Martes de cuento

Mi abuela es única

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Ilustración: Lirael42

Todo el mundo tiene abuelas, aunque algunos ya ni se acuerdan, porque ha pasado el tiempo y ellos mismos se han convertido en abuelos.

La mayoría de gente tiene dos, que es lo más común: la abuela materna, que es la madre de la madre; y la abuela paterna, que es la madre del padre.

Hay quien tiene solo una, pero que vale por siete.

También, aunque más raramente, hay casos como el de Ramón, que tenía una docena de abuelas porque su abuelo materno era mormón.

De abuelas hay de muchas formas, clases, alturas, tamaños pesos y colores. Por eso es fácil diferenciarlas. Algo muy útil, porque si no uno andaría todo el día confundiéndose de abuela y sería un verdadero engorro.

Por ejemplo, si uno se confunde de abuela, la merienda cambia, porque hay abuelas que cuando te van a buscar al colegio te llevan bocadillos de queso y otras, en cambio, te dan para merendar pan con chocolate.

Otro problema que hay es, que si te confundes de abuela, tampoco juegas a lo mismo. Hay abuelas a las que les encanta contar cuentos y disfrazarse de pirata, de lobo o de princesa. Otras prefieren hacer punto de cruz o colchas de ganchillo mientras cantan canciones de cuna. Y también las hay a las que les gusta hacer volar cometas, aunque de este tipo no hay en todo el mundo, porque las cometas, como se sabe, solo vuelan si hay corrientes de aire y en los lugares donde no sopla el viento, estas abuelas son muy escasas. Cuando las abuelas que vuelan cometas no pueden hacerlas volar, se dedican a la cría de saltamontes. Las abuelas que crían saltamontes son una verdadera rareza. Si tienes una abuela de este tipo, puedes presentarla a un concurso de abuelas porque casi seguro que ganará.

A las abuelas también se las puede diferenciar por su olor.

Las hay que huelen a durazno, que es lo mismo que oler a melocotón…

Puedes leer el resto del cuento en nuestro libro.
Adquiérelo en la tienda de Isla Imaginada.

 

 

FIN

Guillermina, la gallina voladora

01_Gallinita_sin_terminar_by_Peaje23

Ilustración: Peaje23

Esta es la fantástica, inigualable e increíble historia de Guillermina, la gallina voladora, que un día…

¿Cómo?, ¿qué las gallinas solo ponen huevos?, ¿que las gallinas no vuelan? ¿Quién ha dicho que no? Guillermina, sí. Guillermina voló.

Guillermina siempre andaba mirando al cielo. Desde pequeña había querido volar pero, como todo el mundo sabe, aunque las gallinas son aves, no pueden alzar el vuelo. A lo sumo, si se lanzan desde un lugar elevado moviendo las alas, caen sobre el suelo sin hacerse daño, aunque, la verdad, sin mucha gracia. Y esto era lo que hacía Guillermina.

Todas las mañanas, para bajar al suelo desde lo alto del palo del gallinero, agitaba fuertemente sus alas para conseguir volar un poco más lejos cada día, pero nunca lo lograba. Lo único que conseguía era rebotar un par de veces sobre la barriga antes de aterrizar, perder media docena de plumas por el camino y acabar frenando con el pico para no chocar contra la pared. Esto provocaba las burlas de todos los que andaban cerca.

Matilde y Magdalena, sus compañeras de palo, la señalaban con las alas y cacareaban a coro:

—Coc, coc. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Macario, el cerdo, enroscando y desenroscando su rabito rosado, gruñía:

—Oink, oink. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Marimanteca, la vaca, espantando moscas con sus orejas, mugía:

—Muuuu, muuuu. ¡No puedes volar! ¡Eres una gallina! ¡Eres una gallina! ¡Las gallinas no vuelan! ¡Las gallinas ponen huevos!

