Martes de cuento

Los tres hermanos

Ilustración: PHOEBELIN001

Érase una vez un hombre que tenía tres hijos y por toda fortuna, la casa en que habitaban. A cada uno de los tres le hubiera gustado heredarla, mas el padre los quería a todos por igual y no sabía cómo arreglárselas para dejar contentos a los tres. Tampoco estaba dispuesto a vender la casa, pues había pertenecido a sus bisabuelos. De no haber sido así, la habría transformado en dinero para repartido entre sus tres herederos. Se le ocurrió, al fin, una solución:

—Hijos míos, salid a recorrer el mundo y aprended un oficio. Cuando regreséis, entregaré la casa a quien demuestre mayor habilidad en su arte.

Les pareció bien a los hijos la decisión del padre y después de pensarlo, el mayor resolvió aprender la profesión de herrador; el segundo quiso hacerse barbero, y la última, profesora de esgrima. Luego calcularon el tiempo que tardarían en volver a su casa y partieron, cada uno por su lado.

Tuvieron la suerte de encontrar buenos maestros y los tres se convirtieron en excelentes oficiales.

El herrador, cuando llegó a herrar los caballos del Rey, pensó: «Ya no cabe duda de que la casa será para mí».

El barbero tenía entre su clientela a los más distinguidos personajes, y estaba también seguro de ser el heredero.

En cuanto a la profesora de esgrima, hubo de encajar más de una estocada, pero apretó los dientes y no se desanimó, pensando: «Si temo a las cuchilladas, me quedaré sin casa».

Transcurrido el tiempo acordado, volvieron a reunirse los tres con su padre. Pero no sabían cómo mostrar sus habilidades. Mientras estaban deliberando sobre el caso, vieron una liebre que corría a campo traviesa.

—¡Mirad! —dijo el barbero—. Esta liebre nos viene como pintada.

Y tomando la bacía y el jabón, preparó bien la espuma. Cuando el animal llegó a su altura, lo enjabonó y afeitó en plena carrera, dejándole un bigotito muy coquetón. Y todo eso, sin hacerle ni el más mínimo rasguño en la piel.

—¡Me ha gustado! —dijo el padre—; si tus hermanos no se esmeran mucho, tuya será la casa.

Al poco rato, llegó un señor montado en un caballo a galope tendido.

—Padre, ahora veréis de lo que soy capaz yo —dijo el herrador. Y sin detener la veloz carrera del rocín, le arrancó las cuatro herraduras sin hacerle daño alguno y le colocó otras nuevas.

—¡Muy bien! —exclamó el padre—. Estás a la altura de tu hermano. No sé a quién de vosotros dos voy a dejar la casa.

Dijo entonces la tercera:

—Padre, esperad a que yo os muestre mis habilidades.

En esto empezó a llover, y la muchacha, desenvainando dos espadas que llevaba consigo, se puso a esgrimirlas sobre la cabeza con tal agilidad, que no le cayó encima ni una sola gota de agua. La lluvia fue arreciando hasta caer a cántaros; pero ella, con velocidad siempre creciente, consiguió quedar tan seca como si se encontrase bajo techado.

El padre, no pudo por menos de exclamar:

—Debo reconocer que te llevas la palma; ¡tuya es la casa!

Los otros dos hermanos se conformaron con la sentencia, como habían acordado de antemano. Sin embargo, los tres se querían tanto, que decidieron seguir viviendo juntos bajo el mismo techo practicando cada cual su oficio; y como eran tan buenos maestros, ganaron mucho dinero. Y así vivieron: unidos hasta la vejez.

Cuando el primero enfermó y murió, tuvieron tanta pena los otros dos, que enfermaron a su vez y no tardaron en seguir al mayor a la tumba. Y como habían sido tan hábiles artífices y se habían querido tan entrañablemente, fueron enterrados juntos en una misma sepultura.

FIN

El traje de paja de arroz que volvía invisible

Ilustración: svenstoffels

Esta historia sucedió en una aldea japonesa en una fecha que supera los más remotos tiempos que alguien puede recordar. Hace tanto tiempo que ocurrió, que nadie recuerda el nombre del lugar.

Era, eso sí, una aldea singular con unos habitantes todavía más singulares. Ninguno de ellos había sido bendecido con la inteligencia humana, pero es que, por otra parte, tampoco ninguno tenía las hechuras para poder recibir el nombre de hombre o mujer. Unos tenían cabezas calvas y alargadas como huevos de gallina; otros grandes y redondas como sandías y unos terceros parecía que tuvieran patatas sobre los hombros.

Entre los habitantes, había uno que era tan inútil que no servía para nada pero, sin embargo, tenía un temperamento tan malicioso que no se encontraba a gusto si no fastidiaba a sus vecinos. Como nadie recuerda ya su nombre, lo llamaremos señor Orokana.

Un día, el señor Orokana se encontró con un tengu y decidió engañarlo. A partir de ahí, las cosas se empezaron a complicar…

Para quien no lo sepa, un tengu es una criatura verdaderamente extraordinaria que vive en las montañas y los bosques. Su nariz es de una longitud extraordinaria y en la espalda lleva dos alas que le permiten volar. Su vestido es lo más extravagante que uno pueda imaginar y sobre la cabeza, luce un pequeño sombrero negro. Además de todo eso, tiene poderes mágicos. Así, que sólo una persona sin ningún seso se atrevería a burlarse de un tengu. Es más, cualquiera que no fuera un tonto rematado se alejaría rápidamente de él. Sin embargo, precisamente de esta clase de tontos era el señor Orokana.

El día en el que todo sucedió, el señor Orokana estaba tallando una larga pipa en una caña de bambú.

Primero pensó utilizarla como cerbatana, para soplar y lanzar piedras con ella; luego creyó que podría ser un magnífico telescopio. Y fue precisamente al mirar a través del largo tubo, cuando descubrió a un tengu que se acercaba volando hacia él.

—¡Ajá! —murmuró el señor Orokana—. Aquí viene alguien con el que me puedo divertir. Voy a engañar a ese tengu para que me regale el bonito traje de paja de arroz que lleva.

Sin pensarlo dos veces, se puso a mirar hacia el cielo a través de su tubo de bambú mientras lanzaba exclamaciones de sorpresa.

Aquello fue demasiado para el tengu, el cual, como todos los tengu del mundo, era muy curioso. Se puso a dar vueltas alrededor del señor Orokana sin parar de rogarle que lo dejase echar un vistazo a través del tubo:

—¡Porfavorporfavorpofavor!, ¡déjame mirar!

—¿¡Cómo!? ¿Que quieres que te deje mi precioso telescopio nuevo?  —preguntó dándole la espalda al tengu sin dejar de mirar a través de la caña de bambú— ¡Oh! ¡Qué bonita se ve la Luna, veo los valles y las llanuras que hay en su superficie! ¡Qué lástima que tú no puedas verla, amigo.

