Isla Imaginada

Los gnomos de Gnu

Ilustración: aralk

Había una vez en la tierra —y quizás lo haya todavía— un emperador muy poderoso que quería descubrir nuevos territorios a toda costa.

—¿Qué clase de emperador soy yo —gritaba—, si mis naves no descubren ningún continente nuevo, lleno de oro, de plata y de pastos, al que pueda llevar nuestra civilización?

Y sus ministros contestaban:

—Majestad, en la tierra ya no queda nada por descubrir. ¡Mire el mapamundi!

—¿Y esta islita tan pequeña que veo aquí? —preguntaba ansioso el Emperador.

—Si aparece en el mapamundi, es que ya la han descubierto hace tiempo —replicaban los ministros—. Es posible que incluso hayan instalado allí una colonia de vacaciones. Y, por otra parte, hoy en día ya no se hace nadie a la mar para descubrir islas y continentes. Hoy en día, los astronautas recorren las galaxias.

—¿Ah, sí? —contestó testarudo el Emperador— ¡Pues enviad a un explorador galáctico al espacio! ¡Y que no vuelva hasta haber descubierto al menos un pequeño planeta habitado!

Así se hizo, y el Explorador Galáctico (E. G. para los amigos) estuvo tiempo y tiempo vagando por la inmensidad del espacio en busca de un planeta que civilizar.

Pero solo encontraba planetas rocosos, planetas polvorientos, planetas llenos de volcanes que escupían fuego… De planetas bonitos y habitados, ni rastro.

Hasta que un día, precisamente en el rincón más alejado de toda la Galaxia, mientras enfocaba su megatelescopio megagaláctico, E. G. vio una cosa maravillosa… Un pequeño planeta precioso, con un cielo azul ligeramente salpicado de nubes blancas, con unos valles y unos bosques tan verdes que daba gozo mirarlos. Y, al acercarse un poquito más, vio que en aquellos valles retozaban hermosos animales de todas las especies, mientras unos hombrecillos minúsculos, un poco ridículos, pero a fin de cuentas de aspecto simpático, podaban los árboles, daban de comer a los pájaros, cortaban el césped, o nadaban tranquilamente en ríos y torrentes de agua tan transparente que se podía ver al fondo infinidad de peces multicolores.

E.G. aterrizó, bajó de la astronave y vio que se le acercaban, sonriendo, aquellos hombrecitos, que enseguida se presentaron:

—Buenos días, señor forastero, nosotros somos los gnomos de Gnu, que es el nombre de nuestro planeta. ¿Y tú quién eres?

—Yo —dijo E. G.— soy el Explorador Galáctico del Gran Emperador de la Tierra, ¡y he venido a descubriros!

—¡Vaya casualidad! —dijo el jefe de los gnomos— ¡Nosotros estábamos seguros de ser nosotros los que te habíamos descubierto a ti!

—De eso ni hablar —dijo E. G.—. Soy yo el que os ha descubierto a vosotros, porque nosotros, en la Tierra, no sabíamos que existíais. Y, por lo tanto, tomo posesión de este planeta en nombre de mi emperador, para poder traeros la civilización.

—A decir verdad —respondió el jefe de los gnomos—, nosotros tampoco sabíamos que existíais vosotros. Pero no vamos a discutir por tan poca cosa, porque nos amargaría el día. Y dime, ¿en qué consiste esta civilización que queréis traernos, y cuánto vale?

—La civilización —contestó E. G. — es toda una serie de cosas maravillosas que los terrestres han inventado, y mi emperador está dispuesto a dároslas gratis.

—Si es gratis —dijeron los gnomos muy contentos—, la aceptamos inmediatamente. Sin embargo (perdona, amigo, ya sabemos que a caballo regalado no hay que mirarle el dentado), nos gustaría tener una pequeña idea de cómo es vuestra civilización. No te parece raro, ¿verdad?

E.G. refunfuñó un poco, porque en la escuela le habían enseñado que, cuando los exploradores antiguos llevaban la civilización a una nueva tierra, los indígenas la aceptaban sin preguntar. Pero de todos modos, como estaba orgulloso de la civilización de la Tierra, sacó de la astronave su megatelescopio megagaláctico, lo enfocó hacia nuestro planeta y dijo:

—Venid y lo veréis con vuestros propios ojos.

—¡Vaya máquina! ¡Vaya técnica! —decían los gnomos admirados ante el megatelescopio megagaláctico, y, uno tras otro, todos fueron mirando hacia la Tierra.

—¡Pero si no veo nada! —dijo el primer gnomo de Gnu—. ¡Solo veo humo!

E.G. echó a su vez una mirada y luego se disculpó:

—He enfocado por error una ciudad. Ya sabéis, con todas las chimeneas de las fábricas, los escapes de los camiones y de los coches… Hay un poco de contaminación.

—Comprendo —dijo el gnomo—, también a nosotros nos ocurre que, cuando está nublado, no podemos ver las cumbres de aquellas montañas… Pero quizás mañana haga buen tiempo y podremos ver esto que tú llamas ciudad.

—Me temo que no —dijo E. G.—, la contaminación está siempre allí, incluso los domingos.

—¡Qué pena! —dijo el gnomo—. Pero ¿qué es aquella agua negruzca en el centro y amarronada cerca de la costa?

—¡Oh —dijo E. G.—, debo de haber enfocado el mar! Es que, sabéis, en medio del mar naufragan barcos petroleros y todo el petróleo se esparce por la superficie. Y en la costa la gente a veces no controla los desagües, y así acaban llegando al mar… cómo diré… las cosas feas que los hombres tiran…

—¿Significa esto que vuestro mar está lleno de caca? —preguntó el segundo gnomo.

Y todos los demás rieron, porque a los gnomos de Gnu la palabra «caca» les daba mucha risa.

E.G. quedó callado, y el segundo gnomo murmuró:

—¡Qué pena!

—Pero ¿qué es aquella llanura gris, con aquellas cosas blancuzcas encima, sin árboles y toda llena de latas vacías? —preguntó el tercer gnomo.

Tras echar una mirada de control, E. G. dijo:

—Es nuestro campo. Sí, reconozco que hemos cortado demasiados árboles, y, además, la gente tiene la mala costumbre de tirar allí bolsas de plástico, cajas de galletas y potes de mermelada…

—¡Qué pena! —dijo el tercer gnomo.

—Pero, ¿qué son —preguntó el cuarto gnomo— todas aquellas cajitas de metal, colocadas una detrás de la otra en aquella carretera?

—Son nuestros automóviles. Es uno de nuestros mejores inventos. Sirven para ir muy aprisa de un sitio a otro.

—¿Y por qué están parados? —preguntó el gnomo.

—Pues —contestó E. G. un poco cortado—, mira, hay demasiados y a menudo se producen embotellamientos de tráfico.

—Y aquellos seres tumbados al lado de la carretera, ¿quiénes son? —volvió a preguntar el gnomo.

—Son hombres que han resultado heridos, en un momento en que no había embotellamiento y en que corrían demasiado. De vez en cuando hay accidentes.

