hermanos

El molinillo mágico

Ilustración: Frederick Richardson

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo dos hermanos, el uno rico y el otro pobre. El pobre no tenía nada para comer; así que fue a ver a su hermano y le rogó que le diera alguna cosa. El hermano rico era muy avaro y como no era la primera vez que el hermano pobre le pedía comida, le dijo:

—Si haces lo que te pido, te daré un jamón entero —le dijo.

El pobre, de inmediato, aceptó y prometió hacer lo que fuera.

—Aquí tienes. Ahora vete directamente al infierno —dijo el hermano rico, lanzándole el jamón.

Como había dado su palabra, el pobre tomó el jamón y se puso en marcha. Anduvo y anduvo durante todo el santo día y al anochecer llegó a un lugar donde había una brillante luz.

—No tengo ninguna duda, este es el lugar —se dijo el hombre con el jamón.

Cerca de donde estaba, había un anciano leñador con una larga barba blanca que estaba cortando leña.

—Buenas noches —dijo el hombre con el jamón.

—Buenas noches. ¿A dónde vas a estas horas? —contestó el leñador.

—Voy al infierno, ¿es este el camino? -preguntó el pobre hombre.

—¡Oh, sí, es aquí! —dijo el anciano— Cuando entres, todos querrán tu jamón, porque en el infierno no hay carne para comer; pero no se lo des a nadie menos que te dé a cambio el molinillo que esconden detrás de la puerta. Cuando salgas, te enseñaré a usarlo, porque sirve para casi todo.

El hombre agradeció el consejo y llamó a la puerta.

Le abrieron y, al entrar, todo sucedió tal como el anciano había dicho: todo la gente, grandes y pequeños, lo rodearon como si fueran hormigas en un hormiguero, y cada uno trató de conseguir el jamón.

—No debería dárselo a nadie, puesto que con él podría comer muchos días, pero ya que os empeñáis, os lo daré a cambio de ese molinillo que tenéis detrás de la puerta.

Al principio no quisieron ni oír hablar de aquello, pero después de mucho discutir, al final le dieron lo que pedía.

Cuando el hombre volvió a salir al patio, el viejo leñador le enseñó cómo funcionaba el molinillo, después el pobre le dio las gracias y se fue a casa a toda prisa.

Puso el molinillo sobre la mesa, y le ordenó:

—¡Muele pan, molinillo!, ¡Muele carne, molinillo! —Y con todo aquello, se preparó una rica cena—¡Qué maravilla! —exclamó el hombre al ver cómo aparecían las cosas.

Al día siguiente, invitó a su hermano rico a un gran banquete para compartir con él su suerte.

Cuando el hermano rico vio todo lo que había en el banquete y en la casa, se enojó muchísimo y sintió envidia de todo lo que su hermano tenía.

“Ayer era pobre; más pobre que una rata y vino a pedirme un poco de comida y ahora me ofrece un banquete digno del mismísimo rey”, pensó el hermano rico y, acto seguido, le preguntó:

—¿De dónde has sacado todas estas riquezas?

—De detrás de la puerta —dijo el pobre, que no quería revelar su secreto.

Pero después de mucho insistir, finalmente le contó a su hermano lo sucedido y le enseñó el molinillo:

—Solo tengo que decirle ¡Muele, molinillo! Y el se pone en marcha moliendo lo que le pido.

Desde aquel momento, el hermano rico no paró de insistir para conseguir el molinillo por todos los medios, poniendo en práctica sus artes de persuasión. Finalmente, lo consiguió pagando por él trescientas monedas de oro, aunque con una condición: el hermano pobre se lo entregaría después de cosechar el heno, porque pensó que, si lo guardaba hasta entonces, podría moler alimentos que le durarían durante años.

Así que el molino, molió y molió viandas y al llegar la cosecha del heno, se lo entregó al hermano rico, aunque el hermano pobre se cuidó muy bien de no enseñarle cómo se paraba. Se guardó para sí las enseñanzas del anciano.

Era de noche cuando el hermano rico llevó el molinillo a su casa, lo puso sobre la mesa de la cocina y ordenó:

—¡Muele, molinillo! Muele sardinas, garbanzos y leche.

El molinillo comenzó a moler sardinas, garbanzos y leche hasta llenar todos los platos de la cocina. Después se llenaron ollas, cazuelas, baldes… hasta que la comida empezó a esparcirse por el suelo.

El hombre intentó parar el molinillo, pero por más vueltas que le dio no obtuvo ningún resultado; el molinillo continuó la molienda y en poco tiempo, sardinas, garbanzos y leche se elevaron tan alto sobre el suelo, que el hombre corría el riesgo de ahogarse.  Así, que abrió la puerta de la cocina y corrió hacia el salón, pero no pasó mucho tiempo antes de que el molinillo llenara la estancia por completo también.

El hombre, consiguió abrir la puerta de la calle y salió corriendo camino abajo, con el torrente de sardinas, garbanzos y leche pisándole los talones, rugiendo como una cascada mientras él gritaba:

—¡Cuidado, que nadie se ahogue!

Finalmente, consiguió llegar a casa de su hermano y le rogó que parara el molinillo:

—¡Páralo, por favor! O todo el pueblo quedará bajo una montaña de comida.

Pero el hermano pobre no lo pararía hasta que el rico le pagara trecientas monedas de oro más.

Ahora, el hermano pobre tenía dinero y el molinillo. Así que no pasó mucho tiempo antes de que su casa fuera mucho mejor que la de su hermano.

Molió tanto oro, que cubrió toda su casa con él y como su casa estaba construida en la orilla del mar, el brillo que desprendía se podía ver mar adentro. Todo el que navegaba por allí iba a visitar el caserón de oro y a ver el molino maravilloso. Tan famoso se hizo, que no había nadie que no hubiera oído hablar de él.

Un día, llegó a la casa un capitán que deseaba ver el molino y le preguntó al hermano:

—¿Tu molinillo puede moler sal?

—¡Pues claro! Puede moler cualquier cosa solo debes decirle: ¡Muele sal, molinillo!

El capitán deseó con todas sus fuerzas tener el molinillo. Si lo tuviera, podría vender sal por todo el mundo sin tener que ir a buscarla lejos en su barco, afrontando en cada travesía innumerables peligros.

Al principio, el dueño del molinillo no quería ni oír hablar de separarse de él, pero el capitán rogó y rogó tanto, que el hombre cedió.

El capitán, por miedo a que el dueño del molinillo cambiara de opinión, partió a toda prisa, sin acordarse de preguntar cómo se paraba el molinillo,

Ya en alta mar, tomó el molinillo y ordenó:

—¡Muele sal, molinillo!

Y el molinillo comenzó a moler sal. Una vez lleno el barco, el capitán quiso detener el molinillo, pero no hubo forma de hacerlo. El montón de sal creció y creció y creció, hasta que, al final, el barco se hundió.

Según cuentan, el molinillo sigue en el fondo del mar y allí, sin parar, sigue moliendo y moliendo sal y es por eso por lo que el mar es tan salado.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

Eglé, la reina de los áspides

Ilustración: rossdraws

Hace cientos de años, tantos que ya ni se recuerdan, vivía en las costas de Lituania un matrimonio de ancianos que tenía doce hijos y tres hijas. Un caluroso día de verano, las tres hermanas fueron a bañarse al mar. Jugaron en el agua hasta que se puso el sol. Entonces, volvieron a la orilla para vestirse. La más pequeña, de nombre Eglé, que en lituano quiere decir abeto, encontró un áspid sobre su ropa; se asustó y comenzó a gritar. La hermana mayor cogió un palo para ahuyentar a la serpiente, pero, de pronto, el animal habló y le dijo a Eglé con voz humana:

—Eglé, si prometes que te casarás conmigo, me iré sin haceros daño.

Eglé se echó a llorar. ¿¡Cómo iba a casarse con un áspid!?

—¡No me casaré contigo! ¡Devuélveme mi ropa y vete! —le dijo.

