león

Un elefante ocupa mucho espacio

Ilustración: Euchariss

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar «en elefante», esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo… ¡ah!… eso algunos no lo saben, y por eso se lo cuento:

Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes, el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.

—¿Te has vuelto loco, Víctor? —le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula—. ¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!

La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:

—¡Ja! El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas…

—¿De qué te quejas, Víctor? —interrumpió un osito, gritando desde su encierro— ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?

—Tú has nacido bajo la lona del circo… —le contestó Víctor dulcemente— La esposa del criador te crio con mamadera… Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad…

—¿Se puede saber para qué hacemos huelga? —gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.

—¡Al fin una buena pregunta! —exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos… que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero… que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente… que se los forzaba a imitar a los hombres… que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres… Y que patatán fue la orden de huelga general…).

—¡Bah! Pamplinas… —se burló el león— ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?

—Sí —aseguró Víctor—. El loro será nuestro intérprete —Y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera.

Enseguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros. Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡Hasta el león!

Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas… (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped…).

De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:

—¡Los animales están sueltos! —gritaron a coro, antes de correr en busca de sus látigos.

—¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas! —les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente—. ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!

—¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas!

Y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.

—¡Ustedes a las jaulas! —gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.

La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban:

CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.

Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:

—¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! —¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!

—¡No usen las manos para comer!

—¡Rebuznen!

—¡Maúllen!

—¡Ladren!

—¡Rujan!

—¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! —gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos—. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?

El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:

—Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán… porque… o nos envían de regreso a nuestras selvas… o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.

Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.

Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: en uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor… porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio…

FIN

El ruido que oyó la liebre

Ilustración: Daicelf

Nuestra amiga Marga G. nos descubrió la jataka 322 y nos gustó tanto que, después de editarla, decidimos compartirla con vosotros.

Hace mucho, mucho tiempo, en la India, en un espeso bosque de palmeras y belli, vivía una liebre.

Cierto día, descansaba la liebre bajo una palmera cuando, de pronto, pensó: «¿Y si la tierra se hundiera de repente? ¿Qué sería de mí?».  Justo en ese instante, mientras esa idea tomaba forma en su mente, uno de los frutos del árbol decidió soltarse de la rama en la que estaba y fue a estrellarse contra el suelo, no muy lejos de donde se encontraba la liebre, con un fuerte «¡Plof!».

Sobresaltada por el tremendo ruido, la liebre se levantó de un salto y empezó a gritar mientras huía despavorida del lugar:

—¡La tierra se hunde! ¡La tierra se hunde! —Y sin mirar hacia atrás, emprendió una rauda carrera, ¡pies para qué os quiero!

Una liebre amiga suya, al verla correr como si en ello le fuera la vida, le preguntó atemorizada:

—¿Qué pasa, compañera? —Y comenzó a correr tras ella.

«¡Mejor no preguntes!», jadeó la primera liebre. Esta respuesta asustó aún más a la segunda liebre, que aceleró el paso para pedir más información:

—¡Cuéntame qué sucede!

Sin detener su fuga, la primera liebre respondió entre jadeos:

—¡La tierra se hunde!

Y ambas liebres, espantadas, corrieron juntas.

Su miedo era tan contagioso, que otras compañeras, al verlas, se unieron a la carrera. De tal modo que, en poco tiempo, todas las liebres de aquel bosque estaban huyendo juntas.

Cuando aquella comitiva asustada pasaba cerca de algún animal, este preguntaba curioso:

—¿Por qué corréis? ¿Qué ocurre?

A lo que ellas respondían a coro:

—¡La tierra se hunde!

Y los animales también empezaban a correr, temiendo por sus vidas.

De este modo, a las liebres pronto se unieron manadas de venados, jabalíes, alces, búfalos, bueyes salvajes y rinocerontes, una familia de tigres y algunos elefantes.

Cuando la multitud animal pasó cerca de donde el león reposaba, este se despertó por el ruido, abrió un ojo y quedó muy extrañado al verlos.

Tan rápido como solo él era capaz de correr, los adelantó y haciendo frente a aquella estampida que se le venía encima, rugió tres veces. Al oír su poderosa voz, los animales frenaron su enloquecida carrera y se detuvieron. Jadeantes se amontonaban, mirando hacia atrás asustados.

El león se acercó y les preguntó:

—¿Qué ocurre?

—¡La tierra se hunde! —respondieron todos a una.

Al conocer la causa de su huida, pensó: «Eso no es posible; la tierra no se hunde. Seguramente los asustó algún ruido extraño que no supieron de dónde procedía. Como sigan corriendo así, se van a matar. ¡Debo salvarlos!».

—¿Quién vio cómo se hundía? —preguntó.

—Los elefantes lo vieron —respondieron algunas voces.

Al preguntar a los elefantes, estos dijeron:

—Los tigres lo vieron.

Los tigres dijeron:

—Los rinocerontes lo vieron.

Los rinocerontes dijeron:

—Los bueyes salvajes lo vieron.

Los bueyes salvajes dijeron:

—Los búfalos lo vieron.

Los búfalos dijeron:

—Los alces lo vieron.

Los alces dijeron:

—Los jabalíes lo vieron.

Los jabalíes dijeron:

—Los ciervos lo vieron.

Los ciervos dijeron:

—Nosotros no lo vimos, pero las liebres lo vieron.

Cuando el león preguntó a las liebres, estas señalaron a una liebre en particular y dijeron:

—Ella lo vio. Fue ella la que nos lo contó a nosotras.

El león, entonces, dirigiéndose a la primera liebre preguntó:

—¿Es cierto que tú has visto cómo se hundía la tierra?

—Sí, señor, yo lo vi —afirmó la liebre.

—¿Dónde estabas cuando lo viste?

