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Un susto morrocotudo

Ilustración: GrimVixen

Esta es la historia de una niña pequeña y de un pequeño ratoncito y del susto morrocotudo que se dieron los dos.

La niña pequeña estaba en su cama y leía un cuento a escondidas; la luna llena iluminaba la estancia como una lámpara. En la habitación reinaba un profundo silencio, así que los padres creían que la niña pequeña dormía hacía ya mucho rato y nunca hubieran sabido que seguía despierta a esas horas de no ser por un pequeño ratoncito que, mientras daba su paseo nocturno, topó con la naricilla con una galletita de chocolate.

—¡Hi, hi, hi! —dijo gozoso con su chillona voz el pequeño ratoncillo. Lo que en el lenguaje de los ratones significa: «¡Una galleta de chocolate! ¡Qué suerte la mía!».

La niña pequeña, desde su cama, escuchó con atención y miró a su alrededor, pero como no vio nada, siguió leyendo.

—¡Hi, hi, hi! —gritó de nuevo el pequeño ratoncillo, con lo cual quería decir: «¿Habrá más comida por aquí?».

Y moviendo sus largos bigotes, buscó y rebuscó, dando vueltas por la habitación, arriba y abajo, con sus cortas patitas. De repente, un gran foco iluminó su diminuta figura. Era la luz de la luna, que se colaba por la ventana, y alumbraba, justamente, delante de la cama de la niña pequeña, que en ese justo instante alzó la vista de su libro.

—¡Ahh, ahhh, ahhhh! —gritó con gran espanto al mismo tiempo que soltaba el libro y saltaba, por el lado derecho, fuera de la cama.

El pequeño ratoncillo, al oír aquellos pavoroso gritos, se agarró a la sábana, trepó por la parte izquierda de la cama y, lleno de espanto, se ocultó en el lecho. La chiquilla, entonces, volvió a gritar. Esta vez mucho más fuerte que antes. El pequeño ratoncito, sobresaltado, dio un brinco y, dibujando un amplio círculo en el aire, aterrizó en el suelo y huyó espantado, rozando, al hacerlo, los desnudos pies de la niña. El grito de terror que resonó entonces en la habitación fue tan increíble, que al pobre ratoncillo se le detuvo por un instante el corazón. Desesperado, buscó en la pared el pequeño agujero que conducía a su casa. Mientras, la niña pequeña de un salto subía nuevamente a su cama y se escondía, encogiendo los pies hasta tocarse la barbilla con las rodillas, bajo las sábanas.

Por fin el pequeño ratoncillo estaba a salvo en su casita y allí, sollozando, se abrazó tembloroso a su madre:

—¡Hi, hi, hi!

—¡Pobrecito mío! —lo consoló mamá ratona—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—Un gigante con una voz espantosa.

«Este susto lo curará enseguida un pedacito de chocolate», pensó mamá ratona. Y fue a buscarlo a su despensa y se lo puso ante la naricilla a su querido hijito. «¡Sí, esto servirá!». Y así fue en efecto, mientras el ratoncillo roía el chocolate su temblor fue disminuyendo hasta desaparecer por completo.

En la habitación, entretanto, la mamá de la pequeña, que había escuchado los terribles gritos de su hijita y había ido corriendo en su auxilio, acariciaba la cabeza de la niña, sentada junto a ella en la cama:

—¡Pobrecita mía! —la consoló—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—¡Un animal enorme me atacó! ¡Yo gritaba y gritaba, pero él no dejaba de perseguirme y quería atacarme!

—Ahora ya no podrá hacerte nada, yo estoy a tu lado —le dijo la madre.

Pero sabía muy bien lo que de verdad consolaría a su hijita. Puso la mano en el bolsillo de su bata y sacó de ahí un trocito de chocolate, envuelto en papel plateado. Al ver aquel reflejo, al punto cesaron de fluir las lágrimas y mientras saboreaba aquella golosina, la chiquilla también dejó de temblar.

Los dos pequeños, bajo la atenta mirada de sus mamás, pronto se quedaron dormidos; la niña en su camita, y el ratoncito en su casita. Justo al cerrar los ojitos, el morrocotudo susto quedó olvidado por completo y los dos tuvieron dulces sueños de chocolate.

FIN

Epaminondas

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Ilustración: Inez Hogan

En un pueblecito de Alabama, al sur de los Estados Unidos de América, vivía una mujer muy buena, que tenía un solo hijo al que puso de nombre Epaminondas, en recuerdo del gran general griego:

—Te llamaré Epaminondas y serás tan grande como él.

Cuando el niño se hizo mayorcito, solía visitar a menudo a su tía, una mujer que lo quería muchísimo y que, como vivía alejada del pueblo, esperaba ansiosa la llegada del pequeño, al que siempre obsequiaba con algún regalito al despedirse de él.

Un día, le regaló un trozo de bizcocho recién horneado, muy tierno y doradito, que desprendía un apetitoso aroma de vainilla y azúcar.

—¡Mucho cuidado!, que no se te caiga de las manos, Epaminondas —le dijo la tía.

—No se me caerá, iré con mucho cuidado —respondió él.

Y para asegurarse de no perderlo, apretó firmemente entre sus manitas el trozo de bizcocho. Pero tanto y tanto apretó, que llegó a casa deshecho.

—¿Qué te ha regalado la tía, Epaminondas?

—Un trozo de bizcocho, mamá—respondió el pequeño mostrando las manos.

—¡Un bizcocho! ¡Válgame Dios! —exclamó la madre al ver las migajas—. Pero, ¿qué has hecho con el sentido común que te di al nacer? ¡Así no se llevan los bizcochos! Los bizcochos se llevan como te voy a explicar: primero lo envuelves en un papel fino; luego te quitas el sombrero y te colocas el paquetito en la cabeza y, finalmente, vuelves a ponerte el sombrero. De este modo el paquetito queda bien sujeto entre tu cabeza y el gorro y ya puedes volver tranquilamente a casa. ¿Has comprendido?

—Sí, mamá.

Días después, Epaminondas volvió a visitar a su tía y al marcharse, ella le regaló medio kilo de mantequilla acabada de hacer.

Epaminondas, se dijo a sí mismo, «¿Qué fue lo que dijo mami?… ¡Ah, sí!, ya sé, me dijo: “envuélvelo en papel, ponlo en tu sombrero, ponte el sombrero sobre la cabeza y vuelve a casa”. Voy a hacer lo que me dijo», y envolvió la mantequilla en un papel fino y limpio, se puso el paquetito sobre la cabeza, se encasquetó el sombrero y emprendió el camino de regreso.