Naturalmente, esto hizo que el deseo del tengu de mirar a través del tubo aumentara, por lo que ofreció sus elegantes zapatos de madera a cambio de poder mirar. Sin embargo, el señor Orokana no quiso ni oír hablar del cambio. Luego ofreció su sombrero negro, pero también fue rechazado. Finalmente, cuando ya no hubo otro remedio, el tengu ofreció su traje tejido con paja de arroz. Aquello era, precisamente, lo que quería el señor Orokana, así que cerraron apresuradamente el trato.

El señor Orokana se alejó del lugar del suceso tan rápido como pudo, dejando al pobre tengu comprobando que su insaciable curiosidad le había jugado una mala pasada.

Ya fuera del alcance del tengu, el señor Orokana se puso el traje y ¡plof!, desapareció. Orgulloso de sí mismo, decidió acercarse hasta la calle principal de la aldea. Allí disfrutó de lo lindo haciendo tropezar a la gente, volcando los puestos de comida, pellizcando las narices y asustando a los peatones gritándoles al oído.

La gente se escondía asustada, maravillándose de los extraños sucesos que estaban ocurriendo en una calle aparentemente normal.

El señor Orokana siguió haciendo de las suyas. Ahora tenía justo delante a un serio caballero que acababa de comprar unos elegantes zuecos, blancos como la nieve. En el momento en que se detuvo para abrir el paquete y admirar de nuevo su compra, se llevó el mayor susto de su vida al ver cómo los zuecos nuevos volaban de sus manos y se ponían a danzar alocadamente en el aire.

Después, el señor Orokana se acercó a la pescadería, donde la gente escogía su pescado para la cena. Acababa de llegar un besugo fresquísimo y todos lo estaban admirando por su tamaño y brillantez. De pronto, el enorme y rollizo besugo pareció que volvía a la vida porque, dando un fuerte coletazo sobre el mostrador, se alejó flotando calle abajo, como si de un pez volador se tratara.

El señor Orokana, que ya estaba cansado de tanto ir arriba y abajo, decidió volver a su casa para reposar.

Al llegar allí,  se despojó del traje maravilloso y se hizo otra vez visible. Su anciana madre, que no había visto entrar a nadie, ¡se llevó un susto morrocotudo!

El señor Orokana se puso a dormir y su madre aprovechó para sacudir el traje de paja de arroz para quitarle el polvo.

—¡Caramba! —dijo la mujer—. ¡Este traje está hecho una auténtica porquería! Será mejor quemarlo.

Dicho y hecho. Metió el traje en el ardiente horno donde en cuestión de segundos quedó reducido a un montón de grises cenizas.

Cuando se despertó, el señor Orokana buscó su traje. No lo veía por ninguna parte.

Su madre le confesó que lo había quemado.

El señor Orokana, profiriendo un furioso alarido, recogió cuidadosamente toda la ceniza y la metió en un saco. Creyó que, tal vez, los restos del traje podían conservar algo de su mágico poder. Se fue a su habitación, se desnudó y se restregó cuidadosamente las cenizas por todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. Y, por muy extraño que parezca, ¡plof!, el señor Orokana desapareció por completo.

Alegre por el resultado obtenido, se marchó bailando hacia la aldea.

Cuando llegó, era de noche y en las tabernas la gente bebía sake. La deliciosa fragancia atrajo enseguida al señor Orokana hacia el interior de uno de los establecimientos. Una vez dentro, se sentó junto al enorme barril que contenía el licor y aprovechando que nadie lo veía, se amorró a la espita y empezó a beber avariciosamente.

Al oír el ruido que hacía al sorber, los que estaban en la taberna se volvieron sorprendidos hacia donde él estaba, pero nadie veía nada. Sin embargo, el sonido continuaba.

El tabernero se dirigió corriendo hacia el barril del cual provenía aquel extraño ruido y al llegar vio, justo en la punta del caño, lo que parecía una roja y húmeda boca flotando que, sin duda alguna se estaba bebiendo el sake.

Siguió observando sin dar crédito a lo que veía. Las gotas de licor resbalaban ahora por algo que empezaba a parecer una barbilla y pronto una nariz y unos penetrantes ojos se hicieron visibles.

Volviendo en sí de su asombro, el tabernero pegó un alarido, lo que hizo que aquel espectral rostro levantara la vista y lanzara una confundida mirada a su expectante observador. Sin perder si un segundo, la cara se levantó en el aire y salió flotando de la taberna.

¡Había ocurrido lo peor! La ceniza funcionaba mientras estaba seca, pero mojada perdía todo su poder de invisibilidad y ahora el señor Orokana se encontraba en un aprieto.

La multitud reunida en la taberna corría tras él, gritando al unísono:

—¡Queremos verte! ¿Dónde está el sake que has robado? ¡Bandido! ¡Ladrón! ¡Demonio! ¡Ya verás cuando te alcancemos!

Entre el miedo y la carrera, el señor Orokana empezó a sudar y su piel empezó a aparecer un trozo aquí y otro allá ante los asombrados ojos de sus perseguidores.

Cuando su cuerpo desnudo apareció por completo, el señor Orokana paró en seco para intentar cubrirse.

Uno de sus perseguidores le arrojó un quimono:

—¡Vaya, señor Orokana! ¡Pensamos que eras un demonio! ¿Qué es lo que te ha pasado?

El señor Orokana, avergonzado, relató la historia de su intercambio con el tengu.

Después de escuchar su relato, la multitud no daba crédito:

—¿De verdad te has acercado a un tengu? ¿De verdad lo has engañado y le has robado el traje? —exclamaron—. ¡Estás muy loco, señor Orokana!

La multitud estalló en carcajadas ante la necedad del señor Orokana. Y, hasta donde yo sé, el tengu todavía anda buscándolo para recuperar su traje.

FIN

Buscando una razón

Ilustración: badusev

Un luminoso domingo de verano, muy de mañana tres amigos decidieron hacer una excursión y subir a una alta montaña cercana al lugar donde vivían. Se calzaron sus botas, se colgaron a la espalda sus mochilas cargadas con provisiones y emprendieron la marcha.

Cada uno de los tres tenía un motivo para pasear. El primero quería estudiar la flora del lugar; el segundo deseaba observar las aves que por aquellos parajes habitaban; y el tercero anhelaba bañarse en las cristalinas aguas del lago que había en la cima.

Una vez arriba, cada uno se dedicó a lo que más le gustaba.

—¡Qué maravilla de flores!

—¡Observad, amigos, esa majestuosa águila!

—¡Estas frescas aguas son mágicas!

Pasaron la mañana incansablemente dedicados a sus actividades y cuando ya se disponían a descansar y comer, vieron, no muy lejos de donde estaban, a un hombre que miraba hacia el horizonte. Estaba solo, inmóvil, sentado sobre una gran roca.

Los tres amigos se miraron y se preguntaron «¿Qué hará allí?». Y, a continuación, cada uno expuso su teoría:

—Está claro. Ese hombre se ha perdido y está esperando a orientarse o a que alguien pase para preguntarle cuál es el camino que debe seguir —dijo el primero de los amigos.

