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La fábula del tonto

Ilustración: relyon

Cuenta una vieja leyenda, que en un lejano pueblo, vivía un pobre tonto; un infeliz de pocas luces, que subsistía haciendo pequeños recados a sus vecinos y pidiendo alguna limosna.

La gente del pueblo se divertía a menudo a su costa. Tenían la mala costumbre de burlarse de él.

A diario, algunos habitantes llamaban al tonto a la plaza mayor, donde la gente se reunía después de trabajar, y le ofrecían escoger entre dos monedas: una muy grande, que valía 10 céntimos, y otra más pequeña, pero que valía 50 céntimos. El tonto siempre escogía la moneda más grande y menos valiosa, ante las burlas y risas de todos, que no paraban de decir que era tonto sin remedio. Había nacido tonto y moriría tonto.

Un día, acertó a pasar por ahí un extranjero, que presenció cómo el grupo de gente se divertía a costa del pobre muchacho. Alguien le contó al forastero que, desde hacía años, cada tarde se repetía la misma historia: le daban a elegir al tonto entre las dos monedas y él, invariablemente, elegía siempre la de menos valor.

Cuando acabó el numerito de cada día, el visitante, compadecido, llamó aparte al tonto y le preguntó que si, después de tanto tiempo, todavía no se había dado cuenta de que la moneda más grande valía menos. A lo que el tonto le respondió:

—¡Pues claro que me he dado cuenta! Tan tonto no soy. Sé perfectamente que la moneda grande vale menos que la pequeña, pero el día que escoja la pequeña, se acabó el jueguecito y yo ya no ganaré ni un céntimo más —Y, guiñándole un ojo, se alejó, muy contento, con su moneda en el bolsillo.

El extranjero, después de reflexionar en lo que le había dicho el tonto, sacó varias conclusiones:

Primera, el que parece tonto no siempre lo es.

Segunda, ¿era, en realidad, el tonto el verdadero tonto de la historia?

Tercera, la ambición desmedida puede terminar con tu principal fuente de ingresos.

Cuarta, aunque los demás no tengan una buena opinión de ti, puedes ser muy feliz.

Quinta, lo que de verdad importa es lo que uno cree de sí mismo.

El viajante regresó a su casa pensando en el tonto y en que la persona verdaderamente inteligente es aquella que aparenta ser tonta ante una persona tonta que aparenta ser inteligente.

FIN

El hombre necio que vendió su barba

Ilustración: sharandula

Había una vez dos mercaderes que eran amigos. Uno de ellos era listo y el otro era tonto. El mercader listo era tan listo que no tenía ni un pelo de tonto, tanto era así, que era completamente barbilampiño. El otro mercader, en cambio, tenía una larga y poblada barba. Podéis estar bien seguros de que la suya era una barba tan hermosa como pocas veréis.

Un día, estaban los dos sentados charlando y el mercader que no tenía barba le dijo al barbudo:

—Oye, amigo, ¿te gustaría venderme tu barba?

El mercader de la barba pensó que aquel era un negocio inmejorable y contestó:

—Sí, ¿por qué no? Si me la pagas bien, tuya es.

—Te daré lo que me pidas por esa hermosa barba que luce tan bien en tu cara.

—Fija tú el precio. Hace años que te conozco y estoy seguro de que serás justo y no me estafarás —dijo el barbudo.

—De acuerdo. Te daré un buen montón de monedas de oro, pero con una condición: quiero que la barba siga creciendo en tu cara, aunque seré yo quien la cuide. También decidiré cómo debe crecer, cómo se habrá de peinar, qué perfume poner en ella y cuándo cortarla. Todo se hará según mis deseos y tú no tendrás derecho a decir nada. La barba será totalmente mía. Si alguien te dice «¡qué barba tan bonita tienes! », tú deberás responder sin perder ni un segundo, «lo siento, pero esta barba no es mía, es de mi vecino el mercader barbilampiño y tal y cual». Y contarás todo lo que yo hago por ella. Eso es lo que tendrás que decir.

Al barbudo le pareció bien, así que no puso ninguna objeción.

