Martes de cuento

La generosidad

Ilustración: MARIday

El joven señor Chang heredó, a la muerte de su padre, el puesto de ministro y miles de funcionarios que trabajaban a su cargo. Además de mucho dinero, joyas y casas en la ciudad, el rico patrimonio incluía también un extenso feudo de miles de hectáreas en el campo, muy lejos de la capital. Los habitantes que vivían allí cultivaban la tierra en arriendo y pagaban un tributo anual al ministro.

Al llegar el tiempo de recaudar las contribuciones, el nuevo ministro Chang preguntó a sus funcionarios quién quería ayudarlo en aquel difícil y poco agradable trabajo. Se ofreció voluntario uno de sus empleados, un joven llamado Feng Huan, a quien se le encomendó tan delicada tarea.

Al día siguiente, Feng Huan montó en el carruaje del ministro Chang y antes de partir preguntó:

—¿Excelencia, deseáis que adquiera algo con el dinero que obtenga de la recaudación?

El ministro Chang, que tenía de todo, no se le ocurrió nada que pedir en ese momento, pero le dijo:

—Mmm, ¡consígueme algo que falte en esta casa!

—Así lo haré, Excelencia —contestó el joven funcionario arrancando el carruaje.

Cuando llegó a los feudos, Feng Huan cobró de los campesinos cien mil monedas de oro como pago de los tributos anuales. Pero un buen número de arrendatarios no pudo pagar su deuda. La mala cosecha durante varios años consecutivos los había ido empobreciendo, conduciéndolos al borde de la indigencia. Era imprescindible hacer algo para sacar a aquellas personas de su situación ya que, de otro modo, abandonarían las tierras y dejarían de pagar sus impuestos. Consciente de eso, el encargado de la recaudación convocó a todos los arrendatarios en la plaza del pueblo, pidiéndoles que llevaran con ellos los títulos de la deuda.

Acudieron todos los deudores sin saber qué les iba a pasar, preocupados por su pésima situación económica. Estaban decididos a luchar hasta el final para conservar sus últimas posesiones y no morirse de hambre. Al empezar a hablar el enviado del nuevo ministro, tuvieron la terrible sospecha de que se iban a enfrentar a una gran tragedia.

—En nombre de su excelencia el señor ministro Chang, les pido que me muestren sus títulos para comprobar conmigo las cantidades que deben a mi señor.

Los arrendatarios estaban tristes y preocupados pensando en lo que les ocurriría. Sin embargo, al terminar de comprobar sus deudas y obligaciones y esperando el momento en el que se les anunciara una medida drástica de coacción para obligarlos a pagar, se sorprendieron enormemente con lo que oyeron:

—En vista de las dificultades que os acosan y como manifestación de su gran generosidad y del cariño que siente por todos vosotros, el nuevo ministro ha decidido perdonar todas vuestras deudas anteriores. Y ahora, en vuestra presencia, quemaré todos los títulos de deuda para liberaros del pago y para que podáis empezar de cero.

Al principio nadie podía creer sus palabras. Anonadados, no comprendían el significado de aquella decisión.

Pero al instante, cuando vieron que se levantaba una roja llamarada de aquel montón de documentos que los había sometido durante tantos años al martirio económico, reaccionaron con grandes y alegres exclamaciones de júbilo y con lágrimas de agradecimiento.

Feng Huan volvió contento a la residencia del nuevo ministro, quien se sorprendió de la brevedad de su viaje:

—¿Ya has terminado con la recaudación? ¡Cuéntame!, ¿qué tal ha ido?

—Ha ido muy bien, señor. Además de recaudar cien mil monedas de oro, he adquirido algo que, hasta ahora, no tenía en su casa.

El nuevo ministro se mostró intrigado y preguntó:

—¡Ah!, ¿sí? ¡Dime!, ¿qué has comprado? ¿Una joya?, ¿una casa? ¿un carruaje nuevo?…

Feng Huan le explicó:

—Como su noble familia es tan rica en joyas, tierras y casas, no se me ocurrió comprar nada de todo eso. Sin embargo, pensé que había algo que indudablemente faltaba en su familia desde tiempos inmemoriales: la generosidad. Por lo tanto, pensé que si pudiera gastar algún dinero para adquirir esa gran virtud, su noble familia se vería enriquecida de forma inimaginable.

A continuación, Feng Huan le explicó detalladamente lo ocurrido.

Cuando terminó, notó que la cara de su amo se había congestionado por el disgusto, la desesperación y una inexplicable ira. El joven Feng Huan abandonó rápidamente la casa, mientras el ministro gritaba secamente:

—¡Vete inmediatamente! ¡Menudo favor me has hecho! Sal de mi vista antes de que me arrepienta. ¡No quiero verte nunca más!

Al año siguiente, por una intriga de palacio, el nuevo ministro perdió el favor del Emperador y fue despojado de su cargo y desterrado. Se sentía solo y abandonado. Todos sus amigos se alejaron de él y su carrera política se apagó irremediablemente.

Abandonó la capital, lleno de tristeza, frustrado y abatido por la desgracia, y se encaminó hacia su feudo en el campo, la única posesión que le habían dejado conservar.

A medida que atravesaba sus tierras, comprobó con asombro que las gentes salían a recibirlo con los brazos abiertos, haciéndole reverencias en señal de respeto y admiración.

Al principio, se quedó totalmente desconcertado y su triste corazón experimentó un sentimiento inusual de paz. De repente, recordó lo que había hecho el recaudador de deudas el año anterior y sus ojos se inundaron de lágrimas de agradecimiento:

—Ahora comprendo lo útil de lo que hizo Feng Huan al adquirir la generosidad que siempre había faltado en mi casa.

FIN

El patito guapo

Ilustración: TurtleSunday

Érase una vez un patito muy, muy guapo… pero muy, muy presumido. Se llamaba Max. Todos los días, en su granja, se paseaba delante del resto de los animales hablándoles de lo bonitas que eran sus plumas, su pico o su cola.

—Mirad, mirad —les decía a las gallinas–, ¿habéis visto alguna vez unos andares tan estilosos como los míos?

