lobo

Las cabras testarudas

Ilustración: HNAutumn

Esta historia ocurrió hace mucho, mucho tiempo en Puerto Rico, en un pueblecito en el que vivía un chico que trabajaba como pastor. Cada día, muy de mañana, el muchacho se dirigía al campo con su rebaño de cabras para que pastaran hierba fresca. Por la tarde, cuando el sol ya caía, silbaba y las cabras se arremolinaban a su alrededor para regresar a la granja a dormir.

Un día, cuando las sombras se alargaban sobre el campo y una luna vergonzosa empezaba a mostrarse tímida entre las nubes, el pastorcito, como de costumbre, silbó, pero, en aquella ocasión, sucedió algo muy extraño: por más que silbara, las cabras lo ignoraban, como si el chico se hubiera vuelto invisible.

El pobre pastor no entendía nada, así que comenzó a llamar a gritos a los animales:

—¡Cabras, cabritas! ¡Venid aquí! ¡Nos marchamos a casa!

Nada; parecía como si las cabras se hubieran quedado sordas de repente. Desesperado, el chico se sentó sobre una piedra y empezó a llorar desconsoladamente.

Un conejo que lo oyó se acercó a él y le preguntó:

—¿Por qué lloras?

—Porque las cabras no me hacen caso y si no regreso pronto a casa caerá la noche y no encontraré el camino.

—No te preocupes, yo te ayudaré. ¡Verás cómo las hago caminar!

El conejo empezó a saltar y a enseñar sus enormes dientes entre las cabras para llamar su atención, pero ellas continuaron pastando como si el conejo no existiera. Abatido, se sentó en la piedra, junto al pastor, y comenzó a llorar también.

En eso pasó por allí una zorra y viendo semejante drama se atrevió a preguntar:

—¿Por qué lloras, conejo?

—Lloro porque el pastor se puso a llorar porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa pronto a casa caerá la noche y no encontrará el camino.

—Esto lo soluciono yo ahora mismo.

El zorro se acercó a las cabras con cara de malas pulgas y, tomando aire, grito con todas sus fuerzas. Un grito de esos que hiela la sangre y asusta al más valiente de los valientes.

Las cabras ni se inmutaron. Siguieron pastando como si nada pasara.

El zorro, sin comprender como su grito no había surtido efecto, se sentó junto al pastor y el conejo con los ojos llenos de lágrimas.

No pasó mucho tiempo cuando, atraído por el grito del zorro, apareció de entre la maleza un gran lobo gris. Se quedó atónito al ver al pastor, al conejo y al zorro llorando a mares. Lleno de curiosidad, preguntó al zorro:

—¿Por qué lloras, zorro?

—Lloro porque el conejo se puso a llorar porque el pastor lloraba porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa pronto a casa caerá la noche y no encontrará el camino.

—No parece tan difícil hacer que obedezca un puñado de cabras… ¡Yo las pondré en marcha!

El lobo, con un fiero gruñido y el pelambre erizado, enseñó sus afilados colmillos a las cabras, pero ellas no le hicieron ni el más mínimo caso. Ninguna se movió de donde estaba.

El lobo, pensando que se había hecho viejo y había perdido su capacidad de atemorizar, se sentó en la piedra y empezó a llorar a coro con el resto.

Una abeja que recolectaba néctar muy cerca, al ver aquel curioso grupo llorando a lágrima viva, se acercó y, picada por la curiosidad, le dijo al lobo:

—¡Nunca antes en mi vida vi llorar a un lobo! ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

—Lloro porque el zorro llora porque vio llorar al conejo que llora porque el pastor se puso a llorar porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa pronto a casa caerá la noche y no encontrará el camino.

—Pues no lloréis más ¡yo las pondré en marcha!

Al oír las palabras de la abeja, dejaron todos de llorar y estallaron en carcajadas. El pastorcillo, sin dejar de reír, le dijo:

–¡Qué graciosa eres, abeja! Si nosotros no lo hemos conseguido tú, con lo pequeña que eres, no tienes ni media posibilidad.

El pequeño insecto no se dio por vencido y, sin hacer caso a las burlas, exclamó.

—¡Ahora veréis!

Se fue volando hacia el rebaño y comenzó a revoletear sobre él. Las cabras, que tenían un oído muy fino, molestas por el zumbido, dejaron de comer y prestaron atención.

Entonces, la abeja sacó su afilado y brillante aguijón para poner en marcha la segunda parte de su plan. Se acercó a la cabra más anciana, que era la líder del grupo, y le picó en medio de la nariz. Al sentir el tremendo picotazo, la vieja cabra salió corriendo hacia la granja como alma que lleva el diablo y sus compañeras la siguieron en tropel.

El pastor, el conejo, el zorro y el lobo contemplaron atónitos cómo, una tras otra, las cabras ponían rumbo a la granja. Después, miraron avergonzados a la pequeña abeja.

Fue el pastor el que se disculpó en nombre de todos:

—Perdona por habernos reído de ti. ¡Muchas gracias por tu ayuda!

Y la pequeña abeja, sonriendo, se fue zumbando por donde había venido.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El flojo, el sabio y el lobo

Ilustración: CarolineRaquel

Había una vez un hombre tan flojo, que su mujer tenía que levantarlo cada día de la cama a empujones, pero ni así conseguía que trabajara en algo. Cada noche se acostaban sin que el hombre hubiera hecho absolutamente nada mientras su esposa, que no paraba en todo el día, le reprochaba que fuera tan gandul.

—No me regañes, mujer —le decía el flojo—; ya verás como un día de estos seremos muy ricos y no tendrás que trabajar ni tendrás de qué quejarte.

—¿Y me puedes explicar cómo crees que vamos a ser ricos si te pasas el día tirado al sol?

—Pues no lo sé —decía el flojo—, pero al otro lado de la montaña vive un hombre sabio que dicen que tiene respuesta para todas las preguntas, así que mañana prometo que haré un esfuerzo e iré a preguntarle qué debo hacer para salir de la miseria.

A la mañana siguiente, temprano, a la hora en que su mujer lo empujaba fuera de la cama, el hombre flojo cumplió su promesa y partió en busca del sabio de la montaña.