Y a pesar de que todo el mundo le repetía lo mismo mil veces para que se convenciera de una vez por todas de que lo que tenía que hacer era poner huevos y olvidar sus clases de vuelo, ella no hacía caso de las burlas y contestaba:

—¡Yo no quiero poner huevos! ¡Yo lo que quiero es volar y algún día lo conseguiré! ¡Ya lo veréis!

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FIN

Cuando lloro, llueve

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Ilustración: Travis King

Cuenta una antigua leyenda que las lágrimas que se escapan de nuestros ojos, aunque parece que caen, en realidad, vuelan. Se elevan hacia las nubes y desde allí, en forma de lluvia, regresan a la tierra y nos mojan cada vez que una nube llora sobre nosotros.

Según el motivo de nuestro llanto, las lágrimas son atraídas por uno u otro tipo de nubes. Así, que solo tenemos que estar atentos cuando vemos llover para saber qué lágrimas han provocado la lluvia.

La lluvia que cae después de una sequía está provocada por lágrimas de felicidad. Las que vertemos, sin saber exactamente por qué, cuando nos sentimos muy bien. Las podemos reconocer porque suelen hacer cosquillas en la nariz y nos hacen ver borroso.

Las lágrimas de risa, las que salen mezcladas con carcajadas y hacen que nos sujetemos la barriga para no partirnos por la mitad, provocan las lluvias de verano y suelen llegar acompañadas de un arcoíris multicolor. Duran poco y estallan con fuerza contra el suelo, rompiéndose en miles de gotitas que lo salpican todo y refrescan lo que tocan.

La lluvia que cae con furia, golpeando sobre el tejado o repiqueteando en los cristales, aquella que viaja a lomos de truenos y rayos, está provocada por lágrimas de rabia. Estas lágrimas se reconocen fácilmente, porque hacen mucho ruido. Son las que nos salen cuando estamos muy enfadados. Cuando van acompañadas de muchos gritos, es seguro que estamos fabricando una gran tormenta que durará toda la noche o incluso varios días.

También está la lluvia que cae tan despacito que dirías que flota, la que parece que no moja, pero que acaba empapándonos. Esa, está provocada por las lágrimas de pena o de dolor, aquellas que se nos acumulan en la garganta formando un nudo que parece que quisiera ahogarnos y después resbalan por las mejillas sin que podamos hacer nada por evitarlo.

Y, finalmente, están las lágrimas que no se pueden llorar. Esas son las peores, porque se lloran por dentro y como no pueden volar hacia las nubes, se quedan estancadas dentro de nosotros y son las que forman los desiertos.

De entre todos los desiertos más desiertos de nuestra Tierra, existió uno al que las nubes nunca iban. Un árido desierto en el que el implacable sol quemaba el suelo desnudo con sus inmisericordes rayos y en el que parecía que la vida no hubiera existido jamás. En medio de ese desierto vivía el hombre que no sabía llorar.

Habitaba una casa llena de polvo, con muebles llenos de polvo, comida llena de polvo y días llenos de polvo. Aquel hombre nunca había sido feliz, nunca se había reído, nunca se había enfadado y nunca había estado triste, porque aquel hombre no sentía. Vivía lejos de todo y de todos y nadie, ni siquiera las nubes, había oído hablar de él.

Aquel hombre solo lloraba por dentro y, cuanto más lloraba más grande hacía el desierto que lo rodeaba. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, lo único que hacía era barrer y barrer su casa y sacar el polvo a los muebles. No descansaba nunca, porque aún no había terminado de limpiar, cuando ya todo volvía a estar cubierto de polvo y tenía que volver a empezar de nuevo, y como lo que hacía no servía de nada, lloraba y lloraba por dentro y su vida era cada vez más y más inútil y más y más polvorienta.

Un día, al mirar por la ventana, vio que en el patio trasero se había acumulado una gran montaña de arena, así que decidió salir a barrer. Al abrir la puerta, provocó una ráfaga de aire que levantó un remolino de polvo. Un diminuto granito de arena fue a parar dentro de su ojo derecho y, por primera vez en su vida, lloró.