—En el bosque, en un palmeral mezclado con belli. Estaba descansando bajo una palmera y pensé: «¿Y si la tierra se hundiera de repente? ¿Qué sería de mí?». Justo en ese momento, oí el ruido atronador que hace la tierra al hundirse y hui.

Con esta explicación, el león creyó comprender lo que había ocurrido realmente, pero como deseaba estar seguro de sus conclusiones para poder demostrar la verdad a los otros animales, habló con calma y propuso:

—¿Qué te parece si vamos tú y yo a ese lugar y comprobamos si de verdad se está hundiendo la tierra? —Y dirigiéndose al resto de los animales añadió—. Vosotros, entretanto, esperad aquí nuestro regreso.

El león montó la liebre sobre su espalda y desanduvo el camino para regresar al lugar donde todo había comenzado.

Al llegar allí le pidió a la liebre:

—Llévame al punto exacto en el estabas cuando se empezó a hundir la tierra.

—¡No me atrevo! —dijo. Después, añadió señalando con la pata—. Fue allí. Allí estaba cuando escuché ese ruido espantoso.

El león se dirigió hacia donde le indicaba y distinguió el lugar en el que la liebre había estado echada sobre la hierba y, muy cerca, vio el fruto maduro que había caído de la palmera. Comprobó, cuidadosamente, que la tierra no se estuviera hundiendo, volvió a montar la liebre sobre su espalda y regresó al lugar donde esperaban los animales para contarles lo ocurrido.

Más tranquilos, fueron regresando a sus hogares y reanudaron sus rutinas. Se habían puesto inútilmente en peligro por dar crédito a rumores infundados en lugar de tratar de averiguar ellos mismos la verdad. Ciertamente, si no hubiera sido por el león, no sabemos dónde, cómo, ni cuándo hubiera acabado aquella loca huida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El ruido que oyó la liebre» con la voz de Angie Bello Albelda

De cómo se instaló la gata dentro de la choza

Ilustración: Picolo-kun

Había una vez una gata, una gata salvaje, que vivía sola en el matorral. Cuando al cabo del tiempo se cansó de su soledad, tomó por esposo a otro gato salvaje que, a sus ojos, era la criatura más espléndida de la selva.

Paseaban juntos cierto día por un sendero entre la hierba alta, cuando, zas, de la pradera salió de un brinco el Leopardo y le pegó un revolcón al marido de la gata, que quedó despanzurrado en el suelo.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Mi marido ha mordido el polvo; ahora comprendo que la criatura más espléndida de la selva no es él, sino el Leopardo –y la Gata se fue a vivir con el Leopardo.

Vivieron muy felices hasta que un día, cuando cazaban en el matorral, de pronto, catapún, de entre las sombras saltó el León, aterrizó en el lomo del Leopardo y se lo zampó.

–¡ Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida de la selva no es el Leopardo, sino el León.

Y la Gata se marchó a vivir con el León.

Vivieron juntos muy felices hasta que un día, cuando acechaban a sus presas en el bosque, una figura enorme se cernió sobre ellos y fu–chu, el Elefante plantó su pata sobre el León y lo dejó planchado.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida no es el León, sino el Elefante.

Así pues, la Gata se fue a vivir con el Elefante. Trepaba en su lomo y se acomodaba ronroneando en su cuello, justo entre las orejas.

Vivieron juntos muy felices hasta que un día, cuando paseaban entre las altas cañas de la margen del río, ¡pa–wa!, se oyó una fuerte detonación y el Elefante se desplomó en la tierra.

Al mirar a su alrededor, la Gata solo alcanzó a ver un hombrecillo con una escopeta.

–¡Vaya! –dijo la Gata–. Ahora veo que la criatura más espléndida de la selva no es el Elefante, sino el Hombre.

Y, así, la Gata echó a andar detrás del Hombre y, al llegar a su casa, se encaramó de un salto al techo de paja de la choza.

–Por fin he encontrado a la criatura más espléndida de toda la selva.

Vivió felizmente en el techado de la choza y comenzó a atrapar a los ratones y las ratas de la aldea. Hasta que un día, mientras se calentaba al sol sobre la choza, oyó ruidos procedentes del interior. Las voces del hombre y de su esposa fueron subiendo de volumen poco a poco hasta que ¡wara–wara–wara…yo–ui!, por la puerta salió despedido el hombre y aterrizó en el polvo.

–Con que sí, ¿eh? –dijo la Gata–. Ahora sé quién es de verdad la criatura más espléndida de la selva: la Mujer.

La Gata descendió del techo, entró en la choza y se arrellanó junto al fuego.

Y allí está instalada desde entonces.

FIN

El Bosque Azul

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Ilustración: esyre

Cuentan que todos los animales que están en el mundo entraron por las tres puertas que había en un principio. Por una puerta pasaron los que andan por el agua; por otra, los que vuelan, y por otra, los que viven en la tierra.

Por esta última puerta pasaron, antes que todos, el elefante, el león, el tigre y el oso y la cerraron, para que nadie se colara sin permiso.

Uno de ellos, por turno, era portero. Y los otros animales que iban llegando tenían que explicar qué servicios le darían al mundo. Si no servían para nada, no los dejaban entrar.

Aceptaron enseguida al mono, porque quería ser portero. Y también entraron muchos otros animales, después de explicar cada uno qué sabía hacer.

Los más chiquitos, como el piojo, la pulga y el mosquito se colaron en este mundo de contrabando, escondidos en el pelaje de animales más grandes.

Cuando ya fueron muchos, buscaron un lugar donde reunirse a conversar y eligieron el Bosque Azul.

Allí discutían todos los temas que les interesaban, y lo que decidían era ley para todos.

