Luna

El queso de Luna

Ilustración: hannelin

En una pequeña granja vivía una niña con sus padres. Su nombre era Luna, pero como era muy chiquita, todos la llamaban Lunita. Cada mañana, cuando el Sol aún no se había despertado, la pequeña, para ayudar al sustento de la familia, montaba sobre su pequeño burrito y se dirigía a la ciudad para vender los ricos quesos que ella misma elaboraba. Como el trayecto era muy largo, se entretenía cantando:

Yo soy Lunita

y vendo quesos,

si compras uno,

te doy un beso.

Niña bonita

dicen que soy,

todos me llaman

por donde voy:

«¡Luna Lunita,

dame un quesito

de esos tan blancos

y redonditos!»

Arre, burrito,

burrito arre,

anda de prisa

que llegas tarde.

Si corres mucho

yo te daré

unos churritos

para el café.

Un día, en el que Luna, iba distraída, cantando alegremente su canción, no se dio cuenta de que en medio del camino había un enorme agujero. El burro tampoco lo vio y metió una de sus patas en el boquete. Lunita, burro y quesos saltaron por los aires y rodaron camino abajo.

Al fin, en una hondonada, consiguieron detenerse. Luna no paraba de llorar al ver aquel terrible desastre. ¡Cuando sus padres se enteraran de lo que había ocurrido, la regañarían mucho por andar tan distraída!

Se apresuró a recoger todos los quesos y a ponerlos nuevamente en los cestos, pero no se dio cuenta de que el queso más grande seguía rodando y rodando sin parar, subiendo y bajando, de una montaña a otra y a otra y a otra… ¡hasta que se topó con el mismísimo arco iris! El blanco queso, de un salto, subió sobre el color rojo y siguió rodando, de color en color, hasta que llegó al cielo, y allí se quedó pegado. Desde entonces, el queso de Luna puede verse cada noche en el cielo.

FIN

Un cuento de plata y arena

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Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

«Un amigo —pensó Najib— no es alguien de quien quieres algo, sino alguien para el que quieres lo mejor».
El niño de luz de plata.

Esta entrada está dedicada a todos los refugiados saharauis de los campos de Tinduf (Argelia).

A veces suceden cosas. Y aquella tarde sucedió algo. Entonces parecía nada, ahora parece un universo.

Los niños del club de lectura de Farsía, capitaneados por la maestra Enguía Ubud, siempre fueron muy especiales…

…los niños lectores de Farsía, no contentos con leer —más bien devorar, libros y libros; tantos, que tenían al Bubisher exhausto—, un día quisieron recomponer la cancioncilla «Mano con mano»; un regalo de Mehdi, un músico genial, un cantor del pueblo.

La melodía era breve y el estribillo se repetía una y otra vez. Pero Enguía la entonó, despacio, marcando las sílabas lentamente, con su aterciopelada voz infantil. Y luego, a ella, se unieron las voces de los niños y niñas, y nació lo que hoy es un auténtico himno.

Poco después, una tarde de otoño, Tuttu me preguntó curiosa:

—¿Cómo se escribe un libro?

Al mirar sus oscuros ojos comprendí que lo preguntaba de verdad, tal vez porque por un agujerito de gusano había visto el futuro. Yo le repliqué que era fácil, que bastaba con seguir el hilo.

—Escribir —dije— es, en realidad, «escrivivir». Basta con una buena primera frase, y después solo hay que dejarse llevar.

—Cuál, por ejemplo —preguntó Tuttu.

—No sé… —contesté.

Pero al levantar los ojos hacia el cielo buscando inspiración, vi la luna imponente que acompaña la vida de los refugiados saharauis desde hace cuarenta años: la luna de Tinduf, distinta a todas las lunas que pueden contemplarse desde nuestras tristes ciudades, y dije:

«Una noche, de la Luna bajó una escalera de plata…».

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Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

No hizo falta más. Mi libreta empezó a echar humo. El club de lectura al completo se puso a argumentar: quién vio la escalera de plata, quién subió o bajó por ella… Y yo lo iba anotando todo, asombrado, porque aquel grupo de niños de Farsía actuaba como un cerebro único.

Así nació El niño de luz de plata, Najib, el chico listo que se hace amigo de un hijo de la Luna.

Lo probamos en las escuelas. Yo contaba el cuento de los niños de Farsía y Clara Bailo, con la ayuda de un kamishibai  dibujaba ante los ojos asombrados de los escolares —¡oh, milagro!—, todo lo que yo iba contando.

