India

¿Por qué se rio el pez?

Ilustración: clvago

Hace mucho, mucho tiempo una Rani salió a pasear por los jardines de su palacio y al pasar cerca de uno de los estanques un pescado saltó del agua, mostrando su plateado vientre.

—¡Qué pez más hermoso! ¿Será macho o hembra? —se preguntó la Rani.

Al oír aquello, el pescado soltó una ruidosa carcajada y se sumergió de nuevo en las aguas del lago.

La Rani, furiosa porque el pez se había burlado de ella, se encerró en palacio. El Rajá al verla tan enfurecida, le preguntó qué le ocurría.

—¿Estás enferma?

—No, lo que estoy es muy disgustada. He salido a pasear por los jardines y he visto un pez saltar en uno de los estanques y al preguntarme si sería macho o hembra, el pez ha soltado una carcajada.

—¿Que un pez se ha reído? —preguntó asombradísimo el Rajá—. ¡Eso es imposible!

—Yo solo digo lo que he visto con mis propios ojos y escuchado con mis propios oídos.

—Es muy extraño. Haré averiguaciones.

El Rajá le contó al Gran Visir lo que le había ocurrido a su esposa y le ordenó que investigase hasta descubrir la verdad de todo ello. Si no lo conseguía antes de seis meses, sería desterrado para siempre.

El Visir prometió hacerlo, aunque se daba por vencido antes de empezar. Tras cinco meses de intensas investigaciones, no consiguió que nadie le explicara el motivo de la risa del pez, ni los más sabios podían hallar solución a aquel enigma, así que lo preparó todo para su definitiva partida. Le dijo a su hijo que se marchase a recorrer mundo y que no volviera hasta pasado un tiempo, cuando el Rajá hubiera olvidado aquel asunto.

El joven se despidió de su padre un mes antes de que terminase el plazo dado por el soberano; se marchó sin rumbo fijo, confiando en que el destino guiaría sus pasos.

Al cabo de unos días de marcha, se encontró con un anciano campesino que regresaba a su casa y como le pareció una buena persona, le preguntó si podía acompañarlo. El campesino aceptó la propuesta y los dos se pusieron en marcha.

Al cabo de un rato, el joven dijo al viejo:

—Creo que si, de vez en cuando, vamos contando el viaje será más distraído.

«¡Este chico está loco!», pensó el campesino sin contestar.

Poco después, pasaron junto a un campo de trigo, a punto de ser segado, y el hijo del Visir, pensativo, preguntó al campesino:

—¿Estará comido o no ese trigo?

Como no sabía qué contestar, el campesino se limitó a decir que no tenía ni idea.

Pasaron las horas y los dos viajeros llegaron a un espeso bosque. El joven sacó un afilado cuchillo y entregándoselo al campesino, le dijo:

—Amigo, ve y adquiere con esto dos hermosos vehículos, pero no olvides devolvérmelo, pues lo aprecio mucho.

Entre enfadado y divertido, el anciano rechazó el cuchillo, y preguntó a su compañero si estaba loco o trataba de parecerlo, ya que en medio de aquel bosque era imposible comprar nada.

El hijo del Visir hizo como si no oyera las palabras del campesino y continuaron ambos el camino. Al poco rato, entraron en la ciudad al final de la cual vivía el anciano.

Al cruzar el mercado, que se hallaba muy concurrido, todo el mundo miraba a los cansados viajeros, pero nadie fue capaz de ofrecerles agua ni los invitó a descansar.

—¡Qué cementerio más enorme! —exclamó el joven.

«¿Por qué llamará cementerio a un lugar tan lleno de vida?», se preguntó el campesino. «¡Está claro que está loco!», pensó el viejo. «Lo siguiente será llamar agua a la tierra y tierra al agua. O sombra a la luz y luz a la sombra».

Al poco, llegaron a un río que era necesario vadear para llegar a casa del campesino. El anciano se quitó los zapatos y cruzó tambaleándose. El joven, sin quitarse los zapatos, se metió en el agua.

«¡En mi vida había visto a un loco más loco!», se dijo el campesino.

Sin embargo, como el joven le era simpático, pensó que sería divertido presentárselo a su esposa y a su hija y le dijo que podía quedarse en su casa todo el tiempo que quisiera.

—Muchas gracias —contestó el hijo del Visir—. Pero antes de aceptar tu invitación, quisiera saber si los cimientos de tu casa son lo bastante fuertes.

El campesino levantó las manos al cielo y entró en su casa riendo a carcajadas.

—He traído a un chico que está loco de remate —­explicó a su mujer y a su hija, que habían salido a recibirlo—. Fijaos cómo estará, que antes de aceptar nuestra hospitalidad me ha preguntado si los cimientos de esta casa son lo bastante sólidos.

—Padre, ese hombre no está loco —dijo la hija, que era una muchacha muy lista— Si te ha preguntado eso ha sido para saber si tu fortuna te permitía tener un huésped sin que eso te cause un perjuicio.

—¡Comprendo! —exclamó asombrado el campesino—. Tal vez puedas ayudarme a descifrar otros enigmas. Al principio de nuestro viaje, me dijo que si contábamos de vez en cuando, el camino sería más divertido.

—Sencillo —contestó la joven—. Lo que tu compañero quería decir es que si os hubieseis contado historias, el camino se habría hecho más llevadero.

— ¡Tienes razón! ¿Puedes descifrar este otro enigma?: al pasar junto a un campo de trigo, me preguntó si el grano estaría ya comido o no.

—¿Y no comprendiste lo que quería decir? Es muy sencillo, si el propietario de aquel campo debía dinero, el producto de la venta del trigo serviría para pagar a los acreedores, lo cual sería lo mismo que si el trigo ya estuviera comido.

—¡Maravilloso! Te voy a contar otro. Atravesando un bosque, me entregó su cuchillo y me encargó que adquiriese dos buenos vehículos, pero advirtiéndome de que le devolviera el cuchillo.

