injusticia

Caperucita, Ramiro y el colgante

Ilustración: poubelle-de-dav

Érase una vez un lobo llamado Ramiro, siempre sonriente y siempre dispuesto a ayudar al resto de animales del bosque. Un día, salió triste de su casa; había perdido el colgante que le había regalado su abuela. Era muy especial para él, porque le daba suerte y le permitía sentirse cerca de su abuela y pedirle consejo si lo necesitaba.

—¿Qué te pasa, Ramiro? —le preguntó su amigo Roberto, el pájaro carpintero, al verlo aparecer con cara compungida.

—He perdido el colgante que me regaló mi abuela. Lo he buscado por todos sitios, pero no logro encontrarlo.

—Yo sé quién lo tiene. La semana pasada, vi a una niña vestida con un traje rojo que recogía fruta; lo encontró al pie de un árbol y se lo llevó.

—¿Y sabes dónde podría encontrar a esa niña?

—Alguna vez la he visto visitando una casa en medio del bosque. Pregunta allí.

—Gracias, Roberto.

Tras caminar un rato, Ramiro escuchó que alguien cantaba:

—La, la, la, la…

—Hola, soy Ramiro. ¿Cómo te llamas?

—Hola Ramiro, soy Caperucita. Voy a casa de mi abuelita a llevarle esta cesta de comida —dijo la niña, que vestía una capa roja.

Ramiro se dio cuenta de que lucía en el cuello su colgante.

—¿Te puedo acompañar? El bosque es peligroso.

—Sí, gracias, Ramiro.

—Caperucita, ¿estuviste hace unos días en el bosque? —le preguntó poco después.

—Yo ando mucho por el bosque. Me gusta recoger flores y frutas para mi abuela.

—¿No encontrarías, por casualidad, un colgante? Perdí uno hace poco.

—¿Yo? —Caperucita escondió con disimulo la joya dentro de su blusa, pero Ramiro se dio cuenta—. No, yo no me llevo las cosas de los demás.

Triste, Ramiro pensó hablar con la abuela de Caperucita para que convenciera a su nieta de que le devolviese su colgante.

—Caperucita, ¿vive muy lejos tu abuelita?

—No, muy cerca, justo al lado del pantano.

—Como esta zona ya es segura, ¿te puedo dejar sola? Se me ha hecho tarde y tengo que volver a casa.

—Claro. Gracias por tu compañía.

—Por cierto, para ir a casa de tu abuela, te recomiendo que sigas el camino de la derecha en la bifurcación que hay más adelante, está lleno de flores y frutas.

Ramiro se marchó y fue por el camino de la izquierda, el más directo para llegar a casa de la abuelita. Cuando Ramiro llegó allí, a Caperucita aún le quedaba un buen trecho por recorrer.

—Buenos días, abuelita. Hace unos días, su nieta Caperucita se encontró un colgante que yo había perdido. He estado con ella hace un rato y aunque se lo he visto puesto, ella me ha dicho que no lo tenía. ¿Puede pedirle usted que me lo devuelva?

—¡No seas mentiroso! Mi nietecita es demasiado buena como para mentir así.

—¡Pero le digo la verdad!

—Bueno, tranquilo. Hablaré con ella. Te traeré algo de beber mientras la esperamos.

La abuelita fue a la cocina, descolgó un rodillo y, con él en las manos, se abalanzó sobre Ramiro, que asustado abrió la boca para gritar, pero en vez de eso, lo que hizo fue comerse a la abuela de un solo bocado sin querer.

En ese preciso instante, el lobo oyó el lejano canturreo de Caperucita, que se acercaba. Se puso nervioso y se metió en la cama de la abuelita temblando.

Al entrar en la casa, Caperucita vio el rodillo tirado en el suelo y lo recogió. Eso la hizo sospechar, porque su abuela era muy ordenada.

—Abuelita, ya he llegado —gritó desde el salón la pequeña.

—Pasa, pasa. Estoy en la habitación —dijo el lobo intentando suavizar la voz.

Al ver al animal entre las sábanas, Caperucita exclamó:

—Abuelita, abuelita. Te noto un poco rara, ¿qué te ocurre?

