Martes de cuento

La Pequeña Hada y las flores

Ilustración: cathydelanssay

«¡¡¡Qué bien que ya llega la primavera!!!», pensó la Pequeña Hada al despertarse una mañana de abril. El cielo lucía limpio, sin nubes, y un coro de pajaritos ensayaba para el concierto primaveral.

Nuestra amiga asomó la cabeza por la ventana para sentir en su carita los rayos del sol, pero le llamó la atención ver a su vecina, una anciana tortuga, rebuscando con su hocico en la tierra de su jardín de una punta a otra; yendo de un lado a otro sin parar.

Como su curiosidad era grande y la tortuga su amiga, no dudó en salir y preguntarle:

—¡Buenos días, señora Tortuga! ¿Está buscando algo? ¿Qué ha perdido? ¿Puedo ayudarla?

—¡Oh, no!, Pequeña Hada. Es que cada primavera, por estas fechas, las flores llenan los parterres de mi jardín y con ellas hago un pastel ¡Son deliciosas! Pero este año aún no han salido. Es raro, ¿No te parece?

—¡Muy raro, muy raro! —exclamó una vocecilla al otro lado de la verja.

Un cervatillo de cola blanca, que tenía su casa junto a la de la señora Tortuga, había escuchado la conversación y se unió a ella.

—¡Yo también espero con ansia que salgan los tiernos brotes y las dulces flores que tanto me gustan! Pero, a pesar del buen tiempo, no hay ni rastro de ellas.

A la Pequeña Hada le pareció que tanto la tortuga como el cervatillo eran unos tragaldabas impacientes que únicamente pensaban en comer. Solo tenían que esperar a que salieran las flores ¿¡Cómo no iban a salir!?

Transcurrieron varios días en los que la señora Tortuga no dejó de rebuscar en el jardín y el cervatillo no paró de recorrer el bosque en busca de flores.

La Pequeña Hada empezó a preocuparse: «¿Será cierto lo que dicen la tortuga y el cervatillo? ¿De verdad esta primavera no traerá flores?».

En estos pensamientos andaba, cuando, toc. toc, toc, llamaron a la puerta:

—¡Abre, Pequeña Hada!

Al abrir, una nube de abejas, precedida por el señor Búho, entró en tropel en su casa:

—¡Bzzzzzzzzzz! ¡Bzzzzzzzz! ¡Bzzzzzzzz! —zumbaban sin parar.

      El Señor Búho tomó la palabra:

—Verás, Pequeña Hada, venimos a verte porque estas pequeñas amigas tienen un problema muuuuuuy grande. Vinieron a mí en busca de consejo y yo, después de escucharlas, he decidido que si alguien las puede ayudar, eres tú.

—Oh, señor Búho, ¡estoy impaciente por escucharos! ¿Cuál es el problema?

Una de las pequeñas abejas explicó, entre zumbidos y sollozos, que se encontraban hambrientas y desesperadas. Como cada año, esperaban la primavera para recolectar el néctar de las flores con el que alimentar a su reina. También planeaban hacer una gran colmena para ella, en la que nacieran cientos de nuevas abejitas. Pero iban pasando los días y no había ni rastro de flores, ¡ninguna! La abeja reina estaba muy débil y era urgente encontrar alimento.

—¡Puaf! Pues es verdad lo que mis vecinos decían ¡Pobres abejitas! ¿Qué habrá pasado con las flores?

La Pequeña Hada, tan dispuesta como siempre, se comprometió a ayudar a las abejas.

—Dígame, señor Búho, ¿qué razón puede haber para que no hayan nacido flores esta primavera? Las abejas las necesitan para alimentarse.

—¡Oh, sí, Pequeña Hada! —habló el búho—. La falta de flores es muy grave, ¡pero no solo para las abejas! Verás, cuando ellas se posan en una flor y extraen el néctar para fabricar la miel, en sus alitas y en sus patas quedan pegadas partículas del polen, ya sabes, ese polvito amarillo que se nos pega a la nariz cuando las olemos. Después, ese polen lo van repartiendo por todo el campo cuando van de flor en flor. De este modo se fecundan las flores de los árboles, las que después darán la fruta que tanto disfrutamos. Total, ¡que si no hay flores, no habrá fruta!

La Pequeña Hada se quedó patidifusa. ¡No pensaba que el asunto fuera tan grave!:

—Señor Búho, es imprescindible encontrar la forma de llenar el campo de flores. Hablaré con el señor Jardinero, una opinión experta nos ayudará.

La Pequeña Hada se encaminó a casa del jardinero, al que encontró examinando con una lupa unos matorrales:

—¡Buenos días, Señor Jardinero! ¿Qué haces?

—Pues ya ves, Pequeña Hada, estoy muy preocupado. Por más que riego y abono las plantas no nacen las flores.

—De eso mismo quería hablarle. Hoy mismo, unas abejas me han explicado lo preocupadas que están también por esta razón ¡Si no hay flores, no tienen comida!

En ese instante, desde el camino llegó un gran alboroto. Un grupo de vecinos parloteaba sin cesar:

—¡Allí está! ¡Allí está! ¡Os dije que iba a ver al jardinero!

El cervatillo, vecino de la Señora Tortuga, encabezaba la comitiva. Lo seguían una iguana y una familia de conejos, todos ellos afectados por la falta de flores. A la cola, iba la pobre tortuga gritando a pleno pulmón:

—¡He, esperadme! ¡Esperadme! ¡Que la he visto yo!, ¡la he visto yo!

El señor Jardinero puso paz en tanto jaleo y les pidió que se explicaran.

El cervatillo tomó la palabra, pues a la tortuga aún le quedaba un buen trecho para llegar a donde estaban todos:

—¡Ya sabemos lo que ha pasado con las flores! Esta mañana, la tortuga salió al bosque, ¿y a que no sabéis a quién se encontró? —No se oía ni una mosca. Todos aguardaban a que el cervatillo continuara— ¡Pues, ni más ni menos, que a la maga Fastidiosa!

—¡Ohhhhhhh! —exclamaron todos.

La Maga Fastidiosa, siempre dispuesta a fastidiar, había estudiado en la misma Academia de Hadas Buenas en la que se diplomó la Pequeña Hada, pero fue expulsada por ser mala estudiante y no utilizar la magia para buenos fines. Entonces, se fue a vivir sola a una casita en la profundidad del bosque y se volvió egoísta y envidiosa. Le daba mucha rabia todo lo que hacía felices a los demás y, de vez en cuando, aparecía para fastidiar a alguien.

En ese momento, llegó la señora Tortuga, agotada de tanto correr, pero deseosa de explicar lo que le había sucedido. Le acercaron una silla y le dieron un vaso de agua. Una vez recuperada les contó:

—Estaba rebuscando flores entre la hierba, cuando escuché una risa burlona detrás de mí. Me giré y allí estaba ella, ¡la maga Fastidiosa!, que soltó una carcajada y me preguntó: «¿Estás buscando flores, vieja tortuga? Ja, ja, ja, ja. Pues que sepas que ni tú ni nadie en Isla Imaginada va a ver una flor esta primavera, ja, ja, ja, ja. Ya estaba harta de tanto abejorro zumbón que no me deja dormir la siesta y de conejos saltando por el campo al amanecer ¡Este año tendréis que ir a otro sitio a buscar flores! Ja, ja, ja, ja, ja». ¡Y eso es todo! Vine a todo correr, ji, ji, ji, es un decir, para explicarte lo que ha pasado. ¡Ay, Pequeña Hada! Tú eres la única que nos puede ayudar con tu buena magia —la pobre tortuga estaba muy angustiada.

De nuevo, hubo un guirigay de voces de todos los allí reunidos: que si hay que tener mal corazón; que si no puede ser que no le gusten las flores; que ¿cómo lo vamos a arreglar?; que qué mala malísima se ha vuelto la maga Fastidiosa…

Hasta que, de nuevo, el jardinero los mandó callar a todos:

—¡¡Silencio!! Dejad hablar a la Pequeña Hada. Dinos, ¿qué podemos hacer?

La Pequeña Hada sabía lo disgustados que se encontraban sus amigos e intentó calmarlos, aunque la solución era harto difícil:

—Mirad, vecinos, por lo que nos cuenta la señora Tortuga, creo que lo qué ha pasado es que la maga Fastidiosa ha lanzado un encantamiento para que las flores no nazcan esta primavera. Lo que hay que hacer es anularlo y las flores brotarán de nuevo.

El jardinero suspiró aliviado:

—Pues vamos ya. ¡No hay que perder tiempo!

—Ay, señor Jardinero, no pienses que es tan fácil. Para poder anular un encantamiento, el mago que lo ha hecho debe estar presente —respondió la hadita—. Yo elaboraré un conjuro, pero necesito un buen plan para lograr que la Maga Fastidiosa esté cerca en el momento en que yo lo recite. ¡Corred la voz!, que todo el mundo se ponga a pensar la manera de engañar a la maga Fastidiosa.

Dicho esto, los dejó a todos parloteando y se fue con paso rápido a su laboratorio.

Como ya sabemos, para elaborar un conjuro, primero hay que consultar el Gran Libro de los Conjuros para Hadas Buenas y después hay que reunir los ingredientes para elaborarlo. Menos mal que tenía cerca el Supermercado Mundo Mágico, ¡allí encontraba de todo!

Tras horas de estudio y consultas pudo, por fin, realizar el conjuro que salvaría la primavera. Pero lo más difícil era conseguir que la maga Fastidiosa estuviera presente cuando lo recitara. ¡A ver si a alguien se le ocurría una buena idea!

Toc, toc, toc, el hada oyó cómo llamaban a la puerta de su casa:

—¡Abre la puerta! ¡Vamos, abre!

