Martes de cuento

El niño y los lobos

Ilustración: J-C

Había una vez un guerrero piel roja, sencillo y generoso, y más dado a amar que a odiar, quien, cansado de las crueldades de su tribu y de la mezquindad y dureza de corazón de sus amigos, decidió alejarse de ellos.

Así que se adentró en el bosque con su mujer y sus hijos, abrió un claro en las orillas de un tranquilo arroyuelo, y construyó allí su choza al estilo indio. Durante muchos años vivió feliz en su nuevo hogar, del que se alejaba únicamente para cazar animales salvajes cuya carne les servía de alimento, y cuyas pieles usaban para cubrirse durante los crudos inviernos.

Llegó, sin embargo, el momento en que el guerrero enfermó, y adivinando que iba a morir, llamó a su mujer y a sus tres hijos.

—Voy a dejaros —les dijo—, para ir en busca de las regiones de la Cacería Feliz. Tú, esposa mía, compañera de mi vida, me seguirás antes de muchas lunas. Pero vosotros, hijos míos, sois jóvenes y tenéis vuestras vidas por delante. En el curso de ellas, tropezaréis con la maldad y el egoísmo, de los cuales hui para disfrutar de paz en estos bosques. Mi corazón se sentirá tranquilo si me prometéis amaros siempre y no abandonar a vuestro hermano menor.

—¡Nunca! —le respondieron, levantando la mano en señal de promesa solemne.

Al escuchar esto, el piel roja, tranquilizado, dejó caer la cabeza, y su espíritu voló en busca de las regiones de la Cacería Feliz.

Antes de la octava luna, tal como lo había anunciado, su mujer lo siguió, dejando solos a los tres hijos. Pero antes de morir, volvió a suplicar a los dos mayores que no abandonaran a su hermano menor, pues era demasiado pequeño y no podría bastarse a sí mismo.

—¡Nunca! —prometieron; y también ella se alejó tranquila a reunirse con su esposo.

Mientras la nieve cubrió la tierra y el viento helado aulló entre los pinos con más fuerza que los lobos, cumplieron los muchachos su promesa y cuidaron de su hermano menor con gran ternura y cariño.

Pero cuando llegó la primavera y los primeros brotes de hierba asomaron sobre la tierra, el mayor de los tres hermanos, que era ya mozo, sintió que su corazón se inquietaba, y un gran deseo se apoderó de él por conocer las gentes de la tribu de su padre y unirse a ellas en sus danzas guerreras.

Comunicó estos pensamientos a su hermana, quien le respondió:

—Querido hermano, no me extraña que desees mezclarte con los jóvenes guerreros, ya que aquí nunca vemos a ninguno de nuestros semejantes. Pero temo que si buscamos satisfacer nuestros propios deseos, abandonaremos a nuestro hermano pequeño y olvidaremos nuestra promesa.

El joven no quiso escucharla. Por el contrario, recogió su arco y sus flechas, se cubrió con su manta, y una madrugada se alejó por el bosque. Llegó el verano, y pasó; cayó la nieve una vez más, y desapareció, pero nada volvieron a saber del hermano ausente.

Con el correr del tiempo, el corazón de la hermana empezó igualmente a tornarse frio y egoísta. Consideraba al pequeño como una carga y un obstáculo cruel que le impedía dirigirse a la aldea india donde los jóvenes guerreros bailaban alrededor del Tótem, mientras las jovencitas los aplaudían.

Y un día le dijo al niño:

—Aquí tienes comida que será suficiente hasta la próxima luna. No te alejes de la choza. Yo voy a buscar a nuestro hermano, que se ha perdido, y cuando lo encuentre, regresare con él.

Recogió su manta, tomó su hacha y caminó a través del obscuro bosque hasta llegar a la aldea, en donde inmediatamente se enteró de que su hermano vivía allí con su joven esposa y era ya un guerrero notable. Al saber esto, no tuvo prisa alguna por volver a la choza solitaria, y cuando otro joven guerrero la escogió por esposa, pensó únicamente en él, y olvidó por completo a su hermano pequeño, abandonado en el bosque.

Este, mientras tanto, seguía viviendo completamente solo. Al principio todo marchó bien, pues al terminarse la comida que su hermana le había dejado, pudo salir al bosque y alimentarse de bellotas y raíces.

Lentamente desapareció así el verano, y cuando el viento empezó de nuevo a soplar entre los pinos, al mismo tiempo que los lobos aullaban, y volvió la nieve a caer, Sintióse el pequeño en el más terrible desamparo. Por las noches se acurrucaba en la choza o se escondía entre los árboles, aventurándose a salir únicamente durante el día, a recoger las migajas que los lobos dejaran.

Poco después, viéndose tan solo, sin ninguna compañía humana, empezó a hacerse amigo de los lobos. Cuando escuchaba su salvaje cacería en el bosque, los seguía para estar cerca a la hora en que la presa moría. Y mientras los lobos la devoraban, se sentaba con ellos, hasta que llegaron a conocerlo y le dejaban algunas sobras. Si los lobos no le hubieran socorrido así, seguramente hubiera muerto helado bajo la nieve.

Desapareció ésta, al fin; el hielo se fundió en el lago que llamaban Gran Mar de Agua, y los lobos huyeron hacia la ribera en busca de comida. El niño se les unió, feliz en la radiante primavera.

Y ocurrió que un día, el hermano mayor, el gran guerrero, pescaba en su canoa cerca del lago, cuando escuchó de repente, entre los pinos, la voz de un niño que cantaba como los indios: «¡Oh, hermano mío! ¡ven hermano! Convirtiéndome estoy en niño lobo, Pronto seré un enorme lobo». Y al terminar el canto, se perdió la voz en un largo y triste aullido, el aullido de un lobo El guerrero sintió que la vergüenza y el temor se apoderaban de su corazón, al recordar la promesa hecha a sus padres y el amor que sentía por su hermano. Rápidamente amarró su canoa, saltó a tierra y corrió a la orilla, gritando en dirección de los arboles:

—¡Hermano, hermanito, ¡Ven!, ¡aquí estoy!

Pero el niño era ya casi un lobo, hasta el punto de no haber podido terminar su canto en lenguaje humano, sino con aullidos de lobo.