—¿No son dos buenos palos un vehículo excelente cuando caminas? Al darte el cuchillo, te indicó que cortases dos ramas, pero que fueses con cuidado con su cuchillo.

—¡Magnífico! A ver si me aclaras esto también: ¡mi compañero llamó cementerio a la ciudad!

—Padre, esto también es sencillo. He visto que has llegado sediento, cansado y lleno de polvo y eso quiere decir que, aunque hoy es día de mercado, nadie os ha ofrecido ayuda. En una ciudad donde no hay hospitalidad, la gente está peor que muerta. Aunque estaba llena de seres vivos, para vosotros fue peor que un cementerio.

—¡Es verdad! —exclamó el asombrado campesino—. Te voy a contar lo último que hizo. Cuando llegamos al río, en vez de quitarse los zapatos cruzó el agua con ellos.

—Admiro su sabiduría —replicó la joven—. Muchas veces me he preguntado por qué la gente es tan tonta y se quita los zapatos y cruza descalza la corriente. El fondo está lleno de agudos guijarros y a causa del dolor producido al pisar las piedras, he visto que algunos que cruzaban el río caían dentro de él y por no mojarse los zapatos, se mojaban el cuerpo entero. Ese amigo tuyo es un hombre sabio. Me gustaría hablar con él.

—Enviaré a alguien a buscarlo.

Dicho esto, llamaron a un criado y la joven lo envió al visitante con un obsequio, compuesto de una taza de miel, doce pasteles, una jarra llena de leche y el siguiente mensaje:

«Los cimientos son fuertes. La luna está llena; doce meses son un año; el mar rebosa agua».

Por el camino, el criado se comió parte de los dulces que llevaba. Cuando encontró al joven, le dio lo que quedaba del regalo y el mensaje. El hijo del Visir lo aceptó, diciendo:

—Vuelve a casa y dile a tu ama que la luna está menguante, que un año tiene ocho meses y que la marea ha bajado.

El criado volvió junto a su ama para comunicar el extraño mensaje y ella se enfadó mucho al comprender que se había comido parte del regalo.

El hijo del Visir fue recibido en la casa con todas las atenciones y al fin de la magnífica comida que le sirvieron, contó la historia del pescado que se había reído.

—¡La risa del pez significa que en el palacio hay un hombre disfrazado de mujer que quiere matar al Rajá! —dijo la hija del campesino.

—¡Debemos volver corriendo a mi país y contarle a mi padre eso que me has dicho!

Sin perder ni un instante, el joven partió acompañado de la muchacha y, al llegar a su casa, contaron al Visir el motivo de la misteriosa risa del pez.

El pobre hombre, muerto de miedo, corrió enseguida a las habitaciones del Rajá, a quien repitió lo que le habían dicho.

—¡Eso es imposible! —exclamó el monarca.

—Es la pura verdad. Y para demostraros que no miento, haremos una prueba. Servíos llamar a todas las mujeres de palacio y haced que salten el ancho de esa alfombra. Pronto descubriremos si hay un hombre entre ellas.

Así se hizo y de todas las mujeres, solo una consiguió saltar por encima de la alfombra. Aquella resultó ser un hombre, que al momento fue detenido por los soldados del Rajá y encerrado en prisión.

Y así quedó satisfecha la Rani, contento el Rajá y el Gran Visir con su puesto.

En cuanto a su hijo, al poco tiempo se casó con la inteligente hija del campesino, y dicen las crónicas que fueron el matrimonio más feliz de aquel reino.

FIN

La muchacha que amaba a su prometido

Ilustración: Dark-Drac

Varios jóvenes de la tribu crow (cuervos) se encontraban en el sendero de la guerra. Un poco antes de llegar al sito en que el Río de las Piedras Amarillas abandona la montaña, tuvieron que librar una batalla con un ejército de pies negros.

Dos cuervos murieron en aquella batalla.

Más lejos, al atravesar el Río que Grita entre las Piedras, los supervivientes toparon una vez más con el enemigo.

Tres cuervos perdieron la vida en aquel segundo encuentro.

Águila Blanca recibió una flecha en la pierna. La herida le impedía seguir avanzando. El jefe de la expedición habló:

—Águila Blanca no puede seguir adelante. Lo dejaremos aquí hasta que su pierna se cure. No podemos esperar a que esté bien porque, si lo hacemos, nos exterminarán a todos.

Todos estuvieron de acuerdo y se acordó que si Águila Blanca no había regresado a la tribu después de la Luna en la que la Nieve entra en los tipis, se proclamaría su gloriosa muerte.

Los guerreros construyeron a Águila Blanca un refugio para que pudiera pasar el invierno sin tener demasiado frío. Le dieron todas las provisiones que pudieron dejarle y colocaron sus armas junto a él. Después partieron.

De vuelta al poblado, los guerreros contaron lo que había sucedido. El consejo de ancianos afirmó que aquellos valientes habían actuado de la mejor manera posible. Pero una joven no pensaba lo mismo. Se llamaba Lluvia Otoñal y no quería, bajo ningún concepto, abandonar a su prometido durante todo un invierno. Preguntó a los guerreros que habían formado parte de la expedición:

—¿Dejasteis a Águila Blanca muy lejos?

—Más allá de las Montañas Peinadas de Nieve —contestó uno de ellos.

—Habrá muerto de frío antes de que termine la Luna en la que la Marmota sale de su Agujero. Indícame el camino, voy a buscarlo.

El joven valiente replicó:

—El viaje es ya demasiado largo y peligroso para un grupo de guerreros, ¿cómo vas a llegar tu sola a ese sitio?