Un día llegó a la puerta de los animales terrestres uno que tenía cuatro patas escamosas, una cola larga con plumas blancas y negras, pico chato y ojos grandes. En la barriga tenia plumas y en el lomo un caparazón.

Este animal tan raro golpeó la puerta y esperó a que le abrieran.

El elefante preguntó:

—¿Tu nombre?

—Muliñandupelicascaripluma.

—¿Cómo? No entiendo. Escríbelo, por favor.

—No sé escribir.

—Ah… ¿y quieres entrar en el mundo?

—Para eso vine.

—¿Sabes que aquí todos trabajan y que es necesario servir de alguna forma?

—Si tú lo dices, así será.

—Veo que no tienes trompa. ¿Cómo haces para comer?

—Como puedo.

—¿Y qué es lo que comes?

—Lo que venga.

El elefante consideró que el caso era demasiado complicado y llamó al león, al que todos habían elegido presidente de la asamblea de los animales.

El león preguntó:

—¿Qué servicios nos prestarás?

—Los que me toquen.

Al león también le pareció complicado el asunto, así que llamó al mono, quien ya había conseguido que el león lo nombrara su secretario para las reuniones en el Bosque Azul.

Vino el mono, miró a ese bicho tan raro y le preguntó:

—¿Comes bananas?

—Si es algo bueno…

—¿Te gustan los cocos?

—Dame uno para probarlo.

—¿Sabes abrirlos?

—Dámelos abiertos.

—¡Este quiere engañarnos! —exclamó el mono.

El león rugió y el extraño animal que quería entrar dijo, asustado:

—Los servicios que prestaré serán muy grandes. Para alimentarme libraré al mundo del animal más inútil.

—Por ahí deberías haber empezado —dijo el león—. Vamos a estudiar tu caso. Quédate afuera y espera nuestra decisión.

A la noche, los animales se reunieron en el Bosque Azul.

El mono se puso los lentes y leyó:

—Vamos hablar del Muli…. ñandú… peli… cascari… pluma.

En seguida se oyeron risas y silbidos.

Pidió la palabra el tigre y dijo:

—Yo no puedo creer que exista un animal con semejante nombre. Me parece que se burla de nosotros.

—¡Silencio! —rugió el león—. Que el secretario vuelva a leer el nombre del candidato.

Así lo hizo el mono y esta vez nadie se atrevió a chistar.

El hipopótamo pidió entonces la palabra y dijo:

—Propongo que se acorte ese nombre.

—Yo le sacaría eso de “pluma” —opinó el lobo—. No sirve más que para confundir.

—Yo pido que se le saque lo de “cáscara” —dijo el zorro.

—Y yo, “dupeli” —agregó el tigre.

Entonces dijo el león:

—Que el secretario lea el nombre final.

Y leyó el mono:

—Muliñán.

—Suena bien —dijo el hipopótamo—. Mu-li-ñán…Mu-li-ñán

—Ahora —continuó el león— hay que resolver si se le permite o no la entrada. Él asegura librará al mundo del animal más inútil, pues se alimentará de él.

—Pido la palabra —intervino el búho—. Para entrar en el mundo todos demostramos nuestra utilidad. El Muliñán tiene que explicarse. ¡Aquí todos servimos para algo!

—Puede haber habido algún error —observó el cóndor—. El señor búho, por ejemplo, todavía no se sabe para qué sirve.

—Sirvo —respondió el búho— para comer muchos bicharracos que hacen daño. Yo no ataco, como algunos, a las aves más hermosas y más buenas.

—Pido la palabra —rebuznó el burro—. Propongo que se lo destine a reemplazarnos en nuestros trabajos. ¿Por qué tenemos que cargar cosas pesadas?…

—Quisiera saber —preguntó la martineta— cuáles serían entonces los servicios que prestaría el burro.

—Me dedicaría a la música. Creo que mis rebuznos son una prueba de talento para el arte.

El león pidió silencio, y le dio la palabra al oso hormiguero, que dijo:

—¡Dejemos al burro y sus rebuznos y pensemos en el Muliñán!

El león concedió la palabra al elefante, que dijo:

—Voto por dejar entrar al Muliñán. Propongo que se dedique a perseguir y comer a los ratones.

—¡Qué disparate! —dijo el búho—. El elefante olvida que ya existimos los encargados de comernos a los ratones.

—Propongo —dijo el lobo— que nos vayamos a dormir y que, con más calma, mañana por la noche terminemos de considerar esta cuestión.

A la noche siguiente, al empezar la asamblea, el tigre exclamó:

—¡Señor presidente! La asamblea se ha reunido nada más que para resolver si entra o no el Muliñán.

—¡Señor presidente! —añadió el leopardo con tono llorón—. ¡Me preocupa la situación de ese animal que quiere entrar! Hablamos y hablamos sin resolver nada. ¡Se va a morir de hambre!

Y la pantera lloraba a lágrimas viva, mientras decía:

—¡Pobrecito Muliñán!… ¡Esperando tanto tiempo!… ¡Y no se decide nada!

El benteveo pidió la palabra:

—Estoy conforme con que el Muliñán entre y se alimente de lo más inútil del mundo. Yo creo que lo más inútil es lo más feo, y lo más feo es el murciélago.

—El murciélago, señores —mugió el búfalo— es un animal muy útil. Durante las noches, caza sin descanso una cantidad de bichitos odiosos que luego molestan durante el día. Yo propongo que el Muliñán se alimente de tábanos.

—Si seguimos así —interrumpió el zorro—, nunca llegaremos a una solución.

El búfalo no ha calculado los millares de tábanos diarios que necesitaría el Muliñán para alimentarse.

El elefante se acercó al presidente y le habló al oído. Cuando se retiró, el león dijo:

—El elefante ha venido a anunciarme que Muliñán nos pide una respuesta.

