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llorar

El pastelero triste

Ilustración: AuToFluXx

Si Ambrosio fuera un pastelero como los demás, elaboraría sus pasteles con azúcar, con almíbar o con sirope de arce. Pero, ¿qué puede hacer alguien que cuando llora endulza pañuelos y mangas de camisa? Pues aprovechar toda su tristeza para endulzar un poco la vida de los demás.

Precisamente por eso, fue que Ambrosio decidió dedicarse al noble arte de la pastelería; porque tenía un don muy especial: sus lágrimas eran dulces.

Ambrosio descubrió que de sus ojos brotaban lágrimas de caramelo el día que murió su abuela Federica, cuando su madre, para tratar de consolarlo porque no dejaba de llorar, decidió hornear sus famosas magdalenas de arándanos y le pidió que la ayudara.

Mientras tamizaba la harina, al pobre, le vino a la cabeza el suave pelo blanco de su abuela Federica y, sin poder contener la pena, derramó sus lágrimas en el centro del volcán de harina.

—Deja de llorar, Ambrosio, o nos saldrán las magdalenas saladas —trató de bromear su madre.

Haciendo un gran esfuerzo, Ambrosio dejó de llorar y se concentró en la receta, pero al cascar los huevos, las brillantes yemas le recordaron los ojos color miel de su querida abuela y volvió a llorar amargamente mientras su madre mezclaba todos los ingredientes, lágrimas incluidas.

—Pero bueno, ¿es que ya has añadido el azúcar? —preguntó a su hijo al probar la mezcla con el dedo.

—No —contestó Ambrosio señalando el recipiente con la medida de azúcar intacta y tratando de contener el llanto entre suspiros.

—Pues no lo entiendo…—observó la madre.

Y atrayéndolo hacia ella para consolarlo, le dio un sonoro beso en la mejilla todavía húmeda. Fue entonces cuando descubrieron lo especiales que eran aquellas lágrimas.

Con el tiempo, Ambrosio, dedicado ya en cuerpo y alma a la profesión de pastelero, se percató de que cuanto más triste estaba, más empalagosas eran sus lágrimas, así que cada vez que cocinaba unos bollos, un bizcocho o unas galletas trataba de entristecerse tanto como podía. Lo tenía todo bien organizado.

Antes de empezar la jornada, en su tienda de dulces del centro de la ciudad, releía las novelas más tristes de su biblioteca particular: huérfanos, desamores y despedidas poblaban los amaneceres de Ambrosio que, con los ojos inundados por la emoción, amasaba panecillos dulces, brioches y cruasanes.

A lo largo de la mañana, mientras decoraba bizcochos y magdalenas, escuchaba en su viejo tocadiscos fados y boleros, las melodías más melancólicas que existen.

A mediodía, miraba una película de las que hacen llorar mucho al tiempo que removía el chocolate caliente, que borboteaba junto a las lágrimas que caían sobre los fogones.

Para los encargos especiales, buscaba una pena más honda; contemplaba las fotografías de la abuela Federica y cocinaba con nostalgia pasteles de cumpleaños, tartas nupciales o repostería para bautizos y comuniones.

Todo funcionaba como un reloj y aunque Ambrosio siempre mantenía su aspecto alicaído, su establecimiento era el más animado de toda la ciudad. Especialmente los domingos, cuando la cola cruzaba de punta a punta la Plaza Mayor. «No hay pasteles como los tuyos Ambrosio», le decían los clientes. «Tienen alma, se nota que los haces con el corazón» añadían.

Eran tantos los parroquianos que se acercaban a comprar los dulces de la pastelería de Ambrosio, que Sofía, una alegre trotamundos que acababa de llegar a la ciudad, creyó que sería el lugar ideal para conseguir unas monedas amenizando con sus trucos malabares la espera de los clientes.

Su espectáculo era digno de ver. Para empezar, lanzaba al aire sus pelotas multicolor… tres, cuatro, cinco, seis… ¡hasta siete pelotas hacía danzar a la vez para regocijo de grandes y pequeños! Y cuando parecía que aquello era todo, con el pie derecho, se calzaba tres aros de brillante acero y los hacía rodar al tiempo que bailaban las pelotas.

Pero la apoteosis llegaba con el número final, cuando encendía tres pequeñas antorchas que intercambiaba de mano con una pericia pasmosa. Los clientes se olvidaban de avanzar y hasta Ambrosio se quedaba totalmente hipnotizado viendo el ardiente espectáculo.

Al terminar, se paseaba con un sombrero de lana multicolor en la mano y raro era el día que no lo llenaba de monedas. De las que ganaba, gastaba algunas en la pastelería de Ambrosio, para comprar una magdalena de arándanos, la especialidad de la casa.

