liebre

El árbol que hablaba

Ilustración: AlectorFencer

En una espesa selva vivía un lobo feroz. Un día, mientras intentaba cazar algo para comer, topó con un árbol de cuyas extrañas hojas rojas se desprendía un tenue resplandor. Curioso, se acercó más a él para observarlo mejor y fue entonces cuando oyó que el árbol hablaba.

El lobo se asustó y exclamó:

—Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto hubo pronunciado esas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No supo cuánto tiempo permaneció tendido a los pies del misterioso árbol, pero al despertar estaba demasiado asustado para pensar en otra cosa que en huir, así que se levantó de inmediato y no paró de correr hasta llegar a su casa.

El lobo estuvo meditando largo rato acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podría usar el árbol en beneficio propio. Volvió a salir de casa y fue paseando en busca de su vecino el antílope. Cuando dio con él, le contó la historia del árbol que hablaba, pero el antílope no creyó nada de lo que le contaba.

—Si no me crees, ven y tú mismo podrás verlo —propuso el lobo—, pero debes tener cuidado. Cuando estés delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante». Si cuando estés ante él no pronuncias esta frase, morirás.

El lobo y el antílope se dirigieron hacia el lugar en el que estaba el árbol que hablaba y una vez ante él, el antílope dijo:

—Has dicho la verdad, lobo, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto dijo esto, alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a su casa para comérselo. «Este árbol que habla solucionará todos mis problemas —pensó el lobo—. Si soy listo, nunca más volveré a pasar hambre».

Al día siguiente, el lobo paseaba como de costumbre cuando topó de frente con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope y la llevó hasta el lugar en el que estaba el árbol parlante. La tortuga se sorprendió mucho al oírlo hablar:

—No creí que esto fuera posible —dijo—, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y se desvaneció. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla para hacer con ella una deliciosa sopa.

El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga dio cuenta de un cuervo, de un jabalí, y de un ciervo. ¡En su vida había comido mejor! Ahora usaba siempre la misma estrategia: contaba a sus presas la misma historia y les decía que debían pronunciar ante el árbol la fatídica frase y que si no la decían, morirían. Todos hacían lo que el lobo les decía y todos quedaban inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. ¡Era un plan perfecto!, era simple e infalible, y él agradecía a los dioses de la selva haber puesto en su camino aquel árbol. Esperaba seguir comiendo como un rey el resto de su vida.

Un día, que se sentía hambriento salió a pasear en busca de una nueva víctima. Esta vez se tropezó con una liebre y el lobo le dijo:

—Hermana liebre, tengo un secreto que es probable que no lo conocieran ni tus antepasados.

—¿Y cuál es ese secreto, hermano lobo? —preguntó curiosa la liebre.

—En esta selva hay un árbol que habla —susurró el lobo.

Y, acto seguido, le contó a la liebre la misma historia de siempre y se ofreció a acompañarla a ver el árbol parlante. La liebre aceptó y fueron juntos hasta el lugar. Cuando ya estaban cerca del árbol el lobo le recordó:

—No olvides decirle al árbol lo que te he dicho.

—¿Qué debo decirle? —preguntó la liebre.

—La frase que debes pronunciar cuando estés en su presencia si no quiere morir —contestó el lobo.

—¡Ah!, sí —dijo la liebre.

Y empezó a hablar con el árbol.

—¡Oh!, gran árbol, ¡oh!, gran árbol —recitó—. ¡Oh! árbol majestuoso y…

—No, eso no es lo que has de decir —la cortó el lobo.

—Perdona —se excusó la liebre. Y volvió a recitar—. Árbol, ¡oh!, árbol, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol raro.

—¡No, no y no! —se impacientó el lobo— no «un árbol raro», sino «un árbol parlante». Lo que tienes que decir es: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante».

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se alejó despacio, girándose, de cuando en cuando, para observar aquel extraño árbol rojo y al lobo tendido bajo él. Luego sonrió:

—Así que este era su plan, señor lobo. Usted se pensó que esta liebre era boba y que hoy sería su comida.