—¡Solo me marcharé si prometes casarte conmigo! —respondió el áspid.

Finalmente, Eglé le prometió al áspid que se casaría con él y este se sumergió en el mar.

A los tres días, apareció en el jardín de la casa de Eglé un regimiento de áspides, reptando lentamente. Unos treparon por la valla y otros se enrollaron en los árboles. Otro grupo se deslizó dentro de la casa para hablar con los ancianos padres y estos no tuvieron más remedio que entregar a su hija para que esta se casara con el rey de los áspides.

Los áspides y la joven llegaron a la orilla del mar. Y al instante, se levantaron dos enormes olas, pero en lugar del áspid que se había parada sobre las ropas de Eglé, apareció un apuesto muchacho: el rey de las aguas.

En el fondo del mar se celebró un gran banquete y Eglé se casó con el áspid.

Con el paso del tiempo, la muchacha se sintió muy feliz y se acostumbró a la vida bajo las aguas. Olvidó por completo a los suyos y olvidó su tierra.

Pasaron nueve largos años, durante los cuales Eglé tuvo cuatro hijos. Al mayor lo llamaron Roble, al segundo Fresno, al tercero Álamo y al más pequeño Chopo. Un día, el mayor preguntó a su madre:

—¿De dónde eres? ¿Dónde viven tus padres? Nunca nos has hablado de tu familia, mamá.

Entonces, Eglé se acordó de sus padres, se acordó de sus hermanos y recordó su tierra. Sintió gran nostalgia y quiso volver a su país para visitar a los suyos.

El áspid estuvo de acuerdo y acompañó a Eglé y a sus cuatro hijos hasta la orilla del mar.

—Cuando queráis regresar, venid hasta aquí y pronunciad estas palabras: «Áspid, áspid, si estás vivo, espuma blanca, si estás muerto, espuma roja». Si estoy vivo, vendré a buscaros. Pero si la espuma es roja, sabréis que he muerto. No reveléis a nadie estas palabras. Que nadie descubra nuestro secreto.

Eglé y sus hijos volvieron a su tierra. Sus padres y hermanos se alegraron mucho de verlos, y escucharon fascinados lo que contaban sobre su vida bajo las aguas. Pero cuando Eglé les dijo que después de visitarlos regresarían al mar y que el áspid rey los iría a buscar al escuchar su llamada, los hermanos idearon un plan para retenerlos con ellos para siempre en la tierra.

Una noche llevaron a los niños al bosque, encendieron una hoguera y, uno a uno, los interrogaron para obligarlos a decir cómo podrían hacer salir a su padre a la superficie del mar. Los tres chicos mayores, a pesar de las amenazas de sus tíos, no dijeron una palabra. Pero el más pequeño estaba muy asustado, temblaba de miedo y no tardó en revelar el secreto.

Al amanecer, los hermanos de Eglé se dirigieron a la orilla del mar. Llamaron al áspid y, cuando apareció entre la espuma, le cortaron la cabeza.

Pasó un mes y Eglé y sus hijos se despidieron para volver junto al áspid. Los hermanos los dejaron partir sin decir nada.

—Áspid, áspid, si estás vivo, espuma blanca, si estás muerto, espuma roja —dijo Eglé mirando hacia el mar.

El mar se agitó y desde las profundidades se elevó una enorme ola de espuma roja. Eglé escuchó la voz de su marido entre el rugido del mar:

—Tus hermanos me mataron. Nuestro hijo, Chopo, tuvo miedo y nos traicionó. Nunca podréis volver al mar.

Desesperada, Eglé miró a sus hijos y dijo:

—Que mi hijo pequeño se convierta en chopo, que tiemble día y noche, que las aguas le purifiquen la boca y que el viento le haga susurrar eternamente su pena con sus hojas. Y vosotros, mis queridos hijos, sed también desde ahora árboles, que yo seré un abeto.

Y todos quedaron convertidos en árboles.

Por eso, el abeto, el roble, el fresno y el álamo son árboles fuertes pero el chopo, que crece muy cerca del agua, es un árbol temblón, que siempre está mojado y se estremece al menor soplo de viento.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

Lo más hermoso

Ilustración: frana

I

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía el geniecillo, saltando en las hojas de los eucaliptos.

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía colgándose de las gotas de lluvia.

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía saltando de una flor a otra, de las margaritas a las caléndulas, de las violetas a los conejitos. Por eso le llamaban Tip. Dormía en las hojas de un rosal, que el viento mecía. Y lo hacía cuando tenía sueño, porque Tip no usaba reloj. Además… ¡era tan lindo hacer escaleritas con los rayos de luna, para treparse a cazar estrellas! Y eso puede hacerse tan solo por la noche. También le gustaba subir por los hilos del sol y sentarse en las altas montañas, o dejarse llevar arrastrado por una nube hasta el país de los truenos… ¡Qué feliz era Tip!

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Saltando el geniecillo en su nido de hojas, se acomodó para dormir.

Era una mañana fresquita de otoño.

—¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

El pequeño Tip asomó su cabecita.

—¿Será ella? –se dijo.

Sí. Era Elenita, la rubia chiquilla de la casa, que salía para la escuela. Tip vio en la ventana, que estaba cerquita del rosal, el rostro sonriente de la mamá, que despedía a su nena.

De pronto Tip sintió curiosidad. Miró por el cristal de la ventana. La señora iba y venía, arreglaba una cosa larga que debía ser la ropa de dormir de Elenita, guardaba cosas, limpiaba otras, pasaba por el suelo un palo largo con pelos amarillos…

Más tarde se oyó otra vez:

—¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

Elenita volvía. Con su bonito delantal blanco y sus trenzas doradas.

Tip se colgó de la cartera y entró con ella en la casa.

—¡Tic, tac! ¡Tic, tac! ¡Tic, tac! –le llamó un señor gordo, que miraba con un gran ojo redondo.

Tip saltó hasta allí. Pero el señor gordo no tenía más que contarle. Solo decía:

—¡Tic, tac! ¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

En cambio, Elenita y su mamá ¡cómo charlaban alegres luego de saludarse con un beso! ¡Y cuánto aumentó la alegría cuando llegó papá y todos se sentaron a la mesa!

Muchas veces más, Tip entró con Elenita y gozó de los encantos de aquel hogar.

II

Cierta mañana, casi al mediodía, despertó Tip en su nido de hojas.

 —¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

Los pasos de Elenita sonaban desiguales.

—Parece que tiene fiebre –murmuró la madre al verla.

Y así era, en efecto. Poco después, Elenita se hallaba en la cama, bien abrigada. Papá se afligió mucho. Tip, sentado en la almohada, sintió que la frente de la niña quemaba como el sol en los días de verano.

Pronto vio el geniecillo cómo todo trabajo aumentaba en casa para la buena mamá. Y notándola cansada y preocupada, resolvió ayudarla de algún modo.

Mientras la nena dormía, corrió donde estaba la ropa jabonada: salto, se zambulló, resbaló en la tabla, subió gateando y fregó, fregó, hasta que la ropa quedó tan limpia como nueva. Luego se acomodó junto a los platos sucios. Mamá estaba lavando. Tip, colgado del trapo, hizo tan fuertes ejercicios que todo se acabó rápidamente. Entonces le tocó el turno a la escoba. Empujó los pelos amarillos, de modo que a mamá le parecía más liviano el trabajo. Y así siguió. De una y mil maneras trató de ser útil.

Cuando Elenita estuvo algo mejor, Tip le susurraba hermosas historias. Por eso un día, mientras mamá barría el piso, Elenita dijo:

—¿Sabes, mamá, que tengo sueños muy bonitos? Es un geniecillo que…

Mamá cesó de barrer.

—¡Mamá! ¡La escoba barre sola…!

—No puede ser.

—¡Sí, sí, sí! ¡Mira!