El guerrero volvió a llamarlo angustiosamente:

—¡Hermano, hermanito! iVen, ven…!

Pero mientras más gritaba, más rápidamente huía el pequeño, como huyen los lobos de los cazadores indios, buscando seguridad entre sus hermanos. Según se iba alejando, su piel se volvía cada vez más gruesa. Pronto estuvo corriendo a cuatro patas, y un momento después aullaba como los lobos…, hasta que desapareció en las profundidades del bosque

Con gran vergüenza y remordimiento en su corazón regresó el guerrero a la aldea, y él y su hermana lloraron hasta el último día de sus vidas por la promesa no cumplida y por la pérdida de su hermano pequeño que, por culpa de ellos, se había convertido en lobo.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El molinillo mágico

Ilustración: Frederick Richardson

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo dos hermanos, el uno rico y el otro pobre. El pobre no tenía nada para comer; así que fue a ver a su hermano y le rogó que le diera alguna cosa. El hermano rico era muy avaro y como no era la primera vez que el hermano pobre le pedía comida, le dijo:

—Si haces lo que te pido, te daré un jamón entero —le dijo.

El pobre, de inmediato, aceptó y prometió hacer lo que fuera.

—Aquí tienes. Ahora vete directamente al infierno —dijo el hermano rico, lanzándole el jamón.

Como había dado su palabra, el pobre tomó el jamón y se puso en marcha. Anduvo y anduvo durante todo el santo día y al anochecer llegó a un lugar donde había una brillante luz.

—No tengo ninguna duda, este es el lugar —se dijo el hombre con el jamón.

Cerca de donde estaba, había un anciano leñador con una larga barba blanca que estaba cortando leña.

—Buenas noches —dijo el hombre con el jamón.

—Buenas noches. ¿A dónde vas a estas horas? —contestó el leñador.

—Voy al infierno, ¿es este el camino? -preguntó el pobre hombre.

—¡Oh, sí, es aquí! —dijo el anciano— Cuando entres, todos querrán tu jamón, porque en el infierno no hay carne para comer; pero no se lo des a nadie menos que te dé a cambio el molinillo que esconden detrás de la puerta. Cuando salgas, te enseñaré a usarlo, porque sirve para casi todo.

El hombre agradeció el consejo y llamó a la puerta.

Le abrieron y, al entrar, todo sucedió tal como el anciano había dicho: todo la gente, grandes y pequeños, lo rodearon como si fueran hormigas en un hormiguero, y cada uno trató de conseguir el jamón.

—No debería dárselo a nadie, puesto que con él podría comer muchos días, pero ya que os empeñáis, os lo daré a cambio de ese molinillo que tenéis detrás de la puerta.

Al principio no quisieron ni oír hablar de aquello, pero después de mucho discutir, al final le dieron lo que pedía.

Cuando el hombre volvió a salir al patio, el viejo leñador le enseñó cómo funcionaba el molinillo, después el pobre le dio las gracias y se fue a casa a toda prisa.

Puso el molinillo sobre la mesa, y le ordenó:

—¡Muele pan, molinillo!, ¡Muele carne, molinillo! —Y con todo aquello, se preparó una rica cena—¡Qué maravilla! —exclamó el hombre al ver cómo aparecían las cosas.

Al día siguiente, invitó a su hermano rico a un gran banquete para compartir con él su suerte.

Cuando el hermano rico vio todo lo que había en el banquete y en la casa, se enojó muchísimo y sintió envidia de todo lo que su hermano tenía.

“Ayer era pobre; más pobre que una rata y vino a pedirme un poco de comida y ahora me ofrece un banquete digno del mismísimo rey”, pensó el hermano rico y, acto seguido, le preguntó:

—¿De dónde has sacado todas estas riquezas?

—De detrás de la puerta —dijo el pobre, que no quería revelar su secreto.

Pero después de mucho insistir, finalmente le contó a su hermano lo sucedido y le enseñó el molinillo:

—Solo tengo que decirle ¡Muele, molinillo! Y el se pone en marcha moliendo lo que le pido.

Desde aquel momento, el hermano rico no paró de insistir para conseguir el molinillo por todos los medios, poniendo en práctica sus artes de persuasión. Finalmente, lo consiguió pagando por él trescientas monedas de oro, aunque con una condición: el hermano pobre se lo entregaría después de cosechar el heno, porque pensó que, si lo guardaba hasta entonces, podría moler alimentos que le durarían durante años.

Así que el molino, molió y molió viandas y al llegar la cosecha del heno, se lo entregó al hermano rico, aunque el hermano pobre se cuidó muy bien de no enseñarle cómo se paraba. Se guardó para sí las enseñanzas del anciano.

Era de noche cuando el hermano rico llevó el molinillo a su casa, lo puso sobre la mesa de la cocina y ordenó:

—¡Muele, molinillo! Muele sardinas, garbanzos y leche.

El molinillo comenzó a moler sardinas, garbanzos y leche hasta llenar todos los platos de la cocina. Después se llenaron ollas, cazuelas, baldes… hasta que la comida empezó a esparcirse por el suelo.

El hombre intentó parar el molinillo, pero por más vueltas que le dio no obtuvo ningún resultado; el molinillo continuó la molienda y en poco tiempo, sardinas, garbanzos y leche se elevaron tan alto sobre el suelo, que el hombre corría el riesgo de ahogarse.  Así, que abrió la puerta de la cocina y corrió hacia el salón, pero no pasó mucho tiempo antes de que el molinillo llenara la estancia por completo también.

El hombre, consiguió abrir la puerta de la calle y salió corriendo camino abajo, con el torrente de sardinas, garbanzos y leche pisándole los talones, rugiendo como una cascada mientras él gritaba:

—¡Cuidado, que nadie se ahogue!

Finalmente, consiguió llegar a casa de su hermano y le rogó que parara el molinillo:

—¡Páralo, por favor! O todo el pueblo quedará bajo una montaña de comida.

Pero el hermano pobre no lo pararía hasta que el rico le pagara trecientas monedas de oro más.

Ahora, el hermano pobre tenía dinero y el molinillo. Así que no pasó mucho tiempo antes de que su casa fuera mucho mejor que la de su hermano.

