Martes de cuento

El libro de Año Nuevo

Ilustración: Clara Miller Burd

Esta historia sucedió hace mucho, mucho tiempo, el primer día de un año cualquiera en un remoto lugar. Muy de mañana estaban dos hermanos jugando en su casa cuando, de repente, apareció ante ellos un hada que les dijo:

—Me envía Madre Tiempo desde muy lejos para entregaros un presente de Año Nuevo.

Dicho y hecho, a cada uno de los niños le ofreció un regalo y, acto seguido, se desvaneció en el aire.

Carla y Felipe se miraron con asombro y abrieron los paquetes que el hada les había entregado. Dentro de ellos encontraron un precioso libro para cada uno. En la portada de ambos ejemplares, escrito en letras de oro, se leía:

LIBRO DE AÑO NUEVO

Sin embargo, al abrirlos e ir pasando las hojas se dieron cuenta, con extrañeza, de que todas las páginas estaban en blanco, un blanco tan brillante como la nieve recién caída. Nada había escrito en ellas. Nada dibujado.

Pasaron los meses y al cabo de un año regresó el hada a visitar otra vez a los dos hermanos:

—Os he traído un libro nuevo a cada uno —dijo—; pero si queréis este, debéis entregarme a cambio el viejo para devolvérselo a Madre Tiempo, que fue quien os los envió.

—¿No puedo quedarme el mío? —preguntó Felipe—. ¡Está sin estrenar! En todo el año ni lo he mirado y me gustaría pintar en esas hojas tan blancas…

—No —dijo el hada—, debo devolverlo tal y como está.

—Yo quisiera poder mirar el mío entero, aunque solo sea por una vez —dijo Carla—. Lo he intentado muchas veces, pero cuando lo abro, aparece una página en blanco y si intento pasar las hojas, no hay forma. Se pegan rápidamente unas con otras y no puedo moverlas; cada vez que lo abro, el libro solo me deja ver una página cada vez.

—Verás tu libro entero, Carla —dijo el hada— y Felipe verá el suyo también.

El hada encendió para ellos dos pequeñas lámparas de plata, a la luz de las cuales pudieron ver todas las páginas de sus respectivos libros a medida que estas iban girando solas ante sus asombrados ojos.

Los dos hermanos estaban maravillados. ¿De verdad esos eran los mismos libros que les había entregado el hada hacía un año? ¿Dónde estaban las páginas blancas y limpias, tan puras y hermosas como la nieve cuando cae por primera vez? Ante sus ojos tenían una página con feos puntos negros y con muchos arañazos; la página siguiente, en cambio, mostraba una pequeña ilustración encantadora y colorida. Algunas imágenes eran luminosas, otras oscuras; esa página de ahí tenía agujeros en su superficie; en otra, había flores; en otra, un arcoíris de brillo suave y delicado; había algunas pintadas completamente de negro, como si sobre ellas se hubiera caído un frasco entero de tinta…

Los niños no se cansaban de mirar aquella maravilla hasta que, por fin, Carla y Felipe alzaron los ojos de sus respectivos libros e interrogaron al hada:

—¿Quién ha hecho todo esto? —preguntaron—. Justo cuando te marchaste, abrimos nuestros libros y las páginas estaban sin estrenar; pero ahora ya no quedan espacios en blanco en el libro.

—Os explicaré algunos de los dibujos —dijo el hada, sonriendo a los dos pequeños—. Mira, Carla, este ramo de rosas floreció en esta página cuando le dejaste a Felipe tus juguetes; y este hermoso pájaro que parece estar trinando alegremente, nunca hubiera aparecido en esta página si tú, Felipe, no hubieras sido amable y agradable el otro día, en lugar de pelearte con tu compañero en el colegio.

—Pero ¿esta mancha tan fea quién la hizo?,  ¿y quién hizo estos agujeros? —preguntaron los niños.

—Estas cosas —dijo el hada con tristeza— aparecieron también por lo que vosotros hicisteis: cuando contasteis mentiras un día y esta de aquí cuando os enfadasteis con mamá y papá y los desobedecisteis. Todos estos borrones y rasguños que se ven tan feos en los dos libros aparecieron cuando os portasteis mal con alguien. En cambio, cada cosa hermosa de los libros apareció en sus páginas cuando fuisteis agradables y amables.

—¡Oh, ojalá pudiéramos borrar las cosas feas que hay en nuestros libros! —dijeron Carla y Felipe al unísono.

—Lo siento, pero eso no puede ser —dijo el hada—. ¡Mirad!, llevan la fecha del año que ha pasado y ahora deben volver a la estantería de Madre Tiempo, pero no os preocupéis, os he traído un libro nuevo para cada uno. Quizás durante este año consigáis que en sus páginas aparezcan más cosas hermosas que feas.

Después de decirles esto, desapareció y los niños se quedaron solos. Cada uno sostenía en su mano un nuevo libro en cuya portada se podía leer en hermosas letras de oro:

LIBRO DE AÑO NUEVO

Era un libro sin estrenar, lleno de hojas blancas; un blanco tan brillante como la nieve recién caída. Nada había escrito en ellas. Nada dibujado.

FIN

El abeto coqueto

Ilustración: Paula Ventimiglia

En un lugar lejano, en un tiempo aún más lejano, existió un bosque de abetos muy particulares; eran conocidos como los abetos parlantes ya que cuando el viento se colaba entre sus ramas parecía como si conversaran entre ellos.

Algunos lugareños aseguraban que entendían su lenguaje e incluso afirmaban que mantenían charlas con ellos, aunque eran pocos los vecinos que daban crédito a esas historias; la mayoría los tildaba de chiflados y no les hacía mucho caso. Sin embargo, lo creyeran o no, todos, sin excepción, respetaban y disfrutaban de la belleza de aquellos singulares abetos, sobre todo en invierno, cuando la nieve los cubría y el paisaje que dibujaban era como de cuento.

Era tal la consideración que tenían con los abetos, que al acercarse los fríos días invernales, era costumbre de los vecinos del bosque recoger los árboles nacidos en primavera y guardarlos en casa para que el frío no los dañara. Lo hacían con mucho cuidado de no lastimar sus raíces, acomodándolos en tiestos. Pasados los fríos, los volvían a plantar en su sitio, al abrigo de sus hermanos mayores, que con sus enormes ramas los protegían del calor abrasador del verano.

En una de las casitas cercanas al bosque, vivían las hermanas Mara y Vera. Dos niñas vivarachas que disfrutaban de los días previos a la Navidad con mucha alegría. Esperaban la cena de Nochebuena con ilusión, ya que era costumbre de la familia vestirse con sus mejores ropas, hacerse peinados de fiesta y adornarse con los más bonitos abalorios, que preparaban desde semanas antes. Se paseaban por los caminos buscando piedrecitas, bellotas, castañas, hojas coloridas caídas de los árboles… Recogían todo aquello que pudiera servirles para hacer collares, pulseras o colgantes.

También en la cocina de la casa la actividad era frenética, las dos hermanitas horneaban riquísimas galletas de formas y sabores diferentes y deliciosas rosquillas de anís, con las que luego confeccionaban guirnaldas para adornar la casa, que quedaba impregnada de un aroma dulcísimo.

Ocurrió que en una de esas Navidades el papá de Mara y Vera llevó a casa uno de esos pequeños abetos, un abeto bebé, para que pasara el invierno al calor del hogar. Lo colocaron junto a la chimenea para que estuviera bien calentito.

El pequeño árbol observaba curioso las idas y venidas de las niñas, que ahora pintaban unas piñas de color dorado para hacer un centro de mesa; después ataban cascabeles a una cuerda que colgaban en la puerta; y a continuación trenzaban hojas de hiedra y adornaban con ella la escalera… En fin, mil cosas para que la casa luciera preciosa.

