Martes de cuento

¿De quién es este huevo?

Ilustración: stokrotas

—Uno…, dos …, tres …, cuatro …, cinco …, seis… —contó mamá gallina con alegría—. He contado cuidadosamente todos los huevos. Hay seis en total. Pero ¿por qué este es tan grande? Estos cinco huevos parecen iguales, está claro que son míos, ¡Son tan perfectos! Pero ¿por qué este es tan grande? ¡No creo que sea mío!

Después, la gallina se preguntó: «Si este no es mi huevo, entonces ¿de quién podrá ser? Creo que debo averiguar quién es su verdadera madre». A continuación, puso todos los huevos en una cesta se la colgó del ala derecha con mucho cuidado y salió de su gallinero.

A la primera que encontró fue a la gata. La gallina la saludó amablemente:

—Buenos días, señora gata, en mi nido he encontrado un huevo muy diferente, inusual. Demasiado grande para que sea mío. Es más, ¡estoy segura de que no es mío! ¿Puedes echarle un vistazo y comprobar si es tuyo?

La señora gata maulló suavemente:

—Estimada señora gallina, los gatos criamos a nuestros hijos con mucho amor, como tú, pero no ponemos huevos. Las gatas damos a luz a los gatitos. Y ahora discúlpame, mis gatitos ya deben estar llorando de hambre. Los tengo que alimentar con mi leche. Te veo luego, adiós.

Doña gallina siguió adelante. Después de un rato, se topó con la perrita que guardaba la granja. La señora gallina le preguntó:

—Doña perrita, hay un huevo inusual junto a mis huevos. Estoy buscando a la madre de ese huevo raro, ¿podría ser tuyo? Míralo, aquí lo traigo.

—¿Cómo? ¿Mi huevo? ¡No, no! ¡Yo no pongo huevos! Los perros no ponemos huevos. Damos a luz a nuestros cachorros y les damos de comer de nuestra leche. Si el huevo no es tuyo, mío tampoco es. Será mejor que vayas y preguntes a otro animal de la granja —gruñó la señora perrita de mala gana.

—Siento mucho haberte molestado —dijo la gallina en voz baja. Y se alejó a paso rápido.

La señora gallina anduvo y anduvo y llegó al otro extremo de la granja. Allí vio a una cerdita muy gorda acostada sobre un gran charco, justo al borde del camino. Se acercó a ella y le habló así:

—Hola, señora cerdita, querría hacerte una pregunta. Resulta que encontré un huevo diferente entre los míos y quiero devolvérselo a su madre. ¿Podrías mirarlo para comprobar si es tuyo?

La señora cerdita ni siquiera se molestó en mirarlo y tampoco respondió.

La señora gallina insistió:

—Señora cerdita, por favor, hazme caso, mira este huevo y dime si es tuyo.

Esta vez, la cerdita contestó airadamente:

—¡Tú debes de ser tonta! ¿Acaso no sabes que mis lechones, no salieron de un huevo? ¡Yo les di a luz y los alimento con mi leche! Y ahora, ¿dejarás ya de molestarme? —Y volvió a remojarse en el charco.

La señora gallina, desanimada, caminó un poco más y, no muy lejos, se encontró con una vaca que pastaba plácidamente en la pradera. Se dirigió a ella con estas palabras:

—Señora vaca, he encontrado este huevo tan grande que alguien dejó en mi nido y quisiera devolvérselo a su madre. ¿Serías tan amable de comprobar si es tuyo?

Doña vaca observó detenidamente el huevo y luego mugió con calma:

—No es mío señora gallina, las vacas damos a luz a nuestros terneros, no ponemos huevos. Alimentamos a nuestros terneros con leche. Entre los animales que viven en la tierra y tienen cuatro patas sé que los lagartos ponen huevos; tal vez el huevo sea de doña lagarta. Si sigues este camino, la encontrarás tomando el sol sobre una piedra.

Dicho esto, la vaca siguió rumiando y doña gallina reemprendió su camino. De pronto alzó la vista y, muy contenta, descubrió a doña lagarta tomando el sol sobre una piedra y le preguntó:

—Doña lagarta, si no te importa, ¿puedo preguntarte una cosa?

—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó la lagarta.

—Mira estos huevos. Estos cinco son míos, pero este grande no lo es. ¿Por casualidad no será tuyo? ¿No tendrás que darle leche para que rompa el cascarón?

La señora lagarta miró los huevos e inmediatamente respondió:

—Señora gallina, aunque pongo huevos yo no alimento con leche a mis bebés. Y, de todas formas, este huevo no es mío. Los que pongo yo son más pequeños.

—Si no es tuyo, ¿no sabrías de quién puede ser?

—Ni idea. Y ahora, si me disculpas, debo marcharme; parece que está a punto de llover y he de buscar un agujero para cobijarme.

—Gracias por escucharme, doña lagarta. ¡Qué le vaya muy bien!

La señora gallina siguió su camino hasta que dio con una familia de cabras. Las cabritas estaban mamando la leche de mamá cabra y la señora gallina se dirigió a ella:

—Buenos días señora cabra, esta mañana, cuando conté mis huevos, vi que había uno más grande que los demás y comprendí que no era mío, así que desde entonces estoy tratando de averiguar quién es su madre. Ya sé que no es tuyo, porque veo que das de mamar a tus hijitos, así que no debes poner huevos. Pero ¿podrías decirme si sabes de quién es?

La señora cabra miró el huevo, cerró los ojos y reflexionó durante un rato:

—No estoy segura de que este huevo pertenezca a un animal de cuatro patas. Los cocodrilos ponen huevos, pero aquí no hay cocodrilos. Las tortugas también ponen huevos, pero tampoco hay tortugas por aquí. Creo que para descubrir de quién es este huevo, deberías preguntar a las aves.

—Muchas gracias. Seguiré tu consejo.

No muy lejos de allí, la señora gallina se encontró a doña pata. Antes de que la señora gallina tuviera tiempo de abrir el pico, la pata graznó nerviosa y le preguntó a dónde se dirigía.

Doña gallina respondió:

—Hace horas que estoy dando vueltas por la granja intentando buscar a la madre de este huevo. He preguntado a todos los animales de la granja, pero todos me han respondido que dan a luz a sus hijos y los alimentan con leche; no ponen huevos. La señora cabra me sugirió que preguntara a las aves.

—¡Déjame ver ese huevo! —dijo nerviosa la señora pata.

La señora gallina dejó la cesta en el suelo y dijo:

—Es este; es demasiado grande. Alguien debe haberlo dejado en mi nido, por eso estoy dando vueltas para descubrir a quién pertenece. ¡Estoy tan cansada!

—Con tu permiso, veré si es el mío…. ¡Soy tan despistada! ¡No recuerdo dónde dejé mi huevo esta mañana! ¡Llevo todo el día buscándolo!