—Ya entiendo —dijo el gnomo—, estas cajas vuestras, cuando son demasiadas no avanzan, y, cuando sí avanzan, las personas que van dentro se hacen daño. Qué pena, qué pena…

Entonces intervino el jefe de los gnomos:

—Perdona, señor descubridor —dijo—, no sé si merece la pena seguir mirando. Quizás vuestra civilización tenga aspectos muy interesantes, pero, si nos la trajerais aquí, nosotros nos quedaríamos sin nuestros prados, sin los árboles y sin los ríos, y estaríamos peor que ahora. ¿No podrías renunciar a descubrirnos?

—¡Pero si nosotros tenemos un montón de cosas magníficas! —protestó E. G. un poco picado—. Por ejemplo, ¿cuántos hospitales tenéis vosotros? ¡Nosotros tenemos unos hospitales preciosos!

—¿Y para qué sirven los hospitales? —preguntó el jefe de los gnomos, tras haberles echado una ojeada por el megatelescopio.

—¡Sois de veras primitivos! ¡Sirven para curar a la gente que se pone enferma!

—¿Y por qué se pone enferma? —preguntó el jefe de los gnomos.

E.G. estaba francamente irritado:

—¡Ya está bien! ¿Veis a aquel señor de allí abajo? Ha fumado demasiados cigarrillos y ahora le harán un trasplante de pulmón, porque el suyo está negro como el carbón. ¿Y aquel otro? Tomaba una cosa que nosotros llamamos droga, y en el hospital intentan curarle todas las infecciones que ha cogido por usar jeringuillas sucias. Y a aquel otro le están poniendo una pierna de plástico, porque lo ha atropellado una moto. Y a aquel otro le están haciendo un lavado de estómago, porque ha comido alimentos contaminados. ¡Para esto sirven los hospitales! ¿No os parecen un buen invento?

—Como a tal invento —dijo el jefe de los gnomos—, no lo discuto. Pero, como nosotros no fumamos cigarrillos, ni usamos esto que tú llamas jeringuillas para la droga, como no corremos en moto, y comemos alimentos fresquísimos que crecen en nuestros huertos y en nuestros árboles, aquí no se pone enfermo casi nadie, y es suficiente un buen paseo por las colinas para curarse. Oye, señor descubridor, se me ha ocurrido una buena idea. ¿Por qué no vamos nosotros a la Tierra y os descubrimos a vosotros?

—¿Y después? —preguntó E. G., que en el fondo ya se sentía un poco avergonzado.

—Después, nosotros tenemos muy buena mano para cuidar prados y jardines, para plantar árboles, para cuidar a los viejos que están a punto de caer enfermos. Nos pondremos a recoger todo aquel plástico y todas aquellas latas, y arreglaremos un poco vuestros valles. Haremos filtros de hojas para vuestras chimeneas, explicaremos a la gente de la Tierra lo bonito que es pasear sin tener que coger siempre el coche, etcétera, etcétera. Y tal vez, al cabo de unos años, vuestro planeta se vuelva tan hermoso como nuestro Gnu.

E.G. ya se imaginaba a los gnomos de Gnu poniendo manos a la obra, y pensaba lo preciosa que volvería a ser, después, su (y nuestra ) Tierra.

—De acuerdo —dijo. —Voy a volver a casa y hablaré con el Emperador.

Volvió, pues, a la Tierra, y contó su aventura al Emperador y a sus ministros. Pero el Primer Ministro puso un montón de inconvenientes:

—Eso de permitir que vengan aquí los gnomos de Gnu, hay que pensarlo muy bien. Necesitan un pasaporte, tienen que pagar el impuesto de inmigración, el papel sellado, y además es imprescindible la autorización de la guardia urbana, de la guardia forestal, de la capitanía del puerto…

Y, mientras hablaba, el Primer Ministro resbaló con un chiclé que otro ministro había escupido al suelo. Se rompió las piernas el labio, la barbilla, la nariz, la espalda, la cabeza, y se le quedaron los dedos enganchados en las orejas, de tal modo que resultaba imposible desenredarlo.

Con el jaleo que se armó después, el Primer Ministro acabó tirado en la acera, en medio de las bolsas de basura que nadie recogía desde hacía un montón de tiempo, y allí quedó, a merced de la contaminación, aspirando los gases que salían de los tubos de escape de los coches.

Por el momento nuestra historia termina aquí, y lamento muchísimo no poder decir que a partir de entonces vivieron contentos y felices. Y quién sabe si dejarán a los gnomos de Gnu venir algún día a la Tierra. Pero, aunque no vengan, ¿por qué no nos ponemos nosotros a hacer lo que harían los gnomos de Gnu?

FIN

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Eglé, la reina de los áspides

Ilustración: rossdraws

Hace cientos de años, tantos que ya ni se recuerdan, vivía en las costas de Lituania un matrimonio de ancianos que tenía doce hijos y tres hijas. Un caluroso día de verano, las tres hermanas fueron a bañarse al mar. Jugaron en el agua hasta que se puso el sol. Entonces, volvieron a la orilla para vestirse. La más pequeña, de nombre Eglé, que en lituano quiere decir abeto, encontró un áspid sobre su ropa; se asustó y comenzó a gritar. La hermana mayor cogió un palo para ahuyentar a la serpiente, pero, de pronto, el animal habló y le dijo a Eglé con voz humana:

—Eglé, si prometes que te casarás conmigo, me iré sin haceros daño.

Eglé se echó a llorar. ¿¡Cómo iba a casarse con un áspid!?

—¡No me casaré contigo! ¡Devuélveme mi ropa y vete! —le dijo.

—¡Solo me marcharé si prometes casarte conmigo! —respondió el áspid.

Finalmente, Eglé le prometió al áspid que se casaría con él y este se sumergió en el mar.

A los tres días, apareció en el jardín de la casa de Eglé un regimiento de áspides, reptando lentamente. Unos treparon por la valla y otros se enrollaron en los árboles. Otro grupo se deslizó dentro de la casa para hablar con los ancianos padres y estos no tuvieron más remedio que entregar a su hija para que esta se casara con el rey de los áspides.

Los áspides y la joven llegaron a la orilla del mar. Y al instante, se levantaron dos enormes olas, pero en lugar del áspid que se había parada sobre las ropas de Eglé, apareció un apuesto muchacho: el rey de las aguas.

En el fondo del mar se celebró un gran banquete y Eglé se casó con el áspid.

Con el paso del tiempo, la muchacha se sintió muy feliz y se acostumbró a la vida bajo las aguas. Olvidó por completo a los suyos y olvidó su tierra.

Pasaron nueve largos años, durante los cuales Eglé tuvo cuatro hijos. Al mayor lo llamaron Roble, al segundo Fresno, al tercero Álamo y al más pequeño Chopo. Un día, el mayor preguntó a su madre:

—¿De dónde eres? ¿Dónde viven tus padres? Nunca nos has hablado de tu familia, mamá.