Molió tanto oro, que cubrió toda su casa con él y como su casa estaba construida en la orilla del mar, el brillo que desprendía se podía ver mar adentro. Todo el que navegaba por allí iba a visitar el caserón de oro y a ver el molino maravilloso. Tan famoso se hizo, que no había nadie que no hubiera oído hablar de él.

Un día, llegó a la casa un capitán que deseaba ver el molino y le preguntó al hermano:

—¿Tu molinillo puede moler sal?

—¡Pues claro! Puede moler cualquier cosa solo debes decirle: ¡Muele sal, molinillo!

El capitán deseó con todas sus fuerzas tener el molinillo. Si lo tuviera, podría vender sal por todo el mundo sin tener que ir a buscarla lejos en su barco, afrontando en cada travesía innumerables peligros.

Al principio, el dueño del molinillo no quería ni oír hablar de separarse de él, pero el capitán rogó y rogó tanto, que el hombre cedió.

El capitán, por miedo a que el dueño del molinillo cambiara de opinión, partió a toda prisa, sin acordarse de preguntar cómo se paraba el molinillo,

Ya en alta mar, tomó el molinillo y ordenó:

—¡Muele sal, molinillo!

Y el molinillo comenzó a moler sal. Una vez lleno el barco, el capitán quiso detener el molinillo, pero no hubo forma de hacerlo. El montón de sal creció y creció y creció, hasta que, al final, el barco se hundió.

Según cuentan, el molinillo sigue en el fondo del mar y allí, sin parar, sigue moliendo y moliendo sal y es por eso por lo que el mar es tan salado.

FIN

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La historia secreta de los árboles. Baobab

Ilustración: FatesBR3AK

Tuve conocimiento al tercer día, del drama de los baobabs.
Fue también gracias al cordero y como preocupado por una profunda duda, cuando el Principito me preguntó:
—¿Es verdad que los corderos se comen los arbustos?
—Sí, es cierto.
—¡Ah!, ¡qué contento estoy!
No comprendí por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el Principito añadió:
—Entonces se comen también los baobabs.
Le hice comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab.
Esta idea del rebaño de elefantes hizo reír al principito.
—Habría que poner los elefantes unos sobre otros…
Y luego añadió juiciosamente:
—Los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos.
—Es cierto. Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?
Me contestó: «¡Bueno! ¡Vamos!» como si hablara de una evidencia. Me fue necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí mismo este problema. El Principito,
Antoine de Saint-Exupéry

¡No me mires así, por favor!, ¿acaso no te han dicho que hacer eso es de muy mala educación?

Sí, ya lo sé, los baobabs somos árboles un poco raros. Yo, sin ir más lejos, he tenido que oír las cosas más extravagantes y variopintas sobre el aspecto de mi especie durante los mil ciento veinticuatro años de mi existencia: que si parecemos elefantes momificados; que si somos fósiles; o espejismos; o columnas de un templo derribado… ¡Pero si hasta nos han llamado árboles botella porque en nuestro interior podemos almacenar miles de litros de agua!

Tal es la imaginación de los humanos que incluso, una vez, alguien afirmó que los baobabs estábamos plantados del revés y se atrevió a inventar una leyenda que cuenta que fuimos castigados por los dioses por ser tan vanidosos y creernos los árboles más hermosos del mundo. Los dioses, cansados de nuestra soberbia, nos arrojaron a la Tierra desde lo alto del cielo y, al caer, nos quedamos con las raíces hacia arriba.

Pero todas estas cosas las dicen los humanos porque no conocen la verdadera historia de los baobabs, ¡y eso que se la hemos contado miles de veces a los guardianes de la memoria!, los más sabios de entre los sabios enterradas bajo nuestra sombra. A ellos les susurramos nuestros secretos cuando la soledad invade el campo, justo cuando el sol asoma por el horizonte. Después, el viento, que todo lo oye, los va esparciendo por la sabana, porque el viento no sabe guardar secretos.

Si quieres saber nuestra verdadera historia, presta atención…

Cuando además de los humanos el pueblo de los grandes vagaba sobre la Tierra y plantaba enormes baobabs, Sihiri, la hechicera más poderosa de entre todos ellos, fue consultada por la reina Refayawa porque el pueblo de los altos era cada vez más numeroso y ya no había suficiente comida para todos en el planeta. Los frutos escaseaban y animales, humanos y gigantes pasaban hambre.

—¡Oh!, madre Sihiri, la que todo lo sabe, la que lee en la arena y descifra las nubes, ¿qué debemos hacer?

La maga le pidió a la reina dos días para responder y, acto seguido, se marchó al límite del desierto para meditar bajo un viejo baobab y escuchar el consejo de los más sabios.

Pasado el plazo, regresó y habló así:

—Excelsa Soberana, la más sabia, la que empequeñece a los gigantes más gigantes, leí la arena y descifré las nubes. Consulté a los más sabios, los que duermen bajo los baobabs, y el viento me entregó su mensaje:

Marchar a un planeta hecho a vuestra medida debéis;

allí no os faltará comida; allí felices seréis.

Mil años de norte a sur y mil de este a oeste tardareis en recorrerlo.

Se halla a un millón de pasos de gigante, justo al girar la esquina de los sueños.

Nunca es de noche porque lo alumbran siete soles.

Su nombre es Mafarkai y ya os aguarda.

—¿Pero cómo llegaremos hasta ese planeta, madre Sihiri?

—El polen de belladona, mezclado con humo de lapislázuli y flor de adelfa nos conducirá en su regazo. Beberemos la pócima mágica desleída en el agua de lluvia que guardan en su corazón los baobabs y esperaremos a que los oscuros yawo nos muestren el camino.

Y así sucedió. Sihiri preparaba la fórmula mágica y la entregaba a los gigantes. Los gigantes, al recibirla, arrancaban los baobabs y la echaban en su interior para que se deshiciera. Después, usando los baobabs de botella, bebían y esperaban a que los yawo los transportaran en su seno de oscuridad hasta Mafarkai.

A medida que los gigantes se quedaban dormidos y se elevaban del suelo, los baobabs caían de sus manos y hundían sus raíces nuevamente en la tierra.