Era un día muy caluroso y, muy pronto, la mantequilla empezó a fundirse. Goteó, goteó, goteó, y se metió en sus oídos. Goteó, goteó, goteó, y le entró en los ojos. Goteó, goteó, goteó, y le resbaló por la espalda. Cuando Epaminondas llegó a su casa, parecía una gran tostada, con toda la mantequilla extendida sobre él.

Su madre, al verlo de esa guisa, puso los ojos en blanco, levantó los brazos al cielo y exclamó:

—¡Alma de cántaro!, ¿qué es eso que te chorrea por el cuerpo, Epaminondas?

—Es mantequilla, mamá, me la ha dado la tía. —dijo el niño mientras se relamía.

—¿Mantequilla? ¡Válgame Dios! ¿Qué has hecho con el sentido común que te di al nacer? ¡Esa no es manera de llevar la mantequilla! La mantequilla la debes llevar bien apretadita, envuelta en hojas de col y durante el camino de regreso debes pararte en todas las fuentes o en el río para ir mojándola, así se conserva fría y sin deshacerse hasta llegar a casa. ¿Lo entiendes?

—Sí, mamá.

Cuando al día siguiente Epaminondas fue a ver a su tía, esta le regaló un perrito precioso. Epaminondas recordó lo que su madre le había dicho y enseguida cortó hojas de col, lo envolvió bien apretadito y lo fue remojando en el río y en todas las fuentes que encontró a su paso, una vez y otra y otra más, hasta que llegó a su casa.

Al verlo llegar su madre le preguntó:

—¿Qué llevas chorreando en esas hojas de col, Epaminondas?

—Un perrito, mamá.

—¡Un perrito! ¡Válgame Dios! ¿Qué has hecho con el sentido común que te di al nacer? ¡Qué cabeza la tuya, Epaminondas! ¿Acaso no sabes que los perritos no se llevan así? La mejor forma de llevar un perrito es atarle una cuerda en el cuello y tirar del otro extremo, él irá tras de ti durante todo el camino de regreso a casa. Mira cómo lo hago yo, ¿lo ves? Así debes hacerlo. ¿Lo has comprendido, Epaminondas?

—Sí, mamá.

Cuando volvió a visitar a su tía, la mujer le regaló un pan recién sacado del horno, crujiente y dorado. Epaminondas ató una cuerda alrededor del pan, lo puso sobre el suelo y tirando de la cuerda lo llevó hasta su casa, tal y como su madre le había advertido que hiciera.

Al llegar, la buena mujer se quedó mirando aquello que estaba atado al final de la cuerda sin saber qué era y preguntó:

—¿Qué es eso que traes ahí, Epaminondas?

—Un pan recién horneado, crujiente y dorado, que me regaló la tía, mamá.

—¿Un pan? ¡Ay, Epaminondas! ¡Epaminondas! ¡No tienes sentido común! ¡Nunca lo has tenido y nunca lo tendrás! No volverás a ir a casa de la tía. Iré yo.

A la mañana siguiente, la madre se dispuso a ir a casa de la tía, y le dijo a Epaminondas:

—Voy a explicarte una cosa, hijo mío: has visto que acabo de sacar del horno seis pasteles de carne y que los he puesto sobre una tabla delante de la puerta para que se enfríen. Ten mucho cuidado de que no se los coman ni el perro ni el gato. Y tú, si tienes que salir, pasa por encima de ellos con mucho cuidado. ¿Has comprendido?

—Sí, mamá.

La madre se puso su sombrero, se colgó el bolso del hombro y se fue a casa de la tía.

Los seis pasteles, puestos en hilera, se estaban enfriando ante la puerta, y cuando Epaminondas trató de salir, tuvo mucho cuidado de pasar por encima de ellos.

—Uno, dos, tres, cuatro cinco… y ¡seis! —contó al mismo tiempo que pisaba los pasteles— Dijo mamá que pasara por encima de ellos con mucho cuidado.

Y Epaminondas asi lo hizo. Fue poniendo los pies exactamente en el centro de cada uno de los pasteles, hasta que quedaron aplastados por completo.

¿Y sabéis qué ocurrió cuando regresó su mamá?…

Pues que ni ella ni Epaminondas pudieron comerse los pasteles de carne y Epaminondas, al día siguiente, no se pudo sentar… ¡Pobre Epaminondas!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Epaminondas” con la voz de Angie Bello Albelda

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Kitete, el hijo de Shindo

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Ilustración: Mónica Pereiro

Había una vez, una mujer chagga, llamada Shindo que vivía en un pueblo al pie del monte Kilimanjaro. Era viuda y no había tenido hijos y como vivía sola, siempre estaba muy cansada, ya que tenía que encargarse de todo. A diario limpiaba su casa y barría el patio, daba de comer a las gallinas; iba al río a lavar la ropa; acarreaba agua del pozo; cortaba la leña; cocinaba…

Cada noche, al ocultarse el sol, Shindo elevaba su vista hacia el monte y rogaba:

—¡Gran Espíritu de la montaña!, estoy cansada. ¡Envíame ayuda!

Cierto día en el que Shindo limpiaba el huerto de malas hierbas, apareció a su lado, de repente, un hombre que habló así a la sorprendida mujer:

—Soy mensajero del Gran Espíritu de la Montaña. Siembra estas semillas de calabaza y cuídalas, porque ellas son la respuesta a tus plegarias.

Dicho esto, desapareció.

Shindo se preguntó: “¿Cómo podrán ayudarme unas semillas de calabaza?”, pero igualmente las sembró y las cuidó con esmero.

Asombrada, veía cómo crecían día a día. Tanto, que una semana más tarde, las calabazas ya habían madurado.

La mujer las cortó y se las llevó a su casa, les quitó la pulpa y las dejó huecas. Una vez preparadas, las colgó de una viga. Allí se secarían y se endurecerían y, cuando ya estuvieran listas, las vendería en el mercado para ser usadas como cuencos o jarras.

Separó y reservó para ella la calabaza más pequeña y la colocó junto al fuego para que se secara más rápidamente.

A la mañana siguiente, Shindo se marchó al campo a sembrar y mientras ella no estaba, las calabazas empezaron a cambiar. Les crecieron cabezas, brazos y piernas y, en poco tiempo, aquellas calabazas se habían trasformado en niños.