La liebre puso tierra por medio y en su camino fue contando a todos los animales de la selva el secreto del árbol rojo que hablaba. El plan del lobo quedó al descubierto, y el árbol, sin poder herir a nadie más, continuó hablando solo.

FIN

La liebre exagerada

Ilustración: shmeeden

Érase una vez una liebre que vivía en la taiga. Aparentemente era igual que todas las liebres: con dos orejas largas, dos patas delanteras cortas para sostener la comida y dos patas traseras largas para huir velozmente de sus enemigos. Pero esta era, además, una liebre exagerada. Tan exagerada era, que nunca se había oído hablar y, probablemente jamás se oirá hablar, de una igual de exagerada que ella entre el pueblo leporino.

Una vez, se comió una raicita de musgo y le faltó tiempo para ir a contar su historia a las demás liebres:

—Iba yo corriendo por el bosque, en busca de algo de comer, cuando, de pronto, tropecé con algo. Faltó bien poco para que me rompiera la cabeza. ¡Fijaos! ¿Lo veis? ¡A resultas del golpe, ahora tengo el labio partido!

—¡Es verdad!, tienes el labio partido. —Rieron las demás liebres—. Pero es que todas las liebres lo tenemos partido.

Y nuestra liebre:

—Cierto. Todas las liebres lo tenemos así, pero el mío está más partido que el vuestro… Y si os queréis enterar de lo que me pasó, será mejor que no me interrumpáis … Decía que tropecé y al mirar con qué había topado, me encontré con que era musgo. Pero un musgo como nadie ha visto hasta ahora. El tallo era más alto que un alerce y cada hoja gigantesca. La raíz era del tamaño de un oso. Me puse a escarbar la tierra y, como ya sabéis que yo soy una liebre especial y tengo los dientes afilados y las patas fuertes, escarbé y escarbé hasta que conseguí amontonar una montaña de tierra a cada lado y logré desenterrar la raíz. Una raíz que ya llevo comiendo diez días seguidos y de la que no he conseguido comerme ni la mitad. Pero aún y así, ¿habéis visto cómo me he engordado?

Las liebres la miraron.

—Estás como todas las liebres —dijeron—. No estás mucho más gorda que nosotras.

—Eso es que me he adelgazado de tanto como he corrido para llegar hasta aquí. Como soy tan generosa y tengo tan buen corazón, os quiero llevar hasta la raíz que queda, así podréis comer también. Ya que yo ya me he dado un hartazgo para toda la vida, he pensado que podríais terminar vosotras lo que queda de esa raíz, tan rica que no habéis probado jamás algo igual.

¿Qué liebre que conozcáis le haría ascos a una rica raíz? Aquéllas no. Con la boca hecha agua, preguntaron:

—¿Y cómo se llega a ese sitio?

—Yo os llevaré encantada.

Echaron a correr las liebres detrás de la exagerada hasta que esta se detuvo en un sitio y dijo:

—Aquí encontré el musgo del tamaño de un alerce. Y aquí escarbé con las patas hasta formar las dos montañas de tierra.

—¿Dónde están esas montañas? —preguntaron las otras.

—Se las ha llevado el río.

—¿Dónde está el río?

—Se ha ido al mar.

—¿Dónde está el musgo grande como un alerce?

—Se ha marchitado. Como yo me comí la raíz…

— ¿Y el tallo de musgo?

—Se lo comió un tejón.

—¿Dónde está el tejón?

—Se marchó a la taiga.

— ¿Dónde está la taiga?

—La quemó un incendio.

—Y la ceniza, ¿dónde está?

—Se la llevó el viento.

— Y los tocones, ¿dónde están?

—Los ha tapado la hierba.

Allí estaban las liebres, aleladas, sin llegar a entender si era cierto lo que les contaba la otra.