Tip, distraído, continuaba barriendo enérgicamente…

Mamá se frotaba los ojos por si fuera sueño. Pero la niña suspiró sonriente:

—¡Es el geniecillo!… Ya me parecía…

Tip se sobresaltó. Lo estaban mirando. Desapareció instantáneamente. La madre aún dudaba. Pero quisieron probar. Y en un plato colocaron dulce como jugo de flores. Si Tip estaba escuchando y lo comía, demostraba su existencia. Y así fue.

III

Día tras día, tomaba Tip el rico dulce del plato. Mas de pronto, se puso triste, y volvió a su nidito de hojas. Por primera vez en su vida, lloró.

El sol, la luna, las nubes querían consolarlo. Pero él no los veía. Nada veía, sino la pena de no pertenecer realmente a ese hogar donde tanto había ayudado. Y se sintió solo, solo…

No supo cómo fue. Pero en cierto momento oyó que alguien le hablaba:

—Has sido un buen geniecillo, Tip. Puedo concederte lo que más desees.

—¿Yo? ¿A mí? ¡Oh, Gran Genio! Yo deseo lo más hermoso del mundo, y tú no me lo darás.

—¿Por qué no? –preguntó seriamente el Gran Genio.

—Porque… porque no es la costumbre.

El Gran Genio, pese a toda su sabiduría, quedó extrañado.

—Puedo darte la gran perla que hicieron mil ostras en el fondo del océano. O el cofre maravilloso donde se encierran todos los conocimientos.

Nada de eso interesaba a Tip.

—Gran Genio, lo que me ofreces apenas si vale algo comparado con lo que te pido. Lo más hermoso del mundo. Viviendo en la casa de Elenita, participando de sus trabajos y alegrías, viendo el cariño del padre y la madre, me sentí casi un niño. Y desearía serlo de verdad, porque, ¡oh Gran Genio!, lo más hermoso del mundo es tener papás y un hogar.

El Gran Genio suspiró hondamente. Cubrió con su mano la hoja y desapareció.

IV

El geniecillo Tip dormía. Dormía, bajo el viento, el sol y la luna. Nada le pudo hacer despertar, hasta que un día abrió sus ojitos azules.

No entendía bien lo que pasaba a su alrededor. La hoja ya no estaba, y en su lugar, una cuna de verdad, toda blanca, guardaba su sueño.

Quiso hablar, más solo pudo llorar. Entonces alguien lo alzó, lo paseó y le cambió la ropa. Besándolo cariñosamente, lo volvió a su cuna.

—¿Qué le pasa al nene, mamá?

Era la voz de Elenita.

—Nada, querida, nada. Los bebés siempre lloran por algo. Como no saben hablar…

Tip sonrió porque había comprendido. Y trató de balbucir:

—M… a… m… á…

Su madre y su hermanita rieron y lo besaron. Entonces Tip, dichoso al fin, tornó a dormirse. Había conquistado lo más hermoso del mundo.

FIN

El monstruo de las siete cabezas

Ilustración: RacieB

En remotos tiempos, vivían en una gran finca, entre bosques seculares, siete hermanos y una hermana. Un buen día la muchacha se fue a recorrer mundo, marchándose muy lejos de su tierra.

Transcurrió el tiempo y después de vivir muchas aventuras, la muchacha empezó a sentir añoranza. Por fin, un día decidió regresar para visitar a sus hermanos. Compró siete pasteles, uno para cada uno, y siete camisas para llevárselas de regalo. Hizo la maleta, montó sobre su caballo y se puso en camino.

Recorrió muchas leguas y, por fin, llegó a un espeso bosque, en el que vivía el monstruo de las siete cabezas que al ver a la chica le dijo:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

Espantada, la joven no supo qué hacer. Empezó por arrojar los pasteles que llevaba a sus hermanos sobre las cabezas del monstruo, pero cada cabeza se tragó uno y el monstruo volvió a decir:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

Entonces, la joven le arrojó las siete camisas, pero el monstruo se las tragó también y, al terminar repitió:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

En un abrir y cerrar de ojos devoró el caballo. La muchacha al ver cómo desaparecía el animal entre las fauces del monstruo pensó que ella seguiría la misma suerte y, con rapidez, trepó hasta la copa de un alto pino. El monstruo de siete cabezas, al ver que la muchacha había trepado tan alto y que no podía alcanzarla, empezó a roer el tronco del árbol para hacerlo caer. La pobre chica,  más muerta que viva, pensaba en cómo salir de aquel apuro. Mientras daba vueltas, pasó un gorrión volando junto a ella.

—Pequeño gorrión, ¡ayúdame! Vuela y di a mis siete hermanos que el monstruo de las siete cabezas me quiere comer — le rogó la muchacha.

—Pío, pío… Lo siento, pero es primavera y los campos están cubiertos de granos; no tengo tiempo de ayudarte —replicó el pajarito sin detener su vuelo.

Al poco, pasó volando un cuervo.

—Cuervo negro, ¡ayúdame! Vuela y di a mis siete hermanos que el monstruo de las siete cabezas me quiere comer —suplicó la niña de los siete hermanos.

—Cra, cra… No puedo ayudarte, tengo prisa —graznó el cuervo sin detenerse.

Finalmente, la muchacha le pidió a un cuclillo que había cerca que la ayudara. Esta vez, el pajarillo la ayudó. Fue volando hasta casa de los siete hermanos y cantó posado en el alféizar de la ventana del mayor:

Cu, cu… Hermano mayor de siete,

tu hermana está en el pino.

El monstruo de siete cabezas

el tronco roe y pronto se la comerá.

El hermano mayor no hizo caso.

El cuclillo se posó entonces en la ventana del segundo hermano y repitió la canción, pero tampoco este hizo caso. Fue de ventana en ventana, pero ninguno de los siete lo quiso escuchar.

El cuclillo volvió al bosque y le dijo a la joven que sus hermanos no le habían hecho caso. Entonces, la muchacha se quitó el anillo que llevaba y le rogó que se lo llevara a su hermano menor y le dijera que el monstruo de las siete cabezas ya había roído la mitad del árbol.

Raudo y veliz, el cuclillo voló hasta el alféizar de la ventana del hermano más pequeño y se puso a cantar. El muchacho se asomó con intención de echar al pájaro que lo importunaba con su canto. Pero al reconocer el anillo de su hermana, preguntó al cuclillo de dónde lo había sacado. En respuesta, este cantó:

Cu, cu… Hermano menor de siete,

tu hermana está en el pino.

El monstruo de las siete cabezas

el tronco ha roído hasta la mitad

y pronto se la comerá.

Afilad siete espadas,

montad siete caballos,

y a vuestra hermana salvad.

El hermano menor corrió a contarles a los otros lo que acababa de decir el cuclillo y los siete corrieron a afilar las siete espadas y los siete montaron en sus siete caballos. Después, salieron hacia el bosque a galope tendido.

Mientras tanto, el monstruo de siete cabezas, que casi había acabado de roer el tronco del pino, oyó los cascos de los caballos que se acercaban.

—Niña de los siete hermanos, ¿qué escucho?, ¿acaso son tus hermanos a los que oigo venir?  —preguntó.

Pero el cuclillo contestó:

Cu, cu… No son sus hermanos,

son árboles que crujen,

son hojas que caen,

es el viento que sopla,

es el río que corre.

El monstruo de siete cabezas se tranquilizó al oír aquello y siguió royendo el tronco del pino. ¡Ya le faltaba muy poco! Dio un último bocado y el pino se tambaleó. La niña de los siete hermanos seguía fuertemente agarrada en lo más alto de la copa del árbol.

En aquel momento, los siete hermanos aparecieron; se abalanzaron sobre el monstruo de las siete cabezas, desenvainaron las espadas y cada uno le cortó una cabeza al monstruo.

Y así fue cómo la niña de los siete hermanos pudo librarse del terrible monstruo de las siete cabezas.