—Perfecto —dijo—. Puedes encargarte de cuidar mi barba… quiero decir, ¡tu barba! Sin duda, a partir de ahora me saldrá mucho más barata.

Como estaban de acuerdo, redactaron un contrato y el mercader barbilampiño le pagó una buena suma al otro.

A partir de ese día, el barbilampiño fue muy exigente con el cuidado de la barba que había comprado en la cara de su vecino y no dejaba de enseñársela a todo el mundo cada vez que le apetecía —lo cual ocurría muchas veces a lo largo del día—. Iba continuamente a retocar la barba que su amigo tenía en la barbilla y no le importaba que el otro tuviera compañía o que estuviese durmiendo. Y, en ocasiones, tampoco era excesivamente delicado con la propia barba y tiraba de ella sin miramientos. Unas veces la cortaba en ángulo recto, otras en zigzag. Un día vertía sobre ella un aceite dulcemente perfumado y al día siguiente la untaba con vete a saber tú qué.

Las quejas del sufrido vecino eran palabras al viento. Sus súplicas y lamentos se estrellaban contra un muro.

—¡Escucha, amigo mío! ¡Escúchame, por favor! ¿Has perdido el juicio? Te estás comportando como un loco. Deja ya de una vez la barba en paz.

— ¡Pues vaya! —gritaba enfadado el mercader que había comprado la barba—. ¡No haces más que quejarte y protestar! ¿Acaso quieres romper el contrato? Si lo haces, tendrás problemas. La ley está de mí parte. Recuerda que has firmado, así que cálmate. Esta barba me pertenece y tengo derecho a hacer con ella lo que me plazca. ¡Está escrito!

Y se ponía a tironear de ella sin compasión. Tiraba y tiraba hasta que el pobre barbudo ponía el grito en el cielo.

Pasaron los días. El mercader que había comprado la barba seguía atormentando y haciendo llorar al mercader que tenía la barba en su barbilla y llegó un día en el que este ya no pudo soportarlo más.

—Amigo mío, quiero que me devuelvas mi barba. Te lo suplico, deja que vuelva a ser mía. Mi vida se está convirtiendo en una auténtica pesadilla; preferiría vivir con el mismísimo diablo antes que seguir sufriéndote a ti.

—No digas tonterías. Yo estoy encantado con mi barba en tu barbilla. Es una barba estupenda, muy poblada y lustrosa. Mira lo fuertes que son las raíces —Y empezó a tirar de ella con fuerza—. Quiero conservarla. Más adelante quizá podamos hablar de lo que se puede hacer.

Así que siguió cuidando de la barba a su gusto y manera, cada vez con más insistencia y asiduidad, y el mercader barbudo ya no sabía qué hacer.

—¡Basta! ¡Quiero comprarte mi barba! —imploró un día desesperado— . Quiero recuperar mi barba, porque me estás volviendo loco. Devuélvemela y te pagaré lo que me pidas.

—¿Cuánto me ofreces?

—Te daré el doble de lo que me pagaste.

—¿Solo el doble por esta estupenda barba tan poblada y lustrosa? Tócala, tócala —decía mientras la palpaba con sus manos—. Lo siento, pero tienes que darme más, hermano.

—¡De acuerdo! ¡Dime cuánto quieres! Te daré lo que me pidas.

—¡Así se habla! Quiero que me des cuatro veces lo que yo pagué por ella. Ese es el precio justo de tu barba… sumado al de tu necedad.

El mercader barbudo pagó lo acordado y acto seguido, sin perder ni un solo instante, se fue al barbero y se afeitó la barba.

FIN

Jacobo bobo

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Ilustración: jonathannotario

En una vieja granja en medio del campo, vivía un anciano granjero que tenía dos hijos tan listos, que con la mitad habría sido suficiente. Los dos querían pedir la mano de la princesa, y osaban pretender tal cosa, porque ella había dicho a todo el mundo que tomaría por esposo a aquel que mejor conversara.