Había caminado todo un día y una noche, cuando se cruzó con un lobo tan flaco como hambriento.

—¿A dónde vas, buen hombre? —preguntó el lobo.

—A visitar a un hombre sabio, que me dirá qué debo hacer para dejar de ser pobre.

—En ese caso —dijo el lobo— pregúntale, por favor, qué debo hacer para poder saciar mi hambre, porque como y como, pero nunca tengo bastante.

El flojo prometió hacerlo y siguió su camino.

Después de andar otro día y otra noche por pedregosa tierra, divisó un solitario manzano junto al camino.

—¿A dónde vas, buen hombre? —preguntó el manzano.

—A ver un sabio varón que me enseñará cómo curar mis penas.

—En ese caso —dijo el manzano— pídele también un remedio para las mías. Hace años que no doy frutos. En plena primavera, mis hojas se secan de golpe, como joyas oxidadas.

El flojo prometió hacerlo y siguió su camino.

Tras otro día y otra noche de marcha, el flojo pasó por la orilla del lago en cuyas riberas vivía el hombre sabio.

Un pez enorme nadó a su lado, y le preguntó:

—¿A dónde te diriges, buen hombre?

—A la cabaña de un hombre sabio que me enseñará cómo solucionar mis problemas.

—En ese caso —dijo el gran pez— pregúntale qué debo hacer para solucionar el mío. Hace años que no disfruto mi comida, pues tengo algo como un tumor atorado en la garganta.

El flojo prometió hacerlo y siguió su camino.

Al día siguiente, cuando ya atardecía, el flojo vio a un anciano que plácidamente sentado sobre una roca contemplaba la puesta de sol. Impresionado por el venerable aspecto del anciano, el flojo se acercó con respeto y le explicó el motivo de su viaje:

—¡Dime, venerable anciano, ¿qué debo hacer para escapar de la miseria?

—¿Sólo deseas preguntarme eso? —dijo el sabio, sin desviar sus ojos del último rayo de sol.

El flojo iba decir que solo eso, pero como el anciano parecía saberlo todo, le transmitió los pedidos del lobo, del manzano y del pez.

Entonces el hombre sabio miró al flojo por primera vez, y no podía saberse si en sus ojos había pena o reproche.

—El pez —dijo el anciano —tiene una gran piedra preciosa atorada en su garganta, apenas alguien se la saque terminará su malestar. En las raíces del manzano hay enterradas cientos de monedas de oro; sus emanaciones envenenan la savia y queman las hojas y el fruto. En cuanto al lobo, para saciar su hambre, debe devorar al primer holgazán que se cruce en su camino.

—Y yo, maestro —dijo afligido el flojo—, ¿Qué debo hacer para salir de la miseria?

—Tú no tienes que hacer nada. Limítate a desandar el camino que te ha traído hasta aquí y regresa a tu casa. Haciendo eso, serás un hombre rico y podrás vivir sin esforzarte.

En ese mismo instante, el sol desapareció en el lago, el anciano se puso en pie, recogió su larga túnica y caminó majestuosamente hacia su cabaña.

Animado con tal pronóstico, el flojo no pensó más que en desandar de inmediato el largo camino de regreso.

Al pasar junto al lago, el gran pez se asomó para preguntarle qué había dicho el sabio sobre su problema.

—¡Sanarás en cuanto te saquen la piedra preciosa que tienes en la garganta! —le gritó el flojo, sin detener su marcha.

El gran pez le rogó que se la sacara, pero como el hombre no se detuvo, el pez reapareció para explicarle:

—Piensa que, si lo haces, yo sanaré y tú podrás quedarte con la piedra y serás rico.

—¡Uf!, ¿sacarte la piedra de la garganta? ¡Con lo fría que debe estar el agua! Además, el sabio me dijo que no tendría que esforzarme para ser rico —dijo el flojo—, que bastaba con que volviera por el mismo camino sin hacer nada y eso es lo que haré.

A su debido tiempo, volvió a pasar junto al manzano.

—¿Qué dijo el sabio? —preguntó tembloroso el árbol.

—Tus hojas sanarán y tus frutos madurarán en cuanto alguien desentierre el cofre de monedas de oro que se esconde entre tus raíces — dijo el flojo, sin detener su marcha.

—¿Y a qué esperas? —gritó el manzano—, ¡excava la tierra y saca el tesoro! Yo reverdeceré y tú serás un hombre rico.

El flojo, sin detenerse, contestó:

—¿Cavar ahora? ¡Qué cansado! El sabio dijo que no tendría que esforzarme para ser rico. Me bastará con volver por el mismo camino, y eso es lo que haré.

Dejó atrás el manzano y, a su debido tiempo, se encontró con el lobo, más flaco y más hambriento que a la ida.

—Cuéntame, ¿encontraste al sabio?

El hombre le contó al lobo su encuentro con el anciano y los sabios consejos que le había dado para el pez y el manzano.

—Caramba —dijo el lobo—, tendrás que ir con mucho cuidado, no vaya a ser que algún ladrón te asalte ahora que eres un hombre rico. —Y con aire dubitativo, continuó—. Aunque… Comprendo que lleves bien oculta la piedra preciosa que le sacaste al pez de la garganta, pero ¿dónde está el cofre con las monedas de oro que desenterraste?

—¿Qué piedra preciosa y qué cofre? —bostezó el flojo— El anciano sabio me dijo que viviría sin esforzarme y que para ser rico me bastaba con regresar por el mismo camino. ¿Para qué meterme en las frías aguas del lago o por qué romperme la espalda cavando la tierra?

Ya se disponía a partir el flojo, cuando el lobo lo detuvo:

—¡Espera!, ¿le preguntaste al anciano qué es lo que debía hacer yo?

—¡Claro! —dijo el hombre—, el sabio me dijo que lo que debes hacer para saciar tu hambre es arrojarte sobre el primer holgazán que se cruce en tu camino.

—En verdad,  ese anciano es un hombre muy sabio —dijo el lobo mientras se arrojaba relamiéndose sobre el caminante holgazán.