FIN

Los tres hermanos

Ilustración: PHOEBELIN001

Érase una vez un hombre que tenía tres hijos y por toda fortuna, la casa en que habitaban. A cada uno de los tres le hubiera gustado heredarla, mas el padre los quería a todos por igual y no sabía cómo arreglárselas para dejar contentos a los tres. Tampoco estaba dispuesto a vender la casa, pues había pertenecido a sus bisabuelos. De no haber sido así, la habría transformado en dinero para repartido entre sus tres herederos. Se le ocurrió, al fin, una solución:

—Hijos míos, salid a recorrer el mundo y aprended un oficio. Cuando regreséis, entregaré la casa a quien demuestre mayor habilidad en su arte.

Les pareció bien a los hijos la decisión del padre y después de pensarlo, el mayor resolvió aprender la profesión de herrador; el segundo quiso hacerse barbero, y la última, profesora de esgrima. Luego calcularon el tiempo que tardarían en volver a su casa y partieron, cada uno por su lado.

Tuvieron la suerte de encontrar buenos maestros y los tres se convirtieron en excelentes oficiales.

El herrador, cuando llegó a herrar los caballos del Rey, pensó: «Ya no cabe duda de que la casa será para mí».

El barbero tenía entre su clientela a los más distinguidos personajes, y estaba también seguro de ser el heredero.

En cuanto a la profesora de esgrima, hubo de encajar más de una estocada, pero apretó los dientes y no se desanimó, pensando: «Si temo a las cuchilladas, me quedaré sin casa».

Transcurrido el tiempo acordado, volvieron a reunirse los tres con su padre. Pero no sabían cómo mostrar sus habilidades. Mientras estaban deliberando sobre el caso, vieron una liebre que corría a campo traviesa.

—¡Mirad! —dijo el barbero—. Esta liebre nos viene como pintada.

Y tomando la bacía y el jabón, preparó bien la espuma. Cuando el animal llegó a su altura, lo enjabonó y afeitó en plena carrera, dejándole un bigotito muy coquetón. Y todo eso, sin hacerle ni el más mínimo rasguño en la piel.

—¡Me ha gustado! —dijo el padre—; si tus hermanos no se esmeran mucho, tuya será la casa.

Al poco rato, llegó un señor montado en un caballo a galope tendido.

—Padre, ahora veréis de lo que soy capaz yo —dijo el herrador. Y sin detener la veloz carrera del rocín, le arrancó las cuatro herraduras sin hacerle daño alguno y le colocó otras nuevas.

—¡Muy bien! —exclamó el padre—. Estás a la altura de tu hermano. No sé a quién de vosotros dos voy a dejar la casa.

Dijo entonces la tercera:

—Padre, esperad a que yo os muestre mis habilidades.

En esto empezó a llover, y la muchacha, desenvainando dos espadas que llevaba consigo, se puso a esgrimirlas sobre la cabeza con tal agilidad, que no le cayó encima ni una sola gota de agua. La lluvia fue arreciando hasta caer a cántaros; pero ella, con velocidad siempre creciente, consiguió quedar tan seca como si se encontrase bajo techado.

El padre, no pudo por menos de exclamar:

—Debo reconocer que te llevas la palma; ¡tuya es la casa!

Los otros dos hermanos se conformaron con la sentencia, como habían acordado de antemano. Sin embargo, los tres se querían tanto, que decidieron seguir viviendo juntos bajo el mismo techo practicando cada cual su oficio; y como eran tan buenos maestros, ganaron mucho dinero. Y así vivieron: unidos hasta la vejez.

Cuando el primero enfermó y murió, tuvieron tanta pena los otros dos, que enfermaron a su vez y no tardaron en seguir al mayor a la tumba. Y como habían sido tan hábiles artífices y se habían querido tan entrañablemente, fueron enterrados juntos en una misma sepultura.

FIN

El libro de los encantamientos

Ilustración: Karl Mühlmeister

Había una vez un poderoso brujo, muy hábil en materia de hechizos. Vivía en una cabaña en medio del bosque y sintiéndose viejo y cercano a la muerte, pensó en transmitir el arte de su magia a alguien.

Un día vio a dos hermanitos jugando en un prado y el mago se dijo: «¡Aquí está lo que andaba buscando! Me los llevaré, los criaré y, más adelante, les enseñaré el maravilloso arte de la magia».

Los capturó con una red tejida con pelo y se los llevó a su cabaña.

Pasó el tiempo. Los pequeños hubieran querido escapar, pero el mago los vigilaba estrechamente y casi nunca abandonaba la casa; solo, a veces, iba de pesca. Un día, cuando el mago se dirigió al río con su caña, la hermanita rogó a su hermanito:

—¡Huyamos! El mago se ha marchado a pescar; ¡vámonos antes de que regrese!

Pero el hermano, más paciente y prudente, respondió:

—Ese hombre es tan sabio que, con su magia, nos encontraría de inmediato. Ten paciencia. Ya se presentará una ocasión mejor.

Pasaron los meses y el mago cada vez se ausentaba con más frecuencia. Un día en el que tardaba más de la cuenta, los hermanos se pusieron a revisar la biblioteca. En el estante más alto, descubrieron un grueso libro en cuya tapa se leía: Magia.

—Este debe ser el libro de los encantamientos —dijo el chico—. ¡Mira!, aquí están todos los hechizos. Cada vez que nos quedemos solos, podemos aprenderemos una fórmula mágica. Cuando hayamos aprendido algunas, tal vez consigamos huir.

Después de varias semanas de estudiar el grimorio, acordaron escapar:

—¡Ha llegado el momento! Ahora sabemos algunos hechizos que pueden sernos de utilidad en caso de peligro.

Salieron de la cabaña y enfilaron por el sendero del bosque.

Entretanto, el mago, sentado en la orilla del río, no pescaba nada. Veía a los peces acercarse al cebo y comer de él con delicadeza, pero sin tragarse el anzuelo. Era ya noche cerrada cuando volvió a su casa con un humor de mil demonios. Al entrar en la cabaña y no ver a los dos hermanos se puso a buscar en todas las esquinas, miró debajo de la mesa y debajo de la cama, ¡pero habían desaparecido!

—¿Adónde habrán ido esas malditas criaturas? ¡Han huido!, y lo pagarán caro —gritó enfurecido—. ¡A mí, bastón mágico!

Inmediatamente, un grueso bastón saltó a sus manos y señaló la dirección que habían tomado los fugitivos. El mago siguió las indicaciones y cuando ya amanecía, divisó, a lo lejos, a los dos hermanos.

—¿Por qué huis de mí?

El hechicero no entendía por qué los hermanos no eran felices. Les daba de todo: ropa, golosinas, juguetes, comida, libros… El único libro que tenían prohibido era el de los encantamientos. «Ingratos, ingratos», repetía mientras se acercaba cada vez más a ellos.

Al mirar atrás, el muchacho comprendió que el mago los alcanzaría enseguida, así que pronunció su conjuro en voz alta:

Al instante, el chico se transformó en un lago azul, y su hermana en un pequeño pez de plata que buceaba plácidamente en sus aguas.

Al llegar a la orilla de aquel lago que nunca había visto antes, el mago receló e inmediatamente imaginó lo que había sucedido. «Queréis libraros de mí —gruñó—, pero os atraparé».

Y a toda prisa volvió a su casa para abastecerse de redes y pescar el pececito. ¡Luego ya se ocuparía del lago! Tan pronto como se fue, los niños recuperaron su forma humana y reanudaron su camino.

Mientras tanto, el mago había regresado al lugar donde estaba el lago, pero, para su disgusto, ya no lo encontró. Solo había un prado pantanoso donde saltaban algunas ranas. Arrojó furioso las redes y después de interrogar al bastón mágico, reanudó la persecución. Hacia la noche, los niños escucharon el ruido de sus pasos.

—¡Estamos perdidos! —dijo el chico.

Pero la niña, animosa, pronunció una de las fórmulas mágicas aprendidas:

Inmediatamente se convirtió en una pequeña capilla blanca, de las que se ven a lo largo de los caminos, y el niño se convirtió en un bello ángel pintado en la pared.