Las gallinas lo miraban en silencio, pensando: «¡Será presumido! Cómo si nosotras no los tuviéramos».

Otras veces comentaba con los conejos:

—¿A que nunca habíais conocido a nadie con esta mirada tan hermosa?

Los conejos se miraban callados, con la misma idea en la cabeza: «¡Vaya prepotente!».

En cuestión de diez meses, los animales se cansaron de él y una noche se reunieron en una asamblea de urgencia, sin avisarlo.

—Os hemos convocado —decía el gallo Juan en voz baja, intentando ser escuchado por los demás animales— para decidir qué hacer con Max. Es inaguantable y cada día que pasa es peor. Yo no lo soporto más.

—Es cierto, es un pesado —decían unos.

—¡Un cansino! —se agitaban otros.

—Calmaos, o se despertará —tranquilizaba Juan.

La familia de Max, avergonzada, abandonó la reunión.

—Hay que solucionarlo de alguna forma —prosiguió Juan—. Solo se me ocurre echarlo de la granja. Quien esté a favor, que se quede callado. Si alguien está en contra, que hable.

Ninguno de los asistentes dijo nada.

—Mañana lo echaremos —zanjó Juan.

A la mañana siguiente, Juan fue a darle la noticia a Max.

—Max, quiero decirte algo en nombre de todos.

—¡No me lo digas, no me lo digas, me habéis votado como el animal más guapo de la granja!

—¿Quéééé? ¡No! Lo que vengo a decirte es que no queremos verte más por aquí. Te expulsamos de la granja.

Max se quedó boquiabierto y dijo:

—Pero ¿por qué me echáis?, ¡si soy muy guapo!

—Porque también eres muy presumido —contestó Emilio, el anciano perro.

—Demasiado —se quejó María, la cerda.

—Sí, muy pesado. Te crees que los demás somos peores que tú –replicó Manuel, el caballo–. Queremos que te vayas.

Max fue a buscar a sus amigos Charlie, Ana, Óscar y Chris, pero también estaban contra él. Cuando los encontró intentó hablar con ellos:

—Amigos, ¿habéis visto lo que me han hecho?

Los cuatro lo miraron con indiferencia, sin responderle.

—Venga chicos, uno para todos y… –dijo extendiendo la mano.

Pero sus «amigos» tampoco dijeron nada. Ni se acercaron a él.

Entonces, Max pensó en su familia: «Mamá, papá… ¡Claro, ellos seguro que me ayudan!». Fue corriendo a llamarlos. Pero ellos, que eran unos sinvergüenzas y listillos, sabían que iba a llegar ese momento y no querían seguir sintiendo vergüenza por su culpa. Así que se marcharon a pasear en cuanto lo vieron y lo abandonaron.

—¡¡Mamá, papá!! —gritaba Max— ¡No me dejéis solo!

Cuando vio que no volvían, decidió que lo mejor para todos sería desaparecer de allí. Durante semanas, Max aprendió a vivir solo en la soledad del bosque que circundaba la granja. Sin amigos, sin familia, sin animales a los que poder hablar de su bonito plumaje, de su pico estilizado o de su dulce graznido. Max se alimentaba como podía. Perdió peso y su plumaje cambió. Pasado un año, su aspecto era diferente, pero todavía era presumido. Cuando se vio reflejado en un lago decidió volver a la granja. Quizá tan cambiado lo readmitirían. Cuando llegó, un gato se puso ante él.

—¿P-p-puedo entrar? —preguntó tartamudeando.

Max estaba nervioso. El gato miró a Manuel y a un perro nuevo que había llegado en lugar de Emilio. Se observaron durante unos instantes y asintieron.

—¡Claro, aquí eres bienvenido! —dijo Manuel.

Max sonrió.

—¿Me b-b-buscáis una familia? —agregó con timidez.

—Claro, ¡pero entra ya! —lo apremió Manuel.

—¡¡¡Gracias!!! —exclamó contento.

Cuando pasó ante Manuel, este se lo quedó mirando. Algo en él le resultaba familiar. «Se parece al patito guapo». Sin embargo, observó que las patas eran más largas, sus plumas de un color distinto, tenía un pico grande y un lunar bajo el ojo derecho. No recordaba que el patito fuera así. «No, seguro que no es él», pensó.

Como no lo habían reconocido, decidió cambiarse el nombre para no levantar sospechas. Delante de todos, se presentó:

—Hola a todos, me llamo Mario.

—Bienvenido Mario —corearon los animales.

—Esta es tu nueva familia —le dijo Juan, señalando a los patos con los que iba a vivir.

Eran dos patos recién instalados en la granja, hacía solo una semana que habían llegado buscando un hogar tras haber perdido el suyo en una gran tormenta. Mario los abrazó, agradeciéndoles que lo aceptaran con ellos, y se fue a casa de su nueva familia. Los días pasaron y Mario volvió a las andadas, alardeando de las cualidades que tenía. Sus nuevos padres pronto notaron lo presumido que era.

—Oye, David, nuestro hijo es presumido, tenemos que hacer algo o lo echarán de la granja —dijo preocupada Lucía, la mamá.

—Sí, tienes razón —contestó—. ¿Qué podemos hacer?

—No lo sé… Mario es un patito bueno y noble, pero como siga así, los demás lo empezarán a odiar. Yo lo quiero, porque es el hijo que nunca pudimos tener, pero entiendo que no es fácil soportar a alguien así.

—¿Y si hablamos con María? He escuchado que tiene experiencia tratando a animales con problemas.

—¡Me parece una gran idea! —dijo Lucía.

Al día siguiente, fueron los tres a ver a María.

—Querida María —dijo David—, necesitamos tu ayuda. Resulta que Mario tiene un problema. A veces… Cómo decírtelo… Es demasiado presumido.

—Uy, qué me vas a contar —dijo María indignada—. Me recuerda tanto a Max… Era un patito que echamos de aquí hace un año porque era inaguantable.

—Por eso estamos aquí —interrumpió Lucía—. Queremos que nos ayudes a que deje de ser tan presumido.

Mario estaba cabizbajo. Sentía que otra vez iba a ocurrir lo mismo.