FIN

El Lobo calumniado

Ilustración: gregowich

El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo ordenado y limpio. Un día soleado, mientras estaba recogiendo las basuras dejadas por unos turistas, sentí unos pasos. Me escondí detrás de un árbol y vi llegar a una niña vestida de una forma muy divertida: toda de rojo y su cabeza cubierta, como si no quisieran que la viesen. Caminaba feliz y comenzó a cortar las flores de nuestro bosque sin pedir permiso a nadie, quizá ni se le ocurrió que estas flores no le pertenecían. Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunté quién era, de dónde venía, adónde iba, a lo que ella me contestó, cantando y bailando, que iba a casa de su abuelita con una canasta para el almuerzo. Me pareció una persona honesta, pero estaba en mi bosque cortando flores. De repente, sin ningún remordimiento, mató a un mosquito que volaba libremente, pues el bosque también era para él. Así que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que es meterse en el bosque sin anunciarse antes y comenzar a maltratar a sus habitantes.

La dejé seguir su camino y corrí a la casa de la abuelita. Cuando llegué, me abrió la puerta una simpática viejecita. Le expliqué la situación y ella estuvo de acuerdo en que su nieta merecía una lección. La abuelita aceptó permanecer fuera de la vista. Cuando llegó la niña la invité a entrar al dormitorio donde yo estaba acostado vestido con la ropa de la abuelita. La niña llegó sonrojada y me dijo algo desagradable acerca de mis grandes orejas. He sido insultado antes, así que traté de ser amable y le dije que mis grandes orejas eran para oírla mejor.

Ahora bien, la niña me agradaba y traté de prestarle atención, pero ella hizo otra observación insultante acerca de mis ojos saltones. Comprenderán que empecé a sentirme enojado. La niña mostraba una apariencia tierna y agradable, pero comenzaba a caerme antipática. Sin embargo, pensé que debía poner la otra mejilla y le dije que mis ojos me ayudaban a verla mejor. Pero su siguiente insulto sí me encolerizó. Siempre he tenido problemas con mis grandes y feos dientes y esa niña hizo un comentario realmente grosero.

Reconozco que debí haberme controlado, pero salté de la cama y le gruñí, enseñándole toda mi dentadura y gritándole que era así de grande para comérmela mejor. Ahora, piensen ustedes, ningún lobo puede comerse a una niña. Todo el mundo lo sabe. Pero esa niña empezó a correr por toda la habitación gritando mientras yo corría detrás de ella tratando de calmarla. Como tenía puesta la ropa de la abuelita y me molestaba para correr me la quité, pero fue mucho peor. La niña gritó aún más. De repente, la puerta se abrió y apareció un leñador con un hacha enorme y afilada. Yo lo miré y comprendí que corría peligro, así que salté por la ventana y escapé corriendo.

Me gustaría decirles que este es el final del cuento, pero desgraciadamente no es así. La abuelita jamás contó mi parte de la historia y no pasó mucho tiempo sin que se corriera la voz de que yo era un lobo malo y peligroso. Todo el mundo comenzó a evitarme y a odiarme.

Desconozco qué le sucedió a esa niña tan antipática y vestida de forma tan rara, pero sí les puedo decir que yo nunca pude contar mi versión. Ahora ya la conocen…

FIN

El zorro y el lobo

Ilustración: vodoc

Un frío día de invierno, cierto pescador regresaba a su casa muy contento por la buena pesca cuando al borde del camino vio un zorro tirado a un lado de la carretera. Se acercó con cautela y descubrió que no se movía, así que supuso que estaba muerto.

—¡Qué suerte la mía! —exclamó, al tiempo que recogía al animal y lo arrojaba en la parte trasera de su carro, donde también estaban los peces que había capturado—. Con su piel me haré un buen abrigo para protegerme del frío.

Mientras el hombre continuaba satisfecho su viaje, el astuto zorro, que no estaba en absoluto muerto, tiró los peces del carro y luego saltó él.

Al llegar a su casa, el hombre se dio cuenta de que los peces y el zorro habían desaparecido.

—¿Dónde están? —se lamentó el pescador—. Había muchos peces y un zorro en mi carro.

Al darse cuenta de lo que había sucedido, el buen hombre se puso a llorar y a lamentarse, pero ya no había nada que hacer.

Mientras tanto, el zorro estaba dándose un gran festín con todo el pescado que había robado del carro. En eso estaba cuando llegó un lobo:

—Buenos días, primo —saludó con cortesía el recién llegado.

—Buenos días, amigo —respondió el zorro.

—Estoy muerto de hambre y como veo que tienes muchos peces ahí, ¿serías tan amable de darme unos cuantos? —preguntó el lobo.

—Lo siento, pero este pescado es mío. Mi esfuerzo me ha costado conseguirlo. Lo que deberías hacer es ir y pescar tú mismo —respondió el zorro.

—Yo no sé pescar.

—Es fácil, solo tienes que bajar al río, romper el hielo con una piedra, colocar tu cola dentro del agujero y esperar a que los peces piquen —le dijo el zorro al lobo.

Así que el ingenuo lobo bajó al río, hizo un agujero en el hielo e introdujo su cola en la grieta, pero como era invierno, pronto la cola se congeló en el agua, de modo que no importó lo fuerte que tiró para intentar sacarla; no pudo. No tuvo más remedio que sentarse sobre el hielo y pasar allí toda la noche.

A la mañana siguiente, muy de mañana, una mujer fue a buscar agua al río y al ver al lobo empezó a gritar:

—¡Socorro! ¡Un lobo, un lobo! ¡Que alguien me ayude!

Al oírla, los aldeanos acudieron a toda prisa y comenzaron a golpear al lobo con palos, piedras y todo lo que encontraron cerca.

No supo cómo lo consiguió, pero el pobre lobo finalmente pudo soltar su cola helada y escapar de la gente. Mientras huía pensaba: «Maldito zorro, ¡me vengaré de ti! ¡Me las pagarás!

A poca distancia, el zorro, que había sido testigo de todo lo ocurrido, se deslizó con cautela dentro de la choza donde la mujer que había gritado estaba preparando un pastel de frambuesas y se embadurnó el cuerpo con la mermelada de los frutos rojos.