Hubo un instante de silencio, y luego una batahola de bufidos, cacareos y silbidos.

—Pido la palabra —gritó el pavo—. ¡Nuestra situación es intolerable, nos rellenan y nos comen! ¡Propongo que el Muliñán sirva para eso: que lo engorden, y lo metan en el horno y se lo coman en Navidad!

Sus palabras provocaron fuertes carcajadas.

La nutria opinó:

—Nunca oí una pavada más grande que la que acaba de decir el pavo. ¡Hasta el lirón se ha despertado con tanta risa!

La comadreja pidió la palabra y dijo:

—Propongo que aceptemos al Muliñán, con la condición de que coma lo más inútil, que son las víboras y las serpientes.

—¡Qué disparate! —exclamó la perdiz—. Víboras y serpientes se alimentan de ratas y ratones que devoran las cosechas.

—Los más inútiles —señaló el cóndor— son los buitres y los caranchos, esas desagradables aves de rapiña.

—¡Apoyado! —exclamó el águila.

—Sin embargo —replicó el ciervo—, limpian el campo al alimentarse de los animales muertos.

—¡Los inútiles son ellos! —afirmó el carancho, mirando al cóndor y al águila con desprecio.

—Los inútiles —chilló la ardilla— son los peces. Imposible comerlos… ¡No sirven para nada!

—¡Y qué sabes tú sobre peces! —le contestó la gaviota.

—¡Señores —dijo el lobo—, no perdamos tanto tiempo. Lo único inútil es lo que está debajo de la tierra.

—¡Que el Muliñán se alimente de lombrices!

—¡Que salga la lombriz! ¡Que hable y se defienda! —ordenó el león.

Ante la sorpresa de todos, la humilde lombriz se asomó a la superficie de la tierra y dijo:

—¿Ustedes dicen que yo no sirvo para nada? Si estoy aquí es porque soy necesaria, quizá más que ningún otro de los animales.

Las risas, cacareos, chillidos y rebuznos obligaron a la lombriz a suspender su discurso.

Cuando se callaron continuó:

—Debería darles vergüenza: ¡Todos ustedes viven gracias a nosotras!

—Vamos, vamos —replicó el lobo—. ¡Hay que hablar claro!

—¡Silencio! –rugió el león.

Todos callaron y la lombriz continuó:

—Si la tierra no está en buenas condiciones, no pueden existir los vegetales, y tampoco los animales. ¿Y quiénes son las encargadas de trabajar la tierra para que sea fértil? Somos nosotras las que renovamos la tierra trabajando día y noche. Excavamos, ventilamos y purificamos. Sin nosotras, el suelo sería reseco y duro. Por eso somos tan numerosas, para que en la tierra exista vida.

—Recibimos una lección de quien está tan abajo, tan abajo que ni sabía yo que existía —dijo el cóndor.

—¡Con todo mi poder, yo sería incapaz de realizar la tarea de la lombriz! —exclamó el león.

—¡Un aplauso, señores, por estas palabras! Los más pequeños también somos importantes —zumbó el mosquito.

—¡Alto ahí! —gritó el mono secretario—. Ese no tiene derecho a opinar. ¡Es de los que se colaron!

Pero el mosquito, al oír las primeras palabras del mono, ya se había escapado.

—¡Lo que dijo la lombriz —añadió el cascarudo— debe servir para que se nos tenga más consideración a los humildes y no seamos pisoteados por los grandes.

—Ya ven —agregó la golondrina— que todos los seres son de alguna utilidad. Los mosquitos se colaron en el mundo, pero nosotras nos alimentamos de ellos durante el día y los murciélagos los comen de noche.

—Es muy útil que alguien se coma los mosquitos y los tábanos —dijo la cebra.

—Este desorden es intolerable —exclamó el tigre.

—¡Señores! Lo mejor será que votemos por sí o por no. ¡Que el secretario junte los votos! —decidió el león.

Así lo hizo el mono secretario, pero era tan grande la batahola, que era imposible saber qué opinaba la mayoría. Algunos, muy astutos, habían votado dos veces. Otros, como los murciélagos, hacían ruidos que nadie entendía.

Ante la confusión, el león resolvió darle tiempo al Muliñán para que pensara en qué podría ser útil y de qué se alimentaría.

Dicen que, cada tanto, los animales vuelven a reunirse en el Bosque Azul. Pero todavía no pudieron tomar una decisión sobre el Muliñán. Por eso, ese raro animal aún no ha entrado en el mundo.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El Bosque Azul» con la voz de Angie Bello Albelda

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El mal aliento

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Ilustración: CrazyCrocuta

Hace mucho tiempo, en el África subsahariana, reinó un león que tenía un carácter terrible. Todos sus súbditos lo temían y nadie se atrevía a abrir la boca en su presencia porque la fiera, a la más mínima, los hacía callar de un zarpazo.

Después de una larga enfermedad que lo mantuvo postrado en su cueva durante semanas, volvió el rey a ocupar su trono y convocó a sus principales ministros: un dromedario, un asno y una hiena.

—Como ya sabéis —les dijo malhumorado—, he estado muy enfermo y con fiebres muy altas. Lo último que me dijo el licaón médico, antes de que le cerrara la boca de un zarpazo a causa de sus impertinencias, fue que sabría que estoy completamente curado cuando mi aliento dejara de oler mal. Así que tengo que comprobarlo. Me han dicho que vosotros tres tenéis un olfato excelente.

—Cierto, muy cierto, majestad.  Sobre todo, yo —se apresuró a decir el asno.

—Entonces acércate a mí el primero y dime cómo huele mi aliento —ordenó el rey de los animales.

Abrió su gran bocaza y esperó. El asno olfateó y cuando llegó hasta sus narices el fétido aliento del león, echó la cabeza hacia atrás apresuradamente.