Los humanos que vieron caer los baobabs desde las alturas pensaron que los dioses los lanzaban desde el cielo y aunque la gente de la Tierra tiene dos orejas, jamás ha aprendido a escuchar lo que les cuenta el viento, así que nunca supieron la verdadera historia de los baobabs y los gigantes e inventaron sus propias leyendas.

Hay que saber, sin embargo, que algunos gigantes sí consiguieron llevarse los baobabs con ellos a su nuevo hogar y allí los replantaron. ¡Cosa terrible!, porque Mafarkai está situado a un tiro de piedra del asteroide B-612 y cuando el cierzo sopla, las semillas de baobab vuelan directamente hasta allí y es por esto por lo que el pequeño Príncipe tiene tanto trabajo arrancándolos antes de que se hagan demasiado grandes.

En la Tierra, nadie jamás ha vuelto a ver gigantes, ellos viven ahora donde el sol nunca se pone. Atrás dejaron, dormidos bajo los viejos baobabs caídos del cielo, a los más sabios de entre los sabios. Ellos escuchan mientras nosotros, los baobabs, les contamos los antiguos secretos que, después, la voz del viento esparce por la sabana.

FIN

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La gallinita roja

Érase una vez una gallinita roja muy amigable. Una hermosa mañana esta gallinita roja se encontró unos granos de trigo y, en lugar de picotearlos, decidió sembrarlos.

Para sembrar los granos de trigo llamó a sus tres amigos: el pato, el cerdo y el gato, para que la ayudaran. Los tres amigos de la gallinita roja no pudieron ayudarla a sembrar los granos de trigo porque estaban muy atareados.

El cerdo gruñó:

—¡Me gustaría ayudarte, pero no terminé mi comida! —Y se fue como había venido.

El gato ronroneó:

—¡Otro día te ayudaría con gusto, pero ahora tengo que volver a mi baño! —Y partió de nuevo sobre sus patas de terciopelo.

El pato graznó:

—¡Imposible!, tengo una cita con la pata Juanita —Y se fue pateando.

—Entonces plantaré estas semillas yo misma —dijo la gallinita roja.

Y eso es lo que hizo.

Pasó el tiempo y crecieron los granos de trigo. Llegó el día de la cosecha, el momento de ir a segar las grandes espigas de trigo y, por supuesto, la gallinita roja llamó a sus tres amigos para que la ayudaran.

El pato graznó:

—¡No tengo tiempo! ¡Tengo que ir a chapotear al lago! —Y se fue pateando.

El gato ronroneó:

—¡Qué mala suerte! Me hubiera gustado ir contigo, pero primero debo terminar de lamer toda la leche, de lo contrario se podría agriar —Y echó a andar sobre sus patas de terciopelo.

El cerdo gruñó:

—¡Con gusto te ayudaría, pero es el día de mi baño de barro! —Y se fue como había venido.

Entonces la gallinita roja se fue sola a cosechar las espigas de trigo. Una vez terminada la cosecha, la gallinita roja tenía que llevar el saco de granos de trigo al molino para molerlos hasta convertirlos en harina. Por supuesto, llamó a sus tres amigos para que la ayudaran.

El gato ronroneó:

—¡Me gustaría, pero creo que vi pasar un ratón! —Y partió de nuevo sobre sus patas de terciopelo.

El cerdo gruñó:

—¡Con mucho gusto en otro momento, pero ahora es imposible porque es la hora de la merienda! —Y se fue como había venido.

El pato graznó:

—Es mala suerte, tengo cita con el médico, por mi hígado —Y se fue pateando.

Entonces la gallinita roja fue sola al molino con su saco de trigo y volvió, sola, con su saco de harina. Al llegar a casa, tomó la harina, el agua, la sal y la levadura para preparar su masa de pan. Y, para ayudarla a amasar la masa, como debe ser, llamó a sus amigos.

El gato ronroneó:

—¡Oh, lo siento mucho, pero tengo que atusar mis bigotes! —Y partió de nuevo sobre sus patas de terciopelo.

El cerdo gruñó:

—¡Me hubiera encantado, pero hoy me toca enroscar mi cola de sacacorchos! —Y se fue como había venido.

El pato graznó:

—¡Perdona, pero no tengo tiempo, tengo que ahuecar mi collar de plumas! —Y se fue pateando.

Así que la gallinita roja amasó la masa ella sola, la dejó reposar, la dejó fermentar y luego horneó el pan en su horno, ella sola. Cuando el pan estuvo horneado, llamó a sus amigos:

—¿Alguien viene a ayudarme a comer el pan?

—¡YO! ¡YO! —gruñó el cerdo.

—¡YO! ¡YO! —graznó el pato.

—¡YO! ¡YO! —ronroneó el gato.

Pero, entonces, la gallinita roja que había sembrado el trigo sola, que había segado sola, que había llevado el saco de trigo al molino sola y que había preparado la masa de pan sola, les dijo:

—¡Pues no! Ya que hasta ahora lo he hecho todo yo sola, ¡voy a continuar así!

Y se comió su pan sola, y estaba… ¡delicioso!

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

La carta

Ilustración: Arnold Lobel

Sepo estaba sentado en el porche.

Sapo pasó por allí y dijo:

—¿Qué te pasa, Sepo? Pareces triste.

—Sí —dijo Sepo—. Este es mi rato triste del día. Es el momento en que espero que venga el correo. Me hace siempre muy desgraciado.

—¿Y eso por qué? —preguntó Sapo.

—Porque nunca tengo carta —dijo Sepo.

—¿Nunca? —preguntó Sapo.

—No, nunca —dijo Sepo—. Nadie me ha enviado nunca una carta. Todos los días mi buzón está vacío. Es por lo que esperar el correo es un momento triste para mí.

Sapo y Sepo se sentaron en el porche, sintiéndose tristes juntos.

Luego Sapo dijo:

—Tengo que irme a casa ya, Sepo. Hay algo que debo hacer.

Sapo se marchó a su casa rápidamente.

Encontró un lápiz y un trozo de papel.

Escribió en el papel.

Metió el papel en un sobre.

En el sobre escribió: “CARTA PARA SEPO”

Sapo salió corriendo de su casa.

Vio un caracol al que conocía.