Y ella seguía con la suya:

—¡Pero si es muy fácil encontrar un musgo así! ¡Lo más fácil del mundo! No hay más que ir corriendo y mirando hacia todos los lados. Si a un lado no la ves, seguro que la ves al otro …

¡Había que ver la carrera que emprendieron las liebres! Tanto se afanaban en mirar hacia los lados, que veían su propio rabo, pero no veían lo que tenían delante. ¡Y venga a mirar a los lados para que no les pasara desapercibida el rico musgo del tamaño de un alerce!

Así estuvieron corriendo hasta que se desplomaron sin fuerzas. Y entonces, del hambre, la simple hierba les pareció más rica que el musgo fresco.

Desde entonces, los ojos de las liebres se mueven como locos y no han vuelto jamas a su sitio…

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La liebre exagerada» con la voz de Angie Bello Albelda

Sapo enamorado

Ilustración: Max Velthuijs

Sapo estaba sentado a la orilla del río. Se sentía raro. No sabía si estaba feliz o triste, había pasado toda la semana con la cabeza en las nubes. ¿Qué sería lo que le pasaba?

Entonces se encontró con Cochinito.

—Hola Sapo —dijo Cochinito—. No te ves bien. ¿Qué tienes?

—No sé —dijo Sapo—. Tengo ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. Hay algo que hace tunk tunk dentro de mí, aquí.

—Quizá tienes gripe —dijo Cochinito—. Mejor te vas a acostar. Sapo siguió su camino. Estaba muy preocupado.

Entonces pasó por la casa de Liebre.

—Liebre —dijo—, no me siento bien.

—Pasa y siéntate —dijo Liebre amablemente—. Ahora cuéntame, ¿qué te pasa?

—A veces tengo calor y a veces tengo frío —dijo Sapo. Y hay algo que hace tunk tunk dentro de mí, aquí. —Y se puso la mano sobre el pecho.

Liebre pensó profundamente, como un doctor de verdad.

—Ya veo —dijo—, es tu corazón. El mío hace tunk tunk también.

—Pero el mío algunas veces hace tunk tunk más rápido de lo normal —dijo Sapo.

Liebre sacó de su biblioteca un enorme libro y pasó las páginas.

—¡Aja! —dijo—. Oye esto: latidos acelerados, sudores fríos y calientes…¡Estás enamorado!

—¿Enamorado? —preguntó Sapo sorprendido—. ¡Guau! ¿Estoy enamorado?

Y se puso tan contento, que de un salto salió de la casa y brincó hasta el cielo.

Cochinito se asustó cuando vio a Sapo caer del cielo.

—Parece que estas mejor —dijo Cochinito.

—Estoy mejor. Me siento muy bien —dijo Sapo—. Estoy enamorado.

—¡Qué buena noticia! ¿Y de quién estás enamorado? —preguntó Cochinito.

Sapo no había pensado en eso.

—Ah, ¡ya sé! —dijo—, estoy enamorado de la linda y encantadora Pata blanca.

—No puedes —dijo Cochinito—. Un sapo no puede enamorarse de una pata. Tú eres verde y ella es blanca.

Pero Sapo no se preocupó por eso.

Sapo no sabía escribir, pero podía pintar. Cuando regresó a su casa, hizo un hermoso dibujo, con rojo, azul y mucho verde su color favorito. Por la tarde, al oscurecer, salió con su dibujo y llegó hasta la casa de Pata. Metió el dibujo por debajo de la puerta. Su corazón palpitaba de la emoción. Pata se sorprendió mucho cuando encontró el dibujo.

—¿Quién me habrá mandado este dibujo tan bello? —preguntó emocionada, y lo colgó en la pared.

Al día siguiente, Sapo recogió muchas flores silvestres. Se las quería dar a Pata. Pero cuando llegó a la casa de Pata, le faltó valor. Dejó las flores frente a la puerta y salió corriendo.

Hizo lo mismo, día tras día. Sapo no encontraba el coraje para hablarle.

Pata estaba encantada con todos sus regalos. Pero ¿quién se los estaría mandando?

¡Pobre Sapo!, ya no disfrutaba su comida, ya no podía dormir. Así siguieron las cosas, semana tras semana.