Entonces, Eglé se acordó de sus padres, se acordó de sus hermanos y recordó su tierra. Sintió gran nostalgia y quiso volver a su país para visitar a los suyos.

El áspid estuvo de acuerdo y acompañó a Eglé y a sus cuatro hijos hasta la orilla del mar.

—Cuando queráis regresar, venid hasta aquí y pronunciad estas palabras: «Áspid, áspid, si estás vivo, espuma blanca, si estás muerto, espuma roja». Si estoy vivo, vendré a buscaros. Pero si la espuma es roja, sabréis que he muerto. No reveléis a nadie estas palabras. Que nadie descubra nuestro secreto.

Eglé y sus hijos volvieron a su tierra. Sus padres y hermanos se alegraron mucho de verlos, y escucharon fascinados lo que contaban sobre su vida bajo las aguas. Pero cuando Eglé les dijo que después de visitarlos regresarían al mar y que el áspid rey los iría a buscar al escuchar su llamada, los hermanos idearon un plan para retenerlos con ellos para siempre en la tierra.

Una noche llevaron a los niños al bosque, encendieron una hoguera y, uno a uno, los interrogaron para obligarlos a decir cómo podrían hacer salir a su padre a la superficie del mar. Los tres chicos mayores, a pesar de las amenazas de sus tíos, no dijeron una palabra. Pero el más pequeño estaba muy asustado, temblaba de miedo y no tardó en revelar el secreto.

Al amanecer, los hermanos de Eglé se dirigieron a la orilla del mar. Llamaron al áspid y, cuando apareció entre la espuma, le cortaron la cabeza.

Pasó un mes y Eglé y sus hijos se despidieron para volver junto al áspid. Los hermanos los dejaron partir sin decir nada.

—Áspid, áspid, si estás vivo, espuma blanca, si estás muerto, espuma roja —dijo Eglé mirando hacia el mar.

El mar se agitó y desde las profundidades se elevó una enorme ola de espuma roja. Eglé escuchó la voz de su marido entre el rugido del mar:

—Tus hermanos me mataron. Nuestro hijo, Chopo, tuvo miedo y nos traicionó. Nunca podréis volver al mar.

Desesperada, Eglé miró a sus hijos y dijo:

—Que mi hijo pequeño se convierta en chopo, que tiemble día y noche, que las aguas le purifiquen la boca y que el viento le haga susurrar eternamente su pena con sus hojas. Y vosotros, mis queridos hijos, sed también desde ahora árboles, que yo seré un abeto.

Y todos quedaron convertidos en árboles.

Por eso, el abeto, el roble, el fresno y el álamo son árboles fuertes pero el chopo, que crece muy cerca del agua, es un árbol temblón, que siempre está mojado y se estremece al menor soplo de viento.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El contador de ovejas

Ilustración: Juan Caminador

En el lejano Oriente vivió un rey al que le gustaba mucho escuchar cuentos antes de quedarse dormido. Todas las noches, después de cenar, se acurrucaba en su cama y hacía llamar a alguien para que le relatara alguna historia.

Una noche pidió que le contaran un cuento largo, pero muy, muy largo, pues no tenía ni pizca de sueño.

Entonces, llegó una contadora de cuentos y le contó un cuento muy largo al rey, pero… nada. El rey seguía muy despierto, no quería quedarse dormido y le pidió otro cuento. Entonces la contadora de cuentos le contó otro, pero tampoco funcionó. El rey no se dormía. Tenía los ojos abiertos como los de un búho.

Cuando la narradora ya llevaba contados más de una docena de cuentos y el rey todavía no se quedaba dormido, se le ocurrió una idea y le contó el siguiente cuento:

Érase una vez un campesino que viví en lo alto de una montaña. Un día bajó para ir a comprar ovejas a un pueblo vecino. Compró muuuuchas ovejitas y después de pagar, decidió regresar con su gran rebaño a casa. Por el camino, tuvo que atravesar un río y para que los animales no se ahogaran, buscó la parte menos profunda para que las ovejitas no se ahogaran, pero era un paso tan, tan estrecho que no tuvieron más remedio que atravesarlo una por una, Primero pasó una, luego dos, luego tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho….

Al llegar a ocho, no fue el rey el que se quedó dormido, sino la narradora de cuentos. El soberano aguardó unos minutos, pero al final, muy impaciente, la despertó:

—¡Pero no te duermas! ¡Termina de contarme el cuento!

—¡Calma, Majestad! —repuso la narradora de cuentos—, el río es muy peligroso y el pobre pastor ha de tener mucha paciencia y atravesar todas sus ovejas una por una. Ahora mismo termino la historia…

El pastor siguió pasando las ovejitas de una orilla a otra… nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince…

El rey siguió escuchando atentamente cómo el pastor iba atravesando, una a una, todas las ovejas de su rebaño. Cuando ya habían atravesado el río casi cien ovejas, el monarca, por fin, se quedó profundamente dormido.

Dicen que a partir de entonces es costumbre recomendar a las personas que no se pueden quedar dormidas que cuenten ovejas para conciliar el sueño.

FIN

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El higo más dulce

Ilustración: Chris van Allsburg

Monsieur Bibot, el dentista, era un hombre muy exigente. Tenía su pequeño apartamento muy bien ordenado y limpio, lo mismo que su consultorio. Si su perro, Marcel, saltaba sobre los muebles, Bibot no dejaba de darle una lección. Excepto el día de la Revolución francesa, el pobre animal no podía ni ladrar.

Una mañana, Bibot encontró a una anciana que lo esperaba frente a la puerta de su consultorio. Tenía dolor de muelas y le rogó al dentista que la ayudara.

—¡Pero si no tiene cita! —dijo él.

La mujer dejó escapar un gemido. Bibot consultó su reloj. Tal vez tenía tiempo de ganarse unos cuantos francos más. La hizo pasar y le revisó la boca.

—Tendremos que sacarle la muela —dijo con una sonrisa y, una vez que hubo terminado, añadió—: Le daré unas píldoras para el dolor.

La anciana estaba muy agradecida:

—No puedo pagarle con dinero —dijo—, pero tengo algo mucho mejor. —Sacó un par de higos de su bolsillo y se los tendió a Bibot.

—¿Higos? —dijo él, enfadado.

—Estos higos son muy especiales —susurró la mujer—. Pueden hacer que sus sueños se hagan realidad —Le guiñó un ojo y se llevó un dedo a los labios.

Para Bibot estaba claro que se trataba de una loca. Puso los higos sobre la mesa y tomó del brazo a la mujer. Cuando ella le recordó las píldoras, Bibot respondió:

—Lo siento, ésas son sólo para los clientes que pagan —y la empujó hacia la puerta.

Esa tarde, Bibot sacó a su perro a pasear por el parque. Al pobre Marcel le encantaba olisquear los troncos de los árboles y entre los arbustos, pero cada vez que se detenía a hacerlo, Bibot le daba un fuerte tirón a su correa.

Antes de irse a la cama, el dentista decidió tomar un bocadillo. Se sentó en la mesa del comedor y se comió uno de los higos que le había dado la anciana. Estaba delicioso. Era tal vez el mejor higo, el más dulce, que se había comido jamás.

