hijas

La herencia

Ilustración: Marmaladecookie

En un lejano país vivía una reina que tenía tres hijas y quería elegir a una de ellas como su heredera. Era una decisión terriblemente difícil, porque los tres eran muy inteligentes, muy valientes y todas tenían la misma edad, pues eran trillizas, de modo que no había forma de decidirse.

Entonces preguntó a una gran maga y esta le sugirió que sometiera a las tres a una prueba para decidir cuál de ellas sería la más adecuada para gobernar el reino.

La reina se fue a su casa, reunió a su alrededor a sus tres hijas y les hablo así:

—Queridas hijas, debo emprender un largo viaje. Tal vez me ausente un año, dos o incluso tres… Os entrego a cada una de vosotras una bolsa. Dentro de ella hallareis unas semillas que a mi regreso os reclamaré. Aquella de vosotras tres que mejor las haya protegido, heredará el reino.

Dicho esto, la reina partió de viaje.

La primera hija pensó: «¿Qué haré con estas semillas? Ha dicho que debemos protegerlas». Y se le ocurrió que la mejor forma de hacerlo era encerrarlas en la caja fuerte en la que se guardaban las joyas y los tesoros más valiosos del reino.

La segunda hija pensó: «Si las guardo como ha hecho mi hermana, morirán, y una semilla muerta no sirve de nada; deja de ser una semilla». Y decidió que lo mejor que podía hacer era ir al mercado y vender las semillas. El dinero que obtuvo por ellas, lo guardó en la caja fuerte mientras se decía: «Cuando mi madre la reina regrese, iré al mercado con este dinero, compraré semillas nuevas, las mejores que encuentre, y se las devolveré, y serán incluso mejores que las que ella me ha entregado al partir».

La tercera hija se dirigió a los jardines del palacio y esparció las semillas por todas partes.

Pasaron tres largos años y la madre regresó.

La primera hija abrió la caja fuerte. Todas las semillas estaban muertas, apestaban. Al verlas, la madre le preguntó:

—¿Son éstas las semillas que te di? ¡Eso es imposible! ¡Estas no son mis semillas! Huelen muy mal; están muertas.

La segunda hija tomó el dinero que había guardado, corrió al mercado, compró las mejores semillas que pudo encontrar y regresó para entregarlas a su madre:

—Estas son semillas muy buenas, frescas, con muchas posibilidades… Pero no son las semillas que yo te di. Tu idea ha sido buena, pero no es lo que yo esperaba.

La reina, finalmente, se dirigió a su tercera hija y le preguntó:

—Veamos, ¿tú qué has hecho con las semillas?

La joven llevó a su madre al jardín; en él, cientos de flores crecían lozanas, esparciendo su aroma en el aire. Había flores por todas partes.

—Estas son las semillas que me entregaste. Si me das un poco de tiempo, las reuniré de nuevo y te las devolveré.

La madre, emocionada ante aquel hermoso jardín que su hija había hecho florecer, dijo:

—Tú serás la heredera de mi reino, hija mía. Tú has sabido comprender que plantar las semillas y cuidarlas es el único modo de obtener grandes frutos de ellas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La herencia» con la voz de Angie Bello Albelda

Matryoshka

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Ilustración: PoisonApple

Allá por el siglo XIX, en el centro de la helada Rusia, vivió un artesano que, tal y como habían hecho antes sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos y todos sus antepasados desde que la memoria es memoria, se dedicaba a trabajar la madera para convertirla en los más variados objetos.

El viejo Serguei, que así se llamaba aquel maestro, fabricaba muebles, mangos para cuchillos y herramientas, juguetes, instrumentos musicales, zapatos, bastones… Cualquier cosa que a alguien se le pasara por la imaginación, él la tallaba en madera.

Cada domingo, muy de mañana, se internaba en el bosque cercano y allí recogía la madera necesaria para toda la semana. Era tan ducho que, de una sola ojeada, sabía cual sería la más adecuada para cada pieza.

Aquel frío domingo de enero amaneció con una terrible ventisca. La nieve recién caída volaba de acá para allá, golpeando con fuerza los cristales de la cabaña, como pidiendo a gritos que la dejaran entrar para calentarse junto a la chimenea. A pesar del mal tiempo, Serguei no faltó a su cita, y aunque el frío helaba sus viejos huesos y apenas se veía a un palmo de distancia, el carpintero salió de su cabaña y tomó, bien abrigado, el camino que conducía al bosque.

Iba recorriendo el suelo con la vista mientras se internaba en la floresta, pero solo distinguía pequeñas ramas y troncos medio podridos, que sobresalían aquí y allá de la espesa nieve y que, a lo sumo, le servirían para avivar el fuego de la chimenea.

No parecía que aquel fuera un buen día para encontrar madera pero, de pronto, Serguei se fijó en un montón de nieve del que sobresalía una rama de tilo y se acercó a él.

Escarbó con las manos enguantadas el blanco manto y dejó al descubierto el tronco más precioso que había visto en su vida. Parecía brillar con luz propia, como si en su interior, la savia aún estuviera viva.

