madrastra

Hänsel y Gretel (La casita de chocolate)

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Ilustración: Margaret Tarrant

Este cuento está dedicado a Julie Sopetrán, la poeta que descubrió la PALABRA, de la mano de Hänsel y Gretel, en un trocito de chocolate.

Junto a un espeso bosque, vivía un leñador con su mujer y con los dos hijos que había tenido con su primera esposa: un niño llamado Hänsel y una niña llamada Gretel.

La familia era tan pobre, que apenas tenía qué comer y en una época de carestía, la situación empeoró tanto, que más de un día se iban a dormir sin probar bocado.

Una noche, el leñador daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño a causa del hambre y las preocupaciones cuando, finalmente, le dijo a su mujer:

—¿Qué será de nosotros? ¿Cómo daremos de comer a los niños?

—La única solución —respondió ella— es que mañana, de madrugada, nos los llevemos a lo más profundo del bosque y los abandonemos allí. Como no sabrán encontrar el camino de vuelta, ya no tendremos que preocuparnos por darles de comer.

—¡¿Pero qué dices?! ¡No podemos hacer algo así! Las fieras no tardarían en devorarlos.

—Eso tú no lo sabes. Quizá tengan suerte y salgan adelante. Piensa que si se quedan aquí, sí que es seguro que morirán.

Tan convincentes fueron sus argumentos que el hombre, de personalidad débil, aceptó el plan.

Los dos niños, despiertos a causa del hambre, oyeron la conversación y Gretel le dijo a Hänsel sollozando:

—¡Estamos perdidos!

—No llores, Gretel —la consoló su hermano—. Pensaré en algo.

Cuando todos se quedaron dormidos, Hänsel salió de la casa sigilosamente. La luz de la Luna hacia relucir los blancos guijarros del camino como si fueran de plata y el pequeño tuvo una idea. Se llenó los bolsillos con ellos, regresó a casa y se acostó.

Antes de que saliera el sol, la mujer despertó a los niños:

—¡Levantaos! Hoy vendréis con nosotros al bosque a recoger leña.

Y tras darles a cada uno un trocito de pan les aconsejó:

—No lo malgastéis; esta será vuestra comida para todo el día.

Se encaminaron los cuatro hacia el bosque. Hänsel iba el último y de vez en cuando, sin que los demás se dieran cuenta, sacaba de su bolsillo una piedrecita blanca y la dejaba caer para señalar el camino.

Al llegar a lo más profundo del bosque, prepararon una hoguera y el padre y la madrastra advirtieron a los niños:

—Poneos junto al fuego y esperad nuestro regreso. Cuando terminemos de cortar la leña, vendremos a recogeros.

Pasaron las horas y los niños se quedaron profundamente dormidos a causa del cansancio. Cuando se despertaron ya era negra noche. Gretel, asustada, preguntó a su hermano:

—¿Cómo saldremos de aquí?

Hänsel la tranquilizó:

—Espera un poco a que brille la Luna, entonces encontraremos el camino de regreso.

Y en efecto, cuando la Luna estuvo en lo alto del cielo, las piedrecitas que el niño había ido soltando con disimulo, empezaron a relucir y les indicaron por dónde debían regresar a casa.

Anduvieron toda la noche y al despuntar el alba llegaron a su hogar. La madrastra los recibió con disgusto, pero el padre se alegró al verlos, pues estaba arrepentido de haberlos abandonado.

Noches después, los niños oyeron cómo la madrastra le decía a su marido:

—Otra vez se ha terminado todo. Solo queda un trocito de pan. No podemos alimentar a los niños. Los llevaremos de nuevo al bosque, pero esta vez más adentro para que no puedan regresar.

Al padre le dolía abandonar a los niños, pero como no encontraba otra solución, estuvo de acuerdo.

Hänsel, que estaba aún despierto, oyó la conversación y pensó en hacer lo mismo que la vez anterior, pero cuando quiso salir, encontró la puerta de la casa cerrada, así que no pudo recoger guijarros.

Por la mañana, la mujer dio sendos pedacitos de pan a los niños y Hänsel, al ver el suyo, pensó que sería buena idea dejar caer, de trecho en trecho, miguitas para marcar el camino.

Los cuatro se pusieron en marcha, llegaron hasta lo más profundo del bosque, a un lugar en el que nunca habían estado. Después de encender una hoguera, los padres advirtieron a los niños:

—Cuando hayamos terminado, volveremos a recogeros.