A la mañana siguiente, Bibot arrastró a Marcel escaleras abajo para el paseo matutino. Los escalones eran demasiado altos para las cortas patas del perro, pero a Bibot jamás se le hubiera ocurrido cargar a su mascota: odiaba que su hermoso traje azul se llenara de pelos blancos.

Mientras caminaba por la acera atestada, Bibot notó que la gente se le quedaba mirando.

«Admiran mi traje», pensó.

Pero cuando se vio reflejado en el ventanal de un café, se detuvo horrorizado. Sólo tenía puesta la ropa interior.

El dentista dio la vuelta y se metió corriendo a un callejón.

«Sacré bleu —pensó—, ¿qué ha pasado con mi ropa?».

Y entonces se acordó del sueño que había tenido la noche anterior: había soñado que estaba justo frente a ese mismo café, en ropa interior.

Pero algo más había pasado en su sueño, y Bibot se esforzaba por recordar qué. Marcel, acechando desde la sombra del callejón, comenzó a ladrar. El dentista alzó la vista y vio cómo el resto de su sueño se hacía realidad.

Nadie volteó a mirar a Bibot mientras este corría de regreso a su casa en ropa interior. Todos los ojos de París estaban fijos en la Torre Eiffel, que se iba inclinando hacia abajo lentamente, como si fuera de goma.

Bibot comprendió que la anciana de los higos le había dicho la verdad, así que no iba a desperdiciar el segundo higo.

Durante las siguientes semanas, mientras se iniciaban las obras de reconstrucción de la Torre Eiffel, el dentista leyó docenas de libros sobre hipnotismo. Cada noche, antes de meterse a la cama, se miraba en el espejo y repetía, una y otra vez:

—Bibot es el hombre más rico del mundo, Bibot es el hombre más rico del mundo.

Y al poco tiempo, en sus sueños, Bibot era exactamente eso. Cuando dormía, el dentista se veía conduciendo su lancha de carreras, pilotando su avión y viviendo a todo lujo en la Riviera francesa. Noche tras noche era la misma historia.

Un día, al anochecer, Bibot tomó el segundo higo de la alacena. No podría durar para siempre.

«Esta noche, es la noche», pensó el dentista.

Puso el fruto maduro en un plato y se dirigió a la mesa. Al día siguiente, al despertar, sería el hombre más rico del mundo.

Miró a Marcel y sonrió. El perrito no lo acompañaría en aquella vida, pues en sus sueños Bibot era dueño de media docena de grandes daneses.

Mientras el dentista abría la alacena para sacar un poco de queso, escuchó un ruido como de porcelana que se rompe. Se volvió, pero sólo para ver cómo Marcel, trepado en una silla y apoyando las patas delanteras sobre la mesa, se comía el último higo.

¡Bibot estaba furioso! Persiguió al perro por todo departamento. Cuando Marcel se metió debajo de cama, Bibot le gritó:

—¡Mañana te enseñaré una lección que no olvidarás jamás! —y luego, enojado y con el corazón destrozado, el dentista se fue a dormir.

Cuando despertó, a la mañana siguiente, Bibot se sintió muy confundido. No estaba en su cama. Estaba debajo de su cama. De repente, una cara apareció frente a él: ¡era su propia cara!

—Es hora de tu paseo —dijo la boca de aquel rostro—. Ven con Marcel.

Una mano se deslizó debajo de la cama y lo atrapó. Bibot quiso gritar, pero todo lo que pudo hacer fue ladrar.

FIN

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La medusa tonta

Ilustración: Gregory Stephenson

Había una vez un rey y una reina dragones marinos que decidieron casarse. Grande fue el alboroto que causó la alegre noticia. Los peces, pequeños y grandes, llegaron para presentar sus respetos y ofrecer presentes a la pareja de recién casados; y durante varios días todo fueron festejos y alegría.

Pero ¡oh fatalidad!, incluso los dragones marinos tienen que soportar duras pruebas. Apenas había transcurrido un mes del enlace real, cuando el rey dragón cayó enfermo. Los doctores lo trataron con todos los medios que estaban a su alcance, pero sin resultado. Al final, con gran pesadumbre, declararon que no había nada que hacer. La enfermedad seguiría su curso y probablemente el monarca moriría, pero tal vez quedaba una esperanza…

Uno de los médicos le dijo a la reina:

—Sé de algo que curaría al rey: tan solo debemos conseguir el hígado de un mono vivo para que se lo coma y se recuperará enseguida.

—¿¡El hígado de un mono vivo!? —exclamó la Reina—. ¡Pero eso es imposible! Nosotros, los dragones marinos, vivimos en el mar, mientras que los monos viven lejos de aquí, entre los árboles, en tierra firme. ¿¡El hígado de un mono vivo!? ¡Qué locura más grande!

En este punto, el rey dragón rompió a llorar amargamente:

—Una cosa tan pequeña —se quejó—, y tú no quieres concedérmela. Siempre sospeché que no me querías de verdad. ¡Oh! Ojalá no me hubiera casado contigo.

Su voz se quebró en sollozos y ya no pudo decir nada más.

Por supuesto que la reina dragona no quería que nadie pudiese pensar que estaba siendo malvada con su buen esposo, así que enseguida envió a buscar a su fiel sirviente la medusa y le dijo:

—Sé que lo que te voy a encomendar es una tarea difícil, pero confío en ti. Lo que quiero es que vayas tierra adentro y convenzas a un mono para que te acompañe hasta aquí. Para persuadirlo, puedes contarle cuánto mejor se vive aquí en Dragonlandia, que donde él vive ahora. Cuídate de que llegue sano y salvo, porque lo que realmente necesito es cortarle el hígado y utilizarlo como medicina para el rey dragón, quien, como bien ya sabes, está gravemente enfermo.

Así que la medusa partió a su extraño viaje errante.

Tenemos que apuntar que en aquellos tiempos la medusa era como cualquier otro pez, con ojos, aletas y cola. Pero, además, tenía una singularidad que la diferenciaba de todos los demás habitantes marinos: sus pequeños y numerosos pies, que le permitían tanto caminar por tierra como nadar velozmente en el agua.

A la medusa no le llevó muchas horas nadar hacia el país en donde vivían los monos; y la suerte quiso que nada más llegar viese a un espléndido ejemplar de mico saltando entre las ramas de los árboles cerca del lugar en donde la medusa había pisado tierra.

La medusa lo llamó:

—¡Eh! ¡Señor mono! He venido para hablarle de un país mucho más bello que este. Se encuentra bajo las olas y se llama Dragonlandia. Hace un tiempo muy agradable todo el año, los árboles están colmados de deliciosos frutos maduros, y no existen esas criaturas tan malas llamadas hombres. Si me acompañas, te llevaré hasta allí. Súbete a mi espalda.