—E… esto… estoy un poco enferma.

—Abuelita, abuelita. Qué ojos más grandes tienes.

—Em… pues… ¡Es que son para verte mejor! —improvisó Ramiro.

—Abuelita, abuelita… qué nariz más grande tienes.

—Pues… es que… ¡Es para olerte mejor! —disimuló olisqueando su cabello.

Caperucita sabía que esa no era su abuelita.

De pronto, Ramiro vio reflejado en el espejo del armario el rodillo que la niña escondía a su espalda.

—Abuelita, abuelita… qué boca tan grande tienes.

—Es… ¡para comerte mejor! —gritó Ramiro intentando asustar a Caperucita para que no lo atacase.

La pequeña dio un salto hacia atrás y Ramiro aprovechó para quitarle el colgante. La niña gritó pidiendo socorro, mientras no dejaba de repetir que el lobo se la quería comer. Ramiro aullaba para intentar calmarla. Los gritos de ambos alertaron a un cazador que se acercó con cautela y observó desde la ventana cómo Caperucita corría hacia Ramiro. El pobre, arrinconado y temeroso, cerró los ojos y abrió su enorme boca para gritar y, justo entonces, Caperucita se metió sola en la boca del lobo.

Ramiro se sentó en un sillón para pensar en qué podía hacer y ahí se quedó dormido.

Mientras, el cazador, que había juntado muchas piedras en la entrada de la casa, entró sigiloso y con un enorme cuchillo le abrió la tripa a Ramiro para sacar a Caperucita y a la abuelita y meter las piedras en su lugar. Luego lo cosió y los tres se escondieron para ver qué ocurría.

Ramiro despertó y decidió ir a dar un paseo para seguir meditando. Caperucita, la abuelita y el cazador lo siguieron. En el pequeño pantano cercano, el lobo se paró para beber agua y, al inclinarse sobre el borde, el peso de las piedras lo precipitó hacia el fondo. Todos pensaron que aquel era el fin.

Pero, poco después, Ramiro salió a la superficie a lomos de un hipopótamo, al cual le agradeció que le hubiese salvado la vida. Por suerte, el agua había deshecho el hilo con el que el cazador había cosido la barriga del lobo y las piedras se habían hundido en el pantano. Preocupado, por si también había perdido el colgante, Ramiro se echó la mano al bolsillo, pero al comprobar que lo tenía, respiró tranquilo.

Volvió, muy enfadado, a casa de la abuelita para pedir explicaciones por lo mal que lo habían tratado, pero al acercarse, oyó música y risas. Se escondió tras unos arbustos y vio que Caperucita y los demás habían organizado una gran fiesta. Prefirió no pensar en lo que celebraban, simplemente se puso el colgante, sonrió y regresó, feliz, a su casa.

FIN

Martes sin cuento

Ilustración tomada de Internet

Con motivo de la huelga general convocada en Catalunya para el martes 3 de octubre, Isla Imaginada se solidariza con todas aquellas personas que creen que los sueños de cualquier color son posibles.

Personas unidas más allá de la edad, la ideología, la raza o el nivel social capaces de dialogar, a pesar de sus diferencias, para construir nuevas realidades y a las que ni golpes, ni trabas de ningún tipo pueden detener.

Ojalá que llegue un día en el que los cuentos sean la base sobre la que los niños del futuro construyan un mundo mejor, en el cual la libertad de expresión y el derecho a decidir libremente no sea sean la excepción, sino la norma.

Tomado del libro de Quino, Todo Mafalda

Mañana, si os apetece, volved; podréis leer el cuento del martes en miércoles. ¡Gracias!

El hombre, el oso y el zorro

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Ilustración rusa del siglo XIX para el cuento «El hombre, el oso y el zorro»

Un día que un campesino estaba labrando su campo, se acercó a él un oso y le anunció:

—¡Campesino, te voy a comer!

—¡No me comas! —suplicó el hombre—. Si me perdonas la vida, prometo que trabajaré para ti. Sembraré nabos y los repartiremos entre los dos. Yo me quedaré con las raíces, pero las hojas te las daré a ti.

