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El tiempo es oro

Ilustración: dizzyclown

En mis viajes por Isla Imaginada me contaron este cuento, que, aunque no sé si sucedió aquí o allá, ni tampoco sé si pasó hace mucho tiempo o justo ayer, os puedo asegurar que ocurrió de verdad. Y eso sí que es bien seguro.

Es la historia de unos padres muy ocupados, que trabajaban muy duramente, durante muchas horas al día, los siete días de la semana, para darle a su única hija la mejor educación, los mejores juguetes, la mejor casa, las mejores actividades extraescolares, la mejor ropa… En fin, que, como todos los padres del mundo, deseaban para su pequeña lo mejor y cualquier esfuerzo por conseguirlo les parecía poco. Tanto era así, que para que a la niña no le faltara de nada casi ni podían verla y no tenían más remedio que dejarla al cuidado de expertas niñeras, que se ocupaban de llevarla al colegio, darle comida sana y equilibrada, acostarla puntualmente a su hora, enseñarle idiomas y tenerla ocupada en todo momento para que no se aburriera. Ellos dos, padre y madre, llegaban todos los días a casa casi al mismo tiempo, cuando ya era de noche; agotados tras una dura jornada laboral llena de reuniones, llamadas telefónicas, páginas y páginas de complicadas estadísticas…   Eran tan competentes en lo que hacían, que no era extraño que cada uno de ellos cobrara cien euros a la hora por sus servicios profesionales; una cantidad que mencionaban a menudo en sus conversaciones, que siempre giraban en torno a lo mismo: sus obligaciones laborales y sus sueldos.

Solo vivían por y para trabajar y para ganar más y más dinero, el cual les permitía ofrecer a su hija lo mejor y gastar en ellos lo que se les antojaba… aunque esto último solo lo hacían durante diez días al año, cuando se marchaban de vacaciones, si es que se puede llamar vacaciones a lo que ellos hacían, porque durante esos días seguían trabajando. Decían que eran imprescindibles y que sus respectivas obligaciones les impedían un descanso completo y más prolongado. Ambos anteponían sus empleos a todo lo demás, por lo que era difícil tener vida familiar. Jamás comían juntos y muy raramente se sentaban a disfrutar de una agradable cena en familia. Mucho menos contaban cuentos o reían. ¡No tenían tiempo para eso!  Durante los pocos momentos en los que se tomaban un respiro, miraban sus móviles, contestaban e-mails o leían informes.

Amigos y familiares se comunicaban con ellos mediante mensajes telefónicos y correos electrónicos y ya estaban acostumbrados a verlos, con suerte, una vez al año, coincidiendo con alguna fiesta navideña, a la que la pareja aportaba manjares exquisitos, bebidas carísimas o regalos exclusivos que repartían con generosidad, como si con todo eso quisieran hacerse perdonar las largas ausencias que ya nadie, entre sus seres queridos, notaba…

¿Nadie? Bien, no exactamente… Lina, la pequeña hija de ambos, los añoraba terriblemente. No se acostumbraba a las niñeras que, aunque le daban mucho cariño y la mimaban, no podían sustituir el amor de su padre y de su madre. Y aunque no le faltaba de nada, lo cierto es que no era feliz.

Un día de invierno, faltaba muy poco para la noche de Reyes, los padres de Lina llegaron a casa cuando ya era de noche, como era habitual. Como si de una obligación diaria más se tratara, entraron juntos a dar un beso y a desear buenas noches a su pequeña hija, que casi ya estaba dormida.

—Buenas noches, Lina. ¿Todo bien? ¿Has cenado?

—Mamá, papá… Quiero… Ahora que ya se acerca el día de Reyes … Quiero… un regalo especial…

—¡Claro, Lina! Pídeles lo que quieras, hija.

—Quiero… Necesito… cien euros…

—¡Eso es mucho dinero, Lina! Es lo que ganamos nosotros por una hora de trabajo. ¿Para qué necesitas ese dinero? Mejor será que pienses en otro regalo. ¿No preferirías pedir un ordenador nuevo? ¿Tal vez un vestido? ¿Zapatos? ¿Juguetes?…

—No… Solo quiero cien euros… Nada más…

—¡Pues olvídate! Los Reyes no traen dinero. El dinero cuesta mucho de ganar y no hay que tomarlo a broma.

—De verdad que me hacen mucha falta… —dijo Lina intentado aguantar las lágrimas de desilusión que pugnaban por salir.

—No y no. Tienes siete años y no necesitas dinero. Ve pensando en pedirles otro regalo. ¡Se acabó!

Padre y madre abandonaron la habitación y se fueron a dormir. O lo intentaron… Ambos sentían remordimientos por lo ocurrido. ¿Para qué necesitaría su hija aquel dinero? ¿Y si de verdad era importante para ella?

—¿Duermes?

—No. No paro de darle vueltas a lo que quiere pedir Lina a los Reyes Magos… ¿Para qué querrá cien euros?

—Deberíamos averiguarlo…

Madre y padre se dirigieron a la habitación de Lina.

—¿Lina…?

—Mmmmm…

—Si nos dices para qué quieres ese dinero, quizá pensaremos en la posibilidad de dártelo nosotros, así no tendrás que esperar a que te lo traigan los Reyes Magos…

—No os lo puedo decir antes de tenerlo… Sería muy peligroso… Pero os prometo que en cuanto tenga el dinero en la mano, os lo contaré…

La curiosidad de los padres, al fin, pudo más y, sin esperar, le dieron ellos a Lina lo que pedía.

—No hace falta que pidas dinero a los Reyes Magos. Aquí tienes los cien euros. Y ahora mismo nos dirás para qué los necesitas…

Lina se levantó y sacó del fondo del armario una cajita llena de billetes y monedas.

—¡Pero si tienes ahí un dineral, Lina! ¿Para qué demonios necesitas más!

—Estoy ahorrando desde hace mucho tiempo. Pero ya no podía esperar más. Me faltaban cien euros para llegar a doscientos… Cien y cien, lo que ganáis los dos en una hora, ¿verdad?… ¡Ahora puedo comprar una hora de vuestro tiempo! ¡El sábado nos iremos los tres de paseo! Como no me fío de vosotros, porque siempre decís que iremos a pasear y luego no vamos porque tenéis trabajo, os pago por adelantado, así no tendréis más remedio que guardar esa hora y «trabajar» para mí.

Aquel sábado, los tres se fueron a pasear al parque… Y al sábado siguiente, y al otro, y al otro…

Lina recuperó a sus padres y estos a su hija y una parte muy importante de sus vidas.

Cierto es que es necesario trabajar, pero sin olvidar que hay otras muchas cosas en la vida que también merecen su espacio y su tiempo.

Si esta historia te resulta familiar, no olvides que el final puede ser como el de este cuento u otro muy distinto. En tus manos está escribirlo.