Cuando el enojado lobo dio con el zorro, le dijo que se lo iba a comer y le contó cómo la gente lo había golpeado hasta casi matarlo. El zorro le respondió:

—Lo siento mucho, pero a mí me golpearon también y mucho más fuerte que a ti. Fíjate, yo estoy sangrando y tú no.

—Eso es verdad —asintió el lobo mientras miraba las supuestas heridas del zorro—. Te llevaré a mi casa y te curaré —Se ofreció solícito.

El lobo llevó al zorro a su casa y allí lo estuvo cuidando y alimentando hasta que llegó la primavera. Con los primeros rayos de sol, el zorro recuperó milagrosamente la salud y el lobo, al darse cuenta de ese nuevo engaño, gruñó enfadado:

—¡Me has traicionado otra vez! Esta vez no te vas a librar, ¡voy a comerte!

—¡Espera, espera! al menos dame la oportunidad de poner en orden mis asuntos antes de comerme. Vayamos a mi casa, podrás quedarte con todas mis pertenencias.

El lobo aceptó y el zorro lo condujo hasta lo más hondo del bosque, a un lugar en el que sabía que había una profunda cueva de la cual era imposible salir.

—Antes de empezar a comerme, entra para ver todo lo que tengo.

El incauto lobo así lo hizo y el zorro aprovechó para deslizar una pesada piedra que selló la entrada.

—¡Déjame salir! —suplicaba—. ¡Te prometo que no te comeré! ¡Te lo prometo!

—Te creo, te creo. Tú siéntate y espera, que ahora mismo te ayudo —contestó el zorro mientras se alejaba de allí.

FIN

Caperucita, Ramiro y el colgante

Ilustración: poubelle-de-dav

Érase una vez un lobo llamado Ramiro, siempre sonriente y siempre dispuesto a ayudar al resto de animales del bosque. Un día, salió triste de su casa; había perdido el colgante que le había regalado su abuela. Era muy especial para él, porque le daba suerte y le permitía sentirse cerca de su abuela y pedirle consejo si lo necesitaba.

—¿Qué te pasa, Ramiro? —le preguntó su amigo Roberto, el pájaro carpintero, al verlo aparecer con cara compungida.

—He perdido el colgante que me regaló mi abuela. Lo he buscado por todos sitios, pero no logro encontrarlo.

—Yo sé quién lo tiene. La semana pasada, vi a una niña vestida con un traje rojo que recogía fruta; lo encontró al pie de un árbol y se lo llevó.

—¿Y sabes dónde podría encontrar a esa niña?

—Alguna vez la he visto visitando una casa en medio del bosque. Pregunta allí.

—Gracias, Roberto.

Tras caminar un rato, Ramiro escuchó que alguien cantaba:

—La, la, la, la…

—Hola, soy Ramiro. ¿Cómo te llamas?

—Hola Ramiro, soy Caperucita. Voy a casa de mi abuelita a llevarle esta cesta de comida —dijo la niña, que vestía una capa roja.

Ramiro se dio cuenta de que lucía en el cuello su colgante.

—¿Te puedo acompañar? El bosque es peligroso.

—Sí, gracias, Ramiro.

—Caperucita, ¿estuviste hace unos días en el bosque? —le preguntó poco después.

—Yo ando mucho por el bosque. Me gusta recoger flores y frutas para mi abuela.

—¿No encontrarías, por casualidad, un colgante? Perdí uno hace poco.

—¿Yo? —Caperucita escondió con disimulo la joya dentro de su blusa, pero Ramiro se dio cuenta—. No, yo no me llevo las cosas de los demás.

Triste, Ramiro pensó hablar con la abuela de Caperucita para que convenciera a su nieta de que le devolviese su colgante.

—Caperucita, ¿vive muy lejos tu abuelita?

—No, muy cerca, justo al lado del pantano.

—Como esta zona ya es segura, ¿te puedo dejar sola? Se me ha hecho tarde y tengo que volver a casa.

—Claro. Gracias por tu compañía.

—Por cierto, para ir a casa de tu abuela, te recomiendo que sigas el camino de la derecha en la bifurcación que hay más adelante, está lleno de flores y frutas.

Ramiro se marchó y fue por el camino de la izquierda, el más directo para llegar a casa de la abuelita. Cuando Ramiro llegó allí, a Caperucita aún le quedaba un buen trecho por recorrer.

—Buenos días, abuelita. Hace unos días, su nieta Caperucita se encontró un colgante que yo había perdido. He estado con ella hace un rato y aunque se lo he visto puesto, ella me ha dicho que no lo tenía. ¿Puede pedirle usted que me lo devuelva?

—¡No seas mentiroso! Mi nietecita es demasiado buena como para mentir así.

—¡Pero le digo la verdad!

—Bueno, tranquilo. Hablaré con ella. Te traeré algo de beber mientras la esperamos.

La abuelita fue a la cocina, descolgó un rodillo y, con él en las manos, se abalanzó sobre Ramiro, que asustado abrió la boca para gritar, pero en vez de eso, lo que hizo fue comerse a la abuela de un solo bocado sin querer.

En ese preciso instante, el lobo oyó el lejano canturreo de Caperucita, que se acercaba. Se puso nervioso y se metió en la cama de la abuelita temblando.

Al entrar en la casa, Caperucita vio el rodillo tirado en el suelo y lo recogió. Eso la hizo sospechar, porque su abuela era muy ordenada.

—Abuelita, ya he llegado —gritó desde el salón la pequeña.

—Pasa, pasa. Estoy en la habitación —dijo el lobo intentando suavizar la voz.

Al ver al animal entre las sábanas, Caperucita exclamó:

—Abuelita, abuelita. Te noto un poco rara, ¿qué te ocurre?

—E… esto… estoy un poco enferma.

—Abuelita, abuelita. Qué ojos más grandes tienes.

—Em… pues… ¡Es que son para verte mejor! —improvisó Ramiro.

—Abuelita, abuelita… qué nariz más grande tienes.

