hipopótamo

La astucia de la tortuga

Ilustración: TehChan

El elefante y el hipopótamo eran muy bueno amigos y siempre comían juntos. Como eran tan grandes, comían mucho y para el resto de animales quedaba poco. Pero aún quedaba menos para la pobre tortuga, tan lenta ella, que como llegaba siempre la última,  siempre andaba con el estómago medio vacío.

Y como dicen que el hambre aviva el ingenio, la tortuga ideó un plan para proveer su despensa durante una larga temporada.

Una noche, mientas el elefante y el hipopótamo se daban el gran banquete, la tortuga se acercó a ellos:

—Feliz cena, amigos, ¿qué tal? —saludó—. En verdad sois una pareja grande y fuerte, aunque ninguno de vosotros dos es tan fuerte como yo. Me apuesto algo, a que ni el uno ni el otro es capaz de sacarme del agua tirando de esta cuerda. ¡Me apuesto cien kilos de hierba fresca!

El elefante, al ver lo pequeña que era la tortuga, no tuvo ni la más mínima duda:

—Muy bien, acepto tu apuesta y la subo. Si no soy capaz de sacarte del agua, no te daré cien kilos de hierba, ¡te daré quinientos!

Así pues, se despidieron y a la mañana siguiente se encontraron en el río tal y como habían acordado. La tortuga ató la cuerda alrededor de su pata y se sumergió en las aguas del río mientras el elefante la observaba, sujetando con su trompa el otro extremo de la cuerda.

Ya dentro del agua, y como la tortuga conocía a la perfección aquel lugar, se sumergió hasta el fondo y, rápidamente, desató la cuerda de su pata y la ató con fuerza a una enorme roca que había en el lecho del río y permaneció sumergida a la espera.

No tardó el elefante en tirar de la cuerda. Primero con suavidad, después con todas sus fuerzas y durante mucho rato. Cuando el exhausto elefante estaba a punto de rendirse, ¡chas!, la cuerda se rompió. La tortuga, que esperaba aquel momento, desató la cuerda, la volvió a anudar alrededor de su pata y se dirigió a la superficie sin mostrar ningún signo de cansancio. Arriba, todos pudieron comprobar que el elefante había sido incapaz de vencer a su pequeña contrincante, así que al paquidermo no le quedó más remedio que pagar el precio acordado en la apuesta.

Feliz marchó la tortuga a su casa y el elefante tras ella con toda la carga de hierba.

Pasaron algunos meses y la despensa de la pequeña tortuga volvió a vaciarse, así que pensó en utilizar el mismo truco para obtener más provisiones, está vez, engañando al hipopótamo.

El hipopótamo estuvo de acuerdo, pero recordando lo que había ocurrido meses antes con su amigo el elefante, le dijo a la tortuga:

—Acepto tu apuesta, pero esta vez seré yo el que me quede en el agua tirando de la cuerda mientras tú permaneces en tierra. Y como estoy seguro de mi fuerza, en lugar de quinientos kilos de hierba fresca, te daré mil si logras ganarme.

La tortuga aceptó el trato.

A la mañana siguiente, la tortuga ató una soga nueva alrededor de su pata y corrió hacia las altas hierbas que rodeaban el río. Mientras, el hipopótamo sujetó el otro extremo con su enorme bocaza y se sumergió con parsimonia en el agua.

Tan pronto como la tortuga estuvo fuera del alcance de las miradas de los testigos curiosos, desató la cuerda de su pata y la anudó alrededor del tronco de un gigantesco árbol.

Cuando el hipopótamo empezó a tirar de la soga, esta permaneció firmemente atada y por más que tiró y volvió a tirar de ella, el hipopótamo no pudo hacer nada.

Cansado y jadeante, se rindió. Salió del río echando agua por la nariz. En cuanto la tortuga oyó sus jadeos, desató la cuerda, la anudó a su pata y salió de entre los matorrales.

El hipopótamo tuvo que admitir que la tortuga era más fuerte que él y pagar la deuda.

Tanto el elefante como el hipopótamo estuvieron de acuerdo en que era mejor tener a la tortuga como amiga que como enemiga, ya que era el animal más fuerte de aquel lugar y así se lo dijeron.

—De acuerdo —aceptó la tortuga—. Seré vuestra amiga y viviré cerca para poder protegeros y vosotros, a cambio, llenaréis mi despensa. Pero como me será un poco difícil atenderos a los dos a la vez, he decidido que mientras yo protejo al hipopótamo en e l agua, una de mis hijas hará lo propio con el elefante en tierra.

Es por este motivo que, desde ese día, existen las tortugas de tierra y las tortugas de agua. Y si os fijáis, las últimas son mucho más grandes, pues la sabia tortuga de esta historia eligió el agua porque, aunque veces en la tierra la comida escasea, siempre es posible pescar algún que otro pez.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La astucia de la tortuga» con la voz de Angie Bello Albelda