—No. Más bien me parece a mí que durante la subida se ha cansado o se ha hecho daño y ahora está sentado esperando a reponerse —dijo el segundo.

—Pues yo, lo que creo, es que los dos estáis equivocados —repuso el tercero—. Está claro que es más rápido que sus acompañantes y como ha llegado el primero a la cima, ahora está esperando a que llegue el resto del grupo.

Iniciaron los tres una discusión, defendiendo cada uno su hipótesis y se fueron acalorando, cada uno de ellos empeñado en la veracidad de su versión.

Por fin, para saciar su curiosidad, decidieron acercarse hasta el lugar en el que estaba el hombre y salir de dudas.

Habló el primer amigo:

—Buenos días, ¿te has perdido?

—No —repuso el desconocido.

Los otros dos se miraron con una sonrisa.

—¿Estás cansado o te has hecho daño? —preguntó el segundo

—No.

El tercer amigo, seguro de tener razón, finalizó diciendo con orgullo:

—Tú estás esperando a alguien, ¿verdad?

—No.

Desconcertados, los tres amigos se miraron entre ellos y preguntaron al unísono:

—Entonces, ¿qué haces aquí?

Y el desconocido repuso apaciblemente:

—Simplemente estoy.

FIN

Los rivales y el juez

Ilustración: Abstractmusiq

Un sapo estaba muy ufano de su voz y toda la noche se la pasaba cantando:

—Toc, toc, toc…

Y una cigarra estaba más ufana de su voz y se pasaba toda la noche y también todo el día cantando:

—Chirr, chirr, chirr…

Una vez se encontraron y el sapo le dijo:

—Mi voz es mejor.

Y la cigarra le contestó:

—La mía es mejor.

Se armó una discusión que no tenía cuándo acabar.

El sapo decía que él cantaba toda la noche. La cigarra decía que ella cantaba día y noche.

El sapo decía que su voz se oía a más distancia y la cigarra decía que su voz se oía siempre.

Se pusieron a cantar alternándose:

—Toc, toc, toc…;

—Chirr, chirr, chirr…

Y ninguno se convencía. Y el sapo dijo:

—Por aquí, a la orilla de la laguna, se para una garza. Vamos a que haga de juez.

Y la cigarra dijo:

—Vamos.

Saltaron y saltaron hasta que vieron a la garza. Era parda y estaba parada en una pata, mirando el agua.

—Garza, ¿sabes cantar? —gritó la cigarra.

—Sí sé —respondió la garza echándoles una ojeada.

—A ver, canta, queremos oír cómo lo haces para nombrarte juez —dijo el sapo.

La garza tenía sus intenciones y respondió:

—¿Y quiénes son ustedes para pedirme prueba? Mi canto es muy fino, despreciables gritones. Si quieren, aprovechen mi justicia; si no, sigan su camino —Y con gesto aburrido estiró la otra pata.

—Cierto —dijo el sapo—, nosotros no tenemos por qué juzgar a nuestro juez.

Y la cigarra gritó:

—Garza, queremos únicamente que nos digas cuál de nosotros dos canta mejor.

La garza respondió:

—Entonces acérquense para oírlos bien.

El sapo dijo a la cigarra:

—Quién sabe si nos convendría más no acercarnos y dar por terminado el asunto.

Pero la cigarra estaba convencida de que iba a ganar y, dominada por la vanidad, dijo:

—Vamos, tu voz es más fea y ahora temes perder.

El sapo tuvo cólera y contestó:

—Ahora oirás lo que es canto —Y a grandes saltos se acercó a la garza seguido de la cigarra.

La garza volteó y ordenó al sapo:

—Canta ahora.

El sapo se puso a cantar, indiferente a todo, seguro del triunfo y mientras tanto la garza se comió a la cigarra.

Cuando el sapo terminó, dijo la garza:

—Ahora, seguirá la discusión en mi buche —y también se lo comió.

Y la garza, satisfecha de su acción, encogió una pata y siguió mirando tranquilamente el agua.

FIN

El color de los pájaros

Ilustración: Lucky978

Cuando el mundo estaba recién hecho y el tiempo aún no se medía, los pájaros tenían las plumas exactamente iguales; todas eran de color marrón. Las aves se podían diferenciar por su nombre, por la forma de su cuerpo o por su canto. Sin embargo, cuando miraban a su alrededor, veían que en la Tierra lucían hermosos colores por doquier. Los pájaros envidiaban el azul del cielo, el verde de las praderas y del mar, los siete colores del arco iris y las vivas tonalidades de las flores en primavera.

Un día, después de mucho parlamentar sobre el color de su plumaje, los pájaros decidieron formar un comité y pedir una cita con Madre Naturaleza para que solucionara su problema.

Madre Naturaleza, los recibió enseguida, los escuchó atentamente y estuvo de acuerdo en que no les vendría nada mal un poco de color, pero les puso una condición: ella no decidiría los tonos que lucirían los pájaros; deberían ser ellos mismos los que eligieran la tonalidad. Pero, ¡cuidado!, deberían pensar muy bien cuál elegirían, ya que, al ser tantos, debería repartir entre todos la pintura y solo podría pintarlos una vez.

Una vez de acuerdo, el águila, como portavoz de los pájaros, fue la encargada de comunicar la noticia a lo largo y ancho del planeta:

—¡Atención, atención! ¡Pájaros del mundo! Madre Naturaleza cambiará el color de las plumas a todos los pájaros que así lo deseen. Nos espera a todos la próxima semana en su palacio —gritaba el águila mientras sobrevolaba con sus poderosas alas selvas, bosques y valles.

La semana pasó lentamente. Todos los pájaros aguardaban impacientes el día y pensaban, nerviosos, en qué color les convenía más elegir.

La mañana del día señalado fueron volando al palacio de Madre Naturaleza.

La urraca llegó la primera y pidió:

—Creo que debo elegir colores de los cuales no me canse nunca. Algo clásico y elegante, que sirva para cualquier ocasión. Blanco o negro… Como no me decido, combinaré los dos. Quiero un negro azulado, de esos que brillan intensamente cuando les da el sol y un toque de blanco en el pecho y en la punta de las alas.

El siguiente en elegir fue el periquito:

—Yo prefiero algo menos formal. Una mezcla alegre será ideal. Quiero manchas blancas, azules y amarillas por todo el cuerpo.

Los que miraban estuvieron de acuerdo en que aquellos colores lo favorecían mucho.

El siguiente en la fila era el pavo real. Se acercó contoneándose y pidió con voz chillona:

—Como puedes observar, mi cola es especial, así que quiero que resalte. Me iría bien una combinación de colores armónicos, pero que no resulten aburridos. Azul, verde, amarillo, rojo y dorado sería perfecto.

Los demás pájaros se burlaron de él a escondidas. ¡Era tan presumido el pavo real!

El canario se acercó dando saltitos:

—¡Me encanta el sol! ¡Adoro el sol! ¡Quiero ser como el sol! ¡Por favor, pinta todas mis plumas de amarillo!