Doña pata estiró el cuello para mirar dentro de la cesta y, justo entonces, el gran huevo comenzó a eclosionar y asomó un pequeño patito.

Doña gallina miró al patito y dijo emocionada:

—¡Se parece mucho a ti!

Apenas había terminado de decir eso, cuando los otros huevos también comenzaron a eclosionar y de dentro salieron los pollitos.

Tanto la señora gallina como la señora pata estaban contentas. Se felicitaron mutuamente y observaron con alegría como el patito y los pollitos correteaban por todas partes para encontrar comida.

FIN

El pájaro de las plumas de oro

Ilustración: FrodoK

Hace muchos años, en Malaui, vivían Kwende y su esposa Sabola. Ambos se habían pasado la vida trabajando duramente.

Cuando la fuente cercana a su casa se secaba, algo que ocurría con mucha frecuencia, Sabola tenía que recorrer un largo camino para conseguir agua en un lejano pozo. Por su parte, Kwende tenía que salir a cazar cada amanecer y, al hacerlo, siempre veía un precioso pájaro, muy grande, que volaba cerca del camino por el que iba.

Cierto día, Kwende regresaba a casa sin haber conseguido cazar nada y tenía mucha hambre; de pronto, recordó que había olvidado mirar en una de las trampas. Al llegar a ella, encontró atrapado al pájaro que veía volar a menudo.

Kwende agarró al animal por el cuello y sacó un cuchillo con la intención de matarlo para cocinarlo después. Pero el pájaro dijo:

—No me mates y te recompensaré por tu bondad.

Kwende retiró el cuchillo y observó de cerca al pájaro; sus plumas eran color oro.

El pájaro habló de nuevo:

—Mis plumas de oro son mágicas, con ellas podrás satisfacer todas tus necesidades. Por favor, libérame de esta trampa.

Kwende pensó: «¿Querrá engañarme para que lo deje libre? Si dice la verdad, no necesitaré trabajar duramente nunca más. Pero ¿quién ha escuchado jamás que un pájaro hable?». Después de meditarlo, decidió probar suerte y desató la cuerda que aprisionaba la pata del pájaro.

Mientras el hombre lo observaba, el pájaro se arrancó una pluma de cada ala y las sujetó con el pico para que Kwende las cogiera. El pájaro le explicó entonces cómo debía utilizarlas:

—Sujétalas con la mano, pide un deseo y se hará realidad. Pero, sobre todo, no le expliques nunca a nadie que estas plumas son mágicas y nunca presumas de tu buena suerte. Si lo haces, el poder de mi regalo desaparecerá y tú volverás a ser pobre.

Kwende agradeció el regalo al pájaro y este se alejó volando.

Kwende caminó deprisa hacia su casa y mientras, con una pluma en cada mano, deseó que al llegar a su hogar lo estuviera esperando una abundante comida.

Al entrar, Sabola amasaba una hogaza de pan y, en el fuego, un oloroso guiso esparcía su apetitoso aroma por toda la choza. Junto a la chimenea, había una montaña de ñame que les aseguraba el alimento para unos cuantos días. De la fuente cercana, seca desde hacía tiempo, borboteaba el agua, con lo cual, Sabola no debería recorrer el largo camino que los separaba del pozo.

Durante días, semanas y meses la buena suerte sonrió a Kwende y a Sabola. Siempre tenían alimentos para comer, ropa para vestir y agua para beber. Kwende no trabajaba, sino que pasaba el día echado a la sombra de un árbol. Muchas veces, Sabola le preguntaba por qué ya no cuidaba el huerto o salía a cazar, pero él nunca respondía.

Kwende se volvió descuidado. Fanfarroneaba ante sus vecinos de su buena suerte. Sabola cada vez estaba más preocupada y un día le preguntó:

—Kwende, no trabajas pero, a pesar de eso, tenemos toda la comida que queremos. ¿Acaso la robas durante la noche? Deberé preguntarle a la adivina de la tribu qué es lo que me escondes.

Kwende protestó:

—Sabola, ni se te ocurra preguntar nada a la adivina o descubrirá que tengo dos plumas de oro mágicas y me las querrá robar.

De repente, Kwende se dio cuenta de que había desobedecido las indicaciones del pájaro: había hecho gala ante los demás de su buena suerte y acababa de desvelar el secreto de las plumas mágicas.

Al día siguiente, al coger las dos plumas y pedir los deseos diarios, no ocurrió nada. Las ollas no se llenaron de comida, la fuente se secó. Sabola y Kwende eran de nuevo pobres y pasaban hambre; y, esta vez, su pobreza aún parecía más terrible, ya que habían gozado de las riquezas y de la abundancia.

Kwende debió salir de nuevo, a diario, a cazar y a poner trampas.

Un día, salió de caza con su vecino, que se llevó con él a su perro. Habían pasado la jornada cazando, pero no habían conseguido ni una pieza. Al llegar a la última trampa. Kwende vio que había capturado el mismo pájaro de plumas de oro y corrió hacia él:

—¡Oh!, pájaro dorado, si me das de nuevo dos de tus plumas mágicas, te dejaré libre.

El pájaro respondió:

—No te daré nada a cambio, pero te ruego que me perdones la vida por segunda vez.

En ese instante, el perro se abalanzó hacia ellos con intención de cobrar la presa, pero Kwende fue más rápido y mientras con la mano izquierda liberaba al pájaro, con la derecha apartaba al perro. Sin esperar recompensa alguna, dejó libre al ave, que se alejó volando.

El pájaro, a salvo en la alta rama de un árbol cercano, habló de nuevo:

—Desoíste mis consejos y desobedeciste mis condiciones. Sé que tanto tú como tu esposa habéis sufrido mucho por ello, pero como me has salvado la vida por segunda vez sin esperar nada a cambio, te daré nuevamente dos plumas mágicas y, esta vez, sin condiciones. Su magia durará para siempre. Espero que hayas aprendido la lección y que pienses en lo afortunado que eres.

El pájaro dorado arrancó una pluma de cada una de sus alas y se las lanzó a Kwende. A continuación, extendió sus alas y voló hacia el cielo.

Kwende jamás volvió a verlo, pero él y Sabola vivieron sin problemas y en paz el resto de sus días. Nunca volvió a presumir ante nadie de su buena suerte, pero a diario daba las gracias por tenerla.

FIN

Las medias de los flamencos

Ilustración:: marijeberting

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.

Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla.

Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada, como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba.

Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.

Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral, que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas. Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.

Solo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, solo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de envidia.

Un flamenco dijo entonces:

—Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.

—¡Tan-tan! —Pegaron con las patas.

—¿Quién es? —respondió el almacenero.

—Somos los flamencos. ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?

—No, no hay —contestó el almacenero—. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así.

Los flamencos fueron entonces a otro almacén.

—¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero contestó:

—¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿Quiénes son?

—Somos los flamencos —respondieron ellos.

