Mario

El Pequeño Marinero y la rosa triste

A nuestro amiguito Mario, el Pequeño Marinero, lo arrojó a la orilla de la playa Grande de Isla Imaginada una gran ola una noche de tormenta. En este último año, Mario se ha convertido en un jovencito intrépido y aventurero. ¡Nada le da miedo! Ha convencido a Popeye, el Marino, para que lo lleve con él a explorar el mundo, mejor dicho, los océanos, y prepara con mucho entusiasmo su primer largo viaje.

Hace unos días, estaba muy atareado haciendo el equipaje cuando llamó a la puerta su vecino el conejito, un chismoso de cuidado que se pasa el día dando vueltas por el barrio para luego llevar las novedades a unos y otros.

—¡Ehhh! ¡Mario, vecino!, ¿quieres saber qué pasa en el prado del granjero Pepe?

El Pequeño Marinero, un poco enfurruñado con el conejo por haber interrumpido su tarea, contestó:

—Mira, conejito, ahora estoy muy ocupado, vuelve otro rato.

—¡Ohhhh, qué pena! Te quedarás sin saber por qué la rosa no hace más que llorar…

—¿Que la rosa está llorando? ¿Por qué? —A Mario le picó la curiosidad.

La rosa es una preciosa flor que solo vive en los prados de Isla Imaginada, su perfume es único, dulce como una gominola, y sus pétalos suaves como terciopelo.

—¡Si no vienes, no lo sabrás! ¡Vamos! —apremió el conejito.

Mario dejó el equipaje a medio hacer y siguió al conejo.

Faltaba poco para llegar al prado del granjero Pepe, cuando empezaron a oír los tristes lamentos:

—¡Ayyyyyy! ¡Pobre de mí! ¡Nadie me puede ayudar!

La pobre rosa lloraba resignada; las lágrimas caían de sus pétalos como si de rocío se tratara.

Mario y el conejito se acercaron curiosos y, preocupados, se sumaron al círculo que alrededor de la triste rosa habían formado varias familias de hormigas, dos lagartijas, un pato y tres gallinas. En silencio, contemplaban el rosal del que brotaba una única rosa, aún un capullo, del color rojizo del cielo cuando el sol se va a dormir.

—¡Ayyyyyyyyyy! –seguía quejándose la flor.

El Pequeño Marinero se sintió conmovido con su tristeza y le habló así:

—A ver, preciosa rosa, ¿por qué estás tan triste? ¿Cuál es la pena que te aflige?

—Nadie me comprende, marinerito ¡No sabéis la suerte que tenéis todos los que aquí estáis! Nadie me puede ayudar —replicó la rosa.

—Explícate, pues, amiga. Si no compartes con nosotros lo que te apena, seguro que no podremos ayudarte. ¡Cuéntanos!

—Está bien. Veréis, me gusta mucho ser flor. Sé que mi perfume os encanta, que gozáis con mi belleza y, al pasar por mi lado, procuráis no pisarme. Si la tierra está seca, me regáis y cuando el invierno llega y me voy a dormir, esperáis con ansia a que brote de nuevo anunciando la primavera. Pero yo os envidio a vosotros porque sois libres. Vais de un lado a otro cuando queréis. El conejo salta por el prado; el pato se baña en el estanque; las hormigas entran y salen de su hormiguero; las gallinas se pasan el día picoteando de aquí para allá, cacareando; y las lagartijas buscan el sol para calentarse. Sin embargo, yo estoy atada a la tierra. Llueva o haga sol no puedo moverme. No conoceré jamás otras tierras que no sean las que veo a mi alrededor. No puedo ir de visita a otras granjas ni buscar refugio para las tormentas ¿Por qué las flores no tenemos patas? ¡Ayyyyyyyyyyyyy!

Ni los animalitos allí reunidos ni y el Pequeño Marinero supieron qué decirle a la rosa triste. Jamás se les hubiera ocurrido que una flor tan hermosa pudiera ser tan desgraciada y sabían que era muy difícil poder ayudarla.

