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Juani Casco

La Pequeña Hada y la lluvia de colores

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Ilustración: nicolas-gouny-art

Ya sabéis que en Isla Imaginada habitan todos los seres que han vivido, viven o vivirán las aventuras fascinantes que nos cuentan los cuentos. Pero antes de ser personajes principales, deben prepararse y formarse muy bien para que la historia en el que habitan sea tan bonita, que ningún niño del mundo se canse jamás de leerla o de escuchar cómo se la cuentan sus mayores una y mil veces.

En estas se encontraba nuestra protagonista, una Pequeña Hada que había llegado a la Isla Imaginada hacía dos años.

Acababa de terminar su segundo curso en la Academia de Hadas Buenas con excelentes notas y ¡hasta se había ganado con honores su varita mágica!, si bien solo podía realizar pequeños encantamientos con ella, porque aún le quedaban muchas cosas por aprender. Podía, por ejemplo, hacer que una araña tejiera un jersey para un gusanito friolero. O bien convertir una castaña en una casita nueva para un caracol que hubiera perdido la suya.

Aunque también se metía en líos tremendos, como cuando convirtió toooooda la comida de Isla Imaginada en fruta y durante una semana no hubo otra cosa para comer que no fueran manzanas, peras, sandías, naranjas, mangos, piñas…

La Pequeña Hada esperaba impaciente los días de vacaciones para correr, saltar y jugar por los parques y bosques de Isla Imaginada, que son los más bonitos del mundo de la fantasía. Pero, justo al acabar las clases, en el cielo de Isla Imaginada se había instalado una familia de nubarrones oscuros, que llevaban en sus panzas miles y miles de litros de agua. Les habían gustado tanto los preciosos campos de la isla, que habían decidido regarlos para que dieran buenas cosechas.

Así, que tras tres días encerrada en casita, nuestra Pequeña Hada ya estaba cansada de tanta humedad. Tras el cristal de la ventana observaba aburrida el paisaje requetemojado cuando, de pronto, el sol se desperezó y dejó que asomara entre las nubes un rayo de su brillante luz y, entonces, un precioso arcoíris se dibujó en el cielo.

—¡¡¡Ooooooohhhhhhh!!! ¡¡¡Qué bonito!!!

La Pequeña Hada se dijo:

—Es una pena que mi varita mágica de segundo curso no tenga poder para ordenar que pare de llover. Si al menos la lluvia fuera de colores, todo sería más divertido…

De pronto, abrió mucho los ojos y exclamó entusiasmada:

—¡Claro! ¡Vaya idea más buena! Sería maravilloso que el agua que cae del cielo fuera roja, verde, azul, naranja… ¡Que divertido! ¡Ahora mismo voy por mi varita y mis libros de consulta!

Y, ni corta ni perezosa, se puso a buscar un encantamiento colorido y acuático en el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas.

—¡Vamos a ver! Conjuros para bichos, para gnomos, para princesas, conjuros para árboles, para bebés, musicales, conjuros matemáticos… —murmuraba a medida que pasaba las hojas— ¡Uffff!, esto es más complicado de lo que pensaba.

Pero como era voluntariosa y obstinada, siguió buscando:

—Conjuros para enfermedades, de amor, para ogros, para lluvia… ¡Aquí!, ¡aquí debe estar lo que busco!

Emocionada, abrió el libro en el capítulo de los conjuros para lluvia y repasó todos los que allí se nombraban:

—Lluvia de garbanzos, lluvia calentita, lluvia que no moja, lluvia cantarina, lluvia de sopa, lluvia invisible, lluvia de colores… ¡Lluvia de colores! ¡Por fin! Manos a la obra. Mejor dicho, ¡varita a la obra!

La Pequeña Hada abrió la puerta y corrió hacia el jardín, dirigió su varita al cielo y en voz muy, muy alta empezó a recitar el encantamiento:

¡Chincharabón! ¡Chincharabín!

¡Colores del arcoíris, venid a mí!

¡Vestid la lluvia aburrida de rojo, verde y añil!

¡Chincharabín! ¡Chicharabón!

¡Varita haz lo que ordeno hasta que acabe el chaparrón!

De inmediato empezaron a caer del cielo ráfagas de lluvia de todos los colores. ¡Era un espectáculo fantástico!

Charcos multicolor alfombraron los campos, como pequeños lunares en un vestido veraniego. Cataratas azules caían de los canalones de los tejados. Las calles de los pueblos se convirtieron en ríos verdes, amarillos y fucsia y dejaron a los vecinos boquiabiertos y asombrados. Todos salieron a la calle, sin importarles que la colorida lluvia los calara.

La capita mojada de Caperucita Roja se tornó lila, los Pitufos, empapados, eran ahora de color naranja y la melena de Rapunzel de un brillante color morado. El león, rey de la selva, corrió a guarecerse en su cueva cuando su melena se tiñó de rosa ¡No le pareció un color apropiado para un fiero león!

¡Toda Isla Imaginada estallaba en colores, convirtiéndose en el escenario perfecto del cuento más bonito jamás contado!

Y tanto lo disfrutaron sus habitantes, que los abrumados reyes, condesas, alcaldes y presidentas de los diferentes reinos, ciudades y territorios no tuvieron más remedio que proclamar festivos los días siguientes, porque nadie quería perderse el espectáculo maravilloso del mundo pintado de todos los colores imaginados.

Así pasaron tres días más, hasta que las nubes se fueron vaciando y emigraron al mar para volver a llenar sus panzas de agua y seguir su lluviosa ruta.

Fueron los días más divertidos que se habían vivido en la Isla Imaginada en mucho tiempo.

Nadie se molestó en investigar de quién había sido la idea de convertir la lluvia en agua de colores, y es que los personajes de los cuentos viven en el mundo de la Fantasía y no se extrañan de nada, solo disfrutaron del espectáculo. Y, por supuesto, la que más disfrutó fue La Pequeña Hada. Su corazoncito brincaba de alegría al ver a sus vecinos y amigos tan contentos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La Pequeña Hada y la lluvia de colores” con la voz de Angie Bello Albelda

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La ballena Elena

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Ilustración: Sabinerich

Era Elena una joven ballena que nadaba por los mares inmensos, siempre al lado de su mamá, que la protegía y cuidaba porque era un poquito tímida.

Hacía poco que su mejor amiga, una ballenita como ella llamada Marina, había emigrado con su familia a mares lejanísimos y Elena se había quedado muy, muy triste porque, seguramente, nunca se volverían a encontrar.