Y el hombre dijo:

—Entonces son con seguridad flamencos locos.

Fueron a otro almacén.

—¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero gritó:

—¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse enseguida!

Y el hombre los echó con la escoba.

Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos. Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río, se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:

—-¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.

Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron:

—¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

—¡Con mucho gusto! —respondió la lechuza—. Esperen un segundo, y vuelvo enseguida.

Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros recién sacados a las víboras que la lechuza había cazado.

—Aquí están las medias —les dijo la lechuza—. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de pico, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar.

Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras de coral, como medias, metiendo las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.

Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos, únicamente, y como los flamencos no dejaban un instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias.

Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas se agachaban hasta el suelo para ver bien.

Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de las víboras es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.

Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron enseguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.

Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con el cigarro de un yacaré, se tambaleó y cayó de costado. Enseguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos, y alumbraron bien las patas del flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná.

—¡No son medias! —gritaron las víboras—. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral!

Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscos las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas, y les mordían también las patas, para que murieran.

Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro, sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas. Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de media, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile.

Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido eran venenosas.

Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor. Gritaban de dolor, y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.

Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.

A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven enseguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.

Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los pescados saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiendo a cuanto pescadito se acerca demasiado a burlarse de ellos.

FIN

El gusano y el escarabajo

Ilustración: TetraModal

Había una vez un gusano y un escarabajo que eran amigos, pasaban charlando horas y horas.

El escarabajo sabía que su amigo tenía muy limitada la movilidad, su visión era muy restringida y su carácter era muy tranquilo comparado con los de su especie.

El gusano sabía que su amigo provenía de otro ambiente, comía cosas que le parecían desagradables y siempre iba muy acelerado si lo comparaba con su estándar de vida. Su aspecto era grotesco y hablaba con demasiada rapidez.

Un día, los amigos del escarabajo le cuestionaron la amistad hacia el gusano.

—Pero ¿cómo es posible que camines tanto cada día para encontrarte con el gusano?

A lo que el escarabajo respondió:

—Al gusano le cuesta horrores moverse.

—Pero ¿por qué sigues siendo amigo del gusano si ni siquiera te saluda efusivamente cuando te ve? Tú, en cambio, desde lejos ya muestras lo contento que estás de verlo.

—Ya, pero es que el no ve muy bien. Muchas veces ni se entera de que alguien lo saluda y cuando sí se entera, no sabe si soy yo o es cualquier otro.

Muchos fueron los «pero» que buscaron los amigos del escarabajo para cuestionar la amistad de este con el gusano. Tanto porfiaron, que, al final, el escarabajo decidió poner a prueba su amistad con el gusano y durante un tiempo dejó de visitarlo. «Esperaré a que sea él el que venga a buscarme», pensó.

Pasó el tiempo y, un día, al escarabajo le llegó la noticia de que el gusano se estaba muriendo. Su organismo lo traicionaba por el excesivo esfuerzo. Cada día emprendía el camino para llegar a casa de su amigo, pero la noche lo sorprendía siempre a mitad de camino y lo obligaba a retornar a su lugar de origen.

El escarabajo decidió ir a ver a su amigo sin decirle nada a nadie. En el camino, varios animales le contaron las peripecias que había pasado el gusano para intentar saber qué le había pasado a su amigo. Le contaron que, día a día, se exponía para ir a dónde él se encontraba pasando cerca del nido de los pájaros. De cómo sobrevivió al ataque de las hormigas y así sucesivamente.

Llegó el escarabajo hasta el árbol en que yacía el gusano esperando pasar a mejor vida.

Al verlo acercarse, con las últimas fuerzas que le quedaban, le dijo lo mucho que se alegraba de que se encontrara bien. Sonrió por última vez y se despidió de su amigo, feliz porque ahora sabía que nada malo le había sucedido.

El escarabajo, avergonzado de sí mismo, por haber confiado su amistad a otros corazones que no eran los suyos, había perdido muchas horas de regocijo que las charlas con su amigo le habían proporcionado.

Al final entendió que el gusano, siendo tan diferente, tan limitado y tan distinto de lo que él era, era su amigo, a quien respetaba y quería, no tanto por la especie a la que pertenecía sino porque le había ofrecido su amistad.

El escarabajo aprendió varias lecciones ese día. Primera, que la amistad está en uno mismo y no en los demás, si la cultivas en tu propio ser, encontrarás el gozo del amigo. Segunda, la distancia no define las amistades, tampoco la raza o las limitaciones propias o ajenas. Y, finalmente, lo que más le impactó fue entender que la amistad se destruye con las dudas y los temores, que son los que más la afectan.

Cuando pierdes a un amigo, una parte de ti se va con él. Las palabras, los gestos, los temores, las alegrías e ilusiones compartidas gracias a la confianza se van con él.

El escarabajo murió poco después. Nunca lo escucharon quejarse de aquellos que tan mal lo habían aconsejado, pues, al fin y al cabo, fue únicamente su decisión de poner en manos extrañas su amistad y seguir los consejos ajenos los que hicieron que perdiera a su mejor amigo.

FIN

Historia de uno que hizo un viaje para saber lo que era miedo

Ilustración: nikogeyer

Un labrador tenía dos hijos que lo ayudaban en casa, pero si el padre le pedía al mayor una faena en el exterior al caer la noche, o al oscurecer lo mandaba a un recado cerca del cementerio, el chico siempre decía: «¡Qué miedo!».

Si se reunían de noche para contar cuentos alrededor del fuego, en especial si eran de espectros o fantasmas, todos exclamaban: «¡Qué miedo!».

El hijo menor no podía comprender lo que querían decir: «Siempre hablan de “miedo”, pero yo no sé qué es miedo».

Pasó el tiempo y como el chico crecía sin conocer el miedo, un día, quiso marcharse a buscarlo:

—Padre, quisiera recorrer el mundo para conocer el miedo.

El padre suspiró y le contestó:

—¿Y de qué te servirá conocerlo? Eso no te dará de comer. Es mejor que te quedes aquí.

Tanto insistía el muchacho, que el padre ideó un plan para quitarle a su hijo la idea de la cabeza.

Una tormentosa noche de truenos y rayos, lo mandó al granero a buscar leña. «¡Ahora sabrás lo que es el miedo!», dijo para sí. Salió tras él, y cuando el joven se disponía a regresar con su carga de madera entre los brazos, el padre se interpuso entre él y la puerta, envuelto en una sábana blanca.

—¿Quién eres? —preguntó el joven. Pero el fantasma no contestó ni se movió—. ¡Responde!, o te haré volver por donde has venido.

El padre continuó inmóvil y el joven inquirió por segunda vez:

—¿Quién eres? ¡Habla!, o te arreo con un tronco.

El padre creyó que no cumpliría su amenaza y siguió inmóvil, como si fuese de piedra. El chico preguntó por tercera vez, y como tampoco obtuvo respuesta, dio un salto y empezó a atizar con un grueso tronco al espectro, el cual huyó despavorido gritando. El chico se fue a casa, se acostó y se durmió.