También la calabaza que Shindo había dejado junto al fuego, era ahora un niño y oyó como los otros lo llamaban desde la viga de la que pendían:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete ayudó a bajar a sus hermanos y hermanas de las vigas y ya en el suelo, los niños salieron de la casa y todos empezaron a cantar y a jugar en el patio…

Todos menos Kitete, que como había estado tan cerca del fuego, ahora era un niño débil y enfermizo, al que le costaba entender las cosas. Así, que mientras sus hermanos y hermanas cantaban y jugaban, Kitete los observaba sonriente, sentadito en la puerta de la casa.

Al poco, los niños dejaron de divertirse y pusieron manos a la obra: limpiaron la casa, barrieron el patio, alimentaron a las gallinas, lavaron la ropa en el río, acarrearon el agua del pozo, cortaron leña y cocinaron para que Shindo tuviera la comida preparada al regresar.

Cuando todo estuvo hecho, Kitete ayudó a sus hermanos a colgarse de la viga y poco después, todos eran de nuevo calabazas.

Al llegar Shindo aquella tarde, los vecinos le preguntaron:

—¿Quiénes eran esos niños que estaban hoy en tu casa? ¿De dónde han salido? ¿Por qué te ayudan con el trabajo de casa?

—¿Qué niños? ¿Os reís mí?” —contestó Shindo muy enojada.

Pero al entrar en su casa, se quedó atónita. ¡Todo el trabajo estaba hecho y su comida preparada! ¿Quién podía haber hecho aquello?

Al día siguiente, la historia se repitió. En cuanto Shindo se marchó, las calabazas se convirtieron en niños y gritaron a coro:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Kitete los descolgó, jugaron un rato, terminaron las labores de la casa de la casa, subieron a la viga, y todos se convirtieron en calabazas de nuevo.

Una vez más, Shindo quedó desconcertada y decidió descubrir quién la estaba ayudando.

Al tercer día, Shindo fingió que se marchaba, pero en lugar de dirigirse al campo, se escondió para observar qué sucedía. Entonces vio a las calabazas convertirse en niños, y oyó como gritaban:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Salieron de la casa, jugaron, hicieron los trabajos caseros y después, con la ayuda de Kitete, empezaron a encaramarse a la viga.

—¡No, no! —les dijo Shindo llorando— ¡No os transforméis de nuevo en calabazas! Seréis mis hijitos y os cuidaré y os querré.

Desde ese día, los niños se quedaron con Shindo, como sus hijos y ella ya nunca más estuvo sola. Todos juntos trabajaron tanto, que pronto mejoró la economía de la casa, y pudieron comprar un campo y un gran rebaño de ovejas y cabras. Todos hacían algo, excepto Kitete, que se quedaba junto al fuego sonriendo.

A Shindo esto no le importaba. De hecho, Kitete era su favorito, porque era como un tierno bebé. Pero en ocasiones, cuando ella estaba cansada o triste, pagaba su mal humor con él.

—¡Eres un niño inútil! —le decía— ¿Por qué no puedes ser inteligente como tus hermanos y hermanas, y trabajar como ellos?

Y Kitete la miraba y sonreía.

Un día que Shindo llevaba una gran olla a la cocina, tropezó con Kitete y se cayó al suelo. La olla de arcilla se hizo añicos y el guiso se esparció por todas partes.

—¡Muchacho tonto! —gritó Shindo— ¡Te tengo dicho que no te cruces en mi camino! Pero, ¿qué puedo esperar de ti si no eres un niño de verdad? ¡Solo eres una calabaza hueca!

En ese mismo instante, Kitete desapareció y en su lugar quedó la pequeña calabaza.

—¿Qué he hecho? —se lamentaba Shindo acariciando la anaranjada superficie— ¡No quería decir eso! Tú no eres una calabaza, tú eres mi hijito querido.

Los hermanos y hermanas de Kitete se miraron entre ellos, y todos subieron de un salto a la viga y al unísono gritaron:

¡Kitete, hermano, bájanos de la viga!

Ayudaremos a mamá.

Bájanos de aquí, Kitete,

¡nuestro hermanito favorito!

Pasó el rato y nada sucedía. Hasta que, de repente, la pequeña calabaza empezó a cambiar: le creció una cabeza, luego unos brazos, y finalmente unas piernas. ¡De nuevo era Kitete!

Shindo aprendió la lección, Kitete era distinto, pero no por ello menos valioso que el resto de sus hijos. A partir de entonces, tuvo mucho cuidado en repartir su amor entre todos por igual y ellos, a su vez, le ofrecieron consuelo y felicidad, durante el resto de sus días.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “Kitete, el hijo de Shindo” con la voz de Angie Bello Albelda

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Garbancito

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Ilustración: Ethanael

 Este cuento nos lo pidió Marisa Alonso y a ella se lo dedicamos.

Érase una vez que un hombre y una mujer tuvieron un hijo. El niño era tan pequeño, tan pequeño, tan pequeño que parecía un garbanzo y, por eso, decidieron ponerle por nombre Garbancito.

Pasó el tiempo, y a pesar de que Garbancito seguía sin crecer, cada día era más listo. Además, era muy bueno y trabajador y siempre estaba dispuesto a ayudar a sus padres.

Un día, su mamá estaba cocinando y se dio cuenta de que se había quedado sin azafrán:

—iVaya, qué contratiempo! No tengo ni una hebra de azafrán y el guiso no me quedará tan bueno como siempre.

El niño, que no andaba lejos, le respondió enseguida:

—¡No pasa nada! ¡Ahora mismo voy corriendo a comprarlo!

—iNi pensarlo, Garbancito! Eres demasiado pequeño para salir solo a la calle. La gente no te vería y alguien, sin darse cuenta, podría pisarte.

Pero Garbancito insistió:

—Mamá, tú no te preocupes, que Iré cantando todo el rato y aunque la gente no me vea, me oirá. Así que nadie me pisará.

Finalmente, aunque muy preocupada, la mamá de Garbancito accedió. Le dio una moneda y le advirtió:

—Ve directamente a la tienda sin dejar de cantar durante todo el camino. ¡Y ándate con mucho ojo para que nadie te pise!

Garbancito cogió la moneda, que casi abultaba más que él, se la cargó a la espalda y salió de su casa entonando su canción:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

Todos los que pasaban junto a él se quedaban admirados, porque como no veían a Garbancito, creían que era la moneda la que cantaba y andaba sola.

Sin parar de cantar, llegó por fin a la tienda y gritó bien fuerte para que lo oyeran:

—iBuenos días! Mi mamá me manda para comprar azafrán.