Una solitaria lágrima resbaló por su polvorienta mejilla y voló hacia el cielo formando una nube casi transparente. El hombre se rascó el ojo y al hacerlo, brotó un río de lágrimas que salió volando y fue a reunirse con la primera. Muy pronto se formó una gran tormenta. Las nubes se arremolinaron sobre la casa del hombre que no sabía llorar y empezó a llover y a llover. El agua cayó durante un mes entero y limpió a su paso todo el polvo acumulado durante años. Por primera vez también, el hombre fue feliz, y entonces lloró de felicidad; con su llanto aprendió a sentir; y al sentir, el desierto empezó a florecer a su alrededor.

FIN

La moneda de la felicidad

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Ilustración: Ralf Heynen

Mientras tomaba el desayuno, poco sospechaba Águeda que aquella mañana, al ir al colegio, las cosas no iban a ser como siempre.

Cuando salió de su casa y empezó a andar hacia la escuela, algo llamó su atención: a pocos pasos de donde se encontraba, una moneda dorada relucía sobre la acera.

Se acercó con cautela, miró a derecha e izquierda. Hacia delante y hacia atrás. No había nadie cerca. La moneda parecía no tener dueño. Se agachó, la recogió del suelo y la puso en la palma de su mano para observarla bien.

¡Casi se muere del susto al comprobar que la moneda parecía tener vida y le hablaba!:

—Hola, Águeda, soy la moneda de la felicidad.

—¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ¡Pero si hablas! ¿Cómo sabes mi nombre? —le preguntó Águeda a la moneda.

—Porque las monedas de la felicidad somos mágicas.

—¿Y qué tengo que hacer para ser feliz?

—Eso yo no puedo decírtelo, es algo que deberás descubrir tú misma.

Y una vez la moneda hubo dicho esto, se quedó callada y no hubo forma de que respondiera a ninguna de las preguntas que le hizo Águeda.

Justo iba a reemprender el camino hacia la escuela, cuando su madre, que salía de casa camino del trabajo, le dijo sorprendida:

—Águeda, ¡llegarás tarde! ¿Qué haces aquí todavía?

—Mmmmmmmmmmmmm… ¡Se me ha desabrochado el zapato, mamá!, pero ya me marcho —mintió Águeda, por miedo a que le quitara la moneda dorada.

Tan pronto la mentira salió de su boca, Águeda se sintió muy triste por haber engañado a su madre.

Reemprendió el camino hacia la escuela cerrando bien la mano en la que llevaba su preciado tesoro y pensando en cómo podría conseguir la felicidad.

“Si la moneda es de oro –se decía- puedo venderla y obtener mucho dinero a cambio. Con todo lo que consiga, me compraré lo que quiera y seré feliz. Aunque tal vez sea mejor que la guarde, porque si es mágica seguro que se multiplica y, entonces, en lugar de una moneda tendré un gran tesoro y podré comprar más cosas. ¡Compraré todo lo que se me antoje! ¡Y seré la más feliz del mundo!…”

Y pensando, pensando, llegó al colegio muy preocupada, porque no sabía qué hacer con la moneda de la felicidad y porque tenía mucho miedo de perderla o de que se la robaran.

En la escuela, le contó su secreto a su mejor amiga, Laurita, que le dijo:

—¡Déjame ver la moneda!

-¡Mira!

—¡Qué bonita!, ¿me la dejas un rato?

—¡No! ¡Ni pensarlo! ¡Esta moneda es solo mía!

Laurita, muy ofendida, ya no quiso ser amiga de Águeda, así que Águeda se quedó sola y aún más triste que cuando le había mentido a su madre.

Durante la clase no hizo más que mirar la moneda a hurtadillas, así que no aprendió nada y la profesora la riñó. Su tristeza aumentó más si cabe, porque Águeda era muy buena estudiante y solía sacar muy buenas notas.

