Japón

El traje de paja de arroz que volvía invisible

Ilustración: svenstoffels

Esta historia sucedió en una aldea japonesa en una fecha que supera los más remotos tiempos que alguien puede recordar. Hace tanto tiempo que ocurrió, que nadie recuerda el nombre del lugar.

Era, eso sí, una aldea singular con unos habitantes todavía más singulares. Ninguno de ellos había sido bendecido con la inteligencia humana, pero es que, por otra parte, tampoco ninguno tenía las hechuras para poder recibir el nombre de hombre o mujer. Unos tenían cabezas calvas y alargadas como huevos de gallina; otros grandes y redondas como sandías y unos terceros parecía que tuvieran patatas sobre los hombros.

Entre los habitantes, había uno que era tan inútil que no servía para nada pero, sin embargo, tenía un temperamento tan malicioso que no se encontraba a gusto si no fastidiaba a sus vecinos. Como nadie recuerda ya su nombre, lo llamaremos señor Orokana.

Un día, el señor Orokana se encontró con un tengu y decidió engañarlo. A partir de ahí, las cosas se empezaron a complicar…

Para quien no lo sepa, un tengu es una criatura verdaderamente extraordinaria que vive en las montañas y los bosques. Su nariz es de una longitud extraordinaria y en la espalda lleva dos alas que le permiten volar. Su vestido es lo más extravagante que uno pueda imaginar y sobre la cabeza, luce un pequeño sombrero negro. Además de todo eso, tiene poderes mágicos. Así, que sólo una persona sin ningún seso se atrevería a burlarse de un tengu. Es más, cualquiera que no fuera un tonto rematado se alejaría rápidamente de él. Sin embargo, precisamente de esta clase de tontos era el señor Orokana.

El día en el que todo sucedió, el señor Orokana estaba tallando una larga pipa en una caña de bambú.

Primero pensó utilizarla como cerbatana, para soplar y lanzar piedras con ella; luego creyó que podría ser un magnífico telescopio. Y fue precisamente al mirar a través del largo tubo, cuando descubrió a un tengu que se acercaba volando hacia él.

—¡Ajá! —murmuró el señor Orokana—. Aquí viene alguien con el que me puedo divertir. Voy a engañar a ese tengu para que me regale el bonito traje de paja de arroz que lleva.

Sin pensarlo dos veces, se puso a mirar hacia el cielo a través de su tubo de bambú mientras lanzaba exclamaciones de sorpresa.

Aquello fue demasiado para el tengu, el cual, como todos los tengu del mundo, era muy curioso. Se puso a dar vueltas alrededor del señor Orokana sin parar de rogarle que lo dejase echar un vistazo a través del tubo:

—¡Porfavorporfavorpofavor!, ¡déjame mirar!

—¿¡Cómo!? ¿Que quieres que te deje mi precioso telescopio nuevo?  —preguntó dándole la espalda al tengu sin dejar de mirar a través de la caña de bambú— ¡Oh! ¡Qué bonita se ve la Luna, veo los valles y las llanuras que hay en su superficie! ¡Qué lástima que tú no puedas verla, amigo.

Naturalmente, esto hizo que el deseo del tengu de mirar a través del tubo aumentara, por lo que ofreció sus elegantes zapatos de madera a cambio de poder mirar. Sin embargo, el señor Orokana no quiso ni oír hablar del cambio. Luego ofreció su sombrero negro, pero también fue rechazado. Finalmente, cuando ya no hubo otro remedio, el tengu ofreció su traje tejido con paja de arroz. Aquello era, precisamente, lo que quería el señor Orokana, así que cerraron apresuradamente el trato.

El señor Orokana se alejó del lugar del suceso tan rápido como pudo, dejando al pobre tengu comprobando que su insaciable curiosidad le había jugado una mala pasada.

Ya fuera del alcance del tengu, el señor Orokana se puso el traje y ¡plof!, desapareció. Orgulloso de sí mismo, decidió acercarse hasta la calle principal de la aldea. Allí disfrutó de lo lindo haciendo tropezar a la gente, volcando los puestos de comida, pellizcando las narices y asustando a los peatones gritándoles al oído.

La gente se escondía asustada, maravillándose de los extraños sucesos que estaban ocurriendo en una calle aparentemente normal.

El señor Orokana siguió haciendo de las suyas. Ahora tenía justo delante a un serio caballero que acababa de comprar unos elegantes zuecos, blancos como la nieve. En el momento en que se detuvo para abrir el paquete y admirar de nuevo su compra, se llevó el mayor susto de su vida al ver cómo los zuecos nuevos volaban de sus manos y se ponían a danzar alocadamente en el aire.

Después, el señor Orokana se acercó a la pescadería, donde la gente escogía su pescado para la cena. Acababa de llegar un besugo fresquísimo y todos lo estaban admirando por su tamaño y brillantez. De pronto, el enorme y rollizo besugo pareció que volvía a la vida porque, dando un fuerte coletazo sobre el mostrador, se alejó flotando calle abajo, como si de un pez volador se tratara.

