malos sueños

La Pequeña Hada y los sueños

Ilustración: Virginia Carrillo

La Pequeña Hada ya se ha convertido, después de cuatro años de estudios, en un hada titulada. Está muy, muy contenta con su resplandeciente diploma; lo ha puesto en un marco y lo ha colgado en la pared del salón. Ahora ya puede usar su varita mágica para prestar ayuda a quién pueda necesitarla; deshacer enredos y malentendidos —siempre con el fin de hacer el bien—; y procurar felicidad. Pero lo que nunca debe hacer es usar sus poderes contra nadie.

El mismo día que obtuvo su diploma, después de colgarlo y deseosa de ponerse a trabajar, lo primero que hizo fue poner una nota en el tablón de anuncios de la Plaza Mayor de Isla Imaginada, el lugar en el que vive y en el que también habitan todos los personajes de nuestros cuentos.

Decía así:

Se ofrece hada titulada para aquél que lo necesite. encantamientos, hechizos y sortilegios varios.

Firmado: Pequeña Hada, casita lila en el camino del Bosque Pequeño.

¡Listo! ¡Ahora a esperar clientela!

Muy ilusionada en empezar a trabajar, esperó en su casita lila a que alguien respondiera a su oferta.

Transcurrieron dos días sin que ocurriera nada, pero a la tarde del tercer día llamaron a su puerta.

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

—¡Enseguida voy!

La Pequeña Hada iba por el pasillo corriendo, nerviosa, pues no sabía a quién hallaría tras la puerta.

—¡Buenas tardes, señor Gallo y señora Gallina!

Efectivamente, los que habían llamado a su puerta eran don Gallo y doña Gallina, que venían acompañados de un precioso pollito, su hijo. Sus plumitas eran amarillas como los girasoles y su piquito colorado como las rosas rojas, pero la Pequeña Hada se dio cuenta de que los ojitos del pollito estaban tristes y tenían ojeras.

—¡Buenas tardes! ¿Eres tú la Pequeña Hada que ha puesto el anuncio en la Plaza Mayor?

—Sí, señor Gallo, la misma. Encantada de conocerlos, pero, por favor, pasen, pasen y cuéntenme qué los trae a mi casa.

La Pequeña Hada les ofreció bebida y pastelitos de maíz —¡era muy buena anfitriona!—, y le dejó al pollito varios cuentos y entretenimientos para poder charlar tranquilos y, entonces, doña Gallina le contó el problema que hasta ella los había llevado.

—Verás, Pequeña Hada, la ayuda que pedimos es para nuestro pollito Plumitas. Lleva ya varias semanas sin dormir bien. Tiene sueños feos, se despierta piando y asustado, despierta a los demás pollitos, sus hermanos y el gallinero se revoluciona.

También se despiertan los granjeros pensando que es la hora de empezar las labores, y al darse cuenta de que aún no ha salido el sol, quedan desconcertados y les cuesta volver a dormirse. Comprenderás, Pequeña Hada, por qué estamos tan preocupados. Plumitas, en sus sueños, ve un monstruo de color rosa que lo asusta. Nosotros sabemos que es solo un sueño y así se lo decimos, pero no funciona y ya no sabemos qué hacer para consolarlo.

Ilustración: Virginia Carrillo

Don Gallo y yo misma lo abrazamos con nuestras alas y le piamos dulces canciones para que vuelva a dormirse, le contamos cuentos bonitos y todos sus hermanos le desean sueños felices, pero al poco rato de quedarse dormido vuelve a despertarse.

La Pequeña Hada escuchó, muy atenta, sus explicaciones mientras observaba de lejos al pobre Plumitas. ¡Ella solucionaría aquel problema! ¡No consentiría que un animalito tan dulce e inocente sufriera por culpa de los malos sueños!

—Señor Gallo y Señora Gallina, ¡yo los ayudaré! Es un caso de urgencia máxima que ese monstruo rosa desaparezca para siempre. Vuelvan a verme dentro de tres días.

Los papás de Plumitas, muy agradecidos, quedaron en volver al cabo de tres días y la Pequeña Hada besó con ternura al pollito y le dedicó una gran sonrisa que hizo feliz por un momento al pequeñín.

Aquella noche, la Pequeña Hada se puso manos a la obra y se empleó a fondo tratando de encontrar el mejor remedio para los malos sueños de Plumitas. Consultó todos sus libros de encantamientos y hechizos. Repasó el manual de su flamante varita mágica. Estudió al detalle la enciclopedia del mundo de los sueños y hasta telefoneó a la Gran Hada Buena para consultarle qué hacer con los monstruos inoportunos.

