manzana

Nita y Gus

Gus y Nita100redes (1)

Ilustración: Belette Le Pink

En la huerta de Manuel y Luz, el rey de los árboles era el gran manzano. Daba frutos deliciosos que eran recolectados cada otoño y  acababan en el mercado del pueblo para deleite de todos los que los probaban.

Faltaba un mes para la recolección y las ramas del gran árbol lucían llenas de cientos de manzanas que, día a día, se iban tornando de verdes en rojizas a la vez que iban engordando.

En una rama escondida colgaba una pequeña manzana, más chica que sus hermanas. Vivía feliz  en una huerta tan linda, le gustaba ver amanecer desde su rama y el olor a tierra mojada después del chaparrón. Su tamaño no le importaba mucho y  le daba igual que las otras manzanas se burlaran de ella:

—No llegas ni a manzanita. ¡Te llamaremos Nita! Ja, ja, ja, ja.

—¡No vas a servir ni para hacer una papilla!

—¡Ya!, ni hablar de un buen pastel o una macedonia!

—¡Puaffff! ¡Irás a parar al comedero de los cerdos!

Un día Nita empezó a sentir unas cosquillas en su tripa. Primero fue un hormigueo muy suave, luego se hizo más fuerte y no podía dejar de reír.

—Ja, ja, ja, ja, ja.

Las manzanas de su alrededor la miraban extrañadas hasta que la tenía más cerca soltó un grito mirándola muy seria:

—¡Nita!, ¿no te das cuenta? En verdad eres boba. ¡Tienes un gusano en la tripa! ¡Si no te libras de él, te comerá entera!

Nita, sorprendida, descubrió en su barriguita un pequeño agujero del que asomaba la cabeza de un gusanito, con dos ojos brillantes y una sonrisa amable.

—¡Oh!, perdona pequeña manzana, buscaba un hogar donde refugiarme, pronto comenzará a helar por las noches y me has parecido muy confortable, tan pequeña y  tan dulce. Pero si quieres que me vaya, buscaré otra manzana. ¡Aquí hay muchas!

Las otras manzanas que estaban muy atentas protestaron:

—¡Ni hablar! ¡Quédate con Nita! De todas maneras, ella no sirve para ir al mercado.

La pequeña manzana se sintió halagada de ser la elegida, ella no vio al gusano como un enemigo y le propuso:

—Amigo gusano, si me prometes que vivirás conmigo sin hacerme daño y que no me molestaras, dejaré que pases a mi lado el invierno.

Las demás manzanas comenzaron a reír a carcajadas:

—Ja, ja, ja…. ¡Pasar el invierno, dice! ¡Eso no hay manzana que lo resista! Cuando llegue el frío, no quedarán ni frutos ni hojas.

A Nita no le importaba lo que dijeran las demás, ella estaba muy contenta de haber encontrado un amigo, alguien que la valoraba y que quería vivir con ella.

Así que firmaron un pacto de amistad y Gus, que ese era el nombre del gusanito, se convirtió en su amigo y defensor.

Nita y Gus pasaban los días muy entretenidos. Gus salía por las mañanas y traía las novedades de la huerta: que si las lechugas andan frescas, que si las gallinas han puesto poco, que si el gato cazó un ratón…

Y llegó el día de la recolecta. Manuel y Luz se pusieron a la tarea de llenar grandes cestos con todas las manzanas en buen estado para poder venderlas.

Cuando Manuel hubo puesto en el cesto todas las vecinas de Nita, fijó su mirada en ella y dijo a Luz:

—Esta la dejo, es muy pequeña y, además, tiene gusano.

Y allí se quedaron, Nita y Gus, solos en el gran manzano.

Los días eran cada vez más fríos y cuando el aire soplaba, las hojas del árbol volaban por doquier e iban formando a los pies del árbol una alfombra mullida.

Gus, que era más espabilado y tenía más mundo, se dio cuenta de que uno de esos golpes de viento haría caer a su amiga al suelo e ideó un plan.

Se pasó dos días enteros trabajando sin parar a los pies del árbol, primero excavó un hoyo, poquito a poco —hay que tener en cuenta que era un gusano muy pequeño—, y, después, lo rellenó con las hojas caídas, hasta que quedó satisfecho con la tarea realizada:

—¡Sí señor! ¡Me ha quedado un colchón magnífico!

Y volvió a instalarse con Nita.

—Gus, ¿qué has estado haciendo tanto tiempo ahí abajo? ¡Ya estaba preocupada!