Ahora, casi seis años después, esos niños son ya jóvenes que viven su propia vida, pero sus ideas, aquella catarata de pequeños sucesos ha cristalizado y ahora es un libro. Un libro hermoso escrito en dos lenguas: árabe y castellano. Un libro que para no ser ni occidental ni árabe, sino de todos, se abre en vertical.

Y gracias a este libro nacerá una biblioteca en Dajla, el campamento más alejado, más olvidado, menos poblado. En el que, sin embargo, los niños esperan impacientes una caricia del destino. Y la tendrán. Tendrán una biblioteca en la que leer, pintar, reírse, enamorarse. Será libro a libro, granito a granito, del mismo modo que la arena forma las grandes dunas. Y SERÁ con tu ayuda.

Ahora nos lees, pero pronto tendrás en tus manos, bajo tus ojos, una historia hermosa en la que no hay ningún deseo de dar pena, de reclamar nada. O quizá sí, la VIDA. Con sus momentos mágicos y con sus momentos terribles. Con su dolor y su ternura. Porque el final, tan dulce, me lo susurró al oído Minetu, una de aquellas niñas del club de lectura de Farsía:

«Y de la escalera cayó…»

Y al caer halló una mano extendida…

mano

Ilustración: Clara Bailo, El niño de luz de plata

Para capturar una lágrima, o quizá para estrechar otra mano, la tuya.

No pongas FIN a esta historia.

Contribuye con tu pequeño granito de arena* a que la construcción de la biblioteca de DAJLA se haga realidad.

Pide tu ejemplar a Pilar Segura ( pseguratorres@hotmail.com  *10 € + gastos de envío)

La historia de Kaguya-Hime

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Ilustración: aruarian-dancer

Vivió una vez en Japón un viejecito llamado Taketori no Okina que se ganaba la vida cortando bambú. Un día, mientras faenaba en el bosque, un extraño resplandor proveniente de la espesura llamó su atención.

El anciano, empujado por la curiosidad, se internó en la floresta para descubrir asombrado que aquella misteriosa luz provenía de una caña de bambú muy alta, que parecía toda ella de plata pura.

—Venderé este tallo y con lo que me paguen por él, mi esposa y yo tendremos una vida mejor. Ya somos viejos y estamos cansados.

Golpeó la planta con todas sus fuerzas y la partió en dos, pero cuál no sería su sorpresa, al encontrar en su interior a un diminuto bebé que dormía apaciblemente. Era una hermosa niñita de piel blanquísima y cabello negro, envuelta en finas sedas. El anciano, procurando no turbar el sueño de la pequeña, la  tomó con delicadeza entre sus manos y se la llevó a su casa.

—¡Mira lo que he encontrado! —le dijo a su esposa mostrándole su hallazgo.

A la anciana se le iluminaron los ojos y respondió con una sonrisa:

—El cielo nos envía este precioso regalo.

Como el destino los había privado de la fortuna de tener hijos, decidieron adoptar a la niña, a la que pusieron por nombre Kaguya-Hime, Princesa Luz Radiante, y criarla como si se tratara de su propia hija.

La pequeña creció feliz junto a sus padres adoptivos y pronto alcanzó las proporciones de una niña normal. Después, siguió desarrollándose hasta convertirse en la muchacha más deslumbrante que ojos humanos hubieran contemplado jamás.

Cuando corrió la voz de lo especial que era, no tardó en formarse una larga cola de pretendientes frente a su casa, que esperaron pacientemente su turno frente a la puerta para pedir a Taketori no Okina la mano de su hija, no obstante, este dejó la elección en manos de la joven que, finalmente, tuvo que decidir entre los cinco finalistas.

Después de hablar con cada uno de ellos, Kaguya-Hime los envió a retos imposibles para ponerlos a prueba.

Al primero le dijo:

—Encuentra el cuenco en el cual Buda comió durante su viaje a Varanasi.

Al segundo le solicitó:

—Corta una rama de plata y oro de los árboles que crecen en Penglai.

La petición para el tercero fue:

—Tráeme el abrigo hecho con el pelo de la Rata de Fuego de Xianyang.

El requerimiento para el cuarto:

—Arrebata la piedra de mil colores que pende del cuello del dragón de Baoji.

Y, finalmente, al quinto le indicó:

—Recupera la concha de cauri que guardan las golondrinas de Nankín.