Aunque a su mamá esto le daba mucha pena, pensó que lo mejor que podía hacer su hija era intentar buscar nuevos amigos, así que un día habló seriamente con ella:

—Mira Elenita, tú ya eres toda una señora ballena, tienes edad suficiente para nadar sola por los océanos, encontrar amigos nuevos y más adelante, si así lo deseas, formar tu propia familia.

—Pero mami, yo estoy muy bien contigo, ¿por qué no podemos seguir juntas?

—Hija, para mí también es muy doloroso tener que separarme de ti, pero así es la ley de la vida oceánica. Los hijos se hacen mayores y deben vivir sus propias experiencias. Verás cómo, pasado un tiempo, me lo agradecerás.

Elena no entendía lo que su mamá quería decir, pero como era una hija obediente, se despidió con tristeza. Madre e hija se abrazaron, lloraron un poquito y prometieron volver a encontrarse pronto.

Así empezó el viaje en solitario de la ballena Elena por la vida marina.

Cada vez que veía un grupo de peces, se acercaba despacio para no asustarlos e intentaba hacer amigos, pero ellos, al ver la sombra gigante de la joven ballena, se alejaban lo más rápido que podían, pensando que iban a ser engullidos por ella o que serían aplastados por su enorme cuerpo.

¡Pobre Elena! Lenguados, rapes, merluzas, doradas, bacalaos… todos huían sin dejar siquiera que se les acercara. Así que nunca podrían comprender que era una buena ballenita y que lo único que quería era hacer amigos.

Ella intentaba, en idioma balleno, explicarse desde lejos:

—¡Eeeeeeehhh, holaaaa! ¡Soy Elena, la ballena, y me gustaría jugar con vosotros! ¡Eeeeeehhhhh! ¡No os vayáis, por favorrrrrrrrr!

Pero todo era inútil, los pobres peces, aterrorizados, huían sin ni siquiera pararse a escucharla.

—¿Qué voy a hacer? ¡Voy a pasarme la vida sola! ¡Nadie quiere acercarse a mí!

Muy apenada, se escondió lo mejor que pudo entre dos grandes rocas y unos enormes corales y no pudo evitar ponerse a llorar.

Ya os podéis imaginar que cuando una ballena llora sus suspiros y sollozos crean un remolino a su alrededor que viene a ser, más o menos, como un pequeño maremoto.

Así estaban las cosas, cuando la sardinita Pepita, que se había despistado momentáneamente de su grupo sardinero y nadaba entretenida admirando los rojos corales, se vio de repente engullida por la formidable fuerza de aquel torbellino, que le hizo dar tres volteretas hacia atrás y una hacia adelante, para ir a parar, finalmente, justo ante los ojos de la ballena.

—¡Madre mía! ¡Qué susto tan grande! ¿Pero tú quién eres? ¡No me comas por favor! ¡Soy demasiado pequeña para llenar tu panza enorme!

Elena se quedó asombrada de que la pequeña sardina se atreviera a hablarle, pero es que no conocía a Pepita, la sardina más valiente, curiosa y atrevida de todos los mares.

—Hola, soy la ballena Elena, y naturalmente que no te voy a comer. Solo estoy llorando…

—¿Llorando? ¿Por qué? Un animal tan bonito, tan fuerte y tan grande como tú no tiene motivos para llorar.

—Es que mi problema, precisamente, es ese. Soy tan grande que todos los habitantes del mar, al verme, se asustan, así que nadie quiere ser mi amigo. Os veo a vosotras nadando tan contentas, siempre juntas, divirtiéndoos y me gustaría hacer lo mismo.

La sardinita Pepita, conmovida por lo que la ballena le contaba, la quiso consolar.

—Pues mira tú por donde, ¡acabas de encontrar una amiga!  Y si vienes conmigo te presentaré a mis compañeras, las otras sardinas, y a los demás vecinos. Yo les explicaré que no te quieres comer a nadie. ¡Vamos! ¡Nadando!

Pepita guió a Elena a través de las corrientes marinas y le presentó a todas sus amigas, además de a un nutrido grupo de habitantes del mar que la ballena desconocía. A saber: almejas y caracolas, que según dijo Pepita, eran muy aburridas porque nunca salían de sus casas; pulpos, que eran muy serios y siempre iban a la suya; estrellas de mar, ¡qué bonitas!; y veloces caballitos de mar.

Elena se convirtió en la novedad de aquella temporada. Todos querían ser sus amigos y ella, contenta, dejaba que se deslizaran por su lomo como si de un gran tobogán de parque acuático se tratara.

También le encantaba hacer de autobús. Subían sobre ella y Elena nadaba siguiendo las indicaciones Así los peces no se cansaban nunca.

Elena asistía a todas las fiestas, pero prefería no cantar ni bailar para no generar maremotos y remolinos. Aunque disfrutaba igualmente viendo a sus amigos tan felices.

Lo que Elena no sabía es que su mamá sabía todo lo que ella hacía, porque enviaba a medusas detective, que como son transparentes pasan desapercibidas, que la mantenían al corriente de las penas y alegrías de la joven ballenita.

Así que, una tarde, la mamá de Elena se presentó en la fiesta que se había organizado para celebrar la boda de dos peces espada.

Cuando la ballenita vio a su mamá, nadó tan deprisa para abrazarla que hizo tambalear la tarta nupcial. Y hasta la orquesta, «Los Mejillones Molones», dejó de tocar, pues los instrumentos salieron disparados dando vueltas y a los músicos les costó un buen rato encontrarlos y volver a ponerlos en marcha.

—¡Mami! ¡Qué contenta estoy de verte! ¡Mira cuántos amigos tengo!

—Lo sé, pequeña, ¿no pensarías que te iba a abandonar? Siempre estuve pendiente de ti.

Elena era, por fin, una ballena feliz. Rodeada de todos sus amigos y con su mamá cerca. Y lo que ella no sabía es que, escondido tras una gran roca, un joven ballenato la contemplaba embelesado.

Pronto nuevas emociones saldrían a su encuentro.

FIN

La Navidad en Villablanca

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Ilustración: subnewskin

Villablanca es un pueblo en el que la Navidad se vive de forma especial. Es tradicional que los vecinos, apenas empiezan los primeros fríos, rescaten de sus buhardillas y baúles todos los adornos, figuritas, luces, guirnaldas, lazos, manteles y demás ajuar que, poco a poco, han ido comprando a los buhoneros y comerciantes que pasan por el pueblo y que guardan como si de un gran tesoro se tratara.

Con todo ello, se dedican a engalanar las casas, los colegios, los comercios y las calles. También organizan bonitas funciones navideñas, recitales de poesía y villancicos, concursos de dulces, exposiciones de manualidades y mil cosas más.

