ingenio

La amenaza

Ilustración: sebahatkarci

Cada mañana, Nasreddin iba al mercado montado en su burro. Un día, al terminar sus compras, Nasreddin no encontró al burro, el cual se había quedado comiendo hierba a la sombra de un árbol. Por más que lo buscó, el animal no aparecía por ningún lado y es que, justo hacía cinco minutos, tres malhechores habían pasado por allí y lo habían robado con la intención de venderlo en la feria de ganado de un pueblo cercano.

Al no encontrar su burro, Nasreddin, muy serio, subió a una azotea cercana y desde allí arriba gritó muy enfadado:

—¡Devolvedme mi burro ahora mismo o haré, exactamente, lo que hizo mi padre cuando le robaron el suyo!

La gente, curiosa, se arremolinó, mirando hacia la azotea desde la que voceaba Nasreddin. Unos a otros se preguntaban extrañados:  «¿Alguien sabe qué es lo que pasó?», «¿Sabe alguien qué hizo el padre de Nasreddin?».

Pero ninguno de los presentes tenía ni la menor idea de lo que había sucedido.

La amenaza de Nasreddin corrió de boca en boca y, rápidamente, llegó a oídos de los ladrones que, muertos de miedo, se preguntaron:

—¿Sabéis vosotros qué hizo el padre de Nasreddin?

—Yo no. ¿Tú lo sabes?

—No, yo tampoco.

—Pero creo que no fue nada bueno lo que hizo…

—Entonces será mejor que no corramos riesgos. Podemos robar otros burros. Es más prudente devolverle el suyo a Nasreddin, no sea que tengamos que lamentarlo.

—Cierto. ¡Vamos a devolvérselo!

Los tres ladrones, temblando, fueron en busca de Nasreddin:

—Toma, Nasreddin, aquí tienes tu burro. Nos lo llevamos porque queríamos gastarte una broma. Por favor, no te enfades con nosotros y no hagas lo mismo que hizo tu padre cuando le robaron su burro.

Muy digno, Nasreddin tomó las riendas de su burro dispuesto a regresar a su casa. Una mujer que andaba por allí cerca se atrevió, finalmente, a preguntar lo que tanto intrigaba a todo el pueblo:

—Oye, Nasreddin, ¿se puede saber qué hizo exactamente tu padre el día que le robaron su burro?

—¿Pues qué queríais que hiciera mi padre? —dijo Nasreddin encogiéndose de hombros— ¡Se compró otro burro!

FIN

El sueño

Ilustración: juliette5094

Érase una vez una mujer muy pobre, cuya única posesión era un mortero en el que, cada mañana, machacaba los granos que a su vecino, un rico terrateniente, le caían de la carreta cuando se dirigía a vender su trigo al mercado.

Con el primer canto del gallo, la mujer se ponía en pie y esperaba paciente, junto al camino, el paso del pesado carromato para recoger, antes de que los pájaros se lo comieran, el dorado manjar con el que amasaba el pan que le servía de alimento.

 Una mañana, en el mismo instante que pasaba la carreta, vio cruzar por el camino un veloz conejo y sin pensarlo dos veces, le tiró la mano de mortero a la cabeza.

Justo en el mismo instante, el rico terrateniente disparó su escopeta apuntando al conejo.

El conejo cayó muerto y el terrateniente y su vecina entablaron una disputa sobre cuál de los dos lo había matado.

—Te propongo un trato —dijo la mujer—, como ahora tienes prisa para llegar al mercado y yo debo amasar mi pan, guarda tú el conejo, pero invítame esta noche a cenar a tu casa y veremos cómo resolvemos la disputa.

El hombre aceptó y aquella noche se reunieron los dos en casa del terrateniente, que ya había preparado una cena estupenda para ambos.

Cuando acabaron de cenar, la mujer dijo:

—Escucha, a ver qué te parece mi propuesta. En este momento el conejo no es ni tuyo ni mío, puesto que yo digo que lo mató mi mano de mortero y tú afirmas que fuiste tú, con tu escopeta, el que lo hizo. Si te parece bien, me quedaré a dormir aquí en tu casa. Tú te acuestas en tu cama y mañana por la mañana, el que haya tenido el sueño más bonito se quedará con el conejo. No te preocupes por mí: si me das una manta vieja, dormiré en el suelo, aquí mismo en la cocina, cerca del fuego.

Y así lo hicieron. El cazador se fue a dormir al piso de arriba y la mujer se acurrucó en el suelo de la cocina.

A la mañana siguiente, el cazador bajó y le dijo a la mujer:

—Muy bien, podemos empezar. Cuéntame tu sueño.

—No, no, por favor, primero cuéntame tú el tuyo, ya que eres el anfitrión. Además, tú eres más importante que yo.