—No has de temer nada, ya me he ocupado yo de todo.

La inocente Nita no sabía bien de qué hablaba su amigo, pero confiaba en él y se quedó tranquila.

El día siguiente amaneció otoñal, con oscuras nubes cargadas de agua y fuerte viento.

—¡Fiuuuuuuuu! ¡Fiuuuuuuuuu! —Soplaba.

Gus le decía a Nita:

—¡Agárrate fuerte, amiga, y no tengas miedo!

Y entonces, un gran remolino envolvió el manzano y Gus y Nita se precipitaron contra el suelo.

Pero como el gusanito bien había previsto, fueron a caer en la cama que tanto trabajo le había costado hacer.

Allí quedaron, bien tapados y calentitos, porque Gus se encargó de ir aportando tierra nueva y hojas limpias para que Nita no pasara frío y así durmieron todo el invierno, abrazados.

Tan bien estaban, que al llegar los primeros días cálidos y las lluvias primaverales a Nita comenzaron a salirle pequeñas raíces que fueron afianzándola en la tierra y, con el andar de los días, hasta ramitas y hojas, que buscaron la luz del sol y se convirtieron en promesa de una nueva planta.

En un paseo por la huerta, Luz observó el pequeño árbol que empezaba a crecer a los pies del gran manzano y con la ayuda de Manuel, cuidando de no estropear ramas ni raíces, lo trasplantaron a una suave colina donde siempre lucía el sol y con unas vistas excelentes del lugar. ¡El mejor rincón de la finca!

Así fue como la pequeña manzana, ayudada por su amigo el gusanito, llegó a convertirse en un magnífico manzano que, con el correr de los años, llenó muchísimos cestos de deliciosos frutos y ofreció plácidas horas de descanso a su fresca sombra a los hijos y nietos de Luz y Manuel.

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Ilustración: Belette Le Pink

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Nita y Gus» con la voz de Angie Bello Albelda

La niña y el manzano

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Ilustración: Reowyn

Esta historia pasó en un tiempo en el que los árboles eran universos y la humanidad aún los respetaba. Un tiempo en el que los hombres se sentaban bajo sus frondosas copas y escuchaban las historias que les contaban.

Pasó en un país en el que los árboles saludaban, agitando sus ramas, a la Luna que se escondía y al Sol que se asomaba. Se desperezaban lavando sus hojas somnolientas en ríos cristalinos y ofrecían sus frutos a todo aquel que tuviera hambre, sin pedir nada a cambio.

En ese tiempo y en ese lugar, vivió un árbol enorme. Era un manzano y su mejor amiga era una niña. Ambos, el árbol y la niña, se querían con locura.

Cada día, sin faltar jamás a su cita, la pequeña visitaba a su amigo y él la mecía en sus ramas, susurrándole al oído cuentos de piratas y ogros; de príncipes y princesas; de brujos, hechiceras y fantasmas.

La niña escuchaba embelesada y con su imaginación volaba hacia lejanos países, en los que vivía fascinantes aventuras.

Trepaba por el tronco del manzano y, acurrucada entre su fronda, se protegía de la lluvia si llovía o del calor del sol cuando abrasaba.

Pero un buen día, la niña no acudió a su cita. Dejó de ir a jugar con el árbol y olvidó sus historias.

Paciente, el manzano aguardó mucho tiempo su regreso, mientras en su tronco la tristeza iba formando arrugas.

Una mañana de primavera, la niña regresó. El árbol la saludó contento moviendo sus ramas:

—Te he echado de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No. He crecido. Ya no soy una niña para jugar con árboles. Te vengo a ver porque ahora me gustan otros juegos y necesito dinero para comprarlos.

—Lo siento, pero yo no tengo dinero.

—No, pero tienes manzanas. Si me las das, puedo venderlas y con lo que obtenga por ellas, podré comprar lo que quiero y seré feliz.

—Si vendiendo mis manzanas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La muchachada despojó al árbol de todos sus frutos y, sin mirar atrás, se alejó de allí. Vendió las manzanas y, durante un tiempo, fue feliz.

Se olvidó de su amigo y en el tronco del árbol, la tristeza dibujó más arrugas.

Pasaron algunos años, y un cálido día de verano la muchacha regresó junto al manzano. Al verla, el árbol se agitó y sus ramas crujieron de alegría:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No tengo tiempo para juegos. Soy adulta, he formado una familia y debo trabajar duro para sacarlos adelante. Te vengo a ver porque necesito un lugar en el que vivir con comodidad.