—Caracol —dijo Sapo—, por favor, toma esta carta para Sepo y ponla en el buzón de su casa.

—De acuerdo —dijo el caracol—. Ahora mismo.

Luego Sapo volvió corriendo a la casa de Sepo. Este estaba en cama, durmiendo la siesta.

—Sepo —dijo Sapo—, creo que debes levantarte y esperar el correo un poco más.

—No —dijo Sepo—, estoy cansado de esperar el correo.

Sapo miró por la ventana el buzón de Sepo.

El caracol no había llegado todavía.

—Sepo —dijo Sapo—, nunca se sabe cuándo puede enviarte alguien una carta.

—No, no —dijo Sepo—. Creo que nadie me enviará nunca una carta.

Sapo miró por la ventana.

El caracol todavía no había llegado.

—Pero, Sepo —dijo Sapo—, alguien puede enviarte una carta hoy.

—No seas bobo —dijo Sepo—. Nadie me ha enviado nunca una carta antes y nadie me enviará una carta hoy.

Sapo miró por la ventana.

El caracol todavía no había llegado.

—Sapo, ¿por qué te quedas mirando por la ventana? —preguntó Sepo.

—Porque ahora estoy esperando el correo —dijo Sapo.

—Pero no habrá nada —dijo Sepo.

—¡Oh!, sí que habrá —dijo Sapo—, porque yo te he enviado una carta.

—¿De verdad? —dijo Sepo—. ¿Qué has escrito en la carta?

Sapo dijo:

—Escribí: “Querido Sepo, estoy contento de que tú seas mi mejor amigo. Tu mejor amigo, Sapo.”

—¡Oh! —dijo Sepo—, es una carta preciosa.

Entonces Sapo y Sepo salieron al porche de la entrada a esperar el correo.

Se sentaron allí, sintiéndose felices juntos.

Sapo y Sepo esperaron mucho rato.

Cuatro días más tarde el caracol llegó a la casa de Sepo y le dio la carta de Sapo.

Sepo se alegró mucho de recibirla.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

El gigante más grande del mundo

Ilustración: gABOX1

Hace mucho tiempo, vivía en un pequeño pueblo la bruja Ojosgrandes, que tenía un hijo llamado Silón, el cual acababa de cumplir un año. Silón gateaba por el laboratorio de su madre mientras ella estaba ocupada en sus encantamientos.

Un día, ocurrió algo espantoso. Ojosgrandes estaba preparando un brebaje para hacer crecer sus manzanos y al terminar, dejó la poción mágica en un cuenco para que se enfriase. El niño vio el cuenco y el líquido dorado y brillante que contenía y quiso bebérselo, pero al intentar cogerlo se lo derramó en la cabeza. Silón empezó a llorar y se tragó dos de las gotas del líquido que resbalaban por su cara. La bruja profirió un grito y cogió a su hijito en brazos.

—¿Por qué habré dejado el cuenco al alcance del niño? Se ha tragado algunas gotas. Creo que no le harán daño… Pero ya lo veremos…

El niño crecía rápido y muy pronto adquirió el doble de corpulencia que los niños de su edad. Siguió creciendo tanto, que la gente se maravillaba al verlo.

La bruja sabía muy bien lo que había ocurrido: el filtro para que creciesen los manzanos ejercía su influencia en su hijo, convirtiéndolo en un gigante. La bruja empezó a temer a Silón, porque en cuanto se oponía a alguno de sus caprichos, él lo rompía todo con su extraordinaria fuerza. Por esta causa, el niño hizo, a partir de entonces, todo lo que se le antojaba y en el pueblo nadie se atrevía a contrariarlo, para no llevarse un golpe. De este modo Silón creció egoísta y malvado.

Cuando cumplió los veinte años era, sencillamente, enorme. Con la cabeza llegaba hasta las nubes y tenía unos pies tan grandes como un campo. Su voz era más fuerte que el trueno y comía más que cien hombres. Sin duda, era el gigante más grande del mundo entero y también el más egoísta. No quería trabajar, pero obligaba a los demás a que lo hiciesen por él, amenazándolos con destruir la población, en caso contrario.

Nadie sabía qué hacer con él. Todos los habitantes de la población tenían que proporcionarle comida y si no le daban lo que él necesitaba, empezaba a patear con tal fuerza, que se derrumbaban las casas.

Un invierno de mucho frío, SiIón ordenó a los habitantes del pueblo que le construyeran un gran castillo, pero a pesar de que ellos se esforzaron en complacerlo, no consiguieron alcanzar siquiera la altura de la cabeza del gigante. Así, pues, creyeron que sería mucho mejor proporcionarle una gran cueva. Como en el pueblo no había ninguna, los habitantes del pueblo rogaron a Ojosgrandes que los ayudara con su magia. La bruja compuso un poderoso filtro, pronunció siete palabras muy raras, arrojó el líquido al suelo y en el acto se abrió a sus pies una cueva lo bastante grande para alojar cómodamente a una docena de gigantes.

—Silón, estarás muy cómodo en esta cueva—le decía la gente.

—¡Ojalá pudiésemos tenerlo encerrado en esa cueva para siempre más! —suspiraban los vecinos— Pero en primavera saldrá de nuevo a estropearnos las cosas y a darnos sustos de muerte.

—¿Y no podríamos atarlo? —preguntó un duendecillo.

—¡Bah! —exclamaron todos— ¡Qué idea! ¿Crees que hoy alguien bastante atrevido para atar a Silón?

—Pues yo no tendría ningún inconveniente en encargarme de hacerlo—contestó el duendecillo— estoy seguro de que se me ocurriría un buen plan.

El duende fue a ver al herrero del pueblo:

—¿Podría usted hacerme una cadena lo bastante fuerte para que nadie en el mundo, ni siquiera el gigante Silón, fuese capaz de romperla? —preguntó.

—Eso es fácil—contestó el herrero y empezó a trabajar.

Al cabo de cuatro semanas, le mostró al duendecillo una cadena fuerte y pesada.

—Esta cadena no se romperá nunca —dijo el herrero, muy orgulloso de su trabajo— Será preciso que traigas treinta y cinco caballos para transportarla hasta la cueva de Silón.