Cuando el mago llegó, comenzó a maldecir, echando espuma por la boca. ¿Cómo capturar a aquel ángel pintado que parecía que lo amenazaba con su manita alzada? Rodeó la capilla tres o cuatro veces y llegó a la conclusión de que lo único que podía hacer era quemarla. «Te reduciré a un montón de cenizas!».

Y dicho esto, comenzó a juntar hierba seca y ramas para prender fuego a la capilla; pero cuando estaba a punto de incendiarla, se dio cuenta de que no tenía cerillas. Todo lo que tenía que hacer era ir a casa a buscarlas.

Tan pronto como desapareció de la vista, los dos hermanos volvieron a su aspecto habitual y reemprendieron la marcha.

Cuando el mago, regresó con las cerillas, solo encontró una gran roca. El hechicero, furioso, consultó su bastón y reanudó su persecución hasta que, al amanecer, de nuevo les pisaba los talones.

A oír los pesados pasos, el hermano recitó:

En un segundo, se convirtió en un corral, en el que se levantaba una gran pila de trigo. La niña se convirtió en un grano de oro mezclado con los demás. Cuando el mago llegó, gritó lleno rabia. ¡Se la habían jugado de nuevo! Luego, poco a poco, se calmó y reflexionó: «Esta vez, en lugar de enojarme tanto, buscaré un remedio infalible». Finalmente, sus ojos lanzaron un destello de triunfo:

—¡Ya sé! —exclamó.

Pronunció unas palabras mágicas e inmediatamente se convirtió en un gallo negro, que avanzó deprisa, extendiendo su pico en busca de la niña, convertida en grano de trigo. Gracias a sus poderes mágicos, ya había descubierto cual era y estaba a punto de atraparlo, cuando la pequeña pronunció mentalmente la última fórmula mágica que recordaba:

—¡Gallo negro, gallo negro, no tengas prisa! ¡No sabes la que te espera!, yo seré un galgo y mi hermano un zorro.

Inmediatamente en un extremo del seto apareció un gran galgo que, con sus dientes afilados, comenzó a correr hacia el gallo. Tan pronto como lo vio, el gallo, asustado, huyó en dirección opuesta, pero al otro lado aguardaba un zorro rojo que, con los ojos ardientes y la boca abierta, se abalanzó sobre él.

El gallo no sabía por dónde escapar; revoloteó dando bandazos y perdiendo sus plumas. Ya no pensaba en el grano de trigo, y, peor aún, no recordaba ninguna de las fórmulas mágicas que podrían haberlo salvado.

El zorro saltó sobre el gallo y acabó con él de un solo mordisco.

Los dos niños recuperaron su aspecto habitual y volvieron a casa muy contentos; ya no tenían nada que temer. Los padres, que durante tanto tiempo los habían llorado al creerlos muertos, los recibieron con alegría y grandes fiestas. A partir de ese día, vivieron felices para siempre y nadie volvió a oír hablar del malvado brujo.

FIN

Los dos hermanos que se querían

Ilustración: bitrix-studio

Al noroeste de América, en los territorios que hoy forman el estado de Montana, estaban un día cazando dos hermanos cuando vieron una ardilla que los observaba desde la rama de un árbol. Mientras el hermano menor tensaba su arco para darle caza, la ardilla trepó veloz tronco arriba.

—No lances tu flecha —dijo Tecumseh (Estrella Fugaz), el mayor—. Es demasiado bonita. La capturaré viva.

Tecumseh subió por él árbol y desapareció entre el follaje.

—¿La tienes? —gritó desde abajo el más joven de los dos hermanos. Pero nadie respondió.

Al momento, se oyó el ruido de una rama al quebrarse y la ropa de Tecumseh cayó a sus pies, pero él no estaba dentro. «Ha subido demasiado alto. —Pensó el pequeño—. No volverá a bajar». Y sintió una inmensa pena.

Se sentó bajo el árbol y lloró y lloró. Lloró tanto, que se hizo muy pequeño. Su cuerpo se había derretido con las lágrimas.

Pasó una anciana de la tribu de los pies negros y recogió al niño, creyendo que era un recién nacido.

Al llegar a su tipi, se lo enseñó a su hija y a su yerno.

—Mirad, pese a mi edad, he tenido un hijo.

El yerno se rio de buena gana.

—Tienes un hijo bien tardío.

La hija de la anciana creyó que se trataba de una broma, pero al tomar al bebé en brazos, dijo:

—Me siento contenta de tener un hermanito. —Y empezó a jugar con él.

El yerno preguntó:

—¿Qué nombre le pondremos a nuestro nuevo pariente? Propongo llamarlo Michikinikwa (Pequeña Tortuga).

A la noche siguiente, Michikinikwa tuvo un sueño en el que se le apareció su hermano Tecumseh, que le dijo:

—Soy yo, tu hermano mayor. Estoy con la ardilla en el cielo y soy feliz. Quédate con la gente que te ha adoptado, te tratarán bien, pero si necesitas ayuda, llámame. Acudiré enseguida.

Pasó el tiempo y en la aldea hubo escasez; la caza había sido mala y los pies negros tenían mucha hambre.

La anciana lloraba, pues Michikinikwa era una boca más para alimentar:

—No llores, vieja madre —dijo el niño—, ya verás como mañana los cazadores pies negros encontrarán caza.

Michikinikwa rogó a Tecumseh que lo ayudara.

A media tarde, los exploradores dieron con una manada de bisontes cerca de la aldea. El jefe de la tribu decidió que todos saldrían de caza al día siguiente y colocó centinelas para que ningún cazador actuase prematuramente y espantara a los bisontes.

Aquella noche, Michikinikwa le dijo a su hermana:

—Te pido que me ayudes. Ve a la aldea y pide una flecha a cada familia.

La chica, que presentía que su hermano estaba dotado de poderes sobrenaturales, le contestó:

—Así lo haré.  Antes de que grite la lechuza, tendrás las flechas que me pides.

Mientras los pies negros dormían, Michikinikwa se deslizó fuera de la tienda y se dirigió adonde estaba la manada de bisontes. Una vez allí, vio que su hermano: era el jefe de la manada. Lo reconoció porque, aunque Tecumseh había tomado la apariencia de un bisonte, conservaba su auténtica cabeza.

—Hermano mío —le dijo—, esas gentes mueren de hambre. ¿Puedes hacer algo?

Tecumseh pasó la mano sobre un gran bisonte y le dijo:

—Gran bisonte, por favor, te ruego que ayudes al pueblo de mi hermano.

No bien había pronunciado estas palabras, ¡el bisonte se desplomó!

Tecumseh siguió haciendo lo mismo y Michikinikwa lo seguía y clavaba las flechas de cada una de las familias sobre uno de los animales muertos. Cuando terminaron, la manada se dispersó y él se fue a dormir a su cabaña.

Los vigilantes vieron al niño merodeando entre los bisontes y cuando advirtieron que los bisontes se marchaban, avisaron al jefe de la tribu.

El jefe acudió rápidamente al lugar y dijo:

—No todos los bisontes han escapado. Algunos todavía duermen sobre la hierba. Mataremos a esos y, a nuestro regreso, ya castigaremos a Michikinikwa por desobedecer.

Cercaron a los bisontes en dos cuadrillas. Tenían que esperar el grito del coyote para atacar.

Cuando por fin se disponían a dar caza a los animales, comprobaron que ya estaban muertos. Cada familia se llevó el bisonte que tenía clavada su flecha. Grande fue la alegría en el poblado.

Los valientes decían:

—Hemos cazado mientras dormíamos, sin darnos cuenta.

Pero los pies negros más sabios comprendieron que Michikinikwa era especial y quisieron nombrarlo gran jefe de su tribu. Sin embargo, Michikinikwa prefirió reunirse con su hermano Tecumseh, que vivía en el cielo con una ardilla muy hermosa. Es por eso por lo que, aún en nuestros días, en el cielo brilla una estrella a la que llamamos los gemelos.