De nuevo, en tropel, aparecieron la tortuga, el búho, el cervatillo, las abejas con su ¡bzzzzzzzzz! ¡bzzzzzzzzzz!, el jardinero, la iguana y los conejos pero ahora, además, se habían unido al grupo un niño y una niña:

—¡Oh! ¡Hansel!, ¡Gretel! ¡Cuánto tiempo sin veros! ¡Me alegro de que estéis aquí! —saludó alegre la Pequeña Hada a sus dos amigos, a los que hacía mucho tiempo que no veía.

—Los hemos traído porque han tenido una idea para engañar a la maga Fastidiosa —dijo el jardinero.

Y es que los animalitos habían llevado el encargo que les hizo la Pequeña Hada a todos los rincones de Isla Imaginada. Discretamente, eso sí, para que la maga no lo advirtiera, se hizo una cadena telefónica y adonde no llegó el teléfono, las palomas mensajeras llevaron el recado. De esta manera, fue como los hermanitos Hansel y Gretel propusieron su idea al jardinero y todos corrieron a contársela a la Pequeña Hada.

Tomó la palabra Gretel:

—Mi hermano y yo vivimos en lo profundo del bosque y somos, por desgracia, vecinos de la maga Fastidiosa. Sabemos de sus costumbres y hemos observado que todos los lunes cocina para toda semana. Pone al fuego una gran olla y cuece un potaje repugnante que apesta todo el bosque. Lo deja hervir, por lo menos, dos horas. A Hansel se le ha ocurrido que si logramos echar en la olla algo para que se duerma, será fácil entrar en su casa y así podrás recitar el sortilegio en su presencia sin que se entere.

—Es muy buena idea, Gretel —dijo la tortuga— Pero ¿cómo lograremos echar el bebedizo en la olla?

—Eso será muy fácil, señora Tortuga —tomó la palabra el señor Búho—, solo hay que echar el brebaje dormilón por la chimenea, pues justo debajo es donde la olla se encuentra ¡Yo mismo puedo hacerlo!

El jardinero se ofreció a recolectar las hierbas que la harían dormir, a saber: valeriana, tila y lavanda. La iguana elaboraría una infusión bien concentrada.

Era sábado, así que quedaron para verse dos días después en la entrada del bosque. Allí esperarían Hansel y Gretel para conducirlos hasta la casa de la maga Fastidiosa.

El lunes acudieron puntuales a la cita. Rogaron a las abejas que se quedaran en la linde del bosque esperando, no fuera a ser que su zumbido advirtiera a la maga, y siguieron a Hansel y Gretel, que los guiaron hasta lo más profundo de la floresta. Aunque, para llegar, les hubiera bastado el desagradable olor que salía de la chimenea de la casa. Nadie quiso averiguar qué demonios habría echado la maga en aquella marmita.

Se escondieron tras un gran roble; el jardinero ató al cuello del búho un frasquito con la infusión que habría de hacer dormir a Fastidiosa y a la que la Pequeña Hada añadió un ingrediente secreto para potenciar el efecto dormilón.

El búho alzó el vuelo y posándose en lo más alto de la casa de la maga Fastidiosa, vertió la tisana por el hueco de la chimenea. ¡El pobre casi se ahoga al respirar el olor insoportable! Después, voló rápido hacia donde aguardaban los demás.

Esperaron agazapados a que la maga se tomara un gran plato de su asqueroso brebaje y se quedara dormida para poder entrar y recitar el conjuro, que anularía el que ella había lanzado para dejar sin flores la primavera.

Uno de los conejitos fue el encargado de acercarse a la casa. Si veía a la maga durmiendo, les haría una señal y podrían acercarse.

Efectivamente, cuando el conejito miró por una ventana se volvió hacia ellos y empezó a hacer aspavientos y a dar saltos ¡Era la señal!

Al entrar, vieron a la maga tirada en el suelo cuan larga era y como ellos eran buena gente, la acostaron en su cama y apagaron el fuego.

¡Había llegado el momento de que la Pequeña Hada pasara a la acción! Empuñó su varita mágica, rogó silencio a los presentes y recitó su encantamiento:

Inmediatamente se oyó un silbido ¡Fuuuuuuuuu!, ¡fuuuuuuuu! Los árboles empezaron a moverse con fuerza.

Según les explicó la Pequeña Hada, era el viento mágico que se llevaba el hechizo de la maga Fastidiosa.

Había sido un día de mucho trajín, estaban cansados y había empezado a anochecer. Se despidieron de Hansel y Gretel, que tanto los habían ayudado, y emprendieron el camino de regreso con la esperanza de ver cumplido el encantamiento. ¡Mañana sería otro día! ¡El día en que empezaría la primavera!

Y exactamente eso fue lo que pasó.

Al amanecer, un zumbido incesante invadió Isla Imaginada. Miles de abejas revoloteaban por los campos llenos de colores y aromas ¡El espectáculo era muy hermoso! Las flores habían brotado todas de golpe y cubrían el suelo de campos y jardines cual alfombra multicolor.

La señora Tortuga ya las recolectaba en su jardín para hacer su pastel y el cervatillo andaba por el bosque dándose un atracón de campanillas silvestres. Tanto es así, que al día siguiente tenía un empacho de campeonato y tuvieron que hacerle una jarra de manzanilla.

Una vez más, la Pequeña Hada había resuelto un gran problema que amenazaba con dejar sin alimento a muchos animales. Y qué decir de todos los que disfrutamos admirando en primavera la belleza de las flores ¡El espectáculo más bonito que nos ofrece la naturaleza!

¡Gracias Pequeña Hada! ¡Bienvenida primavera!

FIN

Blancanieve y Rojaflor

Ilustración: Alexander Zick

Una pobre mujer vivía en una choza solitaria. Ante la puerta de su casa crecían dos rosales: uno, de rosas blancas; otro, de rosas rojas. La mujer tenía dos hijas que se parecían a sus dos rosales y les había puesto por nombre Blancanieve y Rojaflor.

Blancanieve era apacible y dulce y Rojaflor movida y nerviosa. A Rojaflor le gustaba correr y saltar por campos y prados, buscar flores y perseguir bichos y Blancanieve prefería estar en casa, junto a su madre, ayudándola en sus quehaceres o leyendo libros. Aunque eran muy diferentes, las dos niñas se querían con locura.

Blancanieve decía:

—Jamás nos separaremos.

Rojaflor contestaba:

—Jamás mientras vivamos.

Y la madre añadía:

—Lo que es de una, de la otra ha de ser.

Con frecuencia salían juntas al bosque, a recoger leña o frutos silvestres. Los animales, que las conocían, nunca les hicieron daño; al contrario, se acercaban confiados a ellas. La liebre comía hojas tiernas de su mano; el ciervo pacía a su lado, la gacela saltaba alegremente a su alrededor y los pájaros, posados en las ramas, les cantaban dulces canciones. Jamás tuvieron percance alguno en la floresta.

Una fría noche de invierno estaban las dos hermanas y la madre en casa, junto a la chimenea, cuando llamaron a la puerta.

—Mira quién es, Rojaflor. Tal vez sea un caminante que busca refugio —dijo la madre.

Rojaflor abrió la puerta y un gran oso pardo asomó su gorda cabezota. La niña gritó y retrocedió de un salto; Blancanieve se escondió bajo la mesa y la madre se quedó helada de espanto.

El oso entonces les dijo:

—No tengáis miedo, no os haré daño. Estoy helado de frío y solo quiero calentarme un poco. He visto que tratáis bien a los animales del bosque, por eso he venido.

—¡Pobre oso! —exclamó la madre—. Échate junto al fuego.

Las niñas también se acercaron y, al poco rato, ya eran sus amigas. Acariciaban su sedoso pelo, apoyaban los pies en su espalda, y le rascaban tras las orejas, como si de un gran perro se tratara. Y si él gruñía, se echaban a reír. El oso se dejaba querer.

Llegó la hora de acostarse y la madre y le dijo al oso:

—Puedes quedarte aquí, así estarás resguardado del frío y del mal tiempo.

Cuando amaneció, las niñas le abrieron la puerta, y el animal se alejó trotando por la nieve y desapareció en el bosque.

A partir de entonces, regresaba todas las noches a la misma hora; se echaba junto al fuego y dejaba que las niñas jugaran con él. Se acostumbraron tanto al oso, que cuando caía la noche, dejaban la puerta entornada para que pudiera entrar.

Al llegar la primavera, el oso le dijo a Blancanieve:

—Ya es primavera, debo marcharme y no volveré en todo el verano.

—¿Adónde vas, querido oso? —preguntó Blancanieve.

—Al bosque. Debo guardar mis tesoros para protegerlos de los malvados enanos. En invierno, cuando la tierra está helada, no pueden salir de sus cuevas ni abrirse camino hasta la superficie, pero ahora que el sol ha deshelado el suelo, suben a robar. Y lo que cae en sus manos y va a parar a sus madrigueras, es difícil que vuelva a ver la luz.

Blancanieve sintió una gran tristeza por la despedida de su amigo, pero le abrió la puerta. El oso se alejó rápidamente y desapareció entre los árboles.
Poco después, la madre envió a las niñas a buscar leña al bosque. Encontraron un gran árbol caído y, cerca del tronco vieron algo que saltaba de un lado a otro, pero sin distinguir de qué se trataba. Cuando se acercaron, descubrieron a un enanito de rostro arrugado y marchito, con una larguísima barba, blanca como la nieve, cuyo extremo se había quedado enganchado en una hendidura del árbol; por eso, el hombrecillo saltaba y saltaba, intentando soltarse.

Al ver a las niñas, clavó en ellas sus ojillos rojos y encendidos y les gritó:

—¿Qué hacéis ahí paradas? ¡Ayudadme!

—¿Qué te ha pasado, enanito? —preguntó Rojaflor.