Los cinco jóvenes partieron en busca de los tesoros que Kaguya-Hime había solicitado.

El primero regresó e intento engañar a Kaguya-Hime entregándole un valioso cuenco de oro, engastado con ricas joyas que quiso hacer pasar por el auténtico.

—Esta que me presentas es una simple escudilla adornada, no es el cuenco de Buda, puesto que no desprende su luz.

El segundo no tenía idea de dónde buscar la rama de plata y oro, así que decidió encargársela a un orfebre y después se la llevó a la muchacha. La rama era tan idéntica a la original, que ella creyó que debería dar su consentimiento. Pero entonces, apareció el joyero reclamando a gritos el pago de su trabajo y se descubrió el engaño.

El tercer pretendiente pagó una cuantiosa fortuna a unos comerciantes que se dirigían a Xianyang para que le consiguieran el abrigo hecho con el pelo de la Rata de Fuego. Los mercaderes regresaron con un sobretodo que juraron y perjuraron que era auténtico y el crédulo comprador los creyó.

Cuando la muchacha lo tuvo entre las manos, dijo:

—Ciertamente esta prenda es extraordinariamente delicada. Probemos si su pelo es de verdad de la Rata de Fuego, el que no arde en ningún fuego.

Y dicho esto, Kaguya-Hime lanzó el abrigo a la hoguera, donde ardió hasta convertirse en ceniza.

El cuarto pretendiente, el más valiente de todos, intentó encontrar él mismo al dragón, pero en una de sus expediciones por mar, fue sorprendido por una terrible tormenta y jamás se volvió a saber de él.

El quinto muchacho escudriñó todos los nidos de golondrina de Nankín sin hallar la concha de cauri y, según se cuenta, casi se mata al caerse de bruces de la escalera en la cual se encaramaba para buscarla.

Entretanto, la fama de Kaguya-Hime seguía creciendo y llegó el día en el que el mismísimo Emperador del Japón la quiso conocer.

En cuanto la vio, quedó prendado de la extraordinaria joven y le propuso matrimonio. Sin embargo, ella rechazó la propuesta:

—Nuestro amor es imposible, provengo de un lejano lugar y algún día debo regresar a él. Cuando eso ocurra, no quiero verte sufrir.

A pesar de su negativa, el Emperador no cejaba en su empeño y continuamente le enviaba valiosos regalos para ablandar el corazón de la muchacha de los cabellos de ébano y conseguir que accediera a convertirse en su esposa. Pero Kaguya-Hime no aceptaba ninguno, se limitaba a mirar la Luna y, cada vez que lo hacía, sus ojos se anegaban de lágrimas. Sus padres adoptivos estaban muy preocupados e intentaban averiguar el motivo de tanta tristeza, pero ella no despegaba los labios.

Un día, poco antes de la luna llena de agosto, la princesa les explicó, por fin, el motivo de tanta tristeza:

—Estoy triste porque me visitó un mensajero de Tsuki no Miyako, la Ciudad de la Luna, y me comunicó que un cortejo vendrá a buscarme durante la luna llena de agosto para conducirme de regreso a mi reino.

La triste noticia de la inminente partida llegó a oídos del Emperador, el cual envió un ejército entero a custodiar la casa de su amada. Pero fue en vano, porque cuando la luna llena de agosto asomó, los soldados quedaron cegados por el intenso resplandor que desprendía el cortejo que llegaba en busca de la joven princesa y nada pudieron hacer para impedir su marcha.

La embajada celestial vistió a Kaguya-Hime con un radiante vestido confeccionado con plumas de plata y la condujeron hacia Tsuki no Miyako, dejando atrás a sus padres deshechos en llanto.

El Emperador no se resignó a su pérdida y, aunque no sabía cómo hacérselas llegar, le escribía interminables cartas a Kaguya-Hime.

Se le ocurrió entonces una idea y mandó emisarios por todo Japón para descubrir cuál era la montaña más alta de su imperio:

—¡Hallad la montaña que esté más cerca del cielo!

Volvieron los expedicionarios y le comunicaron al soberano que habían encontrado un monte llamado Fuji cuyo pico nevado apenas se distinguía y que, sin duda, era porque tocaba el cielo.

Allí se dirigió el Emperador y allí quemó todas las cartas para que el humo llevara su mensaje a la lejana princesa.

