mentira

Caperucita, Ramiro y el colgante

Ilustración: poubelle-de-dav

Érase una vez un lobo llamado Ramiro, siempre sonriente y siempre dispuesto a ayudar al resto de animales del bosque. Un día, salió triste de su casa; había perdido el colgante que le había regalado su abuela. Era muy especial para él, porque le daba suerte y le permitía sentirse cerca de su abuela y pedirle consejo si lo necesitaba.

—¿Qué te pasa, Ramiro? —le preguntó su amigo Roberto, el pájaro carpintero, al verlo aparecer con cara compungida.

—He perdido el colgante que me regaló mi abuela. Lo he buscado por todos sitios, pero no logro encontrarlo.

—Yo sé quién lo tiene. La semana pasada, vi a una niña vestida con un traje rojo que recogía fruta; lo encontró al pie de un árbol y se lo llevó.

—¿Y sabes dónde podría encontrar a esa niña?

—Alguna vez la he visto visitando una casa en medio del bosque. Pregunta allí.

—Gracias, Roberto.

Tras caminar un rato, Ramiro escuchó que alguien cantaba:

—La, la, la, la…

—Hola, soy Ramiro. ¿Cómo te llamas?

—Hola Ramiro, soy Caperucita. Voy a casa de mi abuelita a llevarle esta cesta de comida —dijo la niña, que vestía una capa roja.

Ramiro se dio cuenta de que lucía en el cuello su colgante.

—¿Te puedo acompañar? El bosque es peligroso.

—Sí, gracias, Ramiro.

—Caperucita, ¿estuviste hace unos días en el bosque? —le preguntó poco después.

—Yo ando mucho por el bosque. Me gusta recoger flores y frutas para mi abuela.

—¿No encontrarías, por casualidad, un colgante? Perdí uno hace poco.

—¿Yo? —Caperucita escondió con disimulo la joya dentro de su blusa, pero Ramiro se dio cuenta—. No, yo no me llevo las cosas de los demás.

Triste, Ramiro pensó hablar con la abuela de Caperucita para que convenciera a su nieta de que le devolviese su colgante.

—Caperucita, ¿vive muy lejos tu abuelita?

—No, muy cerca, justo al lado del pantano.

—Como esta zona ya es segura, ¿te puedo dejar sola? Se me ha hecho tarde y tengo que volver a casa.

—Claro. Gracias por tu compañía.

—Por cierto, para ir a casa de tu abuela, te recomiendo que sigas el camino de la derecha en la bifurcación que hay más adelante, está lleno de flores y frutas.

Ramiro se marchó y fue por el camino de la izquierda, el más directo para llegar a casa de la abuelita. Cuando Ramiro llegó allí, a Caperucita aún le quedaba un buen trecho por recorrer.

—Buenos días, abuelita. Hace unos días, su nieta Caperucita se encontró un colgante que yo había perdido. He estado con ella hace un rato y aunque se lo he visto puesto, ella me ha dicho que no lo tenía. ¿Puede pedirle usted que me lo devuelva?

—¡No seas mentiroso! Mi nietecita es demasiado buena como para mentir así.

—¡Pero le digo la verdad!

—Bueno, tranquilo. Hablaré con ella. Te traeré algo de beber mientras la esperamos.

La abuelita fue a la cocina, descolgó un rodillo y, con él en las manos, se abalanzó sobre Ramiro, que asustado abrió la boca para gritar, pero en vez de eso, lo que hizo fue comerse a la abuela de un solo bocado sin querer.

En ese preciso instante, el lobo oyó el lejano canturreo de Caperucita, que se acercaba. Se puso nervioso y se metió en la cama de la abuelita temblando.

Al entrar en la casa, Caperucita vio el rodillo tirado en el suelo y lo recogió. Eso la hizo sospechar, porque su abuela era muy ordenada.

—Abuelita, ya he llegado —gritó desde el salón la pequeña.