Pero al pequeño abeto, que era muy espabilado y también un poquito envidioso y presumido, no le hacía mucha gracia que todos y todo lucieran galas navideñas y que de él nadie se acordara. Anduvo unos días triste y Mara y Vera se dieron cuenta, porque conocían la naturaleza de los árboles. Hasta les pareció que refunfuñaba, aunque, claro, ¡eso no podía ser! Ellas no creían eso de que los árboles hablaban… ¿O sí?

Medio en broma medio en serio, decidieron preguntar al arbolito:

—¿Por qué estás tan serio, pequeño abeto? ¿No estás a gusto en nuestra casa?

Las niñas quedaron desconcertadas al escuchar susurrar al abeto:

—Estoy un poco triste.

Incrédulas, lo interrogaron de nuevo:

—¿Y cuál es el motivo de tu tristeza? ¿Hemos hecho algo que te ha disgustado?

A lo que el pequeño árbol, para asombro de las hermanas, repuso:

—Bueno, es que os veo tan bonitas a vosotras y a vuestra casa que me da envidia. ¡A mí también me gustaría lucir mejores galas y estar guapo para celebrar la Navidad!

Mara y Vera se miraron confundidas. Ni por asomo se les hubiera ocurrido que un pequeño abeto tuviera sentimientos, así que decidieron ayudarlo.

—¡No te preocupes, amigo! Verás que en un pispás te convertiremos en el abeto más bonito del mundo.

Las hermanitas se pusieron a trabajar de inmediato, rebuscando en los baúles de la abuela. Allí se hicieron con cintas de colores, con las que envolvieron las ramas del pequeño abeto. También hallaron ovillos de lana y tejieron serpentinas, que quedaron muy bonitas colgando del arbolito.

Del vestido de novia de mamá, con su permiso, descosieron los botones de perla y los colgaron de las ramitas, junto a pequeñas estrellas que recortaron de un papel plateado. ¡Quedaba precioso!

—¿Qué tal te sientes, arbolito?  —preguntaron las niñas.

—¡Oh! ¡Muchas gracias, amigas! Estoy muy contento. ¡Ojalá todos mis hermanitos tuvieran la misma suerte que yo y en las casas donde pasan el invierno los pusieran así de guapos!

—¡Pero eso se puede arreglar!  —exclamó Vera.

—¿Qué se te ha ocurrido, hermana?  —preguntó Mara.

—Pues una idea muy sencilla: invitaremos a merendar a todos los niños del barrio para que vean lo guapo que está nuestro arbolito y les propondremos que hagan lo mismo con los suyos. ¡Seguro que les encanta la idea!

—¡Es una idea estupenda! —Aplaudió Mara entusiasmada.

—¡Es una idea maravillosa! —exclamó el arbolito.

Inmediatamente, se pusieron a escribir las invitaciones para la merienda y las echaron en los buzones de las casas del vecindario:


La tarde siguiente la casa de las niñas se llenó de chiquillería ansiosa de degustar las ricas viandas que todos fueron aportando y que lucían en la mesa del comedor como si de un banquete de reyes se tratara. Había bizcochos de chocolate, calabaza y zanahoria; tartas de queso y hojaldre; rollitos de nata y crema; galletas de varios tipos; nevaditos; y bocadillos variados. Para acompañar el festín, los padres de Mara y Vera habían preparado dos jarras de chocolate bien calentito.

Pero la atracción principal de la fiesta fue, como las niñas querían, el pequeño abeto, que lucía espléndido y elegante con sus originales adornos.

A todos les pareció una idea estupenda adornar los arbolitos que tenían en casa y fue lo que hicieron nada más regresar a ellas.

Aquella Navidad todos participaron de la fiesta y los niños disfrutaron tanto con la tarea, que se propusieron repetir lo mismo cada año y cada año se superaron en originalidad.

La costumbre se fue extendiendo a los pueblos vecinos, porque durante la Navidad se visitaban parientes y amigos y a todos les pareció una bonita forma de hacer cosas juntos. Además, los arbolitos quedaban preciosos y toda la familia se lo pasaba en grande preparando los adornos y compartiendo momentos felices junto a los árboles.

Pasados algunos años, todas las casas del mundo tenían en su salón un pequeño abeto lleno de estrellas y campanillas, luces y bolas de colores y bajo sus ramas, Papá Noel dejaba en la noche de Navidad presentes para todos.

Así es también hoy en día. Gracias a aquel presumido abeto parlante, gozamos de esta bonita tradición navideña. Alrededor del árbol, cantamos villancicos y leemos cuentos de Navidad. Los niños juegan y los mayores conversan. ¡Que no nos falte nunca!

¡Ah! Si queréis oír cómo hablan los abetos, escoged un día en que el viento sople, guardad silencio bajo ellos y podréis escuchar sus susurros, que son como una melodía. Y si veis uno pequeñito acercaros, quizás os quiera desear… ¡FELIZ NAVIDAD!

FIN

La leyenda del uirapurú

Ilustración: GabbrielFrost

El uirapurú es un pequeño pajarito que vive en lo más profundo de la Amazonia, lo que unido a su carácter huidizo, hace que sea casi imposible de ver.

Esta ave misteriosa, cuyo nombre significa «pájaro que no es pájaro» en lengua tupí, canta únicamente una vez al año, durante los aproximadamente quince días que tarda en construir su nido y solo lo hace unos diez minutos, a primera hora de la mañana. Sus armoniosos gorjeos consiguen que en la selva reine el más absoluto silencio y mientras el pequeño uirapurú entona su melodía, incluso el resto de los pájaros permanece callado para disfrutar de la rara tonada. Los humanos que alguna vez han podido oírlo aseguran que el mismísimo Amazonas detiene su curso y que ni el viento se atreve a mover las hojas de los árboles para no molestar al uirapurú mientras trina su canción.

Los indios de la selva amazónica creen que ese pajarito es, en realidad, un ser sobrenatural. Por eso, cuando muere un uirapurú, su pequeño cuerpo sin vida se convierte en un poderoso amuleto para aquel que tiene la suerte de encontrarlo, ya que atrae la prosperidad y la felicidad. Dicen que es tan eficaz, que incluso una sola de sus plumas hace posible que aquel que la posee tenga suerte en el amor, pero es muy difícil conseguir una ya que, según refiere la leyenda, si alguien intenta sorprender a una de estas aves, los otros pájaros la avisan para que huya, así que el que posee una de estas plumas es por pura casualidad, por haberla encontrado en el suelo de la selva después de que algún uirapurú haya hecho la muda. En torno a este pájaro, se cuentan otras historias, esta es solo una de ellas, la que oímos contar a una persona muy sabia y viejas en la selva. Dice así…

En la noche de los tiempos, cuando los dioses andaban por la tierra, existió al sur de Brasil una tribu cuyo cacique era amado por dos mujeres valientes, inteligentes y más hermosas que la Luna, pero él solo podía casarse con una, por eso decidió que se casaría con la que tuviera mejor puntería. Ambas aceptaron la prueba. El cacique colocó el blanco y las dos pretendientes lanzaron sus flechas a la vez. Quiso el destino que solo una acertara el tiro y el cacique, cumpliendo su promesa, la tomó por esposa.

La otra, cuyo nombre era Oribici, lloró por su gran amor perdido y lloró tanto y durante tanto tiempo, que sus lágrimas formaron los afluentes del Amazonas y también un hermoso lago azul.

Después de tanto llorar, la muchacha pidió al poderoso dios Tupá que acabara con sus penas y el dios, compadeciéndose de ella, la transformó en un pequeño pajarito y le concedió una melodiosa voz.

Con su nuevo aspecto, Oribici pensó que podría visitar al cacique sin que este la reconociera y así, al menos, al poder ver a su amado su pena sería más pequeña, pero se equivocaba…

Su tristeza creció más si cabe cuando, posada sobre un alto árbol, descubrió que el cacique y su esposa se amaban tiernamente.

La muchacha-pájaro, decidió entonces abandonar para siempre el poblado en el que había nacido y crecido y volar muy lejos, hacia el norte, hasta lo más profundo de la selva amazónica, donde se quedó a vivir para siempre.