Los cocinillas del pueblo se superan cada año elaborando deliciosas recetas que degustan todos juntos con entusiasmo, ya que, en los días señalados, comparten las comidas en la Gran Sala del Ayuntamiento. De este modo, nadie se siente solo y todos juntos pasan esos días bien entretenidos y muy felices.

Bueno, todos, todos, no… Porque hay un vecino del pueblo para el que no existe la Navidad.

Llegó a Villablanca hace ya varios inviernos, cuando empezaba la temporada de las nevadas. Voceaba por las calles hierbas y remedios para resfriados, toses, catarros, mal de huesos, empachos y demás padecimientos invernales y cuando quiso darse cuenta, el pueblo había quedado aislado por la nieve y ya no pudo salir de él.

Los vecinos lo acogieron encantados, ya que en su oficio de curandero había demostrado ser muy eficiente. Le proporcionaron refugio en una casa abandonada situada a las afueras del pueblo.

Al acercarse las fechas navideñas, lo fueron a buscar para que participara, como un vecino más en los preparativos, pero él los echo de malos modos y a voces, disparatando contra todo lo que sonara a Navidad, fiestas, compartir o festejar.

Los vecinos, asombrados, lo dejaron solo en su casa y se olvidaron de él; esa Navidad y las siguientes. Puesto que al llegar la primavera, Don Aquilino, que así se llamaba el curandero, decidió establecerse definitivamente en Villablanca.

Pero Don Aquilino no era feliz. Cada vez que a escondidas miraba a sus vecinos disfrutar y compartir las comidas, los juegos, las canciones… un sentimiento de envidia y rencor se apoderaba de él. En su interior deseaba que nunca llegara la Navidad para no tener que ver felices a los demás.

Durante el último año, sucedió que Don Aquilino,  cuando ya estaban muy cerca las fiestas navideñas, maquinó un plan para fastidiar a todo el pueblo.

Pensó que si hacía desaparecer todo lo que guardaban para poner bonitas las casas y calles, así como los manteles bordados, las preciosas vajillas, los libros de recetas, los instrumentos musicales y todos los demás objetos que usaban en Navidad, los vecinos se enfadarían tanto, que no volverían a disfrutar nunca más de unas felices Pascuas.

Buscó ayuda para cometer su fechoría en una banda de ladronzuelos de poca monta, que recorría la comarca cometiendo pequeños hurtos y cuando todos los vecinos se hallaban reunidos en el Ayuntamiento ultimando el programa para las fiestas, los ladrones aprovecharon para entrar en las casas vacías y robar los adornos y los objetos navideños.

Al volver a sus hogares y darse cuenta de lo sucedido, los vecinos de Villablanca, asombrados y tristes, no se explicaban quién podía haber hecho algo semejante. Pero lejos de enfadarse y de rendirse, decidieron, todos a una, que no podían quedarse sin Navidad, así que se pusieron manos a la obra.

Los más ancianos se encargaron de tejer guirnaldas de colorines con lanas de jerseys usados. Los jóvenes se adentraron en el bosque a recoger piñas y ramas, que pintadas de color plata quedaron requetepreciosas. Los más pequeños modelaron nuevas figuritas con barro y un potingue de harina y agua, quizá no eran tan bonitas como las robadas, ¡pero estaban muy orgullosos de haberlas hecho ellos mismos! Modistas y sastres se afanaron en coser con sábanas viejas nuevos manteles y como no dio tiempo de bordarlos, los pintaron con motivos navideños y el resultado fue chulísimo. Con trozos de pantalones y camisetas viejos hicieron muñecos y estrellas de colorines, que colgaron en todos los árboles de Navidad, así como pequeñas velas que sustituyeron las tiras de luces robadas.

El resultado fue, que a pesar de la tristeza y el desencanto por los objetos perdidos, los niños y mayores de Villablanca podrían celebrar la Navidad como si nada hubiera ocurrido.

Don Aquilino no salía de su asombro. Enrabiado, vio a través de una ventana a sus vecinos disfrutando de la cena de Navidad. Se dio cuenta, entonces, de que no eran los adornos suntuosos y caros, ni los manteles finísimos, ni las luces brillantes lo que unían a aquellas buenas gentes; sino que el espíritu de la Navidad estaba en la compañía, en la unión, en el trabajo compartido, en las risas y en las canciones y en los cuentos que se contaban. Todas aquellas cosas que nadie puede robar.

Arrepentido, sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos y salió de su escondite sigilosamente, para que nadie repara en él. Pero he aquí, que un muchachito curioso acertó a mirar por la ventana en ese preciso instante y al verlo y darse cuenta de la tristeza de Don Aquilino, corrió tras él.

—¡Don Aquilino! ¡Don Aquilino! ¿Qué le pasa? ¿Por qué llora?

Le preguntó mientras lo cogía de la mano. El curandero, al sentir aquella pequeña manita entre las suyas, recordó su infancia y los pocos momentos felices que había disfrutado con sus papás. Había quedado huérfano siendo muy pequeño y los tíos segundos que lo criaron, muy tacaños y de duro corazón, nunca celebraron la Navidad con él.

Sin oponer resistencia, se dejó guiar por el niño hasta donde todo el pueblo estaba reunido y después de contar lo que había hecho, les pidió humildemente perdón y prometió devolver todas las cosas bonitas que ellos habían guardado con tanto aprecio.

Los vecinos de Villablanca lo perdonaron, no sin antes hacerle prometer que nunca más haría algo semejante y de que, en adelante, él también participaría de todas las fiestas y saraos que se organizaran en el pueblo.

De este modo, Don Aquilino, el curandero, fue curado por sus vecinos de Villablanca y aprendió que la Navidad no solo es regalos, adornos y comilonas. Es, sobre todo, perdón, amistad, unión y amor.

FIN

La Pequeña Hada y el día de la fruta

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Ilustración: nicolas-gouny-art

En la Isla Imaginada, los moradores están acostumbrados a sucesos fantásticos y extraordinarios. No podría ser de otro modo, ya que todos ellos habitan en los cuentos más lindos que se han escrito o que aún están por escribir. Por eso, ya no se asombran de casi nada… ¡Casi!, porque hace poco pasó algo ciertamente muy misterioso…

Por si alguien aún no lo sabe, en la Isla hay un colegio para piratas; una universidad para princesas; una granja-escuela para labradores, leñadores y pastores; un taller para sastrecillos y modistas; una facultad para doctores y veterinarios… Y, por supuesto, está la Academia para Hadas Buenas; con una excelente fama, por cierto. En ella, se han licenciado hadas famosas, como la de Cenicienta, las hadas de La Bella Durmiente o Campanilla.

Precisamente, en esta Academia de las Hadas Buenas, da comienzo nuestra historia.

