indios

El niño y los lobos

Ilustración: J-C

Había una vez un guerrero piel roja, sencillo y generoso, y más dado a amar que a odiar, quien, cansado de las crueldades de su tribu y de la mezquindad y dureza de corazón de sus amigos, decidió alejarse de ellos.

Así que se adentró en el bosque con su mujer y sus hijos, abrió un claro en las orillas de un tranquilo arroyuelo, y construyó allí su choza al estilo indio. Durante muchos años vivió feliz en su nuevo hogar, del que se alejaba únicamente para cazar animales salvajes cuya carne les servía de alimento, y cuyas pieles usaban para cubrirse durante los crudos inviernos.

Llegó, sin embargo, el momento en que el guerrero enfermó, y adivinando que iba a morir, llamó a su mujer y a sus tres hijos.

—Voy a dejaros —les dijo—, para ir en busca de las regiones de la Cacería Feliz. Tú, esposa mía, compañera de mi vida, me seguirás antes de muchas lunas. Pero vosotros, hijos míos, sois jóvenes y tenéis vuestras vidas por delante. En el curso de ellas, tropezaréis con la maldad y el egoísmo, de los cuales hui para disfrutar de paz en estos bosques. Mi corazón se sentirá tranquilo si me prometéis amaros siempre y no abandonar a vuestro hermano menor.

—¡Nunca! —le respondieron, levantando la mano en señal de promesa solemne.

Al escuchar esto, el piel roja, tranquilizado, dejó caer la cabeza, y su espíritu voló en busca de las regiones de la Cacería Feliz.

Antes de la octava luna, tal como lo había anunciado, su mujer lo siguió, dejando solos a los tres hijos. Pero antes de morir, volvió a suplicar a los dos mayores que no abandonaran a su hermano menor, pues era demasiado pequeño y no podría bastarse a sí mismo.

—¡Nunca! —prometieron; y también ella se alejó tranquila a reunirse con su esposo.

Mientras la nieve cubrió la tierra y el viento helado aulló entre los pinos con más fuerza que los lobos, cumplieron los muchachos su promesa y cuidaron de su hermano menor con gran ternura y cariño.

Pero cuando llegó la primavera y los primeros brotes de hierba asomaron sobre la tierra, el mayor de los tres hermanos, que era ya mozo, sintió que su corazón se inquietaba, y un gran deseo se apoderó de él por conocer las gentes de la tribu de su padre y unirse a ellas en sus danzas guerreras.

Comunicó estos pensamientos a su hermana, quien le respondió:

—Querido hermano, no me extraña que desees mezclarte con los jóvenes guerreros, ya que aquí nunca vemos a ninguno de nuestros semejantes. Pero temo que si buscamos satisfacer nuestros propios deseos, abandonaremos a nuestro hermano pequeño y olvidaremos nuestra promesa.

El joven no quiso escucharla. Por el contrario, recogió su arco y sus flechas, se cubrió con su manta, y una madrugada se alejó por el bosque. Llegó el verano, y pasó; cayó la nieve una vez más, y desapareció, pero nada volvieron a saber del hermano ausente.

Con el correr del tiempo, el corazón de la hermana empezó igualmente a tornarse frio y egoísta. Consideraba al pequeño como una carga y un obstáculo cruel que le impedía dirigirse a la aldea india donde los jóvenes guerreros bailaban alrededor del Tótem, mientras las jovencitas los aplaudían.

Y un día le dijo al niño:

—Aquí tienes comida que será suficiente hasta la próxima luna. No te alejes de la choza. Yo voy a buscar a nuestro hermano, que se ha perdido, y cuando lo encuentre, regresare con él.

Recogió su manta, tomó su hacha y caminó a través del obscuro bosque hasta llegar a la aldea, en donde inmediatamente se enteró de que su hermano vivía allí con su joven esposa y era ya un guerrero notable. Al saber esto, no tuvo prisa alguna por volver a la choza solitaria, y cuando otro joven guerrero la escogió por esposa, pensó únicamente en él, y olvidó por completo a su hermano pequeño, abandonado en el bosque.