—Lo que pasa es que solo puedo hacerlo si él colabora —dijo mirando a Mario—. ¿Lo harás?

—S-sí –dijo nervioso.

—Muy bien, ¡entonces solo será cuestión de tiempo que lo logremos! —dijo María con ilusión.

Y así fue. Poco a poco, con la ayuda de María, Mario mejoró su actitud. Cinco meses más tarde, ya no era presumido. Los demás animales de la granja festejaron que Mario se hubiera convertido en un animal agradable y simpático con los demás. Así que tuvo una vida buena para siempre.

FIN

Lo más hermoso

Ilustración: frana

I

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía el geniecillo, saltando en las hojas de los eucaliptos.

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía colgándose de las gotas de lluvia.

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Hacía saltando de una flor a otra, de las margaritas a las caléndulas, de las violetas a los conejitos. Por eso le llamaban Tip. Dormía en las hojas de un rosal, que el viento mecía. Y lo hacía cuando tenía sueño, porque Tip no usaba reloj. Además… ¡era tan lindo hacer escaleritas con los rayos de luna, para treparse a cazar estrellas! Y eso puede hacerse tan solo por la noche. También le gustaba subir por los hilos del sol y sentarse en las altas montañas, o dejarse llevar arrastrado por una nube hasta el país de los truenos… ¡Qué feliz era Tip!

—¡Tip…! ¡Tip…! ¡Tip…!

Saltando el geniecillo en su nido de hojas, se acomodó para dormir.

Era una mañana fresquita de otoño.

—¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

El pequeño Tip asomó su cabecita.

—¿Será ella? –se dijo.

Sí. Era Elenita, la rubia chiquilla de la casa, que salía para la escuela. Tip vio en la ventana, que estaba cerquita del rosal, el rostro sonriente de la mamá, que despedía a su nena.

De pronto Tip sintió curiosidad. Miró por el cristal de la ventana. La señora iba y venía, arreglaba una cosa larga que debía ser la ropa de dormir de Elenita, guardaba cosas, limpiaba otras, pasaba por el suelo un palo largo con pelos amarillos…

Más tarde se oyó otra vez:

—¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

Elenita volvía. Con su bonito delantal blanco y sus trenzas doradas.

Tip se colgó de la cartera y entró con ella en la casa.

—¡Tic, tac! ¡Tic, tac! ¡Tic, tac! –le llamó un señor gordo, que miraba con un gran ojo redondo.

Tip saltó hasta allí. Pero el señor gordo no tenía más que contarle. Solo decía:

—¡Tic, tac! ¡Tic, tac! ¡Tic, tac!

En cambio, Elenita y su mamá ¡cómo charlaban alegres luego de saludarse con un beso! ¡Y cuánto aumentó la alegría cuando llegó papá y todos se sentaron a la mesa!

Muchas veces más, Tip entró con Elenita y gozó de los encantos de aquel hogar.

II

Cierta mañana, casi al mediodía, despertó Tip en su nido de hojas.

 —¡Tap…! ¡Tap…! ¡Tap…!

Los pasos de Elenita sonaban desiguales.

—Parece que tiene fiebre –murmuró la madre al verla.

Y así era, en efecto. Poco después, Elenita se hallaba en la cama, bien abrigada. Papá se afligió mucho. Tip, sentado en la almohada, sintió que la frente de la niña quemaba como el sol en los días de verano.

Pronto vio el geniecillo cómo todo trabajo aumentaba en casa para la buena mamá. Y notándola cansada y preocupada, resolvió ayudarla de algún modo.

Mientras la nena dormía, corrió donde estaba la ropa jabonada: salto, se zambulló, resbaló en la tabla, subió gateando y fregó, fregó, hasta que la ropa quedó tan limpia como nueva. Luego se acomodó junto a los platos sucios. Mamá estaba lavando. Tip, colgado del trapo, hizo tan fuertes ejercicios que todo se acabó rápidamente. Entonces le tocó el turno a la escoba. Empujó los pelos amarillos, de modo que a mamá le parecía más liviano el trabajo. Y así siguió. De una y mil maneras trató de ser útil.

Cuando Elenita estuvo algo mejor, Tip le susurraba hermosas historias. Por eso un día, mientras mamá barría el piso, Elenita dijo:

—¿Sabes, mamá, que tengo sueños muy bonitos? Es un geniecillo que…

Mamá cesó de barrer.

—¡Mamá! ¡La escoba barre sola…!

—No puede ser.

—¡Sí, sí, sí! ¡Mira!

Tip, distraído, continuaba barriendo enérgicamente…

Mamá se frotaba los ojos por si fuera sueño. Pero la niña suspiró sonriente:

—¡Es el geniecillo!… Ya me parecía…

Tip se sobresaltó. Lo estaban mirando. Desapareció instantáneamente. La madre aún dudaba. Pero quisieron probar. Y en un plato colocaron dulce como jugo de flores. Si Tip estaba escuchando y lo comía, demostraba su existencia. Y así fue.

III

Día tras día, tomaba Tip el rico dulce del plato. Mas de pronto, se puso triste, y volvió a su nidito de hojas. Por primera vez en su vida, lloró.

El sol, la luna, las nubes querían consolarlo. Pero él no los veía. Nada veía, sino la pena de no pertenecer realmente a ese hogar donde tanto había ayudado. Y se sintió solo, solo…

No supo cómo fue. Pero en cierto momento oyó que alguien le hablaba:

—Has sido un buen geniecillo, Tip. Puedo concederte lo que más desees.

—¿Yo? ¿A mí? ¡Oh, Gran Genio! Yo deseo lo más hermoso del mundo, y tú no me lo darás.

—¿Por qué no? –preguntó seriamente el Gran Genio.

—Porque… porque no es la costumbre.

El Gran Genio, pese a toda su sabiduría, quedó extrañado.

—Puedo darte la gran perla que hicieron mil ostras en el fondo del océano. O el cofre maravilloso donde se encierran todos los conocimientos.

Nada de eso interesaba a Tip.