Una de las últimas alumnas en incorporarse, ha sido una dulce y preciosa hadita. Tiene carita de ángel, pero es un poquito traviesa y marisabidilla. Me ha contado, en secreto, el lío tan grande que organizó hace poco, así que no os puedo revelar su nombre, si no, se enfadaría conmigo. La llamaremos, simplemente, Pequeña Hada.

La Pequeña Hada acabó, hace poco 1º de Hada Buena y, muy contenta, celebraba con sus compañeras el último día del curso. Todas estaban ansiosas por estrenar sus flamantes varitas y empezar a realizar encantamientos. Pero he aquí, que la maestra, la Gran Hada Buena, echó por tierra esa ilusión:

—¡Queridas alumnas, hoy es un día muy importante! Habéis finalizado el primer curso y acabáis de recibir vuestra primera varita mágica. Recordad que con ella solo surtirán efecto los encantamientos destinados a mejorar y a beneficiar a los habitantes de los cuentos que lo necesiten. Aunque, de momento, tendréis que guardarla hasta el próximo curso, porque todavía no podéis usarla. Si me entero de que algún conjuro o encantamiento se ha llevado a cabo sin que yo lo haya autorizado, la autora será expulsada inmediatamente de la Academia y nunca jamás podrá licenciarse como Hada Buena.

¡Vaya chasco! La Pequeña Hada estaba muy desilusionada. Había planeado pasar todo el verano con su varita poniendo en práctica, aquí y allá, todo lo que había aprendido: convertir un negro escarabajo en una mariposa multicolor; una mañana lluviosa en un espléndido día soleado; un plato de lentejas en una rica sandía…

—¡Ehhhhhh! ¡¡Eso sería alucinante!! ¡Ay!, si pudiera usar mi varita…. ¡Convertiría toda la comida en fruta! ¡Lo haría solo por un día! Pero no, no puedo hacerlo, si me descubren me expulsarán de la Academia… ¡No, no!

En estos pensamientos andaba ensimismada, cuando en sus tripas comenzó a sonar un concierto desafinado: ¡¡ruugggggg!! ¡¡rugggggg!!

—¡¡Uyyyy!! ¡Tanto pensar en comida, me ha despertado un hambre tremenda!

Así, que se dirigió hacia el comedor con la esperanza de que la cena fuera rica y apetitosa, ya que era un poco caprichosa con la comida y, muchas veces, eso era un fastidio, porque aunque tenía mucha hambre, al ver los platos de verdura, pescado, legumbres o sopa, ¡puajjjjj!, le costaba una enormidad terminarse su ración.

—¡Con lo fácil que sería todo si solo tuviéramos que comer fruta! ¡Es tan dulce y rica! ¡La fruta me encanta! ¡La comería todo el día! Y si por un día toda la comida se convirtiera en fruta? ¡Solo por un día! Un día sin coliflor maloliente; sin sopas ardientes; sin espinas de pescado o hueso del pollo. ¡Todos los niños del mundo serían más felices! Nada de potajes, ni huevos duros. ¡Solo rica fruta fresquita!

¡Ya está! ¡Lo haré! No puedo esperar al próximo curso, he aprendido mucho estos meses y saldrá perfecto. El encantamiento durará un día, cuando la Gran Hada Buena quiera darse cuenta, todo habrá vuelto a la normalidad, pero habrá sido muy divertido ¡Sí señor!

La Pequeña Hada, decidida y segura del poder de su varita, se pasó toda la noche preparando las palabras mágicas para que el encantamiento surtiera efecto.

Al amanecer, corrió al gran almacén de alimentos; la gran despensa de la que se abastecen todas las cocinas de la Isla, y allí, escondida tras un saco gigante de patatas, comenzó a recitar:

Si os toco con mi varita

seréis  rica comidita.

¡Piña, melón y sandía!,

para comer todo el día.

¡Sabrosos melocotones

y deliciosas naranjas!,

para llenarnos las panzas.

¡Dulces uvas y granadas!,

comerán todas las hadas.

¡Macedonias por doquier!;

es lo que hemos de comer.

¡Rica ciruela, dulce boniato!

¡Que se cumpla mi mandato!

Pronunció estas palabras y agitó su varita haciendo círculos. Una estela de polvillos mágicos flotó por todo el almacén y, ¡ohhhhhh!, ¡también salió volando por los ventanales y se fue extendiendo por los alrededores!

Al verlo, la Pequeña Hada se puso muy nerviosa, porque no sabía qué poder tenía su varita y adónde iría a parar la estela de polvos mágicos. Pero, ¡bah!, el conjuro solo duraría un día…

—¡¡Ayyyyy!!! ¡Ya he metido la pata! ¡Me he olvidado de incluir la duración del encantamiento! ¡Si es que soy muy despistada, ya lo dicen mis maestros! ¡Que no estoy atenta en clase! ¿Y qué voy a hacer ahora? ¡Ay!, ¡ay! ¡La que me va a caer!

¡Pobre aprendiz de hada!, estaba muy, muy preocupada, así que decidió comprobar si el encantamiento se había cumplido. Corrió hacia el comedor para ver si las palabras mágicas que había pronunciado habían funcionado y cuál era el efecto.

¡Y vaya si habían funcionado! Las bandejas de comida nunca habían tenido tanto colorido. Naranjas, peras, manzanas, caquis, sandías, cerezas… Todas las frutas imaginables dispuestas para ser degustadas.

Los pobres cocineros pedían disculpas:

—¡No sabemos qué ha ocurrido! Toda la comida ha desaparecido. Hoy en el almacén solo hay fruta.

Los habitantes de la Isla Imaginada estaban sorprendidos porque, según les explicaron los cocineros, hasta las vacas lecheras habían pasado de dar leche a dar zumo de frutas tropicales.

La Pequeña Hada no sabía si alegrarse o disgustarse. Por una parte, su encantamiento había salido bien, lo que quería decir que había aprovechado bien las clases. Pero, por otra, había un pequeño fallo, y es que no tenía ni la más mínima idea de cómo poner fin al día de la fruta.

Se le ocurrió que quizás en uno de los miles de libros que se guardaban en la “Gran Biblioteca Hadística” de la Academia, podía estar la fórmula para deshacer el conjuro. Así que hacia allí se encaminó. No podía preguntar a la Hada Bibliotecaria, eso la descubriría, tendría que espabilarse sola.

—¡Manos a la obra! ¡Cuanto antes empiece a buscar, antes acabaré!

Se pasó el día entero entre grandes librejos, antiguos pergaminos y pesadas enciclopedias, pero nada.