—Lo siento, pero yo no tengo una casa.

—No, pero tienes muchas ramas. Si me das permiso para cortarlas, con ellas construiré mi hogar y seré feliz.

—Si cortando mis ramas consigues la felicidad, tómalas, amiga mía.

La mujer cortó todas las ramas del árbol y se marchó sin dar las gracias. Con ellas construyó una morada para albergar a su familia y, durante un tiempo, fue feliz.

La mujer, como antes, olvidó a su amigo y en la corteza del árbol la tristeza hundió nuevamente sus garras.

Un otoño la mujer regresó junto al árbol y él, al verla, se estremeció hasta las raíces:

—Te he echado mucho de menos. ¿Vienes a jugar conmigo?

—No puedo jugar, estoy envejeciendo y quisiera viajar antes de que sea tarde. Te vengo a ver porque necesito un barco.

—Lo siento, pero yo no tengo un barco.

—No, pero con tu tronco podría construir uno. Si me das permiso para serrarlo, con tu madera construiré una barca para surcar mares y ríos. Así seré feliz.

—Si serrando mi tronco consigues la felicidad, tómalo, amiga mía.

La mujer serró el tronco del viejo manzano y, sin despedirse, se alejó. Con la madera construyó una barca y, durante un tiempo, fue feliz.

Navegando los siete mares olvidó a su amigo y en el tocón del manzano se abrió una honda grieta de tristeza.

Se persiguieron las estaciones; se sucedieron muchas lunas; y un helado día de invierno, una anciana se acercó al lugar donde, tiempo atrás, floreciera el manzano:

—Si vienes a jugar conmigo, lo siento, pero ya no puedo ofrecerte nada, amiga mía. Ya no tengo tronco, ni ramas, ni manzanas.

—Ya soy muy vieja. No podría trepar por tu tronco, ni jugar entre tus ramas, ni morder tus frutos. Estoy muy cansada. Solo necesito un lugar en el que descansar.

—Entonces ven. Aún me quedan mis viejas raíces. Reposa tu cabeza sobre ellas y cierra los ojos, te contaré la historia de una niña y un manzano que un día…

FIN

Blancanieves

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Ilustración: Charlie Bowater

Cierto día de invierno, una reina, sentada junto a una ventana cuyo marco era de ébano, cosía. En un momento de distracción se clavó la aguja en el dedo índice y tres gotas de sangre cayeron sobre la nieve que cubría el alfeizar.

Al ver la roja sangre que destacaba sobre el blanco de la nieve, la reina pensó: «Quisiera tener una hija de tez tan blanca como la nieve, de mejillas tan rojas como la sangre y con el pelo tan negro como el ébano de esta ventana».

Poco tiempo después, la reina tuvo una hija tal cual la había deseado: con la piel blanca como la nieve, las mejillas rojas como la sangre y los cabellos negros como el ébano. La llamaron Blancanieves.

Días después del nacimiento de la niña, la buena reina murió.

Al año siguiente, el rey se casó de nuevo para que a Blancanieves no le faltase el cariño de una madre.

La nueva reina era muy guapa, pero tan vanidosa que no podía soportar la idea de que hubiese en el mundo una mujer más hermosa que ella. Y como poseía un espejo mágico que respondía a cualquier pregunta, cada mañana le preguntaba:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondía:

No existe doncella

que igualarte pueda.

¡Tú eres la más bella!

Entonces la reina se alegraba muchísimo porque sabía que el espejo jamás mentía.

Entretanto, Blancanieves crecía y cada día era más hermosa.

Un día, al preguntarle la reina al espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

el espejo respondió:

¡Ay, reina mía! sin duda eres bella,

pero Blancanieves parece una estrella.

La reina se encolerizó y en su corazón, desde aquel día, creció un odio feroz hacia Blancanieves.

Un día, llamó a uno de los cazadores de palacio y le ordenó:

—Llévate a la princesa al bosque, mátala y tráeme su corazón. Así estaré segura de que has obedecido mi orden.

El cazador se llevó a Blancanieves al bosque y desenvainó su cuchillo. Cuando iba a matarla, según le había ordenado la reina, la niña le suplicó:

—Cazador, no me mates —Y señalando hacia el espeso bosque, agregó—. Me internaré en la fronda para siempre y jamás regresaré al palacio. La reina creerá que he muerto y no podrá castigarte por tu desobediencia.

