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Apartamento en alquiler

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Ilustración: Shmuel Katz

En un hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Pero… ¿quién vive en esa torre?

En la primera planta, vive una gallina rechoncha. Se pasa la vida en casa, dando vueltas en la cama. Está tan gorda, que le cuesta andar.

En la segunda planta, vive la señora cucú, todo el día se pasea; visita a sus hijos, que viven en otras casas.

En la tercera planta, vive una gata negra muy limpia, acicalada. En el cuello luce una cinta.

En la cuarta planta, vive una ardilla que, con parsimonia y alegría, casca nueces todo el día.

Y en la quinta planta, vivía el señor ratón. Pero hace una semana empacó sus pertenencias y se marchó. Nadie sabe adónde. Nadie sabe por qué.

Los vecinos de la torre han escrito un cartel, han clavado un clavo en la puerta y han colgado el cartel del clavo:

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Y he aquí, que por senderos, caminos y carreteras desfilan hacia la torre nuevos inquilinos.

Primero llega una hormiga, sube a la quinta planta y lee el letrero. Abre la puerta, entra y mira a su alrededor.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

—Me gusta.

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros, hormiga!

—No, no me quedo.

—¿Por qué?

La hormiga contesta:

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir yo, la hormiga, en la misma casa que una gallina perezosa? Todo el día en la cama dando vueltas, tan gorda y pesada que casi ni puede andar.

La gallina se ofende y la hormiga se marcha.

Se marcha la hormiga; llega una liebre.

Muy veloz sube a la última planta. Lee el cartel, abre la puerta, entra y observa.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta

—Entonces… ¡quédate con nosotros, liebre!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir aquí, yo, una madre de veinte lebratos. con una cucú que abandona a sus hijitos? Todos creciendo en nidos desconocidos, todos abandonados, todos desamparados. ¡¿Qué ejemplo daría a los niños?!

La cucú se ofende y la liebre se marcha.

Se marcha la liebre; llega un cerdo.

Lee el letrero: «Apartamento en alquiler», y después de leerlo, sube pesadamente y abre la puerta.

Se queda de pie, observando con sus pequeños ojillos las paredes, el techo y las ventanas.

Todos los vecinos acuden a recibirlo amablemente:

—¿Te gusta el apartamento?

—Me gusta.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta, ¡a pesar de que no está sucia!

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—No me gustan los vecinos. ¡¿Cómo voy a vivir yo, un cerdo rosado, descendiente de cerdos rosados desde que el mundo es mundo, junto a una gata negra?! Ni me sentiría cómodo, ni sería apropiado para mí.

Gritan los vecinos:

—¡Fuera de aquí! ¡Vete, cerdo! Tampoco sería cómodo ni apropiado para nosotros que te quedaras.

Se marcha el cerdo y llega una ruiseñor.

Canta con voz melodiosa. La ruiseñor sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, observa el apartamento, las paredes, el techo…

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

—No, no me quedo. Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir con calma y tranquilidad si la ardilla se pasa el día cascando nueces? ¡El ruido se oye desde lejos! ¡Terrible y horrible! Mis oídos están acostumbrados a otros sonidos, únicamente canciones y melodías.

La ardilla se ofende y la ruiseñor se marcha.

Se marcha la ruiseñor y llega una paloma.

Rápidamente, sin demora, sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, entra y observa.

—¿Te gustan las habitaciones?

—Las habitaciones… son estrechas.

—¿Te gusta la cocina?

—La cocina me gusta, aunque no es muy amplia.

— ¿Te gusta el pasillo?

—Hay muchas sombras; es un pasillo sombrío.

—Entonces… no te quedas con nosotros.

—¡Me quedo!, Y me quedo de buena gana porque me gustan los vecinos. La gallina es de buena cresta; la cucú, tan preciosa, la gata, tan limpia; y la ardilla, con sus nueces, sabe ser feliz. Yo creo que podemos vivir juntos en buena compañía, en paz y armonía.

La paloma alquiló el apartamento y, día tras día, arrulla en su casa.