FIN

Jacobo bobo

juan_el_bobo_by_jonathannotario

Ilustración: jonathannotario

En una vieja granja en medio del campo, vivía un anciano granjero que tenía dos hijos tan listos, que con la mitad habría sido suficiente. Los dos querían pedir la mano de la princesa, y osaban pretender tal cosa, porque ella había dicho a todo el mundo que tomaría por esposo a aquel que mejor conversara.

Los dos se prepararon durante ocho días, pues ese era el tiempo del que disponían. Aunque con eso bastaba y sobraba, pues ambos tenían una buena base, algo que siempre ayuda. Uno se sabía de memoria toda la Enciclopedia latina y, además, el periódico local de los últimos tres años, tanto del derecho como del revés. El otro se había familiarizado con las leyes gremiales, que recitaba de pe a pa, y amén de poder tratar cualquier asunto de Estado, también sabía bordar tirantes con arabescos, puesto que tenía tanta agilidad en la mente como en los dedos.

—¡La princesa será mi esposa! —dijeron ambos.

Convencido de ello, el padre entregó a cada uno de ellos un estupendo caballo. Al que se sabía la enciclopedia y los diarios, uno negro como el azabache, y al que era ducho en asunto gremiales y bordaba, uno blanco como la leche. Antes de partir, se untaron las comisuras de los labios con aceite de hígado de bacalao para hacerlas más flexibles. Estaban en esto, cuando apareció el tercer hermano, pues eran tres, aunque nadie contaba con el tercero, porque carecía de la erudición de los otros dos y lo llamaban, simplemente, Jacobo bobo.

—¿Adónde vais con el traje de los domingos? —preguntó.

—¡A palacio, a conquistar a la princesa con nuestra conversación! ¿Acaso no has oído lo que se dice? —y se lo contaron.

—¡Cáspita! ¡Yo también voy! —dijo Jacobo bobo mientras sus hermanos se reían en su cara y salían al galope.

—¡Padre, dame un caballo! —gritó Jacobo bobo—. Me están entrando ganas de casarme. Si la princesa me acepta, me habrá aceptado, y si no me acepta, la aceptaré yo. ¡Al fin y al cabo, viene a ser lo mismo!

—¡Qué sandeces dices! —exclamó el padre—. No te doy ningún caballo. ¡Pero si ni siquiera sabes hablar! Tus hermanos… ¡ellos sí pueden presentarse en palacio!

—Si no me das un caballo —dijo Jacobo bobo—, montaré el macho cabrío. ¡Es mío y puede conmigo!

Y tras decir esto, se sentó a horcajadas sobre el animal, le clavó los talones en los ijares y salió a todo correr camino adelante. ¡Y cómo corría!

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! —dijo Jacobo bobo, y se puso a cantar a voz en grito.

En cambio, los hermanos marchaban en silencio, concentrados; tenían que idear lindezas estupendas, ¡debía estar todo muy estudiado!

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! —gritó Jacobo bobo-. ¡Mirad lo que he encontrado!

Y les mostró una corneja muerta que había recogido.

—¡Lerdo! —dijeron ellos—. ¿Qué harás con eso?

-¡Voy a regalársela a la princesa!

—¡Eso, hazlo! —se burlaron y siguieron cabalgando.

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! Mirad lo que he encontrado ahora, ¡cosas así no se encuentran todos los días!

Los hermanos se volvieron de nuevo para ver lo que era.

—¡Gaznápiro! —exclamaron—. ¡Pero si es un zueco viejo! ¿También se lo regalarás a la princesa?

—¡Pues claro! —dijo Jacobo bobo.

Los hermanos, después de desternillarse de la risa, siguieron cabalgando y se adelantaron un buen trecho.

—¡Voy que voy! ¡Allá voy!  —gritó Jacobo bobo—. ¡Esto va cada vez mejor!

—¿Qué has encontrado ahora, zoquete? —preguntaron los hermanos.

—¡Oh! —dijo Jacobo bobo—. ¡Es demasiado bueno para decirlo! ¡Cómo se alegrará la princesa!

—¡Pero qué asco! —exclamaron los hermanos—. ¡Es barro de la cuneta!

—¡Exactamente!  Y de tan buena calidad, ¡que se me escurre entre los dedos! —Y diciendo esto, se llenó los bolsillos.

Los hermanos pusieron sus caballos a galope y se adelantaron más de una hora. Se detuvieron ante las puertas de la ciudad, donde a los pretendientes se les iba asignando un número a medida que llegaban y se los colocaba en filas de a seis, pegados unos a otros de tal forma, que no podían mover ni los brazos. ¡Suerte!, pues si no se habrían enzarzado en una pelea solo porque unos estaban antes que los otros.

El resto de habitantes se agolpaba alrededor del palacio y se encaramaba a las ventanas para ver cómo la princesa recibía a los pretendientes.

Cada vez que uno entraba en la sala, parecía que se le hacía un nudo en la garganta y perdía el don de la elocuencia.

—¡No sirve! —decía la princesa—. ¡Fuera!

Le llegó el turno al hermano que se sabía la enciclopedia, más a fuerza de hacer cola se le había olvidado por completo; el suelo crujía y el techo era todo de espejo, así que se veía a sí mismo cabeza abajo. Además, junto a cada ventana había tres escribanos y un corregidor tomando nota de todo lo que se decía para publicarlo enseguida en el periódico, que se vendía a dos céntimos en todas las esquinas. Aquello era terrible y, para colmo, ¡ardía tal fuego, que la estufa estaba al rojo vivo!

—¡Qué calor hace aquí! —dijo el pretendiente.

—Es porque mi padre ha mandado asar unos pollos —contestó la princesa.

—¡Ah!

Y eso fue todo. No fue capaz de decir ni una palabra más, por más que le hubiera gustado decir algo ingenioso.

—¡No sirve! —dijo la princesa—. ¡Fuera!

Y se marchó. Llegó el turno del otro hermano.

—¡Aquí hace un calor terrible! —dijo.

—Sí, estamos asando unos pollos —contestó la princesa.

—¿Cómo di… ? ¿Qué di…? —preguntó. Y los escribanos anotaron: «¿Cómo di… ? ¿Qué di…? ».

—¡No sirve! —dijo la princesa—. ¡Fuera!

Y le tocó a Jacobo bobo, que se plantó en mitad de la sala a lomos de su macho cabrío.

—¡Esto es un horno! —exclamó.

—Porque estamos asando unos pollos —contestó la princesa.

—¡Pues fantástico! —dijo Jacobo bobo—, ¿pueden, de paso, asar mi corneja?

—¡Con mucho gusto! —dijo la princesa—. Pero ¿traes algo para asarla? ¡Yo no tengo sartén!

—¡Yo sí! —respondió Jacobo bobo—. ¡Aquí traigo un recipiente! —y diciendo esto, sacó el zueco roto y puso encima la corneja.

—¡Vaya banquete! —dijo la princesa—. ¡Lástima de salsa!

—¡Yo llevo en el bolsillo! —dijo Jacobo bobo—. ¡Tengo para dar y tomar!

Y sacó del bolsillo un puñado de barro.

—¡Me gusta! —dijo la princesa—. ¡Tienes respuestas para todo! ¡Sabes hablar y te quiero por esposo! Pero ya sabes que cada palabra que decimos y hemos dicho se anota y saldrá en el periódico. ¡Mira!, junto a cada ventana hay tres escribas y un corregidor, y ese es el peor, ¡porque no entiende nada!

Aquello lo dijo solo para atemorizar al pretendiente. Los escribas se rieron y dejaron caer tinta sobre el suelo.

—Son aquellos señores de allí, ¿verdad? —preguntó Jacobo bobo—. ¡Pues el corregidor se llevará la mejor parte!

Y vaciándose los bolsillos, les tiró el barro a la cara.

—¡Bien hecho! —dijo la princesa—. ¡Yo no me hubiera atrevido! ¡Pero aprenderé!

Así fue como Jacobo bobo se casó con una auténtica princesa, fue coronado y llegó a rey.

Y toda esta historia acabamos de leerla en el periódico del corregidor, ¡así que no sabemos si es muy fiable!