Dicen que aún sigue allí, cantando para olvidar las heridas de su amor imposible, los otros pájaros, cuando oyen al pequeño uirapurú, se quedan callados para poder escuchar sus cuitas y la selva entera se detiene para que su canto pueda llegar muy lejos, a oídos de los humanos, ya que la canción de la avecilla es mágica y puede ayudar a los que oyen su canto a conseguir el amor y la felicidad que ella jamás pudo alcanzar.

Las desventuras de un sordo

Ilustración: maykrender

Había una vez un pastor sordo como una tapia que vivía en la India. Un día, al conducir su rebaño de ovejas hacia la montaña, se cruzó en su camino una serpiente. Al verla, enseguida pensó que aquel día le sucedería algo malo.

Y es que en la India también existen las personas supersticiosas y toparse con una serpiente, un gato negro, una persona viuda o una persona tuerta se considera un signo de mal agüero que anuncia una desgracia. En cambio, cruzarse con una vaca, un elefante, una lagartija o un bebé es signo de buen augurio que anuncia un día feliz.

Así pues, el pastor confirmó al mediodía su mal presentimiento cuando, al abrir el zurrón, se dio cuenta de que se había olvidado la comida en su casa. Justamente aquel día tenía un hambre de lobo. Esperó durante una hora porque, en otras ocasiones, su mujer, al darse cuenta del olvido, había mandado a alguien a llevársela. Pasaron dos horas y al ver que nadie acudía con su fiambrera, decidió ir él mismo a buscarla. Ahora bien, mientras estuviera fuera, ¿quién vigilaría su rebaño?

Miró a su alrededor y, en la pradera de al lado, vio a una cabrera que cuidaba cinco cabras. El pastor no la conocía de nada y no confiaba mucho en aquella mujer de aspecto desaliñado, pero como no vio cerca a nadie más, determinó pedirle que, por favor, vigilara sus ovejas:

—Buenos días, ¿serías tan amable de echarle una ojeada a mi rebaño mientras voy un momento a mi casa a por la comida? Cuando vuelva, te recompensaré por la molestia.

Lo que el pastor no sabía es que la cabera era sorda como una caldera. Pero como él mismo era sordo como el yeso, no oyó lo que la mujer le contestaba:

—¿Acaso me estás reprochando que mis cabras coman de esta hierba? ¿Qué derecho tienes tú sobre ella? ¿Es solo tuya? ¿Te crees que mis cabras se han de morir de hambre para que tus ovejas puedan engordar? ¡Pues no! Yo no me muevo de aquí. ¡Vete a paseo!

Mientras esto decía, señaló sus cabras, señaló las ovejas del pastor y, finalmente, señaló hacia la carretera.

El pastor creyó que la cabrera aceptaba la propuesta y que le indicaba que se marchara tranquilo. Y así lo hizo.

Al llegar a su casa, encontró a su esposa echada en la cama con mucho dolor. Le había sentado mal la cena y le dolía mucho la tripa. El pastor la cuidó y le hizo una tisana y cuando vio que podía dejarla sola sin tener de qué preocuparse, volvió a toda prisa al prado, donde había dejado el rebaño. ¡Quién sabe si aquella cabrera no habría aprovechado su ausencia para robarle alguna oveja!

Pero al llegar, comprobó que todos los corderos, sin faltar ni uno, estaban pastando en el mismo lugar donde los había dejado.

—Me he equivocado al poner en duda la honestidad de esa pobre mujer. Ha vigilado el rebaño como si fuera suyo así que, tal y como le prometí, la obsequiaré con un cordero. Le daré la oveja coja, que está bien gorda. Ella puede comérsela; a mí lo único que hace es molestarme, porque retrasa la marcha del rebaño.

Cargó la oveja a su espalda, y la fue a dejar a los pies de la cabrera mientras decía:

—Has sido muy amable al vigilar mi rebaño. Te estoy muy agradecido y, para recompensarte, te regalo esta oveja.

—¿Cómo? —dijo la cabrera señalando la pata del animal—. ¿Me estás acusando de haberle roto la pata a tu oveja? Que sepas que mientras has estado fuera no me he movido de aquí. ¡Ni siquiera he mirado hacia tu rebaño!

El pastor respondió:

—Sí, es verdad, la oveja es coja. Pero ¿qué importa? Es un animal joven y gordo y puede proporcionarte mucha comida a ti y a tu familia.

—¿Insistes en acusarme? —repuso la cabrera, que se iba enfurecido por momentos—. Cómo quieres que te diga que ni me he acercado a tu rebaño. Mira, ¿sabes qué?, tú y tu oveja os podéis ir a la porra. Y no me obligues a arrearte con mi cayado, ¿me oyes?

El otro, por supuesto, no oía nada de nada. Solo vio que la cabrera levantaba su cayado como si tuviera intención de pegarle y se puso en guardia.

Por suerte, antes de que las cosas fueran a más, acertó a pasar una amazona por la carretera.

Por suerte, decimos, porque en la India, cuando dos personas se pelean, le piden a una tercera que haga de mediadora.

Pastor y cabrera corrieron hacia la amazona y agarrando las riendas de su caballo, le gritaron al unísono:

—¡Detente! Para, por favor, y dinos quién de los dos tiene la razón.

El pastor decía:

—Yo solo quería regalarle una oveja a esta mujer para pagarle un favor y ella, como única respuesta, me quería pegar.

La cabrera decía:

—¡Este pastor me acusa de haber roto la pata a una de sus ovejas y yo ni siquiera me he acercado a su rebaño!

La amazona exclamaba, a su vez:

—¡Sí! Sí! ¡Lo confieso! ¡El caballo no es mío! Pero prometo que no lo robado. Lo he encontrado abandonado en la carretera y, como tenía mucha prisa, lo he tomado prestado para ganar tiempo. ¡No tenía mala intención! No os enfadéis conmigo, si el caballo es vuestro, os lo devuelvo ahora mismo. ¡Tengo prisa! ¡Me marcho a pie!

Lo cierto es que la amazona era sorda como una campana y no había entendido nada. Los otros dos, en cambio, pensaban que daba la razón a su adversario. Y cada uno la amenazaba con el puño y la sacudía para hacerla cambiar de opinión. Los tres gritaban como patos y hacían un ruido espeluznante.

Por fortuna, un brahmán de larga barba blanca apareció por la carretera. ¡Qué suerte, que llegara un hombre santo como aquel!

Los tres que se peleaban corrieron hacia él, lo saludaron con respeto y empezaron a hablar a la vez de rebaños, ovejas cojas, caballos robados…

—Os comprendo, os comprendo… —empezó el monje. Aunque esto no era exactamente así, porque él mismo era sordo como una baldosa. Y continuó—. Entiendo perfectamente lo que ocurre, pero no insistáis. Está claro que mi esposa os ha enviado para que cambie de opinión y para rogarme que vuelva a casa. Pero no hay vuelta atrás. Después de nuestra pelea de esta mañana, no quiero ver más a esa mujer. Me dirigiré al Ganges para bañarme en sus aguas y una vez me haya purificado, me retiraré a vivir a un templo. Quiero estar solo para siempre. Lo tengo bien decidido, así que no es necesario que me supliquéis más. No pienso volver a casa.

Al ver la serenidad y la calma que desprendía el anciano, los tres se callaron para escuchar lo que decía… Bueno, para escucharlo, exactamente no, pero mientras duró su discurso tuvieron tiempo para reflexionar.

La amazona pensó que el brahmán lo acusaba de ser una ladrona, como así era. Avergonzada, devolvió el caballo al lugar en el que lo había encontrado y se marchó a toda prisa a pie y sin volver la vista atrás.

El pastor también interpretó que el brahmán le afeaba haber regalado una oveja coja a la cabrera, así que decidió volver junto a su rebaño, que ya hacía demasiado rato que pastaba solo.