¿Cómo podía mostrarle a Pata que la quería?

—Tengo que hacer algo que nadie más pueda hacer —decidió—. ¡Romperé el récord mundial de salto de altura! Mi Pata querida estará muy sorprendida, y entonces me amará también.

Sapo empezó a entrenarse de inmediato. Practicó el salto día tras día. Saltó más y más alto, hasta que llegó a las nubes. Ningún otro sapo en el mundo había logrado jamás saltar tan alto.

—¿Qué le pasará a Sapo? —preguntó Pata preocupada—. Saltar así es peligroso. Puede hacerse daño.

Pata tenía razón.

Trece minutos después de las dos, un viernes por la tarde, algo pasó. Sapo estaba dando el salto más alto de la historia, cuando perdió el equilibrio y cayó a tierra.

Pata, que pasaba justo en ese momento, lo vio y fue corriendo a ayudarlo; Sapo casi no podía caminar. Pata lo ayudó con mucho cuidado, y lo acompaño a su casa. Lo cuidó tiernamente.

—¡Ay, Sapo! Te has podido matar —dijo—. Tienes que ser más cuidadoso. ¡Me gustas tanto! Finalmente, Sapo se armó de valor.

—Tú también me gustas mucho, querida Pata —tartamudeó—. Su corazón hacía tunk tunk más rápido que nunca, y su cara se puso verde, muy verde.

Desde entonces, un sapo verde y una pata blanca se aman tiernamente.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Sapo enamorado» con la voz de Angie Bello Albelda

El ruido que oyó la liebre

Ilustración: Daicelf

Nuestra amiga Marga G. nos descubrió la jataka 322 y nos gustó tanto que, después de editarla, decidimos compartirla con vosotros.

Hace mucho, mucho tiempo, en la India, en un espeso bosque de palmeras y belli, vivía una liebre.

Cierto día, descansaba la liebre bajo una palmera cuando, de pronto, pensó: «¿Y si la tierra se hundiera de repente? ¿Qué sería de mí?».  Justo en ese instante, mientras esa idea tomaba forma en su mente, uno de los frutos del árbol decidió soltarse de la rama en la que estaba y fue a estrellarse contra el suelo, no muy lejos de donde se encontraba la liebre, con un fuerte «¡Plof!».

Sobresaltada por el tremendo ruido, la liebre se levantó de un salto y empezó a gritar mientras huía despavorida del lugar:

—¡La tierra se hunde! ¡La tierra se hunde! —Y sin mirar hacia atrás, emprendió una rauda carrera, ¡pies para qué os quiero!

Una liebre amiga suya, al verla correr como si en ello le fuera la vida, le preguntó atemorizada:

—¿Qué pasa, compañera? —Y comenzó a correr tras ella.

«¡Mejor no preguntes!», jadeó la primera liebre. Esta respuesta asustó aún más a la segunda liebre, que aceleró el paso para pedir más información:

—¡Cuéntame qué sucede!

Sin detener su fuga, la primera liebre respondió entre jadeos:

—¡La tierra se hunde!

Y ambas liebres, espantadas, corrieron juntas.

Su miedo era tan contagioso, que otras compañeras, al verlas, se unieron a la carrera. De tal modo que, en poco tiempo, todas las liebres de aquel bosque estaban huyendo juntas.

Cuando aquella comitiva asustada pasaba cerca de algún animal, este preguntaba curioso:

—¿Por qué corréis? ¿Qué ocurre?

A lo que ellas respondían a coro:

—¡La tierra se hunde!

Y los animales también empezaban a correr, temiendo por sus vidas.

De este modo, a las liebres pronto se unieron manadas de venados, jabalíes, alces, búfalos, bueyes salvajes y rinocerontes, una familia de tigres y algunos elefantes.

Cuando la multitud animal pasó cerca de donde el león reposaba, este se despertó por el ruido, abrió un ojo y quedó muy extrañado al verlos.

