historias

Un bosque de cuentos

Ilustración: CindysArt

Érase una vez una niña pequeña que importunaba a todo el mundo para que le contara un cuento. Pedía cuentos a su madre, a su abuela, a su tía, a su padre, a su abuelo y hasta a la vecina. A quienquiera que encontrara en su camino, le pedía que le contara un cuento. Pero no todos tenían ganas de contar cuentos, así que solían poner alguna excusa para escapar de aquella pequeña amante de las historias.

Como aquel día no consiguió que nadie le contara un cuento, la niña, muy triste, se encaminó hacia el bosque que se extendía muy cerca de su casa.

En el bosque se encontró con un cuclillo, que posado sobre una rama gritaba:

—¡Cucú! ¡cucú!

—Explícame por qué cantas siempre la misma canción —le dijo la niña.

Entonces el cuclillo le contó su historia.

—Hace mucho, mucho tiempo, un cuclillo volaba con su huevo en el pico y como no sabía dónde colocarlo, lo puso en un nido extraño. De ese huevo salió un pequeño cuclillo, que creció y creció y se hizo más grande que los papás pajaritos que lo alimentaban. El nido se le quedó pronto pequeño al joven cuclillo y, entonces, arrojó fuera a los pequeños pajaritos hermanos que habían crecido junto a él. Sin embargo, el buen espíritu del bosque, el que todo lo ve, le dijo: «Como castigo por lo que has hecho, nunca vivirás en un nido propio. Tus huevos los llevarás en el pico por el aire y los abandonarás en nidos ajenos. Tus hijos no te conocerán, pero siempre te llamarán: ¡Cucú! ¡cucú! Por eso cantamos siempre la misma canción. ¡Cucú!, ¡Cucú! Chilló el pájaro alzando el vuelo.

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera? —preguntó la niña.

—¡Cucú! ¡Cucú! —se oyó a lo lejos.

La niña no supo qué pensar y siguió andando hasta penetrar más profundamente en el bosque.

Caminando, caminando llegó hasta un grupo de altos abetos. Bajo sus pies crujía una alfombra de pardas agujas. En lo alto, soplaba el viento entre las frondosas copas de aquellos altivos árboles gigantes. Bajo ellos, en la más profunda oscuridad, se alzaban tres abetos chiquitos, que tenían únicamente una ramita verde.

—¿Por qué tenéis solo una rama verde? —preguntó la pequeña.

Uno de los tres abetos tomó la palabra y dijo:

—Nosotros somos los abetos más jóvenes de este bosque y queríamos elevarnos los tres juntos hacia el sol, pues habíamos oído que era muy hermoso. Nos pusimos nuestros vestidos de fiesta y extendimos los brazos para subir, pero nuestros hermanos mayores nos cerraron el paso. «¡El sol nos pertenece! —nos dijeron—. Nosotros somos más grandes y hermosos que vosotros. ¡No podéis pasar!». Orgullosos, se elevaban cada vez más alto, más alto, hasta llegar al sol. «¡Dejadnos subir a nosotros también! —les rogábamos cada día—. Solo queremos que nos caliente un rayito de sol». Pero ellos nos ocultaban con sus ramas, para que el sol no pudiera encontrarnos. Nuestros vestidos verdes se fueron cayendo a causa de la pena y ya solo nos queda una rama verde, que pronto perderemos también. Cuando eso pase, moriremos.

Entonces preguntó la niña:

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera?

Los tres pequeños abetos guardaron silencio, pero dejaron caer algunas agujas de sus ramas y pareció que lloraban.

La pequeña arañó la tierra con cuidado alrededor de los pequeños abetos, desenterró sus raíces y los arrancó de la tierra, uno después de otro. A continuación, los plantó de nuevo en un claro del bosque y los regó con agua del manantial.

Al ver aquellos tres pequeños arbolitos desvalidos, el sol se apiadó de ellos y los acarició con sus cálidos rayos diciendo:

—Mis rayos tejerán para vosotros el más hermoso vestido verde y pronto creceréis fuertes. Yo os vigilaré de la mañana a la noche.

Siguió la niña su camino. El sendero que atravesaba el espeso bosque parecía no tener fin.

De repente, en medio del camino se encontró con una pequeña ardilla asustada.

—¿Qué te ocurre? —preguntó la niña.