Pero Lluvia Otoñal insistió de tal forma que su el guerrero le dijo:

—Ve hasta el río de las truchas y remonta la corriente hasta el sitio en el que forma un lago. Si el hielo es suficientemente espeso, crúzalo hasta llegar a la otra orilla y alcanza la montaña en la que el agua tiene su fuente. Rodea esa elevación siguiendo el camino del sol y dirígete hacia el bosque de pinos que los castores utilizan para construir su embalse. Detrás de ese bosque, hay un pantano cubierto de nenúfares. No te aventures en él porque es muy peligroso. Camina en dirección a las dos montañas y toma el Desfiladero de la Sombras. Al final de ese paso, se eleva una roca cuya forma recuerda a un cazador al acecho. Tras esa roca, se extiende una gran llanura. Allí encontrarás a tu prometido. En esta estación solo podrás franquear ese espacio con raquetas para la nieve. No abuses de tus fuerzas y ten mucho cuidado. Los lobos merodean por esos parajes y el oso tiene su caverna muy cerca del sito donde dejamos a Águila Blanca.

Lluvia Otoñal se cargó de provisiones y se puso en camino.

La Luna de las Hojas Pobres ya estaba terminando y el Momento en el que Hay que Guardar los Víveres apenas acababa de comenzar. Lluvia Otoñal anduvo durante una luna. En sus escasos descansos se calentaba poco y comía lo menos posible para no empobrecer lo que destinaba a Águila Blanca.

Al llegar a la gran llanura, hacía estragos una tormenta. Pero, a través de los copos de nieve, percibió una delgada columna de humo y pensó: «No llego demasiado tarde, todavía está vivo».

Águila Blanca se encontraba sentado ante un débil fuego. La provisión de madera tocaba a su fin y desde el día anterior no tenía comida. Lluvia Otoñal le dijo:

—He venido a ayudarte. ¿Qué necesitas?

—Tengo frío y hambre —contestó el valiente joven.

Cuando la joven reavivó el fuego y dio de comer a Águila Blanca, puso un ungüento sobre su herida.

—Así te curarás más pronto —le aseguró.

La pierna del guerrero estaba tan hinchada que no podía desplazarse más que arrastrándose sobre el vientre. Lluvia Otoñal colocó trampas durante toda la Luna de la Nieve Enceguecedora. De vez en cuando, cazaba un zorro o un castor. En esas ocasiones, ella y Águila Blanca disfrutaban de un auténtico festín. Pero la mayor parte de las veces, no conseguía capturar más que una pequeña rata almizclera. Entonces el hambre se hacía sentir.

En la Luna en la que las Ocas Remontan hacia el Sur, Lluvia Otoñal dijo:

—Ha empezado el deshielo. Construiré una canoa con ramas de sauce y pieles de ciervo. Cuando el río esté libre, volveremos a nuestra tribu. El hechicero debe creernos muertos y seguro que se prepara para cantar nuestros funerales.

Pronto el barco estuvo terminado. El hombre y la mujer ya iban a partir cuando Lluvia Otoñal percibió una partida de cazadores río abajo.

—Deben ser pies negros —dijo Águila Blanca—. Ve a esconderte en las colinas, pues si te encuentran aquí te matarán conmigo.

Lluvia Otoñal se negó a abandonar a su prometido. Pero este insistió tanto, que acordó con él:

—Me apostaré en una elevación para vigilar a los pies negros. Mientras lance el grito del coyote, no tendrás nada que temer. Pero si me oyes cantar como la lechuza, toma el cuchillo y pon fin a tus días. No quiero que te capturen vivo. Si llegaras a ese extremo, yo haré lo mismo que tú.

Durante todo el día, Lluvia Otoñal espió a los extranjeros.

A Águila Blanca le llegaba a intervalos regulares el grito del coyote. Luego, hacia el atardecer, no oyó nada más y pensó, con dolor en el alma: «Los pies negros han descubierto a Lluvia Otoñal y la han matado».

Mientras esto pensaba, la joven apareció ante él.

—Mira —le dijo—, les he robado a los pies negros un trineo y una manada de perros. Aprovecharemos la noche para partir.

Cuando la luna ascendió en el cielo, abandonaron la cabaña. Los perros eran fuertes y el trineo sólido.

Pero se levantó una tormenta de nieve y tuvieron que detenerse.

Lluvia Otoñal tapó a Águila Blanca con una manta de piel de bisonte y se acurrucó contra él para mantenerse calientes. Desaparecieron rápidamente bajo los copos. Los dos cuerpos no parecían más que un montoncito de nieve.

Por la mañana, un pájaro se posó sobre el montículo blanco y silbó una canción y los jóvenes supieron que la tormenta había pasado. Pero cuando salieron de su refugio, vieron que trineo y perros habían desaparecido.

—No importa —dijo Lluvia Otoñal—. Sube a mis espaldas, yo te llevaré.

Aunque transportaba una carga tan pesada, Lluvia Otoñal consiguió caminar tres días. Al alba del cuarto llegaron por fin a la aldea de los cuervos.

Esa misma noche Águila Blanca contó a toda la tribu todo lo que Lluvia Otoñal había hecho por él.

Aquella historia de esfuerzo y de amor quedó para siempre en la memoria del pueblo crow. Desde entonces, cuando un cuervo necesita ayuda no duda en pedírsela a su compañera.

FIN

Las desventuras de un sordo

Ilustración: maykrender

Había una vez un pastor sordo como una tapia que vivía en la India. Un día, al conducir su rebaño de ovejas hacia la montaña, se cruzó en su camino una serpiente. Al verla, enseguida pensó que aquel día le sucedería algo malo.

Y es que en la India también existen las personas supersticiosas y toparse con una serpiente, un gato negro, una persona viuda o una persona tuerta se considera un signo de mal agüero que anuncia una desgracia. En cambio, cruzarse con una vaca, un elefante, una lagartija o un bebé es signo de buen augurio que anuncia un día feliz.

Así pues, el pastor confirmó al mediodía su mal presentimiento cuando, al abrir el zurrón, se dio cuenta de que se había olvidado la comida en su casa. Justamente aquel día tenía un hambre de lobo. Esperó durante una hora porque, en otras ocasiones, su mujer, al darse cuenta del olvido, había mandado a alguien a llevársela. Pasaron dos horas y al ver que nadie acudía con su fiambrera, decidió ir él mismo a buscarla. Ahora bien, mientras estuviera fuera, ¿quién vigilaría su rebaño?