Cuenta la leyenda, que todavía hoy, de vez en cuando, del monte Fuji se eleva hacia el cielo un humo blanco. Algunos afirman que es el Emperador, que sigue quemando sus cartas con la esperanza de que la princesa reciba algún día su mensaje de amor y decida regresar a la Tierra junto al él.

FIN

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Seis tontos

Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo al norte de Europa, vivió un matrimonio que tenía una única hija que acababa de cumplir treinta y siete años y nunca había tenido novio. En realidad, no había tenido ni un solo pretendiente en toda su vida.

Por fin un día, se presentó un caballero para cortejarla. Los padres estaban tan encantados, que prepararon una suculenta cena para agasajarlo. Al llegar el invitado, enviaron a la hija a la bodega a buscar sidra para brindar.

Bajó la joven la empinada escalera que conducía a la bodega con una gran jarra en la mano derecha y una vela en la izquierda y al llegar abajo empezó a escanciar la sidra de un tonel. Mientras esperaba a que se llenara la jarra, levantó la vista y frente a ella vio un pico clavado en la pared. El pico debía llevar allí una eternidad, porque el hierro estaba lleno de orín y el mango de madera completamente enmohecido.

Muy alterada, la muchacha pensó para sí: «¡Ay, madre mía!, si llegara a casarme con este caballero y tuviéramos un hijo y si al crecer lo enviara a esta misma bodega a sacar sidra de este barril, como estoy haciendo yo ahora mismo, y se le cayera el pico encima y lo matara… ¡Qué horrible sería!».

Se olvidó por completo de la sidra y se puso a llorar desconsoladamente, pensando en todas esas posibilidades, hasta que su madre bajó a averiguar el motivo de su tardanza.

—¿Qué haces? —preguntó la mujer a su hija—. ¿Por qué lloras y dejas que se derrame así la sidra?

—¡Ay, mamá! —sollozó la joven—, piensa, por un momento, que me caso con ese caballero, que tenemos un hijo, que crece, que baja a la bodega a sacar sidra y que ese pico que hay en la pared le cae encima y lo mata… ¡Eso sería horrible!

—¡Verdaderamente horrible! —contestó la madre horrorizada y también ella se puso a llorar.

El granjero, cansado de esperar, bajó a ver por qué tardaban tanto su hija y su esposa en llenar una jarra de sidra. Pero al escuchar sus razones, se sentó también, y se unió a sus llantos.

Por fin, fue el propio caballero el que bajó a la bodega para averiguar lo que pasaba con aquella familia tan extraña y se encontró al granjero, a la mujer y a la hija, sentados en las escaleras de la bodega sollozando desconsoladamente mientras la sidra inundaba todo el suelo.

—¿Qué pasa? —se interesó el caballero—, ¿por qué estáis ahí sentados llorando mientras se desperdicia esa magnífica sidra?

— ¡Ay, caballero! —contestó el granjero—. Pensad por un momento que mi hija y vos os casáis; que tenéis un hijo, que ese hijo crece y viene a esta bodega a sacar sidra, y que el pico que veis en la pared, cae sobre su cabeza y lo mata… ¡Qué horrible sería!

Y los tres, aún más ruidosamente si cabe, siguieron gimoteando inconsolablemente mientras la sidra seguía formando un gran lago en el suelo.

El caballero no pudo menos que soltar una ruidosa carcajada. A continuación, arrancó el pico de la pared y dijo:

—He viajado por todo el mundo, y nunca antes me había tropezado con tres tontos tan tontos como vosotros. Así que, con vuestro permiso, me marcho para seguir viajando. Pero os prometo que, si algún día me encuentro por el mundo a tres tontos más tontos que vosotros, regresaré y me casaré con vuestra hija.

Y se fue, dejando a los tres en la bodega con sus lamentos.

Poco tiempo después, al cruzar un frondoso bosque de robles, encontró a un hombre que trataba de enseñarle a un cerdo cómo trepar a un árbol.

—¿Para qué quieres que suba el cerdo al roble? —le preguntó el caballero.

—Para que coma bellotas —contestó el hombre—; pero aunque tiene mucha hambre, no consigo que suba, ¡y eso que llevo el día entero tratando de enseñarlo!

—¿Y por qué no subes tú y sacudes el árbol para que caigan las bellotas? Para el cerdo será más sencillo comerlas del suelo —propuso el caballero.

—¡Qué buena idea!, ¡No se me había ocurrido! —se entusiasmó el dueño del cerdo.

