memoria

El duende desmemoriado

duende

Duende Quelet hecho a mano especialmente para este cuento por Mariana Viso

Sortearemos el duende Quelet entre todos los seguidores de Martes de cuento que dejen un comentario en esta entrada antes del sábado 6-6-15

Quelet siempre había sido un duende alegre y locuaz. Había viajado mucho y había enseñado a otros duendes a descubrir qué talento se escondía en sus corazones con la ayuda de las artes secretas de su oficio de Maestro de los Talentos; pero Quelet se había ido haciendo viejo y sus piernas cansadas no le permitían ya transitar sus incansables caminos llenos de sabiduría y buenos consejos.

Se retiró a su hura vacía y destartalada pensando que en ella hallaría el merecido reposo, pero los días se le hacían largos y las noches se llenaban de inquietantes ruidos.

Muy de mañanita, Quelet salía a estirar las piernas y se dejaba acariciar por el deslumbrante sol que sonreía a la magia y a los milagros desde lo alto del cielo; pero después de andar un rato, se sentía fatigado y se retiraba a su hura solitaria y oscura, sin darse cuenta de que el silencio le pesaba en el corazón y le robaba las palabras. Salir a pasear llenaba sus ojos de luz y presencias amistosas, pero al volver a casa se olvidaba de lo que había visto y le costaba recordar, incluso, las horas de las comidas o la de acostarse. Poco a poco, Quelet se fue volviendo desmemoriado.

Un día cualquiera, Quelet salió a pasear como solía hacer y se encontró con otro duende como él que lo saludó alegremente.

—¡Quelet! —lo llamó—. Hola amigo mío… ¡Cuánto tiempo!

Y ya no paró de hablar y de hablar… Quelet lo miraba sonriendo amablemente, escuchando todo lo que el otro le decía, pero incapaz de recordar quién demonios era aquel duende tan vivaracho.

Al volver a su hura, Quelet se quedó en el portal sentadito al sol, mientras reflexionaba largamente sobre lo que le había ocurrido.

De pronto, se dio cuenta de algo que no había previsto que le pudiera suceder nunca jamás: ¡se estaba volviendo un duende desmemoriado! ¡Él, que siempre había tenido una memoria excelente!

—Esto no puede ser… —se dijo a sí mismo—. No…, no… Tengo que pensar en algo…

Quelet sabía que cuando los duendes se hacían viejos a veces perdían un poco el oremus, había visto casos muy notables, pero nunca se había detenido a pensar qué significaba realmente perder la memoria.

—Perder mis recuerdos … —se lamentó—, todas mis vivencias, mis alegrías, mis tristezas … No acordarme de la gente o de lo que tengo que hacer … No recordar lo que más amo o he amado…

De repente, el duende se sintió muy triste: ¿qué ocurriría con todos sus recuerdos?, ¿qué ocurriría con todo aquello que amaba tanto si no era capaz de recordarlo?

Tenía los ojos casi anegados de lágrimas cuando se dio cuenta de que estaba sentado sobre una vieja cepa, casi tan vieja como él. Sus gastados dedos acariciaban dulcemente la rugosa corteza del tronco y parecía que querían decirle algo…

—¡Claro! —exclamó— ¡Puedo hacer cajas! Cajas mágicas para conservar mis recuerdos… así, si algún día los pierdo, siempre podré recuperarlos buscándolos en mis Cajas de Recuerdos.

Y, rápidamente, se puso manos a la obra. No tenía suficiente destreza para trabajar la madera, pero su paciencia infinita, forjada a lo largo de años y años de enseñar a los demás duendes a encontrar su talento, suplía su falta de habilidad y su inexperiencia.

De hecho, proponerse el reto de hacer algo nuevo a su edad resultó liberador para Quelet. Sus oxidadas manos, con tenaz voluntad, aprendían a dominar las herramientas y la madera y en muy poco tiempo tenía tantas cajitas de tamaño y de colores distintos, que se corrió la voz de que Quelet, el Maestro de los Talentos, había descubierto uno nuevo para sí mismo.

Un día, un duende joven que aún no había descubierto qué don de magia se escondía en su corazón, pasó ante la hura de Quelet y tras saludarlo cortésmente el joven Getet preguntó:

—¿Qué hacéis, Maestro?