—Pues… es que… ¡Es para olerte mejor! —disimuló olisqueando su cabello.

Caperucita sabía que esa no era su abuelita.

De pronto, Ramiro vio reflejado en el espejo del armario el rodillo que la niña escondía a su espalda.

—Abuelita, abuelita… qué boca tan grande tienes.

—Es… ¡para comerte mejor! —gritó Ramiro intentando asustar a Caperucita para que no lo atacase.

La pequeña dio un salto hacia atrás y Ramiro aprovechó para quitarle el colgante. La niña gritó pidiendo socorro, mientras no dejaba de repetir que el lobo se la quería comer. Ramiro aullaba para intentar calmarla. Los gritos de ambos alertaron a un cazador que se acercó con cautela y observó desde la ventana cómo Caperucita corría hacia Ramiro. El pobre, arrinconado y temeroso, cerró los ojos y abrió su enorme boca para gritar y, justo entonces, Caperucita se metió sola en la boca del lobo.

Ramiro se sentó en un sillón para pensar en qué podía hacer y ahí se quedó dormido.

Mientras, el cazador, que había juntado muchas piedras en la entrada de la casa, entró sigiloso y con un enorme cuchillo le abrió la tripa a Ramiro para sacar a Caperucita y a la abuelita y meter las piedras en su lugar. Luego lo cosió y los tres se escondieron para ver qué ocurría.

Ramiro despertó y decidió ir a dar un paseo para seguir meditando. Caperucita, la abuelita y el cazador lo siguieron. En el pequeño pantano cercano, el lobo se paró para beber agua y, al inclinarse sobre el borde, el peso de las piedras lo precipitó hacia el fondo. Todos pensaron que aquel era el fin.

Pero, poco después, Ramiro salió a la superficie a lomos de un hipopótamo, al cual le agradeció que le hubiese salvado la vida. Por suerte, el agua había deshecho el hilo con el que el cazador había cosido la barriga del lobo y las piedras se habían hundido en el pantano. Preocupado, por si también había perdido el colgante, Ramiro se echó la mano al bolsillo, pero al comprobar que lo tenía, respiró tranquilo.

Volvió, muy enfadado, a casa de la abuelita para pedir explicaciones por lo mal que lo habían tratado, pero al acercarse, oyó música y risas. Se escondió tras unos arbustos y vio que Caperucita y los demás habían organizado una gran fiesta. Prefirió no pensar en lo que celebraban, simplemente se puso el colgante, sonrió y regresó, feliz, a su casa.

FIN

Pedro y el lobo

Ilustración: cosmococo

Una mañana temprano, Pedro abrió la puerta del jardín y salió a la verde pradera que se extendía frente a su casa.

Sobre la rama más alta de un alto árbol, se encontró con un pájaro, que cantaba alegre, dando brincos de un lado a otro.

—Buenos días, Pedro —le dijo el pájaro—. ¡Qué mañana tan tranquila!

Y, en efecto, era tranquila. No soplaba ni la más ligera ráfaga de aire que inclinara la hierba o hiciera bailar las hojas de los árboles.

Apareció, entonces, el pato que vivía en la parte trasera de la casa de Pedro, en el jardín, y que aprovechó que el chico se había dejado la puerta abierta, para acercarse contoneándose a darse un chapuzón en el estanque que había en medio de la pradera.

Al verlo, el pájaro se posó junto a la charca y preguntó al pato:

—¡Pío! ¿Qué clase de pájaro eres que no sabes volar?

A lo que el Pato respondió:

—¡Cuac! ¿Y qué clase de pájaro eres tú que no sabes nadar? —Y después sumergió su cabeza en el agua.

Así estuvieron un buen rato discutiendo.

De pronto, algo llamó la atención de Pedro: su gato se acercaba sigiloso relamiéndose los bigotes mientras pensaba: «Mientras están entretenidos, lo atraparé».

—¡Cuidado! —previno Pedro al pájaro.

Con un rápido aleteo, el pájaro voló a la rama del árbol. Y desde el centro del estanque, el pato, indignado, graznaba y graznaba.

El gato, hambriento, empezó a dar vueltas alrededor del árbol, vigilando al pobre pájaro.

Justo en aquel momento de tanta tensión, apareció el abuelo de Pedro. Estaba muy enfadado porque su nieto, había salido solo al prado.

—Pedro, este lugar es peligroso, puede salir algún lobo del bosque y tú eres demasiado pequeño para andar solo.

—¡Yo ya soy mayor y no tengo miedo de los lobos! Además, me gusta correr por los prados —respondió Pedro.

Pero el abuelo tomó a Pedro de la mano y lo condujo a casa. Luego cerró la verja con llave.

En ese preciso instante, un enorme lobo gris salió del bosque.

Como un relámpago, el gato trepó al árbol en el que estaba el pájaro y el pato, desorientado, aleteó fuera del estanque mientras graznaba desesperado. A pesar de todos los esfuerzos que hacía por escapar, el lobo corría más deprisa y cada vez se acercaba más y más al indefenso pato hasta que, al fin, lo alcanzó y se lo tragó de un bocado.

Tras la puerta del jardín, Pedro observaba atento lo que estaba sucediendo y se le ocurrió una idea. Entró en casa, y buscó una cuerda gruesa, luego trepó al muro que rodeaba el jardín y que llegaba a las ramas más altas del árbol y le dijo al pajarito:

—Ayúdame a atrapar al lobo. Vuela sobre su cabeza para distraerlo. Pero ten cuidado, ¡que no te alcance!

El pájaro volaba con gran agilidad, casi rozaba la cabeza del lobo y luego se elevaba en el aire y mientras, el lobo intentaba devorarlo sin éxito. Entretanto, Pedro hizo un nudo en la cuerda, la cual fue dejando caer lentamente hasta que consiguió enganchar la cola del lobo y, entonces, tiró de ella con todas sus fuerzas. El lobo, al sentirse atrapado, estiraba con fuerza, pero con sus bruscos tirones, lo único que conseguía era apretar cada vez más el nudo que lo sujetaba.