FIN

Hänsel y Gretel (La casita de chocolate)

5612900089_a43c2e7323_b

Ilustración: Margaret Tarrant

Este cuento está dedicado a Julie Sopetrán, la poeta que descubrió la PALABRA, de la mano de Hänsel y Gretel, en un trocito de chocolate.

Junto a un espeso bosque, vivía un leñador con su mujer y con los dos hijos que había tenido con su primera esposa: un niño llamado Hänsel y una niña llamada Gretel.

La familia era tan pobre, que apenas tenía qué comer y en una época de carestía, la situación empeoró tanto, que más de un día se iban a dormir sin probar bocado.

Una noche, el leñador daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño a causa del hambre y las preocupaciones cuando, finalmente, le dijo a su mujer:

—¿Qué será de nosotros? ¿Cómo daremos de comer a los niños?

—La única solución —respondió ella— es que mañana, de madrugada, nos los llevemos a lo más profundo del bosque y los abandonemos allí. Como no sabrán encontrar el camino de vuelta, ya no tendremos que preocuparnos por darles de comer.

—¡¿Pero qué dices?! ¡No podemos hacer algo así! Las fieras no tardarían en devorarlos.

—Eso tú no lo sabes. Quizá tengan suerte y salgan adelante. Piensa que si se quedan aquí, sí que es seguro que morirán.

Tan convincentes fueron sus argumentos que el hombre, de personalidad débil, aceptó el plan.

Los dos niños, despiertos a causa del hambre, oyeron la conversación y Gretel le dijo a Hänsel sollozando:

—¡Estamos perdidos!

—No llores, Gretel —la consoló su hermano—. Pensaré en algo.

Cuando todos se quedaron dormidos, Hänsel salió de la casa sigilosamente. La luz de la Luna hacia relucir los blancos guijarros del camino como si fueran de plata y el pequeño tuvo una idea. Se llenó los bolsillos con ellos, regresó a casa y se acostó.

Antes de que saliera el sol, la mujer despertó a los niños:

—¡Levantaos! Hoy vendréis con nosotros al bosque a recoger leña.

Y tras darles a cada uno un trocito de pan les aconsejó:

—No lo malgastéis; esta será vuestra comida para todo el día.

Se encaminaron los cuatro hacia el bosque. Hänsel iba el último y de vez en cuando, sin que los demás se dieran cuenta, sacaba de su bolsillo una piedrecita blanca y la dejaba caer para señalar el camino.

Al llegar a lo más profundo del bosque, prepararon una hoguera y el padre y la madrastra advirtieron a los niños:

—Poneos junto al fuego y esperad nuestro regreso. Cuando terminemos de cortar la leña, vendremos a recogeros.

Pasaron las horas y los niños se quedaron profundamente dormidos a causa del cansancio. Cuando se despertaron ya era negra noche. Gretel, asustada, preguntó a su hermano:

—¿Cómo saldremos de aquí?

Hänsel la tranquilizó:

—Espera un poco a que brille la Luna, entonces encontraremos el camino de regreso.

Y en efecto, cuando la Luna estuvo en lo alto del cielo, las piedrecitas que el niño había ido soltando con disimulo, empezaron a relucir y les indicaron por dónde debían regresar a casa.

Anduvieron toda la noche y al despuntar el alba llegaron a su hogar. La madrastra los recibió con disgusto, pero el padre se alegró al verlos, pues estaba arrepentido de haberlos abandonado.

Noches después, los niños oyeron cómo la madrastra le decía a su marido:

—Otra vez se ha terminado todo. Solo queda un trocito de pan. No podemos alimentar a los niños. Los llevaremos de nuevo al bosque, pero esta vez más adentro para que no puedan regresar.

Al padre le dolía abandonar a los niños, pero como no encontraba otra solución, estuvo de acuerdo.

Hänsel, que estaba aún despierto, oyó la conversación y pensó en hacer lo mismo que la vez anterior, pero cuando quiso salir, encontró la puerta de la casa cerrada, así que no pudo recoger guijarros.

Por la mañana, la mujer dio sendos pedacitos de pan a los niños y Hänsel, al ver el suyo, pensó que sería buena idea dejar caer, de trecho en trecho, miguitas para marcar el camino.

Los cuatro se pusieron en marcha, llegaron hasta lo más profundo del bosque, a un lugar en el que nunca habían estado. Después de encender una hoguera, los padres advirtieron a los niños:

—Cuando hayamos terminado, volveremos a recogeros.

Los niños no tardaron en quedarse dormidos. Se despertaron cuando ya reinaba la más absoluta oscuridad:

—Esperaremos un poco a que salga la Luna, entonces, las miguitas de pan nos mostrarán el camino de regreso —le dijo Hänsel a Gretel.

Pero cuando salió la Luna, no encontraron ni una sola miga; se las habían comido los pajaritos del bosque. Y por más que buscaron, no encontraron el camino para volver a casa.

Anduvieron y anduvieron. La noche entera y todo el día siguiente, sin conseguir salir del bosque. Tenían hambre y estaban agotados. Al amanecer del tercer día, reanudaron la marcha, pero cada vez se extraviaban más en el bosque.

Cuando ya habían perdido casi la esperanza y creían que morirían allí, vieron un pájaro blanco como la nieve que cantaba dulcemente posado sobre la rama de un árbol y se detuvieron a escucharlo. Al terminar su canción, extendió las alas y emprendió el vuelo. Ellos lo siguieron.

Vuela que te vuela, el pájaro se fue a posar sobre el tejado de una casa y cuando los niños se acercaron, vieron con asombro que las tejas eran de chocolate, las paredes de bizcocho y las ventanas de azúcar.

—¡Qué bien! —exclamó Hänsel—. Yo comeré un pedacito del tejado.

—Yo probaré una ventana —añadió Gretel.

Estaban mordisqueando las golosinas, cuando oyeron una voz muy dulce procedente del interior:

Alguien roe mi casita…
Tal vez sea una ratita…
a

Pero los niños se apresuraron a responder:

No es ratita sino el viento,
que sopla muy violento.
a

Y siguieron comiendo hasta que la puerta se abrió y de la casa salió una mujer viejísima, apoyada en su bastón:

—Hola, pequeñines, entrad, entrad que no os haré daño. Dentro hay leche, bollos azucarados, manzanas y nueces. Después de comer, podréis dormir y descansar.

Y Hänsel y Gretel entraron, comieron y se acostaron felices y confiados.

La vieja parecía buena y amable pero, en realidad, era una malvada hechicera que cazaba niños para comérselos y había construido aquella dulce casita para atraerlos.

Una vez dormidos, cogió a Hänsel en brazos, lo llevó al establo y lo encerró en una caja de madera en la que solo había una pequeña rendija. El niño gritó y protestó con todas sus fuerzas, pero todo fue inútil.

Después, la bruja despertó a Gretel y le ordenó:

—¡Levántate!, guisa un pollo para tu hermano, que quiero que se engorde para comérmelo cuando esté cebado como un lechón.

Todas las mañanas, la vieja bajaba al establo y ordenaba:

—¡Hänsel!, saca el dedo, por la rendija, que quiero saber si ya estás gordo.

Pero Hänsel, en vez del dedo, sacaba siempre un huesecito de pollo y la vieja, que tenía la vista muy mala, se extrañaba de que no engordara.

Al cabo de cuatro semanas, al ver que Hänsel continuaba flaco, perdió la paciencia:

—Estés gordo o flaco, mañana te comeré.

De madruga, ordenó a Gretel encender el horno y cuando ya ardían las llamas le dijo a la niña:

—Acércate a comprobar si ya está listo.

Su intención era empujar a la niña y cerrar la puerta del horno, asarla y comérsela también. Pero Gretel lo adivinó y dijo desde lejos:

—¿Qué debo hacer para saber si ya está listo?

—¡Criatura tonta! —replicó la bruja—. ¡Esto tienes que hacer! —dijo acercándose a la puerta del horno y metiendo su cabeza dentro.