A la mañana siguiente, el padre, con el cuerpo tullido, le dijo al chico:

—Hijo, márchate y aprende qué es el miedo.

—Gracias, padre, así lo haré no os preocupéis por mí.

El muchacho echó a andar por el camino real diciendo: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?».

Al poco, se encontró con un hombre que, al oír al joven, le dijo señalando un cementerio:

—Entra ahí dentro, espera a que sea de noche, y sabrás lo que es el miedo.

—Si no es más que eso…, ¡lo haré sin problema!

—Ya veremos. Volveré mañana a verte.

El joven se dirigió al cementerio y, como tenía frío, encendió una hoguera. El aire movía las ramas de los árboles, que chocaban entre sí con seco ruido y el fuego dibujaba fantasmagóricas sombras sobre las piedras. Cualquier otra persona hubiera huido despavorida, pero él se echó junto al fuego y se durmió.

A la mañana siguiente, el hombre acudió puntual a la cita:

—¿Has sentido miedo?

—No, solo he sentido frío.

El joven continuó su camino: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?». Por la noche, llegó a una posada, donde decidió pasar la noche. Apenas llegó a la puerta, la posadera se echó a reír al oír su cantinela y le dijo:

—Yo sé de un lugar en el que aprenderás lo que es el miedo, aunque quizá no puedas contarlo…

—No me importa el peligro. Quiero saber qué es el miedo; ese es el motivo de mi viaje.

La posadera le contó que no lejos de allí había un castillo en ruinas, donde podría saber lo que era miedo si pasaba en él tres noches. En el castillo había grandes tesoros ocultos, custodiados por espíritus malignos, suficientes para hacer rico a un pobre. La reina quería recuperarlo y había prometido una gran recompensa a quien superase la prueba y le devolviese el castillo. Hombres y mujeres lo habían intentado, pero nadie lo había conseguido.

A la mañana siguiente, el joven se presentó ante la reina y le pidió permiso para pasar las tres noches en el castillo arruinado. A la reina le pareció un chico guapo e inteligente, así que le dio permiso:

—Si superas la prueba, me casaré contigo. Puedes llevar contigo tres cosas que no tengan vida.

El joven pidió:

—Concédeme llevar leña para hacer lumbre, una silla para sentarme y un saco para transportarlo todo.

La reina le proporcionó lo que había pedido y, al filo de la media noche, entró el joven en el castillo. Encendió en una de las salas un hermoso fuego, puso al lado el saco y se sentó en la silla.

De repente, oyó decir con voz desagarrada en un rincón:

—¡Miauuuuu!, ¡miauuuuuu!, ¡frío tenemos!

—¿Por qué maulláis? si tenéis frío, venid y calentaos.

Apenas hubo dicho esto, dos enormes gatos negros se pusieron a su lado, mirándolo con sus ojos de fuego. Al poco rato, cuando se hubieron calentado, preguntaron:

—¿Quieres jugar con nosotros a las cartas?

—¿Por qué no? —contestó—, pero enseñadme primero las patas. —Los gatos así lo hicieron—. ¡Qué uñas tan largas tenéis!, primero os las cortaré.

Los cogió por los pies y los metió en el saco. «Ahora que os he visto las uñas— les dijo— ya no tengo ganas de jugar», y los lanzó por una de las ventanas.

No bien se había desecho de ellos, salieron de todos los rincones y rendijas una multitud de gatos negros de ojos de fuego. Eran tantos, que era imposible contarlos. Maullaban horriblemente, y lo rodeaban, intentado arañarlo. El chico los miró con tranquilidad, y, cuando se cansó, hizo ademán de pegarles con su silla, con tanta decisión, que los gatos huyeron despavoridos. Al terminar, atizó el fuego y se sentó a descansar. Comenzaron a cerrarse sus los ojos y tuvo ganas de dormir. Miró a su alrededor y vio en un rincón una hermosa cama. «Me viene muy bien», se dijo. Se echó en ella y se quedó dormido al instante, pero la cama comenzó a andar y a dar vueltas alrededor del cuarto, como si de ella tirasen seis caballos. Con el movimiento, el chico cayó al suelo y allí siguió durmiendo hasta el otro día.

A la mañana siguiente, la reina fue a visitarlo y al verlo tendido en el suelo creyó que el miedo había acabado con él:

—¡Qué lástima! Este me gustaba.

Al oírla, el chico se levantó y le contestó:

—Aún no hay por qué tenerme lástima. Ya ha pasado una noche y las otras dos vendrán y pasarán también.

Llegó la segunda noche. Sonaron las doce en el reloj y ruidos y golpes resonaban en la sala, primero débiles, después estridentes, y finalmente cayó por la chimenea la mitad de un hombre, que se plantó ante él:

—Hola —exclamó—, todavía falta el otro medio.

Entonces comenzó el ruido de nuevo: parecía que tronaba, y se venía el castillo abajo y cayó la otra mitad.

Las dos partes se unieron y un hombre horrible se sentó en su silla.

—La silla es mía —dijo el joven.

El espectro no quería dejarlo sentar, y el chico tuvo que recuperar a la fuerza su asiento. Cuando por fin lo recobró, el fantasma se desvaneció. Acto seguido, el chico se echó y durmió a pierna suelta.

A la mañana siguiente, la reina fue a informarse:

—¿Has pasado miedo?

—No.

Llegó la tercera noche y al sonar las doce aparecieron seis hombres pálidos y delgados que cargaban sobre los hombros un ataúd. Cuando lo dejaron en el suelo, el chico levantó la tapa; había un cadáver dentro:

—¡Uy!, estás helado. Espera, te calentaré un poco.

Lo cogió en brazos y lo acercó a la lumbre. Al poco, el muerto comenzó a moverse, se levantó y le dijo:

—Por haberme despertado, ¡morirás de miedo!

—¿Así me das las gracias? ¡Vuelve a tu caja!

Lo metió dentro de ella y cerró y, al hacerlo, el castillo quedó desencantado.

A la mañana siguiente, volvió la reina:

—¿Ya sabes lo que es el miedo?

—Todavía no.

—Has superado la prueba. Has recuperado mi castillo y los tesoros, así que me casaré contigo.

—Me parece muy bien, pero yo sigo sin saber lo que es el miedo.

Se celebró la boda, y aunque el joven rey, estaba muy contento, no paraba de decir: «¿Quién me enseñará lo que es el miedo? ¿Quién me enseñará lo que es el miedo?».

La reina, harta de oírlo, pensó: «¡Yo te voy a enseñar lo que es el miedo!». Fue al arroyo que corría por el jardín y llenó un cubo entero con agua y peces. Por la noche, cuando el joven rey dormía, la reina colocó el cubo sobre su pecho. Los peces, al saltar, salpicaban gotas heladas sobre el nuevo monarca, el cual se despertó sobresaltado gritando:

—¿Qué pasa? ¡Qué miedo! —y añadió, después—. Mi querida esposa, ¡gracias! Tú me has enseñado, por fin, lo que es el miedo.