Los dos se prepararon durante ocho días, pues ese era el tiempo del que disponían. Aunque con eso bastaba y sobraba, pues ambos tenían una buena base, algo que siempre ayuda. Uno se sabía de memoria toda la Enciclopedia latina y, además, el periódico local de los últimos tres años, tanto del derecho como del revés. El otro se había familiarizado con las leyes gremiales, que recitaba de pe a pa, y amén de poder tratar cualquier asunto de Estado, también sabía bordar tirantes con arabescos, puesto que tenía tanta agilidad en la mente como en los dedos.

—¡La princesa será mi esposa! —dijeron ambos.

Convencido de ello, el padre entregó a cada uno de ellos un estupendo caballo. Al que se sabía la enciclopedia y los diarios, uno negro como el azabache, y al que era ducho en asunto gremiales y bordaba, uno blanco como la leche. Antes de partir, se untaron las comisuras de los labios con aceite de hígado de bacalao para hacerlas más flexibles. Estaban en esto, cuando apareció el tercer hermano, pues eran tres, aunque nadie contaba con el tercero, porque carecía de la erudición de los otros dos y lo llamaban, simplemente, Jacobo bobo.

—¿Adónde vais con el traje de los domingos? —preguntó.

—¡A palacio, a conquistar a la princesa con nuestra conversación! ¿Acaso no has oído lo que se dice? —y se lo contaron.

—¡Cáspita! ¡Yo también voy! —dijo Jacobo bobo mientras sus hermanos se reían en su cara y salían al galope.

—¡Padre, dame un caballo! —gritó Jacobo bobo—. Me están entrando ganas de casarme. Si la princesa me acepta, me habrá aceptado, y si no me acepta, la aceptaré yo. ¡Al fin y al cabo, viene a ser lo mismo!

—¡Qué sandeces dices! —exclamó el padre—. No te doy ningún caballo. ¡Pero si ni siquiera sabes hablar! Tus hermanos… ¡ellos sí pueden presentarse en palacio!

—Si no me das un caballo —dijo Jacobo bobo—, montaré el macho cabrío. ¡Es mío y puede conmigo!

Y tras decir esto, se sentó a horcajadas sobre el animal, le clavó los talones en los ijares y salió a todo correr camino adelante. ¡Y cómo corría!

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! —dijo Jacobo bobo, y se puso a cantar a voz en grito.

En cambio, los hermanos marchaban en silencio, concentrados; tenían que idear lindezas estupendas, ¡debía estar todo muy estudiado!

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! —gritó Jacobo bobo-. ¡Mirad lo que he encontrado!

Y les mostró una corneja muerta que había recogido.

—¡Lerdo! —dijeron ellos—. ¿Qué harás con eso?

-¡Voy a regalársela a la princesa!

—¡Eso, hazlo! —se burlaron y siguieron cabalgando.

—¡Voy que voy! ¡Allá voy! Mirad lo que he encontrado ahora, ¡cosas así no se encuentran todos los días!

Los hermanos se volvieron de nuevo para ver lo que era.

—¡Gaznápiro! —exclamaron—. ¡Pero si es un zueco viejo! ¿También se lo regalarás a la princesa?

—¡Pues claro! —dijo Jacobo bobo.

Los hermanos, después de desternillarse de la risa, siguieron cabalgando y se adelantaron un buen trecho.

—¡Voy que voy! ¡Allá voy!  —gritó Jacobo bobo—. ¡Esto va cada vez mejor!

—¿Qué has encontrado ahora, zoquete? —preguntaron los hermanos.

—¡Oh! —dijo Jacobo bobo—. ¡Es demasiado bueno para decirlo! ¡Cómo se alegrará la princesa!

—¡Pero qué asco! —exclamaron los hermanos—. ¡Es barro de la cuneta!

—¡Exactamente!  Y de tan buena calidad, ¡que se me escurre entre los dedos! —Y diciendo esto, se llenó los bolsillos.

Los hermanos pusieron sus caballos a galope y se adelantaron más de una hora. Se detuvieron ante las puertas de la ciudad, donde a los pretendientes se les iba asignando un número a medida que llegaban y se los colocaba en filas de a seis, pegados unos a otros de tal forma, que no podían mover ni los brazos. ¡Suerte!, pues si no se habrían enzarzado en una pelea solo porque unos estaban antes que los otros.