Tan rápido como solo él era capaz de correr, los adelantó y haciendo frente a aquella estampida que se le venía encima, rugió tres veces. Al oír su poderosa voz, los animales frenaron su enloquecida carrera y se detuvieron. Jadeantes se amontonaban, mirando hacia atrás asustados.

El león se acercó y les preguntó:

—¿Qué ocurre?

—¡La tierra se hunde! —respondieron todos a una.

Al conocer la causa de su huida, pensó: «Eso no es posible; la tierra no se hunde. Seguramente los asustó algún ruido extraño que no supieron de dónde procedía. Como sigan corriendo así, se van a matar. ¡Debo salvarlos!».

—¿Quién vio cómo se hundía? —preguntó.

—Los elefantes lo vieron —respondieron algunas voces.

Al preguntar a los elefantes, estos dijeron:

—Los tigres lo vieron.

Los tigres dijeron:

—Los rinocerontes lo vieron.

Los rinocerontes dijeron:

—Los bueyes salvajes lo vieron.

Los bueyes salvajes dijeron:

—Los búfalos lo vieron.

Los búfalos dijeron:

—Los alces lo vieron.

Los alces dijeron:

—Los jabalíes lo vieron.

Los jabalíes dijeron:

—Los ciervos lo vieron.

Los ciervos dijeron:

—Nosotros no lo vimos, pero las liebres lo vieron.

Cuando el león preguntó a las liebres, estas señalaron a una liebre en particular y dijeron:

—Ella lo vio. Fue ella la que nos lo contó a nosotras.

El león, entonces, dirigiéndose a la primera liebre preguntó:

—¿Es cierto que tú has visto cómo se hundía la tierra?

—Sí, señor, yo lo vi —afirmó la liebre.

—¿Dónde estabas cuando lo viste?

—En el bosque, en un palmeral mezclado con belli. Estaba descansando bajo una palmera y pensé: «¿Y si la tierra se hundiera de repente? ¿Qué sería de mí?». Justo en ese momento, oí el ruido atronador que hace la tierra al hundirse y hui.

Con esta explicación, el león creyó comprender lo que había ocurrido realmente, pero como deseaba estar seguro de sus conclusiones para poder demostrar la verdad a los otros animales, habló con calma y propuso:

—¿Qué te parece si vamos tú y yo a ese lugar y comprobamos si de verdad se está hundiendo la tierra? —Y dirigiéndose al resto de los animales añadió—. Vosotros, entretanto, esperad aquí nuestro regreso.

El león montó la liebre sobre su espalda y desanduvo el camino para regresar al lugar donde todo había comenzado.

Al llegar allí le pidió a la liebre:

—Llévame al punto exacto en el estabas cuando se empezó a hundir la tierra.

—¡No me atrevo! —dijo. Después, añadió señalando con la pata—. Fue allí. Allí estaba cuando escuché ese ruido espantoso.

El león se dirigió hacia donde le indicaba y distinguió el lugar en el que la liebre había estado echada sobre la hierba y, muy cerca, vio el fruto maduro que había caído de la palmera. Comprobó, cuidadosamente, que la tierra no se estuviera hundiendo, volvió a montar la liebre sobre su espalda y regresó al lugar donde esperaban los animales para contarles lo ocurrido.

Más tranquilos, fueron regresando a sus hogares y reanudaron sus rutinas. Se habían puesto inútilmente en peligro por dar crédito a rumores infundados en lugar de tratar de averiguar ellos mismos la verdad. Ciertamente, si no hubiera sido por el león, no sabemos dónde, cómo, ni cuándo hubiera acabado aquella loca huida.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «El ruido que oyó la liebre» con la voz de Angie Bello Albelda

Apartamento en alquiler

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Ilustración: Shmuel Katz

En un hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Pero… ¿quién vive en esa torre?

En la primera planta, vive una gallina rechoncha. Se pasa la vida en casa, dando vueltas en la cama. Está tan gorda, que le cuesta andar.

En la segunda planta, vive la señora cucú, todo el día se pasea; visita a sus hijos, que viven en otras casas.

