los demás se quedaban en casita muy descansados. El ratón, en cuanto había encendido el fuego y traído el agua, podía irse a descansar a su cuartito hasta la hora de poner la mesa. La salchicha, no se movía del lado del puchero, vigilando que la comida se cociese bien, y cuando estaba a punto, no tenía más que zambullirse un momento en las patatas o las verduras, y éstas quedaban adobadas, saladas y sazonadas. No bien llegaba el pajarillo con su carga de leña, se sentaban los tres a la mesa y, terminada la comida, dormían como unos benditos hasta la mañana siguiente. Era, en verdad, una vida regalada.

Al otro día el pajarillo, cediendo a las instigaciones de su amigo, declaró que no quería ir más a buscar leña; estaba cansado de hacer de criado de los demás y de portarse como un bobo. Era preciso volver las tornas y organizar de otro modo el gobierno de la casa. De nada sirvieron los ruegos del ratón y de la salchicha; el pájaro se mantuvo en sus trece. Hubo que echarlo, pues, a suertes: la salchicha iría a por leña; el ratón cuidaría de la cocina; y el pájaro, se encargaría del agua.

Veréis lo que sucedió…

La salchicha se marchó a buscar leña; el pajarillo encendió fuego, y el ratón puso el puchero; luego, los dos aguardaron a que la salchicha volviera con la provisión de leña para el día siguiente. Pero tardaba tanto en regresar, que sus dos compañeros empezaron a inquietarse, así que el pajarillo emprendió el vuelo en su busca. No tardó en encontrarse con un perro que, considerando a la salchicha buena presa, la había capturado y asesinado. El pajarillo le echó en cara al perro su mala acción, la cual calificó de «robo descarado», pero el can le replicó que la salchicha llevaba documentos comprometedores, y había tenido que pagarlo con la vida.

El pajarillo volvió a su casa y, con lágrimas en los ojos, le contó al ratoncillo lo que acababa de suceder. Los dos compañeros quedaron muy abatidos; pero convinieron reponerse de tan triste suceso y seguir haciendo vida en común. Así, el pajarillo puso la mesa y se fue a por leña. El ratón, mientras, se puso a guisar la comida y queriendo imitar a la salchicha, se zambulló en el puchero de las verduras para agitarlas y reblandecerlas; pero aún no había llegado al fondo de la olla, cuando se quedó hervido y allí dejó la piel y la vida.

Al volver el pajarillo reclamó su comida, pero se encontró sin cocinero. Malhumorado, dejó la leña en el suelo de cualquier manera, y se puso a llamar y a buscar, pero el cocinero no aparecía. Por su descuido, el fuego alcanzó la leña y la prendió. El pájaro voló raudo a buscar agua para apagar el incendio, pero, con las prisas, el cubo se le cayó al pozo y lo arrastró a él dentro, y, como no pudo salir, ahí murió ahogado.

FIN

El reyezuelo

Ilustración: kimsingu

En tiempos remotísimos todos los sonidos y ruidos tenían sentido y significado. Lo tenía el martillo del herrero al golpear el yunque, y el cepillo del carpintero al pulir la madera, y la rueda del molino al ponerse en acción, diciendo con su tableteo: «¡Cuántas vueltas da la vida! ¡Cuántas vueltas da la vida!» Y si el molinero que iba a moler era un ladrón, cuando la ponía en marcha, hablaba muy claramente y empezaba preguntando despacio: «¿Quién viene? ¿Quién viene? —y contestaba más rápido—: ¡El molinero! ¡El molinero! —y, finalmente, añadía a toda velocidad—: ¡Roba que robarás! ¡De un saco, dos sacarás!».

Por aquellos tiempos, incluso las aves tenían su propio lenguaje, que hoy en día, inteligible para todo el mundo, nos suena a gorjeos, chillidos, arrullos o silbidos, y el de ciertos pájaros, a música sin palabras. Pues bien, he aquí que, un día, se les metió a las aves en la cabeza la idea de que necesitaban alguien que mandase y decidieron elegir un rey. Solo una, el avefría, no estuvo de acuerdo: ella siempre había volado libre, y libre quería morir. Revoloteaba de un lado para otro, angustiada, gritando:

—¿Adónde voy, adónde voy?

Finalmente, se retiró a los pantanos solitarios y desiertos, sin dejarse ver de sus semejantes.

