hormigas

La reina de las abejas

Ilustración: Helen Stratton

Dos príncipes, hijos mayores de un rey, partieron un día en busca de aventuras y se entregaron a una vida disipada y licenciosa, por lo que no volvieron a aparecer por su casa. El tercer hijo, al que llamaban Simplón, se puso en camino, en busca de sus hermanos. Cuando, por fin, los encontró, se burlaron de él.

—¿Cómo pretendes, siendo tan simple, abrirte paso en el mundo cuando nosotros, que somos mucho más inteligentes, aún no lo hemos conseguido?

No obstante, dejaron que los acompañara.

Por el camino, encontraron un nido de hormigas. Los dos mayores querían destruirlo para divertirse viendo cómo los animalitos corrían azorados para poner a salvo los huevos; pero el menor dijo:

—Dejad en paz a las hormigas; no dejaré que las molestéis.

Siguieron andando hasta llegar a la orilla de un lago, en cuyas aguas nadaban muchísimos patos. Los dos hermanos querían cazar unos cuantos para asarlos, pero el menor se opuso:

—Dejad en paz a los patos; no consentiré que los molestéis.

Al fin llegaron a una colmena silvestre, instalada en un árbol, tan repleta de miel, que ésta fluía tronco abajo. Los dos mayores iban a encender fuego al pie del árbol para sofocar los insectos y poderse apoderar de la miel; pero Simplón los detuvo, repitiendo:

—Dejad a las abejas en paz; no toleraré que las queméis.

Al cabo de unas horas, llegaron los tres a un castillo del que decían que estaba encantado. Entraron y lo primero que vieron fue que en las cuadras había muchos caballos de piedra, pero ni un alma viviente. Recorrieron todas las salas sin encontrar a nadie, hasta que se encontraron frente a una puerta cerrada con tres cerrojos, pero que tenía una ventanilla en el centro por la que podía mirarse al interior. Dentro, se veía a un hombrecillo de cabello gris, sentado a una mesa. Lo llamaron una vez y dos, pero no los oyó; a la tercera, se levantó, descorrió los cerrojos y salió de la habitación sin pronunciar una sola palabra y, por señas, les indicó que lo siguieran. Los condujo hacia una mesa ricamente puesta. Una vez hubieron comido y bebido, llevó a cada uno de los tres hermanos a un dormitorio.

A la mañana siguiente, el hombrecillo llamó al mayor y lo condujo hasta una mesa de piedra, en la cual había escritos los tres trabajos que debía cumplir para desencantar el castillo. El primero decía: «En el bosque, entre el musgo, se hallan las mil perlas de la hija del rey. Se han de recoger antes de la puesta del sol, en el bien entendido de que si falta una sola, el que hubiere emprendido la búsqueda quedará convertido en piedra.

El mayor se pasó el día buscando; pero a la hora del ocaso no había reunido más que un centenar de perlas; y le sucedió lo que estaba escrito en la mesa: quedó convertido en piedra.

Al día siguiente, el segundo intentó la aventura, pero no tuvo mayor éxito que el mayor: encontró solamente doscientas perlas, y, a su vez, fue transformado en piedra.

Finalmente, le tocó el turno a Simplón, el cual salió a buscar entre el musgo. ¡Qué difícil se hacía la búsqueda y con qué lentitud se reunían las perlas! Se sentó sobre una piedra y se puso a llorar. De pronto, se presentó la reina de las hormigas a las que había salvado la vida, seguida de cinco mil de sus súbditos y en un abrir y cerrar de ojos tuvieron los animalitos las perlas reunidas en un montón.

Al día siguiente, a Simplón se le encomendó pescar del fondo del lago la llave del dormitorio de la princesa. Al llegar el muchacho a la orilla dispuesto a sumergirse en las negras aguas, los patos que había salvado se acercaron nadando, se sumergieron en las profundidades y, al poco rato, aparecieron con la llave pedida.

A la mañana siguiente, Simplón debía enfrentarse al tercero de los trabajos, el más difícil de todos. De las tres hijas del rey, que estaban dormidas a causa de un encantamiento, debía descubrir cuál era la más joven y hermosa, pero el caso era que las tres se parecían como tres gotas de agua, y entre ellas no se advertía la menor diferencia. De ellas solo se sabía que, justo antes de quedarse dormidas, habían comido diferentes golosinas. La mayor, un terrón de azúcar; la segunda, un poco de jarabe de caramelo, y la menor, una cucharada de miel.

En ese instante, compareció la reina de las abejas, cuyo panal Simplón había salvado del fuego, y exploró la boca de cada una. Después de revolotear sobre las tres princesas, se posó, finalmente, en la boca de la que había comido miel, con lo cual el príncipe pudo reconocer a la verdadera.

El hechizo se desvaneció en ese instante; todos despertaron, y los petrificados recuperaron su forma humana. Simplón se casó con la princesita más joven y bella, y los dos heredaron el trono a la muerte del rey. Los dos hermanos se casaron con las otras dos princesas.

FIN

La huelga de las hormigas

Hormigas en Huelga

Ilustración: Hermes

Érase una vez, una isla del Pacífico llamada Malpelo, en la que vivían un sinfín de animales. Era un remanso de paz y tranquilidad, en el que todos los habitantes tenían su espacio y no se molestaban los unos a los otros. Cada uno tenía asignadas sus responsabilidades y nadie se saltaba las normas, todos estaban siempre de acuerdo, y de no ser así —cosa que ocurría en contadas ocasiones—, convocaban una Asamblea, debatían, votaban y, finalmente, acataban de buen grado lo que decidía la mayoría.