El señor Orokana, que ya estaba cansado de tanto ir arriba y abajo, decidió volver a su casa para reposar.

Al llegar allí,  se despojó del traje maravilloso y se hizo otra vez visible. Su anciana madre, que no había visto entrar a nadie, ¡se llevó un susto morrocotudo!

El señor Orokana se puso a dormir y su madre aprovechó para sacudir el traje de paja de arroz para quitarle el polvo.

—¡Caramba! —dijo la mujer—. ¡Este traje está hecho una auténtica porquería! Será mejor quemarlo.

Dicho y hecho. Metió el traje en el ardiente horno donde en cuestión de segundos quedó reducido a un montón de grises cenizas.

Cuando se despertó, el señor Orokana buscó su traje. No lo veía por ninguna parte.

Su madre le confesó que lo había quemado.

El señor Orokana, profiriendo un furioso alarido, recogió cuidadosamente toda la ceniza y la metió en un saco. Creyó que, tal vez, los restos del traje podían conservar algo de su mágico poder. Se fue a su habitación, se desnudó y se restregó cuidadosamente las cenizas por todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. Y, por muy extraño que parezca, ¡plof!, el señor Orokana desapareció por completo.

Alegre por el resultado obtenido, se marchó bailando hacia la aldea.

Cuando llegó, era de noche y en las tabernas la gente bebía sake. La deliciosa fragancia atrajo enseguida al señor Orokana hacia el interior de uno de los establecimientos. Una vez dentro, se sentó junto al enorme barril que contenía el licor y aprovechando que nadie lo veía, se amorró a la espita y empezó a beber avariciosamente.

Al oír el ruido que hacía al sorber, los que estaban en la taberna se volvieron sorprendidos hacia donde él estaba, pero nadie veía nada. Sin embargo, el sonido continuaba.

El tabernero se dirigió corriendo hacia el barril del cual provenía aquel extraño ruido y al llegar vio, justo en la punta del caño, lo que parecía una roja y húmeda boca flotando que, sin duda alguna se estaba bebiendo el sake.

Siguió observando sin dar crédito a lo que veía. Las gotas de licor resbalaban ahora por algo que empezaba a parecer una barbilla y pronto una nariz y unos penetrantes ojos se hicieron visibles.

Volviendo en sí de su asombro, el tabernero pegó un alarido, lo que hizo que aquel espectral rostro levantara la vista y lanzara una confundida mirada a su expectante observador. Sin perder si un segundo, la cara se levantó en el aire y salió flotando de la taberna.

¡Había ocurrido lo peor! La ceniza funcionaba mientras estaba seca, pero mojada perdía todo su poder de invisibilidad y ahora el señor Orokana se encontraba en un aprieto.

La multitud reunida en la taberna corría tras él, gritando al unísono:

—¡Queremos verte! ¿Dónde está el sake que has robado? ¡Bandido! ¡Ladrón! ¡Demonio! ¡Ya verás cuando te alcancemos!

Entre el miedo y la carrera, el señor Orokana empezó a sudar y su piel empezó a aparecer un trozo aquí y otro allá ante los asombrados ojos de sus perseguidores.

Cuando su cuerpo desnudo apareció por completo, el señor Orokana paró en seco para intentar cubrirse.

Uno de sus perseguidores le arrojó un quimono:

—¡Vaya, señor Orokana! ¡Pensamos que eras un demonio! ¿Qué es lo que te ha pasado?

El señor Orokana, avergonzado, relató la historia de su intercambio con el tengu.

Después de escuchar su relato, la multitud no daba crédito:

—¿De verdad te has acercado a un tengu? ¿De verdad lo has engañado y le has robado el traje? —exclamaron—. ¡Estás muy loco, señor Orokana!

La multitud estalló en carcajadas ante la necedad del señor Orokana. Y, hasta donde yo sé, el tengu todavía anda buscándolo para recuperar su traje.

FIN

Las sandalias de madera mágicas

Ilustración: Thiefoworld

Hace mucho tiempo, en Nagoro, una pequeña aldea del Japón, vivió una joven llamada Dai cuyo hijito cayó gravemente enfermo después de un crudo invierno. Para poder curarlo, la joven se vio en la necesidad de conseguir una gran suma de dinero y no tuvo otro remedio que pedírselo prestado al señor más rico del pueblo. Gracias a este dinero, el pequeño mejoró, pero para poder saldar la deuda, ella tuvo que trabajar incansablemente. Cuando la joven aún no había reunido toda la cantidad que debía, su hijito volvió a enfermar y no solo le fue imposible devolver lo que le había prestado el rico señor, sino que no tuvo otro remedio que ir a pedirle más dinero. Cuando fue a verlo, este, muy enfadado, le dijo:

—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo te atreves a pedirme más dinero? Ya te presté antes y no me lo has devuelto. Estoy teniendo demasiada paciencia contigo ¡Ni se te ocurra volver por aquí si no es para saldar tu deuda!