El tendero miraba sorprendido a su alrededor sin ver a nadie, hasta que se dio cuenta, por fin, de que en el suelo había una moneda y que bajo ella estaba Garbancito. Preparó la bolsita con azafrán y se la dio al niño, que salió de la tienda y de nuevo empezó a cantar:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

Cuando lo vio llegar, su mamá respiró aliviada al comprobar que estaba sano y salvo.

Con el azafrán que Garbancito le había comprado, terminó de preparar la comida y cuando ya se disponía a salir con ella para llevársela a su marido, que labraba la tierra en un huerto cercano, su hijito le dijo:

—Mamá, ya has visto que he ido a la tienda y no me ha ocurrido nada. ¿Por qué no me dejas que lleve yo la comida a papá?

—Pero Garbancito, ¿no ves que la cesta es demasiado pesada y no podrás tú solo con ella?

Pero Garbancito, que aunque era pequeño era muy fuerte, cargó la cesta a su espalda y le dijo a su madre:

—¿Lo ves mamá?, puedo con ella. Tú no te preocupes, que iré cantando para que nadie me pise.

Así que la madre se dejó convencer de nuevo y Garbancito se marchó cantando a llevar la comida a su padre:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

Estaba a mitad de camino, cuando lo sorprendió un terrible aguacero. La lluvia caía con furia y para que la comida no se mojara, Garbancito se escondió bajo una gran col, decidido a esperar a que amainara la tormenta. Cómodo como estaba y arrullado por el ruido que hacían las gotas de agua sobre la col, Garbancito se quedó dormido.

Muy cerca de allí, pastaba un gran buey que al ver la hermosa col, y sin saber que alguien dormía bajo ella, se acercó y se la comió de un solo bocado y con ella se tragó también al pequeño niño.

Entretanto, el papá de Garbancito, que hacía rato que esperaba hambriento, decidió ir a ver qué ocurría. Al llegar a casa, preguntó a su mujer por su comida y su esposa, muy asustada, le contó que Garbancito había ido a llevársela hacía ya un buen rato. Muy preocupados, salieron a buscar a Garbancito:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Pero nadie respondió.

Caminaron y caminaron, sin dejar de llamar a su hijito. Buscando y rebuscando por todos los lugares:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Ya salían del pueblo, camino del huerto, cuando al atravesar el sembrado en el que el gran buey pastaba volvieron a llamar:

—¡Garbancitooooooooo!, ¿dónde estaaaás?

Fue entonces cuando oyeron una voz muy lejana que decía:

¡Estoy como un reeeey,

sin lluvia ni nieve,

en la panza del bueeeey!

Los padres de Garbancito pensaron y pensaron en cómo sacarían a su hijito de la panza del buey, hasta que se les ocurrió hacer cosquillas al animal en el hocico con unas briznas de hierba.

El buey estornudó sonoramente y Garbancito salió disparado por uno de los agujeros de la nariz y, sano y salvo, aterrizó sobre una gran col.

Contento y espabilado, como si nada hubiera pasado, abrazó a sus papás y los tres, felices de estar juntos de nuevo, regresaron a su casa cantando:

¡Pachín, pachín, pachín!

¡Mucho cuidado con lo que hacéis!

¡Pachín, pachín, pachín!

¡A Garbancito no piséis!

FIN

La ballena Elena

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Ilustración: Sabinerich

Era Elena una joven ballena que nadaba por los mares inmensos, siempre al lado de su mamá, que la protegía y cuidaba porque era un poquito tímida.

Hacía poco que su mejor amiga, una ballenita como ella llamada Marina, había emigrado con su familia a mares lejanísimos y Elena se había quedado muy, muy triste porque, seguramente, nunca se volverían a encontrar.

Aunque a su mamá esto le daba mucha pena, pensó que lo mejor que podía hacer su hija era intentar buscar nuevos amigos, así que un día habló seriamente con ella:

—Mira Elenita, tú ya eres toda una señora ballena, tienes edad suficiente para nadar sola por los océanos, encontrar amigos nuevos y más adelante, si así lo deseas, formar tu propia familia.

—Pero mami, yo estoy muy bien contigo, ¿por qué no podemos seguir juntas?

—Hija, para mí también es muy doloroso tener que separarme de ti, pero así es la ley de la vida oceánica. Los hijos se hacen mayores y deben vivir sus propias experiencias. Verás cómo, pasado un tiempo, me lo agradecerás.

Elena no entendía lo que su mamá quería decir, pero como era una hija obediente, se despidió con tristeza. Madre e hija se abrazaron, lloraron un poquito y prometieron volver a encontrarse pronto.

Así empezó el viaje en solitario de la ballena Elena por la vida marina.

Cada vez que veía un grupo de peces, se acercaba despacio para no asustarlos e intentaba hacer amigos, pero ellos, al ver la sombra gigante de la joven ballena, se alejaban lo más rápido que podían, pensando que iban a ser engullidos por ella o que serían aplastados por su enorme cuerpo.

¡Pobre Elena! Lenguados, rapes, merluzas, doradas, bacalaos… todos huían sin dejar siquiera que se les acercara. Así que nunca podrían comprender que era una buena ballenita y que lo único que quería era hacer amigos.

Ella intentaba, en idioma balleno, explicarse desde lejos:

—¡Eeeeeeehhh, holaaaa! ¡Soy Elena, la ballena, y me gustaría jugar con vosotros! ¡Eeeeeehhhhh! ¡No os vayáis, por favorrrrrrrrr!

Pero todo era inútil, los pobres peces, aterrorizados, huían sin ni siquiera pararse a escucharla.

—¿Qué voy a hacer? ¡Voy a pasarme la vida sola! ¡Nadie quiere acercarse a mí!

Muy apenada, se escondió lo mejor que pudo entre dos grandes rocas y unos enormes corales y no pudo evitar ponerse a llorar.

Ya os podéis imaginar que cuando una ballena llora, sus suspiros y sollozos crean un remolino a su alrededor que viene a ser, más o menos, como un pequeño maremoto.

Así estaban las cosas, cuando la sardinita Pepita, que se había despistado momentáneamente de su grupo sardinero y nadaba entretenida admirando los rojos corales, se vio de repente engullida por la formidable fuerza de aquel torbellino, que le hizo dar tres volteretas hacia atrás y una hacia adelante, para ir a parar, finalmente, justo ante los ojos de la ballena.

—¡Madre mía! ¡Qué susto tan grande! ¿Pero tú quién eres? ¡No me comas por favor! ¡Soy demasiado pequeña para llenar tu panza enorme!