—Pasa, pasa. Estoy en la habitación —dijo el lobo intentando suavizar la voz.

Al ver al animal entre las sábanas, Caperucita exclamó:

—Abuelita, abuelita. Te noto un poco rara, ¿qué te ocurre?

—E… esto… estoy un poco enferma.

—Abuelita, abuelita. Qué ojos más grandes tienes.

—Em… pues… ¡Es que son para verte mejor! —improvisó Ramiro.

—Abuelita, abuelita… qué nariz más grande tienes.

—Pues… es que… ¡Es para olerte mejor! —disimuló olisqueando su cabello.

Caperucita sabía que esa no era su abuelita.

De pronto, Ramiro vio reflejado en el espejo del armario el rodillo que la niña escondía a su espalda.

—Abuelita, abuelita… qué boca tan grande tienes.

—Es… ¡para comerte mejor! —gritó Ramiro intentando asustar a Caperucita para que no lo atacase.

La pequeña dio un salto hacia atrás y Ramiro aprovechó para quitarle el colgante. La niña gritó pidiendo socorro, mientras no dejaba de repetir que el lobo se la quería comer. Ramiro aullaba para intentar calmarla. Los gritos de ambos alertaron a un cazador que se acercó con cautela y observó desde la ventana cómo Caperucita corría hacia Ramiro. El pobre, arrinconado y temeroso, cerró los ojos y abrió su enorme boca para gritar y, justo entonces, Caperucita se metió sola en la boca del lobo.

Ramiro se sentó en un sillón para pensar en qué podía hacer y ahí se quedó dormido.

Mientras, el cazador, que había juntado muchas piedras en la entrada de la casa, entró sigiloso y con un enorme cuchillo le abrió la tripa a Ramiro para sacar a Caperucita y a la abuelita y meter las piedras en su lugar. Luego lo cosió y los tres se escondieron para ver qué ocurría.

Ramiro despertó y decidió ir a dar un paseo para seguir meditando. Caperucita, la abuelita y el cazador lo siguieron. En el pequeño pantano cercano, el lobo se paró para beber agua y, al inclinarse sobre el borde, el peso de las piedras lo precipitó hacia el fondo. Todos pensaron que aquel era el fin.

Pero, poco después, Ramiro salió a la superficie a lomos de un hipopótamo, al cual le agradeció que le hubiese salvado la vida. Por suerte, el agua había deshecho el hilo con el que el cazador había cosido la barriga del lobo y las piedras se habían hundido en el pantano. Preocupado, por si también había perdido el colgante, Ramiro se echó la mano al bolsillo, pero al comprobar que lo tenía, respiró tranquilo.

Volvió, muy enfadado, a casa de la abuelita para pedir explicaciones por lo mal que lo habían tratado, pero al acercarse, oyó música y risas. Se escondió tras unos arbustos y vio que Caperucita y los demás habían organizado una gran fiesta. Prefirió no pensar en lo que celebraban, simplemente se puso el colgante, sonrió y regresó, feliz, a su casa.

FIN

El pastorcillo mentiroso

Ilustración: Niky-Chan

Érase una vez un joven pastorcillo que se pasaba la mayor parte del tiempo cuidando de su rebaño de ovejas. Muy de mañana, las llevaba a pastar a los campos que rodeaban la pequeña aldea en la que vivía. A diario, cuando el sol empezaba a asomar, hacía lo mismo: se levantaba, metía en su zurrón un trozo de pan y un poco de queso y, seguido de sus ovejas, se dirigía hacia las praderas, donde se pasaba todo el día. Una jornada de otra solo se diferenciaba porque llovía o hacía sol, por lo demás todas trascurrían de igual modo.