Después de la escuela, cuando regresaba a su casa cabizbaja y abatida por todo lo que le había ocurrido aquel día, vio a un músico callejero que con los ojos cerrados y una gran sonrisa estaba tocando su viejo violín. Se acercó y se puso a escuchar la dulce melodía. Tan preciosa era la música que Águeda, al oírla, se sintió de repente transportada a otro mundo. Cuando el músico terminó de tocar, pasó su sombrero entre los espectadores y como Águeda no llevaba nada más que su moneda dorada, decidió regalársela al músico.

Justo en el momento en el que la moneda caía en la gorra gris, Águeda sintió que la dicha más completa la embargaba y se sintió alegre; tan alegre como nunca antes se había sentido y, de pronto, comprendió que la verdadera felicidad es tan sencilla, simple y pequeña que no hace falta una moneda dorada para conseguirla.

FIN

Un dragón en la cocina

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Bartolomé Adalberto Fructuoso del Churrusco y Quequemo VI era, como su nombre indica, el sexto de su linaje que llevaba este nombre. Solo los primogénitos más feroces de esta saga de dragones, que desde hacía siglos aterrorizaban la región de Pantagualago, lo habían llevado. La familia de dragones Churrusco y Quequemo era la última que quedaba en la tierra.

Al pobre dragón le pesaba tanto su nombre, que había decidido, en contra de la voluntad de toda su familia, que lo llamaran Fru.

Fru vivía con su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y catorce de sus dieciséis tatarabuelos, ya que dos de ellos habían decidido mudarse a la playa. Eran ya muy ancianos y el clima húmedo de Pantagualago era muy perjudicial para su reuma. Habitaban todos juntos en un inmenso castillo que había pertenecido a la familia desde ya nadie recordaba cuándo.

Como único heredero de tan rancia estirpe, Fru era educado por los mejores maestros de la zona, que le enseñaban las técnicas más depuradas del control del fuego, de los bramidos más espantosos, del vuelo en picado y, en fin, de todas aquellas habilidades en las que se espera que destaque un buen dragón.

Pero aunque Fru se esforzaba muchísimo por contentar a su familia, no había forma de que aprendiera a ser un dragón perfecto. En lugar de una terrible llamarada, de su nariz solo salía un pequeño chorro de fuego, claramente insuficiente para reducir a cenizas un bosque o un pueblo entero; en lugar de un bramido terrorífico, de su garganta salían alegres gorgoritos que más que aterrorizar a la gente la hacía reír. Y el más grande de los problemas: se mareaba al volar. En cuanto empezaba a alejarse del suelo y miraba hacia abajo, su piel pasaba del verde brillante al rosa pálido, a su alrededor todo daba vueltas y lo máximo que había conseguido era elevarse cuatro palmos del suelo antes de caer.

Y es que eso de ser un dragón normal, a Fru no le hacía ni fú ni fa. Él no quería quemar ni aterrorizar y muchísimo menos aún quería volar, por mucho que todos los Bartolomés Adalbertos Fructuosos del Churrusco y Quequemo de su estirpe lo hubieran hecho durante siglos antes que él. Lo que más deseaba en el mundo Fru era ser cocinero.

Cuando la noticia llegó a oídos de la familia, se armó un jaleo espantoso y más de una nariz empezó a echar llamaradas de indignación. Su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y catorce de sus dieciséis tatarabuelos trataron de convencerlo de que su idea era peregrina. Incluso los dos tatarabuelos que vivían en la playa fueron a visitar a Fru para intentar razonar con él. Nada de lo que le dijeron sirvió de nada. Después de haberlo meditado mucho, Fru había tomado una decisión y nada ni nadie podían hacerlo cambiar de idea.

A la mañana siguiente, después de despedirse de toda la familia, se dirigió hacia la ciudad y allí pidió trabajo en una salchichería. Con el fuego que salía de su nariz, en lugar de quemar bosques y pueblos, asaba las más deliciosas salchichas con queso y lechuga que nadie hubiera probado jamás. Y aquella salchichería, con su súper fruchicha especial, se convirtió en la más famosa del mundo.