La joven Dai no sabía qué hacer. Estaba tan preocupada por no haber encontrado una solución, que no quería volver a casa sin remediar su problema, así que decidió pasear por el bosque para pensar en qué podía hacer. En eso estaba cuando, de pronto, apareció un misterioso anciano en mitad del camino que se dirigió hacia ella:

—Buenos días —saludó amablemente el anciano a la pobre joven.

Sobresaltada, Dai le respondió:

—Buenos días, discúlpeme, buen hombre, no lo había visto —Y continuó caminando ensimismada en sus pensamientos.

El anciano la siguió y le preguntó con una sonrisa:

—¿Te importa que camine junto a ti? Quiero contarte algo que estoy seguro de que te va a interesar mucho. —Y comenzó a andar junto a ella—. Sé que estás pasando por momentos muy difíciles y quiero ayudarte. Toma estas getas, cálzatelas y tropieza con ellas, ya verás qué sucede.

Extrañada, la chica hizo lo que el anciano le indicaba, se calzó las sandalias de madera y tropezó con ellas. Ante su sorpresa, comenzaron a brotar de la nada monedas y monedas de oro. Entonces el anciano le advirtió:

—Estas sandalias solucionarán tus problemas. Puedes tropezar con ellas tantas veces como quieras, pero ten mucho cuidado, porque si tropiezas demasiadas veces, con cada tropiezo encogerás un poco.

Feliz por tan valioso regalo, Dai se dirigió a su casa, se calzó de nuevo las sandalias y tropezó con ellas. Al instante, empezó a brotar dinero de la nada. Repitió varias veces la misma operación hasta conseguir lo suficiente para poder curar a su hijito y para devolver el préstamo. Pensó en volver a tropezar para conseguir más dinero, pero entonces recordó las palabras del anciano, se quitó las sandalias y las guardó.

A la mañana siguiente, cuando la joven fue a devolver el préstamo, el rico señor quiso saber cómo había podido conseguir tanto dinero en tan poco tiempo y Dai le contó la historia de las sandalias de madera mágicas, que hacían brotar monedas de oro de la nada y le advirtió también que abusar de su poder hacía encoger a quien las calzaba. El señor insistió muchísimo en que se las prestara, a lo que ella accedió.

Muy contento, el rico hombre se puso las sandalias y se dirigió con rapidez a la habitación contigua. Dai empezó a escuchar un incesante ruido de tropiezos tras la puerta, «patapaf, patapaf, patapaf, patapaf», seguido del ruido de las monedas al caer sobre el suelo, «clinc, clinc, clinc, clinc».

Al cabo de un rato, en la estancia contigua reinó el más absoluto silencio. Dai abrió con cautela la puerta y se asomó para comprobar qué sucedía. En el centro de la habitación, una enorme montaña de monedas casi rozaba el techo y, junto a ella, se veían las sandalias de madera mágicas y la ropa del señor de la casa. El rico avaro había tropezado demasiadas veces y de él ya no quedaba ni rastro.

FIN

La flor más hermosa

Ilustración: hyamei

Cuentan que hace siglos, en el antiguo Japón, vivió una pareja de ancianos más ancianos que el tiempo que cultivaban un hermoso jardín en el cual crecían las flores más hermosas que ojo humano haya contemplado jamás. Como eran tan, tan viejos decidieron buscar a alguien que los ayudara en su delicada labor.

Enviaron mensajeros por todas las islas para anunciar que convocaban un concurso a fin de elegir a la persona más idónea para transmitirle todos los secretos del arte de cultivar flores. Esa persona recibiría en herencia el magnífico jardín cuando ellos dos murieran.

Para decidir quién sería el afortunado, celebrarían una gran reunión al cabo de tres semanas, a la que todo aquel que estuviera interesado podía acudir y en la que ellos explicarían a los asistentes el modo de participar.

Una anciana, vieja sirvienta de la pareja desde hacía muchos años, al escuchar aquello sintió un poco de tristeza porque sabía que su joven hija sentía un profundo amor por aquel hermoso jardín, por el cual se paseaba a menudo para admirar las hermosas flores que crecían en él. Si otra persona lo heredaba, quizá no podría volver a pisarlo jamás.

Cuando la anciana llegó a su casa le contó a su hija los planes de la pareja de ancianos y se asombró al saber que ella se proponía asistir a la reunión.

Sin poder creerlo le preguntó:

—Pero, hija mía, ¿qué vas a hacer tú allí? Los jardineros más expertos y más poderosos de Japón estarán en esa reunión. ¡No tienes ni la más mínima posibilidad! Sácate esa idea insensata de la cabeza. Sé que debes estar sufriendo, pero no conviertas tu sufrimiento en locura.