Tras tanta agitación, y ya segura de haber hallado la solución, se echó un sueñecito reparador y al despertarse se encaminó al supermercado Mundo Mágico, que es el súper en el que las hadas compran lo necesario para elaborar sus encantamientos. En él venden polvo de estrellas, arena de desiertos de oro, hierbas mágicas y curativas, especias con poderes venidas de mundos lejanos, polen de flores milagrosas e infinidad de piedras y cristalitos de colores, varitas de repuesto, cajitas, estuches y recipientes varios donde guardar las elaboraciones y otros cientos de ingredientes secretos que no se pueden revelar.

Contenta, aunque un poquito nerviosa, tras repasar la compra para comprobar que no se dejaba nada —¡quería que el hechizo saliera bien!—, caminó deprisita para llegar a casa y comenzar a preparar el hechizo que hiciera desaparecer al monstruo rosa.

Pasó todo el día siguiente trabajando, ¡ni siquiera se acordó de comer!, y al caer el sol, dio por terminado el encantamiento con estas palabras mágicas:

Que un hada acompañe cada noche al que duerme

Que sus sueños sean dulces como un pastel

y los monstruos  se alejen para no volver.

Estrellas brillantes, luna redonda

Que este hechizo nunca se rompa.

Ahora solo había que esperar a que diera resultado.

Al día siguiente:

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Era bien temprano cuando llamaron a la puerta y, efectivamente, eran los señores Gallo y Gallina.

—¡Buenos días! –saludó la Pequeña Hada con una gran sonrisa. ¡Pasen, por favor!

La Señora Gallina habló en primer lugar:

—Dime, Pequeña Hada, que has encontrado la solución al problema de Plumitas. ¡Eres nuestra última esperanza!

La Pequeña Hada les tendió un cofrecillo de madera adornado con cristalitos de colores y espejos que relucían y les explicó lo que debían hacer.

—Cuando Plumitas se vaya a dormir, esparcid en su almohada la purpurina mágica que hallaréis en el cofre.

—¿Y ya está? —preguntó desconfiado don Gallo.

—No os preocupéis, el encantamiento ya está hecho. Cuando Plumitas se duerma, un Hada de los Sueños lo acompañará para que nunca vuelva tener sueños feos.

El Señor Gallo y la Señora Gallina prometieron esparcir cada noche la purpurina en la almohada de Plumitas.

La Señora Gallina, antes de irse, quiso ver la purpurina y al abrir el cofre se quedó con el pico abierto: ¡allí dentro no había nada!

—Pequeña Hada, ¡aquí no hay nada! ¡Este cofre está vacío!

—Ohhhhh —exclamó la hadita— ¡Qué tonta! Me olvidé de advertiros que la purpurina es mágica y, como tal, es invisible. Bastará con que cojáis un pellizco del interior del cofre cada noche y hagáis el gesto de esparcirlo por la almohada. Ya os he dicho que es purpurina mágica. Además, no se agotará jamás; siempre que abráis el cofre, habrá purpurina mágica y podrán heredarlo vuestros hijos y nietos por si algún otro pollito necesitara de su magia.

Así que los señores Gallo y Gallina, confiados de los poderes de la Pequeña Hada, le agradecieron mil veces lo que había hecho por el pollito y quedaron en darle noticias sobre cómo había funcionado la purpurina invisible.

La Pequeña Hada esperaba, impaciente, noticias del gallinero y no hacía otra cosa que dar vueltas por la casa. Tantas vueltas dio, que hasta se mareó y tuvo que sentarse a descansar. Pasadas dos noches llamaron a la puerta:

—¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

—¡Hola, señora Gallina! ¡Bienvenida!

La mamá de Plumitas apareció en la puerta con una gran cesta y una sonrisa enorme en su pico. Hasta las plumas de sus alas estaban revueltas de tanta agitación como llevaba.

—¡Ohhhhhh!, ¡Pequeña Hada!, ¡has salvado a nuestro pollito! Desde que esparcimos la purpurina mágica en su almohada, descansa toda la noche como un lirón y tenemos que despertarlo a la salida del sol porque duerme profundamente. ¡Está mucho más contento y todo el gallinero también!

Aquí te traigo una cesta de huevos para que hagas magdalenas. ¡He oído que te salen muy ricas!

Si en alguna ocasión necesitas la ayuda de una familia de gallinas, no dudes en mandar aviso a la granja. Además, hablaremos de tu buena magia para que en Isla Imaginada todos te conozcan.

La Pequeña Hada no podía estar más contenta, ¡había superado con éxito su primer encargo! Y, lo mejor de todo, era que había podido ayudar a un animalito a perder el miedo a los sueños.

Los sueños siempre deben ser bonitos y, si no es así, también nosotros podemos comprar un pequeño cofre y recitar las palabras mágicas mientras esparcimos sobre nuestra almohada purpurina invisible. ¡Así, un Hada de los Sueños velará mientras dormimos!