Y la ardilla le dijo:

—En un lejano bosque, entre hojas verdes, hay un árbol y sobre él, una casita redonda. En ella, vivía yo con mi mamá y mis cuatro hermanos. Cuando salía a buscar comida, mamá siempre nos advertía: «No salgáis hasta que yo regrese a casa». Mis cuatro hermanos siempre obedecían, pero yo solo miraba al exterior a través de la puerta redonda. Las hojas, el cielo, el viento… Todos me saludaban diciendo: «¡Sal, te contaremos un cuento!». Un día me escapé. Escuché y escuché cuentos, saltando de árbol en árbol, y, sin darme cuenta, me encontré en medio de este bosque sin saber regresar. ¡Estoy perdida y solo quiero ir con mi mamá!

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera? —preguntó la niña.

De pronto, la pequeña rompió a llorar y gritó:

—¡Mamááááááá!

Dio media vuelta y desanduvo el camino que había recorrido. Corrió y corrió por el bosque hasta quedarse sin aliento y al llegar a su casa, se lanzó a los brazos de su madre. Le contó su aventura en el bosque y los cuentos que allí había escuchado… ¿O tal vez eran historias verdaderas? La pequeña no lo sabía, pero lo que sí sabía es que lo que allí oyó, lo recordaría durante toda su vida.

FIN

La niña y el manzano

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Ilustración: Reowyn

Esta historia pasó en un tiempo en el que los árboles eran universos y la humanidad aún los respetaba. Un tiempo en el que los hombres se sentaban bajo sus frondosas copas y escuchaban las historias que les contaban.

Pasó en un país en el que los árboles saludaban, agitando sus ramas, a la Luna que se escondía y al Sol que se asomaba. Se desperezaban lavando sus hojas somnolientas en ríos cristalinos y ofrecían sus frutos a todo aquel que tuviera hambre, sin pedir nada a cambio.

En ese tiempo y en ese lugar, vivió un árbol enorme. Era un manzano y su mejor amiga era una niña. Ambos, el árbol y la niña, se querían con locura.

Cada día, sin faltar jamás a su cita, la pequeña visitaba a su amigo y él la mecía en sus ramas, susurrándole al oído cuentos de piratas y ogros; de príncipes y princesas; de brujos, hechiceras y fantasmas.

La niña escuchaba embelesada y con su imaginación volaba hacia lejanos países, en los que vivía fascinantes aventuras.

Trepaba por el tronco del manzano y, acurrucada entre su fronda, se protegía de la lluvia si llovía o del calor del sol cuando abrasaba.

Pero un buen día, la niña no acudió a su cita. Dejó de ir a jugar con el árbol y olvidó sus historias.

Paciente, el manzano aguardó mucho tiempo su regreso, mientras en su tronco la tristeza iba formando arrugas.

Una mañana de primavera, la niña regresó. El árbol la saludó contento moviendo sus ramas:

—Te he echado de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No. He crecido. Ya no soy una niña para jugar con árboles. Te vengo a ver porque ahora me gustan otros juegos y necesito dinero para comprarlos.

—Lo siento, pero yo no tengo dinero.

—No, pero tienes manzanas. Si me las das, puedo venderlas y con lo que obtenga por ellas, podré comprar lo que quiero y seré feliz.

—Si vendiendo mis manzanas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La muchachada despojó al árbol de todos sus frutos y, sin mirar atrás, se alejó de allí. Vendió las manzanas y, durante un tiempo, fue feliz.

Se olvidó de su amigo y en el tronco del árbol, la tristeza dibujó más arrugas.

Pasaron algunos años, y un cálido día de verano la muchacha regresó junto al manzano. Al verla, el árbol se agitó y sus ramas crujieron de alegría:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No tengo tiempo para juegos. Soy adulta, he formado una familia y debo trabajar duro para sacarlos adelante. Te vengo a ver porque necesito un lugar en el que vivir con comodidad.

—Lo siento, pero yo no tengo una casa.

—No, pero tienes muchas ramas. Si me das permiso para cortarlas, con ellas construiré mi hogar y seré feliz.

—Si cortando mis ramas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La mujer cortó todas las ramas del árbol y se marchó sin dar las gracias. Con ellas construyó una morada para albergar a su familia y, durante un tiempo, fue feliz.

La mujer, como antes, olvidó a su amigo y en la corteza del árbol la tristeza hundió nuevamente sus garras.

Un otoño la mujer regresó junto al árbol y él, al verla, se estremeció hasta las raíces:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No puedo jugar, estoy envejeciendo y quisiera viajar antes de que sea tarde. Te vengo a ver porque necesito un barco.

—Lo siento, pero yo no tengo un barco.

—No, pero con tu tronco podría construir uno. Si me das permiso para serrarlo, con tu madera construiré una barca para surcar mares y ríos. Así seré feliz.

