loro

El concurso de vuelo

Ilustración: TsaoShin

En el tiempo en el que los animales hablaban, los pájaros se reunían una vez al año para competir en un concurso de vuelo. Al pájaro que mejor volaba, le daban un bonito premio

En uno de estos concursos, se juntaron todas las aves y decidieron qué pájaros harían de jueces y cuáles serían los premios que otorgarían.

Los mejores voladores estaban impacientes por demostrar sus habilidades aéreas. Los que se presentaban al concurso tenían que superar pruebas muy difíciles y demostrar cómo resistían toda clase de vuelos y acrobacias.

El concurso se inició con la actuación de una paloma. Tres picados y un doble salto mortal dejaron a todos con el pico abierto. Los espectadores aplaudieron a rabiar.

Luego actuó la golondrina, que se lució con sus elegantes movimientos. Su exhibición, más que un vuelo, pareció un delicado baile. La concurrencia aplaudió más todavía.

A continuación, voló la calandria, voló el casero, voló el teruteru y así fueron desfilando varios pájaros.

Después le tocó el turno a la lechuza que con su vuelo tan especial, quedándose en el aire sin moverse y haciendo giros que no habían hecho otros, parecía que iba a ganar el concurso de aquel año. Pero, aunque todo el mundo aplaudía sin descanso y ya estaba más que claro que la lechuza sería la campeona, aún no había nada decidido, pues faltaba el vuelo del loro:

—¡Que vuele el loro! ¡Que vuele el loro! ¡Hay que seguir hasta que todos hayan volado!

El último concursante era un loro grande y colorido que se había preparado a conciencia para la competición. Ya iba a comenzar su actuación, cuando un pájaro bromista de los que estaban ahí, que nunca se supo cuál fue, ató en la cola del loro, en un descuido de este, un petardo encendido.

Al sentir el calor en su cola, el loro arrancó el vuelo a toda velocidad, haciendo unos virajes extraordinarios. A causa de su desesperado aleteo, el petardo se encendió más y más y se le empezó a quemar el trasero. Entonces, el loro aleteó aún con más fuerza mientras se arrastraba por el suelo intentando librarse del petardo. Y subía y bajaba y hacía mil piruetas y se seguía arrastrando por el suelo a ver si se podía apagar el fuego, hasta que lo consiguió. Por fin, pudo aterrizar definitivamente y se quedó quieto.

Se hizo un silencio sepulcral entre los presentes, todos miraban a loro con ojos asombrados hasta que, de repente, los vítores y los aplausos estallaron a la vez y se oyeron en varios kilómetros a la redonda. El público pareció enloquecer.

Como no podía ser de otro modo, ganó el loro. Los jueces le entregaron el premio y le pidieron que contara cómo y dónde había aprendido a efectuar aquellas complicadas piruetas, aquellos picados temerarios, aquellas vueltas y revueltas espectaculares y aquellos remolinos de vértigo que habían dejado a todos anonadados.

—¡Que hable! ¡Que hable! ¡Que cuente su secreto! ¡Cuando sepamos cómo lo hace, nosotros lo imitaremos! —gritaban los pájaros.

Entonces, el loro habló:

—Bueno, amigos míos, no cualquiera puede hacer lo que yo he hecho. He ganado este concurso a costa de sudores, sacrificios y sufriendo muchos dolores —Acto seguido, el loro paseó su mirada entre el público y añadió—. Y aunque el galardón lo he ganado yo, quisiera saber quién ha sido el gracioso que me ha puesto el petardo en el culo para compartir el premio con él.

FIN

Un elefante ocupa mucho espacio

Ilustración: Euchariss

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar «en elefante», esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo… ¡ah!… eso algunos no lo saben, y por eso se lo cuento:

Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes, el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.

—¿Te has vuelto loco, Víctor? —le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula—. ¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!

La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:

—¡Ja! El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas…

—¿De qué te quejas, Víctor? —interrumpió un osito, gritando desde su encierro— ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?

—Tú has nacido bajo la lona del circo… —le contestó Víctor dulcemente— La esposa del criador te crio con mamadera… Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad…

—¿Se puede saber para qué hacemos huelga? —gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.

—¡Al fin una buena pregunta! —exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos… que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero… que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente… que se los forzaba a imitar a los hombres… que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres… Y que patatán fue la orden de huelga general…).

—¡Bah! Pamplinas… —se burló el león— ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?

—Sí —aseguró Víctor—. El loro será nuestro intérprete —Y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera.

Enseguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros. Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡Hasta el león!

Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas… (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped…).

De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:

—¡Los animales están sueltos! —gritaron a coro, antes de correr en busca de sus látigos.

—¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas! —les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente—. ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!

—¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas!

Y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.

—¡Ustedes a las jaulas! —gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.

La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban:

CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.

Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:

—¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! —¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!

—¡No usen las manos para comer!

—¡Rebuznen!

—¡Maúllen!

—¡Ladren!

—¡Rujan!

—¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! —gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos—. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?

El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:

—Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán… porque… o nos envían de regreso a nuestras selvas… o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.

Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.

Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: en uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor… porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio…

FIN