La hija respondió:

—No, querida madre, no estoy sufriendo y tampoco estoy loca. Yo sé que jamás seré la escogida para cuidar esas flores, pero es mi oportunidad de estar cerca de ellas, quizá por última vez. Eso me hará feliz.

Al cabo de tres semanas, la joven se dirigió a casa de los ancianos, donde ya estaban aguardando los más afamados jardineros de todo el reino. Hombres y mujeres conversaban sobre técnicas de riego, abono y poda. Ella escuchaba admirada la sabiduría que poseían y pensaba que, algún día, sería igual que ellos.

Se hizo el más absoluto silencio cuando salieron los dos ancianos, cogidos de la mano, y anunciaron su desafío:

—Ya sabéis que nuestro jardín es único en el mundo entero. En él florecen las especies más raras y valiosas y lo heredará aquella persona que nos traiga dentro de seis meses una flor única; la flor más bella.

Acto seguido los dos ancianos entregaron una semilla a cada uno de los asistentes y los despidieron.

Hay que hacer un inciso para aclarar que al poner aquella prueba seguían las tradiciones del pueblo japonés, que valora mucho la capacidad de las personas para cultivar algo, ya sean plantas, costumbres, amistades, relaciones o respeto.

El tiempo fue pasando y la joven, como no tenía tanta habilidad en las artes de la jardinería como el resto de los que habían asistido a la reunión, suplía sus carencias cuidando con mucha paciencia y ternura su semilla, pues sabía que si la belleza de la flor era semejante al amor que sentía por el jardín de los dos ancianos no tenía que preocuparse con el resultado; su flor sería la más bella.

Pasaron tres meses y nada brotaba de aquella semilla. La joven probó todos los métodos que conocía para hacerla crecer, pero el resultado era el mismo: la flor no germinaba.

Transcurrían los días y cada vez veía más lejos su sueño. Sin embargo, su amor por aquel jardín era cada vez más profundo.

El plazo llego a término. Los seis meses se había cumplido y de la semilla que le habían entregado los ancianos no había conseguido que saliera la flor.

Consciente de que su esfuerzo y dedicación habían sido infructuosos, la muchacha le comunicó a su madre que aun y así, sin importar el mal resultado obtenido, regresaría al palacio en la fecha y hora acordadas solo para estar cerca del jardín, quizá por última vez, y admitir ante los ancianos que ella no era la heredera que merecían.

A la hora señalada estaba allí, con su maceta vacía.

Miró a su alrededor. El resto de las personas llevaba cada una maceta con una flor, a cuál más bella. Las flores eran de las más variadas formas y colores. La fragancia que desprendían llenaba el aire. La joven estaba admirada. Nunca había visto una escena tan bella.

Llegó el momento esperado y la pareja de ancianos fue observando atentamente todas y cada una de las macetas, llena de curiosidad y asombro. Los dos viejecitos comentaban con sus propietarios este o aquel detalle de las flores y les preguntaban por las técnicas que habían empleado para hacerlas crecer.

Ante la muchacha se pararon un momento y al ver su maceta vacía la miraron a los ojos y pasaron de largo sin pronunciar ni una sola palabra.

Cuando hubieron terminado anunciaron el resultado:

—Nuestra heredera será aquella joven cuya maceta está vacía.

Los presentes tuvieron las más inesperadas reacciones. Unos se enfadaron, otros se quedaron mudos de asombro y los más empezaron a murmurar por aquella terrible injusticia que, según ellos, se estaba cometiendo.

Nadie entendía por qué los viejecitos habían escogido, justamente, a aquella joven que no había sido capaz de cultivar nada y pedían explicaciones.

Entonces, con mucha calma la anciana elevó su voz y explicó:

—Ella fue la única que cultivó la flor que la hizo digna de convertirse en la dueña de nuestro jardín: la flor de la honestidad. Todas las semillas que os entregamos hace seis meses eran estériles, así que de ellas no podía brotar nada.

Cuentan que, todavía hoy, la muchacha, ya una anciana, sigue cultivando hermosas flores en su jardín y busca a alguien honesto para que lo siga cuidando cundo ella muera.

FIN

El oni rojo que lloró

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Ilustración: marmoto

Siglos ha, vivió en la falda de una altísima montaña un oni rojo llamado Aka-oni, cuyo feroz aspecto conseguía poner los pelos de punta al más valiente.

Tenía unos dientes largos y afilados que parecían prestos a morder y una piel rojiza que hacía pensar al que lo miraba que estaba a punto de proferir un aterrador alarido, de esos que hielan la sangre y hacen temblar de la cabeza a los pies.

A pesar de su semblante atroz, tenía un corazón bondadoso y tierno y su único deseo era vivir en paz y armonía con los habitantes del pueblo cercano. Pero estos, cada vez que lo veían, aunque fuera de lejos, huían despavoridos gritando:

—¡Socorro! El oni rojo nos quiere comer. ¡Sálvese el que pueda!