—¡Pero qué ascooooo! ¡Tu aliento apesta! ¡Un poco más, y me ahogo!

El rugido del león se oyó en varios kilómetros a la redonda:

—¡Insolente! ¿Cómo te atreves a insultarme de ese modo? —Y de un zarpazo lo hizo callar.

Muy enfadado, se giró hacia el dromedario y le hizo señas para que se acercara. Cuando lo tuvo a menos de un palmo le mandó:

—¡Tú!, dime si tengo buen aliento.

Y echo su hálito hediondo en la mismísima cara del dromedario, que disimuló una mueca de disgusto, pero no pudo contener las náuseas.

—¡Huag!.. Esto… Gran rey… Tu aliento… ¡Tu aliento huele de maravilla! Yo diría que es como una mezcla de almizcle y tripas podridas, con un toque de ámbar y un rastro de jazmín.

—¡Pero, ¿¡qué te has creído!? ¿Acaso quieres burlarte de mí! ¡Desvergonzado! —respondió el león.

—¡No, majestad! Por nada del mundo me burlaría yo de t…

Pero no pudo acabar la frase, porque el rey no lo creyó y, de un solo zarpazo, lo hizo callar.

La hiena estaba muerta de miedo; temblaba de pies a cabeza. Llegaba ya su turno y el león estaba cada vez más y más furioso.

—Ahora te toca a ti decir lo que piensas —ordenó el león—. ¡Ven aquí y huele mi aliento! Hay de ti, hiena, si no me conviene lo que me dices.

La hiena se acercó inquieta y, con el alma en un hilo, husmeó el pútrido aliento del león y fingió estornudar.

—¡Atchíssssssssssssssss! Berdona, bero no huelo nada de nada ¡Cof, cof, cof! ¡Mil berdones de nuevo! Estoy algo gostibada desde hace unos días —dijo, fingiendo tener la voz tomada.

El león comprendió lo que ocurría, pero lejos de enfadarse soltó una gran carcajada y añadió:

—Muy bien, hiena, tu astucia te ha salvado —dijo el rey de los animales—. Por ser tan lista, esta vez te perdono. Ya te puedes marchar.

Y la hiena, muy feliz, pudo volver tranquilamente a su madriguera.

Dicen que ese día las hienas aprendieron a reír.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El mal aliento” con la voz de Angie Bello Albelda

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El pollito que llegó a rey

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Ilustración: snake-silent

Érase una vez un pollito muy chiquitín, muy chiquitín que vino al mundo siendo ya huérfano, y lo primero que dijo al romper el cascarón fue:

—¡Qué injusticia! ¡Mis papás han tenido que morir de hambre y el rey les debía un grano de maíz!

Estaba muy triste, pero el valeroso pollito se enjugó las lágrimas, descolgó el zurrón de su difunto padre, se puso la bufanda de su difunta madre  y, anda que te anda, se dirigió hacia la capital decidido a cobrar la deuda.

Apenas había andado media docena de pasos, cuando en medio del camino encontró un palo que lo hizo tropezar y caer.

El pollito se levantó se sacudió el polvo y dijo:

—¡Hola, Palo!, he tropezado contigo. No te había visto.

—¿Adónde vas? —le preguntó el palo.

—A la ciudad, a cobrar un crédito de mis difuntos padres —contestó.

—Vamos juntos —dijo el palo.

El pollito cogió el palo y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un gato que, al verlo, exclamó:

—¡Oh!, un dulce pollito ¡Qué bocado más tierno!

—No valgo la pena —replicó el pollito—,  tengo poca carne.

—¿Adónde vas? —preguntó el gato.

—Voy a cobrar un crédito de mis padres.

—Pues voy contigo —dijo el gato—. Tal vez encuentre por el camino algo bueno para comer.

El pollito cogió al gato y lo metió en el zurrón.

Poco después, encontró a una hiena que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón?

—Voy a ver al rey para cobrar un crédito de mis padres —explicó el pollito.

—Me gustaría conocer la ciudad. ¡Vayamos juntos! —dijo la hiena.

El pollito cogió a la hiena y la metió en el zurrón.

Anda que te anda, topó con un fiero león.

—¿Adónde vas pequeño pollito? —rugió la fiera.

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—Vamos allá juntos —dijo el león.

El pollito cogió al rey de la selva y lo metió en el zurrón.

Encontró después a un elefante que estaba hartándose de plátanos.

El elefante le preguntó alegremente:

—¿Adónde vas, chiquitín?

—A cobrar un crédito de mis difuntos padres.

—¡Pues vayamos juntos! —exclamó el paquidermo.

El pollito cogió al elefante y lo metió en el zurrón.

Anda que te anda, encontró a un guerrero, que le preguntó:

—¿Adónde vas con ese zurrón tan pesado?

—Voy a cobrar una deuda.

—¿A casa de quién? —preguntó el guerrero.

—Al palacio del rey —contestó el pollito.

—Pues iremos juntos —dijo el guerrero.

El pollito lo cogió y lo metió en el zurrón.

Por fin, cargado con su zurrón, llegó a la ciudad donde vivía el rey. La gente corrió a anunciar al soberano que el pollito había llegado y que pretendía cobrar el crédito de sus difuntos padres.

—Haced hervir un caldero de agua, que echaremos a ese insolente polluelo dentro y haremos un buen caldo con él, así no tendremos que pagar la deuda.

El hijo del monarca se puso a gritar:

—¡Yo haré el caldo! ¡Yo haré el caldo!

Cuando el pollito vio que se acercaba el príncipe, le dijo al palo:

—¡Palo, ahora es la tuya!

El palo hizo tropezar y caer al hijo del rey, que derramó el agua y quedó escaldado.