—¡Tonta y curiosa! —replicó el enano—. Quise partir en trocitos este tronco para cocinar. Los tizones grandes queman la comida y mis platos son pequeños. Yo como mucho menos que vosotras, gente grandota y glotona. Tenía ya la cuña hincada y todo iba a las mil maravillas, pero esta maldita madera es demasiado lisa; la cuña saltó cuando menos lo pensaba y el tronco se cerró y mi hermosa barba quedó aplastada. No hay forma de sacarla. ¡Estoy aprisionado!

Tiraron y tiraron, pero, por más que se esforzaron, las niñas no pudieron desasir la barba.

—Iré a buscar ayuda —dijo Rojaflor.

—¡Bobaliconas! —gruñó el enano con voz gangosa—. ¿Ayuda para qué? A mí me sobra con vosotras dos. ¿No se os ocurre nada mejor?

—No te impacientes —dijo Blancanieve—, se me ocurre algo —Y sacando unas pequeñas tijeras del bolsillo, cortó el extremo de la barba.

Tan pronto como el enano se vio libre, agarró un saco lleno de oro, que había dejado entre las raíces del árbol y, cargándoselo a la espalda, gruñó:

—¡Has cortado un trozo de mi hermosa barba! ¡Qué gentezuela tan torpe!

Y se alejó, sin volverse a mirar a las niñas.

Poco tiempo después, las dos hermanas salieron de pesca y al llegar cerca del río vieron un bicho que avanzaba a saltitos hacia el agua. Parecía un saltamontes y pensaron que quería bañarse pero, al aproximarse, reconocieron al enano de barba blanca.

—¿Adónde vas? —preguntó Rojaflor—. Supongo que no querrás darte un baño en el río. Es peligroso.

—¡No soy tan tonto! —gritó el enano—. ¿Es que no veis que ese maldito pez me arrastra al río?

El caso era que el hombrecillo había estado pescando, pero quiso la mala suerte que una ráfaga de viento enredara el sedal en su barba justo cuando acababa de picar un pez gordo. El enano no tuvo fuerza suficiente para sacarlo, por el contrario, era el pez el que arrastraba al enanillo al agua. El hombrecillo se agarraba a las hierbas y juncos, pero sus esfuerzos no servían de gran cosa.

Las niñas habían llegado muy oportunamente; lo sujetaron e intentaron desenredar la barba, pero en vano: barba e hilo estaban sólidamente enmarañados. No hubo más remedio que acudir nuevamente a las tijeras y cortar otro trocito de barba. Al ver lo que hacían, el enano les gritó:

—¡Estúpidas! ¿No bastaba con haberme despuntado la barba, sino que ahora me cortáis otro trozo?¡Ojalá tuvieseis que echar a correr sin zapatos!

Y, cargando un saco de perlas que yacía entre los juncos, desapareció detrás de una piedra.

Otro día, la madre envió a las dos hermanas a la ciudad a comprar hilo, agujas, cordones y cintas. El camino cruzaba por un erial, en el que se veían, dispersas de trecho en trecho, grandes rocas. De pronto, observaron cómo una gran águila describía amplios círculos sobre sus cabezas, descendiendo cada vez más, hasta que se posó en lo alto de una de las peñas. Inmediatamente, oyeron un penetrante grito de angustia.

Corrieron hacia allí y vieron, con espanto, que el ave había apresado a su viejo conocido, el enano, y se aprestaba a llevárselo. Entre las dos sujetaron con fuerza al hombrecillo y no cejaron hasta que el águila soltó su presa.

Cuando el enano se hubo repuesto del susto, gritó con su voz gangosa:

—¿No podríais tratarme con más cuidado? Me habéis desgarrado la chaqueta, ¡torpes más que torpes!

Y cargando con un saquito de piedras preciosas, se metió en su cueva, entre las rocas.

Las niñas, acostumbradas a su ingratitud, prosiguieron su camino e hicieron sus recados en la ciudad.

De regreso, al pasar de nuevo por el erial, sorprendieron al enano, que había esparcido sobre el suelo las piedras preciosas de su saco. El sol poniente proyectaba sus rayos sobre las brillantes piedras, que refulgían y centelleaban como soles; y sus colores eran tan vivos, que las pequeñas se quedaron boquiabiertas, contemplándolas.

—¿Por qué os paráis? ¿Qué estáis mirando con esa cara de lelas? —gritó el enano; y su rostro ceniciento se volvió rojo de ira.

Se disponía a seguir con sus improperios cuando se oyó un fuerte gruñido proveniente del bosque y apareció un gran oso. Aterrorizado, el hombrecillo trató de emprender la fuga; pero el oso le dio alcance antes de que pudiera cobijarse en su escondrijo.

Entonces se puso a suplicar, angustiado:

—Perdóname la vida y te daré mi tesoro. ¿De qué te serviría comerte a una criatura tan pequeña y flacucha como yo? Mejor es que te comas a esas dos; ellas sí serán un buen bocado. Cómetelas y buen provecho te hagan.

El oso, sin hacer caso de sus palabras, se tragó al malvado hombrecillo de un solo bocado.

Las muchachas habían echado a correr; pero el oso las llamó:

—¡Blancanieve, Rojaflor!, no temáis; esperadme, que voy con vosotras.

Ellas reconocieron entonces su voz y se detuvieron.

Cuando el oso las hubo alcanzado, su espesa piel cayó al suelo y quedó transformado en un hermoso joven:

—Soy un príncipe —contó—, pero ese malvado enano me había encantado, Como no pudo robarme mis tesoros, me condenó a errar por el bosque en figura de oso salvaje. Solo su muerte podía liberarme de su hechizo.

Blancanieve se casó con el príncipe y Rojaflor, con su hermano. Entre los cuatro se repartieron las inmensas riquezas que el enano había acumulado durante siglos en su cueva.

La anciana madre vivió aún muchos años tranquila y feliz, al lado de sus hijas en el palacio. Con ella se llevó los dos rosales que, plantados delante de su ventana, siguieron dando todos los años sus hermosísimas rosas, blancas y rojas.

FIN

Los campeones de salto

Ilustración: Hans Tegner

La pulga, el saltamontes y el huesecillo saltarín apostaron una vez a ver quién saltaba más alto, e invitaron a cuantos quisieran presenciar aquel campeonato. Hay que convenir que se trataba de tres grandes saltadores.

—¡Daré mi hija al que salte más alto! —dijo el Rey—, pues sería muy triste que los competidores tuviesen que saltar de balde.

Se presentó primero la pulga. Era bien educada y empezó saludando a diestro y a siniestro, pues por sus venas corría sangre de señorita y estaba acostumbrada a no alternar más que con personas, y esto siempre se nota.

Vino en segundo término el saltamontes. Sin duda era bastante más pesadote que la pulga, pero sus maneras eran también irreprochables; vestía el uniforme verde con el que había nacido. Afirmó, además, que tenía en Egipto una familia de abolengo, y que era muy estimado en el país. Lo habían cazado en el campo y metido en una casa de cartulina de tres pisos, hecha de naipes de color, con las estampas por dentro. Las puertas y ventanas habían sido cortadas en el cuerpo de la dama de corazones.

—Sé cantar tan bien —dijo—, que dieciséis grillos indígenas que vienen cantando desde su infancia —a pesar de lo cual no han logrado aún tener una casa de naipes—, se han pasmado tanto al oírme, que se han vuelto aún más delgados de lo que eran antes.

Como se ve, tanto la pulga como el saltamontes se presentaron en toda forma, dando cuenta de quiénes eran y manifestando que esperaban casarse con la princesa.

El huesecillo saltarín no dijo esta boca es mía; pero se rumoreaba que era de tanto pensar. El perro de la Corte solo tuvo que husmearlo, para atestiguar que venía de buena familia. El viejo consejero, que había recibido tres condecoraciones por su mutismo, aseguró que el huesecillo poseía el don de la profecía; por su dorso podía vaticinarse si el invierno sería suave o riguroso, cosa que no puede leerse en la espalda del que escribe el calendario.

—De momento, yo no digo nada —manifestó el viejo Rey—. Me quedo a ver venir y guardo mi opinión para el instante oportuno.

Había llegado la hora de saltar. La pulga saltó tan alto, que nadie pudo verla, y los demás sostuvieron que no había saltado, lo cual estuvo muy mal.

El saltamontes llegó a la mitad de la altura alcanzada por la pulga, pero como casi dio en la cara del Rey, éste dijo que era un asco.

El huesecillo permaneció largo rato callado, reflexionando; al fin ya pensaban los espectadores que no sabía saltar.

—¡Mientras no se haya mareado! —dijo el perro, volviendo a husmearlo. ¡Rutch!, el hueso pegó un brinco de lado y fue a parar al regazo de la princesa, que estaba sentada en un escabel de oro.

Entonces dijo el Rey:

—El salto más alto es el que alcanza a mi hija, pues ahí está la finura; mas para ello hay que tener cabeza, y el huesecillo ha demostrado que la tiene. A eso llamo yo talento.

Y le fue otorgada la mano de la princesa.

—¡Pero si fui yo quien saltó más alto! —protestó la pulga—. ¡Bah, qué importa! ¡Que se quede con el hueso! Yo salté más alto que los otros, pero en este mundo hay que ser corpulento, además, para que nos vean.

Y se marchó a alistarse en el ejército de un país extranjero, donde perdió la vida, según dicen.

El saltamontes se instaló en el ribazo y se puso a reflexionar sobre las cosas del mundo; y dijo a su vez:

—¡Hay que ser corpulento, hay que ser corpulento!

Luego entonó su triste canción, por la cual conocemos esta historia. Sin embargo, yo no la tengo por segura del todo, aunque la hayan puesto en letras de molde.