—Tendré que aceptar que no me dé la razón, pero está claro que en este mundo no haya ni pizca de justicia. Y todo esto me ocurre porque esta mañana me topé con aquella serpiente…

A la cabrera le pasó algo parecido, pensó que el sabio anciano le afeaba su rudo comportamiento y, por lo tanto, volvió junto a sus cabras, refunfuñando. Cuando llegó allí, vio que la oveja coja no se había movido.

—Pues mira, ¡me la llevo! Que se fastidie ese maldito pastor por el follón que ha montado y por haberme puesto de tan mal humor.

El brahmán, por su parte, anduvo hasta el siguiente pueblo, donde fue a saludar a unos amigos, que lo recibieron muy contentos. Lo invitaron a cenar y le prepararon una habitación para dormir. Al día siguiente, habiendo dormido como un rey, estaba fresco y tranquilo como una flor. Reflexionó sobre lo que había pasado con su esposa. Ahora veía las cosas de otro modo. Quizá no fuera ella la única culpable de la pelea… La rabia contra ella se le había pasado y decidió que era mejor no ir al Ganges a bañarse sino a su casa para arreglar las cosas.

Así que cada uno volvió a lo suyo y bien está lo que bien acaba.

FIN

Un bosque de cuentos

Ilustración: CindysArt

Érase una vez una niña pequeña que importunaba a todo el mundo para que le contara un cuento. Pedía cuentos a su madre, a su abuela, a su tía, a su padre, a su abuelo y hasta a la vecina. A quienquiera que encontrara en su camino, le pedía que le contara un cuento. Pero no todos tenían ganas de contar cuentos, así que solían poner alguna excusa para escapar de aquella pequeña amante de las historias.

Como aquel día no consiguió que nadie le contara un cuento, la niña, muy triste, se encaminó hacia el bosque que se extendía muy cerca de su casa.

En el bosque se encontró con un cuclillo, que posado sobre una rama gritaba:

—¡Cucú! ¡cucú!

—Explícame por qué cantas siempre la misma canción —le dijo la niña.

Entonces el cuclillo le contó su historia.

—Hace mucho, mucho tiempo, un cuclillo volaba con su huevo en el pico y como no sabía dónde colocarlo, lo puso en un nido extraño. De ese huevo salió un pequeño cuclillo, que creció y creció y se hizo más grande que los papás pajaritos que lo alimentaban. El nido se le quedó pronto pequeño al joven cuclillo y, entonces, arrojó fuera a los pequeños pajaritos hermanos que habían crecido junto a él. Sin embargo, el buen espíritu del bosque, el que todo lo ve, le dijo: «Como castigo por lo que has hecho, nunca vivirás en un nido propio. Tus huevos los llevarás en el pico por el aire y los abandonarás en nidos ajenos. Tus hijos no te conocerán, pero siempre te llamarán: ¡Cucú! ¡cucú! Por eso cantamos siempre la misma canción. ¡Cucú!, ¡Cucú! Chilló el pájaro alzando el vuelo.

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera? —preguntó la niña.

—¡Cucú! ¡Cucú! —se oyó a lo lejos.

La niña no supo qué pensar y siguió andando hasta penetrar más profundamente en el bosque.

Caminando, caminando llegó hasta un grupo de altos abetos. Bajo sus pies crujía una alfombra de pardas agujas. En lo alto, soplaba el viento entre las frondosas copas de aquellos altivos árboles gigantes. Bajo ellos, en la más profunda oscuridad, se alzaban tres abetos chiquitos, que tenían únicamente una ramita verde.

—¿Por qué tenéis solo una rama verde? —preguntó la pequeña.

Uno de los tres abetos tomó la palabra y dijo:

—Nosotros somos los abetos más jóvenes de este bosque y queríamos elevarnos los tres juntos hacia el sol, pues habíamos oído que era muy hermoso. Nos pusimos nuestros vestidos de fiesta y extendimos los brazos para subir, pero nuestros hermanos mayores nos cerraron el paso. «¡El sol nos pertenece! —nos dijeron—. Nosotros somos más grandes y hermosos que vosotros. ¡No podéis pasar!». Orgullosos, se elevaban cada vez más alto, más alto, hasta llegar al sol. «¡Dejadnos subir a nosotros también! —les rogábamos cada día—. Solo queremos que nos caliente un rayito de sol». Pero ellos nos ocultaban con sus ramas, para que el sol no pudiera encontrarnos. Nuestros vestidos verdes se fueron cayendo a causa de la pena y ya solo nos queda una rama verde, que pronto perderemos también. Cuando eso pase, moriremos.

Entonces preguntó la niña:

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera?

Los tres pequeños abetos guardaron silencio, pero dejaron caer algunas agujas de sus ramas y pareció que lloraban.

La pequeña arañó la tierra con cuidado alrededor de los pequeños abetos, desenterró sus raíces y los arrancó de la tierra, uno después de otro. A continuación, los plantó de nuevo en un claro del bosque y los regó con agua del manantial.

Al ver aquellos tres pequeños arbolitos desvalidos, el sol se apiadó de ellos y los acarició con sus cálidos rayos diciendo:

—Mis rayos tejerán para vosotros el más hermoso vestido verde y pronto creceréis fuertes. Yo os vigilaré de la mañana a la noche.

Siguió la niña su camino. El sendero que atravesaba el espeso bosque parecía no tener fin.

De repente, en medio del camino se encontró con una pequeña ardilla asustada.

—¿Qué te ocurre? —preguntó la niña.

Y la ardilla le dijo:

—En un lejano bosque, entre hojas verdes, hay un árbol y sobre él, una casita redonda. En ella, vivía yo con mi mamá y mis cuatro hermanos. Cuando salía a buscar comida, mamá siempre nos advertía: «No salgáis hasta que yo regrese a casa». Mis cuatro hermanos siempre obedecían, pero yo solo miraba al exterior a través de la puerta redonda. Las hojas, el cielo, el viento… Todos me saludaban diciendo: «¡Sal, te contaremos un cuento!». Un día me escapé. Escuché y escuché cuentos, saltando de árbol en árbol, y, sin darme cuenta, me encontré en medio de este bosque sin saber regresar. ¡Estoy perdida y solo quiero ir con mi mamá!

—¿Esto es un cuento o una historia verdadera? —preguntó la niña.

De pronto, la pequeña rompió a llorar y gritó:

—¡Mamááááááá!

Dio media vuelta y desanduvo el camino que había recorrido. Corrió y corrió por el bosque hasta quedarse sin aliento y al llegar a su casa, se lanzó a los brazos de su madre. Le contó su aventura en el bosque y los cuentos que allí había escuchado… ¿O tal vez eran historias verdaderas? La pequeña no lo sabía, pero lo que sí sabía es que lo que allí oyó, lo recordaría durante toda su vida.

FIN

La Luna

Ilustración: photonensauger

En tiempos muy lejanos hubo un país en que de noche siempre estaba oscuro y el cielo se extendía como una sábana negra, pues nada brillaba en el firmamento.

De aquel país salieron un día cuatro amigas a recorrer el mundo en busca de aventuras y llegaron a una tierra en la que al anochecer, en cuanto el sol se ocultaba detrás de las montañas, aparecía sobre un roble una esfera luminosa que esparcía a gran distancia una luz clara y suave. Aun cuando no era brillante como la del sol, permitía ver y distinguir muy bien los objetos. Las forasteras se detuvieron a contemplarla y preguntaron a una campesina, que acertaba a pasar por allí en su carro, qué clase de luz era aquella.

—Es la Luna —respondió la mujer—. Nuestro alcalde la compró por cuatro monedas y la sujetó a la copa del roble. Hay que ponerle aceite todos los días y mantenerla limpia para que arda claramente. Para ello le pagamos una moneda a la semana.

Cuando la campesina se hubo marchado, dijo una de las amigas:

—Esta lámpara nos prestaría un gran servicio. En nuestra tierra tenemos un roble tan alto como este, podríamos colgarla de él. ¡Qué ventaja no tener que andar a tientas por la noche!