Desesperado por esta situación y después de pensar mucho, el oni decidió dibujar unos preciosos carteles, que enganchó por todas partes: en los árboles del camino que conducía al pueblo; en las piedras cercanas al río; en la verja de su casa; y hasta se atrevió a bajar de noche al pueblo para engancharlos en las puertas de las casas y en la del ayuntamiento:

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Pero los habitantes del pueblo no lo creyeron y los arrancaron todos.

Con gran desánimo, al comprobar que sus esfuerzos habían sido completamente inútiles, el oni rompió los carteles que le quedaban.

Así estaba, bajo una higuera, turbado y cariacontecido rasgando los papeles, cuando apareció su amigo Ao-oni, un oni azul que vivía en la cima de la montaña y que, como él, tenía un corazón tan grande que no le cabía en el pecho, aunque, igualmente, con un aspecto tan fiero y aterrador como el del oni rojo.

—Hola, Aka-oni, ¿qué rompes?

—¡Ay!, Ao-oni, había escrito estos carteles para que los aldeanos los leyeran y supieran que no soy un oni malvado. Quería que se llevaran bien conmigo y que no huyeran cada vez que me ven, pero ellos no me creen. Los han arrancado todos.

—Mmmmm. ¡Déjame que piense! Veamos… Mmmmmm  ¡Ya lo tengo! ¡Vamos al pueblo!

—¿Al pueblo?, ¿para qué? Todo es inútil. No podemos hacer nada. Los aldeanos están ciegos. Están convencidos de que todos los oni somos malos y no hay forma de que entren en razón. En cuanto te vean, huirán y no te dejarán ni hablar.

—Precisamente. Eso es lo que quiero. Quiero que huyan, que se asusten muchísimo. Quiero demostrarles que tú eres bueno, que no deben temerte, que el único malo soy yo.

—No comprendo qué…

—El plan es el siguiente: iré al pueblo y fingiré que soy el oni más terrible de la Tierra. Aterrorizaré a todo el mundo y cuando esté a punto de comerme a alguien, apareces tú y nos peleamos. Salvas a los vecinos de mi ataque y me obligas a huir. Solo tienes que pegarme y echarme del pueblo.

—Ao-oni, yo no puedo pegarte, ¡tú eres mi amigo!

—Pues claro que somos amigos, pero debes representar tu papel y darme una gran paliza delante de todos. Cuando vean que los defiendes, tus vecinos te querrán.

Y así lo hicieron. El oni azul, gruñendo y con ademanes fieros, se dirigió al pueblo y fingió que atacaba a los aldeanos. Cuando ya estaba a punto de atrapar a uno, apareció el oni rojo y se enfrentó a él:

—¡Deja en paz a ese hombre! —¡Plaf!, ¡pam!— Fuera de aquí, oni malvado. —¡Pumba!, ¡pumba!— ¡No molestes a mis vecinos! —¡Plof!, ¡patapam!— ¡Vete y no vuelvas jamás! —gritaba el oni rojo mientras arreaba de lo lindo al oni azul y lo perseguía por todo el pueblo.

—¡Ay, ay, ay!, ya me marcho, pero no me pegues más, por favor —gemía el oni azul—. ¡Ay, ay, ay!, prometo no regresar nunca a este pueblo mientras tú lo protejas.

Y el oni rojo ahuyentó fuera del pueblo al oni azul ante la mirada agradecida de todos los vecinos del pueblo que, desde aquel día, perdieron el miedo a Aka-oni y empezaron a visitarlo con frecuencia.

Hombres, mujeres y niños iban a su casa para charlar con él y él los recibía con una taza de té y galletas caseras, que se comían mientras contaban cuentos y reían. El oni era completamente feliz, se llevaba bien con todos sus vecinos y estos lo querían muchísimo.

Pasó el tiempo y, una mañana, el oni rojo miró hacía la cima de la montaña y, de pronto, se acordó de su amigo el oni azul. «¿Qué habrá sido de mi amigo Ao-oni?, hace mucho tiempo que no lo veo por aquí. Ya no viene a visitarme. Gracias a él, ahora soy muy feliz, pero nunca le di las gracias por el favor que me hizo. Debo ir a verlo ahora mismo». Y Aka-oni, el oni rojo, se puso en camino.

Trepa, que trepa, que trepa, escaló la alta montaña y se encaminó a casa del oni azul, pero cuando llegó allí, descubrió que aquel lugar estaba completamente desierto. Una espesa maleza cubría el jardín otrora lleno de preciosas flores. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto.

Se acercó a la puerta principal y allí, clavado sobre la puerta principal, descubrió un sobre en el que, con pulcra caligrafía, estaba escrito: «Para mi amigo Aka-oni».

El oni rojo rasgó el sobre y leyó la carta:

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A medida que leía la carta, los ojos del oni rojo se iban llenando de lágrimas y, sin poder evitarlo, rompió a llorar desconsoladamente al recordar la desinteresada amistad del oni azul.