Cuando el Hada Bibliotecaria se acercó para preguntarle qué buscaba, solo acertó a decir:

—¡Oh!, no busco nada en concreto. Echo de menos las clases y quería aprender más cosas de los libros que aquí se guardan.

La Bibliotecaria, ¡claro está!, no se creyó nada y decidió observarla para descubrir qué era lo que tramaba.

Al segundo día, tras desayunar zumo, macedonia y compota, la Pequeña Hada volvió a la Gran Biblioteca, ¡pero nada!

El tercero, fue otro día más sin resultados, y el cuarto otro y el quinto otro más.

Todo el mundo andaba ya revuelto en la Isla. Se quejaban a los cocineros. El primer día fue divertido comer solo fruta, pero ahora ya echaban de menos las sopitas, los potajes, los ricos pescaditos y las tortillas calentitas.

¡Pobres cocineros! Improvisaron una paella con granos de uva y dátiles; filetes de melón con salsa de fresa; hamburguesas de higos; sopa de pera; manzanas rellenas de albaricoques; cocido de cerezas; macarrones de piña…

Y mientras, nuestra Pequeña Hada seguía con su búsqueda ¡Estaba segura de que debía existir un manual para deshacer encantamientos!

La buena Hada Bibliotecaria, que tenía muchos años de experiencia y conocía bien a las aprendices de hada, comprendió cuál era el problema y dejó con disimulo, sobre la mesa donde trabajaba nuestra hadita, el libro salvador:

 Cómo deshacer, arreglar y rectificar hechizos mal hechos.

¡Lo encontré! ¡Sí señor! ¡Aquí estará la solución! ¡Bieeeeeeennn!

Afanosa, se lo leyó entero de un tirón y halló la forma de arreglar el desaguisado que había causado, sin que nadie sospechara que era cosa suya. La solución era sencilla, se trataba de añadir la estrofa final al encantamiento original.

—¡Vaya! ¡¿Cómo no se me habrá ocurrido?!

Tendría que volver al mismo lugar y a la misma hora donde recitó las palabras mágicas del encantamiento inacabado y terminarlo.

Dicho y hecho. Esperó paciente detrás del saco de patatas para recitar la estrofa final para que, por fin, los habitantes de la Isla Imaginada pudieran volver a comer pollo, arroz, sardinas, garbanzos, ensaladas y verduras… que tanto empezaban a echar de menos.

Con la varita mágica en la mano y con voz resuelta y clara dijo:

Y al quinto día yo mando

que se resuelva este encanto,

que todo vuelva al origen,

patatas, nabos y cebollas

¡A la olla!

Carnes, pescados y verdurillas

¡A la parrilla!

Sin más entretenimiento,

¡que se cumpla el mandamiento!

Y fue, de esta manera, como la Pequeña Hada resolvió el enorme lío en el que se había metido por impaciente y listilla.

La despensa volvió a llenarse de todos los alimentos variados que se necesitan para hacer ricos y saludables menús: carnes, pescados, verduras, pasta, panes, harinas y condimentos… ¡sin olvidar las frutas!, ¡por supuesto! Aunque durante unos días nadie quiso macedonia como postre.

Nuestra amiga dice que quedó tan escarmentada, que no volverá a intentar nuevos encantamientos sin la supervisión de sus maestras.

Pero no sé, no sé, sospecho que la Pequeña Hada, pronto nos deparará nuevas sorpresas.

FIN

La caracola Paola

Ilustración: nipic.com

Ilustración: nipic.com

La Caracola Paola vivía en la Playa Transparente, llamada así por sus aguas tan, tan limpias. Era todo lo preciosa que puede ser una caracola: blanca, blanquísima por fuera y si la mirabas por dentro, veías el arco iris que formaba el nácar en ella.

Durante el invierno hibernaba al abrigo de una roca grande que la protegía; allí nadie la molestaba, y estaba tranquilita y segura.

Pero, ¡ay!, al llegar el verano, la playa se iba llenando de familias que pasaban el día entre toallas, neveras, bocadillos, flotadores y risas y la pobre Paola, con tanto alboroto y movimiento, era empujada por las olas, ummmmm, a un lado, ummmmm, a otro, dando vueltas y más vueltas por la arena, hasta que acababa con un mareo de campeonato. Pobrecilla, ¡lo pasaba fatal!

Estaba deseando que alguien la rescatara del mundo marino y la llevara a otro lugar con menos movimiento ¡Y es que una caracola que se marea es una cosa muy seria!

Un día, apareció por la Playa Transparente una niña equipada con todos los bártulos para pasar un divertido día. Llevaba cubo, pala y rastrillo para hacer un gran castillo de arena, que era lo que más le gustaba hacer con su papá.

Los dos, empezaron la tarea escarbando un gran agujero en la orilla.

– ¡Hay que cavar hondo Emma! – le decía el papá a la niña.

– ¿Así, papá?

– Sí, así, para hacer el foso y luego empezar a hacer las murallas

Comenzaron a remover la arena con la pala justo allí donde estaba la caracola Paola, que se temió otra vez lo peor:

– ¡Ay, ay ay! ¡Me pasaré otra vez todo el día dando tumbos por la orilla!

Pero esta vez tuvo más suerte, el papá de Emma la vio brillar en la arena y llamó su atención.

–  ¡Mira Emma! ¡Qué caracola tan bonita!

–  ¡Sí, papá! ¡Es preciosa! Tan blanquita.

–  Vamos a guardarla y nos la llevaremos de recuerdo, ¿quieres?

–  ¡Vale, papi!, ¿y podremos hacer algo bonito con ella?

–  Pues claro, haremos algo precioso.

¡Qué contenta estaba nuestra amiga la caracola Paola! ¡Por fin había salido de las olas y ahora estaba tranquila! Sin embargo, un cosquilleo nerviosillo le daba vueltas por la barriguita. Se preguntaba qué harían con ella. Tendría que esperar para resolver el misterio; mientras tanto, disfrutaría de la paz dentro de aquel cubito azul.

Cuando Emma y su papá acabaron el castillo de arena, todos los niños de la playa fueron a felicitarlos. ¡Les había quedado impresionante! Con almenas, foso y murallas y ¡hasta le habían hecho ventanas y puertas!

Cansados, pero muy felices, regresaron a casa pensando en qué harían con la caracola:

 – Podríamos hacer un llavero. – Dijo el papá de Emma.

– ¡Oh , no papá! , ¡yo quiero que sea algo para mí solita!

– ¿Y si la pegamos en la tapa de un libro?

– Noooo, que se puede estropear con el pegamento.

– ¿Y un anillo?

– Noooo, que crezco muy deprisa y pronto me estaría pequeño.

– ¡Ya sé, Emma! ¡Haremos un colgante!

– ¡Síííí, papá! ¡Qué gran idea!