Los niños no tardaron en quedarse dormidos. Se despertaron cuando ya reinaba la más absoluta oscuridad:

—Esperaremos un poco a que salga la Luna, entonces, las miguitas de pan nos mostrarán el camino de regreso —le dijo Hänsel a Gretel.

Pero cuando salió la Luna, no encontraron ni una sola miga; se las habían comido los pajaritos del bosque. Y por más que buscaron, no encontraron el camino para volver a casa.

Anduvieron y anduvieron. La noche entera y todo el día siguiente, sin conseguir salir del bosque. Tenían hambre y estaban agotados. Al amanecer del tercer día, reanudaron la marcha, pero cada vez se extraviaban más en el bosque.

Cuando ya habían perdido casi la esperanza y creían que morirían allí, vieron un pájaro blanco como la nieve que cantaba dulcemente posado sobre la rama de un árbol y se detuvieron a escucharlo. Al terminar su canción, extendió las alas y emprendió el vuelo. Ellos lo siguieron.

Vuela que te vuela, el pájaro se fue a posar sobre el tejado de una casa y cuando los niños se acercaron, vieron con asombro que las tejas eran de chocolate, las paredes de bizcocho y las ventanas de azúcar.

—¡Qué bien! —exclamó Hänsel—. Yo comeré un pedacito del tejado.

—Yo probaré una ventana —añadió Gretel.

Estaban mordisqueando las golosinas, cuando oyeron una voz muy dulce procedente del interior:

Alguien roe mi casita…
Tal vez sea una ratita…
a

Pero los niños se apresuraron a responder:

No es ratita sino el viento,
que sopla muy violento.
a

Y siguieron comiendo hasta que la puerta se abrió y de la casa salió una mujer viejísima, apoyada en su bastón:

—Hola, pequeñines, entrad, entrad que no os haré daño. Dentro hay leche, bollos azucarados, manzanas y nueces. Después de comer, podréis dormir y descansar.

Y Hänsel y Gretel entraron, comieron y se acostaron felices y confiados.

La vieja parecía buena y amable pero, en realidad, era una malvada hechicera que cazaba niños para comérselos y había construido aquella dulce casita para atraerlos.

Una vez dormidos, cogió a Hänsel en brazos, lo llevó al establo y lo encerró en una caja de madera en la que solo había una pequeña rendija. El niño gritó y protestó con todas sus fuerzas, pero todo fue inútil.

Después, la bruja despertó a Gretel y le ordenó:

—¡Levántate!, guisa un pollo para tu hermano, que quiero que se engorde para comérmelo cuando esté cebado como un lechón.

Todas las mañanas, la vieja bajaba al establo y ordenaba:

—¡Hänsel!, saca el dedo, por la rendija, que quiero saber si ya estás gordo.

Pero Hänsel, en vez del dedo, sacaba siempre un huesecito de pollo y la vieja, que tenía la vista muy mala, se extrañaba de que no engordara.

Al cabo de cuatro semanas, al ver que Hänsel continuaba flaco, perdió la paciencia:

—Estés gordo o flaco, mañana te comeré.

De madruga, ordenó a Gretel encender el horno y cuando ya ardían las llamas le dijo a la niña:

—Acércate a comprobar si ya está listo.

Su intención era empujar a la niña y cerrar la puerta del horno, asarla y comérsela también. Pero Gretel lo adivinó y dijo desde lejos:

—¿Qué debo hacer para saber si ya está listo?

—¡Criatura tonta! —replicó la bruja—. ¡Esto tienes que hacer! —dijo acercándose a la puerta del horno y metiendo su cabeza dentro.

Gretel, entonces, la empujó con todas sus fuerzas, cerró la puerta y corrió hacia el establo, donde estaba prisionero Hänsel. Abrió la puerta de la caja y exclamó:

—¡Hänsel, ya estamos a salvo!

Se abrazaron emocionados y como ya no había nada que temer, recorrieron la casa. En todos los rincones encontraron monedas de oro y piedras preciosas, con las que se llenaron los bolsillos. Después, huyeron de allí.

Tras un par de horas de camino, un gran río interrumpió su marcha.

—¡Estamos perdidos!, no podremos atravesarlo, no hay puente ni barca —sollozó Hänsel.