Este, mientras tanto, seguía viviendo completamente solo. Al principio todo marchó bien, pues al terminarse la comida que su hermana le había dejado, pudo salir al bosque y alimentarse de bellotas y raíces.

Lentamente desapareció así el verano, y cuando el viento empezó de nuevo a soplar entre los pinos, al mismo tiempo que los lobos aullaban, y volvió la nieve a caer, Sintióse el pequeño en el más terrible desamparo. Por las noches se acurrucaba en la choza o se escondía entre los árboles, aventurándose a salir únicamente durante el día, a recoger las migajas que los lobos dejaran.

Poco después, viéndose tan solo, sin ninguna compañía humana, empezó a hacerse amigo de los lobos. Cuando escuchaba su salvaje cacería en el bosque, los seguía para estar cerca a la hora en que la presa moría. Y mientras los lobos la devoraban, se sentaba con ellos, hasta que llegaron a conocerlo y le dejaban algunas sobras. Si los lobos no le hubieran socorrido así, seguramente hubiera muerto helado bajo la nieve.

Desapareció ésta, al fin; el hielo se fundió en el lago que llamaban Gran Mar de Agua, y los lobos huyeron hacia la ribera en busca de comida. El niño se les unió, feliz en la radiante primavera.

Y ocurrió que un día, el hermano mayor, el gran guerrero, pescaba en su canoa cerca del lago, cuando escuchó de repente, entre los pinos, la voz de un niño que cantaba como los indios: «¡Oh, hermano mío! ¡ven hermano! Convirtiéndome estoy en niño lobo, Pronto seré un enorme lobo». Y al terminar el canto, se perdió la voz en un largo y triste aullido, el aullido de un lobo El guerrero sintió que la vergüenza y el temor se apoderaban de su corazón, al recordar la promesa hecha a sus padres y el amor que sentía por su hermano. Rápidamente amarró su canoa, saltó a tierra y corrió a la orilla, gritando en dirección de los arboles:

—¡Hermano, hermanito, ¡Ven!, ¡aquí estoy!

Pero el niño era ya casi un lobo, hasta el punto de no haber podido terminar su canto en lenguaje humano, sino con aullidos de lobo.

El guerrero volvió a llamarlo angustiosamente:

—¡Hermano, hermanito! iVen, ven…!

Pero mientras más gritaba, más rápidamente huía el pequeño, como huyen los lobos de los cazadores indios, buscando seguridad entre sus hermanos. Según se iba alejando, su piel se volvía cada vez más gruesa. Pronto estuvo corriendo a cuatro patas, y un momento después aullaba como los lobos…, hasta que desapareció en las profundidades del bosque

Con gran vergüenza y remordimiento en su corazón regresó el guerrero a la aldea, y él y su hermana lloraron hasta el último día de sus vidas por la promesa no cumplida y por la pérdida de su hermano pequeño que, por culpa de ellos, se había convertido en lobo.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

La muchacha que amaba a su prometido

Ilustración: Dark-Drac

Varios jóvenes de la tribu crow (cuervos) se encontraban en el sendero de la guerra. Un poco antes de llegar al sito en que el Río de las Piedras Amarillas abandona la montaña, tuvieron que librar una batalla con un ejército de pies negros.

Dos cuervos murieron en aquella batalla.

Más lejos, al atravesar el Río que Grita entre las Piedras, los supervivientes toparon una vez más con el enemigo.

Tres cuervos perdieron la vida en aquel segundo encuentro.

Águila Blanca recibió una flecha en la pierna. La herida le impedía seguir avanzando. El jefe de la expedición habló:

—Águila Blanca no puede seguir adelante. Lo dejaremos aquí hasta que su pierna se cure. No podemos esperar a que esté bien porque, si lo hacemos, nos exterminarán a todos.