FIN

Las hadas

Ilustración: coda-leia

Había una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor era muy parecida a la madre, tanto en físico como en carácter; de modo que el que conocía a una, conocía a la otra. Ambas eran tan desagradables y orgullosas, que nadie podía vivir en paz con ellas. La menor era una copia de su padre en su dulce temperamento, en su inteligencia y en sus virtudes, y era, además, también parecida en su agraciado aspecto. Y como por naturaleza solemos amar a quien se nos parece, la madre sentía locura por su hija mayor en la misma medida que aborrecía a la pequeña. A esta la hacía trabajar sin descanso y la obligaba a comer en la cocina.

Entre las obligaciones impuestas, la desafortunada niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una fuente que distaba dos kilómetros de la casa y transportarla en una gran jarra.

Un día, cuando estaba en la fuente, se acercó a ella una pobre mujer y le rogó que le diera de beber.

—Naturalmente, buena señora —contestó la niña.

Puso la jarra bajo el chorro que manaba, la llenó con un poco de agua fresca y, sonriendo, se la ofreció a la señora, sosteniéndole la vasija todo el tiempo, para que pudiera beber más cómodamente.

Una vez hubo saciado su sed, la mujer le dijo:

—Eres lista y cortés; lo tienes todo. Así que te concederé un don especial —porque la anciana era, en realidad, un hada, que tomaba la figura de pobre campesina para probar a las personas—. El don que te concedo hará que con cada palabra que pronuncies salga de tu boca una flor o una joya.

De regreso a casa, la madre reprendió a la niña por haber tardado:

—Perdón, mamá, por haberme retrasado tanto —dijo la pobre muchacha. Y al pronunciar las seis palabras, de su boca salieron dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.

—¿Qué es lo que estoy viendo? —dijo la madre llena de asombro—. De tu boca han salido rosas, perlas y diamantes. ¿Cómo has hecho eso, hija mía?

Aquella era la primera vez que la llamaba «hija mía».

La niña le fue contando todo lo que había ocurrido y junto con cada palabra, de su boca, salían flores y joyas.

 —¡Maravilloso! —gritó la madre—, debo enviar a mi hija mayor allí. ¡Mira, hijita, ven a ver lo que sale de la boca de tu hermana cada vez que habla! ¿No te gustaría, querida, recibir un don semejante? Basta con que vayas a la fuente a buscar agua y cuando una pobre campesina te pida que le des de beber, le ofreces la jarra muy gentilmente.

—¡Qué te crees tú eso! —dijo la grosera niña— ¡¿Yo a la fuente?! ¡Ni soñarlo!

—Pues yo te digo que irás —le ordenó la madre—, ¡de inmediato!

La hija mayor tomó de mala gana una jarra de plata que había en la casa y, refunfuñando, tomó el camino para ir a buscar agua.

No había hecho más que llegar a la fuente, cuando del bosque salió una dama magníficamente ataviada que se acercó a ella y le pidió de beber.

La dama era la misma hada que se había presentado ante su hermana, pero ahora venía con la apariencia y vestiduras de una princesa, para comprobar hasta dónde llegaba la maldad de aquella niña.

—¿Te crees que he venido aquí para darte de beber? —dijo altanera la joven— A ver si te has creído que esta jarra de plata es para que la uses tú, majestad. Si tienes sed, ¡amórrate a la fuente!

—No eres muy amable, ni tampoco muy lista —contestó el hada, sin enojarse—. A tu insolencia, sin embargo, le falta algo, así que te concederé un don especial: junto a cada palabra que pronuncies, saldrán de tu boca sapos y culebras.

Tan pronto como la madre la vio regresar, le gritó:

—¿Y bien, hija?

—¿Y bien qué, madre? —contestó la infeliz. Y de su boca salieron dos culebras y dos sapos.

—¡Cielo santo! —exclamó la madre— ¿Qué es esto? ¡Tú hermana es la culpable de todo y me las pagará!  —y corrió para darle un escarmiento.

La hija pequeña, al ver a su madre tan furiosa, se alejó corriendo y fue a buscar refugio en el bosque cercano.

El hijo de los reyes de aquel lugar, que andaba por aquellos parajes, se encontró con ella. Al verla tan triste, le preguntó qué hacía allí y cuál era el motivo de su llanto.

—¡Ay!, he tenido que huir de mi casa porque mi madre estaba muy enojada.

El príncipe, lleno de asombro ante las perlas, diamantes y flores que salían de la boca de la niña con cada una de sus palabras, le rogó que le explicara cómo conseguía  hacer aquello y ella le relató toda la historia.

Mientras escuchaba, el hijo del rey se enamoró de ella y al darse cuenta de que el don de la niña era mucho más valioso que el más valioso tesoro que pudiera encontrar jamás, la llevó al palacio y allí le pidió que se casara con él.

En cuanto a la otra hermana, se hizo cada vez más despreciable y odiosa. Tanto, que su madre terminó por echarla de casa. La infeliz, después de mucho deambular, se refugió en lo más profundo del bosque y en él sigue; sola, sin pronunciar ni una sola palabra.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Las hadas» con la voz de Angie Bello Albelda

La herencia

Ilustración: Marmaladecookie

En un lejano país vivía una reina que tenía tres hijas y quería elegir a una de ellas como su heredera. Era una decisión terriblemente difícil, porque los tres eran muy inteligentes, muy valientes y todas tenían la misma edad, pues eran trillizas, de modo que no había forma de decidirse.

Entonces preguntó a una gran maga y esta le sugirió que sometiera a las tres a una prueba para decidir cuál de ellas sería la más adecuada para gobernar el reino.

La reina se fue a su casa, reunió a su alrededor a sus tres hijas y les hablo así:

—Queridas hijas, debo emprender un largo viaje. Tal vez me ausente un año, dos o incluso tres… Os entrego a cada una de vosotras una bolsa. Dentro de ella hallareis unas semillas que a mi regreso os reclamaré. Aquella de vosotras tres que mejor las haya protegido, heredará el reino.

Dicho esto, la reina partió de viaje.

La primera hija pensó: «¿Qué haré con estas semillas? Ha dicho que debemos protegerlas». Y se le ocurrió que la mejor forma de hacerlo era encerrarlas en la caja fuerte en la que se guardaban las joyas y los tesoros más valiosos del reino.

La segunda hija pensó: «Si las guardo como ha hecho mi hermana, morirán, y una semilla muerta no sirve de nada; deja de ser una semilla». Y decidió que lo mejor que podía hacer era ir al mercado y vender las semillas. El dinero que obtuvo por ellas, lo guardó en la caja fuerte mientras se decía: «Cuando mi madre la reina regrese, iré al mercado con este dinero, compraré semillas nuevas, las mejores que encuentre, y se las devolveré, y serán incluso mejores que las que ella me ha entregado al partir».

La tercera hija se dirigió a los jardines del palacio y esparció las semillas por todas partes.

Pasaron tres largos años y la madre regresó.

La primera hija abrió la caja fuerte. Todas las semillas estaban muertas, apestaban. Al verlas, la madre le preguntó:

—¿Son éstas las semillas que te di? ¡Eso es imposible! ¡Estas no son mis semillas! Huelen muy mal; están muertas.