Al oso le pareció conveniente aquel trato, así que regresó satisfecho al bosque.

Llegó el tiempo de la recolección y el campesino empezó a escarbar la tierra para desenterrar los nabos.

No tardó en aparecer el oso para reclamar su parte.

—¡Hola, campesino! Veo que ha llegado el tiempo de recoger la cosecha. Dame mi parte —exigió el oso.

—Con mucho gusto lo haré. Yo mismo te la llevaré a tu casa —contestó el campesino.

Y cuando ya lo hubo recogido todo, condujo su carro repleto de hojas de nabo hasta el bosque.

El oso quedó muy satisfecho con el que pensó que era un ventajoso reparto.

Al día siguiente, el campesino cargó de nuevo el carro con los nabos y puso rumbo a la ciudad para vender su mercancía.

Por el camino, tropezó con el oso, el cual le preguntó:

—¡Hola, campesino! ¿Adónde vas?

—A la ciudad, a ver si puedo vender estas raíces de nabo —contestó el hombre.

—Muy bien, pero antes de seguir adelante quiero probarlas.

No tuvo más remedio el labrador que darle al oso un nabo para que lo probase.

Apenas el oso se lo hubo comido, gruñó furioso:

—¡Miserable! ¿Pretendías engañarme?¡Las raíces están mucho más buenas que las hojas! Si no quieres que te coma, la próxima vez que siembres me darás a mí las raíces y las hojas te las quedarás tú.

—Bien —respondió el campesino.

En la época de la siembra, el hombre, en lugar de nabos, plantó trigo.

Al llegar el tiempo de la recolección, desgranó las espigas, las molió y con la harina que obtuvo, amasó y coció ricos panes y al oso le dio las raíces del trigo.

Antes de llevarse las raíces, el oso exigió probar el pan y viendo que, de nuevo, el campesino se había burlado de él, gruñó colérico:

—¡Campesino! ¡Estoy más que enfadado contigo! ¡Ni se te ocurra aparecer por el bosque a buscar leña, porque, en cuanto te vea, te daré un zarpazo!

Pasaron lo días sin que el campesino se atreviera a acercarse a los dominios del oso, pero llegó un momento en el que ya no pudo esperar más. La leña le hacía mucha falta, así que fue quemando sus sillas, los toneles y todo lo que encontró en su casa fabricado con madera. Una vez ardió todo, no tuvo más remedio que armarse de valor y dirigirse al bosque.

Entró tan sigilosamente como pudo, pero un zorro que lo oyó, salió a su encuentro.

—¿Por qué te mueves tan despacito? ¿Qué te pasa?

—Vengo a cortar leña, pero tengo miedo de encontrarme con el oso. Está muy enfadado conmigo y amenazó con comerme si me veía por aquí.

—Si me pagas bien, te puedo proteger. Si no me pagas, lo aviso ahora mismo.

El campesino, muy apurado, le dijo al zorro:

—¡No me delates! No soy avaro y si me ayudas, te daré una docena de gallinas.

—De acuerdo. Corta la leña que quieras y, entre tanto, yo daré gritos. Si el oso te pregunta qué es lo que ocurre, dile que hay cazadores en el bosque persiguiendo lobos y osos.

El campesino se puso a cortar leña y, al poco, vio que llegaba el oso a la carrera.

—¡Oye, hombre! ¿Sabes qué ocurre? ¿Qué son esos gritos? –preguntó el animal.

—¡Ah! Eso… Son cazadores persiguiendo lobos y osos.

—¡Por favor, no me descubras! Escóndeme bajo tu carro —suplicó el oso aterrorizado.

El zorro, que lo observaba todo escondido tras unos matorrales, gritó:

—¡Campesino!, ¿has visto un oso por aquí?

—No, yo no he visto nada —respondió el hombre.

—¿Seguro? ¿Qué es eso que escondes bajo tu carro?

—Solo es un tronco de árbol.

—Si fuese un tronco, estaría sobre el carro y atado con una cuerda, no debajo de él.

El oso que oyó esto, suplicó al campesino:

—¡Pronto!, súbeme al carro y átame.