—No llores, hermano, —lo tranquilizó Gretel—; allí nada un cisne blanco, le pediré que nos ayude a pasar a la otra orilla:

Bello cisne, bello cisne,
necesitamos cruzar
dinos si sobre tu espalda
tú nos podrías llevar.
a

El cisne se acercó, los niños subieron sobre su espalda y al alcanzar la otra orilla reconocieron aquella parte del bosque. Se pusieron en marcha y, poco después, descubrieron su casa a los lejos. Echaron a correr, entraron y se abrazaron a su padre, que estaba solo porque la madrastra, harta de pasar hambre, hacía tiempo que se había marchado.

El padre estaba muy arrepentido de lo que había hecho y llorando les pidió perdón. Como respuesta, Gretel vació sus bolsillos y las perlas y piedras preciosas se esparcieron por el suelo. Hänsel hizo lo propio. Con aquel tesoro, sus penas se acabaron y, en adelante, los tres vivieron muy felices.

FIN

Cenicienta

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Érase una vez un caballero que tenía una hija buena, gentil y agraciada. Se había quedado viudo y decidió casarse, en segundas nupcias, con una dama, también viuda, que tenía dos hijas que se parecían a ella en todo, pero especialmente en el carácter: presumidas y egoístas.

Al poco de casarse, el hombre murió y la mujer empezó a mirar con malos ojos a su hijastra, porque la gracia y hermosura de esta hacían parecer más feas y antipáticas a sus dos hijas. En la distribución de las tareas de la casa le destinó los quehaceres más pesados: lavar los platos, limpiar la cocina, barrer las escaleras, sacudir las alfombras, y otras muchas más que sería largo enumerar.

La pobre chica dormía en la buhardilla, sobre un duro lecho de paja vieja, mientras las hermanastras dormían en blandos colchones de plumas, en cuartos luminosos, llenos de espejos y cortinas de tul, como en el mejor palacio de la tierra.

La niña soportaba todo esto sin decir nada, pero sufría mucho, sobre todo por la falta de cariño que había en la casa.

Cuando terminaba sus tareas, se acurrucaba junto a la chimenea para leer y allí permanecía horas y horas, hasta que las cenizas del hogar le cubrían los vestidos y el pelo. Por eso, todos empezaron a llamarla Cenicienta.

Un día, el hijo del rey decidió organizar un baile al que fueron invitados todos los jóvenes de la comarca. Como el príncipe estaba en edad de casarse, la noticia causó un gran revuelo en todas las familias. No había hogar en el que hubiera una joven que no soñara con que la niña llegara a ser reina algún día.

Todas las muchachas comenzaron a preparar los mejores vestidos con las más preciosas telas. Una buscaba joyas valiosísimas en los antiguos cofres de la familia; otra se hacía pruebas de complicadísimos peinados; otra se maquillaba los ojos y las uñas para encontrar el color que más la favoreciera… En fin, de norte a sur, por todo el reino, no se hablaba de otra cosa que no fuera el baile del príncipe.

Las dos hermanastras de Cenicienta no comían ni dormían, tanta era su preocupación por la fiesta de palacio. No paraban de ir y venir de tienda en tienda en busca de telas y cintas, encajes y puntillas, joyas y otros adornos.

Llegado el día del baile, las dos hermanas se bañaron, se perfumaron, se vistieron con trajes de seda y, finalmente, pidieron a Cenicienta que las peinara. Mientras terminaban de acicalarse, una de ellas preguntó:

—Dime, Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile con nosotras para poder admirar desde un rincón los trajes de las damas más distinguidas de la región?

—Iría con gusto —respondió la niña— pero comprendo que el palacio real no es mi lugar. Yo debo haber nacido para barrer, fregar, cocinar, y lavar y no para asistir a los bailes del rey.

—Tienes razón. ¡Imagina la risa de los invitados si te vieran entrar en palacio! Así que mejor ponte a limpiar porque, la verdad, todo esto lo tienes muy sucio. ¡A trabajar mientras nosotras nos divertimos!

La mayor llevaba un vestido de terciopelo rojo cuajado de estrellitas de oro, y la menor uno de terciopelo azul bordado con hilos de plata. Las dos subieron a una carroza y se dirigieron al palacio real.

Cenicienta las despidió en el jardín y les deseo buena suerte. Parecía contenta, pero al quedarse sola se le llenaron los ojos de lágrimas. Fue a sentarse junto al fuego y allí, mirando el baile de las llamas, suspiraba y suspiraba.

