jirafa

Un concierto en la selva

Ilustración: Elliza

Faltaban muy pocos días para el cumpleaños de la señora Jirafa, animal de gran respetabilidad en aquella aldea, y todos los vecinos deseaban obsequiarla con algo extraordinario y digno de la estima que les merecía. Regalarle un ramo de flores era poca cosa, sobre todo teniendo en cuenta que allí no había más que flores silvestres, y de esas podía coger ella cuantas quisiera, porque crecían en la misma puerta de su casa. Regalarle un traje era una tontería en opinión de la Zorra, porque no había sastre en el pueblo que pudiera hacerle otro más bonito que el que usaba a diario, así que esa idea la desecharon por descabellada. El Topo proponía que le regalasen unas gafas, porque, como él estaba cegato, se figuraba que no había nada en el mundo de más valor que unos anteojos, opinión que no compartía el Lince, porque, según él, se veía demasiado para lo que había que ver en este mundo, prueba plena de que, en este mundo, «todo es según el color del cristal con que se mira». El Lince veía mucho y el Topo veía poco, y por eso no podían ponerse de acuerdo en tan importante cuestión. El Mono decía que lo más adecuado para aquellas latitudes donde la época de las lluvias es tremenda, era un buen impermeable, y, en cambio, el Hipopótamo opinaba que el agua no hacía daño a nadie, y buena prueba de ello era su propia familia, que jamás había tenido que recurrir al médico, aunque se pasaban la vida metidos en el agua. El Aguila decía que lo más moderno y mejor era un aeroplano de buenas dimensiones, donde doña Jirafa pudiera remontarse en los aires y acompañarla a ella en sus excursiones aéreas, y, opinando en contra una sesuda Tortuga, que detestaba todo lo que no fuera sumergirse, proponía un submarino, porque, ¿dónde mejor se puede estar y dónde se disfrutan mejores panoramas que en el fondo de las aguas?

—¡Calla, achaparrada! —replicaba el águila—. ¡Vamos, que venir a decirnos que debajo del agua se disfruta de buenos panoramas! Sube, si puedes, conmigo a lo alto de la montaña, remóntate hasta las nubes, y cuando veas la inmensidad de la tierra, podrás hablar de panoramas.

—A ver si regañáis por tan poca cosa —terció un Chimpancé muy sabihondo, por haber viajado bastante—. No seáis tontas y ·dejaos de discusiones. Escuchadme a mí. Cuando yo andaba por los países que se llaman civilizados, aunque, a mi entender, están tan atrasados como nosotros, porque cometen muchas tonterías sus habitantes, tuve ocasión de ver que lo que se hace cuando se quiere obsequiar a una persona, bien sea porque celebre su fiesta onomástica…

—¿Qué ha dicho? —preguntó un Erizo muy papanatas que, como siempre estaba hecho una bola, no se enteraba de nada—. ¿Qué clase de fiestas son esas? Porque, hablando sinceramente, en mi vida la he oído nombrar.

—¡Ya ha metido la pata este pobrecito! —repuso el Chimpancé, en de burla—. ¿Sabes lo que te digo?, pues que te hagas una bola y, cuando hayas rodado por el mundo tanto como yo, sabrás lo que la numismática …

—¿La numismática? ¡Sabihondo estás, Chimpancé! ¡Apostaría a que tú tampoco lo sabes, ¿eh?

—¿Quién hace caso de palabras necias? Sigamos adelante. Pues bien, como iba diciendo, cuando alguien celebra su santo, el bautizo de un hijo, o cualquier otro festejo tan señalado como los mencionados, sus vecinos suelen obsequiarlo con un concierto. Es lo mejor.

—¿Un concierto? ¿Y eso qué es? —preguntó un Palomo atontado que estaba escuchando la conversación.

—Un concierto, amigo Palomo —explicó el Chimpancé—, es un conjunto de instrumentos musicales que ejecutan las piezas de su repertorio.

—¡Ah, vamos!—exclamó un Asno, que hasta entonces había permanecido con la boca abierta sin decir esta boca es mía, para que no se riesen de él. Lo que viene a ser una orquesta.

—Precisamente, pero como aquí no disponemos de instrumentos musicales, podríamos organizar un orfeón…

—¡Ah, sí! Un concierto a voces solas. Pues no hay más que hablar. Contad conmigo, que soy un barítono de primera. Vais a verlo —Y sin esperar a que le instasen, lanzó un rebuzno estrepitoso.