Su madre, su padre, sus cuatro abuelos, sus ocho bisabuelos y sus dieciséis tatarabuelos no tuvieron más remedio que reconocer que Fru había tomado una decisión muy acertada, así que, siguieron su ejemplo y dejaron de aterrorizar a los habitantes de la región de Pantagualago, se trasladaron con Fru a la ciudad y todos se pusieron a asar salchichas.

A partir de entonces, no se han vuelto a ver dragones sobre la faz de la tierra, pero sabemos que aún existen porque hay salchicherías y en cada una de ellas se esconde un dragón cocinero.

FIN

Abrigos de nubes

01_abrigoHace mucho, muchísimo tiempo, hubo una vez en la que el mundo era todo de hielo.

Aquellos fueron días muy, muy fríos. En el cielo, densas nubes ocultaban el sol y en la tierra, miraras hacia donde miraras, un espeso manto blanco lo cubría todo. Los habitantes del planeta estaban tristes porque no entendían lo que ocurría y la gente permanecía día tras día en las cavernas para guarecerse del intenso frío. Apenas podían comer y la tierra se iba quedando sin habitantes.

En esa época, el ser humano aún hablaba con los animales y con las plantas y fue, precisamente, gracias al maravilloso don de entender a la naturaleza que la raza humana se salvó de perecer congelada y pudo perdurar.

Esta es la historia de lo que ocurrió.

En una escarpada región montañosa vivía una tribu de humanos que compartía una profunda y oscura cueva con una familia de osos pardos. Personas y osos unían sus fuerzas para conseguir sobrevivir.

Los humanos sabían hacer fuego, así que su labor era mantener la cueva limpia y caliente mientras que los osos, con sus poderosas zarpas, se encargaban de escarbar el hielo en busca de líquenes y plantas comestibles y pescaban peces bajo la superficie del lago helado cercano a la cueva.

Los dos grupos convivían en paz y armonía, pero las provisiones cada vez escaseaban más y los osos apenas tenían suficiente para ellos, por lo que poco podían ofrecer a los humanos y estos, acuciados por el hambre, decidieron enviar a un explorador hacia los valles para ver si en aquella zona la comida era más abundante.

Pasaron los días y el explorador no volvió.

Entonces decidieron enviar a otro; y luego a otro; y a otro; y a otro más. Pero ninguno de ellos regresó a la cueva.

Como los humanos no sabían qué hacer, decidieron consultar a Jum, la osa más sabia de la región. Después de reflexionar durante largo rato, Jum concluyó que el problema era que hacía demasiado frío para los humanos y que tan solo lograrían llegar al valle si se abrigaban bien. Pero los humanos no tenían pelo como los osos, así que estaban en un grave aprieto: o se morían de hambre dentro de la cueva o se morían de frío en el exterior. Parecía que su dilema no tenía solución.

La sabia osa pensó y pensó y, finalmente, halló la solución: tejería ropa de abrigo para que los humanos pudieran guarecerse del frío; y la tejería de nubes, el mejor material de la tierra para soportar la lluvia, la nieve y el granizo, ya que las nubes solo se deshacen cuando brilla el sol.

Jum se puso manos a la obra y, en poco tiempo, confeccionó un abrigo para cada uno de los miembros de la tribu. A medida que iba tejiendo abrigos de nube, los humanos se los iban poniendo y se marchaban hacia el valle hasta que, al final, ya no quedó nadie en la cueva.

Jum había tejido tantos abrigos que casi no quedaban nubes en el cielo y el sol, tímidamente, asomó y la nieve comenzó a deshacerse.

En el valle, los humanos encontraron alimentos en abundancia y decidieron quedarse a vivir allí.

Transcurrió el tiempo, el sol volvió a resplandecer con toda su intensidad y, poco a poco, los abrigos de nubes se fueron haciendo jirones hasta que, un día, desaparecieron por completo.

A partir de entonces, las nubes fueron solo nubes y los hombres olvidaron el lenguaje de la naturaleza. Olvidaron también su amistad con los osos y olvidaron, que una vez, cuando el mundo era todo de hielo, les habían salvado la vida.