– Lo podrás llevar siempre, porque no creo que el cuello te crezca tanto como el de un hipopótamo ¿verdad?

– Jajaja, ¡claro que no!

Y se pusieron manos a la obra. El papá de Emma hizo con mucho cuidado un agujerito en la pequeña caracola. Fue como cuando nos ponen una inyección. ¡Pum! ¡Y ya está! Después, buscaron una preciosa cadenita. ¡Quedó tan bonita Paola colgando de ella que valió la pena el pinchacito!

Emma la lució presumida todo aquél verano. Les explicaba a sus amigos cómo habían rescatado de la playa la caracola y cómo su papá se había encargado de hacer para ella el collar más lindo del mundo.

Aunque la que estaba contenta, contenta de verdad, era Paola. Desde el cuello de la pequeña Emma estaba descubriendo un nuevo mundo: los árboles del parque al que iban a jugar; los colores de los dibujos y cuentos de la niña; los edificios que nunca se podían ver desde la playa; el cine… Y, sobre todo, el día que fueron de visita a la granja de los abuelos de Emma, Paola se quedó entusiasmada con tantos animales que no se imaginaba que existieran en tierra firme.

Cuando llegó el día de la vuelta al cole, Emma guardó en su joyero el collar con la caracola y le prometió que, apenas acabara el curso, volvería a colgarla de su cuello para pasar otro verano juntas.

Eso pasó hace más de veinticinco veranos, pero cada año, cuando llega el calor, Emma saca de su joyero el collar del que cuelga Paola, la caracola; aunque ahora es su pequeña hija Ana la que lo luce orgullosa en su cuello.

FIN

Caracolito, el caracol veloz

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Era Caracolito el más pequeño de la gran familia Caracolín, formada por mamá Caracolina y papá Caracolón. Tenía, además de tíos, primos y abuelos, una larga lista de hermanos y hermanas.

Vivían muy felices en una grieta de un gran manzano en la granja de los señores Martínez, donde convivían con pollos, cerdos, vacas, caballos, pavos y demás animales domésticos.

Cuando brillaba el sol y hacía calor, se cobijaban en su árbol y, muy quietecitos, esperaban a que se pusiera para salir en busca de comida. ¡Y es que el calor no les gustaba nada!

Cuando más disfrutaban era después de una buena tormenta. ¡Ahhh!, entonces sí que salían muy contentos, con sus antenitas bien estiradas, para darse una gran comilona.

Les gustaban, sobre todo, las plantas con grandes hojas. ¡Qué ricas! Pero sabían respetar los sembrados del señor Martínez. Espinacas, acelgas y lechugas estaban prohibidas para ellos. Mamá Caracolina los tenía muy bien enseñados:

-No, no. ¡Los sembrados no se comen!

Pero ahí estaba nuestro amigo Caracolito. Nunca estaba conforme con nada y siempre preguntaba y preguntaba, hasta acabar con la paciencia de sus papás:

-¿Por qué somos tan pequeños? ¡Yo quiero crecer!

-¿Por qué andamos tan despacito? ¡Es muy injusto! ¡Siempre llego el último a todos lados!

-¿Por qué no podemos comer acelgas? ¡Tienen una pinta deliciosa!

Su mamá, con mucha paciencia, le explicaba:

-Mira Caracolito, años atrás, el tío abuelo Caracolote no hizo caso de las advertencias y, después de un chaparrón, se deslizó hacia el campo de acelgas y desapareció.

-¡¿¿¿Desapareció???!

-Si, la vaca Mara fue la última que lo vio y aseguró que había salido de la granja corriendo a toda velocidad. ¡Nunca más volvió!

-¡¿¿¿A toda velocidad???!

-Sííííí, ¡y eso es muy peligroso para un caracol! Porque no sabemos que hay más allá de la cerca de la granja, nunca hemos podido ir tan lejos, pero nos llegan rumores de animales extraños, enormes y ruidosos, que corren por caminos de tierra negra.

Ya podéis imaginar que esta historia no hizo más que avivar el deseo del pequeño caracol de averiguar cuál era el misterio del campo de acelgas. Así, que decidió que en cuanto cayera el siguiente aguacero, se encaminaría hacia el sembrado y se daría un gran banquete.

-La historia del tío abuelo Caracolote es una paparrucha. ¡Seguro! – pensaba él.

¡Dicho y hecho! Al cabo de dos días amaneció lloviendo. Caracolito se puso muy contento y, en cuanto salió el sol, se encaminó hacia el campo de acelgas. Pasó la verja por debajo y, ¡ñam, ñam, ñam!, se llenó la tripa de las hojas más tiernas que encontró.

-¡Caray! ¡Qué ricas! – Se relamía encantado.- Son dulces y muy frescas.¡¡¡Deliciosas!!!

Cuando ya estaba casi fuera del sembrado, contento y hartito, empezó a sentir como si un ventilador se hubiera puesto a funcionar dentro de su concha y lo empujara.

Empezó a correr deprisa. Y cada vez más deprisa, ¡¡¡Uhhhhhhhhhh!!!, sin poder parar.

Iba tan rápido, que recorrió la granja en un periquete y, sin darse cuenta, ya estaba fuera de la cerca. ¡Nunca había estado ahí!

Una pareja de conejitos que lo vio pasar, se quedó estupefacta. ¡Un caracol veloz! ¡Imposible! Y, ¡claro!, corrió a contarlo a todo el mundo.

Caracolito estaba muy asustado, su carrera seguía imparable y, a lo lejos, pudo ver el camino de tierra negra del que le había hablado mamá Caracolina.

¿Sería cierta, la historia del tío abuelo Caracolote? Ahora sí que tenía miedo, y más cuando escuchó un ruido que iba haciéndose más y más fuerte a medida que se acercaba un animal muy extraño; ¡era grandísimo y con las patas redondas! Era enorme, más que las vacas, y con un color brillante que él nunca había visto en un animal. ¡¡¡Si no lograba parar antes de llegar al camino de tierra negra, lo aplastaría!!!

Menos mal que empezó a sentir que su velocidad disminuía. Se iba frenando poco a poco, hasta que consiguió volver a caminar como debe hacerlo un caracol: ¡despacito!

Cuando por fin se detuvo, el monstruoso animal de patas redondas pasó rugiendo a un palmo de él y casi se desmaya del susto.

¡Pobre Caracolito! Estaba muy arrepentido de haber desobedecido a sus papás. Fuera de la cerca, el mundo era muy peligroso para los caracoles.

Lo que no se explicaba era por qué las acelgas causaban ese efecto a los pobres caracoles.