Elena se quedó asombrada de que la pequeña sardina se atreviera a hablarle, pero es que no conocía a Pepita, la sardina más valiente, curiosa y atrevida de todos los mares.

—Hola, soy la ballena Elena, y naturalmente que no te voy a comer. Solo estoy llorando…

—¿Llorando? ¿Por qué? Un animal tan bonito, tan fuerte y tan grande como tú no tiene motivos para llorar.

—Es que mi problema, precisamente, es ese. Soy tan grande que todos los habitantes del mar, al verme, se asustan, así que nadie quiere ser mi amigo. Os veo a vosotras nadando tan contentas, siempre juntas, divirtiéndoos y me gustaría hacer lo mismo.

La sardinita Pepita, conmovida por lo que la ballena le contaba, la quiso consolar.

—Pues mira tú por donde, ¡acabas de encontrar una amiga!  Y si vienes conmigo, te presentaré a mis compañeras, las otras sardinas, y a los demás vecinos. Yo les explicaré que no te quieres comer a nadie. ¡Vamos! ¡Nadando!

Pepita guió a Elena a través de las corrientes marinas y le presentó a todas sus amigas, además de a un nutrido grupo de habitantes del mar que la ballena desconocía. A saber: almejas y caracolas, que según dijo Pepita, eran muy aburridas porque nunca salían de sus casas; pulpos, que eran muy serios y siempre iban a la suya; estrellas de mar, ¡qué bonitas!; y veloces caballitos de mar.

Elena se convirtió en la novedad de aquella temporada. Todos querían ser sus amigos y ella, contenta, dejaba que se deslizaran por su lomo como si de un gran tobogán de parque acuático se tratara.

También le encantaba hacer de autobús. Subían sobre ella y Elena nadaba siguiendo las indicaciones Así los peces no se cansaban nunca.

Elena asistía a todas las fiestas, pero prefería no cantar ni bailar para no generar maremotos y remolinos. Aunque disfrutaba igualmente viendo a sus amigos tan felices.

Lo que Elena no sabía es que su mamá sabía todo lo que ella hacía, porque enviaba a medusas detective, que como son transparentes pasan desapercibidas, que la mantenían al corriente de las penas y alegrías de la joven ballenita.

Así que, una tarde, la mamá de Elena se presentó en la fiesta que se había organizado para celebrar la boda de dos peces espada.

Cuando la ballenita vio a su mamá, nadó tan deprisa para abrazarla que hizo tambalear la tarta nupcial. Y hasta la orquesta, «Los Mejillones Molones», dejó de tocar, pues los instrumentos salieron disparados dando vueltas y a los músicos les costó un buen rato encontrarlos y volver a ponerlos en marcha.

—¡Mami! ¡Qué contenta estoy de verte! ¡Mira cuántos amigos tengo!

—Lo sé, pequeña, ¿no pensarías que te iba a abandonar? Siempre estuve pendiente de ti.

Elena era, por fin, una ballena feliz. Rodeada de todos sus amigos y con su mamá cerca. Y lo que ella no sabía es que, escondido tras una gran roca, un joven ballenato la contemplaba embelesado.

Pronto nuevas emociones saldrían a su encuentro.

FIN

La hucha de los deseos

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Ilustración: Lauren Castillo

Pablo estaba en la habitación de juegos, dentro de la tienda de campaña con una linterna encendida y con un libro entre las manos.

Se pasaba horas y horas leyendo. Sus compañeros de clase pensaban que era un bicho raro, pero a él le daba igual.

Hacía unos días que Lucía, la enfermera que cuidaba a su madre, le había regalado El Principito y Pablo estaba encantado descubriendo el libro.

Lucía era la enfermera que su padre había contratado hacía ya un mes, al empezar la primavera, porque su madre había sufrido un accidente.

A Pablo le gustaba Lucía, y se divertía mucho con ella. Conseguía que aquellos extraños días fueran un poco más alegres. Pero le apenaba ver a su madre tan triste, tan rara, tan poco ella. Había perdido la sonrisa mágica que a él tanto le gustaba y casi no tenía fuerzas para nada.

Antes del accidente solían jugar mucho juntos. Su madre inventaba juegos diferentes, divertidos y muy bonitos. Sabía que su madre era especial, y que como ella, no había muchas.

A uno de los juegos solían jugar antes de ir a dormir. Los dos escribían un deseo y lo dejaban bajo la almohada. Su madre siempre le decía que tenían que ser deseos pequeños, para que se hiciesen realidad al día siguiente. Porque cuanto más grande era el deseo, mayor era el tiempo que tardaba en cumplirse.

Pablo no sabía cómo, pero al día siguiente el deseo siempre se realizaba. Cada día era emocionante para él.

Ahora deseaba que todo volviese a ser como antes, o por lo menos, lo más parecido posible. Muchas veces se preguntaba cuánto tiempo duraría todo aquello.

Quería volver a jugar al juego de los deseos. Pero desde el accidente, no había podido, porque el juego ya no funcionaba igual.

Una tarde, cuando el autobús del cole lo dejó en casa, Pablo estaba muy triste. Aquel día, en la escuela, unos niños de su clase le dijeron que su madre se iba a morir. Pablo se entristeció tanto que lloró durante todo el día.

Los niños, en ocasiones, pueden ser muy crueles y, quizá sin darse cuenta, dicen cosas sin saber la importancia que tienen y sin sospechar lo serias que pueden llegar a ser.

Lucía lo esperaba con una sonrisa y ya le había preparado la merienda, pero él llegaba con cara de cerilla y sin ganas de nada. Lucía se sorprendió mucho y le preguntó qué había pasado. Después de contárselo, Pablo añadió:

– Me gustaría que mamá estuviera bien y poder seguir jugando al juego de los deseos, porque pediría que esos niños se fueran de clase, y aunque tardase en cumplirse me daría igual.

– ¿Y qué juego tan chulo es ese?- le preguntó Lucía.

Pablo se lo explicó  y a Lucía se le ocurrió una idea.

– ¡Tú y yo vamos a inventar un juego aún mejor! Vamos a seguir pidiendo deseos, pero ahora lo que vamos a hacer es meter todos los deseos que pidamos en una hucha.

– ¿En una hucha? Pero si las huchas son para ahorrar dinero – interrumpió Pablo.