Mario la comprendía perfectamente, él mismo estaba deseando salir de su país, Isla Imaginada, para conocer otros mundos. No quería rendirse y habló por todos:

—Amiga rosa, ¡te vamos a ayudar! Esta noche consultaremos con la almohada y encontraremos una solución para que no te sientas triste nunca más. ¡Mañana vendremos a verte!

Cuando se hubieron alejado lo suficiente para que la flor no los escuchara, los animalitos, alborotados, replicaron a Mario:

—Pero, Pequeño Marinero, ¡es imposibleeeeee ayudar a la rosa! –se lamentaba el conejito fisgón.

—¡Coc,coc, coc!, las flores no tienen patas ¡Es imposible! –cacareaban las gallinas.

—¡Vaya lío!, ¡vaya lío! —repetían hormigas y lagartijas.

—¡Cuac, cuac! ¿Qué le diremos mañana a la rosa triste? —apostilló el pato.

Pero Mario estaba convencido de que, entre todos, encontrarían el modo de ayudar a la flor.

—No seáis pesimista, procurad poner todo vuestro empeño e inteligencia en encontrar una solución. ¡No podemos consentir que la rosa siga tan triste! Así, que ¡a pensar! Mañana temprano nos reunimos aquí.

La noche fue larga. Poco a poco, cansados de tanto cavilar sin hallar solución, el sueño los fue venciendo a todos… A todos menos a Mario, que seguía dando vueltas, pensando y pensando, hasta que, rendido y con los pies doloridos de tanto andar arriba y abajo, se sentó en su sillón favorito para quitarse sus botas marineras. Al quitarse la izquierda, observó que en la suela había quedado pegado un pequeño terrón de tierra; de él sobresalían, por un extremo, las hojas de una pequeña plantita de hierba y por el otro, las raíces.

—¡Viva, viva!¡Encontré la solución! —El Pequeño Marinero brincaba contento porque ya sabía cómo ayudar a la rosa triste.

A la mañana siguiente, se reunieron como habían convenido. Los animalitos desanimados, porque no habían sido capaces de dar con solución alguna y Mario muy contento, porque tenía un plan.

—Escuchad, ya sé lo que haremos, es muy sencillo: arrancaremos el rosal, que es la casa de la rosa, con mucho cuidado para no dañar las raíces, y lo plantaremos en un recipiente donde quepa suficiente tierra para alimentar a la rosa; yo la regaré cada día para que esté siempre fresca.

—Pero, Mario, la rosa lo que quiere es ver otros paisajes y moverse como si tuviera patas —argumentó el conejito.

—¡Y lo hará! ¡Vaya si lo hará! La llevaré conmigo en mis viajes en el barco de Popeye. ¡Allí dónde yo vaya, irá ella también! ¿Qué os parece?

Los animalitos estuvieron de acuerdo en que era una magnífica idea y corrieron a explicarle a la rosa el plan.

—¡Qué gran idea! ¡Me encantará viajar contigo Pequeño Marinero!, aunque me da miedo que podáis hacerme daño al arrancarme de la tierra —dijo la rosa preocupada.

Entre todos la convencieron de que no sufriría ningún daño y aquella misma mañana empezaron la tarea de buscar un recipiente adecuado, que se convertiría en el nuevo hogar de la rosa. Se les ocurrió ir a ver a la Pequeña Hada, siempre dispuesta a ayudar en lo que fuera, y ella, generosa, les regaló un gran cubo de latón casi nuevo que ellos se encargaron de convertir en una linda casita. Las lagartijas lo pintaron con sus rabitos y las gallinas hicieron agujeritos para el agua sobrante con sus piquitos.