Después, llegó el turno del loro:

—No quiero pasar desapercibido. Quiero que se me vea bien desde muy lejos. Quiero que me pintes con tooooooooooodosssssssss los colores de tu paleta.

—¡Vaya desperdicio de pintura! —murmuraron algunos, enfadados ante tal atrevimiento y descaro. Pero el loro se alejó atusando sus plumas, más feliz que una perdiz.

Poco a poco, los pájaros fueron desfilando ante Madre Naturaleza. Los colores de su paleta se fueron gastando a medida que las aves elegían sus nuevas tonalidades. Todos lucían orgullosos sus recién estrenadas plumas y ella empezó a recoger sus utensilios de pintura.

De repente, una voz la frenó en seco y le hizo volver la cabeza. Por la puerta del palacio entraba corriendo un pequeño gorrión:

—¡Espera!, ¡espera!, por favor —piaba angustiado—, todavía falto yo. Estaba muy lejos y, como soy tan chiquito, he tardado mucho en llegar. ¡Yo también quiero cambiar de color!

Madre Naturaleza lo miró con tristeza:

—¡Lo siento! Ya no me quedan colores.

—¡Está bien!, no pasa nada —susurró el gorrión tristemente mientras se alejaba cabizbajo—, de todas formas, el color marrón tampoco está tan mal.

—¡Un momento! —gritó Madre Naturaleza—. Mira, he encontrado una pequeña gota de color amarillo en mi paleta. Debió sobrar al pintar al canario.

El gorrión se acercó corriendo muy contento. Madre Naturaleza mojó su pincel en la gota de pintura amarilla, se agachó y con mucho cuidado pintó al pajarito.

Por eso, si os fijáis bien en los gorriones, podréis descubrir una pequeña manchita amarilla; la última gota de color que había quedado en la paleta de Madre Naturaleza después de pintar a todas las aves del mundo.

FIN

El árbol que no sabía quién era

Ilustración: micorl

En un lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, existió un exuberante jardín en el que plantas y árboles de todo tipo crecían por doquier. Allí se podían ver manzanos, perales, naranjos, rosales… En aquel jardín reinaba la alegría. Todos estaban satisfechos y felices. Todos excepto un árbol que se sentía profundamente triste, porque aunque sus ramas eran grandes y verdes, no daban flores ni frutas.

—Todos tenéis algo que ofrecer, excepto yo. No sé para qué sirvo. No sé quién soy… —se lamentaba.

—Lo que te ocurre es que te falta concentración —le decía el manzano—. Concéntrate. Si realmente lo intentas, podrás dar fruta buenísima como yo. ¿Ves qué fácil es? Observa cómo están cargadas de hermosas manzanas mis ramas.

—No lo escuches —exigía el rosal—. Es más fácil florecer. Solo tienes que esperar a la primavera y las flores brotan solas. Ser un rosal y dar rosas es mejor que dar manzanas.  Además, son más bonitas y huelen mejor.

—Lo más importante es trabajar con ganas —le recriminaba el melocotonero—. Lo que te ocurre a ti es que no te esfuerzas lo suficiente. Mi esfuerzo me ha costado hacer crecer estos jugosos melocotones.

El árbol, desesperado, intentaba todo lo que le sugerían: se concentraba, aguardaba, paciente, la llegada de la primavera, se esforzaba… Pero todo era en vano. No conseguía parecerse a los demás y cada vez se sentía más inútil y triste.

Un día, llegó hasta aquel jardín una lechuza, la más sabia de las aves. Se posó sobre las verdes ramas del árbol y al ver la desesperación de este le dijo:

—No te preocupes. Tu problema no es grave… Lo que te ocurre a ti es exactamente lo mismo que les ocurre a otros muchos seres sobre la Tierra. No deberías dedicar tu vida a intentar ser como los demás. Deberías intentar ser tú mismo. Y para ser tú mismo, el primer paso es conocerte, saber cómo eres realmente, de qué eres capaz. Debes aprender a escucharte.

—¿Escucharme? ¿Ser yo mismo? ¿Conocerme? —preguntó el árbol angustiado y desesperado— ¡¿Pero cómo!?

—Eso deberás descubrirlo tú solo, yo no te puedo enseñar.

Dicho esto, la lechuza emprendió el vuelo y se alejó del jardín, dejando al árbol, desconcertado y confuso y aún más triste de lo que estaba, meditando sobre lo que le había dicho.

Pasó el tiempo y, finalmente, un día, el árbol comprendió. Cerró los ojos y los oídos y abrió el corazón para escuchar una voz que en su interior le susurraba: «Tú jamás darás manzanas, porque no eres un manzano. Tampoco florecerás cada primavera, porque no eres un rosal. Y nunca darás melocotones, porque no eres un melocotonero. Tú eres un roble. Tu destino es crecer grande y majestuoso, ofrecer tus verdes ramas para que aniden las aves, para que se cobijen en su sombra los viajeros y para adornar con su belleza los paisajes. Ese eres tú. ¡Sé tú mismo!, ¡sé el que eres!».

Poco a poco, el árbol se fue sintiendo cada vez más seguro de sí mismo. Se dispuso a ser lo que de verdad era. Ocupó su espacio en aquel jardín y fue admirado y respetado por todos. Solo entonces, todos los habitantes de aquel jardín fueron completamente felices. Cada cual celebrándose a sí mismo.

FIN

La Luna perezosa

Ilustración: Mikyla Meyer

Hace muchos, muchísimos años, el día estaba repartido en dos mitades iguales. Durante doce horas el Sol alumbraba toda la Tierra y las otras doce era la Luna la que iluminaba tenuemente el mundo.

Todo era armonía entre los animales; durante el día, cazaban y se alimentaban, jugaban, cuidaban de sus cachorros y recorrían sus territorios sin miedo a perderse porque la luz del Sol los acompañaba. Durante la noche, se refugiaban en nidos y cuevas y echaban un buen sueñecito, hasta que la Luna se escondía y salía de nuevo el Sol.

Pero ocurrió que un día, al caer la tarde, los animales de bosques y selvas, asombrados, no dejaban de mirar el cielo esperando ver la luz blanca de la Luna que tardaba en salir. Aguardaron durante horas, sin atrever a moverse, pues la oscuridad era total. Tan solo los animales nocturnos, como búhos y lechuzas, podían andar de aquí para allá.

Todos se preguntaban:

—¿Dónde está la Luna? ¿Por qué no se ve?

Pero nadie sabía qué contestar.

Por suerte, al cabo de doce horas de la más completa oscuridad, el Sol volvió a brillar y todos los seres que habitaban la Tierra respiraron aliviados, aunque esperaban impacientes la noche para ver qué pasaría.

Por desgracia, ni esa noche ni las tres siguientes volvieron a ver la Luna.

¡Pobres animales! Estaban desesperados. Pasaban las noches en completa oscuridad resguardados en sus casitas. Si tenían sed, no salían a beber hasta la mañana, pues podían perderse camino al río o a las lagunas. Los cachorros lloraban pues les daba miedo tanta negritud y hasta los animales nocturnos andaban despistados, pues también echaban de menos el brillo de la Luna.