– El resto de huchas sí, ¡pero la nuestra no! En todas las demás huchas se pone dinero, y al final, todas acaban siendo iguales, porque el dinero no puede dar cosas tan bonitas y especiales como que un deseo se haga realidad. En cambio, la nuestra será mágica y dentro solo habrá deseos, así no se podrán escapar, y cuando tu mamá se ponga buena, podréis hacerlos realidad juntos.

A Pablo le pareció una idea genial. Enseguida cogió la hucha que tenía en su habitación y la decoró con dibujos y recortables, y escribió con letras muy grandes:

“HUCHA DE LOS DESEOS”

No dijo nada a sus padres, y pidió a Lucía que tampoco contara nada, sería una sorpresa, y cuando su madre estuviera mejor, podrían abrirla y hacer que todos los deseos se hicieran realidad. Pero uno detrás de otro, porque todos a la vez serían muchos.

Cada día, antes de dormir metía un nuevo deseo dentro. Lucía siempre le preguntaba, y él siempre decía:

– Estoy pidiendo deseos tan grandes, que cada día pesa más- Y reían juntos sin parar.

– Sigue metiendo deseos y no te rindas, porque aunque sean muy grandes, al final se harán realidad. Está bien tener deseos pequeños que se puedan ir cumpliendo en el día a día, pero cuando más grande es un deseo, mayor es la ilusión por conseguir que se cumpla. Recuerdo que mi abuelo y yo solíamos ir a la playa en agosto a ver las lágrimas de San Lorenzo, una lluvia de estrellas fugaces que durante unas noches hace que parezca que el cielo llore. Mi abuelo pensaba que lloraba de felicidad. Me decía que tenía que pedir deseos y que los deseos que pidiera tenían que ser, como mínimo, tan grandes como yo.

Lucía siempre se emocionaba al recordar los momentos vividos junto a su abuelo. Pablo la escuchaba con mucha atención. Le encantaban sus historias.

La primavera tocaba a su fin y daba paso a un verano verde, azul y soleado. El pequeño Pablo se esforzó mucho por sacar buenas notas para que sus papás estuvieran contentos.

Llegaron las vacaciones y Pablo se fue unos días al campo, con sus primos. No quería marcharse de casa, pero todos pensaron que sería lo mejor para él. Por supuesto, lo primero que metió en su macuto, fue la hucha.

Los días en el campo pasaron rápido entre risas, juegos en la casa del árbol, baños en la piscina, guerras de globos y pistolas de agua y meriendas en el porche. Pronto llegó la hora de regresar.

Pablo volvió con ganas de ver a sus padres para contarles todo lo que había hecho y también para contarle a Lucía que ya no cabían más deseos en la hucha, pues estaba llena.

Cuando el pequeño entró por la puerta, no podía creer lo que estaba viendo: ¡¡su mamá estaba en la cocina preparando la merienda!!  Aunque todavía estaba delicada, estaba fuera de peligro y podía empezar a hacer vida normal.

Se abrazaron, lloraron, rieron y se dieron tantos besos que hasta les quedaron marcas en las mejillas.

Pablo abrazó también muy fuerte a su padre y a Lucía, y le dio las gracias una y otra vez por haber cuidado a su mamá y haber conseguido que se recuperara.

Entre risas y emociones, Pablo sacó la hucha para enseñársela a sus padres y decirle a su querida Lucía que estaba llena de deseos.

– Mamá cuando estabas malita, Lucía y yo inventamos un juego parecido al nuestro, pero metiendo los deseos en una hucha. Ahora la hucha está llena y sé que se pueden pedir grandes deseos. Solo tienes que concentrarte en uno y no rendirte hasta conseguirlo.

Su madre lo abrazó tan fuerte como pudo y lloró de emoción durante largo rato.

Al abrir la hucha, en todos y en cada uno de los papelitos se podía leer:

“DESEO QUE MI MAMÁ SE PONGA BUENA”

FIN

Caracolito, el caracol veloz

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Era Caracolito el más pequeño de la gran familia Caracolín, formada por mamá Caracolina y papá Caracolón. Tenía, además de tíos, primos y abuelos, una larga lista de hermanos y hermanas.

Vivían muy felices en una grieta de un gran manzano en la granja de los señores Martínez, donde convivían con pollos, cerdos, vacas, caballos, pavos y demás animales domésticos.

Cuando brillaba el sol y hacía calor, se cobijaban en su árbol y, muy quietecitos, esperaban a que se pusiera para salir en busca de comida. ¡Y es que el calor no les gustaba nada!

Cuando más disfrutaban era después de una buena tormenta. ¡Ahhh!, entonces sí que salían muy contentos, con sus antenitas bien estiradas, para darse una gran comilona.

Les gustaban, sobre todo, las plantas con grandes hojas. ¡Qué ricas! Pero sabían respetar los sembrados del señor Martínez. Espinacas, acelgas y lechugas estaban prohibidas para ellos. Mamá Caracolina los tenía muy bien enseñados:

-No, no. ¡Los sembrados no se comen!

Pero ahí estaba nuestro amigo Caracolito. Nunca estaba conforme con nada y siempre preguntaba y preguntaba, hasta acabar con la paciencia de sus papás:

-¿Por qué somos tan pequeños? ¡Yo quiero crecer!

-¿Por qué andamos tan despacito? ¡Es muy injusto! ¡Siempre llego el último a todos lados!

-¿Por qué no podemos comer acelgas? ¡Tienen una pinta deliciosa!

Su mamá, con mucha paciencia, le explicaba:

-Mira Caracolito, años atrás, el tío abuelo Caracolote no hizo caso de las advertencias y, después de un chaparrón, se deslizó hacia el campo de acelgas y desapareció.

-¡¿¿¿Desapareció???!

-Si, la vaca Mara fue la última que lo vio y aseguró que había salido de la granja corriendo a toda velocidad. ¡Nunca más volvió!

-¡¿¿¿A toda velocidad???!

-Sííííí, ¡y eso es muy peligroso para un caracol! Porque no sabemos que hay más allá de la cerca de la granja, nunca hemos podido ir tan lejos, pero nos llegan rumores de animales extraños, enormes y ruidosos, que corren por caminos de tierra negra.

Ya podéis imaginar que esta historia no hizo más que avivar el deseo del pequeño caracol de averiguar cuál era el misterio del campo de acelgas. Así, que decidió que en cuanto cayera el siguiente aguacero, se encaminaría hacia el sembrado y se daría un gran banquete.

-La historia del tío abuelo Caracolote es una paparrucha. ¡Seguro! – pensaba él.