FIN

La lavandera y el panadero avaro

Ilustración: Fuytski

En una pequeña aldea, frente a la panadería del pueblo, vivía María, una joven lavandera muy humilde. Todos en el pueblo la apreciaban porque era muy trabajadora y tenía buen corazón. Se ganaba la vida lavando la ropa de la gente del pueblo y esta, que era tan pobre como ella, le pagaba con huevos y hortalizas.

El panadero, vecino de María, era un hombre codicioso y antipático, que nunca tenía una palabra amable para nadie. Aun así, como horneaba los mejores panes de la comarca, su tienda siempre estaba llena de gente y él era un hombre muy rico.

Cada mañana, cuando María se levantaba al amanecer para lavar la ropa miraba hacia la ventana del panadero, por la que se escapaba el delicioso olor de los panes recién horneados.

—¡Qué bien huele! —decía la lavandera aspirando aquel aroma con los ojos cerrados—. El olor de ese pan, me hace volar a lugares lejanos y maravillosos.

Un día, el panadero escuchó las palabras de María y le dijo furioso:

—¡Pues si vuelas con el olor de mis panes, tendrás que pagar por ello!

María rio.

—¡Vaya ocurrencia, señor panadero! ¿¡Cómo pretende cobrar por un olor!?

—¡Pues claro que cobraré! Cada día me levanto muy de madrugada para mezclar la harina, la levadura, la mantequilla y la sal y amaso y amaso la mezcla hasta que me duelen los brazos. Tú te aprovechas de mi trabajo sin darme nada a cambio. ¡Deberías pagarme diez monedas de oro al año!

Los vecinos, que habían escuchado toda la conversación, se reían y hacían bromas:

—¿Habéis oído lo que pretende el panadero? ¡Quiere que María le pague por oler el pan!

El panadero estaba cada vez más furioso; le parecía que todos estaban en su contra y se burlaban de él. Cerró de un portazo la panadería y se fue, a toda prisa, a ver a la juez del pueblo para exponerle el caso.

A la mañana siguiente, en la plaza mayor del pueblo había un cartel colgado que decía lo siguiente:

Al leer la inapelable orden, María se asustó mucho. ¡Ella no tenía diez monedas de oro! Ni lavando durante un año entero la ropa de todos habitantes de la aldea podría reunir aquella cantidad.

Sin embargo, aquel día, al entregar la ropa limpia a una anciana que vivía a las afueras del pueblo, esta le dijo:

—Toma, María, te doy la única moneda que tengo para que la lleves al juzgado. Son los ahorros de toda mi vida.

María, muy agradecida, le dio las gracias y le prometió devolvérsela lo antes posible.

En cada casa a la que acudió a entregar la ropa, la historia se repitió y, en muy pocas horas, María logró reunir la cantidad que le reclamaba el panadero y aún más.

El día del juicio María se presentó puntual al juzgado. Llevaba las monedas de oro dentro de una bolsa.

El pueblo entero se había dado cita en los tribunales para asistir al juicio entre María y el panadero.

La juez pidió silencio y ordenó al panadero avaro que expusiera su caso.

— Cada día me levanto muy de madrugada para mezclar la harina, la levadura, la mantequilla y la sal y amaso y amaso la mezcla hasta que me duelen los brazos. María se aprovecha de mi trabajo sin darme nada a cambio. ¡Exijo que me pague diez monedas de oro al año!

A continuación, la juez interrogó a María:

—¿Es cierto que cada mañana hueles el pan del panadero?

—Sí, es cierto.

—¿Es cierto que disfrutas con ese olor?

—Sí, es cierto.

—¿Has traído las diez monedas de oro dentro de una bolsa como ordené?

—Sí, señoría. Aunque no creo que sea justo pagar al panadero solo por oler su pan porque…

—Eso lo decidiré yo —interrumpió la juez—. Me retiro ahora a meditar. Dentro de quince minutos emitiré mi veredicto.

María, el panadero y todo el pueblo, reunido en la sala del juzgado, aguardaron pacientes.

Pasado un cuarto de hora, la juez salió y habló así:

—Ya tengo mi veredicto. — dijo—. María, te declaro culpable por oler cada mañana el pan del panadero sin darle nada a cambio. Te condeno a que te acerques hasta él y sacudas la bolsa con las diez monedas de oro en su oído.

María obedeció y todos escucharon el sonido proveniente de la bolsa.

La juez miró al panadero y le preguntó:

 —¿Has oído el sonido de las monedas?

—¡Sí! —respondió el panadero.

—¿Te gusta ese sonido?

—¡Claro! —repitió el panadero.

—Bien —dijo la juez—, pues date por satisfecho. Ya que María se aprovecha de los olores de tu panadería, en adelante tendrá que pagarte con el sonido de sus monedas de oro una vez al año. ¡Caso cerrado!

FIN

Bella y Bestia

Ilustración: TottieWoodstock

Érase una vez un rico mercader que tenía tres hijas. De todas, la más joven era tan inteligente, hermosa y buena que desde pequeña todo el mundo la llamaba Bella y ese nombre le quedó.

Un día, a causa de una terrible tempestad, todos los barcos del mercader se hundieron y el comerciante lo perdió casi todo. Únicamente le quedó una pequeña casita en el campo y la familia no tuvo más remedio que mudarse allí y trabajar la tierra para poder subsistir.

Pasado un año, el comerciante recibió una carta; en ella se le anunciaba que uno de sus barcos, con toda la mercancía, acababa de ser recuperado. El hombre se dispuso a partir y, antes de irse, preguntó a sus hijas que regalo deseaban. Las mayores expresaron sus deseos: vestidos, joyas, golosinas…. La pequeña Bella pidió un rosa.

El comerciante viajó a la ciudad para intentar recuperar su barco, pero fue del todo imposible, así que tomó el camino de regreso tan pobre como antes. Ya le faltaba poco para llegar a su casa, solo lo separaba de ella un espeso bosque, pero nevaba sin parar y, desorientado, se perdió en la espesura. El huracanado viento lo arrojó dos veces del caballo y el hombre pensó que moriría de frío o que se lo comerían los lobos, a los que oía aullando a su alrededor.

De repente, vio una intensa claridad y se dirigió hacia ella. Al poco, descubrió que provenía de un gran palacio por completo iluminado. Cuando entró, se sorprendió de no encontrar a nadie, aunque en el gran salón ardía un alegre fuego y una mesa recién puesta, repleta de comida, aguardaba a los comensales. Mojado y aterido, se sentó junto al fuego para entrar en calor y allí aguardó a los dueños de la casa. Esperó y esperó, pero cuando en el reloj sonaron las doce, no pudo resistir más y comió y bebió en abundancia. Saciado, sintió sueño y buscó una cama para dormir.