Mientras esto ocurría, unos cazadores, que iban tras las huellas del lobo, salieron del bosque disparando sus escopetas. Pedro les gritó:

—¡No disparéis! ¡El pájaro y yo hemos atrapado al lobo! Ayudadnos a llevarlo al zoológico.

Entre todos, desataron al lobo del árbol e iniciaron una triunfal caravana. Pedro, feliz, iba en cabeza; tras él, los cazadores, que llevaban al lobo y cerrando el desfile, el abuelo y el gato. Sobre sus cabezas, el pájaro revoloteaba y piaba con gran alegría. Y, si prestáis atención, podréis oír al pato graznando en la barriga del lobo, porque el muy glotón ¡se lo había tragado entero!

FIN

El pastorcillo mentiroso

Ilustración: Niky-Chan

Érase una vez un joven pastorcillo que se pasaba la mayor parte del tiempo cuidando de su rebaño de ovejas. Muy de mañana, las llevaba a pastar a los campos que rodeaban la pequeña aldea en la que vivía. A diario, cuando el sol empezaba a asomar, hacía lo mismo: se levantaba, metía en su zurrón un trozo de pan y un poco de queso y, seguido de sus ovejas, se dirigía hacia las praderas, donde se pasaba todo el día. Una jornada de otra solo se diferenciaba porque llovía o hacía sol, por lo demás todas trascurrían de igual modo.

A menudo, mientras miraba a los animales pastar, pensaba en las muchas cosas que podría estar haciendo en aquel momento si no fuera porque tenía que trabajar y como el tiempo pasaba muy lento y se aburría mucho, echaba a volar la imaginación para divertirse. Un día, mientras dormitaba debajo de un árbol, se le ocurrió una idea… Pensó que podría pasar un buen rato divirtiéndose a costa de sus vecinos y empezó a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

La gente, sin perder ni un segundo, tomó lo que tenía más a mano para defenderse del animal y acudió corriendo a auxiliar al pobre pastorcito, que seguía pidiendo auxilio a gritos. Al llegar allí, los vecinos descubrieron que todo había sido una pesada broma del pastor, que, al ver reunidos a su alrededor a sus vecinos con cara de susto y armados hasta los dientes, se desternillaba de la risa por el suelo. Los aldeanos, muy enfadados, le afearon su actitud y regresaron a sus quehaceres.

Una vez se hubieron ido, pensó el pastor que aquello había sido muy divertido. ¡No se había reído tanto en toda su vida!, así, que decidió repetir su juego. Cuando vio que la gente ya se había alejado lo suficiente, volvió a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

De nuevo, la gente, al oír su grito de socorro, desanduvo el camino y acudió a toda prisa, pensando que, esta vez, sí que era cierto que lo atacaba el lobo y que, realmente, el pastor necesitaba su ayuda. Pero al llegar donde estaba el chiquillo, se lo encontraron riendo sin parar. más aún que la primera vez, y no paraba de burlarse de que hubieran vuelto otra vez para auxiliarlo. Esta vez, los aldeanos se enfadaron muchísimo y se marcharon muy molestos de la nueva mala pasada del pastor.

Cayó la noche; el pastor recogió su rebaño y se fue a su casa.

A la mañana siguiente, con los primeros rayos de sol, el pastor se dirigió al prado para que sus ovejas comieran. Cada vez que recordaba lo ocurrido el día anterior, le entraba la risa y, en modo alguno, pensaba en la mala pasada que les había hecho a sus vecinos ni en el mal rato que les había hecho pasar. Tan divertido estaba recordando su jugarreta, que no se dio cuenta de que, sigiloso, se acercaba a sus espaldas un gran lobo gris. Al oír crujir una rama, se dio media vuelta y vio al enorme animal. El miedo le recorrió el cuerpo de arriba abajo. El lobo se acercaba más y más, despacio, con las fauces abiertas, medio muerto de hambre, gruñendo… Y cuando ya estaba a pocos pasos del pastor, este empezó a gritar desesperadamente:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo! ¡Me va a comer! ¡Socorro!

Pero, aunque gritó, lloró e imploró sin parar, sus súplicas fueron en vano. Los aldeanos oyeron sus ruegos, pero hicieron caso omiso de ellos, porque no creyeron lo que decía el pastor. Recordaron las mentiras del día anterior y, esta vez, hicieron oídos sordos. Pensaron que ahora tampoco decía era verdad.

¿Y qué es lo que pasó? Pues que el pastor se subió a un árbol para salvarse del ataque y, desde allí, vio impotente cómo la fiera se abalanzaba sobre su rebaño y lo devoraba entero mientras él no dejaba, entre dentellada y dentellada del lobo, de gritar:

—¡Esta vez prometo que es verdad! ¡No os engaño! ¡El lobo está aquí y se está comiendo las ovejas!

Tarde y mal, el pastorcillo se dio cuenta de su mal comportamiento y se arrepintió de su actitud. Desde ese día, nunca más volvió a mentir ni a burlarse de sus semejantes y comprendió que, para divertirse, siempre es mucho mejor reírse con las personas que de las personas.

FIN

El árbol que hablaba

Ilustración: AlectorFencer

En una espesa selva vivía un lobo feroz. Un día, mientras intentaba cazar algo para comer, topó con un árbol de cuyas extrañas hojas rojas se desprendía un tenue resplandor. Curioso, se acercó más a él para observarlo mejor y fue entonces cuando oyó que el árbol hablaba.

El lobo se asustó y exclamó:

—Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto hubo pronunciado esas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No supo cuánto tiempo permaneció tendido a los pies del misterioso árbol, pero al despertar estaba demasiado asustado para pensar en otra cosa que en huir, así que se levantó de inmediato y no paró de correr hasta llegar a su casa.

El lobo estuvo meditando largo rato acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podría usar el árbol en beneficio propio. Volvió a salir de casa y fue paseando en busca de su vecino el antílope. Cuando dio con él, le contó la historia del árbol que hablaba, pero el antílope no creyó nada de lo que le contaba.

—Si no me crees, ven y tú mismo podrás verlo —propuso el lobo—, pero debes tener cuidado. Cuando estés delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante». Si cuando estés ante él no pronuncias esta frase, morirás.