Miró a su alrededor y, en la pradera de al lado, vio a una cabrera que cuidaba cinco cabras. El pastor no la conocía de nada y no confiaba mucho en aquella mujer de aspecto desaliñado, pero como no vio cerca a nadie más, determinó pedirle que, por favor, vigilara sus ovejas:

—Buenos días, ¿serías tan amable de echarle una ojeada a mi rebaño mientras voy un momento a mi casa a por la comida? Cuando vuelva, te recompensaré por la molestia.

Lo que el pastor no sabía es que la cabera era sorda como una caldera. Pero como él mismo era sordo como el yeso, no oyó lo que la mujer le contestaba:

—¿Acaso me estás reprochando que mis cabras coman de esta hierba? ¿Qué derecho tienes tú sobre ella? ¿Es solo tuya? ¿Te crees que mis cabras se han de morir de hambre para que tus ovejas puedan engordar? ¡Pues no! Yo no me muevo de aquí. ¡Vete a paseo!

Mientras esto decía, señaló sus cabras, señaló las ovejas del pastor y, finalmente, señaló hacia la carretera.

El pastor creyó que la cabrera aceptaba la propuesta y que le indicaba que se marchara tranquilo. Y así lo hizo.

Al llegar a su casa, encontró a su esposa echada en la cama con mucho dolor. Le había sentado mal la cena y le dolía mucho la tripa. El pastor la cuidó y le hizo una tisana y cuando vio que podía dejarla sola sin tener de qué preocuparse, volvió a toda prisa al prado, donde había dejado el rebaño. ¡Quién sabe si aquella cabrera no habría aprovechado su ausencia para robarle alguna oveja!

Pero al llegar, comprobó que todos los corderos, sin faltar ni uno, estaban pastando en el mismo lugar donde los había dejado.

—Me he equivocado al poner en duda la honestidad de esa pobre mujer. Ha vigilado el rebaño como si fuera suyo así que, tal y como le prometí, la obsequiaré con un cordero. Le daré la oveja coja, que está bien gorda. Ella puede comérsela; a mí lo único que hace es molestarme, porque retrasa la marcha del rebaño.

Cargó la oveja a su espalda, y la fue a dejar a los pies de la cabrera mientras decía:

—Has sido muy amable al vigilar mi rebaño. Te estoy muy agradecido y, para recompensarte, te regalo esta oveja.

—¿Cómo? —dijo la cabrera señalando la pata del animal—. ¿Me estás acusando de haberle roto la pata a tu oveja? Que sepas que mientras has estado fuera no me he movido de aquí. ¡Ni siquiera he mirado hacia tu rebaño!

El pastor respondió:

—Sí, es verdad, la oveja es coja. Pero ¿qué importa? Es un animal joven y gordo y puede proporcionarte mucha comida a ti y a tu familia.

—¿Insistes en acusarme? —repuso la cabrera, que se iba enfurecido por momentos—. Cómo quieres que te diga que ni me he acercado a tu rebaño. Mira, ¿sabes qué?, tú y tu oveja os podéis ir a la porra. Y no me obligues a arrearte con mi cayado, ¿me oyes?

El otro, por supuesto, no oía nada de nada. Solo vio que la cabrera levantaba su cayado como si tuviera intención de pegarle y se puso en guardia.

Por suerte, antes de que las cosas fueran a más, acertó a pasar una amazona por la carretera.

Por suerte, decimos, porque en la India, cuando dos personas se pelean, le piden a una tercera que haga de mediadora.

Pastor y cabrera corrieron hacia la amazona y agarrando las riendas de su caballo, le gritaron al unísono:

—¡Detente! Para, por favor, y dinos quién de los dos tiene la razón.

El pastor decía:

—Yo solo quería regalarle una oveja a esta mujer para pagarle un favor y ella, como única respuesta, me quería pegar.

La cabrera decía:

—¡Este pastor me acusa de haber roto la pata a una de sus ovejas y yo ni siquiera me he acercado a su rebaño!

La amazona exclamaba, a su vez:

—¡Sí! Sí! ¡Lo confieso! ¡El caballo no es mío! Pero prometo que no lo robado. Lo he encontrado abandonado en la carretera y, como tenía mucha prisa, lo he tomado prestado para ganar tiempo. ¡No tenía mala intención! No os enfadéis conmigo, si el caballo es vuestro, os lo devuelvo ahora mismo. ¡Tengo prisa! ¡Me marcho a pie!

Lo cierto es que la amazona era sorda como una campana y no había entendido nada. Los otros dos, en cambio, pensaban que daba la razón a su adversario. Y cada uno la amenazaba con el puño y la sacudía para hacerla cambiar de opinión. Los tres gritaban como patos y hacían un ruido espeluznante.

Por fortuna, un brahmán de larga barba blanca apareció por la carretera. ¡Qué suerte, que llegara un hombre santo como aquel!

Los tres que se peleaban corrieron hacia él, lo saludaron con respeto y empezaron a hablar a la vez de rebaños, ovejas cojas, caballos robados…

—Os comprendo, os comprendo… —empezó el monje. Aunque esto no era exactamente así, porque él mismo era sordo como una baldosa. Y continuó—. Entiendo perfectamente lo que ocurre, pero no insistáis. Está claro que mi esposa os ha enviado para que cambie de opinión y para rogarme que vuelva a casa. Pero no hay vuelta atrás. Después de nuestra pelea de esta mañana, no quiero ver más a esa mujer. Me dirigiré al Ganges para bañarme en sus aguas y una vez me haya purificado, me retiraré a vivir a un templo. Quiero estar solo para siempre. Lo tengo bien decidido, así que no es necesario que me supliquéis más. No pienso volver a casa.