«Parece que he encontrado a un tipo más tonto que los tres de la bodega», pensó el caballero. Y siguió su camino hasta llegar a una posada, en la que decidió pasar la noche.

A la mañana siguiente lo despertó el ruido que hacía su compañero de cuarto al vestirse. Se había abotonado la camisa y había colgado los pantalones entre dos sillas, sujetándolos por las trabillas; y ahora corría por la habitación dando saltos, tratando de caer dentro de los pantalones. Lo intentó una vez y otra, pero, o no saltaba a suficiente altura, o no atinaba a caer dentro de los pantalones. Rendido, se sentó en la cama y se secó el sudor que le corría por la frente.

—Los pantalones son una gran prenda, no lo dudo —explicó con la respiración entrecortada—, pero es muy difícil ponérselos. Cada mañana me paso más de una hora tratando de meterme en ellos y cada mañana termino igual de acalorado y rendido. ¿Tú cómo te las arreglas para vestirte? —añadió digiriéndose al caballero.

Y el caballero le enseñó cómo debía ponerse los pantalones.

— ¡Vaya! —exclamó con asombro el hombre—, no se me había ocurrido que fuera así de fácil.

«Bien, he aquí otro gran tonto —pensó el caballero, mientras se sentaba a desayunar—. Parece que no va a ser tan difícil como pensaba encontrar a un tercero».

Era ya noche cerrada cuando llegó a un pequeño pueblo. Vio asombrado que todas las casas tenían las puertas abiertas de par en par, pero en su interior no había ni un alma. Todas estaban vacías.

Ya estaba acabando de recorrer el pueblo, cuando fuertes gritos y voces atrajeron su atención y se dirigió al lugar del que provenían y allí encontró a los habitantes de la aldea muy excitados. Estaban todos alrededor de un estanque, tratando de sacar algo de él; unos llevaban rastrillos, otros cazamoscas y otros más cañas de pescar.

— ¿Qué sucede? —preguntó el caballero.

—¿Pero es que acaso no lo ves? —gritaron extrañados—. La Luna se ha caído al estanque y tratamos de rescatarla para colgarla otra vez en el cielo. Pero por muchos esfuerzos que hacemos, no hay forma de sacarla del agua. ¡Todo es inútil!

El caballero, sin poder contener su asombro, les señaló el cielo, donde brillaba la Luna y les aclaró:

—La Luna no se ha caído; está en el cielo; lo que veis en el estanque, es solo su reflejo -Pero la gente del pueblo no lo creyó y lo echaron entre gritos y silbidos.

Después de esto, no tuvo otro remedio que cumplir la promesa que había hecho tiempo atrás. Regresó a casa de los granjeros, se casó con la hija y fueron muy felices. Con ella tuvo muchos hijos y cada hijo que les nació fue más tonto que el anterior.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Seis tontos” con la voz de Angie Bello Albelda

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Bubo, el búho cabreado

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Ilustración: Jan JN

Para Jan JN, un gran artista de 7 años que con su ilustración, «El búho cabreado» , inspiró este cuento.

Bubo no fue siempre un búho cabreado. Algunos cuentan que lo habían visto reír y que tenía muchos amigos.

Vivía en un nogal centenario que compartía con una lechuza sabia, una pareja de ardillas, tres laboriosos escarabajos peloteros y una termita gourmet, que había consagrado toda su vida a los placeres de la buena mesa. Pero para Bubo todo cambió una noche en la que la Luna empezó a menguar.

Aquel día, al mirar al cielo, Bubo se puso de muy mala luna y a partir de entonces, estar cerca de él fue imposible. Se comportaba tan mal que, poco a poco, todos se fueron apartando de su lado, hasta que se quedó completamente solo.

Y eso le ocurrió porque no supo querer…

Desde muy joven, Bubo miraba a la Luna con sus grandes ojos redondos y de tanto mirarla, se enamoró de ella. A todas horas soñaba con su blanco resplandor; estaba fascinado por su pálida belleza y por su personalidad cambiante.

Empezó a escribirle apasionados poemas y a ulularle dulces baladas. Le juró amor eterno y talló sobre el tronco del viejo nogal un corazón con sus nombres entrelazados.

Tanto y tanto insistió, que la Luna, conmovida, acabó por aceptar su amor y cada día, al caer la noche, acariciaba dulcemente las plumas de Bubo con sus níveos rayos y permanecía a su lado hasta que el Sol la eclipsaba. Entonces, depositaba un último beso albo sobre el pico del búho enamorado y se despedía dulcemente.