FIN

El Duende del Tiempo

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Ilustración: kperusita

Cada primero de enero, justo al cambiar de año, el Duende del Tiempo le regala a cada persona una cajita llena de tiempo. En ella hay 365 días. O lo que es lo mismo, 8 760 horas; 525 600 minutos; 31 536 000 segundos.

Cada uno de enero somos millonarios en tiempo y sin embargo…

… y sin embargo, a medida que se crece, se va desaprendiendo a usar este valioso regalo;  y es por eso que la mayoría de los adultos no tiene ni la menor idea de administrar el tiempo que recibe. Porque el tiempo no es oro; el tiempo tiene su propio valor, su propia medida y sus propias leyes.

Si intentas ahorrarlo acabas perdiéndolo, en cambio, si lo pierdes, acumulas momentos.

Si lo inviertes muy rápido no te da interés, pero si lo inviertes despacio, a medida que pasan los años, los recuerdos son cada vez más interesantes.

Si lo gastas en esas cosas que llaman «útiles», se marchita, pero si lo gastas en esas cosas que llaman «inútiles», florece.

Así, que aunque el tiempo pueda parecer muy extraño, no lo es, lo que ocurre es que va a su ritmo y, por mucho que te empeñes en otra cosa, el Duende del Tiempo solo pone en cada hora 60 minutos y en cada minuto 60 segundos. Nada más y nada menos.

Al Duende del Tiempo no le gustan las prisas y no soporta la impaciencia. Puede hacer que cinco minutos sean eternos o, por el contrario, que años enteros pasen en un suspiro. Si tú quieres correr, él correrá más rápido y si estás impaciente y deseas que algo llegue deprisa, él hará que todo vaya muy despacio. Lo mejor que puedes hacer es no pelearte con él porque siempre acaba ganando.

Al Duende del Tiempo le gusta oír por las mañanas:

—¡Buenos días!, ¿qué tal has dormido?, ¿qué has soñado?, ¿qué planes tienes para hoy?

Entonces sonríe y ya puedes estar seguro de que el día será brillante y alegre.

En cambio, si se despierta escuchando:

—Deprisa: despierta y levántate. Deprisa: tómate el desayuno. Deprisa: vístete. Deprisa: que llegaremos tarde.

El Duende del Tiempo se pone de muy mal humor y entonces seguro que el día será oscuro y triste.

Tampoco soporta las prisas por la noche:

—Deprisa: acábate la cena. Deprisa: lávate los dientes. Deprisa: ponte a dormir que mañana hay que madrugar.

Al Duende del Tiempo le gusta oír otras cosas:

—¿Qué tal te ha ido el día?, ¿a qué has jugado?, ¿qué has imaginado?, ¿de qué has hablado con tus amigos?

De las preguntas que se hacen al final del día depende que el Duende del Tiempo le pida al Duende del Sueño que envíe pesadillas o dulces sueños.

El Duende del Tiempo no comprende por qué la gente mayor malgasta tan deprisa el tiempo que les regala, porque el tiempo que no se invierte en cosas hermosas es un tiempo que se pierde irremediablemente.

Así, que escucha bien sus consejos y, este año, aprovecha bien tu tiempo…

Cada mañana, abre despacio los ojos y disfruta de cada despertar.

Recuerda tus sueños antes de levantarte de la cama.

Mójate bajo la lluvia.

Saborea un pastel con los ojos cerrados.

Pasea por el campo y respira hondo.

Escucha el silencio.

Observa qué hace una hormiga.

Déjate acariciar por el sol.

Sumérgete en las olas y recoge piedras en la arena de la playa.

Mira a los ojos a un perro o a un gato mientras lo acaricias suavemente.

Pasea por la ciudad y observa a la gente.

Lee libros.

Ríete sin motivo.

Hay tantas cosas por hacer. Párate y disfruta.

Ama despacio.

Mira despacio.

Escucha despacio.

Disfruta despacio.

Habla despacio.

Siente despacio.

Porque disfrutar de cada instante es la única forma de vivir de verdad.