A menudo, mientras miraba a los animales pastar, pensaba en las muchas cosas que podría estar haciendo en aquel momento si no fuera porque tenía que trabajar y como el tiempo pasaba muy lento y se aburría mucho, echaba a volar la imaginación para divertirse. Un día, mientras dormitaba debajo de un árbol, se le ocurrió una idea… Pensó que podría pasar un buen rato divirtiéndose a costa de sus vecinos y empezó a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

La gente, sin perder ni un segundo, tomó lo que tenía más a mano para defenderse del animal y acudió corriendo a auxiliar al pobre pastorcito, que seguía pidiendo auxilio a gritos. Al llegar allí, los vecinos descubrieron que todo había sido una pesada broma del pastor, que, al ver reunidos a su alrededor a sus vecinos con cara de susto y armados hasta los dientes, se desternillaba de la risa por el suelo. Los aldeanos, muy enfadados, le afearon su actitud y regresaron a sus quehaceres.

Una vez se hubieron ido, pensó el pastor que aquello había sido muy divertido. ¡No se había reído tanto en toda su vida!, así, que decidió repetir su juego. Cuando vio que la gente ya se había alejada lo suficiente, volvió a gritar:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo!

De nuevo, la gente, al oír su grito de socorro, desanduvo el camino y acudió a toda prisa, pensando que, esta vez, sí que era cierto que lo atacaba el lobo y que, realmente, el pastor necesitaba su ayuda. Pero al llegar donde estaba el chiquillo, se lo encontraron riendo sin parar. más aún que la primera vez, y no paraba de burlarse de que hubieran vuelto otra vez para auxiliarlo. Esta vez, los aldeanos se enfadaron muchísimo y se marcharon muy molestos de la nueva mala pasada del pastor.

Cayó la noche; el pastor recogió su rebaño y se fue a su casa.

A la mañana siguiente, con los primeros rayos de sol, el pastor se dirigió al prado para que sus ovejas comieran. Cada vez que recordaba lo ocurrido el día anterior, le entraba la risa y, en modo alguno, pensaba en la mala pasada que les había hecho a sus vecinos ni en el mal rato que les había hecho pasar. Tan divertido estaba recordando su jugarreta, que no se dio cuenta de que, sigiloso, se acercaba a sus espaldas un gran lobo gris. Al oír crujir una rama, se dio media vuelta y vio al enorme animal. El miedo le recorrió el cuerpo de arriba abajo. El lobo se acercaba más y más, despacio, con las fauces abiertas, medio muerto de hambre, gruñendo… Y cuando ya estaba a pocos pasos del pastor, este empezó a gritar desesperadamente:

—¡Qué viene el lobo! ¡Qué viene el lobo! ¡Me va a comer! ¡Socorro!

Pero, aunque gritó, lloró e imploró sin parar, sus súplicas fueron en vano. Los aldeanos oyeron sus ruegos, pero hicieron caso omiso de ellos, porque no creyeron lo que decía el pastor. Recordaron las mentiras del día anterior y, esta vez, hicieron oídos sordos. Pensaron que ahora tampoco decía era verdad.

¿Y qué es lo que pasó? Pues que el pastor se subió a un árbol para salvarse del ataque y, desde allí, vio impotente cómo la fiera se abalanzaba sobre su rebaño y lo devoraba entero mientras él no dejaba, entre dentellada y dentellada del lobo, de gritar:

—¡Esta vez prometo que es verdad! ¡No os engaño! ¡El lobo está aquí y se está comiendo las ovejas!

Tarde y mal, el pastorcillo se dio cuenta de su mal comportamiento y se arrepintió de su actitud. Desde ese día, nunca más volvió a mentir ni a burlarse de sus semejantes y comprendió que, para divertirse, siempre es mucho mejor reírse con las personas que de las personas.

FIN

El árbol que hablaba

Ilustración: AlectorFencer

En una espesa selva vivía un lobo feroz. Un día, mientras intentaba cazar algo para comer, topó con un árbol de cuyas extrañas hojas rojas se desprendía un tenue resplandor. Curioso, se acercó más a él para observarlo mejor y fue entonces cuando oyó que el árbol hablaba.