La segunda hija tomó el dinero que había guardado, corrió al mercado, compró las mejores semillas que pudo encontrar y regresó para entregarlas a su madre:

—Estas son semillas muy buenas, frescas, con muchas posibilidades… Pero no son las semillas que yo te di. Tu idea ha sido buena, pero no es lo que yo esperaba.

La reina, finalmente, se dirigió a su tercera hija y le preguntó:

—Veamos, ¿tú qué has hecho con las semillas?

La joven llevó a su madre al jardín; en él, cientos de flores crecían lozanas, esparciendo su aroma en el aire. Había flores por todas partes.

—Estas son las semillas que me entregaste. Si me das un poco de tiempo, las reuniré de nuevo y te las devolveré.

La madre, emocionada ante aquel hermoso jardín que su hija había hecho florecer, dijo:

—Tú serás la heredera de mi reino, hija mía. Tú has sabido comprender que plantar las semillas y cuidarlas es el único modo de obtener grandes frutos de ellas.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La herencia» con la voz de Angie Bello Albelda

Chorlitos en la cabeza

Ilustración:  Andrés Jullian

Robertito no era. un niño muy limpio que digamos. Y la verdad es que como sus padres siempre estaban muy ocupados en cosas importantes, cada día su mamá, al salir apurada a su trabajo en la Junta Nacional de Niños Desvalidos, le recordaba:

—¡Robertito! Báñate tú solito, ya eres grande y puedes hacerlo. ¡Ah! Y no te olvides de lavarte muy bien la cabeza.

—Sí, mamá —respondía el niño.

Entonces entraba al baño y echaba a correr el agua de la ducha, mojando el piso y la toalla para que pareciera que se había bañado.

Su papá, mientras tanto, tomaba el desayuno leyendo su periódico preferido. A veces escuchaba —y otras no— correr el agua de la ducha. Y cuando por la noche la mamá de Robertito le preguntaba:

—¿Se bañó el niño, Godofredo?

El papá asentía con un movimiento de cabeza, pues estaba muy ocupado mirando las importantes noticias en la televisión.

Y la mamá se quedaba tranquila.

Otras veces era el papá quien, al salir a su trabajo en la Comisión Pro Defensa de la Naturaleza, le decía:

—Robertito, báñate y acuérdate de lavarte muy bien la cabeza.

Su mamá, entre tanto, terminaba de arreglarse. A veces escuchaba —y otras no— correr el agua de la ducha. Y cuando por la noche el papá le preguntaba:

—¿Se bañó el niño, Estefanía?

La mamá asentía con un movimiento de cabeza pensando en ¡vaya a saber qué problema de su oficina!

Entonces el papá se quedaba tranquilo.

Y como nadie se aseguraba de que Robertito se hubiera bañado verdaderamente, ¿para qué hacerlo?, así las cosas, cada día se iba acumulando más polvo sobre su cabeza; pelusas, semillas, basuritas y cualquier cosa que cayera sobre su negro pelo enrulado ya no volvía a salir de allí nunca más.

En verdad, a Robertito le pesaba un poco la cabeza, pero no era como para preocuparse.

Un día. sin embargo, las cosas comenzaron a complicarse, pues esa mañana, cuando abrió el agua de la ducha, algunas gotas mojaron el polvo que había sobre su cabeza y la semilla empezó a germinar.  Echó raíces, un tallo, hojas … Y poco a poco un arbolito empezó a crecer sobre la cabeza del niño.

Por supuesto que ni la mamá ni el papá de Robertito se dieron cuenta de aquello. Y menos de los dos chorlitos que llegaron allí en busca de un lugar donde hacer su nido.

La verdad es que a Robertito le pesaba cada vez más la cabeza, pero no tanto como para preocuparse.

Y llegó la primavera …

La chorlito hembra puso tres pequeños huevos en su nido. Y no mucho tiempo después, tres hermosos polluelos piaban felices en el nido construido entre las ramas del arbusto que Robertito tenía sobre su cabeza.

Pero como su papá y su mamá estaban demasiado ocupados en la Comisión Pro Defensa de la Naturaleza y en la Junta Nacional de Niños Desvalidos, no se enteraron de lo que estaba pasando sobre la cabeza de su hijo.

Hasta que una noche, en medio de la oscuridad, se oyó un …

—¡Pío, pío, pío!

La madre de Robertito despertó.

—¡Godofredo! ¡Godofredo! Escucha …

—¿Qué pasa, mujer?

—Oigo ruidos extraños en la casa. ¿Por qué no vas a ver lo que sucede?

—¡Bah! No es nada. Yo no oigo nada.

—Oigo ruidos en el dormitorio del niño.

—Estás soñando, Estefanía. Vuelve a dormirte mejor.

Pero en ese momento se oyó un …

—¡Pío, pío, pío!

—¿Oíste?

—Sí, está bien. Iré a ver —aceptó el padre; y levantándose bastante a desganas fue a la pieza de Robertito y encendió la luz.

El niño, perturbado, se despertó y se sentó en la cama.

—¡Ouch! —exclamó el papá al ver lo que estaba viendo—. ¡Estefanía, Estefanía, ven rápido!

La señora se levantó y corrió a la pieza del niño:

—¡Auch! —no pudo menos que gritar al ver a Robertito sentado en la cama con cara de sueño, y con un árbol florido sobre su cabeza. Y entre sus ramas, un nido en el que tres pequeños chorlitos piaban hambrientos:

—¡Pío, pío, pío!

—¡Horror! —se escandalizó la mamá que hacía mucho, mucho tiempo que no miraba con detención a su hijo—-. Robertito tiene chorlitos en la cabeza. ¡Horror!

—Pero esto es espantoso —se alarmó Godofredo, que casi por primera vez veía realmente al niño—. ¿Cómo es que nadie se dio cuenta de esto a tiempo?

—Un doctor. ¡Hay que llamar a un doctor de inmediato!

Y llamaron a un médico de cabellera. Pero éste, después de comprobar que Robertito gozaba de excelente salud, se retiró diciendo:

—Lo siento, pero nada puedo hacer.

Luego llamaron a un ingeniero foresta-cabezal; y después a un cirujano de pelo y a un peluquero y a un leñador y a un ornitólogo y a … Pero todos movieron la cabeza y dijeron:

—Lo siento, pero nada podemos hacer.

Entonces, ¡no me lo van a creer! A Robertito mismo, a quien con el árbol y los tres chorlitos ya era demasiado lo que le pesaba la cabeza, se le ocurrió la solución.

Fue al baño, se mojó bien mojada la cabeza para soltar las raíces del arbusto, con sumo cuidado lo sacó de arriba de su cabeza y lo fue a plantar en el patio de la casa mientras los tres pequeños chorlitos continuaban piando felices:

—¡Pío, pío, pío!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Chorlitos en la cabeza» con la voz de Angie Bello Albelda

La sabiduría encerrada

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Ilustración: eddaviel

 

En el corazón de África, tan lejos que se ignora el lugar exacto, por lo que supondremos que fue en la remota Taubilandia, y hace tanto tiempo, que los relojes de sol ni siquiera se habían inventado, vivió una mujer muy sabia. Tan sabia era, que poseía toda la sabiduría del mundo.