Así que al quinto día, elefantes y leones decidieron enviar pájaros de todos los tamaños y loros pequeños y grandes a recorrer la Tierra para dar aviso de que se iba a celebrar una Asamblea a la que era importantísimo que acudieran representantes de todas las especies animales para discutir qué podían hacer; si es que podían hacer algo, ¡claro está!

Respondieron a la llamada miles de animales y después de discusiones y diversos pareceres se acordó, por mayoría, que lo principal era averiguar dónde se escondía la Luna para preguntarle por qué ya no aparecía por las noches. El problema era: ¿quién podría subir tan alto como para hablar con la Luna?

En un principio, se pensó en las aves, pero se desechó la idea, pues en el momento en que se pararan a preguntar a la Luna podían caer si dejaban de volar.

Descartados también los animales marinos, se pensó en las jirafas, que son los animales más altos de la tierra, pero por mucho que las más grandes estiraron el cuello no llegaron más que a alcanzar alguna nubecilla.

Fue un pequeño grillo quien dio con la solución

—¡Amigos, compañeros! ¡Escuchad! —Así sonó su voz aguda y chirriante y todos callaron para oír lo que tenía que decir—. ¡Creo que ya lo tengo! Puesto que las jirafas solas no alcanzarán nunca la altura suficiente, propongo que hagamos una torre entre todos, unos encima de otros. Yo mismo me ofrezco como voluntario para ser el portavoz y subir a lo más alto para parlamentar con la Luna.

Era una idea loca, pero como a nadie se le ocurría otra alternativa decidieron que por probar no perdían nada. Acordaron que en cuanto el Sol se escondiera se pondrían a la tarea de hacer la torre animal más alta que nunca se hubiera hecho. El lugar elegido fue una playa para que así miles de peces linterna y medusas cristal, además de millones de luciérnagas, iluminaran la gran torre.

Por supuesto, en la base de la torre se afianzaron cuatro elefantes, que con sus patas clavadas en la arena formaban el mejor de los pilares. A sus lomos, se auparon cuatro osos y después siguieron leones, caballos, camellos y jirafas que elevaron considerablemente la altura. A la cabeza de las jirafas treparon cuatro cabras, seguidas de cuatro cigüeñas que llevaron en sus picos a cuatro canguros que, a su vez, transportaban en sus bolsas a cuatro monos, muy acostumbrados a las alturas. Finalmente, llegó trepando nuestro amigo el grillo.

¡La escena era magnífica! Tan inusual era, que la Luna desaparecida, muerta de curiosidad y un tanto aburrida, salió un momento de detrás de la gran nube negra donde se escondía para observar y el grillo, listillo, desde lo alto de la torre, comenzó a vocear:

—¡Ehhhhh! ¡Señora Luna! ¡Señora Luna! ¿Se encuentra usted bien? ¡Mire que aquí abajo estamos todos muy preocupados!

La Luna, con su voz dulce le contestó:

—Estoy perfectamente. Ahora que no tengo que trabajar todas las noches, puedo dormir cuanto se me antoja ¡No sabéis lo cansado que es tener que pasarse la noche brillando!

El grillo no se achicó:

—Pero, Señora Luna, ¡nosotros la necesitamos! No sabe el caos en que se ha convertido el mundo desde que no sale para darnos su luz. Ningún animal se atreve a salir de noche, algunos lo intentaron y hubo osos que, confundiéndose de guarida, acabaron en la de los leones; conejos que tropezaron con lobos en los caminos; hormigas que equivocaron sus caminos y terminaron en gallineros y abejas en nidos de golondrinas. Le rogamos que, por favor, vuelva a brillar por las noches ¡Porfa, porfa!

La señora Luna escuchaba sorprendida. No sabía que era tan importante para los animales y se sintió un poco culpable por haber sido tan egoísta.

El grillo siguió con su perorata para intentar convencerla:

—Además, Señora Luna, ¡se ve tan bonita allí en el cielo! tan redonda y brillante ¡El mundo ya no es igual sin usted!

Esas palabras tocaron la vanidad de la Luna y remolona respondió:

—Estaaaaá bien, hacedme una propuesta en la que no tenga que trabajar tanto y me lo pensaré.

Toda esta conversación iba siendo transmitida por el grillo a los monos y estos a canguros, cigüeñas, cabras, jirafas, camellos, caballos, leones, osos hasta llegar a los elefantes, que con su gran trompa, haciendo de altavoz, la hacían llegar a todos los que allí esperaban reunidos.

De esta manera, se pusieron todos los animales a pensar en una solución para resolver el problema más grande que nunca hubieran tenido. Después de darle vueltas, los elefantes lanzaron una llamada a los delfines, que nadaban cerca de la orilla, pues tenían fama de ser muy inteligentes:

—¡Arggggggg! Delfines, confiamos en vosotros ¡Dadnos la solución!

Inmediatamente, acudieron a la llamada más de doscientos delfines que tras parlamentar llegaron a un acuerdo y eligieron a un representante, el cual transmitió a la Asamblea lo que habían, entre todos, acordado:

—Nosotros proponemos, ya que el problema es que la Luna está cansada, que no trabaje tanto. Es decir, que tenga algunas noches de descanso cuando lo necesite. Las noches que esté contenta, que brille redonda, como hasta ahora, y cuando necesite descansar, que brille solo la mitad o una cuarta parte. Los animales podemos acostumbrarnos a pasar las noches con menos luz y ella estará más contenta

Con prontitud, la solución fue transmitida por toda la torre de animales hasta llegar al grillo que, con buenas palabras, se la transmitió a la señora Luna. Esta, tras quedarse pensativa un buen rato, habló así:

—¡De acuerdo!, lo haremos como decís. La verdad es que estar toda la noche escondida tras una nube de tormenta tampoco es tan divertido como pensé. Habrá noches en que me esconda del todo; otras me veréis la mitad; y alguna saldré redonda y entera para alumbrar toda la Tierra. ¡Palabra de Luna!

Y para demostrar que decía la verdad, salió de detrás de aquella negra nube y su luz alumbró más que nunca toda la Tierra. Los animales reunidos en la playa, felicitándose unos a otros, estallaron en un clamor de alegría:

—¡Bravo! ¡Hurra! ¡Viva la señora Luna! ¡Qué luz tan bonita!

La torre se deshizo con un estrépito de aullidos, relinchos, graznidos y rugidos, aunque, por fortuna, no hubo que lamentar más que unos cuantos chichones y moratones.

Todos los animales volvieron a sus tareas diarias y a dormir tranquilos. Sabían que la luz de la Luna los acompañaría siempre. Unas noches redonda, otras como un pedazo de queso mordido por un ratón o como raja de sandía. Incluso cuando casi no se viera, aquel que se fijara bien podría distinguir su redonda forma en lo alto.

Y es así como la vemos a partir de entonces. Cuando miréis al cielo y no veáis la Luna es que es una de esas noches en las que ha decidido tomarse un descanso y dormir una buena siesta.