FIN

La Pequeña Hada y el rey malvado

Ilustración: imaginism

Como todos los años, los habitantes de Isla Imaginada —también nuestra Pequeña Hada— esperaban con ilusión la llegada de la primavera. Veían asomar en los árboles hojitas nuevas y eso significaba que los días se alargarían y podrían olvidar el frío del invierno. Saldrían de sus casas a disfrutar de parques, caminos y jardines, harían barbacoas y organizarían meriendas.

Lo que no se imaginaban era que esa primavera iba a ser muy diferente de las otras. A Isla Imaginada estaban llegando novedades alarmantes…

Del exterior llegaban noticias que decían que un rey muy ambicioso y malvado, el rey Coronavirus, al frente de un ejército de soldados igual de malasombras que él, se estaba apoderando de lejanos países y dejaba a su paso una estela de aburrimiento y fastidio.

Como el rey Coronavirus odiaba la fantasía y los cuentos, en los territorios que conquistaba no quería ni oír hablar de historias mágicas ni de relatos encantadores y prohibía terminantemente que nadie, escribiera, leyera o ni siquiera mirara ilustraciones. Mandaba quemar en una hoguera gigante todos los cuentos que sus soldados hallaban en las casas, que eran registradas una por una.

Los vecinos de la Pequeña Hada, al conocer las noticias, quedaron asombrados y preocupados en igual medida y organizaron una reunión urgente en casa de la hadita.

Todos se preguntaban lo mismo:

—¿Qué pasará si el malvado rey Coronavirus llega a nuestra isla?

El pobre oso Miedoso estaba muy preocupado, era muy grandote pero la valentía no era su mejor cualidad:

—Pequeña Hada , ay, ay, ay, estoy muy asustado ¿Qué vamos a hacer? ay, ay, ay…

—Si, Pequeña Hada. Si desaparecen los cuentos, ¿qué será de nosotros?

Preguntó la tortuga Maripili, que vivía en el jardín de Doña Lupe, la modista encargada de vestir a los protagonistas de los cuentos.

—Queridos vecinos —habló la Pequeña Hada—, estoy tan preocupada como vosotros y creo que lo mejor que podemos hacer es tranquilizarnos. Aún no sabemos si el rey Coronavirus se dirige a nuestra isla. Tenemos que informarnos. Hablaremos con la señora alcaldesa, puede que ella sepa algo más.

Así lo hicieron, fueron en tropel al Ayuntamiento y encontraron a la señora alcaldesa, que era la mamá de Caperucita, reunida con las autoridades y con los personajes más sobresalientes de Isla Imaginada.

Allí estaban la doctora Topo, el boticario Jacinto, un pavo real realmente presumido pero muy estudiado. También doña Jirafa, maestra de escuela, el pájaro Carpintero, el lagarto Genaro, que era el guardia de tráfico y el señor Martín, director de La voz de la Isla, el periódico local, un gran conocedor del mundo y sus alrededores.

—¡Oh!, Pequeña Hada —saludó la señora alcaldesa—, ahora mismo hablábamos de ti. Íbamos a mandar a buscarte, quizás necesitemos de tu ayuda y consejo en estos momentos tan difíciles.

La señora alcaldesa puso al corriente a los vecinos de las últimas noticias recibidas:

—Queridos vecinos, los informes no son nada buenos. Nos llegan noticias de que las huestes del malvado rey Coronavirus ya avanzan hacia nuestra isla. Debemos prepararnos y trazar un plan de resistencia.

—Señora alcaldesa —contestó la Pequeña Hada—, estoy segura de que, entre todos, encontraremos una solución. Pero, de momento, se me ocurre que nadie se mueva de su casa. Si por casualidad el rey Coronavirus mandara una avanzadilla, ha de ver las calles vacías. No puede saber que aquí viven los personajes de todos los cuentos ¡Eso sería fatal!

La señora alcaldesa estuvo de acuerdo y rápidamente se pusieron en marcha.

El lagarto Genaro subió a su coche patrulla para recorrer toda la isla y avisar a los vecinos. Megáfono en mano, leía el bando redactado por el señor Martín que explicaba las medidas a tomar de inmediato:

Queridos vecinos, en nombre de la señora alcaldesa, hago llegar este bando de obligado cumplimiento a todos habitantes de Isla Imaginada.

Ante las serias amenazas de invasión por parte del malvado rey Coronavirus, instamos a toda la población a quedarse en su casa, cueva, guarida o nido hasta nuevo aviso. Solo se permite salir para comprar comida y medicamentos.

Todos en Isla Imaginada se aprovisionaron de alimentos y se resguardaron en sus hogares a buen recaudo, conscientes del peligro que suponía ser conquistados por el rey Coronavirus, alérgico a los cuentos, del que se decía que cuando olía, veía o escuchaba una historia fantástica le subía desde los pies hasta la punta del pelo un picor insoportable, tenía ataques de tos y un dolor de cabeza de campeonato.

La vida en Isla Imaginada cambió.

Los pequeños de la casa no acudían al colegio, pero no por eso dejaron de trabajar. Con la ayuda de sus papás hacían tareas escolares, dibujaban y hacían multitud de trabajos manuales, además de dedicar tiempo a la lectura. Rescataron de los desvanes juegos olvidados y se inventaron otros nuevos.

Las cocinas de Isla Imaginada se llenaron de olores dulces de canela, vainilla y caramelo porque, para entretenerse, la mayoría se puso a cocinar dulces y pasteles.

Naturalmente, el confinamiento era únicamente una medida temporal, había que buscar la manera de que el rey Coronavirus no llegara nunca a Isla Imaginada, y si lo hacía, que saliera corriendo de ella.

Los habitantes de la isla no dejaban de pensar y pensar, y dar vueltas y vueltas a la cabeza para hallar una solución ¡Había que encontrarla!

Nuestra amiga, La Pequeña Hada, hacía lo propio. Ya sabemos que, además de inquieta y curiosa, su mayor satisfacción es ayudar a los demás y en esas cavilaciones estaba:

—A ver, si el rey Coronavirus odia los cuentos quiere decir que su mayor enemigo son los cuentos. Entonces, si el rey Coronavirus es nuestro enemigo, pero su enemigo son los cuentos… ¡los cuentos son nuestros amigos! ¡Ya está! ¡Hemos de utilizar los cuentos para alejarlo para siempre de aquí!

Corre que corre, fue a buscar su teléfono y llamó a la señora alcaldesa para exponerle su idea:

—Pero, Pequeña Hada ¿Cómo vamos a utilizar los cuentos como arma? ¡No entiendo nada!

—Si, Señora Alcaldesa, pondremos a todos los niños y cachorros de Isla Imaginada a inventar nuevos cuentos, porque pudiera ser que el rey Coronavirus estuviera vacunado contra los que ya son famosos. Pueden ser cuentos largos, cortos, tristes, alegres, de animales, del futuro o del pasado. No importa, basta con que sean historias fantásticas. Inundaremos Isla Imaginada de cuentos y eso ahuyentará a ese rey malvado.

La señora alcaldesa estaba estupefacta, no se le hubiera ocurrido esa solución ni en mil años. Pero confiaba en el instinto de la Pequeña Hada, ¡por algo era licenciada en la Academia de Hadas Buenas!

Ipso facto, el viento del norte extendió la noticia por Isla Imaginada y los pequeños habitantes del lugar se pusieron a escribir cuentos.

Unos eran bonitos y otros aburridos, pero, lo más importante, es que todos fueron escritos con mucho empeño. Los más chiquitines, que no sabían escribir, hicieron dibujos muy bonitos para ilustrarlos y las casas se llenaron de miles de páginas fantásticas.

Una brigada, encabezada por el Príncipe Valiente y Juan sin Miedo, fue la encargada de empapelar las calles con los cuentos.

Se ataron cuerdas de balcón a balcón y colgaron los cuentos como una colada multicolor. En las puertas y ventanas de cada casa, clavaron uno o dos, por si acaso, a modo de escudo. Visto desde el aire, el panorama era precioso. ¡No se había visto nunca un país tan engalanado!

Una vez terminada la tarea, se encerraron en sus casas a esperar el desembarco del ejército del rey Coronavirus.

El encargado de vigilar el puerto desde el campanario, como si fuera el palo mayor de su barco, fue el Capitán Garfio. No hubo que esperar mucho; al tercer día, dio la voz de alarma y los vientos se encargaron de difundirla por la isla entera.

—¡Vecinos! ¡Alarma! ¡Ya está aquí el enemigo! ¡Que nadie salga de su casa, ni siquiera se asome a las ventanas! ¡Todos escondidos debajo de las camas!

La Pequeña Hada, nerviosa y un poquito asustada agarró muy fuerte su varita mágica, y asomándola por un resquicio de su ventana la agitó recitando el encantamiento:

Estrellas brillantes, luna preciosa

haced que mi varita sea maravillosa.

Que los cuentos ahuyenten al rey malvado,

¡que sea por siempre de aquí desterrado!

De repente, un ruido espantoso se extendió por toda la Isla, decenas de caballos y camellos surgieron de los barcos que habían llegado al puerto y, montados en ellos, jinetes malcarados se acercaban. Al frente de todos ellos, a lomos de un imponente elefante, desembarcó el rey Coronavirus. En el mismo instante en que pisó Isla Imaginada, el malvado monarca comenzó a estornudar:

—¡Achís! ¡Achís! ¡Achís! ¿Qué picor insoportable es este? -¡Agg! ¡Demonios! ¿Qué son tantos papeles de colores por todas partes? ¡Mi cabeza! ¡Me duele! ¡Y me pica todo!

Un general de su ejército, que andaba cerca, contestó:

—Majestad ¡Son miles de cuentos! ¡Han llenado la isla de cuentos! ¡Que astucia tan grande! ¡Pardiez!