Las demás aves decidieron deliberar sobre el asunto, y una hermosa mañana de mayo, salieron de bosques y campos. Se congregaron: el águila, el pinzón, la lechuza, la graja, la alondra, el gorrión… ¡Imposible mencionarlas todas! Incluso acudieron la abubilla y el cucú, su sacristán, llamado así porque siempre se deja oír unos días antes que la abubilla. También compareció un pajarillo muy chiquitín, que todavía no tenía nombre. La gallina que, despistada como siempre, no se había enterado del asunto, se admiró al ver aquella enorme concentración:

—Coc, coc, coc coc, ¿qué pasa ahí? —cacareó asustada—. Pero el gallo la tranquilizó, explicándole el objeto de la asamblea.

Se decidió que sería rey el ave capaz de volar a mayor altura. Una rana de zarzal que contemplaba todo desde una mata, exclamó, en tono de advertencia, al oír aquello:

—Croac, croac. croac, convencida estoy de que esta es una mala solución.

Pero el mirlo le replicó:

—¡Chuik, chuik, chuik! —que significa: «Todo irá bien».

Decidieron efectuar la prueba aquella misma mañana, para que nadie pudiese luego decir: «Yo habría volado más alto; pero llegó la noche y tuve que descender».

Ya de acuerdo, a una señal convenida, se elevó por los aires aquel tropel de aves, levantado una gran polvareda en el campo. Se oyó un estruendoso rumor de aleteos, y pareció como si una nube negra cubriese el cielo.

Las aves pequeñas no tardaron en quedar rezagadas; agotadas sus fuerzas, regresaron a tierra. Las mayores resistieron más, aunque ninguna pudo rivalizar con el águila, la cual subió tan alto, que habría podido dar un picotazo al sol. Al ver que ninguna otra la seguía, pensó: «¿Para qué subir más? Indudablemente, soy la reina,» y empezó a descender. Las demás aves, desde el suelo, la recibieron al grito de:

—¡Tú serás nuestra reina; nadie ha volado a mayor altura que tú!

—¡Excepto yo! —exclamó el pequeñuelo sin nombre, que se había escondido entre las plumas del águila. Y como no se había fatigado, pudo seguir subiendo y subiendo cuando el águila empezó a bajar. Tanto subió, que llegó casi a rozar la luna. Y, una vez allí arriba, recogió sus alas y se dejó caer como un plomo, gritando, con su voz fina y penetrante—: ¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!

—¿Tú nuestro rey? —protestaron las aves, airadas—. Has ganado con engaño y astucia.

Y entonces pusieron otra condición: sería rey aquel que fuese capaz de hundirse más profundamente en la tierra. ¡Era digno de ver cómo el ganso restregaba su ancho pecho contra el suelo! ¡Con cuánto vigor abría el gallo un agujero! El pato fue el menos afortunado, pues si bien saltó a un foso, se torció las patas y echó a correr, anadeando, hasta la charca próxima, mientras parpaba:

—¡Cuek, Cuek!, ¡mal negocio!

El pequeño sin nombre buscó un agujero de ratón, se metió en él, y desde el fondo, gritó con su voz fina:

—¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!

—¿Tú nuestro rey? —repitieron las aves, más indignadas todavía—. ¿Piensas que van a valerte tus ardides?

Y decidieron retenerlo prisionero en la madriguera, condenándolo a morir allí de hambre. Para ello, encargaron su custodia a la lechuza, con la consigna de no dejar escapar al bribonzuelo, bajo ningún concepto.

Al caer la noche, todas las aves, cansadas del ejercicio de vuelo al que se habían sometido, se retiraron a sus respectivos nidos, solo la lechuza se quedó junto al agujero del ratón, con sus grandes ojos clavados en la entrada. Sin embargo, como también ella estaba cansada, pensó: «Como mis ojos son tan grandes, cerraré uno y velaré con el otro. Ese pajarillo no podrá escapar de la ratonera». Y, así, cerró un ojo, manteniendo el otro clavado en la madriguera. El pajarillo sacaba de vez en cuando la cabeza con el propósito de escapar; pero la lechuza seguía vigilante, y él no tenía más remedio que meterse de nuevo en su escondite. Al cabo de un rato, la lechuza cambió de ojo para descansar el otro, con la idea de usarlos alternativamente hasta que llegase la mañana. Pero una vez lo cerró, se olvidó de abrir el otro y se quedó profundamente dormida. El pequeño pajarito no tardó en darse cuenta de ello y se escapó.