El campesino no se lo hizo repetir. Cargó el oso en el carro, lo ató y cuando ya lo tuvo inmovilizado, lo molió a golpes mientras repetía:

—Vete de este bosque y no vuelvas jamás si no quieres que te entregue a los cazadores.

Cuando el oso, más muerto que vivo, se hubo marchado, apareció el zorro para reclamar sus honorarios:

—Y ahora, págame lo que me debes.

—Con mucho gusto lo haré. Acompáñame a casa y podrás escoger las gallinas que más te gusten.

El campesino en el carro y el zorro corriendo delante emprendieron el camino.

Cuando ya estaban cerca de la granja, el hombre silbó y enseguida acudieron sus perros, que al ver al zorro, se pusieron a perseguirlo.

Muerto de miedo, el animal echó a correr hacia el bosque y, una vez allí, se escondió en su guarida.

Después de recuperar el aliento, empezó a preguntar:

—Ojos míos, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Estábamos atentos al camino para que no tropezaras!

—Orejas mías, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Escuchábamos por si los perros se acercaban demasiado!

—Pies míos, ¿qué habéis hecho mientras corría?

—¡Correr a todo correr para que no te alcanzaran los perros!

—Y tú, rabo mío, ¿qué has hecho mientras corría?

—Yo —dijo el rabo— como estaba asustado, me metía entre tus piernas para que tropezases conmigo, te cayeses y los perros te mordiesen con sus dientes.

—¡Cobarde! —gritó furioso el zorro—. ¡Ahora vas a recibir tu merecido!

Y sacando el rabo fuera de la cueva, exclamó:

—La culpa ha sido de este rabo traidor. ¡Comedlo, perros!

Los perros agarraron con sus dientes el rabo y tiraron y tiraron de él, hasta conseguir sacar al zorro entero de su cueva y no pararon hasta darle, a dentelladas, un buen escarmiento.

FIN

El pollito que llegó a rey

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Ilustración: snake-silent

Érase una vez un pollito muy chiquitín, muy chiquitín que vino al mundo siendo ya huérfano, y lo primero que dijo al romper el cascarón fue:

—¡Qué injusticia! ¡Mis papás han tenido que morir de hambre y el rey les debía un grano de maíz!

Estaba muy triste, pero el valeroso pollito se enjugó las lágrimas, descolgó el zurrón de su difunto padre, se puso la bufanda de su difunta madre  y, anda que te anda, se dirigió hacia la capital decidido a cobrar la deuda.

Apenas había andado media docena de pasos, cuando en medio del camino encontró un palo que lo hizo tropezar y caer.

El pollito se levantó se sacudió el polvo y dijo:

—¡Hola, Palo!, he tropezado contigo. No te había visto.

—¿Adónde vas? —le preguntó el palo.

—A la ciudad, a cobrar un crédito de mis difuntos padres —contestó.

—Vamos juntos —dijo el palo.

El pollito cogió el palo y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un gato que, al verlo, exclamó:

—¡Oh!, un dulce pollito ¡Qué bocado más tierno!

—No valgo la pena —replicó el pollito—,  tengo poca carne.

—¿Adónde vas? —preguntó el gato.

—Voy a cobrar un crédito de mis padres.

—Pues voy contigo —dijo el gato—. Tal vez encuentre por el camino algo bueno para comer.

El pollito cogió al gato y lo metió en el zurrón.

Poco después, encontró a una hiena que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón?

—Voy a ver al rey para cobrar un crédito de mis padres —explicó el pollito.

—Me gustaría conocer la ciudad. ¡Vayamos juntos! —dijo la hiena.

El pollito cogió a la hiena y la metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un fiero león.

—¿Adónde vas pequeño pollito? —rugió la fiera.

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—Vamos allá juntos —dijo el león.

El pollito cogió al rey de la selva y lo metió en el zurrón.

Encontró después a un elefante que estaba hartándose de plátanos.

El elefante le preguntó alegremente:

—¿Adónde vas, chiquitín?

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—¡Pues vayamos juntos! —exclamó el paquidermo.

El pollito cogió al elefante y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, encontró a un guerrero, que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón tan pesado?