Todos estuvieron de acuerdo y se acordó que si Águila Blanca no había regresado a la tribu después de la Luna en la que la Nieve entra en los tipis, se proclamaría su gloriosa muerte.

Los guerreros construyeron a Águila Blanca un refugio para que pudiera pasar el invierno sin tener demasiado frío. Le dieron todas las provisiones que pudieron dejarle y colocaron sus armas junto a él. Después partieron.

De vuelta al poblado, los guerreros contaron lo que había sucedido. El consejo de ancianos afirmó que aquellos valientes habían actuado de la mejor manera posible. Pero una joven no pensaba lo mismo. Se llamaba Lluvia Otoñal y no quería, bajo ningún concepto, abandonar a su prometido durante todo un invierno. Preguntó a los guerreros que habían formado parte de la expedición:

—¿Dejasteis a Águila Blanca muy lejos?

—Más allá de las Montañas Peinadas de Nieve —contestó uno de ellos.

—Habrá muerto de frío antes de que termine la Luna en la que la Marmota sale de su Agujero. Indícame el camino, voy a buscarlo.

El joven valiente replicó:

—El viaje es ya demasiado largo y peligroso para un grupo de guerreros, ¿cómo vas a llegar tu sola a ese sitio?

Pero Lluvia Otoñal insistió de tal forma que su el guerrero le dijo:

—Ve hasta el río de las truchas y remonta la corriente hasta el sitio en el que forma un lago. Si el hielo es suficientemente espeso, crúzalo hasta llegar a la otra orilla y alcanza la montaña en la que el agua tiene su fuente. Rodea esa elevación siguiendo el camino del sol y dirígete hacia el bosque de pinos que los castores utilizan para construir su embalse. Detrás de ese bosque, hay un pantano cubierto de nenúfares. No te aventures en él porque es muy peligroso. Camina en dirección a las dos montañas y toma el Desfiladero de la Sombras. Al final de ese paso, se eleva una roca cuya forma recuerda a un cazador al acecho. Tras esa roca, se extiende una gran llanura. Allí encontrarás a tu prometido. En esta estación solo podrás franquear ese espacio con raquetas para la nieve. No abuses de tus fuerzas y ten mucho cuidado. Los lobos merodean por esos parajes y el oso tiene su caverna muy cerca del sito donde dejamos a Águila Blanca.

Lluvia Otoñal se cargó de provisiones y se puso en camino.

La Luna de las Hojas Pobres ya estaba terminando y el Momento en el que Hay que Guardar los Víveres apenas acababa de comenzar. Lluvia Otoñal anduvo durante una luna. En sus escasos descansos se calentaba poco y comía lo menos posible para no empobrecer lo que destinaba a Águila Blanca.

Al llegar a la gran llanura, hacía estragos una tormenta. Pero, a través de los copos de nieve, percibió una delgada columna de humo y pensó: «No llego demasiado tarde, todavía está vivo».

Águila Blanca se encontraba sentado ante un débil fuego. La provisión de madera tocaba a su fin y desde el día anterior no tenía comida. Lluvia Otoñal le dijo:

—He venido a ayudarte. ¿Qué necesitas?

—Tengo frío y hambre —contestó el valiente joven.

Cuando la joven reavivó el fuego y dio de comer a Águila Blanca, puso un ungüento sobre su herida.

—Así te curarás más pronto —le aseguró.

La pierna del guerrero estaba tan hinchada que no podía desplazarse más que arrastrándose sobre el vientre. Lluvia Otoñal colocó trampas durante toda la Luna de la Nieve Enceguecedora. De vez en cuando, cazaba un zorro o un castor. En esas ocasiones, ella y Águila Blanca disfrutaban de un auténtico festín. Pero la mayor parte de las veces, no conseguía capturar más que una pequeña rata almizclera. Entonces el hambre se hacía sentir.