Desde entonces, la lechuza no puede dejarse ver durante el día; porque, si lo hace, todas las demás aves la persiguen y la cosen a picotazos. Por eso, vuela únicamente de noche y también, por eso, odia y persigue a los ratones, a causa de que los agujeros que abren en el suelo le recuerdan su fracaso.

Tampoco el pajarillo se presenta mucho en público, temeroso de perder la cabeza si lo cogen. Se oculta entre los setos y, cuando cree estar muy seguro, todavía suele gritar:

—¡Rey soy yo!, ¡rey soy yo!, ¡rey soy yo!—por lo cual, las demás aves lo llaman, en son de burla, «reyezuelo».

Pero ningún ave se sintió más contenta que la alondra de que no se eligiera rey, pues así no tenía que obedecer a nadie. En cuanto el sol aparece en el horizonte, se eleva en los aires y canta:

—¡Qué bonito! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito!

FIN

Yorinda y Yoringuel

Ilustración: Sulamith Wülfing

Érase una vez un viejo castillo que se levantaba en lo más fragoso de un vasto y espeso bosque. Lo habitaba una vieja bruja, que vivía completamente sola. De día, tomaba la figura de un gato o de una lechuza, y al llegar la noche recuperaba de nuevo su forma humana. Poseía la virtud de atraer a toda clase de aves y animales silvestres, de los que se alimentaba. Todo aquel que se acercaba a cien pasos del castillo quedaba detenido, sin poder moverse del lugar hasta que ella se lo permitía; y siempre que entraba en aquel estrecho círculo una muchacha, la vieja la transformaba en pájaro la colocaba en una jaula y la encerraba en un aposento del castillo. Tendría, quizás, unas siete mil jaulas de esa clase.

Vivía también por aquel entonces una muchacha llamada Yorinda, más hermosa que ninguna. Estaba prometida con un doncel, muy apuesto también, cuyo nombre era Yoringuel. Ambos se querían mucho y lo que más les gustaba en el mundo era estar juntos. Un día, para poder hablar sin que nadie los molestara, se fueron a pasear por el bosque.

—¡Debemos ser cuidadosos —dijo Yoringuel— y no acercarnos demasiado al castillo!

Era un bello atardecer; el sol brillaba entre las ramas de los árboles, bañando con su luz el verde de la floresta y una tórtola cantaba su lamento desde lo alto de una añosa haya.

De pronto, a Yorinda se le llenaron los ojos de lágrimas; se sentó al sol, y se echó a llorar; y también lloraba Yoringuel. Los dos se sentían aquejados de una extraña angustia, como si presintieran la proximidad de la muerte. Miraban a su alrededor, desconcertados, y no sabían cómo volver a casa. El sol se ocultaba; solo la mitad de su disco sobresalía tras la cima de la montaña cuando Yoringuel, al dirigir la mirada a través de la maleza, descubrió, a muy poca distancia, el viejo muro del castillo. Aterrorizado, sintió una angustia de muerte, mientras, Yorinda cantaba:

Mi pajarillo de rojo anillo

canta tristeza, tristeza, tristeza,

canta la muerte de tu paloma,

canta tristeza, ¡tri, tri, tri…!

Yoringuel se volvió a mirar a Yorinda. La doncella se había transformado en un ruiseñor y cantaba:

—¡Tri, tri, tri…!

Una lechuza de ojos ardientes sobrevoló tres veces sus cabezas gritando:

—¡Uh, uh, uh!

Yoringuel no podía moverse; se sentía como petrificado, sin poder llorar, ni hablar; sin poder mover manos ni pies.

El sol se ocultó por completo tras las colinas, la lechuza se posó en un arbusto y, acto seguido, de entre el follaje, apareció una vieja encorvado, flaca y macilenta, de grandes ojos encarnados y corva nariz que casi tocaba su puntiaguda barbilla. Refunfuñando, atrapó entre sus manos al ruiseñor y se lo llevó.

Yoringuel seguía inmóvil, sin poder hacer nada. Al cabo de un rato, la bruja regresó y, con voz sorda, pronunció su conjuro:

—¡Hola, Zaquiel! Cuando brille la lunita en su cestita, desata, Zaquiel, en buena hora.

Yoringuel quedó desencantado. Se postró a los pies de la vieja y le suplicó, llorando, que le devolviese a su Yorinda. Pero ella le respondió que jamás volvería a verla, y desapareció.

El muchacho gimió, clamó, se lamentó, pero todo fue en vano. «¿Qué será de mí sin Yorinda?», se decía.