—¿Sabéis qué? —dijo la segunda—. Iremos a buscar un carro y un caballo y nos llevaremos la Luna. Cada una de nosotras que ponga una moneda para comprarla. Dejaremos una bolsa con el dinero atada en la copa del roble para que el alcalde compre otra Luna.

—Yo sé subirme a los árboles —intervino la tercera—. La descolgaré.

La cuarta fue a buscar el carro y el caballo y la tercera trepó a la copa del roble, abrió un agujero en la luna, lo atravesó con una cuerda y la bajó. En su lugar, dejó la bolsa con las cuatro monedas dentro.

Cuando ya tuvieron en el carro la brillante bola, la cubrieron con una manta para que nadie se diese cuenta de que se la llevaban y, de este modo, la transportaron sin contratiempos a su tierra, donde la colgaron de un alto roble.

Viejos y jóvenes sintieron gran contento cuando vieron la nueva luminaria esparcir su luz por los campos y llenar sus habitaciones y aposentos. Los enanos salieron de sus cuevas, y los duendecillos, con sus rojas chaquetitas, bailaron en corro por los prados.

Las cuatro amigas se encargaron de poner aceite en la Luna y de mantener limpio el pabilo y por ese trabajo les pagaban una moneda semanal. Pero envejecieron y cuando una de ellas enfermó y previó la proximidad de la muerte, dispuso que depositasen en su tumba, al enterrarla, la cuarta parte de la Luna, de la que era propietaria. Cuando hubo muerto, subió el alcalde al roble y, con las tijeras de jardinero, cortó un cuadrante, que fue colocado en el féretro. La luz del astro quedó debilitada, aunque poco. Pero a la muerte de la segunda hubo de cortar otro cuarto, con la consiguiente mengua de la luz. Más tenue quedó aún después del fallecimiento de la tercera, que se llevó también su parte; y cuando llegó la última hora de la cuarta, las tinieblas volvieron a reinar en el país. La gente que salía por la noche sin linterna chocaba y discutía.

Mientras, al unirse en el mundo subterráneo los cuatro cuadrantes de la luna e iluminar el reino de las eternas tinieblas, los muertos comenzaron a agitarse y a despertar de su último sueño. Se extrañaron al comprobar que veían de nuevo. La luz de la Luna les bastaba, pues sus ojos se habían debilitado tanto, que no habrían podido resistir el resplandor del sol. Se levantaron de sus tumbas y, alegres, reanudaron su antiguo modo de vida. Unos empezaron a jugar, otros a bailar, otros a cantar, a reír, a correr… El ruido era cada vez más estruendoso y acabó por oírse en todo el universo.

Los dioses pensaron que el mundo de abajo se había vuelto loco y corrieron a cerrar las puertas del cielo para rechazar al enemigo, caso de que intentara invadir sus dominios. Pero viendo que no llegaba nadie, un mensajero montó en su caballo y se dirigió al mundo subterráneo para comprobar qué ocurría. Al llegar allí, puso orden y mandó a los muertos volver a sus sepulturas. Después, se llevó los cuatro trozos de luna y los colocó en lo alto del firmamento, donde siguen brillando desde entonces.

FIN

Caso Gaspar

Ilustración Áyax Barnes

Aburrido de recorrer la ciudad con su valija a cuestas para vender —por lo menos— doce manteles diarios, harto de gastar suelas, cansado de usar los pies, Gaspar decidió caminar sobre las manos. Desde ese momento, todos los feriados del mes se los pasó encerrado en el altillo de su casa, practicando posturas frente al espejo. Al principio, le costó bastante esfuerzo mantenerse en equilibrio con las piernas para arriba, pero al cabo de reiteradas pruebas, el buen muchacho logró marchar del revés con asombrosa habilidad. Una vez conseguido esto, dedicó todo su empeño para desplazarse sosteniendo la valija con cualquiera de sus pies descalzos. Pronto pudo hacerlo y su destreza lo alentó.

—¡Desde hoy, basta de zapatos! ¡Saldré a vender mis manteles caminando sobre las manos! —exclamó Gaspar una mañana, mientras desayunaba. Y —dicho y hecho— se dispuso a iniciar esa jornada de trabajo andando sobre las manos.

Su vecina barría la vereda cuando lo vio salir. Gaspar la saludó al pasar, quitándose caballerosamente la galera:

—Buenos días, doña Ramona. ¿Qué tal los canarios?

Pero como la señora permaneció boquiabierta, el muchacho volvió a colocarse la galera y dobló la esquina. Para no fatigarse, colgaba un rato de su pie izquierdo y otro del derecho la valija con los manteles, mientras hacía complicadas contorsiones a fin de alcanzar los timbres de las casas sin ponerse de pie.

Lamentablemente, a pesar de su entusiasmo, esa mañana no vendió ni siquiera un mantel. ¡Ninguna persona confiaba en ese vendedor domiciliario que se presentaba caminando sobre las manos!

—Me rechazan porque soy el primero que se atreve a cambiar la costumbre de marchar sobre las piernas… Si supieran qué distinto se ve el mundo de esta manera, me imitarían…Paciencia… Ya impondré la moda de caminar sobre las manos… —pensó Gaspar, y se aprestó a cruzar una amplia avenida.

Nunca lo hubiera hecho: ya era el mediodía… los autos circulaban casi pegados unos contra otros. Cientos de personas transitaban apuradas de aquí para allá.

—¡Cuidado! ¡Un loco suelto! —gritaron a coro al ver a Gaspar. El muchacho las escuchó divertido y siguió atravesando la avenida sobre sus manos, lo más campante.

—¿Loco yo? Bah, opiniones…

Pero la gente se aglomeró de inmediato a su alrededor y los vehículos lo aturdieron con sus bocinazos, tratando de deshacer el atascamiento que había provocado con su singular manera de caminar. En un instante, tres vigilantes lo rodearon.

—Está detenido —aseguró uno de ellos, tomándolo de las rodillas, mientras los otros dos se comunicaban por radioteléfono con el Departamento Central de Policía. ¡Pobre Gaspar! Un camión celular lo condujo a la comisaría más próxima, y allí fue interrogado por innumerables policías:

—¿Por qué camina con las manos? ¡Es muy sospechoso! ¿Qué oculta en esos guantes? ¡Confiese! ¡Hable!

Ese día, los ladrones de la ciudad asaltaron los bancos con absoluta tranquilidad: toda la policía estaba ocupadísima con el «Caso Gaspar—sujeto sospechoso que marcha sobre las manos».

A pesar de que no sabía qué hacer para salir de esa difícil situación, el muchacho mantenía la calma y —¡sorprendente!— continuaba haciendo equilibrio sobre sus manos ante la furiosa mirada de tantos vigilantes. Finalmente se le ocurrió preguntar:

—¿Está prohibido caminar sobre las manos?

El jefe de policía tragó saliva y le repitió la pregunta al comisario número 1, el comisario número 1 se la transmitió al número 2, el número 2 al número 3, el número 3 al número 4… En un momento, todo el Departamento Central de Policía se preguntaba: ¿ESTÁ PROHIBIDO CAMINAR SOBRE LAS MANOS? Y por más que buscaron en pilas de libros durante varias horas, esa prohibición no apareció. No, señor. ¡No existía ninguna ley que prohibiera marchar sobre las manos ni tampoco otra que obligara a usar exclusivamente los pies!

Así fue como Gaspar recobró la libertad de hacer lo que se le antojara, siempre que no molestara a los demás con su conducta. Radiante, volvió a salir a la calle andando sobre las manos. Y por la calle debe encontrarse en este momento, con sus guantes, su galera y su valija, ofreciendo manteles a domicilio… ¡Y caminando sobre las manos!

FIN

El monstruo de las siete cabezas

Ilustración: RacieB

En remotos tiempos, vivían en una gran finca, entre bosques seculares, siete hermanos y una hermana. Un buen día la muchacha se fue a recorrer mundo, marchándose muy lejos de su tierra.