El lobo y el antílope se dirigieron hacia el lugar en el que estaba el árbol que hablaba y una vez ante él, el antílope dijo:

—Has dicho la verdad, lobo, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto dijo esto, alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a su casa para comérselo. «Este árbol que habla solucionará todos mis problemas —pensó el lobo—. Si soy listo, nunca más volveré a pasar hambre».

Al día siguiente, el lobo paseaba como de costumbre cuando topó de frente con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope y la llevó hasta el lugar en el que estaba el árbol parlante. La tortuga se sorprendió mucho al oírlo hablar:

—No creí que esto fuera posible —dijo—, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y se desvaneció. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla para hacer con ella una deliciosa sopa.

El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga dio cuenta de un cuervo, de un jabalí, y de un ciervo. ¡En su vida había comido mejor! Ahora usaba siempre la misma estrategia: contaba a sus presas la misma historia y les decía que debían pronunciar ante el árbol la fatídica frase y que si no la decían, morirían. Todos hacían lo que el lobo les decía y todos quedaban inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. ¡Era un plan perfecto!, era simple e infalible, y él agradecía a los dioses de la selva haber puesto en su camino aquel árbol. Esperaba seguir comiendo como un rey el resto de su vida.

Un día, que se sentía hambriento salió a pasear en busca de una nueva víctima. Esta vez se tropezó con una liebre y el lobo le dijo:

—Hermana liebre, tengo un secreto que es probable que no lo conocieran ni tus antepasados.

—¿Y cuál es ese secreto, hermano lobo? —preguntó curiosa la liebre.

—En esta selva hay un árbol que habla —susurró el lobo.

Y, acto seguido, le contó a la liebre la misma historia de siempre y se ofreció a acompañarla a ver el árbol parlante. La liebre aceptó y fueron juntos hasta el lugar. Cuando ya estaban cerca del árbol el lobo le recordó:

—No olvides decirle al árbol lo que te he dicho.

—¿Qué debo decirle? —preguntó la liebre.

—La frase que debes pronunciar cuando estés en su presencia si no quiere morir —contestó el lobo.

—¡Ah!, sí —dijo la liebre.

Y empezó a hablar con el árbol.

—¡Oh!, gran árbol, ¡oh!, gran árbol —recitó—. ¡Oh! árbol majestuoso y…

—No, eso no es lo que has de decir —la cortó el lobo.

—Perdona —se excusó la liebre. Y volvió a recitar—. Árbol, ¡oh!, árbol, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol raro.

—¡No, no y no! —se impacientó el lobo— no «un árbol raro», sino «un árbol parlante». Lo que tienes que decir es: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante».

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se alejó despacio, girándose, de cuando en cuando, para observar aquel extraño árbol rojo y al lobo tendido bajo él. Luego sonrió:

—Así que este era su plan, señor lobo. Usted se pensó que esta liebre era boba y que hoy sería su comida.

La liebre puso tierra por medio y en su camino fue contando a todos los animales de la selva el secreto del árbol rojo que hablaba. El plan del lobo quedó al descubierto, y el árbol, sin poder herir a nadie más, continuó hablando solo.

FIN

La invernada de los animales

La invernada de los animales

Un toro que pasaba por un bosque se encontró con un cordero.

—¿Adónde vas, Cordero? —le preguntó.

—Busco un refugio para resguardarme del frío en el invierno que se aproxima —contestó el cordero.

—Pues vamos juntos en su busca.

Continuaron andando los dos y se encontraron con un cerdo.

—¿Adónde vas, Cerdo? —preguntó el toro.

—Busco un refugio para el crudo invierno —contestó el cerdo.

—Pues ven con nosotros.

Siguieron andando los tres y a poco se les acercó un ganso.

—¿Adónde vas, Ganso? —le preguntó el toro.

—Voy buscando un refugio para el invierno —contestó el ganso.

—Pues síguenos.

Y el ganso continuó con ellos.

Anduvieron un ratito y tropezaron con un gallo.

—¿Adónde vas, Gallo? —le preguntó el toro.

—Busco un refugio para invernar —contestó el gallo.

—Pues todos buscamos lo mismo. Síguenos —repuso el toro.

Y juntos los cinco siguieron el camino, hablando entre sí.

—¿Qué haremos? El invierno está empezando y ya se sienten los primeros fríos. ¿Dónde encontraremos un albergue para todos?

Entonces el toro les propuso:

—Mi parecer es que hay que construir una cabaña, porque si no es seguro que nos helaremos en la primera noche fría. Si trabajamos todos juntos, pronto la veremos hecha.

Pero el cordero repuso:

—Yo tengo un abrigo muy calentito. ¡Mirad qué lana! Podré invernar sin necesidad de cabaña.

El cerdo dijo a su vez:

—A mí el frío no me preocupa; me esconderé entre la tierra y no necesitaré otro refugio.

El ganso dijo:

—Pues yo me sentaré entre las ramas de un abeto, un ala me servirá de cama y la otra de manta, y no habrá frío capaz de molestarme; no necesito, pues, trabajar en la cabaña.

El gallo exclamó:

—¿Acaso no tengo yo también alas para preservarme contra el frío? Podré invernar muy bien al descubierto.

El toro, viendo que no podía contar con la ayuda de sus compañeros y que tendría que trabajar solo, les dijo:

—Pues bien, como queráis; yo me haré una casita bien caliente que me resguardará; pero ya que la hago yo solo, no vengáis luego a pedirme amparo.

Y poniendo en práctica su idea, construyó una cabaña y se estableció en ella.

Pronto llegó el invierno, y cada día que pasaba el frío se hacía más intenso. Entonces el cordero fue a pedir albergue al toro, diciéndole:

—Déjame entrar, amigo Toro, para calentarme un poquito.

—No, Cordero; tú tienes un buen abrigo en tu lana y puedes invernar al descubierto. No me supliques más, porque no te dejaré entrar.

—Pues si no me dejas entrar —contestó el cordero— daré un topetazo con toda mi fuerza y derribaré una viga de tu cabaña y pasarás frío como yo.