De repente, junto a ella, apareció una hermosa dama. Ante el gesto de sorpresa de la joven, le habló con dulzura:

—No temas, Cenicienta, soy tu hada madrina. ¿Por qué estás tan triste? Dime qué puedo hacer por ti.

—Quisiera… Quisiera… —Pero los sollozos interrumpieron sus palabras.

—Quisieras asistir al baile, ¿no es cierto?

Cenicienta asintió con la cabeza.

—No llores, querida. Irás al baile. Vamos al jardín. En el fondo hay una planta de calabazas. Buscaremos la más grande.

La chica no entendía para qué necesitaban una calabaza; pero el hada, después de vaciarla, la tocó con su varita mágica y la dura corteza abierta se transformó en una espléndida carroza.

Seis ratoncitos, que acudieron desde el granero, al ser tocados por la varita mágica se convirtieron en briosos caballos.

Un ratón de la cocina se asomó, curioso, y la varita del hada lo transformó en un cochero vestido con elegante librea.

De las piedras del muro del jardín asomaron la cabeza seis lagartijas verdes que, por voluntad del hada, se transformaron en lacayos.

—He aquí la carroza y los servidores que te llevarán a palacio. ¿Estás contenta?

Cenicienta no sabía qué contestar. Bajó los ojos, miró su vestido y sus zapatos y murmuró:

—¿Al palacio? Pero es que voy con harapos y zuecos…

El rostro del hada se iluminó con una sonrisa. La varita mágica tocó las ropas de la joven y su ropa vieja se convirtió en un vestido blanco entretejido con hilos de plata.

—Y ahora el calzado. Para tus pequeños pies he traído un par de zapatitos de cristal. Sube a la carroza, te conducirá al baile. No digas a nadie tu nombre, ni siquiera al príncipe. Todos supondrán que eres una princesa recién llegada de un lejano país. Te advierto que el hechizo solo durará hasta la medianoche; a esa hora, tu carroza se convertirá en calabaza, tus servidores volverán a ser animales y tus trajes humildes ropas. ¡No lo olvides! Debes regresar a casa antes de que suenen las doce campanadas.

Cenicienta escuchó con atención, prometió no olvidar los consejos del hada y subió a la espléndida carroza. Cuando entró en el gran salón de baile todos quedaron maravillados. Su porte, su distinción y sus ricos vestidos dejaron a todos con la boca abierta. El hijo del rey solo tenía ojos para ella y aunque bailaron varias veces no consiguió saber el nombre de su pareja de baile.

Entretanto, las hermanastras de Cenicienta no salían de su asombro:

—¡Sí es ella! ¡Te digo que es ella!

—Pero, ¿quién la trajo hasta aquí? ¿De dónde sacó ese vestido?

—¡No lo sé! ¡Parece imposible!…

—¿No será una princesa extranjera que se parece a Cenicienta?

—Acerquémonos a ella, a ver si nos reconoce.

Las dos hermanas recorrieron las salas en busca de Cenicienta, pero esta no aparecía por ninguna parte. Cenicienta había abandonado el palacio un poco antes de medianoche. En cuanto la carroza llegó a casa, volvió a ser una calabaza, y ratoncitos y lagartijas, de nuevo en su verdadera forma, corrieron a refugiarse, cada uno en su escondrijo. La joven, con sus harapos, iba ya a subir a la buhardilla, cuando oyó que golpeaban la puerta. Fingiendo estar medio dormida, preguntó entre bostezos a sus hermanastras:

— ¿Qué tal en palacio? ¿Os habéis divertido? ¿Habéis bailado con el príncipe?

—La verdad es que nada interesante. Una dama desconocida atrajo la atención del príncipe y de todos los asistentes al baile. Tenía un aire a ti, pero ella era muchísimo más interesante. Debía ser una princesa extranjera.

—¿No se hizo anunciar? ¿Nadie le preguntó cómo se llamaba?

—Nadie consiguió averiguar quién era. Desapareció antes de la medianoche y el príncipe quedó muy contrariado, porque parece que se ha enamorado de ella. Espera que vaya al baile de mañana.

—Hermana —dijo Cenicienta a la mayor— ¿me prestarías tu viejo vestido amarillo para ir al baile de mañana y ver a la misteriosa princesa?

—¿Estás loca? ¿Prestarte mi vestido? ¿Ir nosotras con una sirvienta al baile? ¡Ni soñarlo!