El mono pensó que sería divertido conocer un país nuevo, así que saltó a las espaldas de la medusa y se zambulleron en el agua. Cuando llevaban medio trecho recorrido, el mono empezó a preguntarse si no habría gato encerrado. Parecía un poco raro verse abordado de esa manera por una extraña. Así que le preguntó a la medusa:

—¿Por qué has venido a buscarme precisamente a mí?

La medusa contestó:

—Mi señora, la reina dragona, te necesita para quitarte el hígado y dárselo como medicina a su esposo, el rey, que está muy enfermo.

«¡Ah!, así que de eso se trata el juego, ¿no?», pensó el mono. Pero se guardó sus pensamientos y tan solo respondió:

—Nada me proporcionaría mayor placer que estar al servicio de sus majestades. Pero resulta que dejé mi hígado colgado de una rama de ese gran castaño en el que estaba brincando. El hígado es algo que pesa bastante, por lo que generalmente me lo quito para jugar durante el día. ¡Da la vuelta rápido! ¡Tenemos que volver a buscarlo!

La medusa estuvo de acuerdo en que era lo único que podía hacerse dadas las circunstancias. Porque —tonta criatura como era— no se dio cuenta de que el mono le estaba contando un cuento para evitar que lo matasen y le diesen su hígado al rey dragón.

Cuando alcanzaron la orilla de Monolandia de nuevo, el mono dio un rápido bote desde la espalda de la medusa hasta alcanzar la rama más alta del castaño. Entonces dijo:

—No veo mi hígado por aquí. Quizás alguien se lo haya llevado. Pero voy a buscarlo. Tú, mientras tanto, es mejor que vuelvas y le cuentes a tu señora lo que ha sucedido. Se preocupará si no estás de vuelta en casa antes de que anochezca.

Así que la medusa emprendió la marcha por segunda vez; y cuando llegó a casa, le contó a la reina dragona todo tal y como había sucedido. La reina se encendió de ira y llamó a gritos a sus guardias, diciéndoles:

—¡Llevaos a esta individua de mi presencia! ¡Lleváosla y hacedla papilla! ¡Dadle una paliza por tonta! ¡Que no quede ni un solo hueso sano en todo su cuerpo!

Así que los guardias la apalearon, tal y como la reina había ordenado, y esa es la razón por la cual, hasta el día de hoy, las medusas no tienen huesos y no son sino una masa pulposa.

En cuanto al rey dragón, cuando supo que no tendría el hígado del mono, ¡vaya!, pues se convenció de que no le quedaba más remedio que curarse sin él.

FIN

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Juan, Juanita y la Princesa Seria

Ilustración: PINKIE20

Había una vez un cielo, con nubes, sol y pájaros volando.

Debajo del cielo un reino, con su bosque, su campo, su río y su pequeña montaña. En la montaña, un palacio, con su torre. Y, en la torre una princesa seria. No reía, solo miraba hacia el camino.

La princesa era bondadosa y muy querida por su pueblo. Y el reino era feliz, bueno, casi. Todos, desde su Rey, su Reina y hasta el más pequeños de los súbditos, se angustiaban con la seriedad que la princesa.

Las personas del pueblo hablaban mucho sobre la seriedad de la princesa. Unos decían que una bruja le había dado a beber un elíxir mágico. Otros, que era un mago, que se había enamorado de ella y, al no ser correspondido, le impuso el castigo de vivir sin reír.

«No, la enamorada es la princesa» —sostenían unos terceros—«Cómo se explica que siempre esté mirando desde la torre: solo espera el retorno del príncipe azul que una vez vimos pasar por el camino».

Todos los días llegaban juglares, trovadores, magos, malabaristas y bufones. Venían de todos los rincones del reino para alegrar a la princesa seria. Algunos, hasta eran traídos desde muy lejanas tierras. Pero ni aquellos, ni estos, lograban hacerla reír. Ni le sacaban la más leve sonrisa.

¿Tú reirías con unos juglares y trovadores que cantan sangrientas historias? Más bien, igual que yo, llorarías.

¿Tú lo harías con unos magos que te hacen siempre los mismos trucos con pañuelos, conejos y palomas? Te aburrirías mucho, ¿verdad?

¿O con malabaristas que hacen girar numerosas pelotas, platos, palos, botellas u otros objetos? Con tus nervios, no podrías reírte.

Y, ¿qué decir de los bufones, con esas figuras tan desiguales y grotescas como sapos enormes?

Pero, sigamos con el cuento.

Una mañana, la princesa estaba en la torre mirando hacia el camino. Por el sendero salpicado de florcitas del campo, mariposas de variados colores y pájaros revoloteando, se oyó un cantar que venía por el aire. Desde lejos.

Desde atrás de las colinas que ocultaban el camino, casi antes del horizonte.

Era una canción muy festiva. Los labradores dejaban de sembrar para reírse. Los bueyes y caballos de tiro se desprendían de los carros y de sus arneses para revolcarse, riéndose. Las aves detenían sus vuelos y se posaban de nuevo en los árboles, a reír. Los caminantes no podían seguir con su marcha, por las risas. Todos los animales de los campos y bosques salían de sus cuevas, refugios y nidos para reír y reír.

Los árboles y las plantas sacudían sus ramas y tallos, como si un viento interior las moviera: era su manera de reír. Los peces de los ríos y de la mar cercana, se amontonaban en las orillas y en las playas, riendo. También, como has de suponer, todas las personas del palacio, desde los reyes, hasta el más pequeño de los súbditos…

—Mmm… ¿Todas las personas?

—Bueno, la princesa seguía en la torre, mirando hacia el camino, sin reír. Desde allí ya se veía al cantor de la canción festiva. Perdón, los cantores. El que uno de ellos, mejor dicho una, sea pequeña no le quita su importancia. Eran Juan y su pulga mágica, Juanita.

Mucho antes de llegar a las puertas del palacio, se acercaron a Juan y Juanita unos emisarios enviados por el Rey. Temeroso que, como el príncipe azul, pasaran de largo por el camino, le llevaban una carta, invitándolos a realizar una presentación para toda la corte.

Luego de comer, beber y descansar, a Salón Principal de Palacio lleno, Juan y Juanita realizaron su maravillosa presentación. Registrada, luego, en el Libro de las Crónicas del Reino, guardada por muchas generaciones en la memoria de todos los abuelos y Cuentacuentos.

Los aplausos se iniciaron cuando Juan tomó la cajita y salió al centro del salón. Cuando abrió la caja y Juanita —en malla de fino terciopelo y con su mejor falda de volados y lentejuelas— saltó a la mesa, los aplausos recrudecieron. Para repetirse ante cada uno de sus números.

Juanita saltó la cuerda, tocó la flauta y bailó. Simuló los balidos de una oveja, los cantos de un gallo, los mugidos de una vaca, los aullidos de un lobo. Y hasta hizo unos sonidos que asustaron a todos. Eran los barritos de un elefante, que había aprendido a imitar cuando viajaron con Juan por el norte de África.

Dio numerosos saltos mortales, sencillos y triples. De frente, de lado y de espalda.