Los soldados, que seguían al rey Coronavirus, comenzaron igualmente a estornudar y a quejarse:

—¡Ay! ¡Ay! ¡Me pica todo! ¡Me va a estallar la cabeza!

Y es que la alergia del rey se había contagiado a todo su ejército. Hasta los caballos y camellos comenzaron la estornudar, y cuando lo hizo el elefante sobre el que cabalgaba el rey Coronavirus, el estruendo fue atronador. El rey salió disparado por los aires y aterrizó de culo en la calle. Se puso de pie de un salto y poniendo las manos en sus posaderas, comenzó a correr de vuelta hacia las naves seguido por su ejército, todos rascándose y estornudando sin parar. ¡Vaya espectáculo!

El Capitán Garfio, desde su atalaya, los vio embarcar y, avante toda, contempló como los barcos se alejaban mar adentro.

—¡Vecinos! ¡Salid! ¡Se han marchado! ¡Han huido!

Todos salieron de sus refugios y rompieron en un aplauso conjunto que resonó más allá de la isla. Sabían que nunca más el rey Coronavirus se atrevería a volver por allí.

Nuestra Pequeña Hada bailaba de contento; su idea había unido a todos los pequeños habitantes de Isla Imaginada con un solo fin: escribir y pintar cuentos. Se demostró que la unión hace la fuerza y que no hay que despreciar a los más pequeños, que se comportaron como auténticos héroes, porque ellos son la esperanza y el futuro de la humanidad.

Puede que todos tengamos una pequeña varita guardada para casos especiales como este. Usémosla en la medida que nuestra magia nos lo permita, porque no hay ayuda pequeña cuando se trata de vencer al malvado rey Coronavirus.

FIN

El tesoro perdido

Ilustración: silverwyn

El sol poniente se hundía en los picos de las nevadas montañas, que se tornaban rojos como ascuas de fuego. En las calles de Lhasa, los niños hacían volar cometas de brillantes colores sujetas a hilos espolvoreados con purpurina. Los pequeños corrían y brincaban entrelazándose, mientras reían alborotadamente tratando de cortarse mutuamente los hilos que sujetaban sus cometas. Un pequeño, de unos ocho años, se sentó junto a su tío, un monje vestido con hábitos de color naranja que observaba la cometa del niño elevarse cada vez más alto en el cielo, sostenida por el viento. Volaba tan arriba, que parecía que no se movía. Sin dejar de mirar su cometa, el niño pidió:

—Tío, cuéntame un cuento.

El monje sonrió y empezó su relato:

«Un padre le dijo a su hijo —empezó el monje—: «Voy a morir pronto, hijo mío. Llévate el oro que tengo a tu casa. Es tuyo. Pero no se lo digas a nadie. El dinero no tiene amigos». El padre confiaba en que su hijo, Tathagata, tendría presente su consejo y comprendería cómo suelen funcionar las cosas en el mundo.

Pero Tathagata tenía un gran amigo, de nombre Theravāda. Habían ido juntos a la escuela de niños y al salir del colegio por la tarde, habían jugado a todos los juegos juntos. Theravāda vivía en una la aldea cercana con su mujer y sus dos hijos pequeños.

Un día, Tathagata decidió salir de peregrinaje para visitar el monasterio santo y pensó: “¿Qué haré con el oro? ¿Dónde lo guardaré? Cuando mi padre estaba vivo, me dijo que no me fiara de nadie”. Sin embargo, al pensar en su amigo Theravāda, no pudo admitir que estas palabras debieran aplicarse también a él. No a Theravāda. Así pues, llevó sus dos bolsas de pepitas de oro a casa de su amigo y le dijo:

—Theravāda, amigo, por favor, guárdame este oro mientras esté fuera. Es el oro que mi padre me entregó al morir.

Theravāda dijo:

—Naturalmente, Tathagata, amigo. Guardaré tu oro con mucho cuidado. Cuando vuelvas de tu peregrinaje, aquí lo encontrarás. No tienes por qué preocuparte. Tú y yo somos buenos amigos.

»Así —continuó el monje—, pasó un año y Tathagata volvió de su viaje. Fue a casa de Theravāda y le pidió a su amigo:

—¿Puedes devolverme mi oro, Theravāda?

—¡Oh, Tathagata, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, el oro se ha convertido en arena! —contestó Theravāda, mirando a su amigo con cara de estar muy apenado.

Pero Tathagata, mientras su amigo le contaba este singular acontecimiento, no pareció sorprendido. Después de unos minutos de silencio, repuso:

—Está bien, Theravāda, no te preocupes; hiciste todo lo que pudiste para vigilar mi oro. Eres un buen amigo.

Los dos hombres comieron juntos y pareció como si la pérdida del oro hubiera sido olvidada por completo.

Al cabo de un año, Theravāda le dijo a su amigo Tathagata:

—Amigo, quisiera ir de peregrinaje al monasterio santo, ¿podrías cuidar de mis hijos durante mi ausencia?

Tathagata aceptó de buen grado:

—Claro que sí, Theravāda, me gustará cuidar de tus hijos durante unos meses, ya que no tengo familia propia. Les daré buena comida y buena ropa. Serán muy felices en mi casa.

—¡Gracias, Tathagata! —dijo Theravāda, que pensó—: “Aunque ha perdido todo su oro por mi culpa, quiere cuidar de mis hijos. Ciertamente, es muy buena persona y un gran amigo”.

Tathagata se llevó a los niños a su casa y los cuidó muy bien, pero compró dos monitos a los cuales les puso los nombres de los niños. Durante el año que siguió, adiestró a los monos para que cuando él llamase “¡Dharma, ven aquí!”, el mono mayor corriera hacia él, y que cuando llamase “¡Karma, ven aquí!”, el mono más joven acudiera a su llamada. Los monos entendieron muy bien lo que se esperaba de ellos y aprendieron muy rápido.

Cuando Theravāda regresó, fue a ver a sus hijos. Tathagata mostró un triste semblante a su amigo:

—¡Oh, Theravāda, lo siento muchísimo!, ¡Qué desgracia, qué desgracia! ¡Durante tu ausencia, tus hijos se han convertido en monos!

Theravāda no sabía qué pensar y llamó a sus hijos por sus nombres. Al instante, aparecieron los dos monitos y corrieron hacia él. Cogieron de la mano a Theravāda y bailaron a su alrededor como si fuesen chiquillos. Theravāda quedó muy apenado y preguntó a su amigo:

—¡Ay!, Tathagata, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo podemos hacer que estos monos se conviertan de nuevo en mis hijos?´

Tathagata pensó durante unos instantes y luego le dijo a su amigo:

—No creo que sea difícil, pero, para conseguir eso, necesitaremos oro.

—¿Cuánto oro bastaría? —preguntó Theravāda.

—Yo creo que, por lo menos, dos bolsas de pepitas de oro.

—Tan pronto como pueda traeré las bolsas de oro —dijo Theravāda, que salió corriendo hacia su casa.

Al cabo de un rato, volvió con las bolsas de Tathagata y se las entregó a su verdadero dueño. Tathagata las tomó y le dijo a Theravāda que esperase mientras él subía al piso de arriba. Pasados unos minutos, volvió a bajar.

—Mira, Theravāda, ¡lo hemos conseguido! El oro ha transformado los dos monos en seres humanos. Aquí tienes a tus hijos.

Theravāda estuvo encantado de recobrar a sus hijos, pero miró con enfado a Tathagata. Sin embargo, el ceño fruncido se convirtió en sonrisa y, acto seguido, los dos amigos rompieron a reír”.

Cuando terminó de contar esta historia, el propio monje rompió a reír al ver cómo el hilo de la cometa de su sobrino había sido cortado mientras él escuchaba con atención el relato. Ambos contemplaron la cometa flotar sobre el valle de Lhasa, alejándose hacia los dorados tejados del Potala, el monasterio santo.

FIN

¿Por qué se rio el pez?

Ilustración: clvago

Hace mucho, mucho tiempo una Rani salió a pasear por los jardines de su palacio y al pasar cerca de uno de los estanques un pescado saltó del agua, mostrando su plateado vientre.

—¡Qué pez más hermoso! ¿Será macho o hembra? —se preguntó la Rani.

Al oír aquello, el pescado soltó una ruidosa carcajada y se sumergió de nuevo en las aguas del lago.

La Rani, furiosa porque el pez se había burlado de ella, se encerró en palacio. El Rajá al verla tan enfurecida, le preguntó qué le ocurría.

—¿Estás enferma?

—No, lo que estoy es muy disgustada. He salido a pasear por los jardines y he visto un pez saltar en uno de los estanques y al preguntarme si sería macho o hembra, el pez ha soltado una carcajada.

—¿Que un pez se ha reído? —preguntó asombradísimo el Rajá—. ¡Eso es imposible!

—Yo solo digo lo que he visto con mis propios ojos y escuchado con mis propios oídos.

—Es muy extraño. Haré averiguaciones.

El Rajá le contó al Gran Visir lo que le había ocurrido a su esposa y le ordenó que investigase hasta descubrir la verdad de todo ello. Si no lo conseguía antes de seis meses, sería desterrado para siempre.

El Visir prometió hacerlo, aunque se daba por vencido antes de empezar. Tras cinco meses de intensas investigaciones, no consiguió que nadie le explicara el motivo de la risa del pez, ni los más sabios podían hallar solución a aquel enigma, así que lo preparó todo para su definitiva partida. Le dijo a su hijo que se marchase a recorrer mundo y que no volviera hasta pasado un tiempo, cuando el Rajá hubiera olvidado aquel asunto.

El joven se despidió de su padre un mes antes de que terminase el plazo dado por el soberano; se marchó sin rumbo fijo, confiando en que el destino guiaría sus pasos.

Al cabo de unos días de marcha, se encontró con un anciano campesino que regresaba a su casa y como le pareció una buena persona, le preguntó si podía acompañarlo. El campesino aceptó la propuesta y los dos se pusieron en marcha.