Muchos curiosos se dirigieron atropelladamente a la cueva del gigante., El duendecillo se asomó y gritó:

—¡Silón! ¿Eres tan forzudo como antes? Dicen que te has debilitado.

—Si queréis os daré la prueba de lo contrario —contestó el gigante enojado— Soy mucho más fuerte que cualquier otro gigante del mundo entero.

—Pues, mira, aquí hay una cadena que ni siquiera tu podrás romper—dijo el duendecillo.

Silón dirigió una mirada desdeñosa a la cadena.

—Átame con esa cadena de juguete y ya verás cómo la rompo en un instante.

Eso era, precisamente, lo que deseaba el duendecillo. Llamó a la gente más fuerte de la población, para que lo ayudasen, y, al cabo de algunas horas de trabajo, consiguieron dejar al gigante bien sujeto a una roca.

—Bueno, ¡ya estás atado! —dijo el duendecillo, muy satisfecho.

Pero el gigante se limitó a sonreír. Estiró y un instante después, se rompieron con gran ruido varios eslabones y Silón quedó libre.

Todo el mundo fingió quedarse en extremo admirado por miedo de que el gigante sospechara la verdadera intención que tenían.

—Si queréis, traedme otra cadena todavía más fuerte y os mostraré lo que puedo hacer. Capaz sería de romper una cadena veinte veces más fuerte que esa —sonrió muy contento, en vista de que todo el mundo se alegraba de ser testigo de su fuerza enorme.

—¡Oh, no! ¡No podrías! —exclamaron varios—. Realmente no podrías.

—Probadlo si queréis —replicó el gigante.

El duendecillo fue nuevamente a casa del herrero y le refirió lo ocurrido, encargándole luego que fabricase una cadena veinte veces más fuerte, pues así el gigante no podría ya romperla.

—Me extraña mucho que haya podido romper la anterior —replicó maravillado el herrero— Pero, en fin, te haré la cadena que me encargas, amiguito, aunque para eso no puedo trabajar solo. Es preciso que me ayuden doce herreros más a fin de hacer la cadena más fuerte de las que se hayan visto en el mundo hasta ahora.

Estuvo terminada en tres semanas, porque los trece herreros trabajaron de día y de noche, sin parar. Luego, para el transporte, fue preciso emplear un millar de caballos.

Cuando Silón vio la enorme cadena, se puso serio.

—¡Jo! ¡Jo! —exclamó riéndose el duendecillo, al notar que miraba receloso la cadena— Esta es veinte veces más fuerte, como la pediste, asegurando que también serías capaz de romperla. El gigante más poderoso del mundo entero parece que tiene miedo ahora.

A Silón le molestó mucho la idea de que alguien pudiese burlarse de él. Miró nuevamente la cadena y luego contempló sus poderosos brazos.

—¡Atadme! —dijo con su tonante voz—. No tengo el más leve temor. Ya veréis con qué facilidad rompo en dos esa cadena.

Centenares de personas se ocuparon en atarlo y aseguraron en la roca los dos extremos de la cadena. Luego se retiraron todos para ver qué sucedía. Silón aspiró profundamente el aire y luego dio un tirón. La cadena resistió. Dio otro tirón, esforzándose más todavía, y entonces, la cadena se rompió y el gigante quedó libre.

Nuevamente los espectadores se vieron obligados a fingir que se maravillaban de aquella fuerza pasmosa y de que se alegraban mucho de que el gigante hubiese sido capaz de romper la cadena. Silón sonrió complacido, pues le gustaba mucho hacer gala de su vigor. Pero decidió no dejarse atar nunca más, por si acaso no podía liberarse.

—Ya me he cansado de estas estúpidas pruebas —dijo— y, por lo tanto, no quiero dejarme atar nunca más.

Todos comprendieron entonces la inutilidad de intentar cosa alguna contra el gigante, de manera que se alejaron de la cueva tristes y cariacontecidos. En cambio, el duendecillo no abandonó la esperanza.

—Puesto que trece herreros no han sido capaces de hacerme salir airoso en mi empeño, quizá lo consiga el enano Mirón— pensó.

Se dirigió hacia las cavernas subterráneas de los enanos de la montaña para buscar la morada de Mirón, que era el más inteligente y astuto de todos.

Sabía Mirón tantas cosas, que la cabeza le había crecido extraordinariamente, en tanto que sus brazos y sus piernas no se desarrollaron de la misma manera; era, pues, un personaje de raro aspecto, pero muy bondadoso y siempre dispuesto a ayudar.

El duendecillo le refirió lo sucedido con Silón y las dos cadenas. Luego le preguntó si sería capaz de ayudarlo.

—Me parece que sí —le contestó Mirón— Quédate aquí una semana y te daré algo que ningún gigante podría romper, aunque fuese tan grande como el mundo entero.

Por espacio de una semana, el duendecillo permaneció en la morada de Mirón y fue testigo de cómo trabajaba. El enano tomó las cosas más raras y las mezcló cuidadosamente: las huellas de seis tigres, un pedacito del arco iris que nadie es capaz de doblar, agua de un estanque sin fondo y raíces de una alta montaña. Otras muchas cosas usó que el duendecillo no averiguó qué eran; el enano las mezcló con cuidado, tomando toda clase de precauciones y, al mismo tiempo, canturreaba extrañas palabras.

En cuanto aquella mezcla estuvo lista, el enano metió las manos en ella y luego las sacó. Aquello substancia se pegó a sus dedos, como si fuese caramelo, y luego el enano arrolló tan extraño substancia en forma de hilo, en torno de un palito. Parecía un brillante hilo de seda y con él, Mirón hizo un ovillo hasta que no quedó nada en el fondo del cuenco.

—Ahora he de dejarlo secar una noche a la luz de la luna y ya estará listo —dijo.

—Pero ¿crees, Mirón, que eso será realmente bastante fuerte? —preguntó extrañado el duendecillo— Parece tan débil, que casi yo mismo me siento con fuerzas para romperlo.

El enano sonrió y no replicó. Por la mañana el enano entregó el hilo al duendecillo.

—No hay nadie en el mundo capaz de romper esto — le dijo— Ni siquiera yo mismo, que lo he fabricado, podría romper este hilo.