—De acuerdo entonces. Te lo contaré. Esta noche he soñado con una escala de oro larga, muy larga. La escala colgaba junto a mi cama, traspasaba el techo de la casa y subía hasta el cielo. Al principio me dio miedo subir por ella, porque no sabía qué encontraría al final, pero me decidí y, peldaño a peldaño, ascendí un buen rato, hasta que toqué las nubes, que se iban abriendo a mi paso. Por fin, llegué a un paraíso casi imposible de describir. En él sonaba la música más bella que oído humano haya escuchado jamás; el aroma penetrante de fragantes flores inundaba mi nariz. Probé manjares exquisitos, cuyo sabor no recordaba nada de lo que hasta ahora he comido. En fin, que soy incapaz de referir con detalle todas las maravillas que allí encontré. Tan bello era lo que me rodeaba, que no quería regresar, pero el gallo cantó, me desperté, abrí los ojos y estaba en mi cama. En resumen, he tenido un sueño espléndido. Y tú, ¿qué has soñado?

—Pues, aunque no te lo creas, yo he tenido, exactamente, el mismo sueño que tú. He visto la escala de oro, he visto cómo trepabas por ella hasta el cielo y, desde aquí abajo, he oído la música maravillosa y he olido las flores; ¡y hasta me ha parecido ver esos manjares que cuentas!, y como me he figurado que no ibas a querer volver y que te quedarías allí para siempre, me he comido el conejo.

FIN

El gato con botas

Nothing_but_the_cat_by_Aguaplano

Murió un viejo molinero y no dejó más bienes que su molino, su asno y su gato.

Sus tres hijos hicieron las particiones con gran facilidad, sin notario ni abogado, que se hubieran comido tan exiguo patrimonio.

El mayor de los tres hermanos se quedó el molino. El mediano el asno. Y el pequeño no tuvo otra herencia que el gato.

El pobre chico, al recibir tan pobre heredad, se quedó muy desconsolado.

—Mis hermanos —decía— podrán ganarse la vida trabajando, pero yo, como no me coma al gato y luego venda su piel, me moriré de hambre. ¿Qué haré con él? ¡Ni tan solo puedo alimentarlo!

El gato, que escuchaba lo que el muchacho decía, subió de un salto al regazo de su amo, restregó la cabeza contra su pecho, y lo consoló diciendo:

—No estés triste, amo; cómprame un par de botas y un saco que se cierre con cordones, y ya verás como no es tan mala la parte de herencia que te ha correspondido.

El chico depositó toda su confianza en el astuto gato. Había sido testigo del ingenio del animal, cuando lo observaba cazar pájaros y ratones, así que pensó que tal vez el felino podría socorrerlo de su miseria. Pidió prestado algo de dinero a sus hermanos y compró lo que le pedía.

El gato se calzó inmediatamente las botas, se colgó el saco al hombro y andando sobre sus dos patas traseras se dirigió a un bosque cercano en el que sabía que había cientos de conejos.

Colocó el saco al pie de un árbol y en su interior puso un poco de tomillo y se dispuso a esperar a que algún gazapo, inexperto y poco instruido en los peligros del mundo, se sintiera atraído por la olorosa hierba.

Al poco de estar apostado, un joven conejillo se acercó, olisqueó y entró en el saco dando saltitos. El gato dio un fuerte tirón de los cordones y atrapó al conejo dentro del saco.

Con la caza obtenida, se dirigió al palacio del rey de aquellas tierras y solicitó audiencia.

Después de esperar un buen rato, lo condujeron a la cámara real y haciendo una profunda reverencia, le dio el conejo al monarca diciendo:

—Majestad, mi amo el señor marqués de Carabás se sentiría muy honrado si os dignarais a probar su caza. Por eso os envía este conejo que él mismo ha cazado esta mañana en los bosques que posee.

—Di a tu amo —respondió el rey— que con mucho gusto acepto su regalo. Transmítele mi agradecimiento.

Días después, volvió al bosque, calzado con sus botas y con el saco al hombro, y no tardó en dar caza a un par de perdices.

Acto seguido, corrió a presentarlas al rey, como había hecho con el conejo, y el monarca recibió con tanto entusiasmo las dos perdices, que mandó se le diese al gato unas monedas de oro de propina.

Durante los siguientes meses, el gato le fue llevando al rey una parte de lo que cazaba, hasta el día que corrió la voz de que el rey saldría a pasear por la orilla del río en compañía de su hija, la princesa más hermosa del mundo. Entonces, el astuto gato le dijo a su amo:

—Si sigues mis consejos, tu fortuna ya está hecha. Solo tienes que bañarte desnudo en el río, exactamente, en el lugar que yo te indicaré. El resto, déjamelo a mí.

El hijo del molinero hizo lo que el gato le aconsejaba, aunque sin comprender cuáles eran sus intenciones.

Mientras se estaba bañando llegaron el rey, la princesa y la comitiva real a la orilla del río y justo en ese momento, el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír los gritos, el rey asomó la cabeza por la ventana de la carroza y, al reconocer al gato que tantas veces lo había obsequiado con la caza, mandó a sus guardias que fuesen de inmediato a socorrer al marqués de Carabás.