Así, en este hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Y en la torre, hasta hoy, viven en paz buenos vecinos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Apartamento en alquiler» con la voz de Angie Bello Albelda

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La Cigarra y la Hormiga

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Ilustración: Vania Parada

El verano había sido muy caluroso, una magnífica estación para la Cigarra cantora. Frondosos árboles, sol brillante, días muy largos y canciones. Muchas canciones.

Entretanto, la Hormiga recolectora aprovechaba la bonanza para recoger el mayor número posible de granos, hojas y simientes con las que llenar su despensa y tener comida suficiente para el duro invierno.

Sin preocuparse de otra cosa, las dos se dedicaban afanosas a lo suyo, como si el buen tiempo no tuviera que terminar jamás.

Pero un día, las hojas de los árboles empezaron a amarillear, el aire de las mañanas se llenó de niebla y el viento, cada vez más frío, hizo temblar los árboles que, poco a poco, se fueron quedando desnudos. Las abundantes lluvias hicieron crecer los ríos e inundaron campos y sembrados.

Los días se hicieron más cortos, inequívoco anuncio que presagiaba la inminente llegada del otoño. Las aves emprendieron su largo periplo para emigrar hacia tierras más cálidas y todos los animales abandonaron la vida al aire libre para refugiarse en sus casas y afrontar bien calentitos, con la comida acumulada en sus despensas, los malos tiempos que se avecinaban.

Todos menos la Cigarra cantora…

Con aquel tiempo tan desabrido y sin espectadores, la pobre Cigarra, aterida de frío, había dejado de cantar. Estaba sin reservas, sin abrigo y sin casa. Y lo peor de todo, sin esperanzas de conseguir ninguna de esas cosas, ya que la situación, lejos de mejorar, empeoraba a medida que los días pasaban.

Un mediodía, tiritando de frío, decidió ponerse a caminar y abandonó el rincón de bosque que le había servido de hogar durante aquel verano. Andaba con mucha dificultad sobre sus patas ateridas por el frío, hasta que al cabo de un rato divisó a lo lejos una chimenea por la que salía una columna de humo y sin pensarlo dos veces, puso rumbo hacia allí.

Al llegar, la Cigarra llamó a la puerta y esperó pacientemente a que los dueños le abrieran.

Con un farolillo en la mano, asomó por fin la Hormiga y mirando a la Cigarra con el ceño fruncido preguntó con voz severa:

—¿Qué quieres de mí? ¿Por qué llamas a mi puerta?

El tono de la voz de la Hormiga no presagiaba nada bueno y tampoco daba muchas esperanzas, pero incluso así, la Cigarra se atrevió a decir:

—Tengo muchísimo frío y tengo mucha hambre. No tengo ni casa ni lugar en el que guarecerme. Tampoco tengo provisiones… ¿Podrías tú socorrerme? Sé que tus graneros están bien llenos, porque te he visto trabajar recogiendo comida durante todo el verano.

—Mis graneros no se llenaron por arte de magia. Estuve todo el verano trabajando duramente con mis manos para reunir todas las provisiones. ¿Y tú me pides ahora que comparta contigo lo que tan duramente he ganado? ¿¡Qué has estado haciendo durante el verano, cuando el sol brillaba!?

—Cantar. Mi destino es cantar durante el verano —respondió la Cigarra—. Es lo único que sé hacer. También trabajé mucho, como tú, aunque de otro modo. Alegré la vida de los que escuchaban mis canciones y ahora me veo sin nada. ¿Qué será de mí? Si no me ayudas moriré.

Pensativa, la Hormiga, recordó las largas jornadas de duro trabajo de aquel caluroso verano. Ciertamente habían sido más alegres y llevaderas gracias a la música de la Cigarra. Así que le dijo:

—Está bien, quizás tengas razón. Tú alegraste mis días con tu arte, así que es justo que cobres por ello. Entra, compartiremos las provisiones que tengo y tú pagarás tu sustento cantando.

Y así fue como la Hormiga recolectora y la Cigarra cantora compartieron casa, alimento y música durante aquel crudo invierno y después durante muchos inviernos más, dedicándose cada una a lo que tan bien sabía hacer.

FIN