El duendecillo dio las gracias al enano y luego regresó a su pueblo. Al llegar mostró lo que traía consigo, pero todos se rieron de él. Sin embargo, desenrollaron el hilo y tiraron de él entre varios, aunque en vano, pues no consiguieron romperlo.

—A pesar de todo, Silón lo romperá en un abrir y cerrar de ojos. Es demasiado delgado. Y ¿cómo lo ataremos? Recuerda que dijo que no se dejaría atar otra vez.

—Tengo una idea— contestó el duendecillo— Silón siempre sale de su cueva para tomar el sol. Ataremos margaritas en el hilo, como si fuese una guirnalda y luego lo rodearemos con ella, como si quisiéramos adornarlo, él se dejará hacer, porque es vanidoso, y luego ya no podrá moverse.

—Bueno, no se pierde nada con probar—dijeron todos, aunque poco seguros del resultado— A pesar de todo, estamos seguros de que Silón romperá ese hilo como si fuese una telaraña.

Aunque nadie confiaba en el resultado, se afanaron en coger margaritas y las ataron a lo largo de aquel extraño hilo, de manera que al fin pareció una larga guirnalda de flores. En cuanto estuvo terminada, se dirigieron, cantando y bailando, a la cueva del gigante, como si estuviesen muy alegres y quisieran celebrar algo.

Silón los contempló sorprendido.

—Hemos venido a verte, SiIón —le dijeron—, porque eres el gigante más fuerte del mundo. Y, mira, hemos hecho en tu honor una guirnalda de margaritas: ¿Quieres que te adornemos con ella?

Silón consintió, sonriendo, aunque no dejó de examinar aquella cuerda, con el recelo de que ocultase una cadena. Mas al ver aquel delgado hilo sonrió, sin darle importancia.

Dejó que el duendecillo le rodease el cuerpo con las flores y luego el astuto y pequeño personaje sujetó los dos extremos en las rocas inmediatas.

—Ahora vamos, Silón —le dijo alejándose rápidamente del alcance de sus manos— Sal a tomar el sol, adornado de margaritas.

El gigante trató de dar un paso, pero aquel delgado hilo se lo impidió. Dio un ligero tirón, figurándose que el hilo se habría enredado en alguna parte, pero fue en vano. Ya irritado, tiró con toda su fuerza sin conseguir ningún resultado, porque la delgada hebra resistió.

Cuando Silón se dio cuenta de que lo habían engañado, dio tan fuerte rugido, que se estremecieron las chimeneas de los tejados y casi se cayeron al suelo. Mientras tanto, la gente huía despavorida, tapándose los oídos y Silón seguía tirando con todas sus fuerzas de aquel extraño hilo, asombrado de que tan débil hebra lo sujetase con tanta firmeza. Las margaritas se cayeron una a una y el gigante retorció el hilo entre sus enormes dedos. pero no pudo romperlo. Era aquel hilo muchísimo más fuerte que cualquier cadena.

Rabioso, comprendió que se había dejado coger y rugió colérico. Golpeó la tierra con sus pies, haciéndola estremecer, dio puñetazos contra las rocas que formaban la pared de la cueva y al fin la bóveda se estremeció de tal manera, que algunas piedras cayeron sobre su cabeza, lo que acabó de enfurecerle.

Durante todo el día y la noche siguiente no cesó en sus rugidos, en tanto que los habitantes del pueblo permanecían en sus respectivas casas, temblando de miedo y se preguntaban qué sería de ellos si el hilo llegaba o romperse. Únicamente el duendecillo no sentía el más pequeño temor, pues sabía de qué cosas estaba hecho aquel hilo milagroso.

Al día siguiente se acercó a la boca de la cueva y exclamó severamente:

—Escúchame, Silón. Estás atado para siempre más, pero lo tienes muy merecido, porque eres un gigante malo y egoísta, que nunca ha hecho un favor o nadie, sino todo lo contrario. Por consiguiente, eres nuestro prisionero. Si te conduces pacíficamente, te daremos de comer todos los días, pero si continúas rugiendo de rabia, te dejaremos morir de hombre.

Silón escuchó estas palabras, y comprendió que había sido derrotado. Se apaciguó y rogó al duendecillo que le hiciese llevar algo de comer, pues, por su parte, prometió portarse apaciblemente.

El duendecillo se alejó y, en breve, todos los habitantes del pueblo se enteraron de la gran noticia. El gigante mayor del mundo estaba atado y reducido a la impotencia, de modo que nunca más podría recobrar la libertad. Todo el mundo vitoreó al duendecillo y le dio palmadas amistosas en el hombro. Le regalaron cien talegas de monedas de oro y él, en el acto, pagó su deuda a los herreros que fabricaron las cadenas para sujetar al gigante. Con el resto de su dinero, compró una casa muy bonita, y en adelante vivió feliz.

En cuanto a Sifón, suele permanecer tranquilo, aunque a veces se pone furioso y parece que hay un terremoto en el pueblo. Pero no puede escaparse, aquel hilo maravilloso lo retendrá hasta el fin del mundo.

FIN

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El sapo y la pasta de dientes

Ilustración: Marianna Strychowska

Había una vez un sapo que tenía siempre los dientes sucios. Y no solo estaban sucios, sino que estaban totalmente negros.

Esto era porque comía muchas moscas, y las moscas son negras. Pero también era porque vivía cerca de una mina de carbón. En ese lugar las moscas eran más que negras, eran absolutamente negras, tan negras como el carbón.

A ello hay que agregar que el sapo comía con locura chocolate negro. Le fascinaba colocar dos capas de chocolate, una encima de la otra, y entre ellas unas cuantas moscas aplastadas. Eso lo llamaba él un “pan con moscas”.

Un día al sapo le dio un terrible dolor de muelas, y debió ir, quisiera o no, al dentista.

Este, tras mirarle la boca, le preguntó si comía moscas negras.

El sapo calladito le dijo que sí moviendo la cabeza.

—¿Y también come chocolate negro? –siguió preguntando el dentista.

—Sí, croac –respondió el sapo con algo de vergüenza.

El dentista le entregó entonces una pasta de dientes blanca con rayas rojas.

—Límpiese con ella los dientes después de cada comida, y deje de inmediato moscas y chocolate –le advirtió.