FIN

El espejo de Matsuyama

Ilustración: Kitagawa Utamaro

Hace mucho, mucho tiempo vivía en un remoto lugar de Japón una joven pareja. Tenían una hija a la que ambos amaban de todo corazón. Los nombres de todos ellos ya cayeron en olvido, pero los que siguen narrando esta triste historia sí recuerdan que todo ocurrió en un lugar llamado Matsuyama.

Cuando la niña era aún muy pequeñita, el padre se vio obligado a ir a la capital del Imperio para arreglar ciertos asuntos. Al ser un lugar tan remoto y el viaje hasta allí tan pesado, ni la madre ni la niña lo acompañaron, así que él se marchó solo. Se despidió de ellas y les prometió que regresaría muy pronto cargado de preciosos regalos.

La joven madre, que nunca había ido más allá de la cercana aldea, no podía desechar cierto temor por el largo viaje que emprendía su marido; pero, al mismo tiempo, se sentía orgullosa de que fuese él, por aquellos contornos, la primera persona en ir a la rica ciudad, donde el rey y los poderosos habitaban, y donde seguro que había de ver muchas maravillas.

Pasado el tiempo, la mujer recibió una carta en la que su marido anunciaba su regreso y no es posible describir la alegría que sintió cuando el viajero volvió a casa sano y salvo. La pequeña, al ver de nuevo a su padre, daba palmadas y sonreía divertida al recibir los juguetes que este le había comprado. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante su visita a la capital.

—Mira —le dijo a su mujer— Fíjate en esto, lo he traído especialmente para ti. Abre la caja y descríbeme lo que ves.

Le entregó entonces una cajita de madera blanca que ella se apresuró a abrir:

—Veo un disco de metal. Por un lado es de plata, con adornos de pájaros y flores, y por el otro, es una superficie brillante y pulida que… —Miró la joven esposa con asombro, porque desde la profundidad de aquel extraño objeto vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos llenos de curiosidad, un rostro que sonreía alegre.

—¿Qué ves? —insistió el marido, encantado con el pasmo de ella y muy ufano de mostrar lo que había aprendido.

—Veo a una mujer muy hermosa, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡qué extraño!, un vestido exactamente igual que el mío.

—Esa que ves es tu cara —le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía—. Esto que tienes en la mano se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hubiéramos visto hasta hoy.

Encantada la mujer con su regalo, se pasó algunos días mirándose a cada momento, Pero después pensó que tan prodigioso objeto era demasiado valioso como para usarlo a diario y lo guardó en su cajita, la cual ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros. Y como desde aquel día nunca volvió a hablar del espejo, el marido se olvidó de él por completo.

Fueron pasando los años y marido y mujer vivían dichosos. El centro de sus vidas era la niña, que iba creciendo y cada día se parecía más a su madre. Pero llegó un día en que sobrevino un tremendo infortunio para la familia hasta entonces tan dichosa. La mujer cayó enferma y aunque la cuidaron con desvelo, empeoró cada vez más, hasta que fue evidente que moriría.

Cuando supo que pronto debería abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste. Llamó a la niña y poniendo en sus manos la cajita de madera blanca que contenía el antiguo regalo, le dijo:

—Querida hija, estoy muy enferma y pronto moriré. Cuando yo ya no esté a tu lado, abre esta caja que te doy y mira cada día el objeto que contiene. Podrás ver mi cara en él y sabrás, así, que no me he marchado del todo y que siempre estaré a tu lado velando por ti.

La niña prometió con lágrimas en los ojos que haría lo que su madre le pedía.

Cuando la madre ya no estuvo a su lado, la niña abría la cajita cada día, sacaba con mucho cuidado el espejo y lo contemplaba largo rato. Allí veía la cara de su perdida madre, que la miraba sonriendo. Ya no estaba pálida y enferma, sino hermosa y joven. A ella le confiaba sus secretos.

El padre, después de observar durante un tiempo el comportamiento de su hija y constatar que cada día, sin falta, se miraba al espejo y parecía conversar con él, le preguntó la causa de tan extraña conducta.

La niña contestó:

—Miro todos los días el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.

Enternecido, el padre no tuvo valor para sacar del error a su hija. No le dijo que aquella imagen que contemplaba en el espejo era su propio reflejo y que, quizá como efecto del amor que sentía, cada vez se parecía más al hermoso rostro de la madre perdida.

FIN

Los zapatos de Tamburí

Había en El Cairo un mercader llamado Abou Tamburí, que era conocido por su avaricia; aunque rico, iba pobremente vestido, y tan sucio, que parecía un mendigo. Lo más característico de su traje eran unos enormes zapatones, remendados por todos lados, y cuyas suelas estaban provistas de gruesos clavos.

Paseábase cierto día el mercader por el gran bazar de la ciudad, cuando se le acercaron dos comerciantes a proponerle: el uno la compra de una partida de cristalería, y el otro una de esencia de rosa. Este último era un perfumista que se encontraba en grande apuro, y Tamburí compró toda la partida por la tercera parte de su valor.

Satisfecho con su compra, en lugar de pagar el alboroque a los comerciantes como es costumbre en Oriente, creyó más oportuno el ir a tomar un baño. No se había bañado desde hacía mucho tiempo, y tenía gran necesidad de ello, porque el Corán manda a los creyentes de Mahoma bañarse frecuentemente en agua limpia.

Cuando se dirigía al baño, un amigo que lo acompañaba le dijo:

—Con los negocios que acabas de hacer tienes una ganancia muy pingüe, pues has triplicado tu capital. Así es que deberías comprarte un calzado nuevo, pues todo el mundo se burla de ti y de tus zapatos.

—Ya lo había pensado; pero me parece que mis zapatos pueden tirar aún cuatro o cinco meses.

Llegó a la casa de baños, se despidió de su amigo y se bañó. El Cadí fue también a bañarse aquella mañana y en el mismo establecimiento, y como Tamburí saliera del baño antes que él, se dirigió a la pieza inmediata para vestirse. Pero con sorpresa vio que a lado de su ropa, en lugar de sus antiguos zapatos había otros nuevos, que se apresuró a ponerse, creyendo que eran un regalo de alguno de sus amigos. Como ya al encontrarse con zapatos nuevos no tenía necesidad de comprar otros, salió muy satisfecho de la casa de baños.

El Cadí, después de terminar su baño, fue a vestirse; pero en vano sus esclavos buscaron su calzado, tan sólo encontraron los viejos y remendados zapatos de Tamburí.

Furioso el Cadí mandó a un esclavo a cambiar el calzado, y encerró en la cárcel al avaro Tamburí. Este, al día siguiente, después de pagar la multa que le impuso el Cadí, fue dejado en libertad. Cuando llegó a su casa Tamburí arrojó por la ventana al río los zapatos que habían sido causa de su prisión.

Después de algunos días, unos pescadores, que habían echado sus redes en el río, cogieron entre las mallas los zapatos de Tamburí, pero los clavos de que estaba llena la suela destrozaron los hilos de las redes. Indignados los pescadores, recurrieron al Juez para reclamar contra quien había echado al río indebidamente aquellos zapatos.