Estas palabras hirientes no pudieron ofender a Cenicienta; por dentro, estaba loca de alegría al recordar las atenciones del hijo del rey. Se sentía inmensamente feliz.

Al día siguiente, las dos hermanas se emperifollaron todavía más para asistir al baile. Cuando se quedó sola, Cenicienta recibió, de nuevo, la visita del hada madrina. La varita mágica repitió los prodigios de la noche anterior y, esta vez, la joven llegó a palacio con un vestido de tul blanco y púrpura.

El príncipe esperaba ansioso. Bailó con ella toda la noche, pero a pesar de su insistencia, no obtuvo respuesta sobre el nombre y el domicilio de la bella desconocida. Esta, perdida la noción del tiempo, que pasaba veloz en medio de la alegría de la fiesta, se dio cuenta, de pronto, de que ya estaban a punto de sonar las campanadas de medianoche. Hizo una rápida reverencia al hijo del rey y corrió escaleras abajo.

—¡Detente! ¡Espera un momento, por favor!

Pero ella siguió corriendo y, en su precipitación, perdió uno de los zapatitos de cristal. En ese momento empezaron a sonar las campanadas del reloj de palacio, y los soldados vieron salir corriendo a una niña andrajosa. El príncipe, que se había detenido a recoger el zapatito de cristal, preguntó cuál era la carroza de la princesa que acababa de salir. El jefe de guardia lo miró asombrado:

—Alteza, no ha salido ninguna princesa de palacio. Hace un momento pasó corriendo una joven mendiga. Nada más.

El joven se quedó pensativo. Aquella misteriosa dama le interesaba cada vez más. Guardó el zapatito en uno de los bolsillos y subió lentamente la escalinata de mármol pensando en cómo descubrir la identidad de la desconocida valiéndose de aquel zapato.

Cenicienta llegó a casa sola, mal vestida y agotada por la carrera y se sentó junto a la chimenea a esperar el regreso de sus hermanastras. Estas llegaron muy tarde y le contaron la extraña fuga de la desconocida.

A la mañana siguiente, un bando real anunciaba que un cortesano llevaría un zapato de cristal de casa en casa para que todas las muchachas se lo probaran, la que consiguiera calzarlo, se casaría con el príncipe.

El cortesano, con el zapato de cristal sobre un cojín de raso azul, llegó a casa de Cenicienta. Ninguna de las dos hermanas pudo ponerse el zapato. El funcionario real estaba desesperado:

—Esta es la última casa del reino y no hemos conseguido dar con la joven propietaria de este zapatito de cristal.

Cenicienta, entonces, se adelantó y preguntó:

—¿Puedo probármelo yo también?

A pesar del fastidio de las dos hermanastras, el cortesano accedió y ¡oh!, sorpresa.

—¡No puede ser! —exclamaron todos a la vez— ¡La propietaria del zapato no puede ser esta harapienta!

En ese momento, apareció el hada madrina, que entregó el otro zapatito a Cenicienta y le pidió que lo calzara. Tocó con su varita mágica las ropas de la niña y estas se convirtieron en un elegante vestido.

La madrastra y las hermanastras no salían de su asombro:

—¡Cenicienta se casará con el príncipe!

—¡Pobres de nosotras! Ahora se vengará por todos los malos momentos que le hemos hecho pasar.

Así se lamentaban las tres, pero Cenicienta no había cambiado y aunque ahora era una princesa, su corazón seguía siendo bueno y generoso, como cuando era una humilde sirvienta. Ni odio ni rencor cabían en él y cuando celebró sus bodas con el príncipe, invitó a palacio a sus hermanastras y a su madrastra.

El zapatito que Cenicienta había perdido se conservó en una vitrina de palacio como la joya más preciada del tesoro real y uno de los ratoncitos que había vivido en la buhardilla con la muchacha fue el encargado de custodiarlo y

con un látigo en la mano,

aquel ratón, muy ufano,

cuida todavía hoy,

en el palacio real,

el zapato de cristal.

 

FIN

Blancanieves

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Ilustración: Charlie Bowater

Cierto día de invierno, una reina, sentada junto a una ventana cuyo marco era de ébano, cosía. En un momento de distracción se clavó la aguja en el dedo índice y tres gotas de sangre cayeron sobre la nieve que cubría el alfeizar.