La gente de la ciudad dijo entonces:

—Hay que encerrarlo en el gallinero con las gallinas; ellas lo matarán a picotazos.

Pero el pollito sacó al gato del zurrón y le dijo:

—¡Te devuelvo la libertad!

El gato mató a todas las gallinas, cogió la más gorda y se escapó con su botín.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo con las cabras; allí lo pisotearán!

El pollito dijo entonces:

—¡Hiena, ya eres libre!

La hiena mató a todas las cabras, escogió la más gorda y con ella se escapó.

La gente dijo entonces:

—¡Que lo encierren en el establo de las vacas!

Y allí lo metieron, pero el pollito dijo:

—¡León, ahora es la tuya!

El león salió del zurrón y terminó con todas las vacas, escogió la más gorda y la devoró en un abrir y cerrar de ojos.

El pueblo entero estaba furioso y decía:

—¡Este polluelo es un desvergonzado y no quiere morir! ¡Lo encerraremos con los camellos! Ellos acabarán con él.

Lo encerraron allí, pero el pollito dijo:

—Elefante, buen amigo, ¡sálvame la vida! Ahora es la tuya.

Y sacó al paquidermo del zurrón.

El elefante miró desafiante a los camellos y los aplastó, del primero al último.

La gente del pueblo fue a ver al rey y le dijo:

—Aquí en la ciudad no podemos con este polluelo insolente; paguémosle lo que se les debía a sus padres y que se marche. Le daremos caza en el bosque y recuperaremos lo que le hemos dado.

El soberano ordenó abrir su real tesoro y entregarle al pollito el grano de maíz que se le debía.

Y el pollito, feliz y contento, abandonó el pueblo con su grano de maíz.

Cuando vieron que se alejaba camino adelante, montaron en sus caballos, incluido el mismísimo rey, y se lanzaron en pos del pollito. Pero el pollito, que se dio cuenta del peligro, sacó rápidamente al guerrero del zurrón y le pidió:

—¡Guerrero, por favor! ¡Ayúdame! ¡Demuéstrales que eres de armas tomar!

Y el guerrero, antes de lo que se tarda en contarlo, hizo trizas a todos.

El pollito volvió entonces a la ciudad del rey y se quedó con todas las riquezas del palacio y él mismo se proclamó rey de aquel pueblo al que había conseguido vencer con la ayuda de todos sus amigos.

FIN

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El país de las Nubes Grandes

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Vero Tapia, Ruka de colores

Hubo un tiempo en el que siempre llovía. De día y de noche. En invierno y en verano. Con frío y con calor. En cualquier rincón del planeta lluvia, lluvia y más lluvia.

Viento y lluvia; sol y lluvia; nieve y lluvia. Incluso cuando lucía el más brillante arcoíris, sobre él se deslizaban risueñas y juguetonas gotitas que se teñían de colores. Nunca paraba de llover. Llovizna fina o chaparrón abundante; turbión violento o tromba que arrastraba a su paso arboledas enteras. Agua, agua y más agua. Y así, un día; y otro día; y otro más.

Barrigudas nubes cargadas de lluvia eran las dueñas del mundo y ni un palmo de terreno estaba seco, todo mojado. Árboles, praderas y montañas. Valles, caminos y pastizales. Se mirara hacia donde se mirara, todo estaba arriado, todo era un gran charco.

Solo los peces y las ranas eran felices, pero el resto de la animales que poblaba la Tierra estaban ya cansados de vivir en remojo.

El sol lucía aguado, algunas plantas morían por exceso de humedad y entre gota y gota, se oían estornudos, toses y carraspeos, porque como los seres que tenían patas andaban continuamente con los pies empapados, se resfriaban muy a menudo.

Estaban tan hartos, que algunas especies que no querían pasar el resto de sus días caladas hasta los huesos, decidieron reunirse bajo el saliente de una roca para debatir la situación y, después de muchas controversias, acordaron exigir a las nubes que dejaran de mojarlos. Sin embargo, no había manera de ponerse de acuerdo sobre quién se dirigiría al país de las Nubes Grandes, donde también habitan los rayos y los truenos.

Y es que no cualquiera puede emprender tan arriesgado viaje. Pocos son los valientes que osan adentrarse en este lugar en el cual reinan las más terribles tempestades. Donde el sonido de todos los truenos que en la historia han tronado es tan ensordecedor, que no es posible oír otra cosa, ni tan siquiera el rugir de los espantosos vientos huracanados, que corren como locos jugando al escondite. Además, rayos y centellas hablan a tan grandes luces, que la claridad es cegadora. Tanto, que se diría que hasta aquel inhóspito lugar jamás se ha atrevido a llegar una noche.

El león, fue el primero que habló. Sacudió con fuerza su cabeza y salpicando a los que estaban más cerca con el agua que chorreaba de su larga melena rubia, rugió:

—Soy valiente e impongo respeto. Soy fuerte y rápido y no hay nadie que no me tema. Iré yo porque mi voz es la más potente de todas y haré que me escuchen a pesar de los truenos. Exigiré a las nubes que dejen de llovernos encima o de un solo zarpazo las abatiré.

Doña elefanta, muy educada, levantó su trompa para pedir la palabra y barritó:

—Estimados amigos, ni los rugidos ni los zarpazos del león llegarán a las nubes. Lo que nos hace falta es un golpe de efecto inesperado que intimide a esas impertinentes. Yo viajaré discretamente, sin que nadie me vea y cuando llegue, las sorprenderé chapoteando con todas mis fuerzas sobre los charcos del Valle Anegado. Haré tanto ruido, que llegará hasta el cielo, las nubes se espantarán, se encogerán asustadas hasta desaparecer y dejará de llover.