Mientras sacaban del río al pobre marqués, el gato, se aproximó a la carroza y le contó al rey que, mientras su amo se bañaba en el río, unos ladrones habían robado sus ropas, y aunque había intentado impedirlo, no había podido hacer nada. El rey inmediatamente hizo traer de palacio los mejores trajes de su guardarropa para el marqués de Carabás.

Cuando estuvo vestido, se presentó ante el monarca, que lo recibió con deferencia. Era tan guapo el muchacho y las ropas le sentaban tan bien, que la princesa, al verlo, se prendó del joven y él de ella.

El rey, al notar que los dos jóvenes se miraban con buenos ojos, invitó al marqués a acompañarlos en su paseo y el gato, al ver que sus planes empezaban a funcionar, tomó la delantera.

No tardó en encontrar a unos campesinos que segaban la yerba de unos prados y les dijo:

—Buena gente, si no decís al rey que los prados que estáis segando pertenecen al señor marqués de Carabás, ordenaré que os hagan picadillo.

Al pasar el rey, preguntó a los segadores quién era el dueño de aquellos prados y, asustados por la amenaza del gato, los labriegos contestaron a una voz:

—Son del señor marqués de Carabás.

—Tenéis unos terrenos magníficos -dijo el rey al hijo del molinero.

—Ciertamente, Majestad, esta tierra no deja de producir con abundancia cada año.

El gato, que iba siempre delante, encontró luego unos labriegos y les dijo:

Buena gente, si no decís al rey que las tierras que estáis labrando pertenecen al señor marqués de Carabás, ordenaré que os hagan picadillo.

El rey, que pasó un momento después, quiso saber a quién pertenecían aquellas tierras y al preguntar, le contestaron a coro:

—Son del señor marqués de Carabás.

Y el rey felicitó de nuevo al hijo del molinero.

El gato, siempre delante de la carroza, iba repitiendo lo mismo a todas las gentes que encontraba a su paso y el rey no pudo menos que admirarse de las grandes riquezas del señor marqués de Carabás.

Por fin llegó el gato a un hermoso castillo, que pertenecía a un sanguinario ogro. El más rico de la comarca, dueño de todos los prados, las tierras y los bosques por donde habían pasado, y después de tener la precaución de informarse acerca de quién era este ogro y de lo que sabía hacer, solicitó hablar con él para presentar sus respetos ya que, dijo, no quería abandonar los dominios de tan gran señor sin haberlo saludado.

El ogro, halagado, lo recibió con gran amabilidad y lo hizo reposar en un gran diván.

—Me han asegurado -le dijo el gato- que tenéis el don de convertiros en el animal que se os antoje. Por ejemplo, en elefante, en león, en tigre…

Cierto es -respondió el ogro-

Y para demostrarle sus habilidades al gato, tomó la forma de un león.

—También me han asegurado, aunque eso no me lo creo, que tenéis la facultad de transformaros en un animal pequeño. Por ejemplo, en un simple ratoncito. Aunque eso sí que me parece imposible.

—¡Para mí no hay nada imposible! —rugió el ogro muy ofendido— ¡Ahora vais a convenceros!

Y diciendo esto, se trasformó en un diminuto ratón. El gato, sin esperar ni un segundo, se abalanzó ágilmente sobre él y le dio caza.

Entretanto, el rey, que ya estaba cerca, al ver el magnífico castillo del ogro, quiso dirigirse allí para descansar. Al oír el ruido de la carroza, el gato salió corriendo para recibir a la comitiva:

—¡Excelencia! Sed bienvenido al castillo de mi noble amo el señor marqués de Carabás.

—¡Cómo, señor marqués!, —dijo el rey al hijo del molinero— ¿¡Es vuestro este castillo!? ¡No hay otro tan hermoso en todo mi estado! ¡Enseñádnoslo, si gustáis!

El marqués tomó del brazo a la joven princesa y todos entraron al castillo.
En el interior encontraron servida una copiosa comida que el ogro había hecho preparar para sus amigos, que aquella noche debían ir a solazarse al castillo y que no se atrevieron a entrar al enterarse de que el rey estaba allí.

El soberano, encantado de las buenas cualidades del marqués y sabiendo que a su hija no le había sido indiferente, le dijo después de haber dado cuenta de la opípara cena:

—Me sentiría muy honrado, amigo mío, si aceptarais ser mi yerno.

El hijo del molinero, haciendo grandes reverencias, aceptó tan honrosa proposición y pocos días después se celebró la fastuosa boda.

El gato, convertido en gran señor, dejó de cazar y solo corría tras los ratones por pura diversión. Jamás se separó de su amo y algunas veces le recordaba:

—Ya ves que el ingenio y la imaginación son más valiosos que cualquier herencia.

FIN