Antes de decir «No tengo tiempo» o «Deprisa», recuerda el valioso regalo que recibes del Duende del Tiempo y no olvides que vivir es, precisamente, aprender a invertir, segundo a segundo, el tiempo que se te otorga.

El Duende del Tiempo es eterno y sabe muy bien de lo que habla así que… ¡hazle caso!

FIN

El muñeco de nieve que no se quiso deshacer

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Los muñecos de nieve solo son un montón de nieve al que se le pone un gorro, una bufanda, una zanahoria por nariz y dos piedrecitas por ojos. Después, cuando sale el sol y deja de hacer frío, el montón de nieve se convierte en agua y el muñeco desaparece.

Aunque no siempre es así. En ocasiones, los muñecos de nieve cobran vida y viven para siempre. Pero para que un muñeco de nieve pueda cobrar vida, se deben dar ciertas circunstancias.

Primero, se tiene que empezar a hacer el muñeco exactamente dos horas después de que haya caído el último copo de nieve del cielo.

Segundo, un rayo de sol tiene que tocar la punta de la zanahoria que le hace de nariz justo en el momento en el que se le coloca al muñeco.

Tercero, y muy importante, al ponerle las dos piedras que hacen de ojos, lo primero que tiene que ver el muñeco es una pluma azul de pájaro flotando en el aire.

Si se cumplen estas tres condiciones, el muñeco de nieve puede cobrar vida cuatro horas y siete minutos después de que el último ser humano lo haya mirado.

Pero para poder vivir, el muñeco de nieve tiene que desearlo y pedírselo de este modo a la primera estrella que aparece:

Estrellita del cielo,

la primera que veo,

estrellita te ruego:

¡que se cumpla mi deseo!

Es muy, pero que muy, muy difícil que todas estas circunstancias se den al mismo tiempo. De hecho, diríamos que es casi imposible y, que nosotros sepamos, solo se conoce un caso en todo el mundo. Ocurrió hace muchísimo tiempo y en los libros de historia no consta. Nosotros nos enteramos de su existencia por casualidad, ojeando la Enciclopedia de los hechos verdaderamente importantes una tarde lluviosa.

En el tomo XLI, leímos que el único muñeco de nieve vivo de la historia empezó a respirar la noche del 24 de diciembre de 1224 y que, en la actualidad, está viviendo en el Polo Norte (los climas cálidos parece que son un poco perjudiciales para su salud), y está felizmente casado con una osa polar.

Cada 24 de diciembre, para festejar su cumpleaños, el muñeco de nieve concede un deseo al primer ser humano que esa noche se asoma a la ventana y pide a la primera estrella que aparece:

Estrellita del cielo,

la primera que veo,

estrellita te ruego:

¡que se cumpla mi deseo!

FIN

Una Navidad monstruosa

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Ilustración: María Keller

Pues sí, los monstruos existen, aunque hay gente que siempre se empeña en negarlo. Los hay de todo tipo: altos, bajos, mudos, charlatanes, oscuros, de vivos colores, buenos, malos, pesados, discretos… Donde viven personas, viven monstruos. Hay gente que solo tiene uno y hay quien tiene una verdadera colección de monstruos a su alrededor. Hay quien idolatra a sus monstruos y hay quien los detesta. Todo depende del monstruo y de su dueño.

El de nuestra historia es el monstruo de Pecas y se llama Fiver. Fi-, porque adora las fiestas y -ver, porque es verde.

Fiver acompaña a Pecas desde que nació y ahora que Pecas ya ha cumplido 10 años siguen asistiendo juntos a todas las celebraciones.

Al principio, Pecas le tenía miedo, porque apareció de repente, cuando en su primer cumpleaños sus padres encendieron la vela del pastel pero, poco a poco, se fue acostumbrando a su presencia y ahora, cuando hay celebraciones, Pecas siempre lo invita.