Al ver la serenidad y la calma que desprendía el anciano, los tres se callaron para escuchar lo que decía… Bueno, para escucharlo, exactamente no, pero mientras duró su discurso tuvieron tiempo para reflexionar.

La amazona pensó que el brahmán lo acusaba de ser una ladrona, como así era. Avergonzada, devolvió el caballo al lugar en el que lo había encontrado y se marchó a toda prisa a pie y sin volver la vista atrás.

El pastor también interpretó que el brahmán le afeaba haber regalado una oveja coja a la cabrera, así que decidió volver junto a su rebaño, que ya hacía demasiado rato que pastaba solo.

—Tendré que aceptar que no me dé la razón, pero está claro que en este mundo no haya ni pizca de justicia. Y todo esto me ocurre porque esta mañana me topé con aquella serpiente…

A la cabrera le pasó algo parecido, pensó que el sabio anciano le afeaba su rudo comportamiento y, por lo tanto, volvió junto a sus cabras, refunfuñando. Cuando llegó allí, vio que la oveja coja no se había movido.

—Pues mira, ¡me la llevo! Que se fastidie ese maldito pastor por el follón que ha montado y por haberme puesto de tan mal humor.

El brahmán, por su parte, anduvo hasta el siguiente pueblo, donde fue a saludar a unos amigos, que lo recibieron muy contentos. Lo invitaron a cenar y le prepararon una habitación para dormir. Al día siguiente, habiendo dormido como un rey, estaba fresco y tranquilo como una flor. Reflexionó sobre lo que había pasado con su esposa. Ahora veía las cosas de otro modo. Quizá no fuera ella la única culpable de la pelea… La rabia contra ella se le había pasado y decidió que era mejor no ir al Ganges a bañarse sino a su casa para arreglar las cosas.

Así que cada uno volvió a lo suyo y bien está lo que bien acaba.

FIN

El color de los pájaros

Ilustración: Lucky978

Cuando el mundo estaba recién hecho y el tiempo aún no se medía, los pájaros tenían las plumas exactamente iguales; todas eran de color marrón. Las aves se podían diferenciar por su nombre, por la forma de su cuerpo o por su canto. Sin embargo, cuando miraban a su alrededor, veían que en la Tierra lucían hermosos colores por doquier. Los pájaros envidiaban el azul del cielo, el verde de las praderas y del mar, los siete colores del arco iris y las vivas tonalidades de las flores en primavera.

Un día, después de mucho parlamentar sobre el color de su plumaje, los pájaros decidieron formar un comité y pedir una cita con Madre Naturaleza para que solucionara su problema.

Madre Naturaleza, los recibió enseguida, los escuchó atentamente y estuvo de acuerdo en que no les vendría nada mal un poco de color, pero les puso una condición: ella no decidiría los tonos que lucirían los pájaros; deberían ser ellos mismos los que eligieran la tonalidad. Pero, ¡cuidado!, deberían pensar muy bien cuál elegirían, ya que, al ser tantos, debería repartir entre todos la pintura y solo podría pintarlos una vez.

Una vez de acuerdo, el águila, como portavoz de los pájaros, fue la encargada de comunicar la noticia a lo largo y ancho del planeta:

—¡Atención, atención! ¡Pájaros del mundo! Madre Naturaleza cambiará el color de las plumas a todos los pájaros que así lo deseen. Nos espera a todos la próxima semana en su palacio —gritaba el águila mientras sobrevolaba con sus poderosas alas selvas, bosques y valles.

La semana pasó lentamente. Todos los pájaros aguardaban impacientes el día y pensaban, nerviosos, en qué color les convenía más elegir.

La mañana del día señalado fueron volando al palacio de Madre Naturaleza.

La urraca llegó la primera y pidió:

—Creo que debo elegir colores de los cuales no me canse nunca. Algo clásico y elegante, que sirva para cualquier ocasión. Blanco o negro… Como no me decido, combinaré los dos. Quiero un negro azulado, de esos que brillan intensamente cuando les da el sol y un toque de blanco en el pecho y en la punta de las alas.

El siguiente en elegir fue el periquito:

—Yo prefiero algo menos formal. Una mezcla alegre será ideal. Quiero manchas blancas, azules y amarillas por todo el cuerpo.

Los que miraban estuvieron de acuerdo en que aquellos colores lo favorecían mucho.

El siguiente en la fila era el pavo real. Se acercó contoneándose y pidió con voz chillona:

—Como puedes observar, mi cola es especial, así que quiero que resalte. Me iría bien una combinación de colores armónicos, pero que no resulten aburridos. Azul, verde, amarillo, rojo y dorado sería perfecto.

Los demás pájaros se burlaron de él a escondidas. ¡Era tan presumido el pavo real!

El canario se acercó dando saltitos:

—¡Me encanta el sol! ¡Adoro el sol! ¡Quiero ser como el sol! ¡Por favor, pinta todas mis plumas de amarillo!

Después, llegó el turno del loro:

—No quiero pasar desapercibido. Quiero que se me vea bien desde muy lejos. Quiero que me pintes con tooooooooooodosssssssss los colores de tu paleta.

—¡Vaya desperdicio de pintura! —murmuraron algunos, enfadados ante tal atrevimiento y descaro. Pero el loro se alejó atusando sus plumas, más feliz que una perdiz.

Poco a poco, los pájaros fueron desfilando ante Madre Naturaleza. Los colores de su paleta se fueron gastando a medida que las aves elegían sus nuevas tonalidades. Todos lucían orgullosos sus recién estrenadas plumas y ella empezó a recoger sus utensilios de pintura.

De repente, una voz la frenó en seco y le hizo volver la cabeza. Por la puerta del palacio entraba corriendo un pequeño gorrión:

—¡Espera!, ¡espera!, por favor —piaba angustiado—, todavía falto yo. Estaba muy lejos y, como soy tan chiquito, he tardado mucho en llegar. ¡Yo también quiero cambiar de color!