Por la mañana, al despertarse, se sorprendió mucho al encontrar un traje nuevo en lugar del suyo, que había quedado destrozado la noche anterior; se vistió y bajó al salón, donde lo esperaba una humeante taza de chocolate.

Después de agradecer en voz alta a sus invisibles anfitriones las atenciones recibidas, abandonó el castillo. Iba a montar su caballo, cuando descubrió en el jardín un macizo de rosas y recordó lo que Bella le había pedido. Se disponía a cortar una de las flores, cuando una horrible Bestia salió de la nada:

—¡Ingrato! —bramó la terrible fiera—. Te salvé la vida dándote refugio, te di de comer, te dejé dormir, te vestí…, ¿y me pagas robando mis rosas? ¡Te encerraré como ladrón que eres!

El mercader se arrodilló y le rogó a la Bestia:

—Perdóname, no quería ofenderte. La rosa es un regalo para una de mis hijas.

—Mi decisión está tomada. Ve a despedirte de tu familia. Si mañana a esta misma hora no estás aquí, iré a buscarte y entonces, además de a ti, encerraré en mi prisión también a los que amas .

El buen hombre se alejó montado en su caballo y al cabo de poco llegó a su pequeña casa. Llorando, contó a sus hijas lo que había sucedido:

—Esta rosa me costará muy cara —Bella, sintiéndose culpable por lo sucedido, tomó la decisión de ir al palacio de la Bestia en lugar de su padre. Pero el buen hombre no quiso ni oír hablar de aquello—. Yo ya soy viejo, solo perderé algunos años de vida, tú, en cambio, tienes toda la vida por delante.

—Te aseguro, padre, que no te irás sin mí —dijo Bella.

Tanto insistió la muchacha, que padre e hija partieron juntos hacia el palacio. Era tarde cuando entraron en el gran salón. Allí los esperaba una mesa magníficamente servida y Bella pensó estremecida: «La Bestia quiere engordarnos antes de comernos».

Al acabar la cena, se presentó la Bestia y ordenó al padre:

—Vete mañana al amanecer y no vuelvas jamás por aquí.

Dicho esto, se retiró.

Por la mañana, cuando el anciano se hubo marchado, Bella decidió visitar el hermoso castillo. Se sorprendió mucho al encontrar una puerta, en la que había un letrero que decía: «Habitación de Bella». Abrió y quedó deslumbrada por la magnificencia que reinaba dentro. Lo que más le gustó fue la gran biblioteca y el hermoso piano de cola.

—La Bestia no quiere que me aburra —dijo—. Si quisiera comerme, no habría preparado todo esto —Siguió deambulando por la estancia y se paró ante un gran espejo que había colgado de la pared y mirándose en él le preguntó—: ¿Qué hará mi padre ahora?

Cuál no sería su sorpresa, cuando la superficie del espejo le mostró su casa y, en ella, a su padre llorando. Al cabo de un momento, todo desapareció y Bella pensó que la Bestia era muy considerada y que no tenía nada que temer de ella.

A la hora de la cena, cuando Bella se disponía a sentarse, escuchó que llegaba la Bestia, y no pudo evitar estremecerse.

—Buenas noches, Bella, si te incomodo, solo tienes que decirme que me vaya.

—Aunque eres feo, creo que eres bueno. No me importan si te quedas.

—No soy malo, es cierto, pero tienes razón: soy muy feo y, además, no tengo inteligencia; sé que no soy más que una Bestia.

—Uno no es del todo estúpido cuando cree que lo es, porque un tonto nunca reconoce que es tonto. Te prefiero sincero y con de Bestia, que con bella cara humana pero escondiendo un corazón falso, corrupto e ingrato.

Tres meses pasó Bella en el palacio. Cada noche, la Bestia la visitaba y ambos charlaban durante la cena. A fuerza de verlo, se había acostumbrado a su fealdad, y lejos de temer el momento de su visita, a menudo miraba el reloj para ver si eran las nueve; la hora a la que siempre llegaba la Bestia. Un día la Bestia le preguntó:

—Bella, ¿quieres ser mi esposa?

Ella no respondió; temía excitar la ira del monstruo rechazándolo, pero al fin dijo:

—No. Desearía poder decirte que quizá algún día, pero soy demasiado sincera para hacerte creer que eso sucederá. No obstante, siempre seré tu amiga, trata de conformarte con eso.

—Con eso tengo suficiente. Seré feliz si te quedas para siempre conmigo

—Podría prometerte —le dijo Bella— que nunca te abandonaré; pero tengo tantas ganas de volver a ver a mi padre, que moriré de dolor si no vuelvo a abrazarlo.

—No quiero causarte dolor. Márchate. Si decides no regresar, tu pobre Bestia morirá de pena.

—¡No! —dijo Bella—. Te aprecio demasiado como para desear tu muerte. Prometo volver en ocho días.

—Ve a dormir. Estarás en casa de tu padre al despertar. Cuando quieras regresar, pon este anillo sobre la mesita de noche al acostarte y despertarás aquí. Adiós, Bella.

Al abrir los ojos por la mañana, Bella estaba en su vieja cama, en casa de su padre. Cuando el hombre la vio, casi se vuelve loco de alegría.

Durante su ausencia, sus hermanas se habían casado, pero eran infelices. La mayor se había desposado con un caballero muy hermoso, pero tan enamorado de su propio rostro, que solo se ocupaba de sí mismo de la mañana a la noche y ni miraba a su esposa. La segunda se había casado con un hombre muy ingenioso; pero que solo usaba su ingenio para enojar a los demás, a su esposa la primera. Aun así, cuando Bella les contó que era feliz junto a la Bestia, sin belleza y sin ingenio, no la entendieron.

—Hermana, esa Bestia te ha hechizado.

Tan convencidas estaban de ello, que las mayores trazaron un plan para retener a la pequeña. A los seis días, una de ellas se hizo la enferma y tan grave parecía, que Bella prometió que permanecería a su lado hasta el fin.

Sin embargo, Bella pensaba en su Bestia; deseaba con todo su corazón volver a verlo. La décima noche que pasó en casa de su padre, soñó con él; estaba tendido en el jardín, a punto de morir. Bella se despertó sobresaltada en mitad de la noche.

—¡Pobre Bestia! Si es tan bueno, ¿por qué no vivir junto a él? Ni la belleza ni el ingenio de las personas es lo que nos hace felices, sino su bondad, su paciencia y su generosidad y Bestia tiene todo eso.