Al cabo de un rato, el joven dijo al viejo:

—Creo que si, de vez en cuando, vamos contando el viaje será más distraído.

«¡Este chico está loco!», pensó el campesino sin contestar.

Poco después, pasaron junto a un campo de trigo, a punto de ser segado, y el hijo del Visir, pensativo, preguntó al campesino:

—¿Estará comido o no ese trigo?

Como no sabía qué contestar, el campesino se limitó a decir que no tenía ni idea.

Pasaron las horas y los dos viajeros llegaron a un espeso bosque. El joven sacó un afilado cuchillo y entregándoselo al campesino, le dijo:

—Amigo, ve y adquiere con esto dos hermosos vehículos, pero no olvides devolvérmelo, pues lo aprecio mucho.

Entre enfadado y divertido, el anciano rechazó el cuchillo, y preguntó a su compañero si estaba loco o trataba de parecerlo, ya que en medio de aquel bosque era imposible comprar nada.

El hijo del Visir hizo como si no oyera las palabras del campesino y continuaron ambos el camino. Al poco rato, entraron en la ciudad al final de la cual vivía el anciano.

Al cruzar el mercado, que se hallaba muy concurrido, todo el mundo miraba a los cansados viajeros, pero nadie fue capaz de ofrecerles agua ni los invitó a descansar.

—¡Qué cementerio más enorme! —exclamó el joven.

«¿Por qué llamará cementerio a un lugar tan lleno de vida?», se preguntó el campesino. «¡Está claro que está loco!», pensó el viejo. «Lo siguiente será llamar agua a la tierra y tierra al agua. O sombra a la luz y luz a la sombra».

Al poco, llegaron a un río que era necesario vadear para llegar a casa del campesino. El anciano se quitó los zapatos y cruzó tambaleándose. El joven, sin quitarse los zapatos, se metió en el agua.

«¡En mi vida había visto a un loco más loco!», se dijo el campesino.

Sin embargo, como el joven le era simpático, pensó que sería divertido presentárselo a su esposa y a su hija y le dijo que podía quedarse en su casa todo el tiempo que quisiera.

—Muchas gracias —contestó el hijo del Visir—. Pero antes de aceptar tu invitación, quisiera saber si los cimientos de tu casa son lo bastante fuertes.

El campesino levantó las manos al cielo y entró en su casa riendo a carcajadas.

—He traído a un chico que está loco de remate —­explicó a su mujer y a su hija, que habían salido a recibirlo—. Fijaos cómo estará, que antes de aceptar nuestra hospitalidad me ha preguntado si los cimientos de esta casa son lo bastante sólidos.

—Padre, ese hombre no está loco —dijo la hija, que era una muchacha muy lista— Si te ha preguntado eso ha sido para saber si tu fortuna te permitía tener un huésped sin que eso te cause un perjuicio.

—¡Comprendo! —exclamó asombrado el campesino—. Tal vez puedas ayudarme a descifrar otros enigmas. Al principio de nuestro viaje, me dijo que si contábamos de vez en cuando, el camino sería más divertido.

—Sencillo —contestó la joven—. Lo que tu compañero quería decir es que si os hubieseis contado historias, el camino se habría hecho más llevadero.

— ¡Tienes razón! ¿Puedes descifrar este otro enigma?: al pasar junto a un campo de trigo, me preguntó si el grano estaría ya comido o no.

—¿Y no comprendiste lo que quería decir? Es muy sencillo, si el propietario de aquel campo debía dinero, el producto de la venta del trigo serviría para pagar a los acreedores, lo cual sería lo mismo que si el trigo ya estuviera comido.

—¡Maravilloso! Te voy a contar otro. Atravesando un bosque, me entregó su cuchillo y me encargó que adquiriese dos buenos vehículos, pero advirtiéndome de que le devolviera el cuchillo.

—¿No son dos buenos palos un vehículo excelente cuando caminas? Al darte el cuchillo, te indicó que cortases dos ramas, pero que fueses con cuidado con su cuchillo.

—¡Magnífico! A ver si me aclaras esto también: ¡mi compañero llamó cementerio a la ciudad!

—Padre, esto también es sencillo. He visto que has llegado sediento, cansado y lleno de polvo y eso quiere decir que, aunque hoy es día de mercado, nadie os ha ofrecido ayuda. En una ciudad donde no hay hospitalidad, la gente está peor que muerta. Aunque estaba llena de seres vivos, para vosotros fue peor que un cementerio.

—¡Es verdad! —exclamó el asombrado campesino—. Te voy a contar lo último que hizo. Cuando llegamos al río, en vez de quitarse los zapatos cruzó el agua con ellos.

—Admiro su sabiduría —replicó la joven—. Muchas veces me he preguntado por qué la gente es tan tonta y se quita los zapatos y cruza descalza la corriente. El fondo está lleno de agudos guijarros y a causa del dolor producido al pisar las piedras, he visto que algunos que cruzaban el río caían dentro de él y por no mojarse los zapatos, se mojaban el cuerpo entero. Ese amigo tuyo es un hombre sabio. Me gustaría hablar con él.

—Enviaré a alguien a buscarlo.

Dicho esto, llamaron a un criado y la joven lo envió al visitante con un obsequio, compuesto de una taza de miel, doce pasteles, una jarra llena de leche y el siguiente mensaje:

«Los cimientos son fuertes. La luna está llena; doce meses son un año; el mar rebosa agua».

Por el camino, el criado se comió parte de los dulces que llevaba. Cuando encontró al joven, le dio lo que quedaba del regalo y el mensaje. El hijo del Visir lo aceptó, diciendo:

—Vuelve a casa y dile a tu ama que la luna está menguante, que un año tiene ocho meses y que la marea ha bajado.

El criado volvió junto a su ama para comunicar el extraño mensaje y ella se enfadó mucho al comprender que se había comido parte del regalo.

El hijo del Visir fue recibido en la casa con todas las atenciones y al fin de la magnífica comida que le sirvieron, contó la historia del pescado que se había reído.

—¡La risa del pez significa que en el palacio hay un hombre disfrazado de mujer que quiere matar al Rajá! —dijo la hija del campesino.

—¡Debemos volver corriendo a mi país y contarle a mi padre eso que me has dicho!

Sin perder ni un instante, el joven partió acompañado de la muchacha y, al llegar a su casa, contaron al Visir el motivo de la misteriosa risa del pez.

El pobre hombre, muerto de miedo, corrió enseguida a las habitaciones del Rajá, a quien repitió lo que le habían dicho.

—¡Eso es imposible! —exclamó el monarca.

—Es la pura verdad. Y para demostraros que no miento, haremos una prueba. Servíos llamar a todas las mujeres de palacio y haced que salten el ancho de esa alfombra. Pronto descubriremos si hay un hombre entre ellas.

Así se hizo y de todas las mujeres, solo una consiguió saltar por encima de la alfombra. Aquella resultó ser un hombre, que al momento fue detenido por los soldados del Rajá y encerrado en prisión.

Y así quedó satisfecha la Rani, contento el Rajá y el Gran Visir con su puesto.

En cuanto a su hijo, al poco tiempo se casó con la inteligente hija del campesino, y dicen las crónicas que fueron el matrimonio más feliz de aquel reino.

FIN

El caracol generoso (o ¿por qué hay caracoles y babosas?)

Ilustración: DavidLazzuri

¿Os habéis preguntado cómo es que hay caracoles sin concha? De hecho, los caracoles sin caparazón se llaman babosas y la historia de las babosas es bastante curiosa. Todo comenzó hace muchos años…

Cuando los sueños eran reales y lo imposible no existía, había un pequeño caracol que vivía feliz y contento en su prado. Este caracol tenía todo lo que necesitaba en el interior de su concha, dentro de su casa. Allí guardaba todo lo que iba encontrando por el campo. Cualquier objeto que algún animal olvidaba, cualquier cosa que alguna persona desechaba los recogía el caracol y los guardaba en su casa.

El caracol era feliz; su vida transcurría tranquila junto a sus vecinos, pero un día decidió que necesitaba más. El mundo era enorme y seguro que estaba lleno de objetos perdidos o abandonados que él podría recoger y guardar en su casa. Así que cargó todas sus cosas y partió de viaje.

Anda que andarás, se encontró con una anciana sentada junto a un pozo. La pobre viejecita lloraba desconsoladamente.

El caracol se acercó:

—¿Qué le pasa buena mujer? —le preguntó.

—Necesito sacar agua del pozo para cocinar y beber, pero el cubo es más viejo que yo y está agujereado, ya no me sirve, y yo soy demasiado pobre para poder comprar uno nuevo.

—Yo tengo un cubo en mi casa…, pero es mío. Me lo encontré un día paseando por mi prado.

—¿Y no podrías dármelo? Tú no lo necesitas y, como puedes ver, yo sin cubo no sobreviviré muchos días.

El caracol entró en su caparazón y salió con un cubo nuevo y dándoselo a la viejecita le dijo:

—Tome, buena mujer, a usted le será de más utilidad. Seguro que durante mi viaje encontraré otro aún más bonito.

El caracol continuó su viaje y pasados unos días se encontró con un búho que a pesar de ser de día estaba bien despierto. El caracol lo miró y le preguntó:

—¿Qué haces despierto a estas horas, sabio búho? ¿No deberías estar durmiendo?

—¡¿Cómo quieres que duerma?! El mundo es muy grande y está lleno de sabiduría que yo ignoro. ¡No puedo dormir sin poseer todo ese conocimiento o no seré el más sabio del bosque!

El caracol entró en su casa y sacó un libro, y luego otro, y otro y otro más hasta un total de veintitrés.