Madre Naturaleza lo miró con tristeza:

—¡Lo siento! Ya no me quedan colores.

—¡Está bien!, no pasa nada —susurró el gorrión tristemente mientras se alejaba cabizbajo—, de todas formas, el color marrón tampoco está tan mal.

—¡Un momento! —gritó Madre Naturaleza—. Mira, he encontrado una pequeña gota de color amarillo en mi paleta. Debió sobrar al pintar al canario.

El gorrión se acercó corriendo muy contento. Madre Naturaleza mojó su pincel en la gota de pintura amarilla, se agachó y con mucho cuidado pintó al pajarito.

Por eso, si os fijáis bien en los gorriones, podréis descubrir una pequeña manchita amarilla; la última gota de color que había quedado en la paleta de Madre Naturaleza después de pintar a todas las aves del mundo.

FIN

El sabio maharajá

Ilustración: HOS73

En la lejana India, en la ciudad de Wirani, vivió un maharajá que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como sabiduría. Su pueblo lo temía por lo primero y lo admiraba por lo segundo.

Aquella ciudad era conocida por el profundo pozo que estaba situado en la plaza central del pueblo, el único que había en muchos kilómetros a la redonda, y del cual se abastecían los habitantes de la zona, desde el más rico, al más menesteroso. Desde el mendigo más pobre, hasta el mismísimo rey, todos, sin excepción, bebían y se lavaban con el agua fresca y cristalina que brotaba de lo más profundo de la tierra.

Una calurosa noche de verano, cuando en Wirani todo estaba en calma, una hechicera entró en la ciudad y se dirigió con cautela, para no ser descubierta, hacia el pozo. Sacó de uno de sus bolsillos un pequeño frasco y bajo la luz de la luna llena, vertió siete gotas de un espeso líquido azul en el agua al tiempo que lanzaba su maldición:

Dicho esto, desapareció sin dejar ni el más mínimo rastro. Todavía hoy se ignora adónde se dirigió y tampoco se sabe por qué vertió aquel fluido en el pozo de Wirani, pero el caso es, que, a la mañana siguiente, todos los habitantes del reino bebieron y enloquecieron, tal y como había predicho la misteriosa hechicera. Solo el maharajá y su chambelán se libraron de volverse locos, porque consumieron el agua que aún quedaba en las grandes tinajas del palacio.

Aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente empezó a comportarse de un modo muy peculiar: unos trepaban a los árboles; otros picoteaban grano como si fuesen gallinas; otros rugían como tigres de Bengala y había muchos que andaban a cuatro patas y ladraban, como si fueran perros.

Cuando a mediodía el gran chambelán fue al pozo para llenar las tinajas, se quedó perplejo ante el extravagante comportamientos de la gente y regresó a toda prisa a palacio a informar al maharajá, el cual quiso salir a ver, con sus propios ojos, lo que le contaba su ayudante.

Juntos se pasearon entre la multitud observando a los habitantes de la ciudad, y estos, a su vez, los observaban a ellos y cuchicheaban:

—¡El rey está loco! Nuestro rey y su gran chambelán han perdido la razón. Se comportan de un modo extraño. No podemos permitir que nos gobierne un loco; debemos destronarlo de inmediato.

Al ver el cariz que tomaban los acontecimientos, el monarca y su criado regresaron presurosos a palacio.

Aquella misma noche, el maharajá ordenó que llenaran con agua fresca, recién traída del pozo, una gran copa de oro y bebió con avidez de ella; después, pasó la copa a su gran chambelán, para que bebiera también.

A la mañana siguiente, en la lejana ciudad de Wirani, hubo un gran regocijo. Los habitantes celebraban gozosos que el rey y el gran chambelán hubieran recobrado la razón.

FIN

El granjero valiente  

Ilustración: NicoleNoe

Un día, en la lejana India, un tigre estaba paseando cerca de una pequeña aldea cuando, de pronto, se desencadenó una violenta tormenta de truenos, relámpagos, viento huracanado y lluvia torrencial. Para cobijarse, el tigre se acercó a la pared de una pequeña cabaña.

En el interior de la choza, la viejecita que vivía en ella también estaba muy preocupada por la tormenta, pues en el techo de su casa había un gran agujero y la lluvia se colaba por él.

Como la gotera era tan grande, la anciana corría de un lado a otro, empujando los muebles de aquí para allá para que no se mojaran y poniendo debajo del torrente de agua que caía de la techumbre cacharros y cubos.

El tigre, que tenía apoyada la oreja en la pared, oía todo el jaleo que hacía la mujer en el interior: oía cómo se arrastraban cosas, oía el entrechocar de los cacharros y cubos y oía cómo la anciana se quejaba y se lamentaba, hablando sola:

—¡Oh, es terrible! ¡Esta eterna gotera! ¿No habrá manera de evitarla? ¡Por un ratito parece que se calma, pero enseguida la tengo de nuevo cayendo con toda su fuerza sobre mí! ¡Esto es horrible y terrible!

Entonces se oyeron más ruidos, mientras la mujer exclamaba:

—¡Basta, basta, eterna gotera maldita, me estás matando!

El tigre se quedó muy impresionado por todo lo que oía:

—¿Qué clase de animal será la Eterna Gotera del que jamás antes había oído hablar? —murmuró—. Debe de ser un ser espantoso. Prefiero no cruzarme con él.

Y al oír de nuevo el estrépito producido por el arrastrar de muebles exclamó:

—¡Qué ruido más pavoroso! ¡Debe producirlo el terrible ser llamado Eterna Gotera!

El tigre, muerto de miedo, se quedó temblando apoyado contra la pared, muy preocupado por lo que pasaba, y aguantando la respiración. Solo quería que cesara la lluvia para poder alejarse de allí rápidamente.

Justo en ese momento, apareció caminando por la oscura carretera un granjero que buscaba su burro. El animal había escapado despavorido del establo al oír los primeros truenos.