Bella colocó su anillo sobre la mesita y se durmió. Al despertarse, comprobó con alegría que estaba de nuevo en el palacio. Impaciente, esperó a que el reloj marcara las nueve de la noche; pero la Bestia no apareció. Bella, temía haberle causado la muerte. Recorrió todo el palacio, llamándolo desesperada y, de pronto, recordó su sueño. Corrió hacia el jardín, y allí encontró a la pobre Bestia; parecía muerto. Lo abrazó, sin pensar en su feo rostro, y sintió que su corazón todavía latía. La Bestia abrió los ojos:

—Bella, olvidaste tu promesa y tu ausencia me está matando, pero moriré feliz por haberte visto de nuevo.

—No, mi querida Bestia, no morirás —dijo Bella—, vivirás para convertirte en mi esposo. Pensé que no te quería, pero el dolor que siento al estar lejos de ti me hace comprender que no podría vivir sin verte.

Al pronunciar estas palabras, el castillo brilló con luz de fuegos artificiales y la música resonó. Al mirar a su querida Bestia, Bella vio a un hermoso príncipe:

—Gracias, Bella, por haber vencido el encantamiento. Un hada me condenó a ser una Bestia hasta que alguien descubriera lo bueno que hay en mí y consintiera en casarse conmigo. Ahora yo te ofrezco mi amor y mi corona. Recibe la recompensa por tu sabia elección: has preferido la bondad a la belleza.

Bella dio la mano al príncipe y juntos se dirigieron al castillo, donde los esperaba toda la familia de la nueva princesa.

Bella y Bestia unieron sus vidas y fueron felices para siempre.

FIN

El peral de doña Miseria

Ilustración: cidaq

Doña Miseria era una pobre anciana que vivía de limosnas. Tenía un hijo llamado Ambrosio, que siempre estaba hambriento y que, como su madre, hacía tiempo que recorría el mundo mendigando. A Miseria siempre la seguía un perrito mestizo, delgado y con pulgas, que nunca se despegaba de ella y que dormía a su lado en la pequeña choza en la que habitaba. Junto a la casita crecía un frondoso peral, del que se alimentaba, aunque pocas frutas recogía, pues los chicos del pueblo, en cuanto las peras estaban maduras, se las robaban.

Cierto día llegó a la puerta de su casa un hombre más pobre que ella y, como afuera nevaba y hacía mucho frío, doña Miseria lo acogió en la choza. Compartió con él lo poco que tenía para cenar y le dejó su propio jergón para que pudiera dormir. Por la mañana, al despertarse, le ofreció también un humilde desayuno.

El pobre, agradecido, se dirigió entonces a la anciana y le dijo:

—Miseria, aunque nada material posees, tienes un corazón bueno y noble, así que voy a concederte un deseo pues, aunque parece que soy un miserable, en realidad soy un ángel del cielo.

Miseria no quería nada, pero tanto insistió el ángel, que la anciana, acordándose del peral, le pidió:

—Deseo —dijo— que cuando alguien se encarame al peral, no pueda bajar de él hasta que yo le de permiso.

El deseo le fue concedido al instante y la idea de Miseria fue tan eficaz, que al cabo de poco tiempo, tras copiosos llantos, algún que otro susto y muchos rotos en la ropa de los niños, al peral no volvió a acercarse ni un solo chaval del pueblo.

Fueron pasando los años plácidamente hasta que una mañana de otoño una mujer alta y delgada, vestida con una negra túnica y con una guadaña en la mano, se acercó a la puerta de la choza y empezó a llamar con lúgubre voz a doña Miseria:

—Miseriaaaaa, llegó tu horaaaa. Tienes que venir conmigoooo.

Miseria reconoció al instante a la Muerte, pero así como casi nadie está preparado para recibirla de buen grado, la anciana tampoco pareció estar muy de acuerdo con marcharse con ella:

—¡Vaya, justo ahora que empezaba a disfrutar de la vida! —le dijo—. Estoy dispuesta a acompañarte, pero antes de marcharnos, ¿podrías hacerme el favor de subir al peral y recoger cuatro o cinco peras para el camino? Mientras, yo me preparé para el viaje sin retorno.

La Muerte, sin sospechar nada, se dispuso a recoger las peras, pero como estaban en lo más alto, no tuvo más remedio que encaramarse al árbol. Cuando ya estaba muy arriba, oyó las carcajadas de doña Miseria y su voz cascada que le decía:

—¡Señora Muerte, no me voy contigo! Y tú te quedarás en el peral hasta que a mí me dé la gana.

Y así fue. Miseria quiso que la Muerte se quedara en el árbol —con frío y calor, con sol y con lluvia— durante muchísimos años. Tantos, que en el mundo empezó a sentirse la ausencia de la Muerte. Nadie moría. Ni en las guerras ni por enfermedad ni por vejez ni por accidente nadie desaparecía. Había ancianos que habían cumplido ya quinientos años, y estaban tan aburridos de vivir, que rogaban al cielo que los hiciera desaparecer.

Un día, a la Muerte se le ocurrió una solución para solucionar su problema al ver pasar por el camino a un viejecito decrépito que no podía casi ni andar y que no paraba de lamentarse llamando a gritos a la muerte para que se lo llevara. La Muerte lo llamó y después de contarle lo que ocurría, le rogó que la ayudara:

—Ya ves mi estado y ahora ya sabes el motivo de por qué en el mundo no muere nadie. ¡Avisa a las gentes del pueblo y venid a cortar entre todos este maldito peral! Hasta que yo no baje de sus ramas, ni tú ni nadie podrá morir.

No tardaron los vecinos en llegar, armados con hachas y sierras, pero aunque mucho lo intentaron, no lograron hacer ni la más mínima mella en el tronco del viejo árbol. Algunos pensaron en ayudar a bajar ellos mismos a la Muerte, pero todos los que lo intentaron se quedaron atrapados en el peral junto a ella. Entonces empezaron a rogar a la vieja Miseria que se apiadase de todos ellos; de los que tanto sufrían por no morir y de los que estaban colgados del peral, incluida la Muerte. Tanto y tanto insistieron, tanto y tanto lloraron y suplicaron, que, finalmente, doña Miseria cedió, aunque le puso una condición a la Muerte:

—Para que te deje bajar de ahí arriba, Muerte, me has de prometer que nunca, nunca, nunca jamás te acordarás ni de mi hijo Ambrosio ni de mí. Solo podrás llevarnos si te lo pedimos tres veces.

Accedió la Muerte y Doña Miseria dejó bajar a todos del peral. La Muerte, por fin, podía seguir con su tarea. Tenía mucho trabajo pendiente y estuvo muy ocupada durante meses. Todos los que debían haber muerto durante los años que ella estuvo cautiva en el árbol, la vieron llegar aliviados y, de buen grado, se fueron con ella. A todos se llevó la Muerte, menos a la anciana y a su hijo, que aún sigue vivos. Es por eso que todavía hoy en el mundo sigue habiendo miseria y hambre.

FIN

Un susto morrocotudo

Ilustración: GrimVixen

Esta es la historia de una niña pequeña y de un pequeño ratoncito y del susto morrocotudo que se dieron los dos.