—Esto es una enciclopedia. Aquí hay recogido todo el conocimiento del mundo. Con esto no te hará falta estar despierto toda la noche. Yo ya hace tiempo que me la leí, así que ya no la necesito. Además, seguramente está anticuada y durante mi viaje encontraré una de más moderna.

Después de que el búho le agradeciera aquel regalo, el caracol prosiguió su viaje.

A medida que caminaba iba encontrando más personas y animales que necesitaban cosas. Una vez se encontró con unos niños que querían una pelota para jugar al fútbol y él les regaló la suya. En otra ocasión, se topó con un lobo que estaba enamorado de la luna y el caracol le regaló su telescopio para que pudiera contemplarla mejor.

Así, el caracol, poco a poco, se fue quedando sin nada, únicamente le quedaba su viejo caparazón. Pero por muchas posesiones que hubiera regalado, el caracol no era infeliz, todo lo contrario, era más feliz que nunca. En el corazón sentía una cálida sensación, como nunca antes la había sentido y cuanto menos tenía, más disfrutaba de las cosas que lo rodeaban: el olor de la lluvia, los verdes colores de la hierba, la frescura de la noche o el calor del sol.

Un día, el caracol llegó a una playa desierta y allí se encontró con un cangrejo. El cangrejo iba removiendo toda la arena, buscando algo que había perdido. El caracol se acercó para ofrecerle su ayuda:

—¡Buenos días!, parece que buscas algo, ¿te puedo ayudar? —preguntó el caracol.

—Buenos días —contestó el cangrejo—, estoy buscando una casa. Resulta que he crecido y la casa que tenía se me ha quedado pequeña y ahora tengo que encontrar otra.

El caracol se quedó pensativo un buen rato mientras observaba al cangrejo. Entonces, una idea le vino a la cabeza. Despacio se fue estirando, estirando hasta que su cuerpo salió por completo de dentro de su caparazón. Cuando estuvo fuera por completo, llamó al cangrejo:

—Si quieres, puedes quedarte con mi casa. Es lo único que me queda, pero la verdad es que me molesta porque como quiero seguir viajando, me moveré más ligero sin ella.

El cangrejo examinó la casa, entró en ella y se sintió la mar de cómodo.

—¡Esta casa es perfecta! —exclamó—.  ¡Muchísimas gracias!

Y dicho esto, el cangrejo, con su nueva casa a cuestas, se encaminó hacia el agua y se alejó muy contento. Mientras, el caracol, que ya no tenía ni casa ni nada, prosiguió feliz su viaje.

La historia del caracol que había regalado todas sus pertenencias, incluida su casa, se fue extendiendo por el mundo. Otros caracoles quisieron seguir su ejemplo y también empezaron a regalar las cosas que poseían, casa incluida.

Desde aquel día, gracias al caracol generoso, en los bosques y ciudades podemos encontrar caracoles y babosas, que no son otra cosa que caracoles que han regalado su casa siguiendo el ejemplo del caracol generoso.

FIN

Mario, el Pequeño Marinero, busca amigo

Ilustración: Hermes

El Pequeño Marinero Mario llevaba ya dos años viviendo en Isla Imaginada. En ese tiempo, había surcado con su barquito los mares que rodean la isla muchas veces, pero como le gusta madrugar ninguno de sus amigos, que son perezosillos, había querido acompañarlo.

Eso no le había importado mucho, porque disfrutaba de la brisa marina, se entretenía con los saltos de delfines y ballenas que salían a saludarlo a la superficie y después se echaba una siestecita en cubierta acunado con el movimiento de las olas. Pero ahora tenía en mente ampliar horizontes y realizar un gran viaje…

Había convencido a Simbad el Marino, de que le prestara su barco, que era más grande y seguro, ya que quería llegar más allá del horizonte donde le habían dicho que existían tierras de ensueño. Pero no quería ir solo, así que inició la tarea de buscar un amigo de aventuras. Tenía que gustarle el mar y ser un buen compañero de viaje, de amena conversación y de carácter agradable.

Pensó que era buena idea hacer una prueba a aquellos que quisieran presentarse como voluntarios.

Pidió a su amiga, La Pequeña Hada, que escribiera unas palabras para pegar en el tablón de anuncios, ya que tenía muy buena letra y esta, encantada de ayudar, así lo hizo.

—No te preocupes, amigo Mario, en un pispás lo cuelgo en la plaza para que todo el mundo lo vea —le comentó solícita.

Y así quedó el anuncio:

En apenas dos días, se presentaron varios candidatos, entusiasmados con la idea de realizar un gran viaje.

La primera que se presentó fue la señora Hormiga, Mario pensó que como ocupaba poco espacio sería buena compañera, pero durante el viaje de prueba la perdía constantemente ¡Era tan pequeñita que le daba miedo pisarla en cualquier momento! «La Señora Hormiga no me sirve, seguiré buscando», pensó.

Al día siguiente, salió temprano a navegar con Blancanieves que, muy ilusionada, quería conocer mundo. Pero, ¡ay!, al regresar a puerto, la cara y brazos de la pobre niña eran del color de las gambas que bailan en el fondo del mar. El sol había quemado su piel blanca y delicada. Así que Mario la descartó porque un marinero tiene que llevarse bien con el mar, pero también con el sol.

—Pues habrá que probar otra vez —se dijo.

El siguiente en la lista era el señor Ratón. Se veía muy dispuesto a navegar. «Demasiado nervioso», pensó Mario cuando lo vio llegar agitando su cola y sus orejas sin cesar.

En efecto, era tan nervioso que en todo el día no paró de dar vueltas por el barco, de acá para allá y en varias ocasiones lo pilló royendo las cuerdas que sujetaban las velas.

—Nada, que el ratoncillo no me vale ¡Si me descuido se come hasta las velas! —Mario estaba ya un poquito nervioso— —¡A ver si no voy a encontrar a nadie que pueda venir a navegar conmigo!

Aún le faltaban por probar algunos candidatos.

La gallina Fina fue la siguiente. Muy contenta, subió a la embarcación. Se la veía muy trabajadora, pero también muy parlanchina, se pasó el día entero ¡clo, clo! por aquí ¡clo, clo! por allá, sin parar de cloquear en ningún momento. Desde luego, con ella Mario no se aburriría, pero se lo pensó bien y como al desembarcar tenía un dolor de cabeza de campeonato la tachó también de la lista.

—¡No tengo que desesperar! Aún me quedan voluntarios en la lista.

Así que le llegó el turno al Sastrecillo Valiente

—¡Este seguro que me vale! Siendo tan valiente, no habrá dificultad que se nos resista —pensó el marinero.

Pero, ¡ay!, el valiente sastrecillo no había montado nunca en barco y al ratito de empezar a navegar su cabeza y su tripa se pusieron a dar vueltas cual tiovivo y su cara se fue tornando de color verdoso ¡Se había mareado!

—Pues será imposible hacer el viaje con él —se lamentó Mario.

Al siguiente día, el turno fue para el Señor Pato.

—El señor Pato seguro que no se marea ni come cuerdas ni cloquea todo el día —se dijo Mario esperanzado.

El día empezó muy bien. Al ratito de partir, el pato se echó al agua pues le gustaba mucho nadar y eso fue lo que hizo en todo el día: del agua al barco y del barco al agua.

Nuestro pequeño marinero estaba desconcertado. Si esto era lo que le esperaba en el viaje, de poca ayuda le iba a servir el señor Pato y, para rematar, al final del día el aspecto que presentaba era lamentable. Las plumas se le habían quedado hechas un asco por la sal del agua y los ojos le picaban.

Así que fue él mismo quién le dijo a Mario que no estaba preparado para el  viaje.

—¡Madre mía! ¿Y ahora qué voy a hacer? —se lamentaba—. Solo me queda un candidato y aunque no creo que me vaya a ser de utilidad no tengo más remedio que hacerle la prueba.

La candidata de la que hablaba el marinerito no era otra que la señora Vaca. «Pero ¿cómo se va a manejar una vaca en un barco? ¿Y si pesa demasiado y nos hundimos?». Estas cavilaciones mantenían nervioso a Mario y procuraba buscar también las ventajas de tener una vaca a bordo. «No habría problema con las cuerdas, ya que solo come forraje, su piel es gruesa y no se quemará, habla poco y no se tirará al agua cada dos por tres y esperemos que no se maree».

La señora Vaca llegó puntual el día de la prueba y, muy entusiasmada, subió al barco, que se tambaleó un poco, pero aguantó. Y es que el barco de Simbad el marino era sólido y resistente.

Desde el medio, dónde se instaló, llegaba a proa y a popa sin esfuerzo y aunque un poco torpe, era muy voluntariosa y obedecía las órdenes de Mario, que ya se veía cual capitán de barco con gorra y todo, mandando a la tripulación.

Fue el mejor día de todos. La señora Vaca era muy alegre, sabía muchas canciones, pero también le gustaba contemplar el mar y juntos pasaron ratos en silencio que Mario agradeció acordándose de la señora Gallina y su ¡clo, clo! incesante.

Al lado de la señora Vaca nuestro marinero se sentía seguro y en las noches frías en el mar le procuraría un calorcillo agradable. Ya se veía recostado en ella observando las estrellas en las noches claras.

—¡Creo que por fin he encontrado mi compañera ideal!

Mario estaba muy contento. Presentía que el viaje sería una maravillosa experiencia y que la señora Vaca se convertiría en una gran marinera y en una gran amiga.

Algunos vecinos de Isla Imaginada que los vieron llegar a puerto se reían y comentaban:

—¿Dónde se ha visto una vaca marinera?

—Este Mario ha perdido la chaveta ¡Vaya pareja más rara!

Pero a Mario no le importó lo que decían y en pocos días preparó lo necesario para el viaje.

Sabía que la voluntad, las ganas de aprender, la alegría y el compañerismo de la señora Vaca eran mucho más importantes que la habilidad, la belleza, la forma física y el tamaño.

