medusa

La medusa tonta

Ilustración: Gregory Stephenson

Había una vez un rey y una reina dragones marinos que decidieron casarse. Grande fue el alboroto que causó la alegre noticia. Los peces, pequeños y grandes, llegaron para presentar sus respetos y ofrecer presentes a la pareja de recién casados; y durante varios días todo fueron festejos y alegría.

Pero ¡oh fatalidad!, incluso los dragones marinos tienen que soportar duras pruebas. Apenas había transcurrido un mes del enlace real, cuando el rey dragón cayó enfermo. Los doctores lo trataron con todos los medios que estaban a su alcance, pero sin resultado. Al final, con gran pesadumbre, declararon que no había nada que hacer. La enfermedad seguiría su curso y probablemente el monarca moriría, pero tal vez quedaba una esperanza…

Uno de los médicos le dijo a la reina:

—Sé de algo que curaría al rey: tan solo debemos conseguir el hígado de un mono vivo para que se lo coma y se recuperará enseguida.

—¿¡El hígado de un mono vivo!? —exclamó la Reina—. ¡Pero eso es imposible! Nosotros, los dragones marinos, vivimos en el mar, mientras que los monos viven lejos de aquí, entre los árboles, en tierra firme. ¿¡El hígado de un mono vivo!? ¡Qué locura más grande!

En este punto, el rey dragón rompió a llorar amargamente:

—Una cosa tan pequeña —se quejó—, y tú no quieres concedérmela. Siempre sospeché que no me querías de verdad. ¡Oh! Ojalá no me hubiera casado contigo.

Su voz se quebró en sollozos y ya no pudo decir nada más.

Por supuesto que la reina dragona no quería que nadie pudiese pensar que estaba siendo malvada con su buen esposo, así que enseguida envió a buscar a su fiel sirviente la medusa y le dijo:

—Sé que lo que te voy a encomendar es una tarea difícil, pero confío en ti. Lo que quiero es que vayas tierra adentro y convenzas a un mono para que te acompañe hasta aquí. Para persuadirlo, puedes contarle cuánto mejor se vive aquí en Dragonlandia, que donde él vive ahora. Cuídate de que llegue sano y salvo, porque lo que realmente necesito es cortarle el hígado y utilizarlo como medicina para el rey dragón, quien, como bien ya sabes, está gravemente enfermo.

Así que la medusa partió a su extraño viaje errante.

Tenemos que apuntar que en aquellos tiempos la medusa era como cualquier otro pez, con ojos, aletas y cola. Pero, además, tenía una singularidad que la diferenciaba de todos los demás habitantes marinos: sus pequeños y numerosos pies, que le permitían tanto caminar por tierra como nadar velozmente en el agua.

A la medusa no le llevó muchas horas nadar hacia el país en donde vivían los monos; y la suerte quiso que nada más llegar viese a un espléndido ejemplar de mico saltando entre las ramas de los árboles cerca del lugar en donde la medusa había pisado tierra.

La medusa lo llamó:

—¡Eh! ¡Señor mono! He venido para hablarle de un país mucho más bello que este. Se encuentra bajo las olas y se llama Dragonlandia. Hace un tiempo muy agradable todo el año, los árboles están colmados de deliciosos frutos maduros, y no existen esas criaturas tan malas llamadas hombres. Si me acompañas, te llevaré hasta allí. Súbete a mi espalda.

El mono pensó que sería divertido conocer un país nuevo, así que saltó a las espaldas de la medusa y se zambulleron en el agua. Cuando llevaban medio trecho recorrido, el mono empezó a preguntarse si no habría gato encerrado. Parecía un poco raro verse abordado de esa manera por una extraña. Así que le preguntó a la medusa:

—¿Por qué has venido a buscarme precisamente a mí?

La medusa contestó:

—Mi señora, la reina dragona, te necesita para quitarte el hígado y dárselo como medicina a su esposo, el rey, que está muy enfermo.

«¡Ah!, así que de eso se trata el juego, ¿no?», pensó el mono. Pero se guardó sus pensamientos y tan solo respondió:

—Nada me proporcionaría mayor placer que estar al servicio de sus majestades. Pero resulta que dejé mi hígado colgado de una rama de ese gran castaño en el que estaba brincando. El hígado es algo que pesa bastante, por lo que generalmente me lo quito para jugar durante el día. ¡Da la vuelta rápido! ¡Tenemos que volver a buscarlo!

La medusa estuvo de acuerdo en que era lo único que podía hacerse dadas las circunstancias. Porque —tonta criatura como era— no se dio cuenta de que el mono le estaba contando un cuento para evitar que lo matasen y le diesen su hígado al rey dragón.

Cuando alcanzaron la orilla de Monolandia de nuevo, el mono dio un rápido bote desde la espalda de la medusa hasta alcanzar la rama más alta del castaño. Entonces dijo:

—No veo mi hígado por aquí. Quizás alguien se lo haya llevado. Pero voy a buscarlo. Tú, mientras tanto, es mejor que vuelvas y le cuentes a tu señora lo que ha sucedido. Se preocupará si no estás de vuelta en casa antes de que anochezca.

Así que la medusa emprendió la marcha por segunda vez; y cuando llegó a casa, le contó a la reina dragona todo tal y como había sucedido. La reina se encendió de ira y llamó a gritos a sus guardias, diciéndoles:

—¡Llevaos a esta individua de mi presencia! ¡Lleváosla y hacedla papilla! ¡Dadle una paliza por tonta! ¡Que no quede ni un solo hueso sano en todo su cuerpo!

Así que los guardias la apalearon, tal y como la reina había ordenado, y esa es la razón por la cual, hasta el día de hoy, las medusas no tienen huesos y no son sino una masa pulposa.

En cuanto al rey dragón, cuando supo que no tendría el hígado del mono, ¡vaya!, pues se convenció de que no le quedaba más remedio que curarse sin él.

FIN

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?