El resto de habitantes se agolpaba alrededor del palacio y se encaramaba a las ventanas para ver cómo la princesa recibía a los pretendientes.

Cada vez que uno entraba en la sala, parecía que se le hacía un nudo en la garganta y perdía el don de la elocuencia.

—¡No sirve! —decía la princesa—. ¡Fuera!

Le llegó el turno al hermano que se sabía la enciclopedia, más a fuerza de hacer cola se le había olvidado por completo; el suelo crujía y el techo era todo de espejo, así que se veía a sí mismo cabeza abajo. Además, junto a cada ventana había tres escribanos y un corregidor tomando nota de todo lo que se decía para publicarlo enseguida en el periódico, que se vendía a dos céntimos en todas las esquinas. Aquello era terrible y, para colmo, ¡ardía tal fuego, que la estufa estaba al rojo vivo!

—¡Qué calor hace aquí! —dijo el pretendiente.

—Es porque mi padre ha mandado asar unos pollos —contestó la princesa.

—¡Ah!

Y eso fue todo. No fue capaz de decir ni una palabra más, por más que le hubiera gustado decir algo ingenioso.

—¡No sirve! —dijo la princesa—. ¡Fuera!

Y se marchó. Llegó el turno del otro hermano.

—¡Aquí hace un calor terrible! —dijo.

—Sí, estamos asando unos pollos —contestó la princesa.

—¿Cómo di… ? ¿Qué di…? —preguntó. Y los escribanos anotaron: «¿Cómo di… ? ¿Qué di…? ».

—¡No sirve! —dijo la princesa—. ¡Fuera!

Y le tocó a Jacobo bobo, que se plantó en mitad de la sala a lomos de su macho cabrío.

—¡Esto es un horno! —exclamó.

—Porque estamos asando unos pollos —contestó la princesa.

—¡Pues fantástico! —dijo Jacobo bobo—, ¿pueden, de paso, asar mi corneja?

—¡Con mucho gusto! —dijo la princesa—. Pero ¿traes algo para asarla? ¡Yo no tengo sartén!

—¡Yo sí! —respondió Jacobo bobo—. ¡Aquí traigo un recipiente! —y diciendo esto, sacó el zueco roto y puso encima la corneja.

—¡Vaya banquete! —dijo la princesa—. ¡Lástima de salsa!

—¡Yo llevo en el bolsillo! —dijo Jacobo bobo—. ¡Tengo para dar y tomar!

Y sacó del bolsillo un puñado de barro.

—¡Me gusta! —dijo la princesa—. ¡Tienes respuestas para todo! ¡Sabes hablar y te quiero por esposo! Pero ya sabes que cada palabra que decimos y hemos dicho se anota y saldrá en el periódico. ¡Mira!, junto a cada ventana hay tres escribas y un corregidor, y ese es el peor, ¡porque no entiende nada!

Aquello lo dijo solo para atemorizar al pretendiente. Los escribas se rieron y dejaron caer tinta sobre el suelo.

—Son aquellos señores de allí, ¿verdad? —preguntó Jacobo bobo—. ¡Pues el corregidor se llevará la mejor parte!

Y vaciándose los bolsillos, les tiró el barro a la cara.

—¡Bien hecho! —dijo la princesa—. ¡Yo no me hubiera atrevido! ¡Pero aprenderé!

Así fue como Jacobo bobo se casó con una auténtica princesa, fue coronado y llegó a rey.

Y toda esta historia acabamos de leerla en el periódico del corregidor, ¡así que no sabemos si es muy fiable!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Jacobo bobo» con la voz de Angie Bello Albelda

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Un negocio redondo

En el País de Listalante, donde todo el mundo es muy listo, vivieron, en inmemoriales tiempos, dos amigos.

Desde muy pequeños, Canuto y Torcuato, que así se llamaban, fueron inseparables. Como lo suyo no era construir suntuosos castillos, ni escribir imperecederas obras literarias, ni componer conmovedoras óperas, ni embelesar con apasionados discursos, que era a lo que se dedicaban los habitantes de Listalante, decidieron ponerse a trabajar en aquello que les gustaba de verdad: Torcuato de zapatero y Canuto de basurero.