Así transcurrían placidos los días, pero, hete aquí, que una mañana, cuando los primeros rayos de sol calentaban las piedras de la isla y con su calor empezaban a deshacer las gotas del rocío que durante la noche habían dormido en ellas, que un largo lamento despertó a todos los habitantes de aquel tranquilo paraíso.

El primero en escucharlo fue el cangrejo, que ya andaba atareado buscando su desayuno, pues era muy madrugador.

Después, el sollozo llegó a oídos de la lagartija, que levantó la cabeza para escuchar mejor, y del lagarto punteado, que, muy cerca de ella, intentaba cazar un mosquito. Ambos se miraron preocupados: había que averiguar de dónde procedía aquel extraño gemido que antes, nunca jamás se había escuchado en la isla.

—¿Quién tiene problemas? —preguntó el cangrejo.

—¿Quién necesita ayuda? —inquirió la lagartija.

—¿Quién se lamenta? —remató el lagarto punteado.

Deshecha en llanto, la Reina de las hormigas salió de debajo del musgo, se enjugó las lágrimas y les contó a los tres el porqué de sus quejas.

Las hormigas obreras de Malpelo se habían declarado en huelga porque no querían seguir transportando hacia el nido las semillas. El camino que llevaba hacia el hormiguero estaba lleno de obstáculos. Piedras, ramas caídas y algún que otro socavón, eran para ellas obstáculos casi insalvables que requerían un gran esfuerzo. Así, que se habían movilizado y, todas a una, habían decidido manifestar su disconformidad. Pintaron pancartas sobre hojas de helecho, en las que reivindicaban una mejora del camino o el cambio de ubicación del hormiguero, algo que la reina desestimó de inmediato, ya que estaba en el mismo lugar desde hacía generaciones.

Cangrejo, lagartija y lagarto, escucharon atentamente lo que contaba la Reina de las hormigas y decidieron que, siendo un asunto de tan extrema gravedad, no quedaba otro remedio que tratarlo en Asamblea Extraordinaria.

Convocaron a las aves marinas, que acudieron puntualmente con el alcatraz de Nazca en cabeza, custodiado, a derecha e izquierda, por el intrépido piquero enmascarado y el valiente piquero patirrojo.

La tiñosa negra y la gaviota reidora viajaron a lomos de la fragata real que, para no perderse, siguió la estela de la gaviota tijereta, que más que volar cortaba el aire.

Convocaron también a los peces de colores de los arrecifes coralinos, al tiburón martillo para que pusiera orden y al tiburón ballena, que delegó su voto en las tortugas marinas por miedo a quedar varado en las aguas someras cercanas a la isla.

Tampoco asistió el monstruo de Malpelo, que prefirió no aparecer, decisión que aplaudieron de forma entusiasta los delfines, ya que siempre provocaba altercados con su manía de morderles la cola.

Una vez reunidos todos los animales, cada una de las partes expuso sus razones.

La Reina de las hormigas hacía valer su rango y advertía que todas morirían de hambre si no le hacían caso y recogían semillas. También insistía en defender la ancestral ubicación del hormiguero.

Las hormigas obreras, que ganaban con creces por numero a la reina, mantenían sus quejas y volvían a manifestar, una y otra vez, lo penoso y arduo de su esfuerzo y la necesidad de mejoraras en el camino o el cambio de ubicación del nido.

Todo el mundo escuchó los argumentos, y como en todos los casos difíciles, con gran disparidad de opiniones, los animales decidieron que había que deliberar.

Los más ancianos de la isla de Malpelo se encerraron en una ostra gigante para intentar resolver el enfrentamiento. Sería complicado hallar el equilibrio y dar con una propuesta que fuera aceptada por ambas partes. Aquello no era tarea fácil. Finalmente, tras discutir durante horas, encontraron una solución.

Como cambiar el hormiguero de lugar hubiera sido muy complicado, no había otro remedio que mejorar el camino si querían mantener la paz en la isla; todos deberían colaborar para desbrozarlo y hacer más fácil para las hormigas el transporte de semillas hacia el nido.

Estuvieron de acuerdo en echar una mano, si bien, en este caso, echaron un pico las aves, una pata las arañas y demás insectos, sus colas los reptiles y cada uno colaboró como pudo en la limpieza de la vía.

En pocas semanas, el sendero quedo tan plano, que parecía una autopista y las hormigas pudieron transitar por ella sin tropiezos.

Ahora estaban felices, porque podían transportar en un santiamén las semillas al nido y aún les quedaba tiempo para descansar y divertirse. Y la Reina también estaba satisfecha, el nido seguía en el lugar de siempre y las provisiones para el invierno estaban aseguradas.

Gracias a la colaboración de todos, la calma y la tranquilidad volvieron a la Isla de Malpelo, y por lo que yo sé —y eso que ya han pasado muchos años—, el camino que limpiaron entre todos sigue igual de limpio, porque las brigadas de control que se formaron entonces, se encargan de impedir que la maleza invada de nuevo el sendero.

FIN