A la luz de un relámpago, el hombre vio la silueta de un gran animal apoyado contra la pared de la choza de la viejecita y convencido de que se trataba de su burro, corrió hasta el tigre y lo agarró de una oreja:

—¡Animal miserable! —gritaba furioso–. ¡He tenido que salir a buscarte bajo esta lluvia torrencial!

Sin dejar de gritarle improperios arrastraba por el pescuezo al pobre tigre.

—¡Levántate inmediatamente, bicho tonto, no me obligues a enfadarme aún más de lo que ya estoy! —Y al ver que el animal ni se movía, crecía su furia.

Pero es que el tigre estaba atónito. Nunca jamás nadie se había atrevido a tratarlo así y tampoco tenía noticia de que ningún ser vivo hubiera tratado de ese modo a uno de su especie.

Se asustó y comenzó a pensar que aquel ser horripilante que lo maltrataba de aquel modo debía de ser la Eterna Gotera de la que tanto se quejaba la vieja. «No me extraña que la pobre anciana se preocupara tanto», pensó.

Por fin, el tigre se levantó dócilmente y el granjero, que todavía creía que aquel animal era su burro, le dio una palmada en el trasero, montó sobre él, y lo condujo a su casa bajó la lluvia torrencial. Durante el camino fue dándole golpes con los talones para que corriera más y no dejó de dirigirle insultos durante todo el recorrido.

Al llegar a la granja y para impedir que escapara de nuevo, lo ató del pescuezo y de las patas a un gran poste que había frente a la puerta y después, agotado y mojado, se acostó.

A la mañana siguiente, la granjera salió a ordeñar la vaca y no podía dar crédito a lo que veían sus ojos: un tigre atado al poste.

Muy asustada, corrió a despertar a su marido y le dijo:

—¿Pero tú estás loco? ¿Sabes qué animal trajiste anoche durante la tormenta?

—Claro –contestó él, enojándose al recordar lo que había pasado–, ¡ese burro miserable!

—Ven a verlo –le dijo su mujer.

El hombre salió y al ver de qué animal se trataba, empezó a temblar y temió que sus piernas no lo sostuvieran. Se palpó todo el cuerpo para comprobar si tenía alguna herida, pero no encontró ni un rasguño.

La hazaña del granjero se extendió con rapidez por todo el pueblo y todo el mundo acudió a ver al tigre cautivo y a escuchar cómo había sido capturado y domesticado.

La historia corrió de boca en boca y pronto se extendió a otros pueblos, y finalmente, llegó a oídos del Rajá y la Ráni. Ambos quedaron tan admirados al oír aquel relato del hombre que cabalgaba tigres, que les faltó tiempo para ir a conocerlo personalmente.

Al llegar con su séquito a casa del granjero, comprobaron que la historia era cierta. Y todavía quedaron más impresionados al saber que aquel feroz tigre atado al poste, que ahora se comportaba como un dócil gatito, había sido el pavoroso animal que había sembrado el terror por toda la región.

El Rajá y la Ráni quisieron recompensar al granjero por la valentía demostrada y, sin pensarlo dos veces, le otorgaron un título nobiliario, le regalaron vastas tierras, una gran mansión en el campo y riquezas sin fin.

Y todo esto no me lo contaron, que yo lo vi.

FIN

La vasija agrietada

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Ilustración: Enrique Carlos

Al norte de la India, a los pies del Himalaya, la morada de la nieve, vivió en un santuario budista un monje, cuya misión era la de proveer de agua a todo el templo y a los que en él habitaban.

Para ello, transportaba el líquido elemento desde un río cercano hasta el monasterio con la ayuda de dos grandes vasijas de barro, que colgaba de los extremos de un largo palo, el cual cargaba sobre sus hombros.

Recorría sin prisa el camino que separaba el templo del arroyo un par de veces al día, en ocasiones hasta tres, para que nunca le faltara a nadie agua para beber, para lavar o para lavarse.

De las dos vasijas, una era perfecta y transportaba el agua sin derramar ni una sola gota. Siempre se jactaba de lo bien que hacía su trabajo.

La otra, en cambio, tenía una grieta en su cuerpo y cumplía su labor solo a medias. Durante todo el recorrido, desde el río hasta el templo, iba perdiendo agua y llegaba a su destino solo con la mitad de la carga.

Durante dos largos años nada cambió. Todo siguió exactamente igual: el mismo trabajo, la misma vereda, el mismo monje y las mismas vasijas; una perfecta, la otra imperfecta.

La vasija perfecta se sabía perfecta, consideraba que su trabajo era perfecto y estaba muy orgullosa de su perfección.

La vasija agrietada, en cambio, cada vez estaba más y más avergonzada de sus limitaciones. Se sabía imperfecta y sufría mucho, porque estaba convencida de que su imperfección le impedía hacer bien el trabajo para el que había sido creada, el cual solo podía cumplir a medias.

Una tarde, junto al río, mientras el monje estaba llenando los dos recipientes, la tinaja que perdía agua habló:

—Perdóname. Por culpa de mis defectos, tú tienes que trabajar más. Me siento muy avergonzada y quisiera disculparme contigo. Hago mal mi trabajo porque solo llega al templo la mitad de mi carga y por eso debes hacer más viajes. Lo entenderé si quieres cambiarme por una vasija tan perfecta como mi compañera.

El aguador, un hombre bueno y sabio, la miró compasivamente, con una sonrisa en los labios, y le dijo:

—Volvamos ahora al templo. Durante el camino de regreso, olvídate de tu grieta y fíjate solo en las flores que crecen a lo largo del sendero.

La tinaja así lo hizo y vio muchas flores preciosas que crecían en el margen, pero eso no borró la pena que sentía. La belleza de las flores no cambiaba que fuera imperfecta y que en su interior solo quedara la mitad del agua con la que había iniciado el recorrido. Las flores no consiguieron cambiar que ella hiciera solo la mitad de su trabajo.