Ambos eran muy felices, porque amaban su trabajo y disfrutaban haciéndolo, pero la gente de Listalante los despreciaba, porque consideraba que su labor era servil y carecía de importancia.

Tanto oyeron Canuto y Torcuato que eran tontos, que su trabajo era inútil y que no servían para llevar a cabo grandes empresas, que acabaron por creerlo. Así que, un día, decidieron cambiar de vida para conseguir fama y dinero y, de ese modo, ser aceptados por sus vecinos de Listalante.

Los dos amigos, dando un paseo por el bosque cercano al pueblo, empezaron a cavilar sobre el modo de ganarse la vida en el futuro.

Ya habían desechado bastantes ideas, cuando Torcuato exclamó:

– ¡Canuto, ya lo tengo! ¡¿Por qué no nos dedicamos a los negocios?!

– ¡Genial idea, Torcuato!… Pero, el caso es que casi no tenemos dinero.

– No hace falta mucho dinero. Lo único que tenemos que hacer es juntar las monedas que hemos ahorrado y comprar naranjas con ellas. Luego las venderemos, ganaremos mucho dinero y reinvertiremos las ganancias en más naranjas. Y así, hasta conseguir tener un negocio próspero.

– ¡Excelente proposición, amigo mío!

Y así lo hicieron. Reunieron todo el capital que habían obtenido con su trabajo y emprendieron el largo viaje hacia la vecina localidad de Naranjales. Una vez allí, con las treinta y una monedas que habían conseguido reunir, le compraron a un agricultor una cesta con treinta naranjas, a moneda la naranja, y aún les sobró una moneda.

Para no cansarse con el peso, acordaron que cada uno llevaría la cesta durante media hora y, animosos, emprendieron la marcha.

Después de dos horas de caminar sin ver a nadie, Torcuato le dijo a Canuto, que era el que en ese momento llevaba la cesta:

– Canuto, tengo mucha sed. Como llevo la moneda que nos ha sobrado en el bolsillo, ¿qué te parece si me vendes una naranja? Después de todo, a ti te da lo mismo venderla a un extraño que vendérmela a mí, ¿no?

Canuto, después de meditarlo, no vio inconveniente, así que le vendió a Torcuato la naranja y se puso la moneda en el bolsillo.

Pasada media hora, le tocó a Torcuato llevar la cesta y entonces fue Canuto el que dijo:

– Pues yo también tengo sed, así que ahora véndeme tú a mí una naranja y yo te doy la moneda.

Torcuato le vendió la naranja a Canuto y se guardó la moneda en el bolsillo.

Pasaron las horas y la moneda fue pasando de uno a otro bolsillo, hasta que las naranjas se terminaron. Entonces Canuto exclamó:

– ¡Oye, Torcuato!, ¡que nos hemos quedado sin género!

– ¡Claro! Lo hemos vendido todo.

– Pues yo solo tengo una moneda.

– ¡Imposible! Había treinta naranjas, a moneda la naranja… son treinta monedas, más la moneda que nos sobraba… en total treinta y una monedas.

Por más vueltas que le dieron, por más que contaron, sumaron, restaron, multiplicaron y dividieron solo apareció una moneda.

Decepcionados, arruinados y muy tristes, por la poca pericia que ambos tenían para los negocios, decidieron regresar a su país y aceptar que habían fracasado.

Cuál no sería su sorpresa cuando, al llegar allí, se encontraron con un desolador espectáculo. Durante su ausencia, montañas de basura se habían acumulado por doquier, y un olor nauseabundo flotaba en el aire. La gente, lamentándose, andaba descalza entre la suciedad, porque sus zapatos se habían roto hacía tiempo y no había nadie que los arreglara.

Cuando los vieron llegar, los habitantes de Listalante, los aclamaron como a héroes. Entre abrazos y vítores, los llevaron a hombros por toda la población mientras coreaban sus nombres.

Y es que, durante la ausencia de los dos amigos, los habitantes del pueblo habían comprendido que, para que el país funcionara, no solo eran necesarios los grandes artistas y científicos; también eran necesarios los buenos artesanos.