Todo parecía muy hermoso. Todos parecían muy felices…

Pero, ¡ay!, solo lo parecía, porque llegó el día en el que Bubo le recriminó a la Luna aquellos cambios que no hacía mucho lo habían enamorado y una noche en la que su amada menguaba el búho le exigió:

Luna, lunera,
dulce compañera,
no te quiero menguante
que te quiero entera.

Naturalmente, la Luna no podía cambiar su forma de ser solo porque a Bubo le diera la gana. Así, que se armó de paciencia y le dijo:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Bubo no atendió a razones y empezó a romper las ramas del árbol en el que había construido su hogar:

¡Haz lo que te diga!
¡Eres solo mía!

Al oír los gritos, las dos ardillas le afearon su proceder. Después, recogieron sus cosas, se mudaron siete nogales más abajo y le retiraron su amistad para siempre.

Desde la rama más alta, se oyó la voz de la sabia lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Al calmarse, Bubo, muy avergonzado, pidió humildemente perdón a la Luna y ella lo perdonó.

Parecía que las cosas habían vuelto a la normalidad, pero ¡ay!, solo lo parecía, porque cuando la Luna, siguiendo su ciclo, desapareció de cielo, los gritos de Bubo volvieron a resonar por todo el bosque:

Luna, lunera,
dulce compañera
no te quiero nueva
que te quiero entera.

La Luna, armándose nuevamente de paciencia, le dijo:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Y de nuevo, el búho destrozó las ramas del nogal, gritó y se enfureció:

¡Haz lo que te diga!
¡Eres solo mía!

Hartos de aquel violento vecino, los tres escarabajos le recriminaron su fea actitud y como única respuesta, Bubo les lanzó una nuez, que fue a dar de lleno en la cabeza de Aristóteles, el escarabajo más joven, que quedó tendido en el suelo sin sentido y patas arriba.

Alarmados, Platón y Sócrates, sus dos hermanos, lo colocaron sobre una hoja y lo arrastraron lejos de aquel lugar para curar sus heridas, decididos a no volver jamás.

Desde la rama más alta del nogal, volvió a oírse la advertencia de la lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Pasado el enfado, Bubo, llorando, suplicó que lo perdonaran y prometió que jamás volvería a comportarse de aquel modo. Y, de nuevo, lo perdonaron.

Pero pronto olvidó sus promesas, porque pasados unos días, cuando la Luna empezó a crecer muy despacito y de ella solo se veía un hilito blanco sobre el fondo negro del cielo nocturno, Bubo le gritó impaciente:

Luna, lunera,
dulce compañera
no te quiero creciente
que te quiero entera.

La Luna le recordó nuevamente:

¡Ay! Bubo querido,
si tú me quisieras
no me cambiarías
y tal como soy
tú me aceptarías.

Pero Bubo, sin atender a razones, se puso a gritar:

Haz lo que te digaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa,
¡Eres solo míaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Y aquella vez, con aquel espeluznante alarido, hasta el mismísimo nogal tembló. En su interior, la pobre termita se atragantó con una astilla. Creyó que alguien estaba talando el centenario tronco y sin recoger sus cosas ni mirar hacia atrás, se alejó corriendo de allí y no paró hasta tres bosques después.

En la rama más alta, resonó la advertencia de la sabia lechuza:

Ya verás, búho Bubo,
como por ser tan bobo,
te vas a quedar solo.

Recuperada la calma, Bubo se disculpó y aunque muy molestos por su actitud, volvieron a perdonarlo.

Fueron pasando los días y la Luna creció y creció, hasta que volvió a lucir redonda, preciosa y brillante.

Al verla, Bubo exclamó entusiasmado:

Luna, lunera,
dulce compañera
eso es lo que quiero:
¡que luzcas entera!
Siempre así estarás,
y no cambiarás.
Haz lo que te diga,
¡eres solo mía!

Pero aquella vez, la Luna, harta de las exigencias de Bubo, le respondió:

Búho cabreado,
hasta aquí he llegado.
Al fin lo has logrado,
también yo me he hartado.
Tú te lo has buscado,
¡te dejo plantado!

 Y recogiendo todos sus rayos, se fue a alumbrar a otro lugar.

Desde la rama más alta del nogal, se oyó a la sabia lechuza:

Ya lo has visto, búho Bubo,
por ser tan bobo,
¡te has quedado solo!
No escuchaste mi consejo.
Yo también me alejo.