El lobo se asustó y exclamó:

—Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto hubo pronunciado esas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No supo cuánto tiempo permaneció tendido a los pies del misterioso árbol, pero al despertar estaba demasiado asustado para pensar en otra cosa que en huir, así que se levantó de inmediato y no paró de correr hasta llegar a su casa.

El lobo estuvo meditando largo rato acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podría usar el árbol en beneficio propio. Volvió a salir de casa y fue paseando en busca de su vecino el antílope. Cuando dio con él, le contó la historia del árbol que hablaba, pero el antílope no creyó nada de lo que le contaba.

—Si no me crees, ven y tú mismo podrás verlo —propuso el lobo—, pero debes tener cuidado. Cuando estés delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante». Si cuando estés ante él no pronuncias esta frase, morirás.

El lobo y el antílope se dirigieron hacia el lugar en el que estaba el árbol que hablaba y una vez ante él, el antílope dijo:

—Has dicho la verdad, lobo, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Tan pronto dijo esto, alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a su casa para comérselo. «Este árbol que habla solucionará todos mis problemas —pensó el lobo—. Si soy listo, nunca más volveré a pasar hambre».

Al día siguiente, el lobo paseaba como de costumbre cuando topó de frente con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope y la llevó hasta el lugar en el que estaba el árbol parlante. La tortuga se sorprendió mucho al oírlo hablar:

—No creí que esto fuera posible —dijo—, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante.

Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y se desvaneció. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla para hacer con ella una deliciosa sopa.

El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga dio cuenta de un cuervo, de un jabalí, y de un ciervo. ¡En su vida había comido mejor! Ahora usaba siempre la misma estrategia: contaba a sus presas la misma historia y les decía que debían pronunciar ante el árbol la fatídica frase y que si no la decían, morirían. Todos hacían lo que el lobo les decía y todos quedaban inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. ¡Era un plan perfecto!, era simple e infalible, y él agradecía a los dioses de la selva haber puesto en su camino aquel árbol. Esperaba seguir comiendo como un rey el resto de su vida.

Un día, que se sentía hambriento salió a pasear en busca de una nueva víctima. Esta vez se tropezó con una liebre y el lobo le dijo:

—Hermana liebre, tengo un secreto que es probable que no lo conocieran ni tus antepasados.

—¿Y cuál es ese secreto, hermano lobo? —preguntó curiosa la liebre.

—En esta selva hay un árbol que habla —susurró el lobo.

Y, acto seguido, le contó a la liebre la misma historia de siempre y se ofreció a acompañarla a ver el árbol parlante. La liebre aceptó y fueron juntos hasta el lugar. Cuando ya estaban cerca del árbol el lobo le recordó:

—No olvides decirle al árbol lo que te he dicho.

—¿Qué debo decirle? —preguntó la liebre.

—La frase que debes pronunciar cuando estés en su presencia si no quiere morir —contestó el lobo.

—¡Ah!, sí —dijo la liebre.

Y empezó a hablar con el árbol.

—¡Oh!, gran árbol, ¡oh!, gran árbol —recitó—. ¡Oh! árbol majestuoso y…

—No, eso no es lo que has de decir —la cortó el lobo.

—Perdona —se excusó la liebre. Y volvió a recitar—. Árbol, ¡oh!, árbol, hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol raro.

—¡No, no y no! —se impacientó el lobo— no «un árbol raro», sino «un árbol parlante». Lo que tienes que decir es: «Hasta hoy, jamás me había encontrado con algo tan maravilloso como un árbol parlante».

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se alejó despacio, girándose, de cuando en cuando, para observar aquel extraño árbol rojo y al lobo tendido bajo él. Luego sonrió:

—Así que este era su plan, señor lobo. Usted se pensó que esta liebre era boba y que hoy sería su comida.

La liebre puso tierra por medio y en su camino fue contando a todos los animales de la selva el secreto del árbol rojo que hablaba. El plan del lobo quedó al descubierto, y el árbol, sin poder herir a nadie más, continuó hablando solo.