Aquella mujer silenciosa y paciente había pasado la vida entera observando y estudiando todo lo que la rodeaba.

Conocía a la perfección el territorio que habitaba y conocía el nombre de todos los árboles, plantas y animales que vivían en él.

Observaba el curso de los ríos, la dirección de los vientos, los eclipses de sol y de luna y la órbita de planetas y estrellas.

Sabía cuándo las lluvias serían abundantes y cuándo habría sequía y, por tanto, sabía cuál sería el momento idóneo para sembrar o cosechar.

Dominaba el arte de la medicina y aplicaba los remedios más efectivos para curar las enfermedades, ya fueran las del cuerpo o las del alma…

En fin, que como no se cansaba de aprender, llegó un momento en el acumuló toda la sabiduría del mundo.

Esta mujer se llamaba Madre Hekima y la fama de sus conocimientos pronto se fue extendiendo hasta llegar a los más recónditos rincones, desde los que acudían gentes de toda clase: pobres y ricas; jóvenes y viejas; altas y bajas… para escuchar sus enseñanzas o pedirle consejo.

Pero, he aquí, que las personas se cansaban rápido de escuchar y en cuanto aprendían un poco, consideraban que ya eran suficientemente listas y entonces utilizaban la sabiduría que Madre Hekima les regalaba para sus fines malvados. En lugar de aplicar los nuevos conocimientos para mejorar las cosas, los usaban para engañar a sus semejantes, someter a los débiles o lucrarse a costa de los bienes ajenos. Tanto cambiaron los habitantes de Taubulandia, que se terminó la paz.

Al comprobar que los taubulandeses no sabían cómo utilizar el valioso don que les ofrecía, Madre Hekima se enojó tanto, que decidió castigarlos.

Tras largas y profundas meditaciones, llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era privar a las personas de la sabiduría que les había concedido y esconderla en un lugar tan remoto e ignoto que nadie, jamás, pudiera volver a encontrarla. Sin embargo, había dado tantos y tan buenos consejos y enseñanzas, que lo primero que tuvo que hacer fue recuperar todo lo que había entregado.

Sin perder ni un instante, se puso manos a la obra hasta que lo consiguió  —o eso pensó ella— y una vez tuvo toda la sabiduría de nuevo en sus manos, la encerró en una vasija dorada.

Con la vasija llena en su poder, ahora, debía pensar en un lugar idóneo para esconderla y enseguida supo cuál sería ese lugar —o eso creyó ella—, y se acostó pensando en dirigirse allí en cuanto tuviera ocasión.

Antes de proseguir esta historia, debo apuntar que la mujer tenía una hija, casi tan sabia como ella, llamada Niara —la de los grandes propósitos—, que hacía días que observaba en silencio el extraño comportamiento de su madre y conocía la existencia de la misteriosa vasija:

—¡Muy importante será lo que ocurre y muy valioso debe ser lo que esconde mi madre en ese jarrón!

Por lo que decidió vigilar muy de cerca los movimientos de Madre Hekima.

Tal y como había supuesto Niara, no pasaron muchos días cuando una mañana, aún de madrugada, oyó a su madre levantarse con sigilo, vio cómo cogía el recipiente dorado y cómo abría despacio la puerta, intentando no hacer ruido.

Al quedarse sola, se levantó de un salto de la cama y, tomando todas las precauciones posibles, marchó tras los pasos de Madre Hekima, sin que esta sospechara nada, por el camino que conducía al bosque.

Anduvieron ambas, una detrás de la otra, un largo trecho y al llegar Madre Hekima a un macizo de palmeras, tan altas que parecía que rozaban el cielo, se detuvo, localizó la más esbelta de todas y empezó a trepar por ella con la jarra de la sabiduría pendiendo de un cordel, a modo de colgante, sobre el pecho. Su intención era esconder la vasija que contenía la sabiduría en lo más alto de aquel árbol, donde sabía que nadie iría a buscarla.

Sube que sube que sube, trepa que trepa que trepa y aunque la ascensión era difícil y pesada, ella seguía encaramándose por el tronco sin mirar abajo y sin sentir miedo, todo y que a cada paso que daba, la altura era más vertiginosa.

El jarro que contenía toda la sabiduría del mundo oscilaba, como si se tratara de un péndulo de oro, de un lado a otro, haciendo todavía más penosa aquella subida. Primero se movía de derecha a izquierda, amenazando con enredarse en los brazos de la mujer y hacerla caer. Después, golpeaba ora su pecho, ora la dura madera de la palmera, con el consiguiente peligro de que la jarra se hiciera trizas. Sin duda, se trataba de un arduo recorrido, pero Madre Hekima era pertinaz.

Seguía subiendo, subiendo y subiendo y Niara, sin poder contenerse más y cuando ya estaba a punto de perderla de vista, le lanzó un largo grito para llamar su atención:

—Madreeeeeeeeeeeeeeeee, escuchaaaaaaaaaa, ¿por qué no cuelgas tu preciado jarrón en la espalda? ¡Tal y como lo llevas ahora, la tarea que llevas a cabo es mucho más difícil y arriesgada!

Al oír las palabras de su hija, Madre Hekima se detuvo y mirando hacia la lejana tierra, contestó también a pleno pulmón:

—¡Vayaaaaaaaa! Y yo que estaba convencida de que había conseguido encerrar toda la sabiduría, descubro, de repente, que mi propia hija es más sabia que yo al mostrarme una forma mejor de trepar hasta la copa del árbol llevando esta vasija.

Al darse cuenta de lo inútil de su labor, descolgó de su cuello la vasija dorada que encerraba casi toda la sabiduría del mundo y la lanzó tan lejos como pudo. El jarrón fue a estrellarse contra una piedra y se rompió en mil pedazos.

Ya habréis supuesto que al hacerse añicos el recipiente que la contenía, la sabiduría se desparramó y lo salpicó todo. Y es, por ese motivo, que las personas debemos estar muy atentas si queremos encontrar un poco.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «La sabiduría encerrada» con la voz de Angie Bello Albelda

Un bonito sueño

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Ilustración: Claudia Tremblay

Beatriz corrió alegre hacia su madre, llevaba el pelo recogido en dos largas coletas que saltaban al compás de sus movimientos.

—¡Mamá! ¡Mamá!

—Hola, cariño.

—Mamá, mira qué vestido más bonito llevo, es el que me compraste tú.

—Estás muy guapa, hija mía.

—¿Adónde iremos hoy?

—¿Qué te parecería ir a un lugar mágico, donde el sol brilla y el cielo es de un azul claro precioso?

—¡Sí! ¡Vamos mamá!

Beatriz le dio la mano a su madre y juntas avanzaron por un camino cubierto de flores de muchos colores.

Al pasar un río, vieron un bancal de naranjos; los frutos desprendían una suave fragancia que envolvía el aire.

—Mamá, ¿qué sitio es este?

—«El bancal del río». Es del abuelo, pero todos ayudamos para que crezcan las naranjas. Y cuando ya están maduras, las recogemos.

—¿Puedo comerme una?

—¡Claro que sí! Toma.