El toro reflexionó un rato y se dijo: «Lo dejaré entrar, porque si no será peor para mí».

Y dejó entrar al cordero.

Al poco rato el cerdo, que estaba helado de frío, vino a su vez a pedir albergue al toro.

—Déjame entrar, amigo, tengo frío.

—No. Tú puedes esconderte entre la tierra y de ese modo invernar sin tener frío.

—Pues si no me dejas entrar hozaré con mi hocico el pie de los postes que sostienen tu cabaña y se caerá.

No hubo más remedio que dejar entrar al cerdo. Al fin vinieron el ganso y el gallo a pedir protección.

—Déjanos entrar, buen Toro; tenemos mucho frío.

—No, amigos míos; tenéis cada uno un par de alas que os sirven de cama y de manta para pasar el invierno calentitos.

—Si no me dejas entrar —dijo el ganso— arrancaré todo el musgo que tapa las rendijas de las paredes y ya verás el frío que va a hacer en tu cabaña.

—¿Que no me dejas entrar? —exclamó el gallo—. Pues me subiré sobre la cabaña y con las patas echaré abajo toda la tierra que cubre el techo.

El toro no pudo hacer otra cosa sino dar alojamiento al ganso y al gallo. Se reunieron, pues, los cinco compañeros, y el gallo, cuando se hubo calentado, empezó a cantar sus canciones.

La zorra, al oírlo cantar, se le abrió un apetito enorme y sintió deseos de darse un banquete con carne de gallo; y pensando en el modo de cazarlo se le ocurrió pedir ayuda a sus amigos y se dirigió a ver al oso y al lobo, y les dijo:

—Queridos amigos, he encontrado una cabaña en que hay un excelente botín para los tres. Para ti, Oso, un toro; para ti, Lobo, un cordero, y para mí, un gallo.

—Muy bien, amigo —le contestaron ambos—. No olvidaremos nunca tus buenos servicios; llévanos pronto adonde sea que nos los comeremos.

La zorra los condujo a la cabaña y el oso dijo al lobo:

—Ve tú delante.

Pero este repuso:

—No, tú eres más fuerte que yo. Ve tú delante.

El oso se dejó convencer y se dirigió hacia la entrada de la cabaña; pero apenas había entrado en ella, el toro lo embistió y lo clavó con sus cuernos a la pared; el cordero le dio un fuerte topetazo en el vientre que lo hizo caer al suelo; el cerdo empezó a morderle el pellejo; el ganso le picoteaba los ojos y no lo dejaba defenderse y, mientras tanto, el gallo, sentado en una viga, gritaba como loco:

—¡Dejádmelo a mí! ¡Dejádmelo a mí!

El lobo y la zorra, al oír aquel grito guerrero, se asustaron y echaron a correr. El oso, con gran dificultad, se libró de sus enemigos, y cuando alcanzó al lobo le contó sus desdichas:

—¡Si supieras lo que me ha ocurrido! En mi vida he pasado un susto semejante. Apenas entré en la cabaña se me echó encima una mujer con un gran tenedor y me clavó a la pared; acudió luego una gran muchedumbre, que empezó a darme golpes, pinchazos y hasta picotazos en los ojos; pero el más terrible de todos era uno que estaba sentado en lo más alto y que no dejaba de gritar: «¡Dejádmelo a mí!, ¡Dejádmelo a mí!». Si ese me llega a coger por su cuenta, seguramente o lo cuento.

FIN

El lobo y las siete cabritillas

Ilustración: Stevan55

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas.

—Hijas mías —les dijo—, me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas.

Las cabritas respondieron:

—Tendremos mucho cuidado, mamaíta. Márchate tranquila.

Se despidió la vieja cabra con un balido y, confiada, emprendió su camino.

No había transcurrido mucho rato cuando llamaron a la puerta y una voz pidió:

—Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una.

Pero las cabritas comprendieron, por lo ronco de la voz, que era el lobo.

—No te abriremos —exclamaron— no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo.

El lobo se fue a la tienda y se compró un buen trozo de yeso, que se comió para suavizarse la voz. Volvió a la casita y llamó nuevamente a la puerta:

—Abrid hijitas —dijo—  vuestra madre os trae algo a cada una.

Pero el lobo había puesto una de sus negras patas en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron:

—No, no te abriremos, nuestras mamá no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!

Corrió entonces, el muy bribón, a un molinero:

—Échame harina blanca en el pie —le dijo.

El molinero comprendió que el lobo tramaba alguna tropelía, así que se negó, pero la fiera lo amenazó:

—Si no lo haces, te devoro.

El hombre, asustado, le blanqueó la pata.

Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo:

—Abrid, pequeñas; es vuestra mamíta querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque.

Las cabritas replicaron:

—Enséñanos la patita; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre.

La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas!

Una se metió debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo del fregadero, y la más pequeña, en la caja del reloj.

Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, no la pudo encontrar.

Ya harto, el lobo se alejó a un trote ligero y en un prado verde que encontró se  tumbó a dormir a la sombra de un árbol.

Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo.

Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; las llamó a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que le llegó el turno a la última, la cual, con vocecilla queda, dijo:

—Mamá querida, estoy en la caja del reloj.

La fue a buscar la cabra  y, entonces, la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!

Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas.

Se acercó y al observarlo de cerca, le pareció que algo se agitaba en su abultada barriga. «¡Válgame el cielo! —pensó la cabra—, ¿serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo.

Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar, cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras sin masticar.

¡Que contentas se pusieron! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta!

Pero aún no había terminado. La cabra dijo:

—Traedme piedras, que ahora que el lobo duerme, aprovecharemos y llenaremos su panza con ellas.

Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.

Terminada su siesta, el lobo se despertó  y, como los guijarros que le llenaban el estómago le habían dado mucha sed, se encaminó a un pozo cercano para beber.

Mientras andaba, los guijarros de su panza se movían de un lado a otro y chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

—¿Qué será este ruido que suena en mi barriga? Creí que eran cabritas, pero parecen chinitas.

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo y no pudo volver a salir y si nadie lo ha ayudado, ahí debe seguir.

FIN