Transcurrió el tiempo y después de vivir muchas aventuras, la muchacha empezó a sentir añoranza. Por fin, un día decidió regresar para visitar a sus hermanos. Compró siete pasteles, uno para cada uno, y siete camisas para llevárselas de regalo. Hizo la maleta, montó sobre su caballo y se puso en camino.

Recorrió muchas leguas y, por fin, llegó a un espeso bosque, en el que vivía el monstruo de las siete cabezas que al ver a la chica le dijo:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

Espantada, la joven no supo qué hacer. Empezó por arrojar los pasteles que llevaba a sus hermanos sobre las cabezas del monstruo, pero cada cabeza se tragó uno y el monstruo volvió a decir:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

Entonces, la joven le arrojó las siete camisas, pero el monstruo se las tragó también y, al terminar repitió:

—Niña de los siete hermanos, te voy a comer.

En un abrir y cerrar de ojos devoró el caballo. La muchacha al ver cómo desaparecía el animal entre las fauces del monstruo pensó que ella seguiría la misma suerte y, con rapidez, trepó hasta la copa de un alto pino. El monstruo de siete cabezas, al ver que la muchacha había trepado tan alto y que no podía alcanzarla, empezó a roer el tronco del árbol para hacerlo caer. La pobre chica,  más muerta que viva, pensaba en cómo salir de aquel apuro. Mientras daba vueltas, pasó un gorrión volando junto a ella.

—Pequeño gorrión, ¡ayúdame! Vuela y di a mis siete hermanos que el monstruo de las siete cabezas me quiere comer — le rogó la muchacha.

—Pío, pío… Lo siento, pero es primavera y los campos están cubiertos de granos; no tengo tiempo de ayudarte —replicó el pajarito sin detener su vuelo.

Al poco, pasó volando un cuervo.

—Cuervo negro, ¡ayúdame! Vuela y di a mis siete hermanos que el monstruo de las siete cabezas me quiere comer —suplicó la niña de los siete hermanos.

—Cra, cra… No puedo ayudarte, tengo prisa —graznó el cuervo sin detenerse.

Finalmente, la muchacha le pidió a un cuclillo que había cerca que la ayudara. Esta vez, el pajarillo la ayudó. Fue volando hasta casa de los siete hermanos y cantó posado en el alféizar de la ventana del mayor:

Cu, cu… Hermano mayor de siete,

tu hermana está en el pino.

El monstruo de siete cabezas

el tronco roe y pronto se la comerá.

El hermano mayor no hizo caso.

El cuclillo se posó entonces en la ventana del segundo hermano y repitió la canción, pero tampoco este hizo caso. Fue de ventana en ventana, pero ninguno de los siete lo quiso escuchar.

El cuclillo volvió al bosque y le dijo a la joven que sus hermanos no le habían hecho caso. Entonces, la muchacha se quitó el anillo que llevaba y le rogó que se lo llevara a su hermano menor y le dijera que el monstruo de las siete cabezas ya había roído la mitad del árbol.

Raudo y veliz, el cuclillo voló hasta el alféizar de la ventana del hermano más pequeño y se puso a cantar. El muchacho se asomó con intención de echar al pájaro que lo importunaba con su canto. Pero al reconocer el anillo de su hermana, preguntó al cuclillo de dónde lo había sacado. En respuesta, este cantó:

Cu, cu… Hermano menor de siete,

tu hermana está en el pino.

El monstruo de las siete cabezas

el tronco ha roído hasta la mitad

y pronto se la comerá.

Afilad siete espadas,

montad siete caballos,

y a vuestra hermana salvad.

El hermano menor corrió a contarles a los otros lo que acababa de decir el cuclillo y los siete corrieron a afilar las siete espadas y los siete montaron en sus siete caballos. Después, salieron hacia el bosque a galope tendido.

Mientras tanto, el monstruo de siete cabezas, que casi había acabado de roer el tronco del pino, oyó los cascos de los caballos que se acercaban.

—Niña de los siete hermanos, ¿qué escucho?, ¿acaso son tus hermanos a los que oigo venir?  —preguntó.

Pero el cuclillo contestó:

Cu, cu… No son sus hermanos,

son árboles que crujen,

son hojas que caen,

es el viento que sopla,

es el río que corre.

El monstruo de siete cabezas se tranquilizó al oír aquello y siguió royendo el tronco del pino. ¡Ya le faltaba muy poco! Dio un último bocado y el pino se tambaleó. La niña de los siete hermanos seguía fuertemente agarrada en lo más alto de la copa del árbol.

En aquel momento, los siete hermanos aparecieron; se abalanzaron sobre el monstruo de las siete cabezas, desenvainaron las espadas y cada uno le cortó una cabeza al monstruo.

Y así fue cómo la niña de los siete hermanos pudo librarse del terrible monstruo de las siete cabezas.

FIN

El cofre volador

Ilustración: Anne Anderson

Érase una vez un comerciante tan rico, que habría podido empedrar toda la calle con monedas de plata, y aún casi un callejón por añadidura; pero se guardó de hacerlo, pues el hombre conocía mejores maneras de invertir su dinero, y cuando daba un ochavo era para recibir un escudo. Fue un mercader muy listo… y luego murió.

Su hijo heredó todos sus caudales, y vivía alegremente: todas las noches iba al baile de máscaras, hacía cometas con billetes de banco y arrojaba al agua panecillos untados de mantequilla y lastrados con monedas de oro en vez de piedras. No es extraño, pues, que pronto se terminase el dinero; al fin a nuestro mozo no le quedaron más que cuatro perras gordas, y por todo vestido, unas zapatillas y un viejo batín. Sus amigos lo abandonaron; no podían ya ir juntos por la calle; pero uno de ellos, que era un bonachón, le envió un viejo cofre con este aviso: «¡Embala!». El consejo era bueno, desde luego, pero como nada tenía que embalar, se metió él en el baúl.

Era un cofre curioso, echaba a volar en cuanto se apretaba la cerradura. Y así lo hizo; en un santiamén, el muchacho se vio por los aires metido en el cofre, después de salir por la chimenea, y se elevó hasta las nubes, vuela que te vuela. Cada vez que el fondo del baúl crujía un poco, a nuestro hombre le entraba pánico; si se desprendiesen las tablas, ¡vaya salto! ¡Dios nos ampare!

De este modo llegó a tierra de turcos. Escondió el cofre en el bosque, entre hojarasca seca, y se encaminó a la ciudad; no llamó la atención de nadie, pues todos los turcos vestían batín y pantuflas también. Se encontró con un ama que llevaba un niño:

—Oye, nodriza —preguntó—, ¿qué es aquel castillo tan grande, junto a la ciudad, con ventanas tan altas?

—Allí vive la hija del rey —respondió la mujer—. Se le ha profetizado que cuando se enamore será desgraciada. Por eso no dejan que nadie se le acerque, si no es en presencia del rey y la reina.

—Gracias —dijo el hijo del mercader, y volvió a su bosque. Se metió en el cofre y levantó el vuelo; llegó al tejado del castillo y se introdujo por la ventana en las habitaciones de la princesa.

Estaba ella durmiendo en un sofá; era tan hermosa, que el mozo no pudo reprimirse y le dio un beso. La princesa despertó asustada, pero él le dijo que era el dios de los turcos, llegado por los aires; y esto la tranquilizó.

Se sentaron uno junto al otro, y el mozo se puso a contar historias sobre los ojos de la muchacha. Decía que eran como lagos oscuros y maravillosos, por los que los pensamientos nadaban cual ondinas; luego historias sobre su frente, que comparó con una montaña nevada, llena de magníficos salones y cuadros; y luego le habló de la cigüeña, que trae a los niños pequeños.

Sí, eran unas historias muy hermosas, realmente. Luego pidió a la princesa si quería ser su esposa y ella le dio el sí sin vacilar.