Beatriz peló la naranja y la mordió. Estaba muy jugosa y el dulce sabor le llenó la boca. Era deliciosa.

Guardaron algunas para el camino y siguieron adelante.

El paisaje se llenó de árboles frutales, de los que pendían limones, manzanas, peras y muchas más frutas de delicioso aspecto.

—Mamá, ¿por qué hay tantos árboles y por qué todo es tan bonito?

—Porque es un lugar mágico. Aquí todo crece libremente y sus habitantes pueden coger todo aquello que deseen, siempre y cuando respeten la naturaleza y no le hagan daño.

—¡Mira mamá!, también hay animalitos. ¿Has visto ese perrito tan bonito que viene hacia nosotras?

—Se llama Pulgarcito; es mi perro. Te gustará jugar con él.

—¿Tú tienes un perro?

—¡Claro!, lo tuve hace tiempo, y ahora nos hemos vuelto a encontrar.

Pulgarcito se acercó retozando, muy contento de verlas. Beatriz lo acarició y los dos se pusieron a jugar. La madre los miraba contenta, sintiéndose dichosa de tenerlos cerca y de disfrutar de aquel momento.

Juntos se dirigieron a un hermoso paraje, en el que había fuentes de aguas cristalinas y en ellas contemplaron cómo nadaban los peces.

Cantarinas cascadas daban frescura y sofocaban el calor del sol. Los animalitos jugaban mientras Pulgarcito corría de un lado a otro, moviendo el rabo sin parar. Todo el mundo era feliz y sonreía contento y alegre.

Realmente, aquel era un lugar mágico, en el que la dicha y la felicidad envolvían cada instante, llenándolo todo de luz.

Justo aquel día, había una feria y Beatriz montó cuantas veces quiso en los caballitos. Comieron algodón de azúcar y caramelos con sabor a macedonia. Todo era muy divertido. Beatriz no se separaba de su madre y en su cara se dibujaba una permanente sonrisa de felicidad.

—Mamá ¿vendremos más veces aquí?

—Cariño, este lugar no es siempre el mismo. Ya te he dicho que es mágico; por eso cada día es diferente.

—¿Cómo de diferente?

—Eso nunca se sabe. Cada mañana, cuando amanece, todo cambia y aparece un lugar nuevo, lleno de nuevos rincones que has de descubrir.

—No lo entiendo. Explícamelo, mamá, ¡por favor!

—Beatriz, todavía no te lo puedo explicar; pero cuando llegue el momento, tú también lo descubrirás. Aunque eso será dentro de mucho, mucho tiempo. Aún te queda un largo camino que recorrer para llegar aquí.

—Pero es que yo quiero quedarme contigo. Te echo mucho de menos.

—Yo también te hecho mucho de menos, por eso te he traído hasta aquí, para compartir este momento especial y diferente. Y aunque no puedas quedarte, recuerda que sigo a tu lado. No olvides que este camino lo empezamos juntas, pero ahora debes seguir adelante tú sola; yo te acompañaré desde aquí.

—Mamá, dame un beso. ¡Pero corre!, dámelo antes de que suene el despertador.

Su madre se acercó con ternura y, abrazándola, la llenó de besos cálidos y dulces.  Esos besos que jamás se olvidan.

—Te quiero mucho, mamá.

—Yo también te quiero mucho, bonita mía. Pero debes marcharte ya, es hora de despertar. Nos veremos en tu próximo sueño.

El despertador sonó, como cada mañana, pero aquel día, Beatriz se despertó envuelta en una sensación de felicidad.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Un bonito sueño” con la voz de Angie Bello Albelda

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Vardiello

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Ilustración: Cuentos para siempre

Tenía doña Grannonia de Aprano gran juicio, pero su hijo Vardiello era el más simplón de todo Nápoles. Pese a ello, y porque los ojos de una madre están encantados y trasvén, sentía la mujer por su retoño un amor tan grande, que todo se lo disculpaba siempre; continuamente lo amparaba y lo lisonjeaba como si fuera la criatura más perfecta del mundo.

Doña Grannonia tenía una gallina clueca que estaba incubando a sus polluelos y en ellos había puesto la buena mujer muchas esperanzas para sacar algún beneficio.

Un día, que tenía que ausentarse de casa para resolver diversos asuntos, llamó a su hijo y le dijo:

—Preciosura de mamá, escúchame bien, no pierdas de vista a la gallina, y si se levanta para picotear, la haces volver al nido sin tardanza, de lo contrario, los huevos se enfriarán y no darán pollitos.

—Déjamelo a mí —dijo Vardiello— que no hablas con un sordo.

—Otra cosa —añadió la madre señalando un bote— ni se te ocurra comer lo que hay en ese tarro, que es una cosa muy venenosa y estirarías la pata.

—¡Ni mirarlo! —respondió Vardiello— Bien has hecho en avisarme, pues, la verdad es que me parecieron nueces confitadas.

Se marchó la madre dejando a Vardiello solo, y él, que se aburría, se fue al huerto a hacer agujeros en el suelo. Estaba en lo mejor de la faena, cuando levantó la vista y vio que la gallina había abandonado su nido, por lo que se puso a gritar:

—¡Tita, tita, tita! ¡Vuelve al nido!

Pero la clueca ni caso y Vardiello, viendo que la gallina tenía cruce con borrico, la emprendió a zapatazos con ella. Después, le lanzó su gorra y, finalmente, un bastón, que la alcanzó de pleno y la dejó frita.

Vardiello, al ver tal desaguisado, pensó en remediar el daño y para que los huevos no se enfriasen, se bajó los pantalones y se sentó en del nido; pero calculó mal la distancia, cayó con demasiada fuerza e hizo una tortilla. Cuando vio la escabechina, pensó en estrellarse contra la pared, pero oyendo que el estómago le rugía, se decidió a desplumar la clueca, la espetó en un asador, encendió una gran hoguera y la asó. Cuando vio que estaba casi lista, para hacerlo todo como es debido, extendió un precioso mantel y tomó un jarro para bajar a la bodega a buscar un poco de vino.

Justo lo estaba escanciando, cuando oyó un guirigay por la casa y, espantado, vio que un gatazo se había apoderado de la clueca, incluido el espetón, y que otro gatazo lo perseguía, reclamando con fieros maullidos su parte. Vardiello se lanzó, cual león furioso, en persecución de los gatos y, con las prisas, dejó abierto el cañito del barrilejo.

Por fin, después de jugar a pillapilla por toda la casa, recuperó la gallina y volvió a la bodega, para descubrir que el barrilejo se había vaciado y, para no ser menos, también él se puso a vaciar el tonel de su alma por los cañitos de sus ojos.

Quiso, a continuación, enmendar este nuevo daño para que su madre no reparase en tanta catástrofe; cargó un costal llenísimo de harina y la esparció sobre lo mojado.

A pesar de ello, sacando cuentas con los dedos de las calamidades ocurridas y pensando que con tamañas burradas perdería el afecto de Doña Grannonia, tomó la valiente resolución de no dejarse hallar vivo por su madre. Agarró el tarro de nueces confitadas, el que la madre le dijera que era veneno, y no paró hasta dar con el fondo. Al acabar, con la barriga bien llena, se encerró en el horno.