—Gran Genio, lo que me ofreces apenas si vale algo comparado con lo que te pido. Lo más hermoso del mundo. Viviendo en la casa de Elenita, participando de sus trabajos y alegrías, viendo el cariño del padre y la madre, me sentí casi un niño. Y desearía serlo de verdad, porque, ¡oh Gran Genio!, lo más hermoso del mundo es tener papás y un hogar.

El Gran Genio suspiró hondamente. Cubrió con su mano la hoja y desapareció.

IV

El geniecillo Tip dormía. Dormía, bajo el viento, el sol y la luna. Nada le pudo hacer despertar, hasta que un día abrió sus ojitos azules.

No entendía bien lo que pasaba a su alrededor. La hoja ya no estaba, y en su lugar, una cuna de verdad, toda blanca, guardaba su sueño.

Quiso hablar, más solo pudo llorar. Entonces alguien lo alzó, lo paseó y le cambió la ropa. Besándolo cariñosamente, lo volvió a su cuna.

—¿Qué le pasa al nene, mamá?

Era la voz de Elenita.

—Nada, querida, nada. Los bebés siempre lloran por algo. Como no saben hablar…

Tip sonrió porque había comprendido. Y trató de balbucir:

—M… a… m… á…

Su madre y su hermanita rieron y lo besaron. Entonces Tip, dichoso al fin, tornó a dormirse. Había conquistado lo más hermoso del mundo.

FIN

La muchacha que amaba a su prometido

Ilustración: Dark-Drac

Varios jóvenes de la tribu crow (cuervos) se encontraban en el sendero de la guerra. Un poco antes de llegar al sito en que el Río de las Piedras Amarillas abandona la montaña, tuvieron que librar una batalla con un ejército de pies negros.

Dos cuervos murieron en aquella batalla.

Más lejos, al atravesar el Río que Grita entre las Piedras, los supervivientes toparon una vez más con el enemigo.

Tres cuervos perdieron la vida en aquel segundo encuentro.

Águila Blanca recibió una flecha en la pierna. La herida le impedía seguir avanzando. El jefe de la expedición habló:

—Águila Blanca no puede seguir adelante. Lo dejaremos aquí hasta que su pierna se cure. No podemos esperar a que esté bien porque, si lo hacemos, nos exterminarán a todos.

Todos estuvieron de acuerdo y se acordó que si Águila Blanca no había regresado a la tribu después de la Luna en la que la Nieve entra en los tipis, se proclamaría su gloriosa muerte.

Los guerreros construyeron a Águila Blanca un refugio para que pudiera pasar el invierno sin tener demasiado frío. Le dieron todas las provisiones que pudieron dejarle y colocaron sus armas junto a él. Después partieron.

De vuelta al poblado, los guerreros contaron lo que había sucedido. El consejo de ancianos afirmó que aquellos valientes habían actuado de la mejor manera posible. Pero una joven no pensaba lo mismo. Se llamaba Lluvia Otoñal y no quería, bajo ningún concepto, abandonar a su prometido durante todo un invierno. Preguntó a los guerreros que habían formado parte de la expedición:

—¿Dejasteis a Águila Blanca muy lejos?

—Más allá de las Montañas Peinadas de Nieve —contestó uno de ellos.

—Habrá muerto de frío antes de que termine la Luna en la que la Marmota sale de su Agujero. Indícame el camino, voy a buscarlo.

El joven valiente replicó:

—El viaje es ya demasiado largo y peligroso para un grupo de guerreros, ¿cómo vas a llegar tu sola a ese sitio?

Pero Lluvia Otoñal insistió de tal forma que su el guerrero le dijo:

—Ve hasta el río de las truchas y remonta la corriente hasta el sitio en el que forma un lago. Si el hielo es suficientemente espeso, crúzalo hasta llegar a la otra orilla y alcanza la montaña en la que el agua tiene su fuente. Rodea esa elevación siguiendo el camino del sol y dirígete hacia el bosque de pinos que los castores utilizan para construir su embalse. Detrás de ese bosque, hay un pantano cubierto de nenúfares. No te aventures en él porque es muy peligroso. Camina en dirección a las dos montañas y toma el Desfiladero de la Sombras. Al final de ese paso, se eleva una roca cuya forma recuerda a un cazador al acecho. Tras esa roca, se extiende una gran llanura. Allí encontrarás a tu prometido. En esta estación solo podrás franquear ese espacio con raquetas para la nieve. No abuses de tus fuerzas y ten mucho cuidado. Los lobos merodean por esos parajes y el oso tiene su caverna muy cerca del sito donde dejamos a Águila Blanca.

Lluvia Otoñal se cargó de provisiones y se puso en camino.

La Luna de las Hojas Pobres ya estaba terminando y el Momento en el que Hay que Guardar los Víveres apenas acababa de comenzar. Lluvia Otoñal anduvo durante una luna. En sus escasos descansos se calentaba poco y comía lo menos posible para no empobrecer lo que destinaba a Águila Blanca.

Al llegar a la gran llanura, hacía estragos una tormenta. Pero, a través de los copos de nieve, percibió una delgada columna de humo y pensó: «No llego demasiado tarde, todavía está vivo».

Águila Blanca se encontraba sentado ante un débil fuego. La provisión de madera tocaba a su fin y desde el día anterior no tenía comida. Lluvia Otoñal le dijo:

—He venido a ayudarte. ¿Qué necesitas?

—Tengo frío y hambre —contestó el valiente joven.

Cuando la joven reavivó el fuego y dio de comer a Águila Blanca, puso un ungüento sobre su herida.

—Así te curarás más pronto —le aseguró.

La pierna del guerrero estaba tan hinchada que no podía desplazarse más que arrastrándose sobre el vientre. Lluvia Otoñal colocó trampas durante toda la Luna de la Nieve Enceguecedora. De vez en cuando, cazaba un zorro o un castor. En esas ocasiones, ella y Águila Blanca disfrutaban de un auténtico festín. Pero la mayor parte de las veces, no conseguía capturar más que una pequeña rata almizclera. Entonces el hambre se hacía sentir.