Ambrosio se fue acostumbrando a las visitas de Sofía. Domingo tras domingo, admiraba el espectáculo de fuego y color y, domingo tras domingo, reservaba la más oronda y jugosa de las magdalenas de arándanos, la envolvía con papel de cera y la ataba con un lazo azul. Después, observaba cómo Sofía se la comía, sentada en un banco de la plaza y a él lo invadía una alegría tan incontrolable, que no lograba volver a entristecerse. Ni canciones, ni historias, ni películas surtían ya efecto. Ni siquiera las viejas fotografías de la abuela Federica conseguían hacerlo llorar y llegó el día en el que Ambrosio tuvo que tomar una dura decisión: utilizar azúcar para endulzar sus pasteles.

Desde entonces, las aglomeraciones de los domingos empezaron a disminuir. Algo había cambiado. Incluso sus clientes más fieles empezaron a faltar a la cita del domingo. La plaza se fue quedando vacía y ya eran tan pocos los que acudían a la pastelería, que Sofía, una mañana, no logró reunir suficientes monedas para comprar su magdalena de arándanos. Miró por última vez el escaparate con pena y empacó sus cosas dispuesta a marcharse.

Ambrosio, angustiado, envolvió la magdalena de arándanos y corrió tras Sofía:

—Olvidas tu magdalena…

—No tengo suficiente dinero —contestó ella sin dejar de caminar—. Además, ya no saben igual…

—Ésta sí… —rebatió Ambrosio desenvolviendo el paquete mientras lloraba sobre el esponjoso bizcocho.

Sofía mordió la magdalena y esbozó una sonrisa de satisfacción, pero al ver las lágrimas de caramelo de Ambrosio y comprender lo que ocurría, su alegre semblante se transformó y empezó de nuevo a andar:

—No te vayas —le suplicó el pastelero armándose de valor—. O déjame ir contigo.

—Da igual si me quedo o si vienes conmigo. Si estamos juntos, tus pasteles nunca volverán a saber igual…

Incapaces de resolver el dilema, Ambrosio y Sofía se sentaron en un banco y juntos mordisquearon la magdalena de arándanos, tal vez la última.

En silencio, echaron algunas migas a los pájaros que revoloteaban por la plaza. Una pareja de palomas se peleó por conseguir un bocado. La vencedora alzó el vuelo y dejó caer la miga sobre el nido de polluelos, que con la primavera habían roto ya el cascarón. Al poco, la otra paloma con la que hacia solo unos instantes se había picoteado, llegó con otra miga, que también lanzó sobre el nido.

—Juegan, se pelean… –dijo una viejecita que se había sentado junto a Ambrosio y Sofía sin que ellos se percataran –. A veces están alegres; a veces tristes. A veces son felices y otras tremendamente desgraciados. Comparten las cosas buenas y las malas. Así es la vida. Pero lo importante es que vuelan juntos, tal vez porque se aman… En fin, ya me marcho… Siempre hablo demasiado.

Al levantarse los miró y les dedicó un simpático guiño. Ambrosio se quedó paralizado; aquella mujer tenía unos ojos del color miel que le resultaban terriblemente familiares…

Sofía, mientras veía a la anciana alejarse, supo cómo resolver el dilema:

—Me quedo contigo o ven conmigo. Es lo mismo. Pero juntos.

Y al escuchar sus palabras, Ambrosio, por primera vez, lloró de alegría y sus lágrimas fueron dulces; más dulces que nunca.

FIN

Las capas (o ¿por qué lloramos cuando cortamos cebolla?)

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Ilustración: Dilka Bear

¿Hacéis ensaladas? ¿Os gustan con pocos ingredientes o con muchos? Y, sobre todo, ¿acostumbráis a incluir en ellas a la reina de las verduras?…

¡Un momento!, ¡¿que no sabéis quién es la reina de las verduras?! Pues mirad, la elección de las verduras comenzó…

Hace mucho, mucho tiempo, cuando los árboles caminaban por la tierra y por el cielo volaban criaturas de las que hoy ni siquiera conocemos el nombre que, un día, se reunieron las verduras para elegir a una que reinara sobre todas ellas.

Estaban muy emocionadas. Todas creían que eran las mejores para optar al título y todas creían que tenían la razón de más peso para ser las elegidas.

Más que una reunión, aquello era un griterío increíble. Por un lado estaban los pimientos y las lechugas, los tomates y las cebollas por el otro. También estaban las acelgas, las espinacas y los rábanos. Y tampoco faltaba una zanahoria que exclamaba:

—Yo tengo derecho a ser la reina.