FIN

La historia de Kaguya-Hime

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Ilustración: aruarian-dancer

Vivió una vez en Japón un viejecito llamado Taketori no Okina que se ganaba la vida cortando bambú. Un día, mientras faenaba en el bosque, un extraño resplandor proveniente de la espesura llamó su atención.

El anciano, empujado por la curiosidad, se internó en la floresta para descubrir asombrado que aquella misteriosa luz provenía de una caña de bambú muy alta, que parecía toda ella de plata pura.

—Venderé este tallo y con lo que me paguen por él, mi esposa y yo tendremos una vida mejor. Ya somos viejos y estamos cansados.

Golpeó la planta con todas sus fuerzas y la partió en dos, pero cuál no sería su sorpresa, al encontrar en su interior a un diminuto bebé que dormía apaciblemente. Era una hermosa niñita de piel blanquísima y cabello negro, envuelta en finas sedas. El anciano, procurando no turbar el sueño de la pequeña, la  tomó con delicadeza entre sus manos y se la llevó a su casa.

—¡Mira lo que he encontrado! —le dijo a su esposa mostrándole su hallazgo.

A la anciana se le iluminaron los ojos y respondió con una sonrisa:

—El cielo nos envía este precioso regalo.

Como el destino los había privado de la fortuna de tener hijos, decidieron adoptar a la niña, a la que pusieron por nombre Kaguya-Hime, Princesa Luz Radiante, y criarla como si se tratara de su propia hija.

La pequeña creció feliz junto a sus padres adoptivos y pronto alcanzó las proporciones de una niña normal. Después, siguió desarrollándose hasta convertirse en la muchacha más deslumbrante que ojos humanos hubieran contemplado jamás.

Cuando corrió la voz de lo especial que era, no tardó en formarse una larga cola de pretendientes frente a su casa, que esperaron pacientemente su turno frente a la puerta para pedir a Taketori no Okina la mano de su hija, no obstante, este dejó la elección en manos de la joven que, finalmente, tuvo que decidir entre los cinco finalistas.

Después de hablar con cada uno de ellos, Kaguya-Hime los envió a retos imposibles para ponerlos a prueba.

Al primero le dijo:

—Encuentra el cuenco en el cual Buda comió durante su viaje a Varanasi.

Al segundo le solicitó:

—Corta una rama de plata y oro de los árboles que crecen en Penglai.

La petición para el tercero fue:

—Tráeme el abrigo hecho con el pelo de la Rata de Fuego de Xianyang.

El requerimiento para el cuarto:

—Arrebata la piedra de mil colores que pende del cuello del dragón de Baoji.

Y, finalmente, al quinto le indicó:

—Recupera la concha de cauri que guardan las golondrinas de Nankín.

Los cinco jóvenes partieron en busca de los tesoros que Kaguya-Hime había solicitado.

El primero regresó e intento engañar a Kaguya-Hime entregándole un valioso cuenco de oro, engastado con ricas joyas que quiso hacer pasar por el auténtico.

—Esta que me presentas es una simple escudilla adornada, no es el cuenco de Buda, puesto que no desprende su luz.

El segundo no tenía idea de dónde buscar la rama de plata y oro, así que decidió encargársela a un orfebre y después se la llevó a la muchacha. La rama era tan idéntica a la original, que ella creyó que debería dar su consentimiento. Pero entonces, apareció el joyero reclamando a gritos el pago de su trabajo y se descubrió el engaño.

El tercer pretendiente pagó una cuantiosa fortuna a unos comerciantes que se dirigían a Xianyang para que le consiguieran el abrigo hecho con el pelo de la Rata de Fuego. Los mercaderes regresaron con un sobretodo que juraron y perjuraron que era auténtico y el crédulo comprador los creyó.

Cuando la muchacha lo tuvo entre las manos, dijo:

—Ciertamente esta prenda es extraordinariamente delicada. Probemos si su pelo es de verdad de la Rata de Fuego, el que no arde en ningún fuego.

Y dicho esto, Kaguya-Hime lanzó el abrigo a la hoguera, donde ardió hasta convertirse en ceniza.

El cuarto pretendiente, el más valiente de todos, intentó encontrar él mismo al dragón, pero en una de sus expediciones por mar, fue sorprendido por una terrible tormenta y jamás se volvió a saber de él.

El quinto muchacho escudriñó todos los nidos de golondrina de Nankín sin hallar la concha de cauri y, según se cuenta, casi se mata al caerse de bruces de la escalera en la cual se encaramaba para buscarla.

Entretanto, la fama de Kaguya-Hime seguía creciendo y llegó el día en el que el mismísimo Emperador del Japón la quiso conocer.

En cuanto la vio, quedó prendado de la extraordinaria joven y le propuso matrimonio. Sin embargo, ella rechazó la propuesta:

—Nuestro amor es imposible, provengo de un lejano lugar y algún día debo regresar a él. Cuando eso ocurra, no quiero verte sufrir.