El cazador meditó la propuesta y al final dijo:

—¡Vete, Blancanieves! ¡Huye lejos!

Después, vio un lobo cerca de allí y se dijo: «Mataré al lobo y llevaré su corazón a la reina para que crea que es el de Blancanieves».

Al caer la noche, Blancanieves sintió miedo. Las ramas de los árboles parecían brazos que querían atraparla pero ella, a pesar del cansancio que sentía, siguió avanzando. Aún seguía huyendo cuando se hizo de día. Por fin, al atardecer, divisó en un claro del bosque una cabaña pequeña. Muy pequeña.

Estaba tan agotada que decidió entrar a descansar, «solo un ratito» —se dijo—, «Y tal vez pueda beber agua y saciar mi sed».

Dentro de la casa todo estaba en orden y limpio. Arrimadas a la pared había siete pequeñas camas y en el centro de la estancia, la mesa estaba preparada para la cena: siete platitos, siete pequeños cubiertos, siete copitas y siete servilletas pulcramente dobladas.

Blancanieves estaba hambrienta; probó la comida de uno de los platitos, luego se sirvió algo de otro, de manera que tomó un poquito de cada plato y bebió un sorbo de cada copa.

Decidió esperar a los dueños de la casa, pero estaba tan cansada que intentó acostarse en una de las camitas. Las fue probando una a una, pero todas eran tan pequeñas que no se sentía cómoda en ninguna. Finalmente, se acostó en la que parecía más grande y enseguida se quedó dormida.

Era ya noche cerrada cuando regresaron los dueños de la casa. Eran siete enanitos que trabajaban durante todo el día en el interior de la montaña extrayendo oro y piedras preciosas.

Al entrar en la casa, a la luz de sus siete linternas, se dieron cuenta de que allí pasaba algo extraño:

—¿Quién ha rondado por nuestra casita?

—¿Quién arrugó nuestro mantelito bordado?

—¿Quién se ha sentado en mi silla de sándalo?

—¿Quién ha movido de aquí mi cuchillo de plata?

—¿Quién ha comido en mi plato de jade?

—¿Quién se ha atrevido con mi panecillo?

—¿Quién ha bebido de las copas de cristal?

Los enanos dirigieron entonces los haces de luz de sus linternas hacia las paredes y vieron que las sábanas de las camas estaban arrugadas. Al alumbrar la última cama lanzaron un grito de sorpresa:

—¡Oh, que hermosa niña! –exclamaron.

—¡Qué piel tan blanca!

—¡Qué cabellos tan negros!

—¡Qué mejillas tan rojas!

—¿Cómo habrá llegado hasta aquí?

—¿Quién será?

—Pobrecita, tiene el vestido hecho jirones.

—¡Silencio! ¡Que no se despierte! Parece muy cansada.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, Blancanieves se llevó un gran susto. ¿Quiénes eran aquellos hombrecillos barbudos que la miraban? Entonces, los enanos, le preguntaron amablemente:

—¿Cómo te llamas bella niña? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Blancanieves les contó su historia.

—¿Te gustaría quedarte a vivir con nosotros? Aquí estarás segura y nadie podrá hacerte daño.

—¡Sí! Muchas gracias.

Así que, desde aquel día, se repartieron los quehaceres y mientras ellos bajaban a la mina ella se ocupaba de la casa.

—Estarás sola todo el día  —le decían los enanos al salir al alba—. Cierra bien la puerta y no abras a nadie.

Mientras tanto, la reina, vivía tranquila en el palacio creyendo que el corazón que le había llevado el cazador era el de Blancanieves.

Pasó un tiempo antes de que una mañana, al levantarse, le preguntará a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

El espejo respondió:

¡Ay, reina mía! sin duda eres bella,

pero Blancanieves parece una estrella.

—¡¿Pero no estaba muerta Blancanieves?!

No, amada reina, vive y es muy bella,

y hay siete enanos que velan por ella.

La reina, furiosa al comprender el engaño del cazador, se puso a pensar en qué hacer para librarse para siempre de Blancanieves.

Como tenía tratos con hechiceros y magos, pidió a uno de ellos que la transformase en una viejecita vendedora de baratijas y que le indicase el camino para llegar a casa de los siete enanitos. Al llegar allí, la reina gritó:

—¡Cintas de seda de todos los colores! ¿Quién quiere comprar cintas de seda?