—Sí, ¡y qué más! —gritaba el resto—. ¿Tú que te pasas la vida bajo tierra? ¡Vamos, calla!

—Lo seré yo, que soy la verdura más espléndida -decía la lechuga.

—¿Qué dices? ¡Lo seré yo!, porque mi planta sube y sube y os puedo observar a todas desde las alturas —argumentaba el tomate.

Y así iba transcurriendo la conversación, sin que nadie se pusiera de acuerdo. Las horas pasaban y aquellas discusiones no conducían a ninguna parte.

A esta reunión, sin que nadie lo viera, se había colado un pequeño caracolito que, de vez en cuando, hacía una visita al huerto donde todas vivían para comer las hojas de las plantas y si podía, en alguna ocasión, también algo de verdura. Escuchaba atento toda aquella palabrería hasta que, de pronto, se le ocurrió una idea.

—¿Y por qué no hacéis un concurso?

Todas las verduras se callaron de golpe. El caracolito había tenido la mejor idea de todas las que se habían propuesto hasta ese momento. Pero tenían una duda, ¿qué tipo de concurso podían hacer?

Si lo hacían sobre quién tenía las raíces más grandes, las zanahorias y los rábanos estarían en el podio.

Si fuera un concurso sobre quién era la más alta, los tomates ganarían.

Y si había que decidir quién era la más verde, muchas quedarían descartadas sin poder participar.

La cosa era de lo más difícil y una nueva discusión arrancó.

—¡Callad todos! —gritó el caracol—. ¡Es muy fácil! Si deseáis saber quién ha de ser la reina de las verduras, debéis invitar al ser humano para que os pruebe y aquella verdura que haga emocionar más al hombre, será la ganadora.

Y así lo hicieron. Enviaron un mensaje al hombre y este se presentó al cabo de dos días.

Ante él, se colocaron las verduras para que las catara.

El hombre comenzó con el tomate. Lo cortó a daditos y lo probó. ¡Su sabor era espectacular! ¡Buenísimo! Era tan rico, ¡que se lo tuvo que comer entero!

Después, le tocó el turno a la lechuga. Separó unas hojas; su aroma era impresionante —aunque quizás vosotros, acostumbrados a comer las verduras de los grandes cultivos que no huelen a nada, no sepáis que las lechugas son olorosas a más no poder—, mordió y un torbellino de emociones se mezcló en su boca, ¡era algo sorprendente!

Y así fue probando todas y cada una de las verduras. Pimientos, rábanos, acelgas, espinacas, zanahorias, coles, escarolas…, hasta que le llegó el turno a la última verdura: la cebolla.

Mientras el hombre probaba a sus compañeras, la cebolla, que era muy inteligente y apenas había hablado durante la reunión, se había ido cubriendo con muchas capas de piel así que, cuando llegó su turno, el hombre tuvo que empezar a quitárselas para conseguir llegar hasta su corazón.

A medida que iba eliminando capas, de los ojos del hombre comenzaron a brotar lágrimas. Primero tan pequeñas, que solo le humedecieron los ojos pero, poco a poco, se fueron acumulando y, finalmente, comenzaron a resbalar por sus mejillas.

Todas las verduras se quedaron mudas de asombro; ¡la cebolla había conseguido hacer emocionar al hombre más que ninguna de ellas! ¡Ya tenían ganadora! La reina de las verduras tenía que ser la cebolla.

—¿Cómo has conseguido turbar tanto al hombre? —le preguntó el caracol.

—Muy fácil —dijo ella—, simplemente le he recordado a sí mismo.

—¿Qué quieres decir? —interrogó el resto de verduras.

—Veréis, ya sabéis que yo, normalmente, no tengo tantas capas y es muy fácil llegar hasta mi corazón. Pero, al ponerme tantas, he imitado al ser humano. Ellos ponen capas y capas sobre su corazón y para conseguir llegar hasta él tienes que ir sacándolas poco a poco. Algunas personas se ponen muchas, para que nadie llegue nunca hasta allí, pero si tienes la paciencia suficiente para ir sacándolas todas, puedes descubrir un corazón tierno y buenísimo. Cuando el hombre ha comenzado a sacarme las capas, se ha dado cuenta de la naturaleza de su propio ser y de la de sus congéneres y por eso se ha emocionado.

Las verduras escuchaban atónitas a la cebolla, ¡habían elegido a la verdura más inteligente de todas! Por fin tendrían la reina que les convenía.