El Juez les dijo que en aquel asunto nada podía hacer. Entonces los pescadores cogieron los zapatos, y, viendo abierta la ventana de la casa de Tamburí, los arrojaron dentro, rompiendo todos los frascos de esencia de rosa que el avaro había comprado hacía poco, y con cuya ganancia estaba loco de contento.

—¡Malditos zapatos! —exclamó— ¡Cuántos disgustos me cuestan! —Y cogiéndolos, se dirigió al jardín de su casa y los enterró. Unos vecinos que vieron al avaro remover la tierra del jardín y cavar en ella, dieron parte al Cadí, añadiendo que sin duda Tamburí había descubierto un tesoro.

Llamóle el Cadí para exigirle la tercera parte que correspondía al Sultán, y costó mucho dinero al avaro el librarse de las garras del Cadí. Entonces cogió sus zapatos, salió fuera de la ciudad y los arrojó en un acueducto; pero los zapatos fueron a obstruir el conducto del agua con que se surtía la población de Suez.

Acudieron los fontaneros, y encontrando los zapatos se los llevaron al Gobernador, el cual mandó reducir a prisión a su dueño y pagar una multa más crecida aún que las dos anteriores, entregando, no obstante, los zapatos a Tamburí.

Así que se vio Tamburí otra vez en posesión de sus zapatos, resolvió destruirlos por medio del fuego; pero como estaban mojados no logró su objeto. Para poder quemarlos los llevó a la azotea de su casa con el propósito de que los rayos del sol los secasen.

El destino, empero, no había agotado los disgustos que le proporcionaban los malditos zapatos. Cuando los dejó, varios perros saltaron a la azotea por los tejados y, cogiéndolos, se pusieron a jugar con ellos. Durante el juego, uno de los perros tiró un zapato al aire con tal fuerza que cayó a la calle en el momento en que pasaba una mujer. El espanto, la violencia y la herida que le causó fueron tales que quedó desmayada en la calle. Entonces, el marido fue a quejarse nuevamente al Cadí y Tamburí tuvo que pagar a aquella mujer una gruesa multa como indemnización de daños.

Esta vez, desesperado, Tamburí se propuso quemar los endiablados zapatos y los llevó a la azotea, donde se puso de vigilante para evitar que se los llevasen. Pero entonces fueron a llamarlo para finalizar un negocio de cristalería, y la codicia le hizo abandonar su puesto.

No bien dejó la azotea cuando un halcón que revoloteaba sobre la casa, creyendo que los zapatos eran buena presa, los cogió con sus garras y se remontó en los aires. Cansado el halcón, desde cierta altura dejó caer los zapatos sobre la cúpula de la mezquita mayor y los pesados zapatos hicieron considerables destrozos en la cristalería de la cúpula.

Los sirvientes del templo acudieron al ruido, y vieron con asombro que la causa de aquel destrozo eran los zapatos de Tamburí, y expusieron su queja al Gobernador. Tamburí fue preso y llevado a presencia del Gobernador, el que, enseñándole los zapatos, le dijo:

—¿Es posible que no escarmientes? ¡Merecías ser empalado! Pero tengo lástima de ti y sólo te condeno a quince días de cárcel y a una multa para el tesoro del Sultán, y al pago de los destrozos que has causado en la cúpula de la mezquita.

Tamburí tuvo que cumplir su condena; pasó quince días en la cárcel; pagó dos mil cequíes de multa para el tesoro del Sultán y ciento cincuenta por las reparaciones que hubo que hacer en el tejado. Pero las autoridades de El Cairo mandaron a Tamburí los zapatos.

Tamburí, después de meditarlo mucho pidió audiencia al Sultán, y éste se la concedió. Hallábase el Sultán rodeado de todos los Cadíes de la ciudad en el Salón del Trono, cuando se presentó Tamburí, y, de hinojos ante el Sultán, le dijo:

—Soberano Señor de los creyentes, soy el hombre más infortunado del mundo; una serie inconcebible de circunstancias fatales ha venido a causar casi mi ruina y hacer que padeciera muchos días de prisión. Causa de todas mis desdichas son estos malditos zapatos, que no puedo destruir ni hacer desaparecer. Ruego a V.M. que me releve de responsabilidad en los sucesos a que estos zapatos puedan dar lugar, directa o indirectamente, pues declaro que desde hoy renuncio por completo a todos mis derechos sobre ellos. No me quejo de las resoluciones del Cadí ni de las del Gobernador, porque han sido justas.

Y diciendo esto, Tamburí colocó los dos zapatos en las gradas del Trono. El Sultán, enterado de las aventuras, rio con todos los cortesanos, y para satisfacer a Tamburí ordenó que en la plaza pública fueran quemados los zapatos.

El verdugo los impregnó de pez y resina y les prendió fuego, y desde aquel momento Tamburí quedó libre y tranquilo.

FIN

La venta de la vaca

Ilustración: hockeychick

En un pequeño pueblo vivían un campesino y una campesina. Lo único que poseía la pareja era su cabaña, una vaca y una cabra. El hombre, que se llamaba Abundio, era muy limitado, tanto, que sus vecinos lo apodaban el Tonto. Pero su esposa, Petronila, era muy inteligente y con frecuencia remediaba las tonterías que hacía su marido.

Una mañana Petronila le dijo a su marido:

—Abundio, hoy hay feria en la aldea y he pensado en vender nuestra vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Abundio, después de pensar un rato, le dio la razón a su mujer:

—Petronila, creo que lo mejor será que vendamos la vaca. La pobre es muy vieja y da poca leche.

Se puso el traje de domingo y se fue al establo a recoger la vaca para llevarla al mercado.

—Abundio, atento y no te dejes engañar —le advirtió Petronila.

—Tranquila, mujer. Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar —contestó el tonto campesino, que se creía muy inteligente.

Abundio fue al establo pero, una vez allí, no sabía distinguir claramente cuál era la vaca y cuál era la cabra.

—¡Ya sé! —se dijo para sí después de cavilar largo rato—. Una vaca es más grande que una cabra, así que me llevaré el animal más grande al mercado y problema solucionado.

Dicho esto, desató la vaca y se la llevó.

No había andado mucho Abundio cuando tres jóvenes, que también iban a la feria, le echaron el ojo. Los tres pícaros, al ver al lugareño con la vaca, decidieron engañarlo. Acordaron que uno de ellos se adelantaría para tratar de comprarle el animal. Poco después, el segundo haría lo mismo y, por último, el tercero.

—¡Hola, amigo! —saludó el primero—. ¿Me vendería su cabra? ¿Cuánto vale?

—¿Cabra? —replicó el aldeano atónito—. ¿Cabra, dice? —Y con expresión incrédula, miraba, alternativamente, al comprador y al animal.

—Véndamela, por favor —continuó el joven muy serio—. Le doy seis monedas por ella.