Blancanieves se asomó a la ventana y la invitó a entrar. La falsa vendedora la convenció de que una cinta roja le quedaría muy bien en su vestido y la ayudó a atársela en la cintura. Pero la malvada reina la apretó tanto y tanto que la niña se quedó sin respiración y cayó al suelo sin sentido. Creyéndola muerta, la reina exclamó:

—¡Ahora ya no tengo rival! ¡Soy la más bella!  —se rio la reina, y se alejó de la cabaña a grandes pasos.

Por la noche, cuando llegaron los enanitos, encontraron la puerta abierta y a Blancanieves en el suelo y al advertir que la cinta roja no la dejaba respirar, cortaron el lazo. Al recobrar el aliento, Blancanieves contó lo que había ocurrido.

—Ten por seguro que la vieja vendedora era la reina disfrazada. ¡Te hemos dicho mil veces que no abras la puerta a nadie si estás sola!

Al mismo tiempo, la reina, de vuelta en el palacio corría a preguntar a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondió:

En este palacio nadie te iguala,

tú eres la más bella.

Pero en todo el mundo Blancanieves gana,

la más bella es ella.

Al oír la respuesta, la reina se puso verde de rabia.

—Debo pensar en algo que no falle… ¡Ya lo tengo!, ¡un peine envenenado!. Conseguiré ser la más hermosa de la tierra.

Transformada en una viejecita pobre, la malvada reina golpeó en la puerta de los enanos:

—No necesito nada, buena mujer, y no puedo abrir la puerta.

—No hace falta que entre, bella niña, solo quiero mostrarte este hermoso peine.

A Blancanieves le gustó tanto el peine, que no solo aceptó el regalo, sino que abrió la puerta para que la anciana la peinara. En cuanto los dientes se clavaron en su cabeza, la niña cayó al suelo sin sentido y la reina, convencida de que aquella vez sí estaba muerta, se apresuró a volver al palacio.

Por suerte, los enanos regresaron pronto aquel día y apenas vieron la puerta abierta y a Blancanieves en el suelo, sospecharon otro maleficio de la reina. Arrancaron el peine que la bruja había clavado en la cabeza de la niña y esta se repuso enseguida.

Al oír el relato de lo sucedido, los enanos insistieron en que la puerta no debía abrirse por nada del mundo. Un día u otro la malvada reina podía volver a intentarlo de nuevo.

Entretanto, la reina en palacio consultaba al espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo respondió de nuevo:

En este palacio nadie te iguala,

tú eres la más bella.

Pero en todo el mundo Blancanieves gana,

la más bella es ella.

Fuera de sí, al comprobar que había fracasado de nuevo, la reina juró que se saldría con la suya aun a riesgo de su propia vida. Entró en su habitación secreta y preparó un poderoso veneno. Cogió una manzana y emponzoñó solo la parte más roja; la otra mitad podía comerse sin peligro y disfrazada de campesina, la malvada reina se internó de nuevo en el bosque.

Cuando Blancanieves la vio no la reconoció, pero no quiso abrir la puerta porque los enanitos se lo habían prohibido terminantemente.

—Es una lástima que no puedas ver mis hermosas manzanas —dijo la falsa vendedora—. Bueno, no importa, descansaré un rato aquí afuera antes de seguir mi camino.

Cortó en dos partes la manzana y se puso a comer la mitad buena.

—¿No quieres probarla? —dijo ofreciendo la mitad envenenada a la niña—, verás que sabor más dulce tiene.

Blancanieves tomó la manzana a través de la ventana abierta y al darle el primer bocado se desplomó. La reina murmuró satisfecha:

—¡Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano! ¡Adiós lindos colores! Esta vez tus amigos no podrán salvarte.

Se apresuró para llegar deprisa a palacio y allí preguntó a su espejo:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y el espejo, esta vez, contestó como en otro tiempo:

En todo este reino no existe doncella

que igualarte pueda.

¡Tú eres la más bella!

Cuando los enanitos regresaron aquella noche hallaron a Blancanieves tendida y yerta. Trataron de reanimarla y buscaron entre el pelo y en la ropa algún objeto que pudiera ser la causa de su estado, pero no encontraron nada.

Colocaron su cuerpo sobre una cama y la lloraron durante tres días, pasados los cuales hablaron de enterrarla, pero uno de los enanitos no quiso ni oír hablar del tema:

—¡No podemos sepultarla en la tierra negra! Aunque está rígida y no se mueve parece viva, ¡sus mejillas aún están rojas!