¡Dicho y hecho! Al cabo de dos días amaneció lloviendo. Caracolito se puso muy contento y, en cuanto salió el sol, se encaminó hacia el campo de acelgas. Pasó la verja por debajo y, ¡ñam, ñam, ñam!, se llenó la tripa de las hojas más tiernas que encontró.

-¡Caray! ¡Qué ricas! – Se relamía encantado.- Son dulces y muy frescas.¡¡¡Deliciosas!!!

Cuando ya estaba casi fuera del sembrado, contento y hartito, empezó a sentir como si un ventilador se hubiera puesto a funcionar dentro de su concha y lo empujara.

Empezó a correr deprisa. Y cada vez más deprisa, ¡¡¡Uhhhhhhhhhh!!!, sin poder parar.

Iba tan rápido, que recorrió la granja en un periquete y, sin darse cuenta, ya estaba fuera de la cerca. ¡Nunca había estado ahí!

Una pareja de conejitos que lo vio pasar, se quedó estupefacta. ¡Un caracol veloz! ¡Imposible! Y, ¡claro!, corrió a contarlo a todo el mundo.

Caracolito estaba muy asustado, su carrera seguía imparable y, a lo lejos, pudo ver el camino de tierra negra del que le había hablado mamá Caracolina.

¿Sería cierta, la historia del tío abuelo Caracolote? Ahora sí que tenía miedo, y más cuando escuchó un ruido que iba haciéndose más y más fuerte a medida que se acercaba un animal muy extraño; ¡era grandísimo y con las patas redondas! Era enorme, más que las vacas, y con un color brillante que él nunca había visto en un animal. ¡¡¡Si no lograba parar antes de llegar al camino de tierra negra, lo aplastaría!!!

Menos mal que empezó a sentir que su velocidad disminuía. Se iba frenando poco a poco, hasta que consiguió volver a caminar como debe hacerlo un caracol: ¡despacito!

Cuando por fin se detuvo, el monstruoso animal de patas redondas pasó rugiendo a un palmo de él y casi se desmaya del susto.

¡Pobre Caracolito! Estaba muy arrepentido de haber desobedecido a sus papás. Fuera de la cerca, el mundo era muy peligroso para los caracoles.

Lo que no se explicaba era por qué las acelgas causaban ese efecto a los pobres caracoles.

Pues veréis, el señor Martínez abonaba regularmente los sembrados para que, además de ricas y sabrosas, sus espinacas, acelgas y lechugas crecieran rápidamente. Pero el abono tenía un efecto secundario y era que aceleraba también la velocidad con la que caminaban los caracoles. ¡Menos mal que duraba muy poquito!

Mamá Caracolina, advertida por los conejos, envió al rescate de Caracolito a Marcus, el perro pastor de la granja, que recogió al agotado caracol y lo llevó en su lomo hasta su casa en el manzano.

Una vez allí, pidió mil perdones a sus papás y explicó a su familia su terrible experiencia para que a nadie más se le ocurriera volver a comer acelgas.

Así, todos estuvieron de acuerdo en que hay que hacer caso de las advertencias de nuestros mayores porque, como ellos nos repiten, es por nuestro bien.

FIN

Un nuevo universo

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Ilustración: Patricia Metola

Este extraño caso comenzó una mañana en la cocina. Papá ya me había dado los besos del desayuno y cuando se los iba a dar a mamá, me di cuenta de que comía demasiado, porque su barriga se estaba empezando a hinchar como si fuera un globo.

¡Uy! ¡Perdón! Se me ha olvidado presentarme. Me llamo Patricia, mi mamá se llama Laura y mi papá Gabriel. El mes que viene cumplo 6 años, tengo los ojos y el pelo marrones y mis mejores amigos son Carlos, mi vecino de abajo que es un poco más bajito que yo, Elsa, que va a mi clase y pinta muy bien y Muelas, mi hámster, que se pasa el día comiendo pipas, dando vueltas en su rueda azul y mordiendo todo lo que tiene cerca.

Ahora que ya me conocéis, os sigo contando este extraño caso, por si alguna vez os pasa algo parecido.

Pues como os decía, mamá estaba de pie, tomándose sus cereales y papá se acercó para darle los besos del desayuno. Estaba a punto de dárselos, cuando mamá empezó a rascarse la tripa. Justo en ese momento, vi que su barriga no estaba como siempre. Había crecido.

– Mamá, si sigues comiendo tantos cereales no podrás abrocharte los pantalones. Te estás poniendo muy gorda.

– Patricia, cariño, la barriga de mamá no está así por culpa de los cereales. Lo que le ocurre a mamá es que le está creciendo un universo dentro.

Verás, cada persona, al venir al mundo, trae un universo con ella. Dentro de cada uno de nosotros hay estrellas, que podemos hacer brillar para iluminar a los que están cerca y hacerlos felices. También tenemos planetas, en los que podemos ir plantando sabiduría, paciencia, compasión, respeto…y regarlos con mucho amor para que nunca dejen de crecer. Hay en nosotros espacios infinitos, para navegar con nuestra imaginación. Lunas y soles, que brillan en nuestra cara cuando nos ponemos tristes o alegres. Cometas, para agarrarnos a su cola y llegar tan lejos como queramos llegar. Constelaciones, galaxias… ¡Ya ves la de cosas que hay en nosotros! Y para crear todas esas cosas tan maravillosas, se necesita tiempo.

¡Ah!, y, además de todo eso, venimos cargados con polvo de estrellas. Ese polvo estelar que danza en nuestro interior se llama espermatozoides en los hombres y óvulos en las mujeres. Cuando el polvo estelar de un hombre se funde con el polvo estelar de una mujer, hay una explosión y se crea un nuevo universo que va creciendo, poco a poco. Tarda nueve meses en estar completamente listo y a medida que crece, crece la barriga.

–   ¿Y por qué entró ahí adentro?

–  Porque todos los universos empiezan con abrazos. Un hombre y una mujer que se quieren, se abrazan tan fuerte, tan fuerte, tan fuerte y tanto, tanto, tanto que, por un momento, es como si sus cuerpos fueran solo uno y solo tuvieran un corazón latiendo muy deprisa.  En ese abrazo, el pene del hombre entra en la vagina de la mujer y, cuando está dentro, deja escapar polvo de estrellas en forma de esperma. A veces no pasa nada, y el polvo de estrellas del hombre solo hace cosquillas agradables al deshacerse y ya está. Pero otras veces, un poco de ese polvo de estrellas es tan especial, que necesita todavía más abrazos, así que va a un lugar llamado útero, donde vive el polvo de estrellas de la mujer y, cuando llega allí, los dos se abrazan y estallan en luz y de esa luz nace un nuevo universo. Después de unos meses, cuando ese nuevo universo ya está terminado, sale al exterior en forma de bebé.

