Kwende

El pájaro de las plumas de oro

Ilustración: FrodoK

Hace muchos años, en Malaui, vivían Kwende y su esposa Sabola. Ambos se habían pasado la vida trabajando duramente.

Cuando la fuente cercana a su casa se secaba, algo que ocurría con mucha frecuencia, Sabola tenía que recorrer un largo camino para conseguir agua en un lejano pozo. Por su parte, Kwende tenía que salir a cazar cada amanecer y, al hacerlo, siempre veía un precioso pájaro, muy grande, que volaba cerca del camino por el que iba.

Cierto día, Kwende regresaba a casa sin haber conseguido cazar nada y tenía mucha hambre; de pronto, recordó que había olvidado mirar en una de las trampas. Al llegar a ella, encontró atrapado al pájaro que veía volar a menudo.

Kwende agarró al animal por el cuello y sacó un cuchillo con la intención de matarlo para cocinarlo después. Pero el pájaro dijo:

—No me mates y te recompensaré por tu bondad.

Kwende retiró el cuchillo y observó de cerca al pájaro; sus plumas eran color oro.

El pájaro habló de nuevo:

—Mis plumas de oro son mágicas, con ellas podrás satisfacer todas tus necesidades. Por favor, libérame de esta trampa.

Kwende pensó: «¿Querrá engañarme para que lo deje libre? Si dice la verdad, no necesitaré trabajar duramente nunca más. Pero ¿quién ha escuchado jamás que un pájaro hable?». Después de meditarlo, decidió probar suerte y desató la cuerda que aprisionaba la pata del pájaro.

Mientras el hombre lo observaba, el pájaro se arrancó una pluma de cada ala y las sujetó con el pico para que Kwende las cogiera. El pájaro le explicó entonces cómo debía utilizarlas:

—Sujétalas con la mano, pide un deseo y se hará realidad. Pero, sobre todo, no le expliques nunca a nadie que estas plumas son mágicas y nunca presumas de tu buena suerte. Si lo haces, el poder de mi regalo desaparecerá y tú volverás a ser pobre.

Kwende agradeció el regalo al pájaro y este se alejó volando.

Kwende caminó deprisa hacia su casa y mientras, con una pluma en cada mano, deseó que al llegar a su hogar lo estuviera esperando una abundante comida.

Al entrar, Sabola amasaba una hogaza de pan y, en el fuego, un oloroso guiso esparcía su apetitoso aroma por toda la choza. Junto a la chimenea, había una montaña de ñame que les aseguraba el alimento para unos cuantos días. De la fuente cercana, seca desde hacía tiempo, borboteaba el agua, con lo cual, Sabola no debería recorrer el largo camino que los separaba del pozo.

Durante días, semanas y meses la buena suerte sonrió a Kwende y a Sabola. Siempre tenían alimentos para comer, ropa para vestir y agua para beber. Kwende no trabajaba, sino que pasaba el día echado a la sombra de un árbol. Muchas veces, Sabola le preguntaba por qué ya no cuidaba el huerto o salía a cazar, pero él nunca respondía.

Kwende se volvió descuidado. Fanfarroneaba ante sus vecinos de su buena suerte. Sabola cada vez estaba más preocupada y un día le preguntó:

—Kwende, no trabajas pero, a pesar de eso, tenemos toda la comida que queremos. ¿Acaso la robas durante la noche? Deberé preguntarle a la adivina de la tribu qué es lo que me escondes.

Kwende protestó:

—Sabola, ni se te ocurra preguntar nada a la adivina o descubrirá que tengo dos plumas de oro mágicas y me las querrá robar.

De repente, Kwende se dio cuenta de que había desobedecido las indicaciones del pájaro: había hecho gala ante los demás de su buena suerte y acababa de desvelar el secreto de las plumas mágicas.

Al día siguiente, al coger las dos plumas y pedir los deseos diarios, no ocurrió nada. Las ollas no se llenaron de comida, la fuente se secó. Sabola y Kwende eran de nuevo pobres y pasaban hambre; y, esta vez, su pobreza aún parecía más terrible, ya que habían gozado de las riquezas y de la abundancia.

Kwende debió salir de nuevo, a diario, a cazar y a poner trampas.

Un día, salió de caza con su vecino, que se llevó con él a su perro. Habían pasado la jornada cazando, pero no habían conseguido ni una pieza. Al llegar a la última trampa. Kwende vio que había capturado el mismo pájaro de plumas de oro y corrió hacia él:

—¡Oh!, pájaro dorado, si me das de nuevo dos de tus plumas mágicas, te dejaré libre.

El pájaro respondió:

—No te daré nada a cambio, pero te ruego que me perdones la vida por segunda vez.

En ese instante, el perro se abalanzó hacia ellos con intención de cobrar la presa, pero Kwende fue más rápido y mientras con la mano izquierda liberaba al pájaro, con la derecha apartaba al perro. Sin esperar recompensa alguna, dejó libre al ave, que se alejó volando.

El pájaro, a salvo en la alta rama de un árbol cercano, habló de nuevo:

—Desoíste mis consejos y desobedeciste mis condiciones. Sé que tanto tú como tu esposa habéis sufrido mucho por ello, pero como me has salvado la vida por segunda vez sin esperar nada a cambio, te daré nuevamente dos plumas mágicas y, esta vez, sin condiciones. Su magia durará para siempre. Espero que hayas aprendido la lección y que pienses en lo afortunado que eres.

El pájaro dorado arrancó una pluma de cada una de sus alas y se las lanzó a Kwende. A continuación, extendió sus alas y voló hacia el cielo.

Kwende jamás volvió a verlo, pero él y Sabola vivieron sin problemas y en paz el resto de sus días. Nunca volvió a presumir ante nadie de su buena suerte, pero a diario daba las gracias por tenerla.

FIN