En la Luna en la que las Ocas Remontan hacia el Sur, Lluvia Otoñal dijo:

—Ha empezado el deshielo. Construiré una canoa con ramas de sauce y pieles de ciervo. Cuando el río esté libre, volveremos a nuestra tribu. El hechicero debe creernos muertos y seguro que se prepara para cantar nuestros funerales.

Pronto el barco estuvo terminado. El hombre y la mujer ya iban a partir cuando Lluvia Otoñal percibió una partida de cazadores río abajo.

—Deben ser pies negros —dijo Águila Blanca—. Ve a esconderte en las colinas, pues si te encuentran aquí te matarán conmigo.

Lluvia Otoñal se negó a abandonar a su prometido. Pero este insistió tanto, que acordó con él:

—Me apostaré en una elevación para vigilar a los pies negros. Mientras lance el grito del coyote, no tendrás nada que temer. Pero si me oyes cantar como la lechuza, toma el cuchillo y pon fin a tus días. No quiero que te capturen vivo. Si llegaras a ese extremo, yo haré lo mismo que tú.

Durante todo el día, Lluvia Otoñal espió a los extranjeros.

A Águila Blanca le llegaba a intervalos regulares el grito del coyote. Luego, hacia el atardecer, no oyó nada más y pensó, con dolor en el alma: «Los pies negros han descubierto a Lluvia Otoñal y la han matado».

Mientras esto pensaba, la joven apareció ante él.

—Mira —le dijo—, les he robado a los pies negros un trineo y una manada de perros. Aprovecharemos la noche para partir.

Cuando la luna ascendió en el cielo, abandonaron la cabaña. Los perros eran fuertes y el trineo sólido.

Pero se levantó una tormenta de nieve y tuvieron que detenerse.

Lluvia Otoñal tapó a Águila Blanca con una manta de piel de bisonte y se acurrucó contra él para mantenerse calientes. Desaparecieron rápidamente bajo los copos. Los dos cuerpos no parecían más que un montoncito de nieve.

Por la mañana, un pájaro se posó sobre el montículo blanco y silbó una canción y los jóvenes supieron que la tormenta había pasado. Pero cuando salieron de su refugio, vieron que trineo y perros habían desaparecido.

—No importa —dijo Lluvia Otoñal—. Sube a mis espaldas, yo te llevaré.

Aunque transportaba una carga tan pesada, Lluvia Otoñal consiguió caminar tres días. Al alba del cuarto llegaron por fin a la aldea de los cuervos.

Esa misma noche Águila Blanca contó a toda la tribu todo lo que Lluvia Otoñal había hecho por él.

Aquella historia de esfuerzo y de amor quedó para siempre en la memoria del pueblo crow. Desde entonces, cuando un cuervo necesita ayuda no duda en pedírsela a su compañera.

FIN

La maceta de albahaca

Ilustración: Clovie31

En un remoto reino, frente al palacio de un anciano rey, vivía una zapatera muy pobre con sus tres hijas.

Las niñas tenían una maceta de albahaca en la ventana y salían a regarla por turnos, un día cada una. Una mañana, el anciano rey, que estaba muy solo y muy aburrido, salió al balcón vio a la más mayor regando la maceta y le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

La niña, sorprendida de que el rey le hablara y no sabiendo qué contestarle, entró apresuradamente en casa y cerró la ventana.

Al día siguiente, le tocó regar la maceta a la segunda niña. El rey salió al balcón como el día anterior y le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

La niña sorprendida de que el rey le hablara, pensó que era mejor hacerse la sorda y entró en su casa.

Al tercer día salió la niña menor a regar la maceta y el rey, que ya estaba en el balcón, después de verla le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

Y la niña, que más que lista era listísima, le contestó:

—Real majestad, rey y señor, usted que está en su balcón, ¿cuántos rayos tiene el sol?

El rey se quedó sorprendido de la contestación de la niña y avergonzado de no poderle contestar, se escondió corriendo en palacio más rojo que un tomate.

Después de pensar y pensar, se le ocurrió un plan. Como la niña era muy pobre, mandaría a una sirvienta que se paseara por la calle, frente la casa de la zapatera, gritando que cambiaba pan por besos y después…

La niña, que nada sospechaba, tan pronto como oyó el pregón de la criada, salió a su encuentro y le dio dos besos a cambio de dos buenas barras de pan.

A la siguiente mañana que le tocó salir a regar la maceta, el rey ya la estaba esperando en el balcón y luego que la vio le dijo:

—Niña, niña, tú que riegas la maceta de albahaca, tú que le diste dos besos a mi criada, ¿cuántas hojitas tiene la mata?

A la niña le dio tanta rabia lo que escuchó, que cerró la ventana de golpe y entró en su casa sin haber regado la maceta de albahaca y decidida a no salir nunca más a regarla.

El viejo rey, que ya estaba acostumbrado a ver a la niña, se puso enfermo por no poder verla. Su médico de cabecera, viendo que no podía curarlo, le aconsejó que mandara llamar a todos los médicos del reino a ver cuál de todos aliviaba su mal.

La niña, que buscaba una ocasión para desquitarse, se disfrazó de médico y se dirigió al palacio montada en su burrito. Al llegar a presencia del rey le dijo:

—Real majestad, rey y señor, si gusta usted curarse de su mal es menester que le bese el culito a mi burro y que mañana, muy de mañana, salga al balcón a recibir los primeros rayos del sol.

El rey, con tal de curarse, hizo lo que le recetaba aquel médico, así que después de besar el culito al burro, se acostó a dormir.

A la mañana siguiente, muy temprano, salió al balcón y la niña, que ya lo estaba esperando regando la maceta, tan pronto lo vio le dijo:

—Real majestad, rey y señor, usted que está en su balcón, usted que besó el culito a mi burro, ¿cuántos rayos tiene el sol?

El rey, dándose cuenta del engaño de la niña, entró en palacio muy enojado y mandó llamar a la zapatera.

Cuando llegó la buena mujer a presencia del rey, este le ordenó:

—Vecina zapatera, quiero que a las tres horas del tercer día me traigas aquí a tus tres hijas. Además, te ordeno que la más pequeña venga bañada, pero no bañada; peinada, pero no peinada; a pie, pero no a pie; y que sepas que en caso de no cumplir mi mandato, os encerraré a todas en prisión.