La niña pequeña estaba en su cama y leía un cuento a escondidas; la luna llena iluminaba la estancia como una lámpara. En la habitación reinaba un profundo silencio, así que los padres creían que la niña pequeña dormía hacía ya mucho rato y nunca hubieran sabido que seguía despierta a esas horas de no ser por un pequeño ratoncito que, mientras daba su paseo nocturno, topó con la naricilla con una galletita de chocolate.

—¡Hi, hi, hi! —dijo gozoso con su chillona voz el pequeño ratoncillo. Lo que en el lenguaje de los ratones significa: «¡Una galleta de chocolate! ¡Qué suerte la mía!».

La niña pequeña, desde su cama, escuchó con atención y miró a su alrededor, pero como no vio nada, siguió leyendo.

—¡Hi, hi, hi! —gritó de nuevo el pequeño ratoncillo, con lo cual quería decir: «¿Habrá más comida por aquí?».

Y moviendo sus largos bigotes, buscó y rebuscó, dando vueltas por la habitación, arriba y abajo, con sus cortas patitas. De repente, un gran foco iluminó su diminuta figura. Era la luz de la luna, que se colaba por la ventana, y alumbraba, justamente, delante de la cama de la niña pequeña, que en ese justo instante alzó la vista de su libro.

—¡Ahh, ahhh, ahhhh! —gritó con gran espanto al mismo tiempo que soltaba el libro y saltaba, por el lado derecho, fuera de la cama.

El pequeño ratoncillo, al oír aquellos pavoroso gritos, se agarró a la sábana, trepó por la parte izquierda de la cama y, lleno de espanto, se ocultó en el lecho. La chiquilla, entonces, volvió a gritar. Esta vez mucho más fuerte que antes. El pequeño ratoncito, sobresaltado, dio un brinco y, dibujando un amplio círculo en el aire, aterrizó en el suelo y huyó espantado, rozando, al hacerlo, los desnudos pies de la niña. El grito de terror que resonó entonces en la habitación fue tan increíble, que al pobre ratoncillo se le detuvo por un instante el corazón. Desesperado, buscó en la pared el pequeño agujero que conducía a su casa. Mientras, la niña pequeña de un salto subía nuevamente a su cama y se escondía, encogiendo los pies hasta tocarse la barbilla con las rodillas, bajo las sábanas.

Por fin el pequeño ratoncillo estaba a salvo en su casita y allí, sollozando, se abrazó tembloroso a su madre:

—¡Hi, hi, hi!

—¡Pobrecito mío! —lo consoló mamá ratona—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—Un gigante con una voz espantosa.

«Este susto lo curará enseguida un pedacito de chocolate», pensó mamá ratona. Y fue a buscarlo a su despensa y se lo puso ante la naricilla a su querido hijito. «¡Sí, esto servirá!». Y así fue en efecto, mientras el ratoncillo roía el chocolate su temblor fue disminuyendo hasta desaparecer por completo.

En la habitación, entretanto, la mamá de la pequeña, que había escuchado los terribles gritos de su hijita y había ido corriendo en su auxilio, acariciaba la cabeza de la niña, sentada junto a ella en la cama:

—¡Pobrecita mía! —la consoló—. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

—¡Un animal enorme me atacó! ¡Yo gritaba y gritaba, pero él no dejaba de perseguirme y quería atacarme!

—Ahora ya no podrá hacerte nada, yo estoy a tu lado —le dijo la madre.

Pero sabía muy bien lo que de verdad consolaría a su hijita. Puso la mano en el bolsillo de su bata y sacó de ahí un trocito de chocolate, envuelto en papel plateado. Al ver aquel reflejo, al punto cesaron de fluir las lágrimas y mientras saboreaba aquella golosina, la chiquilla también dejó de temblar.

Los dos pequeños, bajo la atenta mirada de sus mamás, pronto se quedaron dormidos; la niña en su camita, y el ratoncito en su casita. Justo al cerrar los ojitos, el morrocotudo susto quedó olvidado por completo y los dos tuvieron dulces sueños de chocolate.

FIN

La paja, la brasa y la alubia

Ilustración: Otto Schubert

Vivía en un pueblo una anciana que, habiendo recogido un plato de alubias, se disponía a cocerlas. Preparó fuego en el hogar y, para que ardiera más deprisa, lo encendió con un puñado de paja. Al echar las alubias en el puchero, se le cayó una sin que ella lo advirtiera, y fue a parar al suelo, junto a una brizna de paja. Al poco, una ascua saltó del hogar y cayó al lado de las otras dos. Inició entonces la conversación la paja:

—Amigas, ¿de dónde venís?

Y respondió la brasa:

—¡Yo he tenido la suerte de poder saltar del fuego! De no ser por mi arrojo, aquí se acababan mis días. Me habría consumido hasta convertirme en ceniza.

Dijo la alubia:

—También yo he salvado el pellejo; porque si la vieja consigue echarme en la olla, a estas horas estaría ya cocida y convertida en puré sin remisión, como mis compañeras.

—No habría salido mejor librada yo —terció la paja—, todas mis hermanas han sido arrojadas al fuego por la vieja, y ahora ya no son más que humo. Sesenta cogió de una vez para quitarnos la vida. Por fortuna, yo pude deslizarme entre sus dedos.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó la brasa.

—Yo soy de parecer —propuso la alubia— que puesto que tuvimos la buena fortuna de escapar de la muerte, sigamos reunidas las tres en amistosa compañía, y, para evitar que nos ocurra aquí algún otro percance, nos marchemos juntas a otras tierras.

La proposición gustó a las otras dos, y juntas se pusieron en camino. Al cabo de poco, llegaron a la orilla de un arroyuelo, y, como no había puente ni pasarela, no sabían cómo cruzarlo. Pero a la paja se le ocurrió una idea:

—Me echaré de través sobre el arroyo y haré de puente para que crucéis vosotras.

Se tendió la paja de orilla a orilla, y el ascua, que por naturaleza era fogosa, se apresuró a aventurarse por la nueva pasarela. Pero cuando estuvo en la mitad, oyendo el murmullo del agua bajo sus pies, sintió miedo y se paró, sin atreverse a dar un paso más. La paja comenzó a arder, y, partiéndose en dos, cayó al arroyo, arrastrando al ascua con ella, que, con un chirrido, expiró al tocar el agua. La alubia, que, prudente, se había quedado en la orilla, no pudo contener la risa ante la escena, y tales fueron sus carcajadas, que reventó de la risa. También ella habría acabado allí su existencia; pero quiso la suerte que un sastre que iba de viaje se detuviese a descansar a la orilla del riachuelo. Como era hombre de corazón compasivo, sacó hilo y aguja y cosió el desgarrón. La alubia le dio las gracias del modo más efusivo; pero como el sastre había usado hilo negro, desde aquel día todas las alubias tienen una costura negra.

FIN