—Si serrando mi tronco consigues la felicidad, tómalo, amiga mía.

La mujer serró el tronco del viejo manzano y, sin despedirse, se alejó. Con la madera construyó una barca y, durante un tiempo, fue feliz.

Navegando los siete mares olvidó a su amigo y en el tocón del manzano se abrió una honda grieta de tristeza.

Se persiguieron las estaciones; se sucedieron muchas lunas; y un helado día de invierno, una anciana se acercó al lugar donde, tiempo atrás, floreciera el manzano:

—Si vienes a jugar conmigo, lo siento, pero ya no puedo ofrecerte nada, amiga mía. Ya no tengo tronco, ni ramas, ni manzanas.

—Ya soy muy vieja. No podría trepar por tu tronco, ni jugar entre tus ramas, ni morder tus frutos. Estoy muy cansada. Solo necesito un lugar en el que descansar.

—Entonces ven. Aún me quedan mis viejas raíces. Reposa tu cabeza sobre ellas y cierra los ojos, te contaré la historia de una niña y un manzano que un día…

FIN

El Árbol (o ¿por qué tenemos historias nuevas constantemente?)

En un remoto lugar de la Tierra, a salvo de la codicia humana, en un lugar que ni siquiera aparece en los GPS y que los satélites desde el espacio no pueden espiar, allí, en aquel recóndito lugar, vive el Árbol de las Historias.

El Árbol de las Historias existe desde el mismo momento en que apareció la primera palabra. De hecho, no se sabe muy bien si el Árbol nació con la primera palabra o bien la primera palabra apareció porque el Árbol brotó. Sea como sea, el Árbol lleva allí tanto tiempo, como tiempo lleva el hombre sobre la Tierra.

Su tronco es de color marrón y es retorcido. Si lo miras con atención, tienes la sensación de que de sus raíces nacen troncos y más troncos. Todos ellos se van entrelazando hacia el cielo, hasta llegar a la gran copa. Allí, infinidad de hojas se despliegan en un espectáculo magnificente de luz y color. Pero si observas con más atención, te das cuenta de que cada una de las hojas del carrujo es una historia.

De cada historia, de cada cuento, de cada narración, de cada fábula contada por un chamán, una bruja o brujo, un abuelo o una abuela, por padres, profesores, bibliotecarios y escritores… de cada uno de los que cuenta o escribe alguna, nace una nueva hoja. De este modo, el Árbol, a través de las palabras, se va nutriendo y va creciendo.

Aun así, la tierra que lo rodea está llena de hojas marrones, secas, muertas, sin vida. Todas aquellas historias que por algún motivo han dejado de contarse, las que han caído en el olvido y ya nadie guarda en la memoria, se han ido marchitando en su copa y han caído del Árbol. Pero, como ocurre en la naturaleza, esto no es tan grave; ellas son el alimento de nuevas historias.

Por ese motivo, el Árbol ha podido vivir durante tantos y tantos años. En algunas épocas se ha visto vacío, casi sin hojas, aguantando con pocas historias. En otras épocas, en cambio, su esplendor creó una sombra tan alargada, que era capaz de proteger del sol a kilómetros de distancia.

Cada cuatrocientos años el Árbol florece y da un único fruto; un fruto grande, redondo y granulado. De color naranja. No se sabe muy bien cuál es su sabor, pero cuentan las leyendas que aquel que pueda comerse el fruto se convertirá en un gran creador de historias. Algunos dicen que Cervantes, William Shakespeare, Julio Verne, Virginia Woolf o Àusias March llegaron hasta el Árbol y pudieron comer su fruto.

Allí, al pie del Árbol, vive una persona vieja como la misma Tierra, antigua como el Árbol y sabia como la humanidad entera. Esa persona tiene un solo cometido: nutrir al Árbol de las Historias. Cada día se sienta allí y le cuenta historias, cuentos, fábulas, narraciones. Así el Árbol no morirá jamás.

Conoce el Árbol a la perfección; se enamora, como el Árbol, de todas las historias escritas en las hojas; llora con el Árbol cuando una hoja se marchita y cae; y se alegra por cada nueva hoja nacida. Cuando le cuenta historias, es capaz de percibir como el Árbol se estremece de emoción y siente cómo se alimenta con las palabras.

Hay una historia que al Árbol siempre le ha gustado mucho. El hombre siempre la empieza del mismo modo:

En un remoto lugar de la Tierra, a salvo de la codicia humana, en un lugar que ni siquiera aparece en los GPS y que los satélites desde el espacio no pueden espiar…

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El Árbol» con la voz de Angie Bello Albelda

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