Al llegar al templo, el monje habló de nuevo con la tinaja agrietada:

—¿Te has dado cuenta de que solo crecen flores en la parte por la que tú vas? Yo siempre he sabido de tu imperfección. Siempre he sabido que tienes una grieta y, por eso, quise sacar partido de ella; quise que fuera útil. Desde hace dos años he ido sembrando semillas a lo largo del camino y tú, sin sospecharlo, las has ido regando a diario y las has hecho florecer. Yo he recogido esas flores para adornar con ellas las estancias del templo. Si tú no fueras tal y como eres, no hubiera sido posible crear y disfrutar de tanta belleza.

FIN

Vlinder y Gulugufe. Un lugar donde vivir

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Para Moisés, un gran artista de 5 años que con su ilustración inspiró este cuento.

Vlinder y Gulugufe son dos mariposas. Y aunque son muy distintas la una de la otra, son muy amigas y cada tarde vuelan juntas sobre los verdes prados de Escocia.

A Vlinder, se la reconoce por sus brillantes antenas rojas y sus alas marrones. Vive en un pensamiento lila y amarillo.

A Gulugufe, se la distingue por sus hermosas alas de color lila y sus antenas verdes. Vive en una margarita marrón.

Construyeron su hogar en flores cercanas, porque se llevan muy bien y se visitan a menudo para contarse sus secretos, merendar néctar o jugar a perseguir rayos de sol.

Como se quieren tanto, cada una eligió para vivir una flor con los colores de la otra. Vlinder mira el lila de su casita y se acuerda de las alas de Gulugufe. Gulugufe mira el marrón de la suya y se acuerda de las alas de Vlinder. Así, dicen, cuando no están cerca, pueden contemplar los pétalos con los que está hecho su hogar y parece que están viendo las alas de su amiga.

Es bonito tener buenos amigos, porque el mundo se trasforma y se ve de otro color. Los amigos te ayudan, te quieren y siempre puedes contar con ellos, pase lo que pase y estés donde estés.

Vlinder y Gulugufe son como hermanas. Se conocieron cuando eran muy pequeñas hace mucho, muchísimo tiempo en la lejana India.

La cigüeña que las trajo al mundo era novata y confundió las largas espiritrompas que las mariposas utilizan para comer, con la trompa de un elefante, y las alas de los dos lepidópteros le parecieron las enormes orejas de un paquidermo. Así, que las dejó, medio dormidas, en el regazo de Hati, una elefanta gris que tomaba el sol boca arriba a orillas del río Ganges.

Cuando la elefanta sintió el cosquilleo de las alas, las espantó con su trompa mientras exclamaba:

—¡Hati no quiere mariposas en su barriga!

Vlinder y Gulugufe revolotearon asustadas y se alejaron de la que había sido, durante un minuto, su madre adoptiva.

Sobrevolaron los mágicos manglares de Sundarbans y entre el verde esmeralda de la vegetación, distinguieron un reflejo marrón que se movía despacio.

Por el color, Vlinder pensó que podría tratarse de alguien de la familia, así que se dirigieron allí. Pero al llegar, se dieron cuenta de que aquello marrón que se movía eran las manchas de un gran tigre de Bengala, que al notar el aire de las alas de las dos mariposas sobre sus bigotes, rugió enfadado:

—¿Quién es el impertinente que se atreve a acercarse a mí? ¡Arggggggggggggg! ¡Bichos feos y molestos! ¡Criaturas voladoras tontas! ¿Acaso tienen colmillos afilados como yo? ¿Rabo largo? ¿Hermosa piel rayada? ¿Poderosas garras como las mías?… ¡Nooooooooo!

Y lanzó un zarpazo al aire que casi derriba a las dos amigas. Después, bostezó ruidosamente y se tendió, cuan largo era, a dormir una siesta.

Decepcionadas por no poder vivir tampoco allí, emprendieron de nuevo el vuelo y al poco rato, entre la espesura, las dos mariposas distinguieron a un camaleón que tomaba el sol sobre unos helechos. Gulugufe creyó que aquel verde brillante era como el de sus antenas, así que descendió sin tomar precauciones. Ya estaba a punto de llegar, cuando el camaleón desenroscó su larga lengua con la intención de tragarse a la mariposa. La valiente Vlinder, apartó a su amiga de un empujón en el último momento y las dos huyeron, alas para que os quiero, volando de allí.

Desilusionadas y tristes, empezaban a dudar de encontrar algún día un lugar en el que poder vivir.

Varias horas de vuelo después, divisaron, a los lejos, una gran ciudad y pusieron rumbo hacia ella.

Se pasearon por el bullicioso puerto, confundiéndose entre el gentío y fue entonces cuando, de pronto, repararon en una señora que llevaba una gran sombrero. ¡Aquel sombrero estaba lleno de toda clase de flores de vivos colores!

Gulugufe y Vlinder, sin perder ni un segundo, se posaron en él y después de discutir largamente y de sopesar los pros y los contra, decidieron instalarse en la pamela de Mistress Ann Mary Murray-Kynynmound, distinguida dama británica, que en aquel preciso instante tomaba el trasatlántico que debía conducirla de regreso a su mansión en Escocia.

Tras dos meses de travesía por mar y un largo viaje por tierra, por fin llegaron a la finca, y allí Mistress Murray-Kynynmound cambió su precioso sombrero lleno de flores por un paraguas.

Y fue en aquel sombrero, olvidado en un rincón de una polvorienta buhardilla, donde las dos mariposas encontraron, por fin, un lugar donde vivir. Allí, protegidas y calentitas, fundaron su hogar sobre dos hermosas flores por siempre frescas.

Todavía hoy, a pesar de que han pasado muchísimos años y las dos ya son ancianas, Vlinder y Gulugufe salen cada tarde a través de una de las ventanas del desván y sobrevuelan juntas las verdes praderas escocesas.

FIN