En el ínterin regresó la madre y, después de un buen rato, viendo que nadie le abría la puerta, la abrió ella misma de una patada y entró, llamando a voces a su hijo. Como no obtenía respuesta, presintió una desgracia y, con redoblado afán, levantó la voz aún más:

—Vardiello, Vardiello, ¿te has quedado sordo que no me oyes? ¿Dónde te escondes, lerdo? ¿Dónde te has metido, mal hijo?

Vardiello, sin poder resistir más, con una vocecilla que inspiraba lástima, lloriqueó:

—Estoy dentro del horno, mamaíta, pero ya no me verás más.

—¿Por qué? —preguntó con desespero la pobre madre.

—Porque me he envenenado —replicó el hijo.

—¡Ay! — añadió doña doña Grannonia— ¿Qué motivo tenías? ¿Quién te ha dado el veneno?

Y Vardiello le contó todas las proezas que había llevado a cabo, por todo lo cual quería morir para no hacer más experimentos en el mundo.

Como la pobre mujer lo quería con locura, le quitó de la mollera el asunto de las nueces, convenciéndolo de que no eran veneno, sino medicina para el estómago. Así, una vez que lo calmó con buenas palabras y después de hacerle mil arrumacos, consiguió sacarlo del horno, y para entretenerlo, le entregó un bonito paño con el encargo de que lo fuese a vender, pero le advirtió de no tratar del negocio con personas de demasiadas palabras.

—Ahora he de servirte como es debido, ¡no lo dudes! —dijo Vardiello.

Y con el paño bajo el brazo, fue gritando por la ciudad:

—¡Vendo paño! ¡Paaaaañooooo!

Pero cuando le preguntaban:

—¿Qué clase de paño es?

Respondía:

—No vales, que hablas demasiado.

Y si le decían:

—¿A cuánto lo vendes?

Él salía con que eran charlatanes, que lo mareaban o que le habían roto los tímpanos con sus monsergas.

Por fin, divisó una estatua en el jardín de una casa, que estaba deshabitada por culpa de un duende, y extenuado de tanto dar vueltas, se sentó en un murete y preguntó a la figura:

—Dime, amigo, ¿vives en esta casa?

Viendo que no obtenía respuesta, le pareció hombre de pocas palabras y agregó:

—Si quieres comprar este paño, te lo vendo barato.

Y como la estatua seguía callada, añadió:

—Un hombre de pocas palabras, ¡justo el comprador que buscaba! Aquí te dejo el paño. Examínalo con calma y dame por él lo que creas justo. Mañana vendré a por el dinero.

Dejó el paño al pie de la estatua y se marchó.

No pasó mucho rato, cuando entró un hombre al jardín para hacer sus necesidades, halló el paño y se lo llevó consigo.

Llegó Vardiello a casa sin el paño y le contó a su madre lo ocurrido. A la pobre mujer poco le faltó para que le estallase el corazón:

—¿Cuándo sentarás la cabeza, majadero? ¡Mira la de malas pasadas que me has jugado! ¡Solo me faltaba esta!

Vardiello, por su parte, le decía:

—¡Calla, madre, que no será como piensas! Qué te crees, ¿que soy tonto y que no sé qué me hago?

Llegada la mañana, cuando las sombras de la Noche perseguidas por los esbirros del Sol abandonaban Nápoles, Vardiello se fue al jardín en el que estaba la estatua, y le dijo:

—Buen día, caballero, ¿puedes pagarme el paño?

Pero viendo que la estatua permanecía muda, se enfadó tanto, que agarró una piedra y se la lanzó con todas sus fuerzas a la cabeza. Cayó decapitada la estatua y dejó al descubierto una vasija llena de monedas de oro, que Vardiello se apresuró a llevar a su casa:

—¡Madre, madre!, ¡mira cuántos altramuces!

La madre, al ver las monedas y sabedora de que su hijo contaría la aventura a diestro y siniestro, le dijo que esperara en la puerta porque tenía que espantar un fantasma que se había colado en la casa.

Vardiello, que se lo tragaba todo, se sentó ante la puerta y, entretanto, la madre, desde la ventana de arriba, lanzó sobre él durante más de media hora pasas e higos secos, que él recogía gritando:

—¡Madre, madre, si sigue lloviendo así, nos hacemos ricos!

Cuando terminó de recoger, estaba tan cansado que se fue a dormir.

Días después, ocurrió que se peleaban dos vecinos, maleantes ambos, por un escudo de oro que habían encontrado en el suelo. Al verlos, Vardiello dijo:

—Vaya borricos que sois para discutir tanto por un altramuz. ¡Si ni siquiera se pueden comer! Lo sé porque yo encontré una olla repleta.

Los que estaban cerca, al escucharlo, le preguntaron dónde, cómo y cuándo había encontrado esos altramuces que no se podían comer. Y Vardiello respondió:

—Los encontré en un palacio, dentro de un hombre mudo. Fue el día de la lluvia de pasas e higos secos.

Como todos sabían lo simple que era, supusieron que aquello era fruto de su imaginación y se olvidaron del asunto.

Así, el buen juicio de la madre puso remedio a las burradas del hijo. Por eso podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que a piloto diestro, no hay mar siniestro.

FIN

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Las tres hilanderas

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Ilustración: Werner Klemke

Hace mucho, mucho tiempo, cuando en cada casa había una rueca para poder confeccionar ropa, vivió una niña a la que no le gustaba hilar. Ya podía repetirle su madre que era una actividad muy útil, que no había forma de que ella se aficionara. Un día, la mujer, cansada de repetirle a su hija siempre lo mismo, perdió la paciencia de tal forma, que empezó a gritarle y la chica se puso a llorar y a lamentarse a pleno pulmón:

—¡Buaaaaaaaaaaaa! ¡Buaaaaaaaaaaaaa! ¡Tú siempre con la ruecaaaaaaaa!

Justo en aquel momento, pasaba cerca de allí la Reina, que al oír los lamentos ordenó detener su carroza, entró en la casa y preguntó a la madre por qué increpaba de aquel modo a su hija, pues sus gritos se oían desde lejos, y cuál era el motivo del llanto de la joven. Avergonzada de su comportamiento, la mujer respondió:

—Majestad, no puedo apartarla de la rueca. Se pasa la vida hilando, pero soy muy pobre y no puedo comprar tanto hilo.

La Reina, con una sonrisa en los labios, contestó:

—¡Estamos de suerte! A mí no hay cosa en el mundo que me guste más que el sonido que hace la rueca al girar ¡Adoro su zumbido! ¿Qué os parece si me llevo a vuestra hija a palacio conmigo? Tengo hilo en abundancia y allí podrá hilar hasta que se canse.

La madre aceptó muy contenta la proposición y la Reina se llevó a la muchacha. Al llegar a palacio, la condujo a la torre más alta, donde había tres grandes habitaciones llenas hasta el techo de hilo de lino de la mejor calidad.