Construyeron un ataúd de cristal para ella y lo colocaron en una alta roca y allí, por turno, los siete enanos la velaban día y noche.

Pasaron muchos meses y Blancanieves parecía dormida en su caja de cristal: la tez blanca como la nieve, las mejillas rojas como la sangre y el pelo negro como el ébano.

Cierto día, acertó a pasar por allí un príncipe con su séquito y, al ver a la niña, se quedó prendado de ella. Los enanos comprendieron que el príncipe ya no podría vivir sin contemplarla y, atendiendo sus ruegos, accedieron a que se llevara la caja a su palacio.

El príncipe ordenó a cuatro hombres de su séquito que bajaran la caja de la cima rocosa. A pesar del cuidado que pusieron, al descender por el estrecho sendero tropezaron y las paredes de la caja de cristal se hicieron trizas.

A consecuencia del golpe, la manzana que tenía Blancanieves atravesada en la garganta saltó y la niña, abriendo los ojos, preguntó sorprendida:

—¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois vosotros? ¿A dónde me lleváis?

Loco de alegría el príncipe saltó del caballo y se arrodilló ante Blancanieves:

—Estás entre amigos. Si tú quieres, te llevaré al palacio de mi padre, el rey, y si me aceptas serás mi esposa.

—Acepto, a condición de que pueda venir siempre que quiera a visitar a mis amigos los siete enanitos del bosque.

Las bodas se celebraron con gran esplendor y a la fiesta fueron invitados los monarcas de los reinos vecinos y, naturalmente, el padre y la madrastra de Blancanieves también fueron invitados, aunque ignoraban quién era la novia.

Mientras la reina se preparaba para el gran baile preguntó, como era su costumbre, al espejito:

Espejito, espejito tú que nunca yerras:

¿quién es la más bella de toda la tierra?

Y esta vez el espejo contestó:

En todo este reino tú eres la más bella,

pero la joven princesa del reino vecino

es como una estrella.

Llena de envidia, la reina estuvo tentada de no asistir al enlace, pero su curiosidad pudo más. Al llegar al palacio del reino vecino y ver que la novia era Blancanieves, quedó aterrada, muda y sin aliento y, al comprender que sus malas artes quedarían al descubierto, intentó huir.

Fue detenida y su infame proceder castigado. El rey la encerró en prisión y ordenó que no fuera liberada hasta que su falta fuera totalmente olvidada por todos los habitantes del reino.

La reina malvada vivió durante mucho tiempo encarcelada y solo Blancanieves iba a verla, de vez en cuando, para llevarle un poco de consuelo.

FIN

El gusanito y el manzano

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Había una vez un gusanito…

El gusanito buscaba un lugar donde vivir y encontró un frondoso manzano. Desde abajo lo miró y pensó:

—¡Ahí construiré mi casita!

Por el gran tronco subió, subió y subió, hasta que una hermosa manzana encontró.

Empezó a comer de la manzana e hizo un agujero y dentro instaló su casita, con una sillita, una mesita y una camita y allí se puso a vivir.

De repente, una  noche el viento empezó a soplar. Y tanto sopló, sopló y sopló que la manzana, al final, se cayó.

A la mañana siguiente, al salir de su casita, el gusanito se encontró en el suelo.

Otra vez subió, subió y subió y de nuevo su casa construyó. Pero el viento volvió a soplar y la casa, por segunda vez, volvió a tirar.

El valiente gusanito no se rindió y por tercera vez su casa reconstruyó. Pero de nuevo el viento la tiró. Entonces, miró hacia arriba y le preguntó al manzano:

—¿Qué hago yo en el suelo? ¿Por qué has tirado las manzanas que eran mi casa hasta tres  veces?

El manzano le contestó:

—Lo siento amigo gusano, las manzanas estaban maduras y ya no se aguantaban más en mis ramas, pero ahora que sé que tú quieres vivir aquí, sube otra vez y elige la manzana que quieras, que yo tu casa resguardaré para que no se vuelva a caer nunca más.

Entonces el gusanito por el gran tronco subió, subió y subió, hasta que una hermosa manzana encontró.  Comió de la manzana e hizo un agujero y dentro instaló su casita con una sillita, una mesita y una  camita y allí se puso a vivir.

Ahora, cada vez que sopla el viento, el manzano, con sus ramas, la casa de su amigo gusano protege para que nunca más se vuelva a caer.

FIN