—Voy a cobrar una deuda.

—¿A casa de quién? —preguntó el guerrero.

—Al palacio del rey —contestó el pollito.

—Pues iremos juntos —dijo el guerrero.

El pollito lo cogió y lo metió en el zurrón.

Por fin, cargado con su zurrón, llegó a la ciudad donde vivía el rey. La gente corrió a anunciar al soberano que el pollito había llegado y que pretendía cobrar el crédito de sus difuntos padres.

—Haced hervir un caldero de agua, que echaremos a ese insolente polluelo dentro y haremos un buen caldo con él, así no tendremos que pagar la deuda.

El hijo del monarca se puso a gritar:

—¡Yo haré el caldo! ¡Yo haré el caldo!

Cuando el pollito vio que se acercaba el príncipe, le dijo al palo:

—¡Palo, ahora es la tuya!

El palo hizo tropezar y caer al hijo del rey, que derramó el agua y quedó escaldado.

La gente de la ciudad dijo entonces:

—Hay que encerrarlo en el gallinero con las gallinas; ellas lo matarán a picotazos.

Pero el pollito sacó al gato del zurrón y le dijo:

—¡Te devuelvo la libertad!

El gato mató a todas las gallinas, cogió la más gorda y se escapó con su botín.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo con las cabras; allí lo pisotearán!

El pollito dijo entonces:

—¡Hiena, ya eres libre!

La hiena mató a todas las cabras, escogió la más gorda y con ella se escapó.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo de las vacas!

Y allí lo metieron, pero el pollito dijo:

—¡León, ahora es la tuya!

El león salió del zurrón y terminó con todas las vacas, escogió la más gorda y la devoró en un abrir y cerrar de ojos.

El pueblo entero estaba furioso y decía:

—¡Este polluelo es un desvergonzado y no quiere morir! ¡Lo encerraremos con los camellos! Ellos acabarán con él.

Lo encerraron allí, pero el pollito dijo:

—Elefante, buen amigo, ¡sálvame la vida! Ahora es la tuya.

Y sacó al paquidermo del zurrón.

El elefante miró desafiante a los camellos y los aplastó, del primero al último.

La gente del pueblo fue a ver al rey y le dijo:

—Aquí en la ciudad no podemos con este polluelo insolente; paguémosle lo que se les debía a sus padres y que se marche. Le daremos caza en el bosque y recuperaremos lo que le hemos dado.

El soberano ordenó abrir su real tesoro y entregarle al pollito el grano de maíz que se le debía.

Y el pollito, feliz y contento, abandonó el pueblo con su grano de maíz.

Cuando vieron que se alejaba camino adelante, montaron en sus caballos, incluido el mismísimo rey, y se lanzaron en pos del pollito. Pero el pollito, que se dio cuenta del peligro, sacó rápidamente al guerrero del zurrón y le pidió:

—¡Guerrero, por favor! ¡Ayúdame! ¡Demuéstrales que eres de armas tomar!

Y el guerrero, antes de lo que se tarda en contarlo, hizo trizas a todos.

El pollito volvió entonces a la ciudad del rey y se quedó con todas las riquezas del palacio y él mismo se proclamó rey de aquel pueblo al que había conseguido vencer con la ayuda de todos sus amigos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El pollito que llegó a rey” con la voz de Angie Bello Albelda

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Los mosquitos (o ¿por qué los mosquitos me pican a mí?)

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Ilustración de Joan Batllori i Comas coloreada por Hermes, de Tintas Creativas

 

¿Conocéis un animal que va haciendo «zum, zum», se alimenta de sangre y muchas veces lo hace cuando estamos durmiendo?… ¿No? Otra pista. Una vez que ha comido la sangre que necesita, te deja en el cuerpo un granito que pica, ¡y pica mucho! Sí, exacto, ¡el mosquito!

Tenéis que saber que si los mosquitos nos molestan y nos importunan con sus picaduras, es culpa… No, no tiene nada que ver con que tengamos más o menos azúcar, sino que….

