mariposa

Sabela y la mariposa

e9695e1f4344bb4b5d8ce4b3e7863f6a

Ilustración: Claudia Tremblay

Sabela pensaba que tenía mucha suerte de vivir en el campo; así podía adentrarse en el bosque y corretear por los prados, hablar con los animales y descubrir duendes bajo las setas o hadas sobre las flores.

Un día, mientras vagaba distraída, una mariposa decidió descansar sobre su hombro. Sabela se quedó muy quieta, para no asustarla; después, giró despacio la cabeza y las dos se observaron con cautela.

—¡Hola, mariposa! —le dijo la niña—, me llamo Sabela y quiero saber si eres feliz como yo.

La mariposa contestó con un «No» triste y rotundo.

—¿Pero por qué? Tus alas son tan bellas que son la envidia de otros insectos voladores.

—No te quiero engañar, pequeña, en realidad, mis alas son transparentes, como las de la mayoría de mis compañeros, pero las adorno con diminutas escamitas de colores. Vamos, acerca tu dedo y acaricia una de ellas.

La niña pasó delicadamente el dedo por la superficie aterciopelada y, al retirarlo, descubrió que estaba cubierto del mismo fino polvo azul que exhibía el ala que había acariciado.

Sabela, no contenta con ello, insistió:

—Pero aunque tus alas estén disfrazadas, tendrías que sentirte feliz; revoloteando entre las flores te lo pasas muy bien.

—No creas, visito tantas flores porque tengo que alimentarme con su néctar, pero acabo agotada con tanto vuelo.

—De acuerdo, pero al menos vuelas en compañía de mariposas amigas. ¡Yo te he visto con una! Las dos dais vueltas en el aire hasta que decidís reposar juntas.

—Llevas razón, pero eso lo hago porque debo elegir pareja y perpetuar nuestra especie, ¡es una gran responsabilidad!, y, aunque después ya no duraré mucho, esta breve etapa de mi existencia como mariposa es la mejor.

—¿Pero es que no has sido siempre mariposa?

—No, ¡mi vida es más larga y difícil de lo que imaginas! Si quieres te la cuento…

—¡Sí, sí!

—Pues bien, nazco de un huevo y, al principio, soy una especie de gusano al que llaman «oruga». Tengo patas gruesas y cortas, unas son verdaderas y otras falsas. Mi cuerpo es tan largo y pesado que si solo tuviera los tres pares verdaderos, me arrastraría por el suelo…

—¡Y podrías ensuciarte!

—Pues bien, me desplazo sobre mis patas y busco la gran cantidad de comida que necesito. Durante este tiempo mi única obligación es crecer y engordar. ¡Me paso el día comiendo! Mastico hojas con unos «dientes» grandes y fuertes llamados «mandíbulas».

—Comer ricas hojas tampoco parece que sea una vida tan terrible…

—No creas. Como mi cuerpo es rico en grasas y proteínas, me convierto en un manjar exquisito para muchos animales y mi vida corre grave peligro, así que me protejo con largos pelos y sustancias irritantes que les resultan muy desagradables. Pero soy una oruga buena y los aviso con mis vivos colores. Aun así, ellos se las saben todas y tienen muchos trucos para alcanzarme.

—¡Pobrecita! Pero no entiendo cómo naciendo gusano eres ahora una preciosa mariposa.

—¡Paciencia! Verás, cuando ya no puedo crecer ni engordar más como oruga, busco un lugar agradable para instalarme y construyo una casita en la que refugiarme durante un tiempo.

—¡¿Sola?! ¡Ahora sí que te aburrirás! Te echarás a dormir, claro.

—Parece que duermo, pero mi actividad es grande. Utilizo todas mis energías para la gran transformación que voy a sufrir.

—¿Y te sigues llamando oruga?