La pobre zapatera, triste y compungida, se fue a su casa y contó a sus hijas lo que el rey había dispuesto; a las dos mayores toda la fuerza se les fue en protestar y gritar, en cambio, la más pequeña, que más que lista era listísima, dijo:

—No os preocupéis de nada, ya veréis como yo lo arreglo todo.

Y así fue. A las tres horas del tercer día se presentó la zapatera en palacio con sus tres hijas; delante iban las dos mayores y más atrás la chiquita, montada en su burro con un pie en el aire y otro apoyado en el suelo; tiznada de carbón la mitad de su cuerpo y la otra mitad bien lavada; media cabeza enmarañada y la otra bien peinada.

Viendo el rey que se habían acatado todas sus órdenes, no tuvo más remedio que darse por bien servido y le dijo a la niña:

—Has demostrado ser mucho más lista que yo y, por tanto, mereces un premio: puedes llevarte a tu casa lo que más te guste de este palacio.

Después de decir esto, el anciano rey se fue a dormir la siesta. La niña, que no esperaba otra cosa, ¿a que no sabéis qué hizo? Pues, como más que lista era listísima, montó al rey sobre su burro y, con mucho cuidado para no despertarlo, se lo llevó a su casa.

¡Cuál no sería la sorpresa del anciano rey al despertarse y hallarse en una casa pobre y desconocida!

Lo primero que hizo el soberano fue llamar a gritos a sus lacayos, a sus pajes, a la guardia real. Pero en lugar de ellos, apareció la niña y le dijo:

—Real majestad, rey y señor, no hace falta que gritéis tanto. Vos mismo me distéis permiso para llevarme a mi casa lo que más me gustase de palacio y como fuisteis vos lo que más me gustó, por eso estáis en mi casa.

El rey entendió que con aquella niña llevaba siempre las de perder y que era tan inteligente y espabilada, que gobernaría el reino mucho mejor que él, así que se lo dejó en herencia. Y si todavía vive, aquella niña, más que lista, listísima, sigue gobernando hoy en aquel remoto reino.

FIN

Los dos sabios

Ilustración: DeepBlueNine

En una montañosa comarca, entre todos los que allí habitaban, gozaba de gran fama y de prudente y parca sabiduría un enorme asno, ya bastante entrado en años, cuya conducta intachable era adornada con la rara virtud del silencio. Esto, además de hacerlo simpático, lo distinguía de los demás miembros de su familia, cuyo áspero rebuzno jamás pudo alcanzar ni un modesto accésit en las academias de canto.

Por esta discreción innata fue que un día, durante una asoladora gripe que azotó la región, los animales resolvieron pedir al reputado cuadrúpedo su consejo salvador y decisivo y, de este modo, poner remedio al común mal que los afligía.

Los recibió el docto asno con aire sonriente y bondadoso en el cual se transparentaba su acendrada modestia, y les dijo después de escucharlos con atención:

—Amigos…, el caso tiene…, como es natural…, una solución… pero me la reservo… Sería mejor que consultaran ustedes con el sabio Doctor Humano… Yo mismo los acompañaré a su consulta…

La asamblea de afligidos animales en pleno, encabezada por el sabio asno, se encaminó hacia la residencia semicampestre del afamado médico, ante cuyo saber se inclinaba, reverente y sumiso, todo el país (¡y parte del extranjero!).

Paciente y magnánimo, el docto galeno escuchó las cuitas de aquellos pobres bichos enfermos y, entonces, con cariñoso desdén, les aconsejó:

—El caso, queridos animalitos míos, no entra dentro de mi jurisdicción. Es de carácter tan local y tan propio de vuestra pequeña comarca, que sería preferible que pidierais la opinión de algún nativo de ella. ¿No habéis consultado allí con alguien?

—Sí; hemos pedido el parecer de nuestro convecino más preeminente, el asno, aquí presente, pero él…

—Bien… —rebuznó el aludido. Y bajó la cabeza como ruborizado.

—Y… bien… —añadió el sabio doctor.

—Y bien —los interrumpió un zorro viejo, con mal disimulada ironía—, es mejor volvernos a nuestro valle y curarnos con nuestros propios medios…

Porque aquí, amigos, a lo que discurro,

y sin querer a nadie hacer agravio,

el burro con callar quiere ser sabio,

y el sabio por no errar imita al burro.

FIN

Los niños de madera

Ilustración: Deaf-Machbot

Hace mucho, mucho tiempo, cuando reyes y reinas gobernaban los pueblos, vivieron en una pequeña aldea tres hermanas pastoras. Un día estaban hablando las tres y dijo la mayor:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y le haría un vestidito con una cáscara de almendra.

Y dijo la segunda hermana:

—Pues si yo me casara con el rey, tendría un hijo y le haría un vestidito con una cáscara de avellana.

Y la pequeña dijo:

—Si yo me casara con el rey, tendría una hija y un hijo mellizos. Los dos serían hermoso, sabios y justos y en sus frentes brillaría una estrella.

Antiguamente, tanto reyes como reinas tenían por costumbre mandar espías por todo su reino para que escucharan tras las puertas lo que decían sus súbditos. Uno de estos espías escuchó lo que las muchachas habían dicho y lo comunicó al rey. Este mandó llamar a la hermana pequeña y le preguntó:

—¿Es cierto lo que me han dicho?, que si nos casáramos tendrías dos niños mellizos hermosos, sabios y justos con una estrella en la frente?

La muchacha respondió:

—Sí, majestad, es cierto.

—¿Te quieres casar conmigo?

—Sí.

Se celebraron las bodas con gran pompa y esplendor.

Poco después de casarse, una terrible guerra asoló la región y el rey tuvo que ir a luchar, la muchacha se quedó sola y triste y pidió a sus dos hermanas que se fueran a vivir con ella a palacio.

Al cabo de nueve meses de haber partido su marido, tuvo un niño y una niña, ambos preciosos y ambos con una estrella en la frente.