Anduvo a la ventura, y, al fin, llegó a un pueblo desconocido, en el que residió durante largo tiempo, trabajando como pastor de ovejas. Con frecuencia, iba a pasear por los alrededores del castillo, pensando en cómo podría salvar a su amada, pero sin atreverse nunca a acercarse demasiado.

Una noche, soñó que encontraba una flor roja como la sangre, en cuyo centro había una hermosa perla de gran tamaño. Arrancaba la flor y se dirigía con ella al castillo; todo lo que tocaba con la flor, quedaba al instante desencantado y, al fin, gracias a la magia de la flor, volvía a reunirse con su querida Yorinda y juntos vencían a la bruja.

Al levantarse por la mañana, se puso a buscar, por montes y valles, la flor soñada, hasta que, al llegar la madrugada del día noveno, la encontró. Tenía en el centro una gota de rocío, grande y hermosa como una perla. La cortó y con ella en la mano se dirigió al castillo; cuando llegó a cien pasos de él no se quedó petrificado, sino que pudo continuar hasta la puerta. Esperanzado, tocó con la flor el portón y este se abrió bruscamente. Atravesó el patio, agudizando el oído para localizar el aposento de las aves, y, al fin, oyó su trino. Al entrar en la estancia, se topó con la bruja, que estaba dando de comer a los pájaros encerrados en las siete mil jaulas.

Cuando la vieja vio a Yoringuel, se encolerizó terriblemente. Lo increpó, escupiendo bilis y veneno por su boca; pero no podía acercarse a él a más de dos pasos.

El muchacho, sin hacerle caso, se dirigió hacia las jaulas que contenían los pájaros; pero, entre tantos ruiseñores, ¿cómo reconocería a su amada Yorinda?

Mientras buscaba, observó que la vieja descolgaba con disimulo una de las jaulas y, con ella, se encaminaba hacia la puerta. Se precipitó sobre la bruja y tocó la jaula con la flor. Su amada reapareció, tan hermosa como antes y lo abrazó. Yorinda tomó entonces la flor y con los pétalos rozó la mano de la hechicera, la cual perdió su poder de brujería para siempre. Acto seguido, liberó a sus compañeras de cautiverio, transformadas, como ella, en aves.

Los dos enamorados regresaron a su casa, donde vivieron el resto de sus días juntos y llenos de felicidad.

FIN

El clavo

Ilustración: shanyar

Un mercader había realizado buenos negocios en la feria. Había vendido todas sus mercancías y regresaba con la bolsa bien repleta de oro y plata. Como quería estar en casa antes de que anocheciera, metió el dinero en su valija, la ató en la parte de atrás de su silla de montar y se puso en camino, cabalgando sobre su caballo.

A mediodía se detuvo a descansar en una ciudad y dejó el caballo en el establo. Ya se disponía a continuar su ruta, cuando el mozo de la posada, al devolverle el caballo, le dijo:

—Señor, en el casco izquierdo de detrás falta un clavo en la herradura. Descansad diez minutos más, que yo llevaré el caballo al herrero para que ponga un clavo nuevo.

—No importa —respondió el comerciante—. La herradura aguantará bien sin ese clavo las seis horas que me quedan de viaje. Tengo prisa. Quiero llegar a casa antes de que anochezca.

Por la tarde, el comerciante paró en otra posada; tras otro descanso y tras pedirle al posadero que le diera pienso al animal, este le dijo:

—Señor, vuestro caballo ha perdido la herradura del casco izquierdo de atrás. ¿Queréis que lo lleve al herrero? Le pondrá una nueva herradura en media hora.

—No, déjalo —respondió el mercader—. El animal aguantará sin herradura el par de horas que quedan hasta casa. Llevo mucha prisa. Se hace tarde y quiero llegar a casa antes de que se ponga el sol.

Y continuó su camino.

Mas, al poco rato, el caballo empezó a cojear, luego a tropezar continuamente y, por fin, se cayó y se rompió una pata. El comerciante no tuvo más remedio que abandonarlo en medio del camino, cargar con la valija y recorrer a pie el resto del trayecto. Llegó a su casa cansado, sin caballo y de muy mal humor.

—Quería llegar a casa antes de que anocheciera y ya es noche cerrada… ¡Y de esto ha tenido la culpa un maldito clavo!

Si quieres llegar pronto a tu destino, apresúrate, pero con calma.

FIN