Al ver la roja sangre que destacaba sobre el blanco de la nieve, la reina pensó: «Quisiera tener una hija de tez tan blanca como la nieve, de mejillas tan rojas como la sangre y con el pelo tan negro como el ébano de esta ventana».

Poco tiempo después, la reina tuvo una hija tal cual la había deseado: con la piel blanca como la nieve, las mejillas rojas como la sangre y los cabellos negros como el ébano. La llamaron Blancanieves.

Días después del nacimiento de la niña, la buena reina murió.

Al año siguiente, el rey se casó de nuevo para que a Blancanieves no le faltase el cariño de una madre.

La nueva reina era muy guapa, pero tan vanidosa que no podía soportar la idea de que hubiese en el mundo una mujer más hermosa que ella. Y como poseía un espejo mágico que respondía a cualquier pregunta, cada mañana le preguntaba:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondía:

No existe doncella

que igualarte pueda.

¡Tú eres la más bella!

Entonces la reina se alegraba muchísimo porque sabía que el espejo jamás mentía.

Entretanto, Blancanieves crecía y cada día era más hermosa.

Un día, al preguntarle la reina al espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

el espejo respondió:

¡Ay, reina mía! sin duda eres bella,

pero Blancanieves parece una estrella.

La reina se encolerizó y en su corazón, desde aquel día, creció un odio feroz hacia Blancanieves.

Un día, llamó a uno de los cazadores de palacio y le ordenó:

—Llévate a la princesa al bosque, mátala y tráeme su corazón. Así estaré segura de que has obedecido mi orden.

El cazador se llevó a Blancanieves al bosque y desenvainó su cuchillo. Cuando iba a matarla, según le había ordenado la reina, la niña le suplicó:

—Cazador, no me mates —Y señalando hacia el espeso bosque, agregó—. Me internaré en la fronda para siempre y jamás regresaré al palacio. La reina creerá que he muerto y no podrá castigarte por tu desobediencia.

El cazador meditó la propuesta y al final dijo:

—¡Vete, Blancanieves! ¡Huye lejos!

Después, vio un lobo cerca de allí y se dijo: «Mataré al lobo y llevaré su corazón a la reina para que crea que es el de Blancanieves».

Al caer la noche, Blancanieves sintió miedo. Las ramas de los árboles parecían brazos que querían atraparla pero ella, a pesar del cansancio que sentía, siguió avanzando. Aún seguía huyendo cuando se hizo de día. Por fin, al atardecer, divisó en un claro del bosque una cabaña pequeña. Muy pequeña.

Estaba tan agotada que decidió entrar a descansar, «solo un ratito» —se dijo—, «Y tal vez pueda beber agua y saciar mi sed».

Dentro de la casa todo estaba en orden y limpio. Arrimadas a la pared había siete pequeñas camas y en el centro de la estancia, la mesa estaba preparada para la cena: siete platitos, siete pequeños cubiertos, siete copitas y siete servilletas pulcramente dobladas.

Blancanieves estaba hambrienta; probó la comida de uno de los platitos, luego se sirvió algo de otro, de manera que tomó un poquito de cada plato y bebió un sorbo de cada copa.

Decidió esperar a los dueños de la casa, pero estaba tan cansada que intentó acostarse en una de las camitas. Las fue probando una a una, pero todas eran tan pequeñas que no se sentía cómoda en ninguna. Finalmente, se acostó en la que parecía más grande y enseguida se quedó dormida.

Era ya noche cerrada cuando regresaron los dueños de la casa. Eran siete enanitos que trabajaban durante todo el día en el interior de la montaña extrayendo oro y piedras preciosas.

Al entrar en la casa, a la luz de sus siete linternas, se dieron cuenta de que allí pasaba algo extraño:

—¿Quién ha rondado por nuestra casita?

—¿Quién arrugó nuestro mantelito bordado?

—¿Quién se ha sentado en mi silla de sándalo?

—¿Quién ha movido de aquí mi cuchillo de plata?

—¿Quién ha comido en mi plato de jade?

—¿Quién se ha atrevido con mi panecillo?

—¿Quién ha bebido de las copas de cristal?

Los enanos dirigieron entonces los haces de luz de sus linternas hacia las paredes y vieron que las sábanas de las camas estaban arrugadas. Al alumbrar la última cama lanzaron un grito de sorpresa:

—¡Oh, que hermosa niña! –exclamaron.

—¡Qué piel tan blanca!

—¡Qué cabellos tan negros!