Entre aplausos, ¡hurras!, ¡vítores! y ¡vivas! cerraron su actuación con la, ya famosa, «Canción Festiva». Todos aplaudían y reían, reían y aplaudían a rabiar…

—¿Mmm…? ¿Todos?

—¡Sí!: ¡todos, menos la princesa!

Juanita brincó desde la mesa donde saludaba a la falda de la princesa. De inmediato, al centro de su pecho y de ahí a su hombro. Luego, se acercó a su oído y le dijo algo, casi en secreto.

La princesa, primero, se sonrió —leve, como toda una princesa— para, poco a poco, reírse, hasta culminar en el más sonoro estallido de carcajadas.

Todos los que escuchan o leen este cuento preguntan siempre si se sabe qué es lo que le dijo Juanita a la princesa.

Por suerte, mi bis tatarabuelo —que estaba de paso ese día en el reino, y asistió a toda la presentación—, lo guardó muy bien en su memoria. Él se lo dijo a mi tatarabuelo. Mi tatarabuelo a mi bisabuelo. Este a mi abuelo. Y por él lo sé yo. Juanita dijo:

—Bli bli bli bli, burulú bli bli, blum blam bli bli. Bli bli buruli blibli blumblam blibli.

En la familia, todos, siempre hemos lamentado no haber aprendido nunca el pulgués, el pulgñol o el pulgán. O cómo se llame al idioma de las pulgas. Pero nos queda el consuelo de saber que la princesa seria sí lo hablaba. ¡Y de maravilla!

FIN

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Preciosaurio

Ilustración: Chireck

«Gracias por cuidarlo», decía la carta colgada de la canasta. Porque lo que dejaron en la puerta de mi casa—alguien que quizás tocó el timbre y salió corriendo— fue una canasta con un huevo rojo del tamaño de una sandía.

Creí que era una broma. Pero al escuchar que el cascarón empezaba a quebrarse como cuando va a nacer un pollito, cargué el bulto hasta mi pieza.

Y bien. «Gracias por cuidarlo», decía la nota.

De nada, pensé.

Pero… ¿Cuidar qué?

De pronto, entre craques y cracs por todos los costados, el huevo se abrió. Sin darme tiempo a respirar. O pestañear, o toser, o salir corriendo.

Asomó una cabeza verde con nariz de chanchito y me miró. Sus ojos brillaban como dos estrellas transparentes.

—Soy Silvia— me presenté, con la voz entrecortada.

Y el ser asomado del huevo, abriendo la bocota grande como todo el ancho de su cara, me sonrió.

Cuando vi que hacía fuerza para salir, me acerqué y lo ayudé a romper el cascarón.

Su cuerpo era verde. Ni claro ni oscuro. Y tenía escamas del mismo color.

El cuello, largo como la cola, lucía un collar de pelusa amarilla.

Y aunque no me animaba a tocarlo, debo confesar que me resultó simpático desde el principio.

Era una mezcla de dinosaurio, perro salchicha y elefante. Cosa extraña, era precioso.

Lo miré un rato y fui a consultar la enciclopedia: no era un hipopótamo ni un lagarto. No era un elefante marino, ni un yacaré, ni un dragón. No encontré su nombre por ninguna parte.

Así es que como era precioso y se parecía un poco a los animales prehistóricos, lo llamé Preciosaurio.

Claro que haberle puesto nombre no alcanzaba para conocer sus costumbres.

Entonces le ofrecí un poco de leche. Puse un litro en un plato. Se lo tragó de un solo sorbo y como no se movía le agregué otro tanto.

Recién después de gastar más de la mitad de mis ahorros comprando leche y, con el plato cambiado por un balde, el cachorrito se dio por satisfecho y se me tiró en los brazos. Fue la primera vez que un recién nacido me sentó de cola para hacerme mimos.

Sí. Solo cuando lo tuve entre mis brazos se me ocurrió preguntarme qué haría con él.

En eso pensaba cuando el preciosaurio se quedó dormido.

Lo tapé con mi frazada y entonces supe que ya no podría dejarlo. Mis amigos me ayudaron mucho, sobre todo cuando empezaron los problemas.

A mi preciosaurio había que alimentarlo. Y eso no era nada fácil. A las palanganas de leche hubo que agregar pan duro y después frutas y verduras. Y, al fin, todos los restos de comida del vecindario.

Crecía sin parar.

Le armamos una cama, pero la cabeza no tardó en salírsele por todos los costados.

Era enorme. Al moverse chocaba con las paredes. Y cuando quería levantar lo que a su paso caía, volvía a tirar otra cosa.

A veces se convertía en montaña para que nosotros lo escaláramos. Nos dejaba trepar por su lomo y construir aventuras con su sola presencia.

Recién cuando su cabeza pegó contra el techo me di cuenta de que ya no le alcanzaba el espacio de mi habitación.

El pobre se quedaba quietito y agachado para no traer problemas. Pero cuando hubo que poner mi cama sobre su lomo verde, mis padres me dieron una semana para que me deshiciera de él.

Le pregunté al preciosaurio si pensaba crecer mucho más. Por sus antepasados, me juró que no.

Volví a hablar con mis padres. La respuesta entonces fue terminante: o sacaba el ‘monstruo’ de la casa o…

Junté un poco de mi ropa. Rodeé el cuello de mi preciosaurio con una soga a modo de correa y, por primera vez, salimos juntos a la calle.

La calle lo impresionó hasta la locura. De tan contento pegó unos saltos que hundieron parte del asfalto.

Era inmenso. Mi cabeza llegaba hasta la mitad de sus patas.

La primera reacción de los vecinos al vernos partir fue encerrarse en sus casas. Y después, desatar el bombardeo: naranjazos, tomatazos, zapatazos. Nos pegaron sin compasión.

Y cuando él vio que me habían lastimado, me cargó sobre su lomo.

En pocos minutos se empezaron a escuchar helicópteros y aviones sobrevolando el barrio. Las veredas se llenaron de curiosos.

—¡Fuera monstruo! —gritaban al preciosaurio.

Fotógrafos de todo el mundo encandilaban sus ojos transparentes con flashes.

Altoparlantes, gritos y bocinas amenazaban nuestra vida.

Pude ver cuando su nariz de chanchito se cubría de lagrimones y chorros de llanto bajaban como una catarata hasta su boca.

Lo que nunca imaginé es lo que después sucedería.

Rápido, como el más veloz de los caballos, mi preciosaurio empezó a galopar sin rumbo.

Bien lejos del peligro, me hizo bajar de su lomo y, cansado, muy cansado se echó sobre el pasto a dormir.

Habría pasado una hora cuando intenté despertarlo y ya no pude. Su cuerpo empezó a cambiar de colores hasta volverse transparente.

Y derritiéndose de a poco, se transformó en una laguna que todavía existe.

Fue a orillas de esas aguas que apareció un huevo rojo del tamaño de una sandía.

Lo agarré con cuidado. Caminé y caminé con él hasta conseguir una canasta.

Metí en ella el huevo rojo y con un cartelito que decía: «Gracias por cuidarlo», lo dejé en la puerta de la primera casa que encontré.