—Pero tendréis que volver el sábado —añadió—, pues he invitado a mis padres a tomar el té. Estarán orgullosos de que me case con el dios de los turcos. Pero mira de recordar historias bonitas, que a mis padres les gustan mucho. Mi madre las prefiere edificantes y elevadas y mi padre las quiere divertidas, pues le gusta reírse.

—Bien, no traeré más regalo de boda que mis cuentos —respondió él, y se despidieron; pero antes, la princesa le regaló un sable adornado con monedas de oro. ¡Y bien que le vinieron al mozo!

Se marchó en volandas, se compró una nueva bata y se fue al bosque, donde se puso a componer un cuento. Debía estar listo para el sábado y la cosa no es tan fácil.

Cuando lo tuvo terminado, era ya sábado.

El rey, la reina y toda la corte lo aguardaban para tomar el té en compañía de la princesa. Lo recibieron con gran cortesía.

—¿Vais a contarnos un cuento —preguntó la reina—, uno que tenga profundo sentido y sea instructivo?

—Pero que al mismo tiempo nos haga reír —añadió el rey—.

—De acuerdo —respondió el mozo y comenzó su relato.

Y ahora mucha atención…

«Érase una vez un haz de fósforos que estaban en extremo orgullosos de su alta estirpe; su árbol genealógico, es decir, el gran pino, del que todos eran una astillita, había sido un añoso y corpulento habitante del bosque. Los fósforos se encontraban ahora entre un viejo eslabón y un puchero de hierro no menos viejo, al que hablaban de los tiempos de su infancia.

—¡Sí, cuando nos hallábamos en la rama verde —decían— estábamos realmente en una rama verde! Cada amanecer y cada atardecer teníamos té diamantino: era el rocío; durante todo el día nos daba el sol, cuando no estaba nublado, y los pajarillos nos contaban historias. Nos dábamos cuenta de que éramos ricos, pues los árboles de fronda solo van vestidos en verano; en cambio, nuestra familia lucía su verde ropaje, lo mismo en verano que en invierno. Mas he aquí que se presentó el leñador, la gran revolución, y nuestra familia se dispersó. El tronco fue destinado a palo mayor de un barco de alto bordo, capaz de circunnavegar el mundo si se le antojaba; las demás ramas pasaron a otros lugares y a nosotros nos ha sido asignada la misión de suministrar luz a la baja plebe; por eso, a pesar de ser gente distinguida, hemos venido a parar a esta cocina.

»—Mi destino ha sido muy distinto —dijo el puchero a cuyo lado yacían los fósforos—. Desde el instante en que vine al mundo, todo ha sido estregarme, ponerme al fuego y sacarme de él; yo estoy por lo práctico y, modestia aparte, soy el número uno en la casa. Mi único placer consiste, terminado el servicio de mesa, en estarme en mi sitio, limpio y bruñido, conversando sesudamente con mis compañeros; pero si exceptúo al balde, que de vez en cuando baja al patio, puede decirse que vivimos completamente retirados. Nuestro único mensajero es el cesto de la compra, pero ¡se exalta tanto cuando habla del gobierno y del pueblo!; hace unos días, un viejo puchero de tierra se asustó tanto con lo que dijo, que se cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Yo os digo que este cesto es un revolucionario; y si no, al tiempo.

»—¡Hablas demasiado! —intervino el eslabón, golpeando el pedernal, que soltó una chispa—. ¿No podríamos echar una cana al aire, esta noche?

»—Sí, hablemos —dijeron los fósforos—, y veamos quién es el más noble de todos nosotros.

»—No, no me gusta hablar de mi persona —objetó la olla de barro—. Organicemos una velada. Yo empezaré contando la historia de mi vida y luego los demás harán lo mismo; así no se embrolla uno y resulta más divertido. En las playas del Báltico, donde las hayas que cubren el suelo de Dinamarca…

»—¡Buen principio! —exclamaron los platos—. Sin duda, esta historia nos gustará.

»—…pasé mi juventud en el seno de una familia muy reposada; se limpiaban los muebles, se restregaban los suelos y cada quince días colgaban cortinas nuevas.

»—¡Qué bien se explica! —dijo la escoba de crin—. Diríase que habla un ama de casa; hay un no sé qué de limpio y refinado en sus palabras.

»—Exactamente lo que yo pensaba —asintió el balde, dando un saltito de contento que hizo resonar el suelo.

»La olla siguió contando, y el fin resultó tan agradable como había sido el principio.

»Todos los platos castañetearon de regocijo y la escoba sacó del bote unas hojas de perejil y con ellas coronó a la olla, a sabiendas de que los demás rabiarían. «Si hoy le pongo yo una corona, mañana me pondrá ella otra a mí», pensó.

»—¡Voy a bailar! —exclamó la tenaza y, ¡dicho y hecho! ¡Dios nos ampare, cómo levantaba la pierna! La vieja funda de la silla del rincón estalló al verlo

»—¿Me vais a coronar también a mí? —pregunto la tenaza; y así se hizo.

»—¡Vaya gentuza! —pensaban los fósforos.

»Le tocó, entonces, el turno de cantar a la tetera, pero se excusó alegando que estaba resfriada; solo podía cantar cuando estaba en el fuego; pero todo aquello eran remilgos; no quería hacerlo más que en la mesa, con las señorías.

»Había en la ventana una vieja pluma, con la que solía escribir la sirvienta. Nada de notable podía observarse en ella, aparte de que la sumergían demasiado en el tintero, pero ella se sentía orgullosa de eso.

»—Si la tetera se niega a cantar, que no cante —dijo—. Ahí afuera hay un ruiseñor enjaulado que sabe hacerlo. No es que haya estudiado en el conservatorio, mas por esta noche seremos indulgentes.

»—Me parece muy poco conveniente tener que escuchar a un pájaro forastero —objetó la cafetera, que era una cantora de cocina y hermanastra de la tetera—. ¿Es esto patriotismo? Que juzgue el cesto de la compra.

»—Francamente, me habéis desilusionado —dijo el cesto—. ¡Vaya manera estúpida de pasar una velada! En lugar de ir cada cuál por su lado, ¿no sería mucho mejor hacer las cosas con orden? Cada uno ocuparía su sitio y yo dirigiría el juego. ¡Mejor nos iría!

»—¡Sí, vamos a armar un escándalo! —exclamaron todos.

»En esto, se abrió la puerta y entró la criada. Todos se quedaron quietos, nadie se movió; pero ni un puchero dudaba de sus habilidades y de su distinción. «Si hubiésemos querido —pensaba cada uno—, ¡qué velada más deliciosa habríamos pasado!».

»La sirvienta cogió los fósforos y encendió fuego. ¡Cómo chisporroteaban y qué llamas echaban!

»Ahora todos tendrán que percatarse de que somos los primeros —pensaban—. ¡Menudo brillo y menudo resplandor el nuestro!». Y, pensando eso, se consumieron».

—¡Qué cuento tan bonito! —dijo la reina—. Me parece encontrarme en la cocina, entre los fósforos. Sí, te casarás con nuestra hija.

—Desde luego —asintió el rey—. Será tuya el lunes por la mañana —Lo tuteaban ya, considerándolo como de la familia.

Se fijó el día de la boda y en la víspera hubo grandes iluminaciones en la ciudad, se repartieron bollos de pan y rosquillas, los golfillos callejeros se hincharon a gritar «¡Hurra!» y a silbar con los dedos metidos en la boca… ¡Una fiesta magnífica!

«Tendré que hacer algo», pensó el hijo del mercader, y compró cohetes, petardos y qué sé yo cuántas cosas de pirotecnia, las metió en el baúl y emprendió el vuelo.

¡Pim, pam, pum! ¡Vaya estrépito y vaya chisporroteo!

Los turcos, al verlo, pegaban unos saltos tales, que las babuchas les llegaban a las orejas; nunca habían contemplado una traca como aquella.

Ahora sí que estaban convencidos de que era el propio dios de los turcos el que iba a casarse con la princesa.