—¡Qué mejillas tan rojas!

—¿Cómo habrá llegado hasta aquí?

—¿Quién será?

—Pobrecita, tiene el vestido hecho jirones.

—¡Silencio! ¡Que no se despierte! Parece muy cansada.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, Blancanieves se llevó un gran susto. ¿Quiénes eran aquellos hombrecillos barbudos que la miraban? Entonces, los enanos, le preguntaron amablemente:

—¿Cómo te llamas bella niña? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Blancanieves les contó su historia.

—¿Te gustaría quedarte a vivir con nosotros? Aquí estarás segura y nadie podrá hacerte daño.

—¡Sí! Muchas gracias.

Así que, desde aquel día, se repartieron los quehaceres y mientras ellos bajaban a la mina ella se ocupaba de la casa.

—Estarás sola todo el día  —le decían los enanos al salir al alba—. Cierra bien la puerta y no abras a nadie.

Mientras tanto, la reina, vivía tranquila en el palacio creyendo que el corazón que le había llevado el cazador era el de Blancanieves.

Pasó un tiempo antes de que una mañana, al levantarse, le preguntará a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

El espejo respondió:

¡Ay, reina mía! sin duda eres bella,

pero Blancanieves parece una estrella.

—¡¿Pero no estaba muerta Blancanieves?!

No, amada reina, vive y es muy bella,

y hay siete enanos que velan por ella.

La reina, furiosa al comprender el engaño del cazador, se puso a pensar en qué hacer para librarse para siempre de Blancanieves.

Como tenía tratos con hechiceros y magos, pidió a uno de ellos que la transformase en una viejecita vendedora de baratijas y que le indicase el camino para llegar a casa de los siete enanitos. Al llegar allí, la reina gritó:

—¡Cintas de seda de todos los colores! ¿Quién quiere comprar cintas de seda?

Blancanieves se asomó a la ventana y la invitó a entrar. La falsa vendedora la convenció de que una cinta roja le quedaría muy bien en su vestido y la ayudó a atársela en la cintura. Pero la malvada reina la apretó tanto y tanto que la niña se quedó sin respiración y cayó al suelo sin sentido. Creyéndola muerta, la reina exclamó:

—¡Ahora ya no tengo rival! ¡Soy la más bella!  —se rio la reina, y se alejó de la cabaña a grandes pasos.

Por la noche, cuando llegaron los enanitos, encontraron la puerta abierta y a Blancanieves en el suelo y al advertir que la cinta roja no la dejaba respirar, cortaron el lazo. Al recobrar el aliento, Blancanieves contó lo que había ocurrido.

—Ten por seguro que la vieja vendedora era la reina disfrazada. ¡Te hemos dicho mil veces que no abras la puerta a nadie si estás sola!

Al mismo tiempo, la reina, de vuelta en el palacio corría a preguntar a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondió:

En este palacio nadie te iguala,

tú eres la más bella.

Pero en todo el mundo Blancanieves gana,

la más bella es ella.

Al oír la respuesta, la reina se puso verde de rabia.

—Debo pensar en algo que no falle… ¡Ya lo tengo!, ¡un peine envenenado!. Conseguiré ser la más hermosa de la tierra.

Transformada en una viejecita pobre, la malvada reina golpeó en la puerta de los enanos:

—No necesito nada, buena mujer, y no puedo abrir la puerta.

—No hace falta que entre, bella niña, solo quiero mostrarte este hermoso peine.

A Blancanieves le gustó tanto el peine, que no solo aceptó el regalo, sino que abrió la puerta para que la anciana la peinara. En cuanto los dientes se clavaron en su cabeza, la niña cayó al suelo sin sentido y la reina, convencida de que aquella vez sí estaba muerta, se apresuró a volver al palacio.

Por suerte, los enanos regresaron pronto aquel día y apenas vieron la puerta abierta y a Blancanieves en el suelo, sospecharon otro maleficio de la reina. Arrancaron el peine que la bruja había clavado en la cabeza de la niña y esta se repuso enseguida.

Al oír el relato de lo sucedido, los enanos insistieron en que la puerta no debía abrirse por nada del mundo. Un día u otro la malvada reina podía volver a intentarlo de nuevo.

Entretanto, la reina en palacio consultaba al espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondió de nuevo:

En este palacio nadie te iguala,

tú eres la más bella.

Pero en todo el mundo Blancanieves gana,

la más bella es ella.