FIN

El Hada del sueño

Fada de la Son 006

Ilustración: Puig Deulofeu

Pau no podía dormir. Cerraba los ojos y le parecía ver figuras amenazadoras entre las sombras que Fúsoc, el Dragón de la Oscuridad, tejía a su alrededor para que se durmiera.

Goum, el Dragón del Miedo, rondaba también por su habitación y el pequeño no podía pegar ojo sin sentir que su aliento escarchado le helaba con vehemencia el corazón.

Ya había llamado a su madre dos veces y cuando acudió la última vez, no parecía muy contenta. Ella no comprendía que los dragones de Nataú jugaban a asustarlo en la oscuridad, a atemorizarlo y que lo hacían temblar bajo la manta que usaba como escudo contra el miedo.

Joan, su hermano mayor, lo oyó lloriquear desde su habitación y se acercó a hurtadillas para saber qué le sucedía.

—No pasa nada, Pau…, —le dijo con ternura—  soy yo…., ¿qué te ocurre?

—Los dragones… me dan miedo…

Joan lo miró un instante y sonrió comprensivo.

—Son Goum y Fúsoc que juegan contigo… —Lo tranquilizó— ¿Sabes qué hago yo cuando tengo miedo de ellos?

—No…

—Pronuncio bien bajito el nombre del Hada del sueño para que venga en mi ayuda.

—¡¿El Hada del sueño?!

—Sí… ¿Acaso no la conoces?

Joan se sentó cerca de su hermanito y empezó a contarle todo lo que sabía de aquella hada maravillosa que ayudaba a los niños a ahuyentar el miedo de sus corazones.

—El Hada del sueño es muy pequeña; tanto, que ni Fúsoc ni Goum la ven pasar ante ellos cuando un niño pronuncia su nombre en secreto. Es una criatura mágica como los dragones, pero es aún más difícil verla que a ellos. Puede oír cómo la llaman en silencio por lejos que se encuentre y tiene especial habilidad para ahuyentar cualquier miedo que pueda asustar a un niño por la noche. Cuando escucha que la llaman, el Hada del sueño se acerca de puntillas hasta el borde de la almohada y allí comienza a chisporrotear con su luz dulce, para alejar la oscuridad que Fúsoc teje como una telaraña invencible. Produce lucecitas que se ven, incluso, al cerrar los ojos y dibuja infinidad de colores y formas caprichosas que solazan el corazón asustado de los niños de los miedos que Goum les inspira cruelmente. ¿Y sabes qué hace para conseguir tantos colores?… Baila incansablemente, como si oyera una música maravillosa, y con cada giro de su baile, estallan multitud de chispas multicolor que son como dardos que se clavan en la dura piel de Goum. Lo hacen sentir tan incómodo, que siempre tiene que acabar huyendo de la habitación… Eso sí, ¡se marcha muy enojado!
Cuando ya ha conseguido echar a Goum, el Hada del sueño entona una dulce canción que relata alguna antigua historia del viejo país de Nataú y deja que Fúsoc se quede cerca, ya que sabe que el Dragón de la Oscuridad es inofensivo cuando lo ha abandonado su cruel compañero Goum. A Fúsoc le gustan mucho las canciones del Hada del sueño y las escucha embelesado mientras el niño al que acompañan se duerme despacito. Los cuentos que cuenta el Hada del sueño se convierten en sueños maravillosos para soñar y tienen el poder de mantener las puertas de la magia de Nataú bien abiertas a todos los niños que tienen la suerte de soñarlos.

—¿Y yo puedo gritar su nombre? —preguntó Pau con los ojos muy abiertos.

—No tienes que gritar su nombre, Pau, solo tienes que susurrarlo muy bajito. Tan bajito, que Goum no lo pueda oír jamás, porque si él te oyera, todo el poder del Hada se esfumaría y ella ya no podría ayudarte.

Entonces, Joan se acercó mucho a su hermano y le susurró al oído el nombre secreto del Hada del sueño, para que él también lo pudiera pronunciar cuando tuviera miedo.

—Recuerda. Debes pronunciarlo muy flojito, casi como si lo pensaras. Ahora que ella ya sabe que la necesitamos, si cierras los ojos vendrá enseguida para hacerte compañía y hará que se marche el feo Goum para que tengas unos sueños bien bonitos. Buenas noches, Pau.

—Buenas noches, Joan.

Esa noche, el Hada del sueño hizo compañía a Pau y lo ayudó a dormir tranquilo y contento. La suave magia de Nataú llenaba todos los rincones de la oscura habitación, en la que ya solo quedaba espacio para los sueños.

FIN