A pesar de su negativa, el Emperador no cejaba en su empeño y continuamente le enviaba valiosos regalos para ablandar el corazón de la muchacha de los cabellos de ébano y conseguir que accediera a convertirse en su esposa. Pero Kaguya-Hime no aceptaba ninguno, se limitaba a mirar la Luna y, cada vez que lo hacía, sus ojos se anegaban de lágrimas. Sus padres adoptivos estaban muy preocupados e intentaban averiguar el motivo de tanta tristeza, pero ella no despegaba los labios.

Un día, poco antes de la luna llena de agosto, la princesa les explicó, por fin, el motivo de tanta tristeza:

—Estoy triste porque me visitó un mensajero de Tsuki no Miyako, la Ciudad de la Luna, y me comunicó que un cortejo vendrá a buscarme durante la luna llena de agosto para conducirme de regreso a mi reino.

La triste noticia de la inminente partida llegó a oídos del Emperador, el cual envió un ejército entero a custodiar la casa de su amada. Pero fue en vano, porque cuando la luna llena de agosto asomó, los soldados quedaron cegados por el intenso resplandor que desprendía el cortejo que llegaba en busca de la joven princesa y nada pudieron hacer para impedir su marcha.

La embajada celestial vistió a Kaguya-Hime con un radiante vestido confeccionado con plumas de plata y la condujeron hacia Tsuki no Miyako, dejando atrás a sus padres deshechos en llanto.

El Emperador no se resignó a su pérdida y, aunque no sabía cómo hacérselas llegar, le escribía interminables cartas a Kaguya-Hime.

Se le ocurrió entonces una idea y mandó emisarios por todo Japón para descubrir cuál era la montaña más alta de su imperio:

—¡Hallad la montaña que esté más cerca del cielo!

Volvieron los expedicionarios y le comunicaron al soberano que habían encontrado un monte llamado Fuji cuyo pico nevado apenas se distinguía y que, sin duda, era porque tocaba el cielo.

Allí se dirigió el Emperador y allí quemó todas las cartas para que el humo llevara su mensaje a la lejana princesa.

Cuenta la leyenda, que todavía hoy, de vez en cuando, del monte Fuji se eleva hacia el cielo un humo blanco. Algunos afirman que es el Emperador, que sigue quemando sus cartas con la esperanza de que la princesa reciba algún día su mensaje de amor y decida regresar a la Tierra junto al él.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La historia de Kaguya-Hime» con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

El niño y la ballena

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Yuko vivía en una aldea japonesa cuyos habitantes capturaban ballenas.

También el papá de Yuko las capturaba.

Un día, Yuko le preguntó a su papá:

—Papá, ¿por qué matas ballenas?

—Porque capturar ballenas es la única cosa que sé hacer —le contestó su padre.

Pero Yuko no lo entendió, así que fue a ver a su abuelo y le preguntó:

—¿Por qué mi papá mata ballenas?

—Tu padre hace lo que debe —contestó el abuelo—. Déjalo en paz y pregunta al mar.

Entonces, Yuko, se fue al mar. Allí, pequeñas criaturitas de diferentes especies se pusieron a nadar entre sus piernas.

De pronto, vio una ballena varada sobre la arena, entre las piedras. La ballena estaba muy asustada y sin fuerzas; solo podía girar los ojos, grandes como las manos de Yuko…

Yuko comprendió que la ballena no podría vivir mucho tiempo fuera del agua.

—Intentaré ayudarla —dijo el niño.

¿Pero cómo? ¡La ballena era grande como una montaña!

Yuko corrió hacia el agua. En la orilla, llenó su cubo y empezó a echar agua sobre la enorme cabeza de la ballena.

Puedes leer el resto del cuento en nuestro libro.
Adquiérelo en la tienda de Isla Imaginada.

 

FIN

El chico que dibujaba gatos

Ilustración: whimsycatcher

Hace mucho, mucho tiempo, en una pequeña aldea japonesa, vivía un campesino muy pobre con su esposa y sus cuatro hijos.

El hijo mayor era sano y fuerte, y ayudaba a su padre en la siembra y en la cosecha del arroz. Las dos hijas trabajaban con su madre en la casa y en el jardín. Todos estaban acostumbrados a trabajar duro desde muy temprana edad.

Sin embargo, el hijo más joven, aunque era muy listo, era pequeño y débil y no podía trabajar en los campos de arroz con su padre y su hermano mayor.

Un día, los padres hablaron sobre el futuro de su hijo menor, porque sabían que nunca podría ser agricultor.

—Nuestro hijo pequeño es muy inteligente. Tal vez, si lo enviamos como alumno del anciano sacerdote del templo pueda serle de ayuda —propuso la madre.

También el padre pensó que la sabiduría de su joven hijo podría ser útil en el templo. Así que se dirigieron allí y preguntaron al sacerdote si estaba dispuesto a tomar a su hijo menor como alumno.