Estaba triste y cansada. Así que toqué el timbre y salí corriendo.

FIN

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Daru, la perra asustada

Ilustración: IssaGucci

En la lejana India, en la gran ciudad de Calcuta vivía una perra callejera que vagaba por las calles buscando alguna cosa para llevarse a la boca. Dormía donde podía y se resguardaba de las lluvias torrenciales aquí o allá. Adoraba olfatear el sinnúmero de olores que se desprendían de cada uno de los rincones de la inmensa urbe en la que habitaba. Aunque no tenía nombre, nosotros la llamaremos Daru.

Daru estaba sola, pero siempre la acompañaba su viva imaginación. Gracias a ella, conseguía escapar de su realidad y creaba un mundo a la medida de sus deseos.

Cuando alguien arrojaba sobras de comida a la basura, ella imaginaba:

—¡Qué amables son los humanos! Saben que estoy hambrienta y dejan la comida a mi alcance para que me pueda hartar. No me pueden llevar a sus casas porque no cabemos todos, pero me alimentan muy bien.

Cuando los niños jugaban con sus pelotas o corrían por los parques, ella imaginaba:

—¡Qué niños tan divertidos! ¡Quieren jugar conmigo! Lástima que casi todos vivan en casas tan pequeñas, por eso no pueden acogerme en ellas, pero nos divertimos juntos.

Daru era feliz así, imaginando un mundo a su medida en el que ella era la protagonista.

En uno de sus paseos por la ciudad, descubrió un precioso jardín y como la verja de entrada estaba abierta pensó en entrar para investigar un poco. Hasta su hocico llegaban los embriagadores aromas de las plantas y las flores y no pudo resistir la tentación:

—Es un lugar tan bonito. Solo daré un vistazo y me marcharé enseguida.

Daru se paseó por aquel pequeño oasis, admirando los altos árboles, oliendo las coloridas flores y dando unas cuantas vueltas sobre el fresco césped que cubría el suelo. Bebió el agua cristalina que manaba de un fresco manantial y se embobó mirando cómo unos pequeños pececitos se perseguían por el estanque que formaban las frescas aguas que resbalan desde la fuente y, como siempre hacía, dejó volar su imaginación:

—Estos peces son especiales, estoy segura. Tal vez eran los habitantes de este maravilloso lugar, pero fueron encantados por un mago y ahora no pueden hacer otra cosa que nadar para siempre en este lago hasta que alguien consiga romper el hechizo.

Siguió andando, pensando aún en los peces, pero justo detrás de un robusto pino sus ojos descubrieron lo que parecía un enorme palacio dorado, brillando bajo los rayos del sol matutino, y se olvidó por completo de todo:

—Este lugar es aún mejor de lo que yo había imaginado. Sin duda, sus dueños no están encantados y lo que he visto eran, en verdad, solo peces. Este palacio debe pertenecer a alguien muy importante. Tal vez a una reina, o a un gobernador. Quizá habiten en él hadas o duendes… Sea como sea, seguro que seré bienvenido. ¡Hay espacio suficiente para que adopten a un perro!

Daru se sentó ante la puerta del palacio y esperó a que alguien saliera y la invitara a entrar. Pasó un buen rato, pero no oyó nada ni vio movimiento alguno. Siguió esperando y esperando e imaginando e imaginando:

—Sea quien sea la persona que vive aquí, no hay duda de que puede permitirse tener un perro. Tener un perro hace felices a las personas, de eso estoy segura. Aunque, claro, teniendo una casa como esta, la persona que vive aquí ya debe de ser muy feliz… A los humanos les gusta el dinero, y se nota que en este lugar hay mucho, mucho… ¿Querrán un perro?

Daru se cansó de esperar y decidió olisquear la puerta. Al apoyar su hocico en la madera, dio un respingo:

—¡La puerta está abierta!

Asomó su cabezota para ver qué había en el interior y contempló una gran mesa llena de viandas apetitosas. Con las orejas levantadas escuchó atenta. No se oía nada dentro, solo el canto de los pájaros y la música de la brisa entre las plantas en el exterior:

—No hay nadie, podré comer hasta hartarme.

Daru empujó la puerta y entró con sigilo a una gran sala, pero se quedó petrificada de miedo al ver que cientos de perros la rodeaban y la observaban fijamente.

El pelo de su espalda se erizó y los perros de la casa la imitaron. Daru gruñó y enseñó los dientes y cientos de perros le enseñaron a Daru los suyos. Quiso moverse, pero los perros hicieron lo propio. ¡No tenía salida! ¡Estaba rodeada! Daru no sabía qué hacer, su imaginación, esta vez, no la estaba ayudando. Se dio ánimos a sí misma:

—Tranquila, Daru, la puerta está cerca…

La perra se giró rápidamente y salió huyendo en dirección al jardín sin mirar atrás. Corrió y corrió hasta perder el aliento.

Al frenar su loca carrera, se dio cuenta de que nadie iba tras ella. Miró el lejano jardín en cuyo interior estaba el fastuoso palacio y tembló al recordar cómo la jauría había intentado atacarla.

Daru nunca supo que su imaginación le había jugado una mala pasada y que aquellos perros no eran más que su propio reflejo en los espejos que cubrían la gran sala del palacio. Siguió su vida errante por las calles de Calcuta y aunque muchas veces añoró el hermoso jardín, el fastuoso palacio y la opípara mesa, nunca más volvió a pasar cerca por miedo a los perros que habitaban allí.

FIN

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Los seis sabios ciegos y el elefante

Hace mucho tiempo, en la India, vivían seis sabios ciegos que pasaban sus días estudiando para ser más y más eruditos.

Después del estudio, solían reunirse y discutían durante horas. Ponían en común lo aprendido y luego decidían quién, de entre los seis, había aprovechado mejor el tiempo.

Un día, la discusión versó acerca de la forma exacta que tenía un elefante, pero no consiguieron ponerse de acuerdo en cómo era exactamente ese animal. Como ninguno de ellos había tenido la oportunidad de tocar uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar para satisfacer su curiosidad y salir de dudas.

Guiados por un joven lazarillo, se pusieron en fila y cada uno de los sabios puso su mano derecha en el hombro derecho de quien lo precedía. De esta forma, emprendieron la marcha y anduvieron por una estrecha senda que se adentraba en la selva.

No pasó mucho tiempo cuando el joven lazarillo, deteniendo la marcha, les dijo que frente a ellos había un gran ejemplar de elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el problema.

El más decidido, lleno de impaciencia, se adelantó a toda prisa con los brazos extendidos. Quería ser el primero en tocar al animal, pero tuvo la mala suerte de tropezar con una rama, cayó de bruces y fue a dar contra el costado del animal, que en ese momento descansaba echado sobre el suelo:

—Amigos míos, el elefante —exclamó— es como una pared de barro secada al sol.

El segundo, con las manos extendidas, avanzó con más precaución y lo primero que tocó fue el colmillo del elefante:

—Sin duda la forma de este animal se asemeja a una lanza.