—¿Venderle la cabra? —continuó repitiendo el lugareño, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Yo pensaba que llevaba una vaca a la feria.  Y después de mirarla bien, sigo creyendo que es una vaca y no una cabra.

—¡No diga disparates! Lo que lleva a vender es la cabra más flaca que he visto en mi vida. Es mejor que guarde mis monedas. ¡No la quiero! ¡Adiós!

A continuación el segundo joven alcanzó a Abundio.

—Buenos días, buen hombre —le dijo afablemente—. ¡Qué día tan bonito hace! ¿Va usted al mercado? ¡Pero si lleva una cabra! Yo iba a la feria, precisamente, a comprar una cabra. ¿Me vende la suya? Le doy cinco monedas por ella.

El campesino, rascándose una oreja, dijo para sus adentros: «¡Pero qué raro! Este también dice que llevo una cabra. ¿Será posible? El bicho, en todo el camino, no ha abierto el hocico. Si hiciera ruido, podría saber si es la cabra o la vaca. ¡Maldita sea! La próxima vez, antes de salir, preguntaré a mi mujer».

—Pues vale —continuó el pícaro joven—, si no me quiere vender la cabra por cinco monedas, compraré otra en el mercado. Aunque creo que cinco monedas es mucho a cambio de una cabra tan flaca. Adiós.

Finalmente, llegó el tercer joven.

—Feliz día, caballero ¿Querría venderme su cabra?

El pobre campesino ya no sabía qué pensar. Al cabo de un momento de silencio contestó:

—Es la tercera persona que me dice que esto que llevo es una cabra, pero este animal es una vaca.

—¿Cómo dice? Está claro que está ciego o que me toma el pelo —repuso el chico mentiroso— ¡Pero si hasta un niño puede decirle que este animal no es una vaca, sino una cabra. Y por cierto, muy flaca.

—Recuerdo que el animal que estaba atado cerca de la puerta, el que yo traigo aquí, era una vaca. Además, puede ver que este animal tiene la cola larga y las cabras tienen la cola corta —contestó el tonto aldeano.

—Solo dice tonterías —contestó el tunante—. Pero, aun así, le ofrezco cuatro monedas por su cabra.

El pobre hombre, que ya dudaba hasta de sí mismo, vendió el animal por cuatro monedas y regresó a su casa. Mientras, los jóvenes siguieron su camino hacia el mercado.

Al llegar a casa, Petronila se indignó mucho cuando Abundio le entregó las cuatro monedas.

—¡Tonto! ¡Más que tonto y sin remedio! —exclamó colérica—. Te llevaste una vaca que vale, al menos, cincuenta monedas.

—Pero ¿qué podía hacer yo? Tres personas, una después de otra, me aseguraron que llevaba una cabra y…

—¿Tres? —interrumpió la mujer—. Seguro que fueron los mismos que pasaron por aquí y me preguntaron por el camino de la aldea. Habrán vendido nuestra vaca en el mercado y ahora lo estarán celebrando en alguna posada. ¡No perdamos tiempo! Ponte un sombrero grande para que no te reconozcan. Vamos a pagar a esos pícaros con la misma moneda.

Al llegar al mercado, visitaron varias fondas y, tal y como lo había sospechado la mujer, encontraron a los tres estafadores celebrando su triunfo en una de ellas.

La mujer habló con el posadero y le refirió, en pocas palabras, lo que le había pasado a su marido:

—Si nos ayuda —dijo la mujer al posadero, —podremos recobrar nuestro dinero. Mi plan es este: yo le pediré bebida y usted nos servirá. A la hora de pagar, me levantaré, revolveré dentro de mi sombrero y, a continuación, usted sacará de su bolsillo estas monedas que yo le doy ahora y dirá, bien alto, que la cuenta está pagada.

En su mesa, los tres pícaros seguían comiendo y bebiendo alegremente sin prestar atención a nada. Pero cuando Petronila se levantó por tercera vez y revolvió en su sombrero, uno de ellos le preguntó al posadero la causa de tan extraña conducta y este, haciéndose el misterioso, respondió:

—¡Es increíble lo de esa mujer! —respondió—. Tiene un sombrero mágico. Muchas veces había oído hablar de ese sombrero, pero esta es la primera vez que veo tal maravilla con mis propios ojos. Esa señora me pide bebida, se la llevo, revuelve su sombrero y, al momento, en mi bolsillo suena el dinero. Al principio no me parecía posible, pero usted mismo es testigo: los hechos son más seguros que las palabras.

El bribón se reunió con sus camaradas y les refirió la conversación.

—Debemos apoderarnos de ese sombrero a cualquier precio —dijeron los tres al unísono.

Fueron a sentarse con la pareja de campesinos y empezaron a hablar:

—Señora, su sombrero es muy bonito y me gustaría comprarlo. ¿Cuánto vale? —dijo el primero.

La mujer lo miró desdeñosamente y repuso:

—No lo vendo. No es un sombrero cualquiera. ¡Posadero! —gritó con voz firme—, ¡más bebida!

Cuando la bebida fue servida, Petronila se levantó, revolvió su sombrero y el posadero sacó al instante dinero de su bolsillo.

Los tres bribones estaban cada vez más pasmados de asombro y tanto importunaron y rogaron a la mujer, que esta acabó por exclamar:

—¡Está bien! No me molesten más. Les vendo el sombrero por cincuenta monedas.

Esta era la suma exacta que habían obtenido por la venta de la vaca. Muy alegres, entregaron el dinero a Petronila, que tan pronto como lo tuvo en el bolsillo se marchó a su casa del brazo de Abundio.

Los tres bribones también se fueron hacia otra fonda para probar el sombrero. Después de haber pedido varias bebidas, llamaron a la dueña para pagarle. El primero se levantó, revolvió el sombrero, y todos esperaron el efecto. Pero no sucedió nada. La dueña, extrañada por tal conducta, les dijo:

—Estoy esperando a que me paguen.

—Solo tiene que meter la mano en su bolsillo. Ahí está su dinero.

La mujer así lo hizo, pero no encontró nada.

—¡Qué raro! —dijo el segundo joven, un poco alarmado—. Dame el sombrero. Probaré yo.

El joven revolvió dentro del sombrero, a derecha e izquierda. Pero en balde. Los bolsillos de la posadera seguían tan vacíos como antes.

—¡No sabéis hacerlo! —gritó el tercero con impaciencia— Veréis cómo se debe hacer.

Y diciendo esto, revolvió el sombrero despacio y con cuidado. Pero no tuvo más éxito que sus compañeros.

Al fin, comprendieron que los habían engañado. Su indignación fue tanta, que es mejor no repetir lo que dijeron de Petronila.

Esta, entretanto, había llegado a su casa junto a su marido, que más contento que unas pascuas contaba las cincuenta monedas:

—¿Lo ves, Petronila? Ya te lo dije esta mañana: «Mucho tiene que madrugar el que me quiera engañar».

Su mujer prefirió no decirle nada porque era muy juiciosa y sabía que, muchas veces, el silencio es oro.

FIN