—Aquí estarás tranquila. Puedes hilar tanto como quieras que nadie te molestará. Cuando hayas terminado, y antes de darte más hilo, te casarás con mi hijo mayor. Nada me importa que seas pobre; una joven habilidosa y lista como tú lleva consigo su propia dote.

La muchacha se puso pálida, pero no dijo nada. Miraba la montaña de hilo y pensaba que aquello no había quien lo hilara. Aunque viviera trescientos años y no hiciera otra cosa desde la mañana a la noche, sería imposible acabar aquel trabajo.

Cuando se quedó sola, empezó a dar vueltas por la habitación y así se estuvo tres días, sin mover ni un dedo, mirando aquel montón de hilo y preguntándose qué haría.

Al tercer día, se presentó la Reina y se extrañó de que la muchacha aún no hubiera ni empezado a hilar, pero la joven se excusó diciendo que no había podido hacer nada todavía por la mucha pena que sentía al estar separada de su madre. La soberana se conformó con la excusa, pero le advirtió:

—Mañana, sin falta, tienes que empezar el trabajo.

Nuevamente sola, la muchacha, sin saber qué hacer ni cómo salir de aquel aprieto, se asomó a la ventana y, desde allí, vio a tres mujeres que se acercaban: uno de los pies de la primera era enorme, muy ancho y plano; el labio inferior de la segunda era tan formidable, que le caía sobre la barbilla; y el dedo pulgar de la mano derecha de la tercera parecía un colosal martillo. Las mujeres se detuvieron ante la ventana y al ver a la niña le preguntaron el porqué de su tristeza. Les contó la chiquilla sus cuitas y las mujeres le dijeron que podían ayudarla, pero con un condición:

—Si cuando te cases con el príncipe nos invitas a la boda sin avergonzarte de nosotras, nos llamas delante de todos «queridas primas» y nos sientas junto a ti en la mesa real durante el banquete, hilaremos todo este hilo para ti en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Prometido!  —respondió la muchacha—. ¡Entrad y poneos a hilar ahora mismo!

Inmediatamente se pusieron manos a la obra. La primera tiraba de la hebra mientras con el pie giraba la rueda de la rueca; la segunda humedecía el hilo entre sus labios y la tercera lo retorcía con el dedo pulgar. Iban tan deprisa, que el montón de fino hilo que se amontonaba sobre el suelo era cada vez más y más alto. Cuando la chica oía que la Reina se acercaba, escondía a las hilanderas y le enseñaba el hilo ya hilado. La Reina estaba muda de asombro y se deshacía en alabanzas.  No tardó en quedar listo todo el trabajo y las tres hilanderas se despidieron de la muchacha, no sin antes advertirle:

—¡Recuerda tu promesa! De ella depende tu felicidad.

Cuando la Reina vio que el trabajo había finalizado, fijó sin demora la fecha de la boda. El novio no cabía en sí de gozo, pues se casaría con una muchacha hábil, inteligente y, además, muy guapa. Feliz y contento por su matrimonio, le preguntó a la muchacha si deseaba algo especial.

—Deseo solo una cosa…—dijo la muchacha—. Tengo tres primas hilanderas a las que debo grandes favores y no quiero olvidarme de ellas en ese día tan feliz. Con tu permiso, quisiera invitarlas a la boda y para el banquete, desearía que se sentaran junto a nosotros, en nuestra mesa.

Tanto la Reina como su hijo respondieron al unísono:

—¡Naturalmente que las invitaremos! Tu familia es ahora nuestra familia.

Llegó el día de la boda y, muy puntuales, se presentaron las tres mujeres elegantemente ataviadas. La novia salió a la puerta a recibirlas:

—¡Bienvenidas, mis queridas primas!

—¡Uf! ¡Vaya con las primas hilanderas! –susurró el príncipe al verlas.

Y, dirigiéndose a la primera, la del enorme pie plano, inquirió:

—Perdona, querida prima, ¿cómo es qué tienes el pie tan grande?

—De tanto girar el torno —contestó—. De tanto girar el torno.

El príncipe, entonces, preguntó a la segunda:

—Y a ti, querida prima, ¿cómo es que te cuelga tanto el labio?

—De tanto humedecer la hebra. De tanto humedecer la hebra.

Finalmente, mirando a la tercera, dijo:

—Y tú querida prima, ¿cómo es que tienes el pulgar como un martillo?

—De tanto torcer el hilo. De tanto torcer el hilo.

Muy asustado, el hijo de la Reina exclamó:

—En adelante, mi querida esposa jamás se volverá a acercar a una rueca.

Y con esta decisión puso fin a la pesadilla del hilado y aquella niña fue feliz para siempre.

FIN

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El regalo

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Ilustración: Oscar Scotellaro

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque excedía el peso máximo por pocos gramos, al igual que el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban la fiesta y el cariño.

El niño los esperaba en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.

—¿Qué haremos?

—Nada, ¿qué podemos hacer?

—¡Qué reglamentos absurdos!

—¡Con tanta ilusión que le hacía el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros se apresuraron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

—Ya se me ocurrirá algo —dijo el padre.

—¿Qué…? —preguntó el niño.

Y el cohete despegó y se lanzó hacia arriba, al espacio oscuro.

Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

—Quiero mirar por el ojo de buey.

Había un único ojo de buey, una “ventana” bastante amplia, de vidrio tremendamente grueso, en la cubierta superior.

—Todavía no —dijo el padre—. Te llevaré más tarde.

—Quiero ver dónde estamos y adónde vamos.

—Quiero que esperes por un motivo —dijo el padre.

El padre había estado despierto, dando vueltas de un lado a otro, pensando en el regalo abandonado, el problema de la fiesta y el árbol perdido con sus velas blancas. Al fin, se había sentado hacía cinco minutos, creyó haber dado con una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.

—Hijo —dijo—, dentro de media hora será Navidad.

—¡Oh! —dijo la madre, consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría.

El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

—Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometisteis…

—Sí, sí. todo eso y mucho más —dijo el padre.

—Pero… —empezó a decir la madre.

—Sí —dijo el padre—. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo enseguida.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

—Ya es casi la hora.

—¿Me dejas tu reloj? —preguntó el niño.

El padre le alargó su reloj y el niño lo sostuvo entre los dedos mientras el tiempo que faltaba se extinguía en el fuego, el silencio y el imperceptible movimiento del cohete.

—¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

—Ven, vamos a verlo —dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

—No entiendo.

—Ya lo entenderás —dijo el padre—. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada de una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

—Entra, hijo.

—Está oscuro.

—Te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto estaba, en verdad, muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio.

El niño se quedó sin aliento.

Detrás, el padre y la madre contemplaron mudos el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

—Feliz Navidad, hijo —dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

FIN

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Tres tristes tortugas

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Ilustración: faboarts

Por si no lo sabías, las tortugas viven doscientos años y aunque parezca una eternidad, eso no es vivir para siempre, porque un día mueren.

Todos los seres de la tierra que respiramos llega un día en el que gastamos toda la vida que trajimos al nacer y entonces desaparecemos.