En la Luna en la que las Ocas Remontan hacia el Sur, Lluvia Otoñal dijo:

—Ha empezado el deshielo. Construiré una canoa con ramas de sauce y pieles de ciervo. Cuando el río esté libre, volveremos a nuestra tribu. El hechicero debe creernos muertos y seguro que se prepara para cantar nuestros funerales.

Pronto el barco estuvo terminado. El hombre y la mujer ya iban a partir cuando Lluvia Otoñal percibió una partida de cazadores río abajo.

—Deben ser pies negros —dijo Águila Blanca—. Ve a esconderte en las colinas, pues si te encuentran aquí te matarán conmigo.

Lluvia Otoñal se negó a abandonar a su prometido. Pero este insistió tanto, que acordó con él:

—Me apostaré en una elevación para vigilar a los pies negros. Mientras lance el grito del coyote, no tendrás nada que temer. Pero si me oyes cantar como la lechuza, toma el cuchillo y pon fin a tus días. No quiero que te capturen vivo. Si llegaras a ese extremo, yo haré lo mismo que tú.

Durante todo el día, Lluvia Otoñal espió a los extranjeros.

A Águila Blanca le llegaba a intervalos regulares el grito del coyote. Luego, hacia el atardecer, no oyó nada más y pensó, con dolor en el alma: «Los pies negros han descubierto a Lluvia Otoñal y la han matado».

Mientras esto pensaba, la joven apareció ante él.

—Mira —le dijo—, les he robado a los pies negros un trineo y una manada de perros. Aprovecharemos la noche para partir.

Cuando la luna ascendió en el cielo, abandonaron la cabaña. Los perros eran fuertes y el trineo sólido.

Pero se levantó una tormenta de nieve y tuvieron que detenerse.

Lluvia Otoñal tapó a Águila Blanca con una manta de piel de bisonte y se acurrucó contra él para mantenerse calientes. Desaparecieron rápidamente bajo los copos. Los dos cuerpos no parecían más que un montoncito de nieve.

Por la mañana, un pájaro se posó sobre el montículo blanco y silbó una canción y los jóvenes supieron que la tormenta había pasado. Pero cuando salieron de su refugio, vieron que trineo y perros habían desaparecido.

—No importa —dijo Lluvia Otoñal—. Sube a mis espaldas, yo te llevaré.

Aunque transportaba una carga tan pesada, Lluvia Otoñal consiguió caminar tres días. Al alba del cuarto llegaron por fin a la aldea de los cuervos.

Esa misma noche Águila Blanca contó a toda la tribu todo lo que Lluvia Otoñal había hecho por él.

Aquella historia de esfuerzo y de amor quedó para siempre en la memoria del pueblo crow. Desde entonces, cuando un cuervo necesita ayuda no duda en pedírsela a su compañera.

FIN

Los dos hermanos que se querían

Ilustración: bitrix-studio

Al noroeste de América, en los territorios que hoy forman el estado de Montana, estaban un día cazando dos hermanos cuando vieron una ardilla que los observaba desde la rama de un árbol. Mientras el hermano menor tensaba su arco para darle caza, la ardilla trepó veloz tronco arriba.

—No lances tu flecha —dijo Tecumseh (Estrella Fugaz), el mayor—. Es demasiado bonita. La capturaré viva.

Tecumseh subió por él árbol y desapareció entre el follaje.

—¿La tienes? —gritó desde abajo el más joven de los dos hermanos. Pero nadie respondió.

Al momento, se oyó el ruido de una rama al quebrarse y la ropa de Tecumseh cayó a sus pies, pero él no estaba dentro. «Ha subido demasiado alto. —Pensó el pequeño—. No volverá a bajar». Y sintió una inmensa pena.

Se sentó bajo el árbol y lloró y lloró. Lloró tanto, que se hizo muy pequeño. Su cuerpo se había derretido con las lágrimas.

Pasó una anciana de la tribu de los pies negros y recogió al niño, creyendo que era un recién nacido.