El sapo estaba contento de que el dentista no le había pasado la maquinita.

Entonces se fue saltando a su casa en la laguna cerca de la mina de carbón, y probó de inmediato su nueva pasta de dientes.

Le gustó tanto, que desde ese momento siempre untaba medio tubo de pasta de dientes sobre su pan de moscas, antes de comerlo.

Eso, por supuesto, no le sirvió de nada, y así se le fueron cayendo uno tras otro todos los dientes.

¿Qué opinas tú? ¿Será por eso que los sapos no tienen dientes?

FIN

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La leyenda de Bamako

Ilustración: Fatraposo

Hace mucho, mucho tiempo, en la época en la que la noche era negra, sombría e impenetrable ya que la Luna no la iluminaba todavía, vivía en la aldea Kikamo una joven llamada Bamako. Era muy hermosa y amable. Amaba tiernamente a sus padres y a su pueblo, que la estimaba y la respetaba. Todos los habitantes de la aldea admiraban sus grandes ojos que brillaban como el sol.

Un día, unos soldados venidos de las momtañas atacaron la aldea de Bamako y todas las de los alrededores. Astutos, feroces y sanguinarios solo luchaban por las noches y se escondían durante el día.

Los amigos de Bamako les hacían frente valientemente, pero no sabían luchar durante la noche y, después de muchas jornadas de combates, corrían el peligro de perder la vida frente a sus feroces enemigos.

Una noche, el dios N’Togini se le apareció a Bamako y le dijo:

—Bamako, si quieres salvar a tu pueblo sigue mi consejo. Mi hijo Djambé, que vive en la gruta, al borde del río, está enamorado de ti desde hace mucho tiempo. Si aceptas casarte con él, te llevará al cielo donde brillarás todas las noches. Tu pueblo no tendrá que luchar en la oscuridad, puesto que tú iluminarás sus noches. Gracias a ti, él vencerá a sus enemigos.

—¿Qué debo hacer? —preguntó Bamako.

N’Togini le explicó:

—Por la noche, cuando el sol se ponga, sube a la gran roca que está sobre la gruta y lánzate al río. No tengas miedo. Djambé estará allí para recibirte. Ten confianza y nada te sucederá.

Valiente, Bamako no dudó en seguir las recomendaciones del dios en todos sus puntos. Saltó al vacío, Djambé la atrapó y la llevó al cielo como lo había prometido su padre.

Entonces, un milagro se produjo. Cuando el sol desapareció, el relumbrante rostro de Bamako apareció en la noche. El resplandor de sus grandes ojos iluminaba la noche oscura.

Esa noche, los aldeanos lograron una rotunda victoria y expulsaron a sus enemigos

Desde entonces, la cara resplandeciente de Bamako aparece cada noche en el cielo.

FIN

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Los viejecitos de la cueva

Ilustración: shanyar

Hace muchísimo tiempo, cuando el mundo estaba recién estrenado, cuentan que a un caminante que se dirigía a la ciudad lo sorprendió un fuerte aguacero. Como cada vez llovía más, echó a correr mientras miraba a un lado y a otro para ver si encontraba algún sitio donde poder cobijarse. Por fin vio una cueva que estaba en un monte, cerca del camino, y hacia ella se dirigió.

Al llegar allí, se encontró con un viejecito muy viejecito, todo pelón y huesudo, que daba lástima verlo, porque el pobrecito lloraba desconsoladamente.

—Venerable anciano, ¿por qué llora usted? —preguntó el caminante—. ¿Tiene usted frío?

—No, señor.

—¿Tiene hambre?

—No, señor.

—¿Está enfermo?

—No, señor.

—¿Se le ha muerto alguien querido?

—No, señor.

—Pues, ¿qué le pasa a usted, ancianito?, ¿qué le pasa a usted? ¿Por qué llora?

—¿Qué me ha de pa… pasar? —repuso entre sollozos el anciano— ¡Que mi padre me ha castigado!

—¡Pero, hombre! Eso no es posible… ¿Su padre? ¿Está seguro? ¿Usted tiene padre todavía?

—Sí, señor.

—¿Y por qué lo ha castigado?

—Por nada. Por… porque ha querido.

—¿Y dónde está su padre ahora?

—Allá, dentro de la cueva.

—¿Puedo entrar a verlo?

—Sí, señor; pase usted.

El caminante entró en la cueva y siguiendo una galería iluminada, se internó en aquella profunda caverna hasta que llegó a una salita en la que encontró sentado sobre una gran piedra al padre del abuelo llorón.

Si el de la entrada era anciano, ¡cómo sería de viejecito su padre!: tenía la cara del mismo color de la tierra; no le quedaba ni un solo diente; ni colmillos ni muelas había en su boca; la barbilla se le juntaba con la nariz. En fin, que ni siquiera al verlo, el caminante se podía creer que hubiera en el mundo un viejecito tan viejecito como aquel viejecito tan decrépito que estaban viendo.

El caminante lo saludó respetuosamente, le hizo mil preguntas, y a todas contestó de forma lúcida el ancianito, no con aspereza, pero sí con autoridad y un poco de mal genio. Finalmente, el caminante se atrevió a decirle que su hijo estaba llorando a lágrima viva en la entrada de la cueva, que tuviera compasión de él, ya que era tan viejecito, y que lo llamara, que estaba lloviendo y cogería frío.

—¡Qué pena, qué pena! Pues que mi hijo no sea tan malo…

—Pero, hombre, ¿qué malo ha de ser a su edad, si ya habrá cumplido noventa años?

—Los noventa ya hace años que los cumplió, pero sigue siendo muy malo.

—Pero si dice que llora porque usted lo ha castigado.

—¡Claro que lo he castigado! A ver si aprende de una vez.

—Pero ¿se puede saber qué es lo que ha hecho?

—Sí es que es muy malo, señor, muy malo. ¡Y lo seguiré castigando hasta que aprenda a comportarse!

—Pero ¿es posible? ¿Tan malo es? ¿Qué es lo que ha hecho, dígame usted, qué es lo que ha hecho su pobre hijo?

—¿Qué ha hecho? ¿Qué ha hecho? ¡Pues nada más y nada menos que faltarle al respeto a su abuelo!

FIN

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