Las dos hermanas, muertas de envidia, decidieron mandar una carta al rey en la que le anunciaban que su hermana pequeña lo había engañado y que en lugar de tener dos hijos sabios y justos, con una estrella en la frente, había dado a luz a dos niños de madera y después, a causa de la pena por no haber podido cumplir su promesa, había muerto.

Las dos hermanas metieron a los dos recién nacidos en una caja y tiraron la caja al mar. A la madre la encerraron en una oscura y lúgubre mazmorra en lo más profundo del castillo.

Muy cerca del palacio vivía una viejecita que todas las mañanas se acercaba a la playa a recoger los objetos que las olas arrastraban hasta la orilla. Aquella mañana, como siempre, la viejecita se dirigió a la costa y a poca distancia, flotando en el agua, vio la caja; la abrió con mucho cuidado y descubrió a los dos niños con la estrellita en la frente. La mujer se los llevó a su casa y les puso un sombrerito para que nadie viera las estrellitas.

Pasó el tiempo, los niños crecieron y la anciana les fabricó unos caballitos de madera para que jugaran. Sembró hierba en el jardín de la casa y les dijo a los niños que era para que se alimentaran los caballitos. Desde el balcón de palacio se veía el jardín de la casa de la anciana.

El rey regresó de la guerra y todos los días se asomaba triste al balcón para ver jugar a los niños. Aquellos podían haber sido sus hijitos. Los miraba y le parecía muy extraño que siempre llevaran aquel sombrerito que tapaba su frente.

Un día, los niños jugaban a darles de comer hierba a sus caballitos de madera y al verlo, el rey les gritó desde el balcón:

—Niños tontos, ¿los caballitos de madera comen hierba?

Y los niños le contestaron:

—Rey tonto, ¿las reinas de carne y hueso tienen hijos de madera?

Al escuchar esto, el rey les preguntó:

—¿Por qué decís eso?

—A ti le dijeron que nuestra madre había tenido hijos de madera y que después había muerto, pero no es verdad. Nosotros somos tus hijos de carne y hueso y nuestra madre está viva, encerrada en una oscura mazmorra de palacio.

Al oír aquello, el rey recuperó a sus hijos y rescató a la madre.

En cuanto a las dos hermanas, fueron desterradas para siempre del reino que, desde aquel día, fue el más dichoso del mundo.

FIN

La fortuna

Ilustración: FrodoK

En remotos tiempos, en una pequeña aldea a orillas del mar, vivía en una humilde choza una joven llamada María que se dedicaba a hacer cordeles y a venderlos. Con lo poco que sacaba con su trabajo vivía como podía.

Un caluroso día llegó a la aldea una pareja de millonarios que al ver la pobreza de María, que trabajaba sin parar a la puerta de su choza, se acercaron y decidieron ayudarla:

—Muchacha, ¿te gustaría cambiar de vida?

Y María les contestó:

—¡Si tuviera dinero suficiente, ya lo creo que lo haría!

—Pues toma esta bolsa llena de monedas. Adminístralas bien y dentro de un año volveremos a ver cómo has invertido la fortuna.

María se volvió loca de contenta. Aseguró a la pareja que no se arrepentiría de haberla ayudado y se marchó inmediatamente a la ciudad. Allí compró carne, frutas, pan y de todo lo que encontró. Luego guardó el resto del dinero en el forro de su sombrero para protegerlo de los ladrones y regresó a su casa pensando en cómo invertirlo en una pequeña industria cordelera.

Andaba alegremente cuando un enorme pájaro le arrebató el sombrero de un picotazo. María lo persiguió hasta donde pudo, pero al ver que no podía alcanzarlo desistió y, abatida, regresó a su humilde casa.

Pasado un año, llegó de nuevo la pareja que, al ver a María en las mismas condiciones, se dijo:

—Esta se ha gastado el dinero de mala manera y nos ha engañado. Nos acercaremos y le preguntaremos, a ver qué nos dice.

María contó todo lo que le había pasado y aunque la pareja no creyó nada de lo que oía, decidió volver a confiar en la muchacha y entregó una cantidad de dinero aún mayor que la anterior.

Esta vez María apartó unas monedas para comprar comida y el resto lo metió en un cántaro viejo de barro que guardaba en un rincón de la casa. Después se marchó a la ciudad para hacer sus compras.

La madre de María, que vivía muy cerca, fue a visitar a su hija y al no encontrarla en casa decidió esperar su regreso. Mientras aguardaba, aprovechó para hacer limpieza y lo primero que hizo fue tirar a la basura el viejo cántaro roto pensando que ya no servía para nada.

Cuando María volvió y vio que el cántaro no estaba en su sitio, preguntó a su madre, que le dijo:

—Hija, como estaba roto lo tiré a la basura.

La pobre muchacha, desesperada, intentó recuperarlo, pero no dio con él. Gritó y lloró hasta que se quedó sin fuerzas, pero aquello ya no tenía remedio.

Siguió con su mísero trabajo hasta que, pasado el año, volvió la pareja, que viendo a María en la misma situación quedó convencida de que la muchacha había malgastado el dinero:

—Sigues igual de pobre, muchacha. ¿Qué mentira nos vas a contar esta vez?

María les contó la verdad, pero no la creyeron y se marcharon muy enfadados. Antes de partir, la mujer sacó una bola de plomo que llevaba en el bolsillo y se la dio a María diciéndole:

—Toma, a ver si con esto consigues cambiar tu suerte.

María guardó la bola de plomo dentro de un cajón y se olvidó de todo lo ocurrido.

Pasó el tiempo y una mañana llegó un vecino a pedirle a María algo pesado para ponerlo en su red de pesca. María se acordó del trozo de plomo que le había tirado la mujer, lo buscó y se lo dio a su vecino.

—Gracias, María, te prometo que el primer pez que coja será para ti.

Efectivamente, al día siguiente se presentó el pescador en casa de María y le entregó un hermoso pez rojo. Cuando María lo abrió para cocinarlo encontró un enorme brillante en su interior. La joven se dirigió a la ciudad para conocer el valor de la piedra y un joyero le dio por ella una buena suma de dinero.