Fuera de sí, al comprobar que había fracasado de nuevo, la reina juró que se saldría con la suya aun a riesgo de su propia vida. Entró en su habitación secreta y preparó un poderoso veneno. Cogió una manzana y emponzoñó solo la parte más roja; la otra mitad podía comerse sin peligro y disfrazada de campesina, la malvada reina se internó de nuevo en el bosque.

Cuando Blancanieves la vio no la reconoció, pero no quiso abrir la puerta porque los enanitos se lo habían prohibido terminantemente.

—Es una lástima que no puedas ver mis hermosas manzanas —dijo la falsa vendedora—. Bueno, no importa, descansaré un rato aquí afuera antes de seguir mi camino.

Cortó en dos partes la manzana y se puso a comer la mitad buena.

—¿No quieres probarla? —dijo ofreciendo la mitad envenenada a la niña—, verás que sabor más dulce tiene.

Blancanieves tomó la manzana a través de la ventana abierta y al darle el primer bocado se desplomó. La reina murmuró satisfecha:

—¡Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano! ¡Adiós lindos colores! Esta vez tus amigos no podrán salvarte.

Se apresuró para llegar deprisa a palacio y allí preguntó a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo, esta vez, contestó como en otro tiempo:

En todo este reino no existe doncella

que igualarte pueda.

¡Tú eres la más bella!

Cuando los enanitos regresaron aquella noche hallaron a Blancanieves tendida y yerta. Trataron de reanimarla y buscaron entre el pelo y en la ropa algún objeto que pudiera ser la causa de su estado, pero no encontraron nada.

Colocaron su cuerpo sobre una cama y la lloraron durante tres días, pasados los cuales hablaron de enterrarla, pero uno de los enanitos no quiso ni oír hablar del tema:

—¡No podemos sepultarla en la tierra negra! Aunque está rígida y no se mueve parece viva, ¡sus mejillas aún están rojas!

Construyeron un ataúd de cristal para ella y lo colocaron en una alta roca y allí, por turno, los siete enanos la velaban día y noche.

Pasaron muchos meses y Blancanieves parecía dormida en su caja de cristal: la tez blanca como la nieve, las mejillas rojas como la sangre y el pelo negro como el ébano.

Cierto día, acertó a pasar por allí un príncipe con su séquito y, al ver a la niña, se quedó prendado de ella. Los enanos comprendieron que el príncipe ya no podría vivir sin contemplarla y, atendiendo sus ruegos, accedieron a que se llevara la caja a su palacio.

El príncipe ordenó a cuatro hombres de su séquito que bajaran la caja de la cima rocosa. A pesar del cuidado que pusieron, al descender por el estrecho sendero tropezaron y las paredes de la caja de cristal se hicieron trizas.

A consecuencia del golpe, la manzana que tenía Blancanieves atravesada en la garganta saltó y la niña, abriendo los ojos, preguntó sorprendida:

—¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois vosotros? ¿A dónde me lleváis?

Loco de alegría el príncipe saltó del caballo y se arrodilló ante Blancanieves:

—Estás entre amigos. Si tú quieres, te llevaré al palacio de mi padre, el rey, y si me aceptas serás mi esposa.

—Acepto, a condición de que pueda venir siempre que quiera a visitar a mis amigos los siete enanitos del bosque.

Las bodas se celebraron con gran esplendor y a la fiesta fueron invitados los monarcas de los reinos vecinos y, naturalmente, el padre y la madrastra de Blancanieves también fueron invitados, aunque ignoraban quién era la novia.

Mientras la reina se preparaba para el gran baile preguntó, como era su costumbre, al espejito:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y esta vez el espejo contestó:

En todo este reino tú eres la más bella,

pero la joven princesa del reino vecino

es como una estrella.

Llena de envidia, la reina estuvo tentada de no asistir al enlace, pero su curiosidad pudo más. Al llegar al palacio del reino vecino y ver que la novia era Blancanieves, quedó aterrada, muda y sin aliento y, al comprender que sus malas artes quedarían al descubierto, intentó huir.

Fue detenida y su infame proceder castigado. El rey la encerró en prisión y ordenó que no fuera liberada hasta que su falta fuera totalmente olvidada por todos los habitantes del reino.

La reina malvada vivió durante mucho tiempo encarcelada y solo Blancanieves iba a verla, de vez en cuando, para llevarle un poco de consuelo.

FIN