—No, ahora me llaman «crisálida» o «pupa» y mi cuerpo experimenta importantes cambios. Por ejemplo, como en mi refugio no necesito desplazarme ni tampoco corro peligro de servir de bocado a nadie, me voy deshaciendo de mis patas falsas y de mis «armas» defensivas. Los «dientes» de mi boca, esas dos toscas mandíbulas con las que tantas hojas comí, se van a convertir —junto con otras piezas nuevas—, en una fina y larga trompa que se estira y se enrolla en espiral.

Imagen 1

—¡La que utilizas para alcanzar el néctar de las flores!

—¡Muy bien, Sabela! Se llama «espiritrompa» y es mi nuevo aparato bucal. Además, hay otros cambios. Si te fijas, comprobarás que sobre mi cabeza tengo ahora antenas y antes no las tenía.

—¡Es verdad! ¿Para qué sirven?

—En ellas residen sentidos tan importantes como el olfato, el tacto y la orientación; ¡sin mis antenas no podría vivir! Y para que sucedan tantos cambios en mi cuerpo, voy consumiendo las reservas de alimento que acumulé cuando era oruga. Además, cuando abandone mi refugio de crisálida, seré ligera y estilizada y tendré alas para volar, así que también tengo que fabricar unas.

—¡Y haces todo eso sin que nadie se entere, encerrada en tu casita!

—Claro, Sabela, mi niña amiga, si no… ¿cómo conseguir transformarme en mariposa? Cuando mis alas están formadas, mi vida como crisálida finaliza. Entonces, poco a poco y con cuidado, abro las puertas de mi refugio y recupero mi libertad. La luz ciega mis ojos y mis alas, húmedas, están arrugadas y plegadas sobre mi cuerpo. Deberé tener un poco de paciencia, y hacerme con el entorno. Al fin, consigo desplegar mis alas e intento volar. Primero, tímidamente; después, me animo tanto que no paro, ¡me encanta desplazarme por el aire y sentir el viento acariciando mi cara!

—Al escucharte, creo que te gusta ser como eres, ¿por qué entonces me has dicho que no eres feliz?

—Mi querida Sabela, estoy triste porque esta fase de mi vida con la que tanto soñé, la que me hace ser una de las más hermosas, gráciles y libres de las criaturas que sobrevuelan los campos, es también la más efímera.

—Mariposa, si quieres sentirte feliz no debes pensar en el mañana, sino en que has conseguido tu sueño. Disfruta de lo que eres ahora y no pienses en el tiempo que te queda por vivir.

Sabela y la mariposa aún permanecieron juntas, pensativas y en silencio, un rato más. Después, la niña siguió con sus juegos campestres mientras la mariposa le dedicaba un revoloteo feliz.

FIN

Vlinder y Gulugufe. Un lugar donde vivir

unnamed

Para Moisés, un gran artista de 5 años que con su ilustración inspiró este cuento.

Vlinder y Gulugufe son dos mariposas. Y aunque son muy distintas la una de la otra, son muy amigas y cada tarde vuelan juntas sobre los verdes prados de Escocia.

A Vlinder, se la reconoce por sus brillantes antenas rojas y sus alas marrones. Vive en un pensamiento lila y amarillo.

A Gulugufe, se la distingue por sus hermosas alas de color lila y sus antenas verdes. Vive en una margarita marrón.

Construyeron su hogar en flores cercanas, porque se llevan muy bien y se visitan a menudo para contarse sus secretos, merendar néctar o jugar a perseguir rayos de sol.

Como se quieren tanto, cada una eligió para vivir una flor con los colores de la otra. Vlinder mira el lila de su casita y se acuerda de las alas de Gulugufe. Gulugufe mira el marrón de la suya y se acuerda de las alas de Vlinder. Así, dicen, cuando no están cerca, pueden contemplar los pétalos con los que está hecho su hogar y parece que están viendo las alas de su amiga.

Es bonito tener buenos amigos, porque el mundo se trasforma y se ve de otro color. Los amigos te ayudan, te quieren y siempre puedes contar con ellos, pase lo que pase y estés donde estés.