Desde entonces, las personas, que tendemos a olvidar rápidamente las cosas, cada vez que pelamos una cebolla, lloramos porque las capas que vamos sacando para llegar hasta su corazón nos recuerdan cómo somos en realidad los seres humanos.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Las capas (o ¿por qué lloramos cuando cortamos cebolla?)” con la voz de Angie Bello Albelda

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Cuando lloro, llueve

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Ilustración: Travis King

Cuenta una antigua leyenda que las lágrimas que se escapan de nuestros ojos, aunque parece que caen, en realidad, vuelan. Se elevan hacia las nubes y desde allí, en forma de lluvia, regresan a la tierra y nos mojan cada vez que una nube llora sobre nosotros.

Según el motivo de nuestro llanto, las lágrimas son atraídas por uno u otro tipo de nubes. Así, que solo tenemos que estar atentos cuando vemos llover para saber qué lágrimas han provocado la lluvia.

La lluvia que cae después de una sequía está provocada por lágrimas de felicidad. Las que vertemos, sin saber exactamente por qué, cuando nos sentimos muy bien. Las podemos reconocer porque suelen hacer cosquillas en la nariz y nos hacen ver borroso.

Las lágrimas de risa, las que salen mezcladas con carcajadas y hacen que nos sujetemos la barriga para no partirnos por la mitad, provocan las lluvias de verano y suelen llegar acompañadas de un arcoíris multicolor. Duran poco y estallan con fuerza contra el suelo, rompiéndose en miles de gotitas que lo salpican todo y refrescan lo que tocan.

La lluvia que cae con furia, golpeando sobre el tejado o repiqueteando en los cristales, aquella que viaja a lomos de truenos y rayos, está provocada por lágrimas de rabia. Estas lágrimas se reconocen fácilmente, porque hacen mucho ruido. Son las que nos salen cuando estamos muy enfadados. Cuando van acompañadas de muchos gritos, es seguro que estamos fabricando una gran tormenta que durará toda la noche o incluso varios días.

También está la lluvia que cae tan despacito que dirías que flota, la que parece que no moja, pero que acaba empapándonos. Esa, está provocada por las lágrimas de pena o de dolor, aquellas que se nos acumulan en la garganta formando un nudo que parece que quisiera ahogarnos y después resbalan por las mejillas sin que podamos hacer nada por evitarlo.

Y, finalmente, están las lágrimas que no se pueden llorar. Esas son las peores, porque se lloran por dentro y como no pueden volar hacia las nubes, se quedan estancadas dentro de nosotros y son las que forman los desiertos.

De entre todos los desiertos más desiertos de nuestra Tierra, existió uno al que las nubes nunca iban. Un árido desierto en el que el implacable sol quemaba el suelo desnudo con sus inmisericordes rayos y en el que parecía que la vida no hubiera existido jamás. En medio de ese desierto vivía el hombre que no sabía llorar.

Habitaba una casa llena de polvo, con muebles llenos de polvo, comida llena de polvo y días llenos de polvo. Aquel hombre nunca había sido feliz, nunca se había reído, nunca se había enfadado y nunca había estado triste, porque aquel hombre no sentía. Vivía lejos de todo y de todos y nadie, ni siquiera las nubes, había oído hablar de él.

Aquel hombre solo lloraba por dentro y, cuanto más lloraba más grande hacía el desierto que lo rodeaba. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, lo único que hacía era barrer y barrer su casa y sacar el polvo a los muebles. No descansaba nunca, porque aún no había terminado de limpiar, cuando ya todo volvía a estar cubierto de polvo y tenía que volver a empezar de nuevo, y como lo que hacía no servía de nada, lloraba y lloraba por dentro y su vida era cada vez más y más inútil y más y más polvorienta.

Un día, al mirar por la ventana, vio que en el patio trasero se había acumulado una gran montaña de arena, así que decidió salir a barrer. Al abrir la puerta, provocó una ráfaga de aire que levantó un remolino de polvo. Un diminuto granito de arena fue a parar dentro de su ojo derecho y, por primera vez en su vida, lloró.

Una solitaria lágrima resbaló por su polvorienta mejilla y voló hacia el cielo formando una nube casi transparente. El hombre se rascó el ojo y al hacerlo, brotó un río de lágrimas que salió volando y fue a reunirse con la primera. Muy pronto se formó una gran tormenta. Las nubes se arremolinaron sobre la casa del hombre que no sabía llorar y empezó a llover y a llover. El agua cayó durante un mes entero y limpió a su paso todo el polvo acumulado durante años. Por primera vez también, el hombre fue feliz, y entonces lloró de felicidad; con su llanto aprendió a sentir; y al sentir, el desierto empezó a florecer a su alrededor.

FIN