Y añadió:

—De nada sirve ladrar a la Luna, porque las cosas que no pueden ser, no son y además no lo serán jamás por mucho que tú te enfades, grites y lo rompas todo. Aprende a conformarte y ama lo que tienes.

Y mientras le daba este último consejo, la sabia lechuza se alejó volando, perdiéndose en la oscura noche.

FIN

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Un minuto en el paro

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Ilustración: Pascal Campion

Érase una vez un Minutito que buscaba trabajo.

Las Grandes Horas del día no tenían vacantes. Cada una de ellas tenía sus sesenta minutos cubiertos.

Todas estaban al sesenta por sesenta de ocupación.

Pero el Minutito no se desmoralizaba. Al contrario, no se cansaba de insistir, pues tenía que mantener a sus sesenta segundos.

Así que llamó a la puerta de la Una del mediodía:

—Perdone, busco trabajo. Tengo sesenta segundos que mantener. Aquí le traigo mi currículum.

—¿Currículum en papel? ¿Acaso no avanza? ¡Es usted un tiempo perdido! —dijo la Hora con voz seca y áspera—. ¡Váyase con sus sesenta segundos a otra parte! ¡No me gusta perder el tiempo! ¡El tiempo es oro!

El Minutito, entonces, llevó su currículum a las Seis de la Tarde.

—Perdone, ¿tendría usted un minuto para atenderme? Busco trabajo.

—¡No, Míster! —dijo la Hora—. No puedo atenderlo, todos mis minutos están descansando, es la hora del té. Porque como muy bien dijo Lord Chesterfield: «cuida los minutos; pues las horas ya cuidarán de sí mismas». Por cierto, ¿conoce usted a Lord Chesterfield?

El Minutito negó con la cabeza y la Hora le cerró la puerta en las narices.

Cayó la noche, pero no se hizo daño, solo un pequeño chichón en la Luna.

El triste Minutito se quedó mirándola, contando y meciendo sus sesenta segundos mientras les cantaba un tic-tac nana.

A la mañana siguiente, muy de mañana, el Minutito oyó un «RIIIIIIIIIIING», y observó como las Siete de la mañana, antes de empezar su turno y todavía en la cama, se tapaba la cabeza con su manta y gritaba:

—¡Por favor, un minuto más!, ¡solo un minutito!

Currículum en mano, el Minutito corrió hacia las Siete de la mañana, como empujado por una manecilla invisible.

—¡Por fin llega mi minuto extra de descanso! —dijo la Hora con un gran bostezo al ver al Minutito que acudía en su ayuda—. ¡Contratado!

Desde aquel día y cada mañana, el Minutito trabaja y trabaja para quienes ruegan al despertar:

—¡Por favor! ¡Un minutito más!

FIN

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El último regalo de la Luna

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Ilustración: Emma Pumarola

Este cuento y esta ilustración han sido posibles gracias a: 

MWh

Cuentan, que cuando el mundo fue creado, en el firmamento alumbraban el Sol y la Luna, que salían juntos y se escondían a la vez.

Afirman, que la Luna era más brillante que el Sol y siempre lucía redonda; pero que al aparecer los primeros humanos sobre la Tierra, las cosas empezaron a cambiar.

Sucedía, que cuando el Sol y la Luna se marchaban al otro lado del planeta, la mitad de la Tierra se quedaba en tinieblas y los habitantes de la parte oscura, aterrorizados y en completo silencio, casi ni se atrevían a respirar. Se escondían, temblando, en profundas cuevas y no se movían de allí hasta que la luz regresaba de nuevo.

Cuando supo lo que ocurría, la Luna se apiadó de ellos y le propuso al Sol:

—¿Qué te parece si enviamos un poco de nuestro resplandor a la humanidad para que pueda ver lo que tiene a su alrededor mientras nosotros no estamos?

—¡Ni pensarlo! —respondió el Sol—. Dar mi claridad significaría apagarme un poco y no estoy dispuesto a perder ni una pizca de mi brillo.

—¡No te apagarías! Tan solo darías un poco de tu luz. Como yo soy más brillante, pondría más y tú apenas notarías la diferencia.

—¡No, no y mil veces no! ¡No regalaré ni una pizca de mi luminosidad!