De todas las fiestas, las que más le gustan a Fiver son las de Navidad, porque siempre hay mucho ruido en la ciudad, la gente está contenta, hay regalos y porque, además, Pecas invita a algunos de los primos de Fiver: el monstruo de las Cosas que Haré, el monstruo de las Ilusiones Futuras, el monstruo de los Regalos Inútiles y el monstruo de Ponme un Poco Más, que a Fiver no le cae muy bien, porque no para de comer y siempre habla con la boca llena. Todos juntos pasan las vacaciones en casa de Pecas. Alguna vez, también pasan las navidades con ellos el monstruo de Me Duele la Barriga y el monstruo de Todo Mío, invitados de Quejica, el hermano pequeño de Pecas, que llora por cualquier cosa y es muy pesado. Tanto como sus monstruos, que siempre se quejan de todo.

Este año, sin embargo, Fiver está muy preocupado porque se acercan las fiestas y no ha recibido todavía la invitación. Así que ha decidido ir a visitar a Pecas, aunque hoy no haya ninguna celebración.

—¿Tú por aquí Fiver? ¡Pero si hoy no celebramos nada!

—Hola, Pecas, ya lo sé. He venido porque estoy un poco preocupado. ¿Hay algún problema? Ya estamos a 17 de diciembre y aún no he recibido tu invitación para las fiestas de Navidad.

—¿Cómo que no la has recibido? ¡Pero si te la envié a principios de mes!

Los dos, muy extrañados, deciden investigar lo que ha ocurrido y descubren que Odio que los Demás se Diviertan, el monstruo peludo y antipático de don Paulino, el vecino de abajo, ha interceptado todas las invitaciones. Así, que Pecas y Fiver se han tenido que colar sigilosamente en casa de don Paulino y recuperarlas todas. Después, les han pegado un sello urgente en el sobre y las han echado al buzón de los monstruos. Como el correo de los monstruos es muy rápido y eficaz, todas las invitaciones llegarán a tiempo y los monstruos navideños podrán asistir, como cada año, a la fiesta de Pecas.

Y tú, ¿ya has enviado las invitaciones a todos tus monstruos navideños?

FIN

Los colores del día

01lluvia

Algunas veces oigo que los mayores dicen que los días son grises, pero por más que lo pienso, no acabo de entender por qué dicen eso.

Mis días siempre están llenos de colores. Incluso en el día más gris de lluvia gris hay colores, porque entonces, cojo mi paraguas, me pongo las botas de agua y me divierto pisando charcos y mirando los reflejos del arcoíris sobre la acera.

¿Un día gris? ¡Qué va! Hoy, sin ir más lejos, mi día ha tenido ¡nueve colores!

Justo cuando ha sonado el despertador, me he enfadado, porque tenía mucho sueño, así que todo lo veía de color rojo.

Pero enseguida se me ha pasado, porque he recordado que en el colegio jugaría y aprendería muchas cosas y, de repente, todo se ha vuelto de color de rosa.

Me he levantado y he bajado corriendo las escaleras, cosa que siempre me dicen papá y mamá que no debo hacer, pero a mí se me olvida; y por correr me he caído y entonces el día se ha puesto violeta, como el chichón de mi cabeza. He llorado un poco, pero enseguida me han curado con un beso y una tirita.

He desayunado un gran vaso de blanca leche, un zumo naranja de naranjas, y unas tostadas, que aunque no tienen colores huelen muy bien.

Cuando he salido a la calle, el cielo estaba tan azul que pintaba todo lo que tocaba; los cristales de los coches eran del azul del cielo, los escaparates de las tiendas eran del azul del cielo… incluso las gafas de la señora María, la del kiosco de la esquina, parecían azules, ¡como el cielo!

En el colegio hemos jugado en el patio, que está lleno de árboles verdes. En los árboles hay nidos y he pensado que me gustaría ser un pájaro para poder volar.

Ahora, que la noche lo ha puesto todo negro aún queda un poquito de color en el día, porque para cenar tengo huevo frito con arroz y cuando pincho la yema, ¡todo se pone amarillo!

Así que, por más que lo pienso, sigo sin entender por qué algunas veces los mayores dicen que los días son grises.

FIN