 

Hete aquí que hace mucho, mucho tiempo, cuando las ranas tenían pelo y la música aún no existía, que los mosquitos no comían sangre. Se dedicaban a comer néctar como sus parientes a rayas, las abejas, o sus primos lejanos, los colibrís. No probaban sangre de ningún tipo; ¡ni tan siquiera había pasado por su diminuta cabeza hacerlo! Eran felices teniendo lo que tenían y punto.

Era un tiempo en que la convivencia entre especies era pacífica y todos se entendían. La única ley que existía era la ley de la naturaleza. Todo ser vivo sabía que esa ley consistía en comer y ser comido, pero no por ello se guardaban rencor. Cuando los lobos cazaban jabalíes, lo hacían con el más profundo respeto hacia la otra especie y también todo el mundo sabía el valor de las hierbas y de las plantas que les servían de alimento. Pero al cabo de unos cuantos años, llegó al planeta una nueva especie.

Aquella especie andaba sobre dos patas y poseía una gran inteligencia capaz de crear lo que llamaban herramientas. Como habréis podido adivinar, esa especie era el ser humano. Poco a poco, fue adquiriendo la supremacía sobre el resto de los seres vivos, creyéndose mejor y superior al resto del mundo.

Así pues, con el paso del tiempo, fue colonizando todos los hábitats naturales, echando a las especies que habitaban en ellos. Comenzaron con las cuevas, donde vivían los osos y los tejones; luego, se apropiaron de las tierras de pasto de las cabras para edificar sus pueblos. En otros lugares en lugar de quedarse con las tierras, colonizaron los árboles, y echaron de ellos a los pájaros que los habitaban.

Al principio, los animales intentaron sublevarse contra ese ataque indiscriminado de sus lugares de caza y pesca y de sus hogares, pero por mucho que se esforzaban no había forma; el hombre siempre se inventaba alguna de sus llamadas herramientas para hacer frente a los ataques. Así que, unas tras otras, todas las bestias se fueron retirando y se hicieron cada vez más escasas y evasivas.

Esta situación también afectó a los mosquitos, los cuales vivían en las praderas, junto a los gamos y otros animales, disfrutando de las flores, del cielo y de la brisa cálida del verano. Pero con la llegada del ser humano, se vieron relegados a vivir en los pantanos, donde las flores apenas crecían y, muchas veces, la suciedad hacía casi insoportable la vida. Los mosquitos, muy furiosos, se reunieron en comité para encontrar una solución urgente a dicha situación. Pero por mucho que discutían, charlaban y se gritaban unos a otros, no había forma de hallar respuesta alguna a todos sus interrogantes.

Fue en esa época, que un mosquito que estaba revoloteando por uno de los pocos prados que aún quedaban, divisó una flor amarilla preciosa, casi al final de la verde pradera. Al verla, no se lo podía creer, debía de ser la última flor de la temporada, “su néctar será delicioso”, pensó el mosquito.

Ya estaba a punto de llegar, cuando apareció un hombre que arrancó la flor para poder olerla. Cuando el mosquito vio esta atrocidad, no pudo contener la ira que había ido creciendo en su interior y se lanzó contra aquel ser que era mil veces más grande que él y, con toda su furia, le clavó en el brazo la trompa que hasta ese momento le había servido para chupar el néctar. Extenuado como estaba y aún con la trompa clavada en el brazo, aspiró profundamente y una bocanada de sangre le entró en la boca.

Justo en ese momento, descubrió el secreto mejor guardado hasta entonces de la naturaleza: los seres humanos eran hijos de las flores, pero ni ellos mismos lo recordaban. Aquella bocanada de sangre que había probado era la cosa más dulce que había saboreado jamás, más que el néctar. Fue entonces cuando decidió ir a hablar con el consejo de sabios de los mosquitos.

Y allí, en medio del pantano, los mosquitos decidieron poner en práctica lo que hasta hoy siguen haciendo: a partir de aquel día, se alimentarían de la sangre de los humanos, y no dejarían de hacerlo hasta que aquellas nuevas bestias no se comportaran con armonía con la naturaleza y los mosquitos y el resto de los animales recuperaran sus posesiones.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Los mosquitos (o ¿por qué los mosquitos me pican a mí?)” con la voz de Angie Bello Albelda

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