Júpiter

Los deseos ridículos

souhaits

Érase un pobre leñador tan harto de su dura vida que, según cuentan, lo único que deseaba ya era morirse para ir a descansar a orillas del Aqueronte, puesto que ni uno solo de sus anteriores deseos se había cumplido.

Cierto día se fue al bosque, y como era su costumbre, comenzó a quejarse y a lamentar su suerte. Así estaba, cuando se le apareció Júpiter con su rayo en la mano. Fue tan grande el espanto del leñador, que se arrojó al suelo, sin atreverse a mirar al dios, y murmuró:

—No quiero nada. No deseo nada.

—No temas —le dijo Júpiter—. Son tantas tus quejas, que quiero convencerte de que no tienen fundamento. Escúchame, puesto que soy el soberano del mundo, y no olvides mis palabras: verás realizados tus primeros tres deseos, sea lo que sea lo que desees. Elige bien lo que pueda hacerte dichoso; elige bien lo que pueda dejarte completamente satisfecho, y ya que tu felicidad depende de esos tres deseos, reflexiona muy bien lo que quieres antes de pedirlo.

Pronunciadas estas palabras, Júpiter regresó al cielo; y el leñador, loco de contento, cargó su haz de leña, que esta vez no le pareció tan pesado, y regresó a su casa, diciéndose mientras tanto:

—He de reflexionar mucho antes de pedir un deseo. El caso es muy importante y quiero que mi esposa me aconseje en esto.

Al llegar a su cabaña, entró saltando y gritando:

—Esposa mía, enciende una buena lumbre y prepara abundante cena pues somos ricos, pero que muy ricos. Y tanta es nuestra dicha que todos nuestros deseos se verán cumplidos.

Y le contó a su mujer lo que le había pasado en el bosque.

Cuando oyó la historia, la leñadora empezó a hacer proyectos, pero enseguida advirtió a su marido:

—Cuidado con que nuestra impaciencia nos perjudique. Procedamos con calma. Pensemos muy bien y consultemos antes con la almohada, que siempre es buena consejera.

—Sabias son tus palabras; opino lo mismo. Pero antes de acostarnos, comamos alguna cosa.

Encendieron la lumbre y se sentaron frente a la chimenea, dispuestos a celebrar su feliz suerte comiendo y bebiendo.

Tan a gusto estaban, que el leñador exclamó:

—¡Qué maravilla! Tenemos lumbre, pan, queso y vino. Lo único que falta ahora es una buena salchicha para asar. ¡Cómo me apetecería comerme una!

No bien hubo pronunciado estas palabras, cuando su mujer vio, con gran sorpresa, como una enorme salchicha salía de una de las esquinas de la chimenea y serpenteando se dirigía hacia ellos. Lanzó un grito de espanto pero, de repente, cayó en la cuenta de que aquella aparición se debía al ridículo deseo formulado por su marido:

—¡Pero mira que eres tonto! —exclamó—, pudiendo conseguir un Imperio entero, oro, perlas, rubíes, diamantes, ropa fina… Solo a ti se te ocurre desear tamaña tontería.

—¡De acuerdo, me he equivocado!, reconozco que he sido un tonto; procuraré enmendar mi error y hacerlo mejor la próxima vez.

—¡A buenas horas dices esto!; se necesita ser muy imbécil para hacer lo que tú has hecho.

Tanto y tanto dijo la mujer, y tanto y tanto le recriminó, que el hombre perdió la paciencia y exclamó furioso:

—¡Maldita salchicha que te hace hablar más de la cuenta! ¡Ojalá se te quedara colgada de la nariz! ¡Así te callarías de una vez!

Dicho y hecho. El Cielo escuchó sus palabras y la salchicha quedó colgando de la nariz de la esposa del leñador.

El deseo se había realizado. Ella se quedó muda de asombro, y él con la boca abierta y rascándose el cogote. Se restableció el silencio hasta que, por último, la mujer que había perdido los bríos y no apartaba la mirada de la salchicha, murmuró:

—¿Y bien?

Por un segundo, a él se le pasó por la cabeza dejar las cosas como estaban:

—Solo falta formular el tercer deseo… Puedo transformarme en rey… Pero entonces tú serías una reina con tres palmos de narices. Elige: reina con una nariz más larga que un día sin pan, o leñadora con tu antigua nariz.

Mucho discurrió la mujer antes de decidirse, al fin y al cabo, una vez fuera coronada reina a todo el mundo le gustaría su nariz, ya que querrían congraciarse con ella, pero sus ojos no podían apartarse de la salchicha que con cada movimiento se balanceaba como una rama mecida por el viento, así que la leñadora prefirió quedarse sin trono y recuperar su antiguo aspecto.

El leñador formuló el último deseo y su esposa volvió a quedarse como antes. Aunque para convencerse de que realmente su nariz era la de siempre y que la salchicha había desaparecido, se palpó la cara con las dos manos para comprobarlo.

No mejoró su posición, no se convirtieron en reyes y su bolsa no se llenó de monedas de oro pero, a partir de entonces, aprendieron a ser dichosos el uno junto al otro con lo que tenían.

Moraleja

¡Cuántos hay que de lamentos

llenan los cielos y tierra

y sin cesar de sus labios

solo salen duras quejas!

¡Cuán dichoso yo sería,

—van diciendo— si pudiera

hacer esto o bien aquello!

—¡Hazlo!, la suerte contesta,

y en vez de crecer su dicha,

crecen a veces sus penas,

que solo es dichoso el hombre

que con poco se contenta,

a su suerte se acomoda

y delirios no alimenta.

FIN