El sacerdote le planteó al muchacho preguntas muy complicadas. Sorprendido por su sabiduría y por las respuestas inteligentes que recibió, estuvo de acuerdo en tomarlo como alumno a condición de que lo obedeciera en todo.

Aunque verdaderamente el muchacho se esforzó por obedecer y aprendió con el anciano sacerdote muchas cosas, había un problema: cuando se quedaba solo para estudiar, en lugar de estudiar pintaba gatos. Y ni siquiera el deseo que tenía de ser un buen alumno, lo ayudó a solucionar este problema, porque en el fondo de su corazón era un artista.

Pintaba gatos grandes y gatos pequeños, gatos gordos y gatos flacos, gatos altos y gatos bajos, gatos mansos y gatos salvajes. Los pintaba en sus cuadernos de estudio y en el suelo, y en las paredes y, lo que era peor, pintaba gatos en los grandes biombos de papel del templo.

El anciano sacerdote estaba muy enojado, y le explicó que dibujar gatos en lugar de estudiar era algo que no debía hacer, pero no sirvió de nada.

Un día, el sacerdote, que estaba cada día más triste, porque el joven seguía dibujando gatos en lugar de estudiar, le ordenó:

—Empaca tus cosas y márchate a tu casa. Un alumno siempre debe escuchar la voz de su maestro y tú no me escuchas.

Después, le dio su último consejo:

—Guárdate de los lugares grandes por la noche. Permanece en los lugares pequeños.

Dicho esto, regresó a su habitación y cerró la puerta.

El muchacho no entendió qué quería decir el sacerdote con aquello y temió ir a pedirle una explicación.

Mientras empaquetaba sus cosas iba pensando:

—Si regreso a casa, mis padres se enfadarán conmigo y me castigarán. Tal vez sea preferible que vaya a una gran ciudad y allí, en alguno de los templos, quizá pueda seguir estudiando.

Abandonó la aldea y se dirigió a la ciudad caminando sin prisa, disfrutando del viaje, observando las flores y las mariposas.

Al llegar a la ciudad, se dirigió al templo principal. Ya había oscurecido y todo el mundo dormía, así que no hubo nadie que le dijera que un duende maligno controlaba aquel lugar y había expulsado de allí a todos los sacerdotes y a todos los alumnos. Nadie que le dijera que muchos soldados habían intentado desalojar al duende sin éxito.

Después de llamar una y otra vez sin obtener respuesta, empujó la puerta y esta se abrió. El chico entró y gritó:

—¿Hay alguien aquí?

Nadie contestó.

Vio luz cerca de una de las puertas, se dirigió hacia allí y se sentó para esperar a que saliera algún sacerdote.

El duende siempre mantenía una pequeña luz encendida con el fin de atraer a la gente durante la noche y comérsela. Pero el muchacho, naturalmente, no sabía esto.

Mientras esperaba, se dio cuenta de que todo estaba descuidado y sucio. Pensaba en que, sin duda, se necesitarían muchos estudiantes para limpiar aquello, cuando vio un escritorio. En sus cajones encontró papel, plumas y tinta. Y, por supuesto, inmediatamente empezó a dibujar gatos.

Terminó todo el papel, pero continuó pintando en el suelo, y después en los enormes biombos del templo hasta que todo estuvo lleno de dibujos de gatos. Entonces, se sintió muy cansado y quiso reposar, pero recordó el consejo del viejo sacerdote:

—Guárdate de los lugares grandes por la noche. Permanece en los lugares pequeños.

Y aquel templo, en efecto, era muy grande.

Se puso a buscar y encontró un armario muy amplio, entró en él, apoyó la cabeza sobre su hatillo y se durmió.

A medianoche, lo despertó un espantoso gemido. Oyó carreras, gruñidos y tremendos golpes. Se asomó con cautela, pero no vio nada en medio de la oscuridad, así que volvió a cerrar la puerta y siguió durmiendo hasta que se hizo de día.

A la mañana siguiente, al abrir el armario, vio al duende tendido en el suelo, muerto.

—Un duende… ¿Quién lo habrá matado? —se preguntó.

Al mirar a su alrededor, se fijó en que las bocas de todos los gatos que había pintado estaban manchadas de rojo y comprendió que habían sido los gatos los que habían matado al duende. Entonces, también entendió las palabras del viejo sacerdote:

—Guárdate de los lugares grandes por la noche. Permanece en los lugares pequeños.

Cuando la gente de la ciudad se enteró de que el duende había sido por fin vencido, declararon al muchacho héroe.

Los soldados se encargaron de retirar el cadáver del templo y los sacerdotes pudieron regresar a él. Deseaban que el muchacho se quedara con ellos como alumno, pero él decidió otra cosa: ya no quería ser sacerdote, quería ser artista.

A partir de entonces, sus dibujos de gatos se hicieron famosos en todo el mundo. Es posible que, alguna vez, también vosotros veáis alguno de los que dibujó.

FIN