«Esta vez no se me va de las manos», se dijo María. Y lo primero que hizo fue invertir parte de lo que tenía en maquinaria y materiales para hacer cordeles. Luego volvió a la aldea, compró un terreno y allí se construyó una casa y una fábrica. Pasado el tiempo, se casó, tuvo varios hijos y se convirtió en la dueña de un próspero negocio.

Al cabo de los años, volvió a pasar por allí la pareja, que quedaron sorprendidos al ver la transformación que se había operado en la aldea y aún se sorprendieron más al enterarse de que era obra de María, que ahora era ahora la alcaldesa del pueblo. La pareja entró en la fábrica y María los recibió con amabilidad, los tres fueron a comer a la gran casa donde ahora vivía ella con su familia.

Estaban sentados en el jardín cuando llegaron los dos hijos de María. Uno de los niños se acercó a su madre para enseñarle un nido que había cogido entre las rocas. María reconoció en el nido los restos de su sombrero; quitó los huevos, descosió el forro y ¡allí estaba su dinero!

El otro niño se había caído al saltar un arroyo y se había herido en una pierna. Tenía un gran arañazo y contó que se había cortado con un cántaro roto que había en el agua. Al oír lo del cántaro, María se acordó de aquel en el que ella había escondido el dinero. Salió corriendo a buscarlo y cuál no sería su sorpresa cuando comprobó que era su cántaro y que dentro todavía estaban las monedas.

Fue así como María demostró que siempre había dicho la verdad.

FIN

La zorra y el caballo

Ilustración: juanex

Tenía un campesino un fiel caballo, muy viejo ya, que no podía prestarle ningún servicio. El amo decidió no gastar más dinero en darle de comer y le dijo así:

—Ya no me sirves de nada, pero para que veas que te tengo cariño, me quedaré contigo y te daré de comer otra vez si me demuestras que tienes aún la fuerza suficiente para traerme un león. Pero entretanto, ¡fuera de la cuadra!

Y lo echó de su casa. El animal se encaminó triste y cabizbajo al bosque, en busca de cobijo. Allí se encontró con la zorra, la cual le preguntó:

—¿Qué haces por aquí, tan abatido y solitario?

—¡Ay! —respondió el caballo—, la avaricia y la lealtad jamás moran en la misma casa. Mi amo ya no se acuerda de los servicios que le he prestado durante tantos años y como ahora ya no puedo arar como antes, se niega a darme pienso y me ha echado a la calle.

—¿Así, a secas? ¿No puedes hacer nada para evitarlo? —preguntó la zorra.

—La solución es bien difícil. Me dijo que si era lo bastante fuerte para llevarle un león podría quedarme junto a él y me alimentaría de nuevo. Pero él sabe muy bien que lo que me pide yo no puedo hacerlo.

—Yo te ayudaré. Túmbate aquí y no te muevas, haz como si estuvieras muerto.

Hizo el caballo lo que le indicaba la zorra y esta fue al encuentro del león, cuya guarida se hallaba a escasa distancia. Al llegar allí, la zorra le dijo:

—León, aquí cerca hay un caballo muerto; si sales, podrás darte un buen banquete.

—Llévame hasta donde está.

La zorra se puso en marcha y el león salió tras ella. Cuando ya estuvieron junto al caballo, dijo la zorra:

—Aquí no podrás zampártelo cómodamente. ¡Tengo una idea! ¿Sabes qué? Te lo ataré a su cola, así te será más fácil arrastrarlo hasta tu guarida y allí te lo comes tranquilamente

Al león le gustó el consejo y se colocó de manera que la zorra, con la cola del caballo, ató fuertemente las patas del león y le dio tantas vueltas y nudos que no había modo de soltarse. Cuando hubo terminado, golpeó el anca del caballo y dijo:

—¡Arriba, jamelgo, andando!

Se incorporó el animal de un salto y salió al trote, arrastrando tras de sí al león. Se puso este a rugir con tanta fiereza, que todas las aves del bosque echaron a volar asustadas, pero el caballo lo dejó rugir y, a campo traviesa, lo llevó arrastrando hasta la puerta de su amo. Al verlo este, cambió de idea y le dijo a su caballo:

—Te quedarás a mi lado, y vivirás bien.

En adelante, no le faltó al caballo el mejor pienso y no tuvo que trabajar nunca más. Vivió feliz y tranquilo hasta que murió.

FIN

La prueba

Ilustración: IZOLYZM

Eran grandes amigos desde la infancia. Uno de ellos era mandarín y se le había ofrecido un destacado cargo oficial. Un poco preocupado por la responsabilidad que tendría que asumir en breve, el mandarín se reunió con su amigo de la infancia y lo puso al corriente de la situación. El amigo le aconsejó:

—Lo que te recomiendo es que siempre seas paciente. Es muy importante. No lo olvides, ejercítate sin descanso en la paciencia.

—Sí, seré paciente. No dejaré de ejercitarme en la paciencia — aseguró el mandarín.

Los dos amigos empezaron a saborear un delicioso té. El amigo que había ido a ver al mandarín le dijo:

—Sé siempre paciente. No dejes de ser paciente; suceda lo que suceda.

El mandarín asintió con la cabeza.

Unos minutos después, el amigo dijo:

—No lo olvides: adiéstrate en la paciencia, sobre todo.

—Lo haré, lo haré —repuso el mandarín.

Cuando iban a despedirse, el amigo añadió:

—No lo olvides, tienes que ser muy paciente.

Entonces el mandarín, soliviantado, exclamó:

—¿¡Me tomas por un estúpido!? Ya lo has repetido varias veces y yo lo he oído perfectamente bien. ¡Deja de una vez de advertirme sobre lo mismo!

El amigo, sonriendo, manifestó:

—Me gusta ver cómo te ejercitas en la paciencia.

El mandarín se sintió ridiculizado, pero agradecido por el sabio consejo.

—Es muy difícil ser paciente — dijo el amigo, abrazándolo con todo cariño—. Más de lo que parece.

El mandarín no olvidó jamás la lección de su amigo de la infancia y desempeñó perfectamente su cargo. La paciencia le permitió desarrollar la ecuanimidad, la ecuanimidad, sabiduría, y la sabiduría, amor.

FIN