—Hago Cajas de Recuerdos.

—¿Y por qué? —se interesó Getet al instante.

—Para acomodar en ellas todos mis recuerdos… —dijo Quelet contento—. Hay un momento en la vida —explicó repentinamente serio— que uno ya no puede fiarse de su cabeza… y entonces toca trabajar con las manos para conservar todo aquello que no se quiere perder…

Getet observó aquellas cajas largamente. Se sentía cautivado por los colores y las formas que el viejo Quelet dibujaba con su cincel sobre las tapas de sus incontables Cajas de Recuerdos. Y, de repente, sintió un impulso.

—¿Puedo ayudarlo, Maestro? —dijo medio avergonzado por su osadía.

Quelet lo miró con atención. Había dedicado toda su vida a ayudar a los más jóvenes a descubrir los talentos ocultos en sus corazones… pero ahora… Ahora no tenía tiempo para volver a su viejo oficio y veía muy claro en el corazón de Getet que no había encontrado su talento. Sin embargo, algo en los ojos del joven duende hizo que se decidiera…

—Hay mucha faena —reconoció el viejo Quelet—, y me vendría bien una ayuda. ¡Tengo tantos recuerdos!

—Yo os ayudaré… —dijo Getet alegremente.

Y desde aquel día, Getet no dejó de ir puntualmente a la hura de Quelet para ayudarlo en su incansable tarea. Pulía cajas, las pintaba, las organizaba por colores e incluso ayudaba a Quelet a elegir qué objetos mágicos contendrían para que el viejo duende pudiera evocar las cosas que, inevitablemente, acabaría olvidando con el paso del tiempo.

La labor de Quelet y de Getet los mantenía tan ocupados, que el joven se convirtió en el mejor discípulo del Maestro de los Talentos. Los recuerdos del anciano estaban tan llenos de experiencias, sentimientos y vivencias que Getet, gracias a ellos, aprendía un mundo entero de conocimientos, tan valiosos como los tesoros mágicos más antiguos.

Con el tiempo, las Cajas de Recuerdos de Quelet se hicieron imprescindibles en su vida. Desgraciadamente, el paso de los años iba arrebatando más y más memoria a su mirada y cuando esta se apagaba, una sombra de tristeza teñía de luto su amable cara.

Entonces, Getet se acercaba a su viejo Maestro y abría una Caja cualquiera. El viejo Quelet contemplaba el tesoro que guardaba la caja con atención y estupefacción. Removía lo que fuera que contenía entre las manos y así se entretenía largo rato, sin entender qué debía ser o representar aquello. Getet se sentía un poco apenado al ver que su Maestro no reconocía el contenido de la caja, siempre era así; pero enseguida, con voz animosa, le contaba a Quelet qué eran aquellos prodigios que la magia hacía posible.

La expresión de Quelet solía ser de sorpresa y de genuina felicidad, como la de esos niños pequeños que sueñan al escuchar las palabras de un cuento. Tal vez el viejo Quelet fuera incapaz de evocar sus propios recuerdos o de reconocer en las mágicas imágenes y en las bondadosas palabras de su discípulo el hilo de su propia historia, pero el viejo duende aún podía emocionarse con lo que tanto sus Cajas Mágicas como Getet le contaban de sí mismo. Era, —casi, casi— como volver a construir una vida a partir de cero.

FIN

Un cuentecito

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Ilustración: Skottie Young

 

Me venía yo acordando

que sabía un cuentecito

no sé si era de ogros

o más bien de animalitos.

Creo que era de un conejo…

¡Noooo!, que era del gallo Perico,

que, si mal no lo recuerdo,

se casó con una oca

o se marchó de improviso.

Tal vez la protagonista,

fuera la rana Julieta,

que sufría mucho, mucho

por no cantar opereta.

Estaba también el príncipe

más feo que nunca hubiera;

los niños traviesos;

el árbol gigante que daba pena.

La ballena Elena;

la brujita Lucía…

todos dando vueltas

por esta cabeza mía.

¡Ay, mi madre!,

¡no me acuerdo de lo que contar quería!

Si alguien tiene algún remedio

para este mal que me aqueja,

por favor, que me lo diga,

¡así acabaré este cuento

y podré dormir tranquila!

FIN