Un milano blanco agitó nervioso las plumas y graznó furioso:

—¡Revuelo! ¡Necesitamos un gran revuelo! ¡Fuera lluvias! ¡Deben reinar los pájaros! Las aves, todas a una, volaremos hacia las nubes y bombardearemos con piedras el centro de cada una de ellas hasta conseguir deshacerlas. Si actuamos con presteza, conseguiremos que deje de llover.

Moscas, mosquitos, zánganos y abejas revoloteaban y batían sus alas. Aplaudían primero a unos, y luego a los otros, mostrándose entusiasmados con cada una de las propuestas.

Conejos, murciélagos y zarigüeyas movían pensativos los bigotes sin decidirse a apoyar ninguna opción. No querían mojarse.

Un oso pardo, que hasta entonces había estado removiéndose inquieto en su asiento, se levantó gruñendo muy irritado:

—¡Tonterías!, ¡todo esto son tonterías y nada más que tonterías! Esta reunión es una completa tontería. Las nubes siempre nos han empapado y siempre nos empaparán. ¡No hay nada que hacer!

Muy cerca del oso, un colibrí que no paraba quieto, metió el ala en el ojo de un caimán, que se asustó y mordió en la pata a un avestruz. El avestruz perdió el equilibrio y empujó a un flamenco, el cual se cayó de bruces en un gran charco y empezó a insultar al avestruz.

Un martín pescador, que sujetaba un pez globo con el ala izquierda, miraba de reojo la escena, moviendo la cabeza con desaprobación:

—Colibrí maleducado, ¡la que has liado! Por no estarte quieto, los metiste en este aprieto.

Todos los presentes empezaron a alborotarse y los murmullos no tardaron en transformarse en acaloradas discusiones. Unos apoyaban al león, otros a los pájaros, otros a la elefanta, y aun había los que acusaron al oso de pesimista y poco colaborador. Hubo incluso quien afeó al colibrí su actitud, aunque otros recriminaron al caimán, diciéndole que tenía poco aguante y que se quejaba por cualquier menudencia.

Y con semejante batahola, no había manera de ponerse de acuerdo y seguía lloviendo y lloviendo. Y el flamenco se mojaba cada vez más y gritaba cada vez más. Y el león rugía, y la elefanta barritaba, y el caimán se quejaba, y las moscas aplaudían, y el oso gruñía y el inquieto colibrí no paraba de aletear…

De pronto, en medio de toda aquella algarabía, se elevó una dulce voz y se hizo el silencio más absoluto bajo el saliente de la roca. Incluso la cellisca pareció amainar.

—Iré yo.

Todos los ojos buscaron al que había hablado.

—Iré yo —repitió un niño muy pequeño—, escalaré la montaña más alta y espantaré a las tempestades con estas palabras:

Nube que remoja

cuando se le antoja.

Trueno retumbante,

de muy mal talante.

Centellas y rayos

que causan estragos.

Con este conjuro

que ahora murmuro,

a todos anulo.

¡Fuera sin demora!

¡Antes de una hora!

Todos estuvieron de acuerdo en que él era el único capaz de detener las tormentas.

Sin perder ni un segundo, el pequeño viajó hacia la lejana montaña de Rubí, la más alta del país de las Nubes Grandes; escaló hasta su cima, entonó la prodigiosa fórmula mágica y, al instante, lluvia, truenos y rayos cesaron.

Desde aquel día, las tormentas tienen miedo de los niños, porque son los únicos que pueden pronunciar, en el tono exacto de voz, el conjuro capaz de deshacerlas. Por eso, cuando vienen a la Tierra, hacen tanto ruido, para intentar asustarlos, porque saben que si se encuentran con un niño o con una niña que pronuncie el hechizo, deberán regresar a toda prisa al país de las Nubes Grandes.

FIN

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La oportunidad

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Ilustración: shinga

Un día de verano, harta de vivir en su aldea, Briseida decidió recorrer mundo para probar de cambiar su suerte.

Anduvo durante tres días y el anochecer del tercero la sorprendió mientras caminaba por un sendero que atravesaba un espeso bosque. Para no extraviarse, decidió encender una fogata y esperar a que amaneciera para reemprender su viaje.

No muy lejos de allí, tenía su guarida un ladrón que, al ver la hoguera, se acercó y le preguntó a la muchacha si estaba sola, de dónde venía y adónde se dirigía.

Contenta por la compañía y sin desconfiar de aquel desconocido, Briseida lo invitó a compartir cena y conversación pero, en un momento de descuido, el bandido le robó lo poco que poseía y aunque ella lo persiguió, no pudo darle alcance.

Se quedó Briseida perdida en la espesura, desorientada, sin pertenencias y, muy triste, decidió encaramarse a un árbol para pasar la noche alejada de más peligros.

Ya estaba a punto de quedarse dormida sobre una de las gruesas ramas, cuando un lobo, un león y un toro se reunieron al pie del añoso nogal en el que estaba Briseida y empezaron a hablar:

—¡Qué alegría reencontrarnos después de un año! ¡Contémonos nuestros secretos!

—Amigo lobo, ¿qué novedades hay? —preguntó el toro.

—Poca cosa. Este año he estado en el país en el que todos son ciegos, y un tuerto es el rey. Si supieran que solo con frotarse los ojos con las hojas de este árbol recobrarían la vista… ¡imaginad lo que darían por ello!

Después habló el león y le preguntó al toro:

—Y tú, ¿qué cuentas de nuevo?

—Pues yo he pasado el año en aquel país que sufre una terrible sequía desde hace décadas. Sus habitantes no saben que solo con hacer un corte en el tronco del árbol que hay en la plaza mayor, el agua brotaría a raudales.

—Y tú, león, ¿qué nos cuentas?