Pues veréis, el señor Martínez abonaba regularmente los sembrados para que, además de ricas y sabrosas, sus espinacas, acelgas y lechugas crecieran rápidamente. Pero el abono tenía un efecto secundario y era que aceleraba también la velocidad con la que caminaban los caracoles. ¡Menos mal que duraba muy poquito!

Mamá Caracolina, advertida por los conejos, envió al rescate de Caracolito a Marcus, el perro pastor de la granja, que recogió al agotado caracol y lo llevó en su lomo hasta su casa en el manzano.

Una vez allí, pidió mil perdones a sus papás y explicó a su familia su terrible experiencia para que a nadie más se le ocurriera volver a comer acelgas.

Así, todos estuvieron de acuerdo en que hay que hacer caso de las advertencias de nuestros mayores porque, como ellos nos repiten, es por nuestro bien.

FIN

El árbol que daba pena

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Ilustración: Alessandra Fusi

El huerto de la señora Nicolasa era la envidia de todo el pueblo. Sus lechugas alineadas semejaban soldaditos a punto para desfilar. Las calabazas eran como naves espaciales de color naranja, ¡tan grandes se hacían! Las tomateras bien ordenadas, con sus orondos frutos rojos colgando. Pepinos y pimientos de un verde brillante… E igual de hermosas y relucientes eran todas las demás hortalizas, que hasta daba lástima tener que comérselas.

Pero el orgullo de la señora Nicolasa eran sus árboles frutales. En primavera, cuando florecían, parecía que una lluvia de algodón dulce hubiera caído sobre ellos de tan bonitos como lucían. Y cuando llegaba el verano, la señora Nicolasa recogía sus frutos riquísimos y los repartía entre los niños del pueblo, que acostumbraban a pasar por allí al salir de la escuela.

Pero, ¡ay!, la señora Nicolasa estaba triste porque el árbol más frondoso de su huerto hacía dos primaveras que no florecía y sus hojitas eran escasas y pequeñas.

El árbol, grandote como un gigante bueno y generoso, había dado siempre frutos y sombra. Aquel era su árbol preferido desde que era niña; a sus pies acostumbraba a merendar las tardes de verano y, después, se encaramaba por su tronco, imaginando ser un pirata en el mástil de su barco o una exploradora en medio de la selva.

La señora Nicolasa ya no sabía qué hacer para que el árbol floreciera de nuevo, porque su marido, que era un poquito gruñón y marimandón, le repetía cada día la misma cantinela:

-Tenemos que quitar de ahí ese árbol inútil ¡No quiero en el huerto un árbol que en vez de dar fruta, da pena! Si esta primavera no florece, haremos leña de él.

La señora Nicolasa pensaba que no era justo librarse de las cosas porque se hubieran hecho viejecitas y ya no pudieran servir como antes. ¡Bien que se habían refugiado a su sombra y habían comido su fruta durante muchos años! Así, que reunió a los niños y niñas del pueblo y les pidió ayuda.

-Hay que pensar en alguna solución o no quedará otro remedio que talar el árbol.

Todos se sentaron pensativos alrededor del gran tronco para intentar dar con la respuesta cuando, ¡zas!, la ayuda les llegó del cielo. Sí, sí, ¡del cielo!

Lo que ocurrió, fue que en un árbol cercano había posada una bandada de pajaritos que se estaba dando un banquete de cerezas cuando, de pronto, un ruido los asustó y salieron todos volando. En aquél instante, a algunos pajaritos se les cayeron del pico las cerezas, que fueron a quedar colgadas de las ramas del árbol que daba pena.

Uno de los niños, al darse cuenta, empezó a gritar:

– ¡Señora Nicolasa! ¡Señora Nicolasa! ¡Mire! ¡Mire! ¡El árbol sí que tiene frutos! ¡Tiene frutos!

– ¡Caramba! -exclamó la señora Nicolasa- ¡Ya tenemos la solución!

En su cabeza se encendió la bombillita de las ideas y les explicó a los niños su plan para salvar al árbol:

-Cada mañana, bien tempranito, colgaremos de las ramas de nuestro árbol frutas de los otros árboles. Lo haremos con cuidado, para que parezca que son suyas.

Y así lo hicieron. Todos colaboraban, muy contentos.

De este modo, el marido de la señora Nicolasa ya no podía decir que el árbol daba pena y no daba frutos y aunque los miraba de reojo y sospechaba lo que pasaba, nunca vio cómo la señora Nicolasa y los niños colgaban los frutos del árbol, así que no podía decir nada.

El viejo árbol ya no daba pena. Ahora estaba precioso, con distintas frutas colgando de sus ramas parecía una gran macedonia de muchos colores. Además, era un árbol de lo más original: en verano, daba cerezas, nísperos, ciruelas y albaricoques; en otoño, membrillos y granadas; y en invierno, dulces naranjas, mandarinas y manzanas.

Pero lo mejor era, que al llegar la Navidad, cuando ningún árbol tenía hojas, la señora Nicolasa y los niños se esmeraban en adornarlo con bolas de colores, estrellitas plateadas y guirnaldas brillantes.

Entonces sí que lucía deslumbrante ¡No había en el pueblo otro igual! Todos los vecinos pasaban por allí para admirar la decoración.

La señora Nicolasa estaba aún más orgullosa de su huerto, porque su árbol seguía allí y los niños se columpiaban en él, jugaban a su alrededor al pilla-pilla, al escondite y, cuando estaban cansados, se sentaban a su alrededor a contar bonitas historias y cuentos con final feliz.

¡Anda! ¡Como este!

FIN

El Planeta de los Calcetines Perdidos

01_ropa que vuela

Seguro que a todos os ha pasado alguna vez, como a mí, que habéis perdido un calcetín en casa. Lo habéis buscado como locos por todos los rincones y ya cansados, lo dejáis por imposible y os olvidáis de él para siempre. Pero, ¿no os habéis preguntado adónde van a parar todos esos calcetines perdidos?

Mi abuelita me dio por fin la respuesta. Seguro que a vosotros os sorprenderá, tanto como me sorprendió a mí, lo que me contó.

Esta es la historia de “El Planeta de los Calcetines Perdidos”.

En todas las casas, no importa lo grandes o pequeñas que sean, ni importa si en ellas vive solo una persona o viven diez, existe un agujerito misterioso. Muy pequeñito. Tanto, que casi nadie es capaz de encontrarlo.

Por ese agujero se escapan los calcetines rebeldes que no quieren pasarse la vida encerrados en unos zapatos. El agujerito puede encontrarse debajo de la cama, detrás de la lavadora, dentro de un armario… ¡en cualquier parte!