Al llegar a su tipi, se lo enseñó a su hija y a su yerno.

—Mirad, pese a mi edad, he tenido un hijo.

El yerno se rio de buena gana.

—Tienes un hijo bien tardío.

La hija de la anciana creyó que se trataba de una broma, pero al tomar al bebé en brazos, dijo:

—Me siento contenta de tener un hermanito. —Y empezó a jugar con él.

El yerno preguntó:

—¿Qué nombre le pondremos a nuestro nuevo pariente? Propongo llamarlo Michikinikwa (Pequeña Tortuga).

A la noche siguiente, Michikinikwa tuvo un sueño en el que se le apareció su hermano Tecumseh, que le dijo:

—Soy yo, tu hermano mayor. Estoy con la ardilla en el cielo y soy feliz. Quédate con la gente que te ha adoptado, te tratarán bien, pero si necesitas ayuda, llámame. Acudiré enseguida.

Pasó el tiempo y en la aldea hubo escasez; la caza había sido mala y los pies negros tenían mucha hambre.

La anciana lloraba, pues Michikinikwa era una boca más para alimentar:

—No llores, vieja madre —dijo el niño—, ya verás como mañana los cazadores pies negros encontrarán caza.

Michikinikwa rogó a Tecumseh que lo ayudara.

A media tarde, los exploradores dieron con una manada de bisontes cerca de la aldea. El jefe de la tribu decidió que todos saldrían de caza al día siguiente y colocó centinelas para que ningún cazador actuase prematuramente y espantara a los bisontes.

Aquella noche, Michikinikwa le dijo a su hermana:

—Te pido que me ayudes. Ve a la aldea y pide una flecha a cada familia.

La chica, que presentía que su hermano estaba dotado de poderes sobrenaturales, le contestó:

—Así lo haré.  Antes de que grite la lechuza, tendrás las flechas que me pides.

Mientras los pies negros dormían, Michikinikwa se deslizó fuera de la tienda y se dirigió adonde estaba la manada de bisontes. Una vez allí, vio que su hermano: era el jefe de la manada. Lo reconoció porque, aunque Tecumseh había tomado la apariencia de un bisonte, conservaba su auténtica cabeza.

—Hermano mío —le dijo—, esas gentes mueren de hambre. ¿Puedes hacer algo?

Tecumseh pasó la mano sobre un gran bisonte y le dijo:

—Gran bisonte, por favor, te ruego que ayudes al pueblo de mi hermano.

No bien había pronunciado estas palabras, ¡el bisonte se desplomó!

Tecumseh siguió haciendo lo mismo y Michikinikwa lo seguía y clavaba las flechas de cada una de las familias sobre uno de los animales muertos. Cuando terminaron, la manada se dispersó y él se fue a dormir a su cabaña.

Los vigilantes vieron al niño merodeando entre los bisontes y cuando advirtieron que los bisontes se marchaban, avisaron al jefe de la tribu.

El jefe acudió rápidamente al lugar y dijo:

—No todos los bisontes han escapado. Algunos todavía duermen sobre la hierba. Mataremos a esos y, a nuestro regreso, ya castigaremos a Michikinikwa por desobedecer.

Cercaron a los bisontes en dos cuadrillas. Tenían que esperar el grito del coyote para atacar.

Cuando por fin se disponían a dar caza a los animales, comprobaron que ya estaban muertos. Cada familia se llevó el bisonte que tenía clavada su flecha. Grande fue la alegría en el poblado.

Los valientes decían:

—Hemos cazado mientras dormíamos, sin darnos cuenta.

Pero los pies negros más sabios comprendieron que Michikinikwa era especial y quisieron nombrarlo gran jefe de su tribu. Sin embargo, Michikinikwa prefirió reunirse con su hermano Tecumseh, que vivía en el cielo con una ardilla muy hermosa. Es por eso por lo que, aún en nuestros días, en el cielo brilla una estrella a la que llamamos los gemelos.

FIN