En la tercera planta, vive una gata negra muy limpia, acicalada. En el cuello luce una cinta.

En la cuarta planta, vive una ardilla que, con parsimonia y alegría, casca nueces todo el día.

Y en la quinta planta, vivía el señor ratón. Pero hace una semana empacó sus pertenencias y se marchó. Nadie sabe adónde. Nadie sabe por qué.

Los vecinos de la torre han escrito un cartel, han clavado un clavo en la puerta y han colgado el cartel del clavo:

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Y he aquí, que por senderos, caminos y carreteras desfilan hacia la torre nuevos inquilinos.

Primero llega una hormiga, sube a la quinta planta y lee el letrero. Abre la puerta, entra y mira a su alrededor.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

—Me gusta.

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros, hormiga!

—No, no me quedo.

—¿Por qué?

La hormiga contesta:

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir yo, la hormiga, en la misma casa que una gallina perezosa? Todo el día en la cama dando vueltas, tan gorda y pesada que casi ni puede andar.

La gallina se ofende y la hormiga se marcha.

Se marcha la hormiga; llega una liebre.

Muy veloz sube a la última planta. Lee el cartel, abre la puerta, entra y observa.

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta

—Entonces… ¡quédate con nosotros, liebre!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir aquí, yo, una madre de veinte lebratos. con una cucú que abandona a sus hijitos? Todos creciendo en nidos desconocidos, todos abandonados, todos desamparados. ¡¿Qué ejemplo daría a los niños?!

La cucú se ofende y la liebre se marcha.

Se marcha la liebre; llega un cerdo.

Lee el letrero: «Apartamento en alquiler», y después de leerlo, sube pesadamente y abre la puerta.

Se queda de pie, observando con sus pequeños ojillos las paredes, el techo y las ventanas.

Todos los vecinos acuden a recibirlo amablemente:

—¿Te gusta el apartamento?

—Me gusta.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta, ¡a pesar de que no está sucia!

—¿Te gusta el pasillo?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

— No, no me quedo.

—¿Por qué?

—No me gustan los vecinos. ¡¿Cómo voy a vivir yo, un cerdo rosado, descendiente de cerdos rosados desde que el mundo es mundo, junto a una gata negra?! Ni me sentiría cómodo, ni sería apropiado para mí.

Gritan los vecinos:

—¡Fuera de aquí! ¡Vete, cerdo! Tampoco sería cómodo ni apropiado para nosotros que te quedaras.

Se marcha el cerdo y llega una ruiseñor.

Canta con voz melodiosa. La ruiseñor sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, observa el apartamento, las paredes, el techo…

Todos los vecinos acuden a recibirla amablemente:

—¿Te gustan las habitaciones?

—Me gustan.

—¿Te gusta la cocina?

— Me gusta.

—Entonces… ¡quédate con nosotros!

—No, no me quedo. Los vecinos no me gustan. ¿Cómo voy a vivir con calma y tranquilidad si la ardilla se pasa el día cascando nueces? ¡El ruido se oye desde lejos! ¡Terrible y horrible! Mis oídos están acostumbrados a otros sonidos, únicamente canciones y melodías.

La ardilla se ofende y la ruiseñor se marcha.

Se marcha la ruiseñor y llega una paloma.

Rápidamente, sin demora, sube a la última planta. Lee el letrero, abre la puerta, entra y observa.

—¿Te gustan las habitaciones?

—Las habitaciones… son estrechas.

—¿Te gusta la cocina?

—La cocina me gusta, aunque no es muy amplia.

— ¿Te gusta el pasillo?

—Hay muchas sombras; es un pasillo sombrío.

—Entonces… no te quedas con nosotros.

—¡Me quedo!, Y me quedo de buena gana porque me gustan los vecinos. La gallina es de buena cresta; la cucú, tan preciosa, la gata, tan limpia; y la ardilla, con sus nueces, sabe ser feliz. Yo creo que podemos vivir juntos en buena compañía, en paz y armonía.