Mientras, las hormigas, el conejo y el pato, con gran cuidado para no dañar las raíces, se atareaban en sacar el rosal de la tierra. Las hormigas excavaron túneles alrededor de la planta y el conejo y el pato sacaron la tierra despacito. Una vez libre, Mario, con mimo, colocó la planta en el cubo que les había regalado la Pequeña Hada, que, pintado de colorines, había quedado precioso.

Cuando el trabajo estuvo terminado, cansados pero contentos, vieron que la rosa lloraba, pero ahora de alegría.

—¡Gracias a todos, amigos, al fin podré ver mundo!

Ahora, el Pequeño Marinero y la rosa son inseparables. Los dos están muy ilusionados y deseando emprender su primer largo viaje. Han decidido que allí adonde vayan, la rosa viajera dejará su simiente para que nazcan nuevas rosas y sean admiradas por su belleza y aroma. Gracias a la generosidad de los animalitos y al ingenio del Pequeño Marinero, en todos los jardines del mundo se podrá contemplar la más hermosa de las flores: la rosa de Isla Imaginada.

FIN

La Mochila de los Cuentos Pequeños

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Ilustración: ciclomono

 

Esta es la historia de Mario, un niño al que le encantaba jugar en la calle con sus amigos. Jugaban al balón, a las canicas, al pilla-pilla, a cambiar cromos… Pero en realidad, lo que más le gustaba a Mario eran los cuentos.

Cuando caía uno nuevo en sus manos disfrutaba muchísimo imaginando las historias hechas realidad y no se cansaba de pasar las hojas infinitas veces, hasta dejarlas bien gastadas, mirando una y otra vez los dibujos.

Pero eran muy pocos los que sus papás podían comprarle, andaban muy justos de presupuesto y, por supuesto, lo primero eran los libros del colegio y el material escolar, lo que dejaba muy poco para cuentos.

A dos calles de casa de Mario se encontraba la librería «La Fantasía»; en su escaparate lucían nuevitos y relucientes los libros y cuentos recién publicados.

¡Cómo le gustaba a Mario ese escaparate! Aplastaba su naricilla en el cristal y se quedaba embobado con aquellos colorines y las letras brillantes y, cuando nadie lo miraba, metía la cabeza dentro del comercio para aspirar el maravilloso olor de las páginas nuevas.

Así lo observaba a menudo doña Lola, la dueña de «La Fantasía», hasta que se decidió a llamarlo un día:

—¡Oye, Mario, chaval!

—¿Es a mí?

—¡Pues claro! ¡Ven, entra!

«¿Qué querrá?»,  se preguntó Mario. Y, aunque un poco extrañado, dejó de jugar con sus amigos y entró porque conocía a la propietaria, ya que siempre compraban allí los libros del cole y las libretas.

Doña Lola lo condujo hasta la trastienda y le habló así:

—Mira Mario, quiero hacerte un regalo.

—¿Un regalo?

—¡Sí señor! ¡Te lo mereces!

—Yo, ¿por qué?

—Porque sé que te gustan los cuentos.

—¡Claro que me gustan los cuentos!

Mario estaba entusiasmado, pensó que doña Lola le iba a regalar un cuento nuevo, pero no fue así. ¡Qué decepción cuando la mujer apareció con una pequeña mochila! No era nada del otro mundo, de color incierto y con una cremallera ¡Y ni tan siquiera tenía dibujos!

Al ver su cara de decepción, la librera lo consoló:

—Mario, este es el mejor regalo que puedes recibir ¡Es la Mochila de los Cuentos Pequeños!

—No lo entiendo…

El pobre estaba desilusionado ¿Cómo podía ser que una mochila tan simple como aquella fuera su mejor regalo?