Serguei se lo cargó al hombro y desanduvo el camino de regreso a su casa. Mientras caminaba, pensaba que de aquel trozo de madera extraordinario obtendría una pieza única, aunque todavía no tenía ni idea de lo que fabricaría con él. De lo que sí estaba seguro, era de que sería algo muy, muy especial.

Los dos días siguientes los pasó el pobre Serguei dando vueltas y más vueltas a la cabeza. No podía comer; no podía dormir. Tal era su obsesión por aquel tronco.

Finalmente, la noche del martes, rendido por el cansancio, se quedó dormido como un tronco —¡no podía ser de otro modo!— y soñó que fabricaba una preciosa muñeca con la blanca madera que había encontrado.

Al abrir los ojos, lo primero que hizo fue colocar el tronco sobre la mesa de trabajo y, sin perder ni un segundo, empezó a tallarlo delicadamente.

Después de una semana de arduo trabajo, la muñeca quedó terminada. Estaba tan orgulloso del resultado, que Serguei decidió que no la vendería, sino que se la quedaría para que le hiciera compañía. Le puso el nombre de Matryoshka.

Cada mañana, al levantarse y antes de empezar sus tareas, Serguei daba los buenos días a su muñeca:

—Buenos días, Matryoshka.

Día tras día, repetía su saludo y un día, de pronto, oyó un susurro que le respondía:

—Buenos días, Serguei.

El carpintero pensó que soñaba y repitió:

—Buenos días, Matryoshka.

—Buenos días, Serguei  —respondió nuevamente la muñeca de madera con un hilo de voz.

Serguei aún no daba crédito a sus oídos y tomó entre sus manos la muñeca para comprobar que era ella la que hablaba y no su imaginación, que le jugaban una mala pasada.

—Matryoshka, ¿hablas tú?

—Sí, Serguei.

Y, desde aquel día, la soledad del artesano se llenó con las palabras y risas de la pequeña Matryoshka, que alegraba su vida.

Pasó un tiempo de felicidad hasta que, una mañana, Matryoshka se despertó muy triste.

—¿Va todo bien, Matryoshka? —preguntó preocupado el carpintero.

—Pues no mucho, Serguei —respondió Matryoshka— Quisiera tener un bebé.

—¿Un bebé? Pe…, pe…, pero piensa, que los bebés están en la barriga —añadió Serguei— y para ponerlo ahí, tendría que abrirte y extraer la madera que hay en tu interior. Eso no sería nada fácil y, además, te dolería.

—Bueno, en la vida, las cosas que de verdad importan, se obtienen con esfuerzo y, en ocasiones, ese esfuerzo acarrea un poquito de dolor —repuso con dulzura Matryoshka.

¿Qué podía hacer el maestro? Aunque jamás había tallado un bebé para una muñeca, le dijo:

—Está bien, lo intentaré.

—Gracias. Me gustaría que fuera una niña.

—Pues una niña será.

El viejo Serguei extrajo cuidadosamente la madera del interior de Matryoshka para hacer una muñeca que fuera su hijita y se le pareciera, aunque la talló un poco más pequeña. La llamó Tryoshka.

A partir de entonces, cada mañana, al levantarse, saludaba:

—Buenos días, Matryoshka. Buenos días, Tryoshka.

—Buenos días, Serguei —respondían ambas al unísono.

Pero ocurrió que Tryoshka también quiso tener un bebé. De modo, que Serguei extrajo la madera de su interior y fabricó una muñeca casi igual que ella, pero aún más pequeña, a la que puso por nombre Oshka.

Al cabo de un tiempo, también Oshka quiso tener una hijita

Cuando Serguei la abrió, se dio cuenta de que ya solo quedaba un pedacito de madera diminuto, no más grande que un garbanzo y que únicamente podría tallar una última muñeca.

El artesano, entonces, tuvo una idea: fabricó un pequeño muñeco y, antes de terminarlo, pintó en su cara un enorme bigote y lo puso ante el espejo diciéndole:

—Tú eres un niño y te llamarás Ka. De ti ya no podrá salir una hija.

A continuación, abrió a Oshka y puso en su interior a Ka. Cerró a Oshka y abrió a Tryoshka. Puso a Oshka en el interior de Tryoshka y la cerró. Abrió a Matryoshka y puso a Tryoshka dentro de ella. Finalmente, cerró a Matryoshka y la colocó junto a su cama, sobre la mesita de noche.

Los cinco fueron muy felices hasta que, una noche, Serguei se quedó dormido para siempre y, entonces, Matryoshka desapareció para siempre y nadie, jamás, ha vuelto a saber de ella.

Pero, ¡quién sabe! Quizá decidió mudarse a un museo o a una tienda de antigüedades. O tal vez esté viviendo en la estantería de una vieja librería. Así que estad muy atentos, y si os encontráis  algún día una matryoshka que os habla, sabréis que es ella; la primera.

FIN