La paloma alquiló el apartamento y, día tras día, arrulla en su casa.

Así, en este hermoso valle, entre viñas y huertas, se yergue una torre de cinco plantas. Y en la torre, hasta hoy, viven en paz buenos vecinos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Apartamento en alquiler” con la voz de Angie Bello Albelda

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La tortuga, el conejo y el pingüino

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Ilustración: Linda Weller

Una tarde de un caluroso día de verano, estaban sentados en la playa de una isla una tortuga gigante, un conejo y un pingüino.

En el extremo opuesto de la isla había un faro.

—¡Hagamos una carrera hasta el faro! —propuso el conejo.

—Podemos intentarlo —contestó el pingüino.

—Una tortuga, un conejo… ¡y además un pingüino! Sería casi como en la fábula de Esopo —dijo la tortuga.

Y después, se puso a contar:

—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!… ¡Ya!

El conejo empezó a correr. El pingüino salió tras él y la tortuga se arrastró como una oruga; despacio, pero sin pausa.

Así marcharon hasta legar a un gran estanque.

Al llegar allí, el conejo y la tortuga no sabían cómo cruzar. Si daban un rodeo tardarían mucho rato.

Entonces, el pingüino, decidió ayudar a sus amigos. Le dijo a la tortuga que se agarrara de su cola y así no se hundiría en el agua. Después, el conejo subió sobre el caparazón de la tortuga y el pingüino empezó a nadar en línea recta para atravesar el lago, manteniendo la cabeza bien tiesa fuera del agua, como si fuera un pato.

Al llegar a la orilla, los amigos se miraron entre sí y, aunque pensaron que aquella travesía no podía considerarse una competición, decidieron que había sido muy bonito ayudar a un amigo.

Después, decidieron reemprender la carrera hasta el faro.

Poco después, se toparon con una pared muy alta que se interponía en su camino.

La tortuga y el pingüino no podían, ni en sueños, saltar por encima de ella, así que el conejo decidió ayudar a sus rivales.

Se apoyó sobre las patas traseras y extendió, tanto como pudo, su cuerpo contra la pared. De este modo, apoyándose en él, el pingüino y la tortuga pudieron trepar, con mucho cuidado, sobre su espalda como si fuera una rampa.

Cuando los dos estuvieron sobre el muro, el conejo dio un gran salto y pasó al otro lado. Volvió a apoyarse contra el muro y la tortuga y el pingüino descendieron tal y como habían subido.

Los tres amigos se estrecharon las manos y reemprendieron su carrera hacia el faro.

Sin embargo, un nuevo obstáculo apareció ante ellos. Unos espesos matorrales de arbustos espinosos se interponían en su camino.

El pingüino y el conejo no se atrevían a acercarse a las plantas para no pincharse. Entonces, la tortuga decidió ayudarlos.

Sin miedo, se internó en la espesura y con su fuerte mandíbula comenzó a cortar las ramas de los arbustos y fue abriendo un estrecho camino para que sus compañeros pudieran pasar. Después, volvió sobre sus pasos y con su cuerpo, como si fuera un pequeño tractor, fue aplastando las hierbas que quedaban para que la liebre y el pingüino pudieran seguir tras sus pasos sin hacerse daño.

Al llegar al otro lado de la espesa zarza, el pingüino, el conejo y la tortuga se abrazaron.

De nuevo juntos, reemprendieron andando su carrera hacia el faro, y se iban esperando unos a otros, hasta que fueron llegando a la meta. Se pararon antes de atravesar la línea. El primero que habló fue el conejo:

—Después de ti —le dijo a la tortuga.

—Tú primero —repuso esta, mirando al pingüino.

—Pasa tú antes —sugirió él.