Vlinder y Gulugufe son como hermanas. Se conocieron cuando eran muy pequeñas hace mucho, muchísimo tiempo en la lejana India.

La cigüeña que las trajo al mundo era novata y confundió las largas espiritrompas que las mariposas utilizan para comer, con la trompa de un elefante, y las alas de los dos lepidópteros le parecieron las enormes orejas de un paquidermo. Así, que las dejó, medio dormidas, en el regazo de Hati, una elefanta gris que tomaba el sol boca arriba a orillas del río Ganges.

Cuando la elefanta sintió el cosquilleo de las alas, las espantó con su trompa mientras exclamaba:

—¡Hati no quiere mariposas en su barriga!

Vlinder y Gulugufe revolotearon asustadas y se alejaron de la que había sido, durante un minuto, su madre adoptiva.

Sobrevolaron los mágicos manglares de Sundarbans y entre el verde esmeralda de la vegetación, distinguieron un reflejo marrón que se movía despacio.

Por el color, Vlinder pensó que podría tratarse de alguien de la familia, así que se dirigieron allí. Pero al llegar, se dieron cuenta de que aquello marrón que se movía eran las manchas de un gran tigre de Bengala, que al notar el aire de las alas de las dos mariposas sobre sus bigotes, rugió enfadado:

—¿Quién es el impertinente que se atreve a acercarse a mí? ¡Arggggggggggggg! ¡Bichos feos y molestos! ¡Criaturas voladoras tontas! ¿Acaso tienen colmillos afilados como yo? ¿Rabo largo? ¿Hermosa piel rayada? ¿Poderosas garras como las mías?… ¡Nooooooooo!

Y lanzó un zarpazo al aire que casi derriba a las dos amigas. Después, bostezó ruidosamente y se tendió, cuan largo era, a dormir una siesta.

Decepcionadas por no poder vivir tampoco allí, emprendieron de nuevo el vuelo y al poco rato, entre la espesura, las dos mariposas distinguieron a un camaleón que tomaba el sol sobre unos helechos. Gulugufe creyó que aquel verde brillante era como el de sus antenas, así que descendió sin tomar precauciones. Ya estaba a punto de llegar, cuando el camaleón desenroscó su larga lengua con la intención de tragarse a la mariposa. La valiente Vlinder, apartó a su amiga de un empujón en el último momento y las dos huyeron, alas para que os quiero, volando de allí.

Desilusionadas y tristes, empezaban a dudar de encontrar algún día un lugar en el que poder vivir.

Varias horas de vuelo después, divisaron, a los lejos, una gran ciudad y pusieron rumbo hacia ella.

Se pasearon por el bullicioso puerto, confundiéndose entre el gentío y fue entonces cuando, de pronto, repararon en una señora que llevaba una gran sombrero. ¡Aquel sombrero estaba lleno de toda clase de flores de vivos colores!

Gulugufe y Vlinder, sin perder ni un segundo, se posaron en él y después de discutir largamente y de sopesar los pros y los contra, decidieron instalarse en la pamela de Mistress Ann Mary Murray-Kynynmound, distinguida dama británica, que en aquel preciso instante tomaba el trasatlántico que debía conducirla de regreso a su mansión en Escocia.

Tras dos meses de travesía por mar y un largo viaje por tierra, por fin llegaron a la finca, y allí Mistress Murray-Kynynmound cambió su precioso sombrero lleno de flores por un paraguas.

Y fue en aquel sombrero, olvidado en un rincón de una polvorienta buhardilla, donde las dos mariposas encontraron, por fin, un lugar donde vivir. Allí, protegidas y calentitas, fundaron su hogar sobre dos hermosas flores por siempre frescas.

Todavía hoy, a pesar de que han pasado muchísimos años y las dos ya son ancianas, Vlinder y Gulugufe salen cada tarde a través de una de las ventanas del desván y sobrevuelan juntas las verdes praderas escocesas.

FIN