Pasados tres meses, los que estaban en el puerto vieron aparecer en el horizonte el barco de Simbad y esperaron impacientes su llegada al muelle.

La señora Vaca y Mario bajaron a tierra bronceados y contentos. Contaban, a quién quisiera escucharlos, sus aventuras a través de los mares: ballenas enormes como islas, tormentas y huracanes, simpáticos delfines que los acompañaron durante largas jornadas y ¡hasta sirenas vieron! También habían avistado barcos pirata y habían rescatado náufragos, que devolvieron a sus tierras de origen.

Además de todo eso, portaban con ellos esquejes y brotes de plantas desconocidas en la isla que en poco tiempo llenaron los jardines de frutos exóticos y flores exuberantes.

Aquellos que se rieron de la rara pareja de marineros que formaban la señora Vaca y Mario tuvieron que reconocer que se habían equivocado y que no hay que juzgar nunca por las apariencias.

Nuestro Pequeño Marinero cumplió su sueño de realizar un gran viaje, pero lo que no soñó es que encontraría una amiga tan especial ¡Aunque tenía que tener cuidado de que no lo aplastara sin querer!

FIN

La polilla y la bibliotecaria

Ilustración: silver-melody

Abarrotada por legados sucesivos en la familia y por ostentosas adquisiciones que a lo largo de los siglos algunos de sus miembros habían efectuado, la biblioteca ocupaba en la aristocrática mansión el lugar de un templo sagrado, por lo silenciosa, por lo respetada, y por lo inviolable que era. La bibliotecaria, costeada con un alto sueldo y a manera de gran sacerdotisa de aquel santuario privado, era la guardiana de aquel tesoro oculto de sabiduría de todos los tiempos.

Una tarde fría y silenciosa de invierno —una de aquellas tardes en la que todo invita a la lectura o a las meditaciones más hondas—, en la que el calor artificial mantenido en la silenciosa sala para estímulo de los ausentes lectores servía únicamente de aliciente para las existencias parásitas que de la espléndida biblioteca vivían, la celosa empleada sintió, de pronto, el impulso de revisar los valiosos infolios seculares, que puestos a manera de basamento de aquella enorme arquitectura de papel alcanzaban casi el techo de la espléndida estancia.

Tomó en sus manos un grueso y alto volumen, cuyas hojas de pergamino amarillento cerraban grandes presillas de cuero y al colocarlo sobre la mesa para examinarlo, notó que sus hojas estaban horadadas por una infinita red de túneles minúsculos, por donde las polillas circulaban como mineros llevando a cabo una labor centenaria, que comunicaba con los demás estantes quién sabe hasta dónde.

—¡Malditas polillas —exclamó medio aterrorizada por el descubrimiento—, esto va a acabar con la biblioteca si no se combate enseguida! Mañana mismo tengo que…

—Oye, tú —gritó un diminuto insecto asomando por una de las bocas del túnel—, ¿con qué derecho vienes a incomodarnos en nuestro trabajo y a privarnos de nuestro alimento y de nuestra tranquilidad?

—¡Con el derecho del dueño! ¡Esta biblioteca es de su propiedad! ¿Te parece poco, canalla roedora?

—¡Qué dueño, ni qué propiedad, ni qué nada! —replicó con aire doctoral la agredida polilla, moradora pacífica de aquel beatífico lugar—, hace más de treinta años que nosotras vivimos aquí en absoluta paz, labrando nuestras galerías, formando ciudades y reproduciendo nuestra raza, sin que, hasta ahora, nadie nos haya perturbado en nuestra posesión, y ahora se te ocurre a ti venir a hablar de derechos. Para que lo sepas, por ahí duerme un libro, que es ley, que dice que treinta años de posesión continua valen por título…

—¡Qué sabrá de leyes una miserable polilla!

—Sé más que el dueño de estos libros y que tú, porque ni uno ni otra habéis abierto jamás ninguno de estos libros y nosotras vivimos, por lo menos, dentro de ellos y cuando los roemos, leemos…Y finalmente, aunque no valiera nuestro derecho de posesión, que es de suyo indestructible, vale una razón más alta y es que las ideas no son patrimonio de nadie, que lo sepas, y tanto el que las almacena aquí en forma de biblioteca, como el que las deposita en su cerebro sin transmitirlas a nadie, cometen un delito contra la humanidad y se convierten en defraudadores de la ciencia y en estafadores de la felicidad de los demás, y en pena, pierden cualquier derecho. «Libro no leído es libro ajeno», Res derelictae, como dice aquel otro volumen lleno de sabiduría de ahí enfrente, y cualquiera puede apropiárselo. Si tu amo no lee ni hace leer a nadie estos libros, ¿para qué diablos le sirven, y por qué nos priva a nosotras de nuestro derecho a la vida y al trabajo en este lugar que nadie aprovecha?

Indignada y asustada a partes iguales, la reverente bibliotecaria, fue a dar a su señor, noticia de lo ocurrido; y como este, poseído de otras preocupaciones, le contestara un tanto molesto:

—¿Polilla? Y bien, ¿qué quiere decir ‘polilla’ Bueno, da igual, no me molestes más. Ya veremos…

Tentada estuvo la bibliotecaria de proferir un improperio en voz alta, —lo que no hizo por evidentes y vitales razones—, pero se fue murmurando entre dientes:

—¡Pobrecita polilla! ¡Qué injusta he sido con ella y qué profundas verdades tenemos que escuchar a veces de los seres más insignificantes!

FIN

Los duendes

Ilustración: George Cruikshank (1792-1878)

Había una vez un zapatero que, sin ninguna culpa por su parte, llegó a ser tan pobre, tan pobre, que, al fin, no le quedó más que el trozo de cuero indispensable para hacer un par de zapatos. Los cortó una noche, pensando coserlos a la mañana siguiente y, como estaba muy cansado, se acostó y se quedó dormido.

Al día siguiente, fue a buscar el trabajo que había preparado la víspera y se encontró hecho el par de zapatos. El pobre hombre no podía creer lo que veían sus ojos. Examinando detenidamente los zapatos, se dio cuenta de que cada puntada ocupaba el lugar preciso. ¡Aquellos zapatos eran una verdadera obra maestra!

Al poco, entró un comprador y tanto le gustó el par, que pagó por él más de lo acostumbrado. Con aquel dinero, el zapatero pudo comprar cuero para hacer dos pares. Los cortó al anochecer, dispuesto a trabajar en ellos al día siguiente, pero no fue preciso, pues al levantarse, allí estaban terminados, y para aquellos zapatos tampoco le faltó un nuevo comprador. Este se los pagó tan espléndidamente, que pudo comprar cuero para cuatro pares. Cortó el material y a primera hora de la mañana siguiente, cuando iba a ponerse a coser, estaban acabados también, y lo mismo sucedió los días siguientes. ¡Era algo, en todos los aspectos, portentoso! Los zapatos que cortaba por la noche aparecían cosidos por la mañana con el mayor primor y perfección y los vendía rápidamente. Corrió la voz y mucha gente fue a comprar aquellos zapatos. Total, que pronto el zapatero pudo empezar a vivir bien e incluso llegó a convertirse en un hombre acomodado.

Una noche, cuando el zapatero se iba a descansar, una vez concluido el trabajo, le dijo a su mujer:

—¿Qué te parece si no nos acostásemos esta noche y procurásemos ver quién nos hace el favor de coser estos zapatos magníficos?¡Ojalá pudiéramos pagárselos algún día!

La mujer estuvo de acuerdo y encendió una vela. Hecho esto, los dos se ocultaron tras una cortina, dispuestos a vigilar. Al sonar la medianoche, vieron entrar en la zapatería a dos duendecillos desnudos, que se sentaron delante de la mesa del zapatero y tomaron el trabajo que estaba allí preparado. Luego, comenzaron a coser, agujerear y clavetear, moviendo sus deditos tan hábil y velozmente, que el zapatero, maravillado, apenas podía seguirlos con la vista. Hasta que concluyeron la tarea y la colocaron sobre la mesa, los pequeños hombrecillos no pararon ni un momento. Después se levantaron de un salto y salieron corriendo a la calle.

Al día siguiente, por la mañana, la mujer del zapatero le dijo a su marido:

—Esos pequeños duendes nos han hecho ricos y debemos demostrarles que somos gente agradecida. Como andan desnuditos por el mundo, deben tener mucho frío. ¿Qué te parece si les cosemos unas camisas, chaquetas, chalecos y pantalones, así como un par de calcetines y un par de guantes de punto para cada uno? Tú, naturalmente, te encargarás de hacerles unos buenos zapatos.

El zapatero accedió con gusto a la proposición de su mujer. Enseguida los dos, muy ilusionados, se pusieron manos a la obra, y no abandonaron su trabajo hasta que lo tuvieron terminado del todo, al anochecer. Entonces se fueron a cenar, y cuando llegó la hora de acostarse dejaron los regalos sobre la mesa en lugar de los zapatos cortados de cada día. Después se colocaron de modo que pudieran observar lo que hacían los duendes. Al sonar las doce, entraron estos dispuestos a ponerse a trabajar, pero, al ver las preciosas prendas de ropa, se quedaron paralizados por la sorpresa. Enseguida se recuperaron y, a toda prisa, se vistieron camisas, chaquetas y pantalones mientras cantaban alegremente:

¡Oh! Qué trajes tan refinados,

con guantes y zapatos combinados.

Ahora somos duendes elegantes,

¡ya no seremos zapateros como antes!

Danzaron y cantaron dando vueltas por la zapatería y, por fin, sin dejar de bailar, salieron a la calle.

El zapatero y su esposa no volvieron a verlos jamás, pero gracias al trabajo de los duendecillos, pudieron vivir felices el resto de sus días.

FIN