Desde aquel día, Canuto y Torcuato volvieron a dedicarse a lo que de verdad les gustaba y fueron muy felices haciendo aquello que sabían hacer tan bien.

FIN

El tesoro de los tres hermanos

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Había una vez tres hermanos que vivían en un pequeño pueblo. A uno lo llamaban el Largo, a otro el Gordo, y al tercero el Tonto.

El Largo, cansado de vivir en aquel pueblecito aburrido, dijo a sus hermanos:

—Voy a recorrer el mundo en busca de fortuna —Y se puso en camino.

No había llegado muy lejos cuando se quedó sin dinero y empezó a preocuparse. ¿Qué comería al día siguiente?

Estaba pensando en esto cuando, por el camino del bosque, apareció un viejecito que le preguntó:

—¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan preocupado?

—Tengo hambre, estoy sin dinero y no tengo trabajo.

—Todo tiene solución. Ven conmigo, te daré de comer.

Después el viejo dijo:

—Si quieres, también puedo darte trabajo y aunque no tengo dinero, tendrás una justa recompensa por lo que hagas.

El Largo aceptó. Finalizado el trabajo, el anciano abrió un armario y sacó una mesita.

—Esta es una mesa mágica —prosiguió el viejecito— cuando le ordenes: «¡Mesita, tiéndete!», se cubrirá de manjares. Trata de mantener el secreto y no te separes de ella.

Contento con el regalo, el Largo se despidió muy agradecido.

Anochecía ya cuando llegó a una aldea cercana a su pueblo, así que el joven decidió pasar allí la noche. Al llegar al hostal, el hostelero le preguntó:

—¿No quieres nada para cenar?

—No, gracias, no lo necesito. Un anciano me ha regalado esta mesita, que es mágica. Observa.

Y acto seguido le ordenó a la mesa:

—¡Mesita, tiéndete!

En el acto apareció un mantel de seda rosa y sobre el mantel deliciosos manjares, a cual más apetitoso.

El hostelero, asombrado, se dijo a sí mismo:

—Esto es justamente lo que yo necesito para mi negocio.

Estuvo toda la noche trabajando para hacer una mesita exactamente igual y al día siguiente, sin que nadie lo notara, hizo el cambio.

Al llegar a su pueblo, el Largo contó sus aventuras y propuso celebrar un banquete:

—Invitemos a comer a todo el pueblo.

—¿De dónde sacaremos comida para tanta gente? —preguntaron sus hermanos.

—No os preocupéis. ¡Que vengan todos! Sobre esta mesita aparecerá todo lo necesario.

Cuando los invitados estuvieron reunidos en torno a la mesa, el Largo dijo:

—¡Mesita, tiéndete!

La gente se quedó mirando, y pensó que el chico se había vuelto loco. Sobre la mesa no apareció nada. Su dueño repitió varias veces:

—¡Mesita, tiéndete! ¡Mesita, tiéndete! ¡Mesita tiéndete!

Los invitados empezaron a reírse, pensando que era una broma. El Largo quedó tan avergonzado que decidió no correr más aventuras.

Tiempo después, el segundo de los hermanos decidió recorrer el mundo. También el Gordo encontró al generoso anciano en el camino del bosque. Fue a su casita y le hizo algunos trabajos. Al despedirse, el dueño de la casa le regaló un burro.

—Como no tengo dinero para pagarte por tu trabajo, te regalo este burrito. No parece gran cosa, pero es mágico. Cada vez que le digas: «¡Estornuda!», estornudará monedas de oro.Trata de mantener el secreto y no te separes de él.

El Gordo agradeció el valioso regalo y se alejó más contento que unas pascuas. Al llegar a la hostería en que se había alojado su hermano, decidió pasar allí la noche, pero el hostelero, que era muy desconfiado, le exigió el pago por adelantado. El Gordo exclamó:

—¡No hay problema! ¡Ahora mismo te pago! Un anciano me ha regalado este burrito, que es mágico. Observa —y ordenó al burrito—. ¡Estornuda!