—Yo he pasado el año en mi país, y allí la hija del rey se muere, porque nadie sabe que se salvaría si la envolvieran con la manta que esconde dentro de un cofre un enano que vive en lo más profundo de la gruta de la montaña de las Precauciones, a la que solo se puede acceder diciendo tres veces en voz alta: “¡Abracadabra!”

Se despidieron, no sin antes acordar que justo al cabo de un año se volverían a reunir los tres en aquel mismo lugar.

Briseida, muy contenta con toda la información obtenida, bajó del árbol y después de llenarse los bolsillos de hojas de nogal, se encaminó hacia el país de los ciegos.

Al llegar allí, se puso a vender hojas para curar la ceguera y pronto reunió una gran cantidad de monedas de oro.

Después, se dirigió al país azotado por la sequía e hizo brotar agua del árbol que había en la plaza mayor haciendo un corte en su tronco. Los habitantes, muy agradecidos, la colmaron de piedras preciosas y perlas.

Con todas las riquezas obtenidas, viajó al país del león y allí ofreció al rey salvar la vida de la princesa. El monarca le prometió que la nombraría Consejera del reino y la colmaría de incontables bienes si tenía éxito en la empresa.

Briseida salvó a la princesa y el rey no solo cumplió su promesa, sino que, además, como las dos chicas se habían enamorado, ordenó celebrar una fastuosa boda que duró varios días, a la que fueron invitados los reyes y reinas de todos los países vecinos.

Un día, al salir del palacio real, Briseida vio a un mendigo y se acercó a él:

—¡Pero si tú eres el ladrón del bosque!, ¿no me reconoces? Soy yo, Briseida, aquella chica a la que robaste. Ven conmigo y te contaré lo que me ha ocurrido desde entonces, porque con tu mala acción cambiaste por completo mi suerte.

Briseida le refirió toda la historia y le dijo que, precisamente, aquel día hacía justo un año de su encuentro. Al despedirse, le regaló una bolsa llena de monedas de oro para que dejara de robar, pudiera establecerse en algún lugar y llevara una vida honrada. Pero el randa, envidioso de la suerte de la chica, se dirigió al bosque donde, un año antes, Briseida había vivido su aventura y se encaramó al mismo árbol.

No tardaron en llegar los tres animales.

El león dijo:

—Amigos, hoy hace justo un año alguien oyó nuestra conversación encaramado a este árbol. Comprobemos si ha vuelto para darle su merecido.

Al levantar los ojos, descubrieron al ladrón que, temblando y muy asustado, empezó a gritar:

—¡No fui yo, no fui yo! ¡Fue Briseida! ¡La encontraréis en el país del león, vive allí y se ha casado con la princesa!

Sin escuchar sus palabras, el toro embistió el árbol y el ladrón cayó de cabeza al suelo, donde lloró, pataleó y suplicó tanto que los animales, finalmente, hartos de oír sus gritos y lamentos, dejaron que se marchara.

Corriendo, muerto de miedo y arrepentido de todas sus fechorías, regresó a su pueblo y allí, con las monedas que le había regalado Briseida, abrió un taller y ahora es zapatero. Desde entonces, tanto Briseida como la princesa le encargan a él todos sus zapatos.

FIN

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La última presa

Leon color (36)

A los pies de una montaña se extendía una gran jungla. Era tan grande, que no se podía atravesar entera. El monte era gigante. No se divisaba su cima, y sus dos laderas visibles era como si no tuvieran fin.

El rey de la jungla era un león, famoso por su sabiduría y su buen juicio. Un pequeño grupo de animales de la jungla estaba bajo su mandato y lo servía. Otros vivían en paz lejos de la corte del rey.

Entre los animales de la corte, había un zorro inteligente y sagaz, que intentaba servir muy bien al león para conservar su vida.

Había también un lobo entre los animales de la corte real que pensaba que no era menos que el rey. El lobo odiaba al zorro e intentaba siempre dejarlo en mal lugar delante del monarca. El zorro, que lo sabía, se mostraba aún más encantador ante el león.

Un día, el león decidió ir de caza a la ladera de la montaña. El zorro se acercó a él y le preguntó:

—Majestad, ¿me permitís ir con vos para llevar sobre mi espalda todos los animales que cacéis?

El león aceptó.

El lobo, que quería tenderle una trampa al zorro, le dijo también al rey:

—Déjame acompañarte para ayudarte en la cacería.

El león puso mala cara, pero emprendió el camino con los dos acompañantes.

El lobo caminaba junto al león y el zorro un paso atrás.

Encontraron una liebre, y el león la cazó. Después vieron un ciervo y también el león lo cazó con facilidad. En la pradera vieron también un toro que intentó huir, pero también lo cazó el león.

—Tal vez ya hay suficiente caza para la comida de hoy —sugirió el lobo.

—¿En serio? —preguntó el león— ¿Por qué dices eso?

Respondió sonriendo el lobo:

—El toro que sea devorado por su majestad. El ciervo me lo como yo. Y el zorro ya tiene bastante con la liebre.

El león rugió enojado:

—¿Eso es lo que crees?

Entonces le preguntó al zorro:

—Y tú, ¿qué dices? ¿Dividimos así la caza?

El zorro hizo una gran reverencia y respondió:

—¡Ni pensarlo, Excelencia! Si me permitís que yo divida las presas, os serviré la liebre para desayunar, el toro para comer y el ciervo para cenar.

—¿Y qué comeréis tú y el lobo? —preguntó el león.

—El lobo comerá lo que cace y yo estaré contento con lo que tú me des.

El león asintió satisfecho y dijo:

—Si es así, te daré mi última presa.

—¡¿De verdad su majestad piensa darle el toro al zorro?! —preguntó el lobo muy sorprendido.

El león sonrió, y agarrando al lobo por el cuello exclamó:

—¡No! ¡Mi última presa serás tú!

FIN