No bien llegó nuestro mozo al bosque con su baúl, se dijo: «Me llegaré a la ciudad a observar el efecto causado».

Era una curiosidad muy natural.

¡Qué cosas contaba la gente! Cada una de las personas a quienes preguntó había presenciado el espectáculo de una manera distinta, pero todos coincidieron en calificarlo de muy hermoso.

—Yo vi al propio dios de los turcos —afirmó uno—. Sus ojos eran como rutilantes estrellas y la barba parecía agua espumeante.

—Volaba envuelto en un manto de fuego —dijo otro—. Por los pliegues, asomaban unos angelitos preciosos.

Sí, escuchó cosas muy agradables y al día siguiente era la boda.

Regresó al bosque para instalarse en su cofre; pero ¿dónde estaba el cofre? El caso es que se había incendiado. Una chispa de un cohete había prendido fuego en el forro y había reducido el baúl a cenizas. El hijo del mercader ya no podía volar ni volver al palacio de su prometida.

Ella se pasó todo el día en el tejado, aguardándolo; y aún sigue ahí esperando. Mientras, él recorre el mundo contando cuentos, aunque ninguno tan regocijante como el de los fósforos.

FIN

El pez de oro

Ilustración: Ebineyland

En una lejana isla, llamada Shumshu, vivían un anciano y una anciana. Eran muy pobres, solo poseían una cabaña pequeña y destartalada y una vieja red, con la que todos los días el viejecito iba a pescar para procurarse el sustento de ambos.

Un día, echó su red al mar, y al ir a recogerla le pareció que pesaba

más de lo normal. Se puso muy contento, porque esperaba obtener una buena pesca; pero cuando logró recogerla, comprobó que, a excepción de un diminuto pececillo, la red estaba totalmente vacía.

Al tratar de atrapar la pieza capturada, quedó asombrado al comprobar que se trataba de un pez de oro. Y todavía creció más su asombro al oír que la extraña criatura, con voz humana, le suplicaba:

—Devuélveme al mar y te daré todo lo que me pidas.

El anciano, después de pensar un rato, le contestó:

—No quiero nada, te devuelvo tu libertad.

Y diciendo esto, devolvió al agua el pez de oro.

Al regresar a su cabaña, su mujer le preguntó:

—¿Qué tal la pesca?

—Mal —contestó—. Solo atrapé un insignificante pez de oro. Me suplicó que lo soltara y me prometió que, a cambio, que me daría lo que fuera, me dio tanta lástima, que lo dejé en libertad.

—¡Viejo tonto! ¿Tenías en tus manos una gran fortuna y no lo aprovechaste? —se enfadó la mujer—. Ya que no pescaste nada, le hubieras podido pedir un poco de pan. ¡Algo tendríamos para llenar la tripa! ¿Qué vamos a comer ahora? En casa no queda ni una migaja. ¡Ve y pídele pan a ese pez!

El marido regresó a la orilla del mar en busca del pez de oro:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Mi mujer se ha enfadado conmigo porque no te he pedido nada y me manda que te pida pan.

—Vete a casa, que el pan no os faltará.

El anciano volvió a casa y preguntó a su mujer:

—¿Tenemos bastante pan?

—Pan hay de sobra, el cajón está lleno —dijo la mujer—; pero no nos vendría nada mal una artesa nueva, porque en la que tenemos ya no podemos lavar la ropa. Ve y pídele al pez de oro que te dé una artesa nueva.

El viejo regresó a la playa otra vez y llamó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Mi mujer me manda pedirte una artesa nueva.

—Bien; tendrás una artesa nueva.

De vuelta a su casa, cuando apenas había pisado el umbral, su mujer le salió al paso gritándole:

—¡No entres! Ve en seguida a pedirle al pez de oro que nos regale una cabaña nueva, que esta apenas se tiene en pie.

Se fue el marido a la orilla del mar y gritó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Constrúyenos una nueva cabaña.

—Vuelve a tu casa, que vuestros deseos se harán realidad.

Volvió el anciano a casa y vio, con asombro, que en el lugar de la vieja cabaña vieja se levantaba una nueva hecha de roble.

Tal y como su mujer lo vio, le gritó más enfadada que nunca:

—¡Tonto más que tonto! ¡No sabes aprovecharte de la suerte! Has conseguido una cabaña nueva y creerás que has hecho algo importante. Ve otra vez al mar y dile al pez de oro que no quiero ser una campesina; que quiero ser la mujer de un gobernador y que la gente me obedezca y me haga reverencias.

Se dirigió de nuevo el anciano a la orilla del mar y llamó en alta voz:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—Mi mujer, por fuerza, se ha vuelto completamente loca; dice que no quiere ser una campesina; que quiere ser la mujer de un gobernador.

—Ve a casa; yo lo arreglaré todo.

Al volver a su casa, vio que en el sitio de la cabaña se levantaba una magnífica casa de piedra de tres pisos. La servidumbre corría atareada por el patio; en la cocina, los cocineros preparaban la comida, mientras que su mujer sentada en un rico sillón y vestida con un precioso traje de seda, daba órdenes a los criados.

—¿Estás ya contenta, esposa mía? —preguntó el marido.

—¿Yo tu esposa? ¡Yo soy la mujer de un gobernador! —y dirigiéndose a sus servidores ordenó—: Prended a este insolente campesino.

Acudió la servidumbre, agarraron por el cuello al viejo y lo echaron a la calle.

—¡Qué mala es mi mujer! He conseguido para ella todo lo que deseaba y ahora niega que yo sea su marido.

Sin embargo, no se había alejado mucho el anciano, cuando oyó que la vieja lo llamaba de nuevo:

—¡Viejo tonto!, ve y dile al pez de oro que ya no quiero ser la mujer de un gobernador. Lo he pensado mejor y quiero ser zarina.

Se fue el anciano a la orilla del mar y exclamó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

El pez se acercó a la orilla:

—¿Qué quieres?

—¡Ay, pobre de mí! Mi mujer se ha vuelto aún más loca que antes; ya no quiere ser la mujer de un gobernador, ¡ahora quiere ser zarina!

—No te preocupes. Regresa a tu casa, que yo me encargo.

Volvió el anciano a su casa, que ahora era un magnífico palacio con un tejado de oro. La mujer, engalanada como correspondía a su rango de zarina, se paseaba por los jardines.

Pero a pesar de toda la magnificencia que la rodeaba, no tardó la anciana en aburrirse y volvió a pedir a su marido que fuera a ver al pez de oro:

—¡Ve, viejo tonto; ve en seguida a la orilla del mar y dile al pez de oro que no quiero ser zarina; quiero ser la diosa de los mares, para que olas y peces me obedezcan!

El buen viejo quiso negarse, pero su mujer lo amenazó con cortarle la cabeza si se atrevía a desobedecerla. Con el corazón oprimido se dirigió el anciano a la orilla del mar, y una vez allí, exclamó:

—¡Pececito, pececito! ¡Ven! ¡Sí quiero algo!

Pero el pez de oro no apareció. El anciano lo llamó por segunda vez, pero tampoco acudió. Lo llamó por tercera vez. De repente, en el mar se levantaron grandes olas y las azules aguas se volvieron negras. Apareció el pez y preguntó:

—¿Qué más quieres?

El anciano contestó:

—Mi mujer me ha amenazado con cortarme la cabeza si no vengo a decirte que ya no quiere ser zarina; ahora quiere ser la diosa del mar, para que olas y peces la obedezcan.

Esta vez, el pez no respondió; se limitó a desaparecer en las profundidades del mar y el desgraciado viejo regresó a su casa.

Para su asombro, el palacio había desaparecido y la que había sido su vieja cabaña volvía a estar en su lugar. En la puerta, su mujer lo aguardaba sentada, vestida con sus pobres ropas remendadas.

Ambos volvieron a su vida de antes y aunque el viejo echaba todos los días su red al mar, nunca volvió a pescar el maravilloso pez de oro.

FIN