historias ciertas

La historia secreta de los árboles. Baobab

Ilustración: FatesBR3AK

Tuve conocimiento al tercer día, del drama de los baobabs.
Fue también gracias al cordero y como preocupado por una profunda duda, cuando el Principito me preguntó:
—¿Es verdad que los corderos se comen los arbustos?
—Sí, es cierto.
—¡Ah!, ¡qué contento estoy!
No comprendí por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el Principito añadió:
—Entonces se comen también los baobabs.
Le hice comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab.
Esta idea del rebaño de elefantes hizo reír al principito.
—Habría que poner los elefantes unos sobre otros…
Y luego añadió juiciosamente:
—Los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos.
—Es cierto. Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?
Me contestó: «¡Bueno! ¡Vamos!» como si hablara de una evidencia. Me fue necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí mismo este problema. El Principito,
Antoine de Saint-Exupéry

¡No me mires así, por favor!, ¿acaso no te han dicho que hacer eso es de muy mala educación?

Sí, ya lo sé, los baobabs somos árboles un poco raros. Yo, sin ir más lejos, he tenido que oír las cosas más extravagantes y variopintas sobre el aspecto de mi especie durante los mil ciento veinticuatro años de mi existencia: que si parecemos elefantes momificados; que si somos fósiles; o espejismos; o columnas de un templo derribado… ¡Pero si hasta nos han llamado árboles botella porque en nuestro interior podemos almacenar miles de litros de agua!

Tal es la imaginación de los humanos que incluso, una vez, alguien afirmó que los baobabs estábamos plantados del revés y se atrevió a inventar una leyenda que cuenta que fuimos castigados por los dioses por ser tan vanidosos y creernos los árboles más hermosos del mundo. Los dioses, cansados de nuestra soberbia, nos arrojaron a la Tierra desde lo alto del cielo y, al caer, nos quedamos con las raíces hacia arriba.

Pero todas estas cosas las dicen los humanos porque no conocen la verdadera historia de los baobabs, ¡y eso que se la hemos contado miles de veces a los guardianes de la memoria!, los más sabios de entre los sabios enterradas bajo nuestra sombra. A ellos les susurramos nuestros secretos cuando la soledad invade el campo, justo cuando el sol asoma por el horizonte. Después, el viento, que todo lo oye, los va esparciendo por la sabana, porque el viento no sabe guardar secretos.

Si quieres saber nuestra verdadera historia, presta atención…

Cuando además de los humanos el pueblo de los grandes vagaba sobre la Tierra y plantaba enormes baobabs, Sihiri, la hechicera más poderosa de entre todos ellos, fue consultada por la reina Refayawa porque el pueblo de los altos era cada vez más numeroso y ya no había suficiente comida para todos en el planeta. Los frutos escaseaban y animales, humanos y gigantes pasaban hambre.

—¡Oh!, madre Sihiri, la que todo lo sabe, la que lee en la arena y descifra las nubes, ¿qué debemos hacer?

La maga le pidió a la reina dos días para responder y, acto seguido, se marchó al límite del desierto para meditar bajo un viejo baobab y escuchar el consejo de los más sabios.

Pasado el plazo, regresó y habló así:

—Excelsa Soberana, la más sabia, la que empequeñece a los gigantes más gigantes, leí la arena y descifré las nubes. Consulté a los más sabios, los que duermen bajo los baobabs, y el viento me entregó su mensaje:

Marchar a un planeta hecho a vuestra medida debéis;

allí no os faltará comida; allí felices seréis.

Mil años de norte a sur y mil de este a oeste tardareis en recorrerlo.

Se halla a un millón de pasos de gigante, justo al girar la esquina de los sueños.

Nunca es de noche porque lo alumbran siete soles.

Su nombre es Mafarkai y ya os aguarda.

—¿Pero cómo llegaremos hasta ese planeta, madre Sihiri?

—El polen de belladona, mezclado con humo de lapislázuli y flor de adelfa nos conducirá en su regazo. Beberemos la pócima mágica desleída en el agua de lluvia que guardan en su corazón los baobabs y esperaremos a que los oscuros yawo nos muestren el camino.

Y así sucedió. Sihiri preparaba la fórmula mágica y la entregaba a los gigantes. Los gigantes, al recibirla, arrancaban los baobabs y la echaban en su interior para que se deshiciera. Después, usando los baobabs de botella, bebían y esperaban a que los yawo los transportaran en su seno de oscuridad hasta Mafarkai.

A medida que los gigantes se quedaban dormidos y se elevaban del suelo, los baobabs caían de sus manos y hundían sus raíces nuevamente en la tierra.

Los humanos que vieron caer los baobabs desde las alturas pensaron que los dioses los lanzaban desde el cielo y aunque la gente de la Tierra tiene dos orejas, jamás ha aprendido a escuchar lo que les cuenta el viento, así que nunca supieron la verdadera historia de los baobabs y los gigantes e inventaron sus propias leyendas.

Hay que saber, sin embargo, que algunos gigantes sí consiguieron llevarse los baobabs con ellos a su nuevo hogar y allí los replantaron. ¡Cosa terrible!, porque Mafarkai está situado a un tiro de piedra del asteroide B-612 y cuando el cierzo sopla, las semillas de baobab vuelan directamente hasta allí y es por esto por lo que el pequeño Príncipe tiene tanto trabajo arrancándolos antes de que se hagan demasiado grandes.

En la Tierra, nadie jamás ha vuelto a ver gigantes, ellos viven ahora donde el sol nunca se pone. Atrás dejaron, dormidos bajo los viejos baobabs caídos del cielo, a los más sabios de entre los sabios. Ellos escuchan mientras nosotros, los baobabs, les contamos los antiguos secretos que, después, la voz del viento esparce por la sabana.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?