Mamá, papá, tú, los abuelos, los tíos… todos somos universos nacidos de un abrazo y ahora, en mamá hay otro pequeño universo que, dentro de poco, estará listo para formar parte de nuestra familia.

 

Y así fue como descubrí el misterio que escondía la barriga de mamá y supe que, dentro de poco, tendré a alguien con quién jugar, a quien querer y a quién enseñar a hablar, a comer, a leer y a saltar. ¡Voy a tener un hermanito!

Ahora ya lo sabéis. Si una mañana, mientras tomáis el desayuno, notáis de repente que vuestra mamá tiene más barriga de lo normal, sospechad que no es porque come mucho, sino porque ahí dentro está creciendo un nuevo universo.

FIN

La moneda de la felicidad

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Ilustración: Ralf Heynen

Mientras tomaba el desayuno, poco sospechaba Águeda que aquella mañana, al ir al colegio, las cosas no iban a ser como siempre.

Cuando salió de su casa y empezó a andar hacia la escuela, algo llamó su atención: a pocos pasos de donde se encontraba, una moneda dorada relucía sobre la acera.

Se acercó con cautela, miró a derecha e izquierda. Hacia delante y hacia atrás. No había nadie cerca. La moneda parecía no tener dueño. Se agachó, la recogió del suelo y la puso en la palma de su mano para observarla bien.

¡Casi se muere del susto al comprobar que la moneda parecía tener vida y le hablaba!:

—Hola, Águeda, soy la moneda de la felicidad.

—¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ¡Pero si hablas! ¿Cómo sabes mi nombre? —le preguntó Águeda a la moneda.

—Porque las monedas de la felicidad somos mágicas.

—¿Y qué tengo que hacer para ser feliz?

—Eso yo no puedo decírtelo, es algo que deberás descubrir tú misma.

Y una vez la moneda hubo dicho esto, se quedó callada y no hubo forma de que respondiera a ninguna de las preguntas que le hizo Águeda.

Justo iba a reemprender el camino hacia la escuela, cuando su madre, que salía de casa camino del trabajo, le dijo sorprendida:

—Águeda, ¡llegarás tarde! ¿Qué haces aquí todavía?

—Mmmmmmmmmmmmm… ¡Se me ha desabrochado el zapato, mamá!, pero ya me marcho —mintió Águeda, por miedo a que le quitara la moneda dorada.

Tan pronto la mentira salió de su boca, Águeda se sintió muy triste por haber engañado a su madre.

Reemprendió el camino hacia la escuela cerrando bien la mano en la que llevaba su preciado tesoro y pensando en cómo podría conseguir la felicidad.

“Si la moneda es de oro –se decía- puedo venderla y obtener mucho dinero a cambio. Con todo lo que consiga, me compraré lo que quiera y seré feliz. Aunque tal vez sea mejor que la guarde, porque si es mágica seguro que se multiplica y, entonces, en lugar de una moneda tendré un gran tesoro y podré comprar más cosas. ¡Compraré todo lo que se me antoje! ¡Y seré la más feliz del mundo!…”

Y pensando, pensando, llegó al colegio muy preocupada, porque no sabía qué hacer con la moneda de la felicidad y porque tenía mucho miedo de perderla o de que se la robaran.

En la escuela, le contó su secreto a su mejor amiga, Laurita, que le dijo:

—¡Déjame ver la moneda!

-¡Mira!

—¡Qué bonita!, ¿me la dejas un rato?

—¡No! ¡Ni pensarlo! ¡Esta moneda es solo mía!

Laurita, muy ofendida, ya no quiso ser amiga de Águeda, así que Águeda se quedó sola y aún más triste que cuando le había mentido a su madre.

Durante la clase no hizo más que mirar la moneda a hurtadillas, así que no aprendió nada y la profesora la riñó. Su tristeza aumentó más si cabe, porque Águeda era muy buena estudiante y solía sacar muy buenas notas.

Después de la escuela, cuando regresaba a su casa cabizbaja y abatida por todo lo que le había ocurrido aquel día, vio a un músico callejero que con los ojos cerrados y una gran sonrisa estaba tocando su viejo violín. Se acercó y se puso a escuchar la dulce melodía. Tan preciosa era la música que Águeda, al oírla, se sintió de repente transportada a otro mundo. Cuando el músico terminó de tocar, pasó su sombrero entre los espectadores y como Águeda no llevaba nada más que su moneda dorada, decidió regalársela al músico.

Justo en el momento en el que la moneda caía en la gorra gris, Águeda sintió que la dicha más completa la embargaba y se sintió alegre; tan alegre como nunca antes se había sentido y, de pronto, comprendió que la verdadera felicidad es tan sencilla, simple y pequeña que no hace falta una moneda dorada para conseguirla.

FIN

Perdona, mami

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Mami, perdona que llegue tan tarde, pero es que he tenido un día muy raro.

¡Anda!, escúchame y no te enfades.

Me he ido a pescar y, de repente, he visto a un bebé que estaba flotando encima de un tronco en medio del lago.

Me he lanzado corriendo al agua y lo he salvado.

Ya estaba empezando a nadar hacia la orilla, y he oído el rugido de un león. Estaba tan cerca que notaba su respiración.

Cuando ya pensaba que estaba todo perdido ha aparecido, de pronto, un oso enorme que ha atacado al león.

¡Ay!, ¡El susto que me he dado!

Pero es que, al mismo tiempo, ha aterrizado una nave espacial con unos extraterrestres verdes. ¡Eran cien!

Han cogido al oso y al león y han vuelto volando al cielo.

Luego han llegado la mamá y el papá del bebé y se lo han llevado.

Pero cuando ya se habían ido, ha aparecido un gallo enorme, con una cresta roja como el fuego. Corría para atacarme, pero yo me he escapado.

Entonces, he oído un jaleo enorme y he visto que había un monstruo peludo que estaba pegando a unos niños. He cogido un palo y he empezado a pegarle yo a él hasta que me ha dicho ¡basta!

Ya lo sé, tenía que haber llamado a la policía, pero es que no he tenido tiempo.

He tirado el pez y he vuelto corriendo a casa.

¿Lo entiendes?, ¡por eso he tardado tanto!

Así que no te enfades conmigo y dame la cena.

Y mami,  ¡perdona que llegue tan tarde!

FIN