—Deja que te lo explique. Cada vez que quieras leer un nuevo cuento, solo tienes que abrir la mochila y allí lo vas a encontrar. Lo lees y luego lo vuelves a dejar dentro, porque esta mochila es mágica y de allí viajará a la mochila de otro niño del barrio ¿Qué digo del barrio? ¡De la ciudad, del país, de todo el mundo! Porque en todo el mundo hay niños como tú, a los que les encantan los cuentos. ¡Ah!, y recuerda que cuando te hagas mayor te corresponderá a ti elegir a otro niño para entregarle la Mochila de los Cuentos Pequeños, igual que yo hago ahora contigo. Pero ha de ser nuestro secreto ¡Si alguien se entera de esto, la magia desaparecerá!

Mario se quedó con la boca abierta; no sabía qué decir y, tras prometer guardar el secreto, dio las gracias aturullado y salió disparado de la librería hacia su casa. Se moría de ganas de encerrarse en su habitación, abrir la mochila y comprobar cómo era de mágica.

Cuando por fin la abrió, se llevó una sorpresa al ver un cuento nuevecito, pequeño, porque así habían de ser todos los cuentos de la mochila mágica; cuentos sin más misión que la de dibujar una sonrisa, un ¡Ohhhh! de asombro o un ¡Ayyyy! de emoción.

El primer cuento que encontró decía así:

El conejo Manolito que quería ser perrito

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Ilustración: nicobou

Érase que se era, un conejito que vivía con Marita y Pepe, mimoso y consentido era el rey de la casa.

A sus dueños se les ocurrió un día sacarlo a pasear con correa, como si de un perro se tratara, y Manolito, que era un poquito cabezota, al ver pasear a los canes del vecindario con sus amos se dijo:

-Pues va a ser que yo no soy conejo ¡Que soy perrito!

Así de convencido estaba, que se negó a comer los vegetales que comen los conejos, y al fin, Marita y Pepe, desesperados, acabaron dándole pienso perruno, y ¡Manolito feliz!

Pero tenía una pena, y es que no sabía ladrar. Escuchaba los ladridos de los demás perros, pero él, por mucho que se esforzaba, no lograba que de su hociquito saliera ladrido alguno.

Y como a testarudo no lo ganaba nadie, seguía, día tras día, intentándolo. Y lo intentó con tantas ganas, que en uno de sus esfuerzos se escuchó bien fuerte un ¡guau!

En realidad, procedía de un perro que andaba de visita en su edificio, pero deseoso e impaciente, él imaginó que aquel ladrido era suyo, así que, muy ufano, dijo:

-¡Por fin he ladrado! ¡Soy un perrito! ¡Lo demostré!

Y quedó tan convencido toda su vida que, aunque nunca más volvió a ladrar, siempre decía:

-Para muestra, un botón.

Sus dueños, que lo querían mucho, nunca se atrevieron a negarle sus “cualidades perrunas” y, de este modo, Manolito vivió feliz hasta el fin de sus días.

Y colorín colorado, este cuento pequeño se ha acabado.

 

Nuestro amigo Mario disfrutó durante muchos años de las pequeñas historias que día tras día aparecían en la mágica mochila que, a pesar del tiempo transcurrido, seguía impecable; como el primer día. Así debía ser, ¡pues era grande su magia!

En la actualidad, Mario se ha hecho mayor y ha llegado la hora de que se desprenda de su Mochila de los Cuentos Pequeños.

Anda por ahí buscando niños y niñas a los que les entusiasmen los cuentos, al igual que a él cuando la librera le hizo el mejor regalo que pudiera recibir.

Si vosotros sois alguno de esos niños ¡Estad atentos!, y si veis a un señor que luce una gran sonrisa y que lleva una mochila muy pequeña de color incierto, con una cremallera y sin dibujos, preguntadle si es Mario.

Aunque ya sabemos que si alguno de vosotros la recibe no nos lo contará porque si no desaparecería la magia, nos contentaremos con imaginar las miles de historias que harán feliz a quien la tenga cuando lea los cuentos pequeños que contiene esta mochila mágica.

FIN

Si quieres, también puedes escuchar “La Mochila de los Cuentos Pequeños” con la voz de Angie Bello Albelda

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