—No está mal, no está mal- dijo el Chimpancé—. Aunque me parece que no es así como cantan en los países civilizados.

—Pues si de voces buenas se trata, a mí no me gusta ponerme medallas, como suele decirse, pero aquí tenéis la mía —dijo un Ganso, lanzando un sonoro graznido, a fin de demostrar a su auditorio que podía codearse con el mejor cantante del mundo.

—Me vais a perdonar que me meta en lo que acaso no me importe, hijos míos —terció un sesudo Marabú, que estaba escuchando el conciliábulo—, pero me parece que estáis errados.

—¿Herrados? ¡Ja, ja, ja! —exclamó, riéndose a carcajadas una Hiena rayada que se las daba de chistosa, porque siempre se estaba riendo—. Los herrados son los animales de casco como los caballos, pero a nosotros no hay herrador que nos ponga herraduras.

—Digo que estáis errados —repuso el Marabú— refiriéndome a lo equivocados que vivís. Para dar un concierto de voces solas, lo primero que hace falta son las voces, pero no voces como las vuestras, porque presumir vosotros de voz, es como si presumiera de buen corredor un cangrejo. Para ese concierto que pensáis dar a la señora Jirafa, os aconsejo que reunáis canarios, alondras, ruiseñores, jilgueros y otras aves de las muchas que abundan en nuestra vecindad y que, por poco dinero, porque los artistas no trabajan solo por amor al arte, formarán un coro tan maravilloso, que dejaría patidifuso al músico más exigente. Y aun así, para que resulte bien, será preciso que se encargue de todo un buen director, porque, si no, saldrá todo muy mal.

—Se conoce que este quiere cantar también.

—¿Yo? ¡Dios me libre! —repuso el Marabú—. En mi vida he tenido pretensiones.

—Pues cállate y déjanos que lo organicemos nosotros —insistió el Chimpancé.

Y como les molestaba la presencia de aquel pajarraco que ponía el veto a sus proyectos, se retiraron, y allá, a solas, organizaron lo que se proponían.

Y llegó el cumpleaños de doña Jirafa. La buena señora convidó a una cena a todos sus amigos, y todos comieron esperando con ansia el momento solemne en que la anfitriona había de ver cómo correspondían a sus bondades sus vecinos. El momento no se hizo esperar. Apenas hubieron llenado la panza los que estaban comprometidos a demostrar sus cualidades filarmónicas, se reunieron en el centro de la plaza y comenzaron el concierto vocal más famoso que se ha escuchado en las selvas del mundo viejo y del nuevo.

Dirigía la orquesta el propio Chimpancé, y las voces cantantes las llevaban el asno, el cerdo, el ganso, el perro, siete gatos, catorce cotorras y tres lobos, que aullaban maravillosamente. Los coros los formaban moscardones, chicharras y grillos. En conjunto, no bajaría de un centenar el número de individuos que componían tan extraño coro, el cual atacó los números del programa con un ardor digno de mejor causa.

Al pronto, doña Jirafa y sus convidados, nos referimos a los que no estaban en el secreto del obsequio, creyeron que ocurría algo en la población, que se había producido un levantamiento de ciertos elementos que hacía días demostraban su descontento con los poderes públicos por el exceso de las contribuciones.

Luego supusieron que eran voces de alarma, porque se acercaba algún enemigo terrible, y después opinaron que se había vuelto loca la mitad de la población. Lo que ni por un momento pensaron fue que los cantores querían proporcionarles un rato de solaz a los del festejo.

La revolución que se armó no es para descrita, y los cantores, al ver el fiasco de su fiesta, comenzaron a inculparse mutuamente.

—¡El Asno es el que desafina! —gritaba la Hiena.

—Los que lo hacen mal son los coros —replicaba el Asno—. Esos moscardones no han ensayado bien.

—Lo que lo echa todo a perder, es el aullido de los lobos, que no saben aullar.

—¡Atiza! —exclamaban los ofendidos—. ¿Que no sabemos aullar siendo lobos?

—¡Fuera! ¡Fuera! —gritaba mientras tanto el público.

Y aquello hubiera terminado como un campo de Agramante si el León, con su indiscutible autoridad, no hubiera terciado diciendo:

—Aprended lo que dice el refrán: ¡Zapatero a tus zapatos! ¿No os creíais unos cantores perfectos? ¡Pues entonces no echéis la culpa a nadie de vuestro fracaso! Siempre pasa igual a los que pretenden hacer cosas que están fuera de sus aptitudes.

FIN