Justo en el momento en el que el elefante empezaba a levantarse, avanzó el tercer ciego hacía él y le agarró la trompa. La palpó, notando su forma, sintiendo cómo se movía, y exclamó:

—Escuchad todos, un elefante no es otra cosa que una serpiente larga y ondulante.

El cuarto sabio se desvió y acabó por topar con la cola del animal, que el elefante movía a derecha y a izquierda para espantar a los insectos. La agarró como pudo y no dudó en afirmar:

—Está claro que este animal es como una robusta cuerda que se mueve a merced del viento.

El quinto sabio avanzó y al palpar una de las orejas no dudó en decir:

—Ninguno de vosotros está en lo cierto; el elefante es como un gran abanico.

El sexto sabio, un anciano muy anciano que andaba encorvado, se acercó con lentitud apoyado en su bastón. Tan doblada estaba su espalda a causa de la edad, que pasó por debajo del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas traseras:

—¡Amigos míos! Ahora mismo lo estoy tocando y os puedo asegurar que el elefante es como el grueso tronco de un árbol.

Acabada su inspección, volvieron a formar una fila y tomaron el camino de regreso muy satisfechos.

Al llegar a su casa, se sentaron alrededor de la mesa de estudio y retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Cada uno de ellos defendía acaloradamente su verdad a gritos y afirmaba que los demás estaban equivocados.

El joven lazarillo, sin atreverse a intervenir, observaba la escena en silencio, pero no pudo evitar pensar: «Los seis sabios han tocado el mismo elefante, pero cada uno de ellos, basándose en su experiencia, se ha hecho una idea totalmente diferente de cómo es en realidad. Ciertamente, todos tienen una parte de razón, pero ninguno tiene la verdad completa».

Sin hacer ruido, el chico se marchó dejando a los seis sabios inmersos en su inútil discusión sobre quién tenía la razón. Una disputa que, por cierto, dicen que aún dura, porque los sabios todavía no han sido capaces de ponerse de acuerdo sobre la verdadera forma que tienen los elefantes.

FIN

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Las cabras testarudas

Ilustración: HNAutumn

Esta historia ocurrió hace mucho, mucho tiempo en Puerto Rico, en un pueblecito en el que vivía un chico que trabajaba como pastor. Cada día, muy de mañana, el muchacho se dirigía al campo con su rebaño de cabras para que pastaran hierba fresca. Por la tarde, cuando el sol ya caía, silbaba y las cabras se arremolinaban a su alrededor para regresar a la granja a dormir.

Un día, cuando las sombras se alargaban sobre el campo y una luna vergonzosa empezaba a mostrarse tímida entre las nubes, el pastorcito, como de costumbre, silbó, pero, en aquella ocasión, sucedió algo muy extraño: por más que silbara, las cabras lo ignoraban, como si el chico se hubiera vuelto invisible.

El pobre pastor no entendía nada, así que comenzó a llamar a gritos a los animales:

—¡Cabras, cabritas! ¡Venid aquí! ¡Nos marchamos a casa!

Nada; parecía como si las cabras se hubieran quedado sordas de repente. Desesperado, el chico se sentó sobre una piedra y empezó a llorar desconsoladamente.

Un conejo que lo oyó se acercó a él y le preguntó:

—¿Por qué lloras?

—Porque las cabras no me hacen caso y si no regreso pronto a casa caerá la noche y no encontraré el camino.

—No te preocupes, yo te ayudaré. ¡Verás cómo las hago caminar!

El conejo empezó a saltar y a enseñar sus enormes dientes entre las cabras para llamar su atención, pero ellas continuaron pastando como si el conejo no existiera. Abatido, se sentó en la piedra, junto al pastor, y comenzó a llorar también.

En eso pasó por allí una zorra y viendo semejante drama se atrevió a preguntar:

—¿Por qué lloras, conejo?

—Lloro porque el pastor se puso a llorar porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa pronto a casa caerá la noche y no encontrará el camino.

—Esto lo soluciono yo ahora mismo.

El zorro se acercó a las cabras con cara de malas pulgas y, tomando aire, grito con todas sus fuerzas. Un grito de esos que hiela la sangre y asusta al más valiente de los valientes.

Las cabras ni se inmutaron. Siguieron pastando como si nada pasara.

El zorro, sin comprender como su grito no había surtido efecto, se sentó junto al pastor y el conejo con los ojos llenos de lágrimas.

No pasó mucho tiempo cuando, atraído por el grito del zorro, apareció de entre la maleza un gran lobo gris. Se quedó atónito al ver al pastor, al conejo y al zorro llorando a mares. Lleno de curiosidad, preguntó al zorro:

—¿Por qué lloras, zorro?

—Lloro porque el conejo se puso a llorar porque el pastor lloraba porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa pronto a casa caerá la noche y no encontrará el camino.

—No parece tan difícil hacer que obedezca un puñado de cabras… ¡Yo las pondré en marcha!

El lobo, con un fiero gruñido y el pelambre erizado, enseñó sus afilados colmillos a las cabras, pero ellas no le hicieron ni el más mínimo caso. Ninguna se movió de donde estaba.

El lobo, pensando que se había hecho viejo y había perdido su capacidad de atemorizar, se sentó en la piedra y empezó a llorar a coro con el resto.

Una abeja que recolectaba néctar muy cerca, al ver aquel curioso grupo llorando a lágrima viva, se acercó y, picada por la curiosidad, le dijo al lobo:

—¡Nunca antes en mi vida vi llorar a un lobo! ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

—Lloro porque el zorro llora porque vio llorar al conejo que llora porque el pastor se puso a llorar porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa pronto a casa caerá la noche y no encontrará el camino.

—Pues no lloréis más ¡yo las pondré en marcha!

Al oír las palabras de la abeja, dejaron todos de llorar y estallaron en carcajadas. El pastorcillo, sin dejar de reír, le dijo:

–¡Qué graciosa eres, abeja! Si nosotros no lo hemos conseguido tú, con lo pequeña que eres, no tienes ni media posibilidad.

El pequeño insecto no se dio por vencido y, sin hacer caso a las burlas, exclamó.

—¡Ahora veréis!

Se fue volando hacia el rebaño y comenzó a revoletear sobre él. Las cabras, que tenían un oído muy fino, molestas por el zumbido, dejaron de comer y prestaron atención.

Entonces, la abeja sacó su afilado y brillante aguijón para poner en marcha la segunda parte de su plan. Se acercó a la cabra más anciana, que era la líder del grupo, y le picó en medio de la nariz. Al sentir el tremendo picotazo, la vieja cabra salió corriendo hacia la granja como alma que lleva el diablo y sus compañeras la siguieron en tropel.

El pastor, el conejo, el zorro y el lobo contemplaron atónitos cómo, una tras otra, las cabras ponían rumbo a la granja. Después, miraron avergonzados a la pequeña abeja.

Fue el pastor el que se disculpó en nombre de todos:

—Perdona por habernos reído de ti. ¡Muchas gracias por tu ayuda!

Y la pequeña abeja, sonriendo, se fue zumbando por donde había venido.

FIN

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