Ante la negativa del Sol, la Luna decidió mandar ella sola algunos de sus rayos a la Tierra para iluminar la penumbra y, al hacerlo, se apagó un poco.

Al llegar a la Tierra, los haces de luz de la Luna se desperdigaron y buscaron un lugar en el que poder brillar. Algunos se fundieron con oscuérnagas, que desde entonces se conocen como luciérnagas. Otros se enredaron en las alas de las hadas nocturnas, las que vuelan justo después del crepúsculo. Y unos pocos se marcharon a los pantanos o a los cementerios; a esos los conocemos como fuegos fatuos.

Pero aunque el regalo lunar había ayudado un poco, la parte oscura del mundo seguía estando muy oscura y los habitantes del planeta empezaron a llamar noche a las horas en las que el Sol y la Luna no estaban y día a las horas en las que la brillante luz de los dos astros alumbraba con todo su esplendor.

Al comprobar la Luna que a pesar de su regalo todo seguía inmerso en las sombras, decidió desprenderse de un poco más de claridad y, esta vez, envió sus rayos hacia el espacio. Aquella luz se fue quedando enganchada en trozos de piedra que vagaban por el negro vacío y así fue como se formaron las estrellas. Gracias a ellas, al mirar al cielo durante la noche, podemos orientarnos para no perdernos, porque es como si diminutos faros nos guiaran a través de las tinieblas.

Con este regalo, la Luna se apagó un poquito más y las cosas mejoraron algo en la Tierra, pero hacía falta más iluminación durante las horas nocturnas.

La Luna volvió a pedir ayuda al Sol:

—Sol, ya he dado mucha de mi luz y me estoy apagando. Por favor, ¿podrías ayudarme a iluminar un poco la noche?

Y el Sol contestó de nuevo:

—¡No, no y mil veces no! ¡No regalaré ni una pizca de mi luminosidad!

La Luna, entonces, le pidió ayuda al relámpago:

—Relámpago, por favor, ¿podrías ayudarme a iluminar un poco las sombras?

—Me gustaría ayudarte, Luna, pero ya sabes que mi fulgor solo dura un segundo y…¡Aunque se me ocurre una idea! Caeré sobre un árbol y dejaré allí prendida parte de mi claridad, así durará un poco más.

Y eso hizo. Se desplomó con fuerza sobre una vieja encina, cuya madera se incendió rápidamente, irradiando luz y calor a los hombres que estaban más cerca, los cuales, asombrados, se acercaron, se apropiaron de aquella nueva fuente de energía, la repartieron por toda la Tierra y la llamaron fuego.

Pero tampoco el fuego fue capaz de alumbrar lo suficiente las penumbras, además de que era difícil y peligroso de transportar. Por eso la Luna, ya con muy poca luz, decidió mudarse. Se despidió del sol y se fue a vivir a la noche para poder iluminar las tinieblas.

Desde aquel día, con el poco brillo que le quedaba, empezó a lucir durante las horas nocturnas, junto a las luciérnagas, las hadas, los fuegos fatuos, las estrellas y el fuego. Pero ni todos juntos a la vez podían vencer por completo la penumbra.

La Luna, en un último acto de generosidad, decidió entregar aún más luz y solo se guardó un poquito para ella. Tan poco, tan poco que ya ni siquiera podía brillar entera todas las noches.

A este último regalo de la Luna los humanos lo llamaron electricidad.

Con la electricidad, podemos ver durante la noche como si fuera de día, podemos viajar, leer o movernos por cualquier lugar y a cualquier hora, sin temor a la oscuridad.

Por eso, siempre que contempléis el cielo nocturno, acordaos de la generosidad de la Luna y tened muy presente que cada vez que encendéis una luz o a vuestro alrededor la noche se ilumina, es gracias a ella. ¡No malgastéis su precioso regalo!

Esta historia nos la contó, el Gran Guardián de los Rayos de Luna, que se encarga de repartir en la Tierra la electricidad a todos aquellos que se la piden y de explicarles cómo deben usarla para no malgastarla. Por él, hemos sabido por qué la Luna sale de noche y también por qué algunas veces luce brillante, otras no está entera y otras está apagada.

Tened siempre presente que la energía es un don muy valioso que no debemos derrochar. Informaos muy bien de cómo conservar ese preciado presente para no desperdiciar ni uno solo de los rayos que nos regaló la Luna…

 …preguntad cómo hacerlo a…

MWh

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “El último regalo de la Luna” con la voz de Angie Bello Albelda

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