Gretel, entonces, la empujó con todas sus fuerzas, cerró la puerta y corrió hacia el establo, donde estaba prisionero Hänsel. Abrió la puerta de la caja y exclamó:

—¡Hänsel, ya estamos a salvo!

Se abrazaron emocionados y como ya no había nada que temer, recorrieron la casa. En todos los rincones encontraron monedas de oro y piedras preciosas, con las que se llenaron los bolsillos. Después, huyeron de allí.

Tras un par de horas de camino, un gran río interrumpió su marcha.

—¡Estamos perdidos!, no podremos atravesarlo, no hay puente ni barca —sollozó Hänsel.

—No llores, hermano, —lo tranquilizó Gretel—; allí nada un cisne blanco, le pediré que nos ayude a pasar a la otra orilla:

Bello cisne, bello cisne,
necesitamos cruzar
dinos si sobre tu espalda
tú nos podrías llevar.
a

El cisne se acercó, los niños subieron sobre su espalda y al alcanzar la otra orilla reconocieron aquella parte del bosque. Se pusieron en marcha y, poco después, descubrieron su casa a los lejos. Echaron a correr, entraron y se abrazaron a su padre, que estaba solo porque la madrastra, harta de pasar hambre, hacía tiempo que se había marchado.

El padre estaba muy arrepentido de lo que había hecho y llorando les pidió perdón. Como respuesta, Gretel vació sus bolsillos y las perlas y piedras preciosas se esparcieron por el suelo. Hänsel hizo lo propio. Con aquel tesoro, sus penas se acabaron y, en adelante, los tres vivieron muy felices.

FIN

Kitete, el hijo de Shindo

Kitete def2

Ilustración: Mónica Pereiro

Había una vez, una mujer chagga, llamada Shindo que vivía en un pueblo al pie del monte Kilimanjaro. Era viuda y no había tenido hijos y como vivía sola, siempre estaba muy cansada, ya que tenía que encargarse de todo. A diario limpiaba su casa y barría el patio, daba de comer a las gallinas; iba al río a lavar la ropa; acarreaba agua del pozo; cortaba la leña; cocinaba…

Cada noche, al ocultarse el sol, Shindo elevaba su vista hacia el monte y rogaba:

—¡Gran Espíritu de la montaña!, estoy cansada. ¡Envíame ayuda!

Cierto día en el que Shindo limpiaba el huerto de malas hierbas, apareció a su lado, de repente, un hombre que habló así a la sorprendida mujer:

—Soy mensajero del Gran Espíritu de la Montaña. Siembra estas semillas de calabaza y cuídalas, porque ellas son la respuesta a tus plegarias.

Dicho esto, desapareció.

Shindo se preguntó: “¿Cómo podrán ayudarme unas semillas de calabaza?», pero igualmente las sembró y las cuidó con esmero.

Asombrada, veía cómo crecían día a día. Tanto, que una semana más tarde, las calabazas ya habían madurado.

La mujer las cortó y se las llevó a su casa, les quitó la pulpa y las dejó huecas. Una vez preparadas, las colgó de una viga. Allí se secarían y se endurecerían y, cuando ya estuvieran listas, las vendería en el mercado para ser usadas como cuencos o jarras.

Separó y reservó para ella la calabaza más pequeña y la colocó junto al fuego para que se secara más rápidamente.

A la mañana siguiente, Shindo se marchó al campo a sembrar y mientras ella no estaba, las calabazas empezaron a cambiar. Les crecieron cabezas, brazos y piernas y, en poco tiempo, aquellas calabazas se habían trasformado en niños.

También la calabaza que Shindo había dejado junto al fuego, era ahora un niño y oyó como los otros lo llamaban desde la viga de la que pendían:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete ayudó a bajar a sus hermanos y hermanas de las vigas y ya en el suelo, los niños salieron de la casa y todos empezaron a cantar y a jugar en el patio…

Todos menos Kitete, que como había estado tan cerca del fuego, ahora era un niño débil y enfermizo, al que le costaba entender las cosas. Así, que mientras sus hermanos y hermanas cantaban y jugaban, Kitete los observaba sonriente, sentadito en la puerta de la casa.

Al poco, los niños dejaron de divertirse y pusieron manos a la obra: limpiaron la casa, barrieron el patio, alimentaron a las gallinas, lavaron la ropa en el río, acarrearon el agua del pozo, cortaron leña y cocinaron para que Shindo tuviera la comida preparada al regresar.

Cuando todo estuvo hecho, Kitete ayudó a sus hermanos a colgarse de la viga y poco después, todos eran de nuevo calabazas.

Al llegar Shindo aquella tarde, los vecinos le preguntaron:

—¿Quiénes eran esos niños que estaban hoy en tu casa? ¿De dónde han salido? ¿Por qué te ayudan con el trabajo de casa?

—¿Qué niños? ¿Os reís mí?» —contestó Shindo muy enojada.

Pero al entrar en su casa, se quedó atónita. ¡Todo el trabajo estaba hecho y su comida preparada! ¿Quién podía haber hecho aquello?

Al día siguiente, la historia se repitió. En cuanto Shindo se marchó, las calabazas se convirtieron en niños y gritaron a coro:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete los descolgó, jugaron un rato, terminaron las labores de la casa de la casa, subieron a la viga, y todos se convirtieron en calabazas de nuevo.

Una vez más, Shindo quedó desconcertada y decidió descubrir quién la estaba ayudando.

Al tercer día, Shindo fingió que se marchaba, pero en lugar de dirigirse al campo, se escondió para observar qué sucedía. Entonces vio a las calabazas convertirse en niños, y oyó como gritaban:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Salieron de la casa, jugaron, hicieron los trabajos caseros y después, con la ayuda de Kitete, empezaron a encaramarse a la viga.

—¡No, no! —les dijo Shindo llorando— ¡No os transforméis de nuevo en calabazas! Seréis mis hijitos y os cuidaré y os querré.

Desde ese día, los niños se quedaron con Shindo, como sus hijos y ella ya nunca más estuvo sola. Todos juntos trabajaron tanto, que pronto mejoró la economía de la casa, y pudieron comprar un campo y un gran rebaño de ovejas y cabras. Todos hacían algo, excepto Kitete, que se quedaba junto al fuego sonriendo.

A Shindo esto no le importaba. De hecho, Kitete era su favorito, porque era como un tierno bebé. Pero en ocasiones, cuando ella estaba cansada o triste, pagaba su mal humor con él.

—¡Eres un niño inútil! —le decía— ¿Por qué no puedes ser inteligente como tus hermanos y hermanas, y trabajar como ellos?

Y Kitete la miraba y sonreía.

Un día que Shindo llevaba una gran olla a la cocina, tropezó con Kitete y se cayó al suelo. La olla de arcilla se hizo añicos y el guiso se esparció por todas partes.

—¡Muchacho tonto! —gritó Shindo— ¡Te tengo dicho que no te cruces en mi camino! Pero, ¿qué puedo esperar de ti si no eres un niño de verdad? ¡Solo eres una calabaza hueca!

En ese mismo instante, Kitete desapareció y en su lugar quedó la pequeña calabaza.

—¿Qué he hecho? —se lamentaba Shindo acariciando la anaranjada superficie— ¡No quería decir eso! Tú no eres una calabaza, tú eres mi hijito querido.

Los hermanos y hermanas de Kitete se miraron entre ellos, y todos subieron de un salto a la viga y al unísono gritaron:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Pasó el rato y nada sucedía. Hasta que, de repente, la pequeña calabaza empezó a cambiar: le creció una cabeza, luego unos brazos, y finalmente unas piernas. ¡De nuevo era Kitete!

Shindo aprendió la lección, Kitete era distinto, pero no por ello menos valioso que el resto de sus hijos. A partir de entonces, tuvo mucho cuidado en repartir su amor entre todos por igual y ellos, a su vez, le ofrecieron consuelo y felicidad, durante el resto de sus días.

FIN