Es como si en nuestro interior, una pila repleta de energía, como la que les ponemos a los muñecos para que funcionen, se terminara. Cuando ocurre eso, tanto los muñecos como nosotros nos quedamos inmóviles. La diferencia es que a los muñecos les podemos cambiar la pila para que sigan funcionando, pero a los seres vivos no, porque no existe pila de recambio. Así que cuando la pila se agota, desaparecemos.

Sí, incluso las tortugas. Sí, incluso nosotros. Yo, que te cuento este cuento desapareceré. Y tú, que me estás escuchando, también. Todos. Absolutamente todos, sin excepción, morimos.

Morir es una palabra que a mucha gente no le gusta y por eso evita pronunciarla. Aunque en realidad, nadie sabe a ciencia cierta qué significa.

Morirse no es como ir a la Luna o a la selva, que aunque están muy lejos hay quien ha vuelto para contar lo que allí ha visto. No, los que se mueren no regresan, así que nadie sabe adónde van. Y es aquí donde empieza este gran misterio sin solución que tres tristes tortugas intentaron una vez resolver.

Estas tres tortugas eran miembros de una misma familia: padre, madre e hija. Vivían felices y contentas en la ladera de una montaña que siempre estaba verde y sus días trascurrían en apacible armonía. Se levantaban muy temprano y salían juntas en busca de las hojas más jugosas para desayunar, que tiernas y apetitosas, todavía húmedas de rocío, encontraban en los pastizales.

Cada martes, sin excepción, después de tomar su desayuno, cruzaban en fila india el pequeño arroyo que había detrás de su casa. Atravesaban la corriente por un camino hecho con piedras que conducía a la otra orilla y, desde allí, se dirigían hacia un bosquecillo cercano en el que vivían los abuelos tortuga.

Las tres tortugas pasaban el día contando a los abuelos todo lo que habían hecho durante la semana, tomaban el sol y mascaban las amapolas que la abuela había preparado, con esmero, especialmente para ellos.

Cuando el sol estaba a punto de ponerse, emprendían el camino de regreso para no atravesar el río de noche. El abuelo siempre les decía que era muy peligroso y cada martes les repetía la misma historia, la de aquella tortuga temeraria que fue arrastrada por las aguas.

Transcurrió mucho tiempo sin que nada alterara la plácida vida de las tortugas, hasta que un martes, al llegar a casa de los abuelos, las amapolas de la abuela no los estaban esperando y tampoco oyeron los consejos del abuelo.

El más absoluto silencio reinaba en aquel trocito de bosque y abandonados y vacíos, en medio del prado, solo vieron los caparazones de los abuelos tortuga.

Por más que registraron la casa y sus alrededores, por más que los llamaron a gritos, no hubo forma de dar con ellos y las tres tortugas se pusieron muy tristes.

¿Qué había pasado? ¿Adónde habían ido? ¿Volverían a verlos alguna vez?

Lloraban sin parar y se lamentaban, mientras acariciaban los oscuros caparazones vacíos.

Muy cerca de donde estaban, sobre la rama de un arce, un cuervo negro las observaba. Al verlas tan tristes las llamó:

—¡Pst! ¡Tortugas! No estéis tan tristes. Yo he visto cómo esta noche una brillante luz que bajaba del cielo se las ha llevado. Si miráis hacia allí cuando oscurezca, veréis que se han convertido en estrellas y que desde el cielo os miran y velan por vosotros.

Al pie del árbol dormitaba un lince, que al oír las palabras del cuervo protestó airado:

—¡¿Pero qué tonterías estás diciendo?! ¡No has podido en modo alguno ver eso que afirmas! Porque yo mismo he sido testigo de lo que ha pasado.

Y dirigiéndose a las tortugas añadió:

—No hagáis caso al cuervo. Estaba muy oscuro, pero yo he visto con mis propios ojos cómo abandonaban sus caparazones para entrar en el majestuoso cuerpo de aquellas águilas —Y al mismo tiempo que señalaba a las aves con el dedo preguntó—. ¿Acaso no estáis viendo cómo vuelan en círculo sobre vuestras cabezas y os llaman con sus gritos?

Cuervo y lince empezaron a reñir acaloradamente y el alboroto atrajo a otros animales, que se sumaron a la discusión:

—Ni estrellas ni águilas. ¡Se han ido al cielo de los animales! Allí es donde vamos todos. En ese lugar tenemos todo lo que aquí hemos deseado y no se pasa ni hambre ni frío. Lo sé de buena tinta —sentenció un topo asomando la nariz por un agujero.

—¡De eso ni hablar! ¿Cómo vamos a fiarnos de ti?, ¡pero si no ves más allá de tus propias narices! —replicó una mariposa que revoloteaba cerca—. Renacerán. Eso es lo que pasará. Nosotras, las mariposas, sabemos mucho de esto. Puede parecer que desaparecemos dentro de nuestra crisálida, pero renacemos trasformadas en algo mejor. Todos empezamos siendo seres feos que se arrastran, luego parece que desaparecemos, pero acabamos convertidos en hermoso seres alados.

Las tres tristes tortugas ya no sabían qué pensar, a quién escuchar, ni qué creer. Todos y cada uno de los animales del bosque parecían saber, perfectamente, qué había ocurrido con los abuelos tortuga y todos les decían qué debían hacer:

—Os vigilan desde el cielo. No os preocupéis.

—Son águilas que vuelan libres. No lloréis.

—Están felices en el paraíso. Alegraos.

—Se han transformado en seres alados. No sufráis.

—Bla, bla, bla, bla.

Una vieja lechuza, vecina de los abuelos tortuga, que miraba mucho pero hablaba poco, se acercó y les dijo a las tres tristes tortugas:

—Lo que ha ocurrido es que los abuelos tortuga se han muerto. Yo no sé qué quiere decir morirse, ni tampoco sé adónde han ido, ni si algún día los volveremos a ver. Lo que sí sé, es que su marcha duele mucho y también sé que esta pena atrancada en la garganta solo podemos sacarla llorando. Así que lloremos. Lloremos mucho, para que nuestras lágrimas arrastren hacia fuera toda la tristeza y los recuerdos hermosos puedan salir. Porque aunque nos siga doliendo mucho su ausencia, y nos duela no ver sus caras; ni recibir sus abrazos y sus besos; porque aunque ya no volvamos a oír su voz pronunciando nuestro nombre, en nuestra mente los seguiremos viendo, escuchando, sintiendo y recordando y todo lo que nos dieron y nos enseñaron seguirá vivo en nosotros y así la muerte no podrá llevárselos del todo, porque la muerte solo se lleva del todo aquello que olvidamos.

Las tres tristes tortugas y la vieja lechuza acariciaron los viejos caparazones de los abuelos tortuga y, despidiéndose de ellos por última vez, los enterraron bajo un frondoso lentisco.

Caía el sol y el resto de animales seguía picoteándose, arañándose, mordiéndose y queriendo imponer su razón.

Las tres tristes tortugas, con lágrimas en los ojos, les dieron la espalda y recordando los consejos del abuelo, se encaminaron hacia el río para cruzar antes de que anocheciera. Sobre sus caparazones, llevaban las amapolas frescas para la cena que habían encontrado en la despensa de la abuela.

FIN