Esos calcetines, que ya no quieren formar parte de nuestra colada, son atraídos hacia el agujerito misterioso por una fuerza irresistible y ¡pam!, empiezan un largo camino hacia el Planeta de los Calcetines Perdidos.

Nadie sabe a ciencia cierta dónde se encuentra, pero se cuenta que es un planeta precioso. Y así debe de ser, porque siempre está en continua creación ya que, cada día, llegan a él nuevos calcetines cansados de su vida rutinaria.

En ese país maravilloso, los calcetines azules forman los mares, los ríos y los lagos y los de color celeste, el cielo. Los verdes, prados maravillosos y a medida que van llegando los de color rojo, se dejan caer sobre ellos y así parecen amapolas. Los marrones elevan altas montañas, a cuyas cimas van a parar los calcetines de color blanco, que semejan nieve. Los hay de color rosa y amarillo que, esparcidos por los prados, parecen ovejitas y patitos. Los de cuadros y rayas componen preciosos dibujos en los campos; y los de lunares cuelgan, como si fueran dulces cerezas, de las ramas de los árboles, que están formados por los ocres y rojos.

Allí, los calcetines rebeldes son muy felices. ¡Nada comparable a ser usados y lavados cien veces!

A veces, por el agujerito misterioso se escapa también alguna camiseta o pantalón de pijama. Son prendas un poquito envidiosas, que quieren viajar al Planeta de los Calcetines Perdidos. Cuando llegan allí, las aceptan, porque son bonitas y hacen más alegres sus paisajes con sus estampados y colorines.

¿Verdad que debe de ser muy bonito ese planeta?

Esto es lo que mi abuelita me contó.

Yo os confieso que he buscado por toda la casa y nunca he encontrado ese agujerito misterioso, ¡pero tampoco he encontrado nunca mis calcetines perdidos!

Qué os parece a vosotros, ¿existirá de verdad ese agujerito?

FIN

La cigüeña novata

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Ilustración: Mónica Carretero

En las afueras de la gran ciudad se encuentra un almacén llamado “El Nido”, donde cada día se reciben cientos de mensajes, cartas e incluso e-mails de papás que desean recibir un bebé de la cigüeña.

Os podéis imaginar cómo es de importante el trabajo de las cigüeñas que trabajan allí. Hay que tener mucho cuidado y escoger a los papás adecuados para cada bebé. ¡Es mucha responsabilidad!

Hacía pocos días que se había incorporado al trabajo una cigüeña jovencita y muy espabilada, pero a la vez despistada y un poco atolondrada, a la que sus compañeras de trabajo, por ser la última en llegar, apodaron “novata”.

Su función era el control de calidad. A saber, revisar a los bebés antes de salir de viaje y aplicarse para que lucieran bien guapos, peinados y preciosos para que sus papás los recibieran muy contentos.

Tras unas semanas en su trabajo, ocurrió que una epidemia de gripe dejó a algunas cigüeñas tan malitas que no pudieron ir a trabajar. Entre ellas se encontraba la encargada de asignar los bebés a nuevos papás.

La jefa de las cigüeñas preguntó quién quería ocupar su puesto y nuestra amiga novata enseguida se ofreció:

– Yo lo haré muy bien Sra. Cigüeña jefa -le dijo- Me he fijado mucho y sé cómo hacerlo.

Así, que desesperada porque había muchos encargos de entrega pendientes, la jefa confió en ella y le dio el trabajo.

Ocurrió que nuestra protagonista, la cigüeña novata, iba tan contenta por los pasillos del almacén con el montón de carpetas de pedidos en la mano, que tropezó y cayó al suelo. Ya os podéis imaginar lo que pasó.Todos los expedientes se mezclaron y a pesar de que ella intentó arreglarlo lo mejor que pudo, fue tan grande el lío que se organizó que empezaron a salir los pedidos  al revés.

Los papás que recibían a los nuevos bebés se quedaban asombrados.Papás morenos recibían niños rubios como el sol, los rubios y altos los recibían morenos y pequeñitos. Niños chinos fueron enviados a África y bebés esquimales a Sudamérica.

Cuando la jefa de las cigüeñas,que no se fiaba mucho, repasó los envíos ¡Ay, ay, ay!, se llevó un susto monumental al ver lo que había pasado.

Hizo llamar a su despacho a la novata y la regañó muy enfadada. La cigüeñitaestaba muy apenada pero por dentro pensaba: “Pues un bebé es un bebé. No creo que tenga tanta importancia el que te toque”. Pero su jefa, claro está, no pensaba lo mismo.

-¡¡Esto hay que arreglarlo!! -ordenó muy enfadada la cigüeña jefa.- Ahora mismo mandamos aviso a todos los papás afectados y procederemos a cambiar los bebés y a dar a cada uno el que le corresponde.

¿Y qué pasó? Pues enseguida empezaron a salir las cigüeñas transportistas con el encargo de recoger a los bebés equivocados.

A las pocas horas, fueron regresando todas con su hatillo vacío en el pico.

-¡Pero no puede ser! -decía la jefa ojiplática.

Las cigüeñas transportistas explicaron que ningún papá ni mamá quiso devolver el bebé que llevaban algunos días cuidando.No les importaba lo diferentes que pudieran ser de ellos. Los habían amado desde el momento que les vieron las caritas. Los cuidaron si enfermaron, los alimentaron, los acunaron, los presentaron orgullosos a sus familias y amigos y querían estar por siempre con ellos.

La cigüeña novata sonrió:

– Ya lo pensé yo. Un bebé es un bebé.

A pesar de que todo el enredo acabó bien, a nuestra amiga  la devolvieron a su puesto inicial y prometió no moverse de allí nunca más. O eso fue lo que dijo…

Yo no me fío mucho. Así que, si alguna vez veis un bebé muy diferente de sus papás, empezad a sospechar de la cigüeña novata.

FIN

Un cuentecito

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Ilustración: Skottie Young

 

Me venía yo acordando

que sabía un cuentecito

no sé si era de ogros

o más bien de animalitos.

Creo que era de un conejo…

¡Noooo!, que era del gallo Perico,

que si mal no lo recuerdo,

se casó con una oca

o se marchó de improviso.

Tal vez la protagonista,

fuera la rana Julieta,

que sufría mucho, mucho

por no cantar opereta.

Estaba también el príncipe

más feo que nunca hubiera;

los niños traviesos;

el árbol gigante que daba pena.

La ballena Elena;

la brujita Lucía…

todos dando vueltas

por esta cabeza mía.

¡Ay, mi madre!,

¡no me acuerdo de lo que contar quería!

Si alguien tiene algún remedio

para este mal que me aqueja,

por favor, que me lo diga,

¡así acabaré este cuento

y podré dormir tranquila!

FIN