¡Cuál no sería la sorpresa del hostelero cuando vio que el animal sacaba monedas de oro por la nariz!

—Ese burro tiene que ser mío —Pensó.

Pasó toda la noche buscando por la aldea un burrito parecido al de su huésped y cuando dio con él, lo cambió sin que nadie lo notara.

A la mañana siguiente,sin sospechar que el burro que llevaba no era el suyo, el Gordo se marchó a su casa.

—¡De hoy en adelante no nos faltará de nada! —dijo el joven a su familia—. Invitad a todo el pueblo; quiero hacer una gran fiesta para celebrar mi regreso. Habrá oro para todo y para todos.

Se celebró una gran fiesta en la que no faltó de nada y al final el Gordo llevó el burrito ante sus invitados y le ordenó:

—¡Estornuda!

El burro ni se movió.

—¡Estornuda! —repitió.

Pero el burro siguió sin hacerle caso.

Los invitados se partían de la risa. Todo el mundo pensó que era una broma del Gordo. Éste, muerto de vergüenza, no tuvo más remedio que ponerse a trabajar duramente para pagar las deudas que había contraído con el fastuoso banquete.

El tercer hermano, al que llamaban el Tonto, porque pensaba mucho y hablaba poco, se propuso averiguar qué estaba ocurriendo.

Muy de mañana, tomó el camino por el que se habían ido sus hermanos. Al llegar al bosque, encontró al mismo anciano, y este le ofreció trabajo y recibió como pago un bastón metido en un saco.

—No tengo dinero para pagar tu trabajo, pero aquí tienes un regalito. Es un bastón mágico que golpea cuando ordenas: «¡Sal del saco!».  Te defenderá de tus enemigos. Sólo dejará de pegar cuando le digas: «¡Vuelve al saco!».

El muchacho se marchó y por la noche llegó a la hostería en la que habían dormido sus hermanos y pidió una habitación. Le entregó el saco al hostelero para que lo guardase mientras él cenaba, advirtiéndole:

—Llévalo a mi habitación, por favor, y por nada del mundo digas: «¡Sal del saco!».

El hostelero, muy extrañado por la advertencia, preguntó:

—¿Hay un animal feroz dentro?

—No, no hay ningún animal —respondió el Tonto.

—¿Y a qué viene tanto secreto, entonces? ¿Hay un objeto de mucho valor? —insistió el preguntón, mientras iba palpando a través de la tela del saco.

—Ni es un animal, ni es un objeto de valor —respondió el Tonto.

—Entonces será algo extraordinario o mágico. De otra manera ¿cómo se explica tu recomendación de que no le ordene salir del saco?

El Tonto, harto de tantas preguntas, se encogió de hombros y se fue a cenar.

El hostelero se alejó de mala gana para llevar el saco a la habitación de su huésped. No se atrevía a abrirlo, pero su curiosidad venció su miedo. Al ver que se trataba de un vulgar palo, creyó que el Tonto le había tomado el pelo y ordenó al bastón:

—¡Sal del saco!

Una lluvia de bastonazos empezó a caer sobre su espalda y el hostelero se puso a gritar y a pedir socorro.

El Tonto, al verlo, se dijo: «¡Ahora lo comprendo todo!».

—¿Creías que era un gran tesoro y lo querías robar como hiciste con la mesita y el burro de mis hermanos? Pues ahora, ¡aguanta los bastonazos!

Quejándose de dolor, el hostelero pidió perdón y devolvió al Tonto la mesita y el burro.

Al volver a su casa, el joven a quien todos llamaban el Tonto, porque pensaba mucho y hablaba poco, maravilló al pueblo entero con la mesita, el burro y el bastón.

Los dos hermanos, que habían sido engañados por el hostelero, le preguntaron al Tonto cómo había descubierto la trampa. Pero el joven no dio explicaciones ni al Largo, ni al Gordo ni a nadie. Como de costumbre, ante las preguntas de los curiosos se encogía de hombros y callaba.

Desde entonces, la gente se guardó muy bien de llamar Tonto a aquel joven meditativo y silencioso, que pensaba mucho y hablaba poco.

FIN