Cruzaron a la vez la línea de meta y se dirigieron juntos hacia el faro mientras pensaban que no siempre es el más rápido el que gana, ni siquiera el más lento y más constante, sino que había sido la ayuda mutua lo que había permitido a los tres triunfar en aquella carrera.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La tortuga, el conejo y el pingüino” con la voz de Angie Bello Albelda

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La liebre y la tortuga

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Ilustración: Fabulandia

Mientras la tortuga mordisqueaba con parsimonia las hojas de los pastos tiernos y se calentaba al sol, su vecina, la liebre, no se estaba quieta ni un minuto. Recorría sin parar el verde prado. Le parecía mentira que alguien pudiera pasar la vida tranquilamente en un solo lugar.

Un día, después de haber saltado y brincado durante toda la mañana, se acercó a la tortuga y le dijo en tono sarcástico:

—¿No querrías dar un paseíto conmigo, querida vecina?

—¿Contigo?, ¿corriendo como una desesperada? ¡No, gracias! ¡Ni pensarlo! Cuando me apetece pasear, lo hago con calma y disfruto del paisaje.

—Con razón empleas tantas horas en recorrer la distancia que yo cubro en cuatro saltos.

—¿Y qué necesidad hay de correr tanto? Pasito a pasito también se llega.

—¡Excusas! ¡Eso lo decís todos los que sois lentos!

—¿Quieres convencerte de que despacio también se llega? ¿Quieres echar una carrera conmigo?

La liebre se quedó muy sorprendida por el desafío de la tortuga, pero enseguida se puso a reír a carcajadas. En ningún momento pensó que la propuesta fuera en serio, pero la aceptó para divertirse un rato.

El reto de la tortuga llegó a oídos del resto de animales, que se congregaron alrededor de las dos vecinas para presenciar la carrera. Se fijó el recorrido y clavaron una bandera para marcar la meta. Cuando todo estuvo listo, comenzó la competición entre fuertes aplausos.

La tortuga empezó a andar lentamente pero la liebre, que confiaba en su velocidad, se quedó atrás conversando con el resto de animales. Les decía que tenía todo el tiempo del mundo, porque era la más veloz y la carrera ya estaba ganada.

Después de un buen rato, empezó a correr. Corría tan veloz como el viento y no tardó en alcanzar a la tortuga, que iba muy despacito, aunque sin parar. Al pasar por su lado le dijo riendo:

—¡Adiós, lenta!

Como la liebre había adelantado muchísimo, se detuvo junto al camino a descansar y cuando la tortuga pasó por su lado se burló de ella una vez más:

—¡No corras tanto, que te harás daño!

Volvió a dejar que se adelantara y, de nuevo, emprendió su veloz marcha para darle alcance.

Varias veces se repitió la misma escena pero, a pesar de las burlas, la tortuga seguía su camino sin hacer caso y sin detenerse.

Era la hora de la siesta y un sol abrasador calcinaba la tierra, así que la liebre se dijo:

—Hace demasiado calor ahora y la tortuga solo habrá recorrido la mitad del camino, me pararé a descansar. Dentro de un rato, cuando el sol haya bajado un poco, empezaré a correr. La alcanzaré enseguida.

Se tumbó bajo un árbol y ahí se quedó dormida.

Entre tanto, pasito a pasito, la tortuga siguió adelante, sin abandonar su camino en ningún momento.

Pasaron las horas y el sol se puso. La liebre se despertó y echó a andar. Al principio avanzó a saltitos cortos, pero al no ver a la tortuga apresuró el paso.

—Es imposible que esa lenta haya avanzado tanto. ¿O es que se habrá arrepentido del desafío y ha abandonado la carrera?

A medida que su duda aumentaba, la liebre aceleraba su paso, hasta que llegó a la meta sudorosa y con la lengua fuera. Miró a su alrededor y exclamó:

—Lo que yo decía. Se ha rendido. Ha comprendido que yo soy la mejor y que a mí no hay quien me gane.

Dicho esto, se sentó sobre una piedra a descansar. De pronto, la piedra se movió y empezó a hablar:

—¡Eh, liebre, ¿por qué te has sentado sobre mi caparazón?

Era la alegre voz de la tortuga. Hacía ya un buen rato que había llegado a la meta.

FIN