FIN

El hueso de la ciruela

Ilustración: Alexei Pakhomov

Una madre compró ciruelas para darlas de postre a sus hijos. Las ciruelas estaban en un plato. Vania no había comido nunca ciruelas y no hacía más que olerlas. Le gustaron mucho. Y sintió deseos de probarlas. Todo el tiempo andaba rondando las ciruelas. Y, cuando se quedó solo en la habitación, no pudo contenerse, tomó una ciruela y se la comió. Antes del almuerzo, la madre contó las ciruelas y vio que faltaba una. Se lo dijo al padre.

Durante el almuerzo, el padre preguntó:

—Decidme, hijitos, ¿no se ha comido ninguno de vosotros una ciruela?

Todos dijeron:

—No.

Vania se puso rojo como la grana y dijo también:

—Yo no me la he comido.

Entonces, el padre dijo:

—Uno de vosotros se la ha comido, y eso no está bien. Pero no es lo peor. Lo peor es que las ciruelas tienen huesos, y si alguien no sabe comerlas y se traga uno, se muere al día, siguiente. Eso es lo que temo.

Vania se puso pálido y dijo:

—El hueso lo arrojé por la ventana.

Todos se echaron a reír, pero Vania estalló en sollozos.

FIN

Verdad y Mentira

e9857815b8a58862932f97d3bf367bb3

Ilustración: pesare

Cuentan que una vez, cuando los animales aún hablaban y el sol madrugaba más que ahora, se encontraron en medio de un camino la Verdad y la Mentira, que viajaban por el mundo captando adeptos para sus respectivas causas.

Entablaron una animada discusión sobre si era más conveniente ser sincero o mentiroso y al no ponerse de acuerdo, decidieron seguir juntas su periplo para comprobar cuál de las dos tenía razón.

Antes de emprender la marcha, pactaron que un día una y otro día la otra, se responsabilizarían de buscar alojamiento y sustento y de hablar con la gente que les saliera al paso y que cuando no fuera su turno no intervendrían, escucharan lo que escucharan.

Ya sospecharéis que la Verdad era muy sincera; siempre decía lo que pensaba y nunca jamás mentía. En cambio, la Mentira era justo todo lo contrario, no era en absoluto sincera, mentía y lisonjeaba para obtener provecho de sus aranas o bien para congraciarse con los demás, diciéndoles todo aquello que deseaban escuchar.

Al finalizar la primera jornada de viaje juntas, llegaron a una posada y la Verdad pidió alojamiento. Aclaró que estaban de paso y que solo se quedarían aquella noche. «Poco negocio haré con este par», pensó para sí el posadero. Y se dispuso a darles la peor habitación de todas, afirmando que era la única que le quedaba, a pesar de que en la posada no se alojaban otros viajeros.

La Mentira callaba, según lo acordado, mientras la Verdad, al ver aquella estancia cochambrosa, le fue indicando al posadero todo lo que estaba mal, roto o sucio. El posadero se quedó tan boquiabierto al escuchar tantas verdades juntas, que no acertó a replicar.

La Verdad y la Mentira se encerraron en su habitación y, desde allí, oyeron cómo el dueño de la venta preparaba la cena y, después, se sentaba a comer.

Esperaron en vano a que el hombre las avisara para tomar un bocado, hasta que la Verdad decidió salir y recriminarle al posadero su falta de hospitalidad. El posadero la escuchó ofendido y replicó que no servía cenas a quien lo criticaba, así que las dos viajeras no tuvieron más remedio que irse a dormir muertas de hambre.

Al día siguiente, al reemprender su viaje, la Mentira le dijo a la Verdad:

—Compañera, hoy me toca a mí. Te ruego que, oigas lo que oigas, no hables.

Atardecía cuando llegaron a la siguiente población y decidieron pasar allí la noche. La Mentira se dirigió sin tardanza a casa del alcalde para saludarlo y presentarse:

—Sepa usted, señor alcalde, que viajo de incógnito, con la única compañía de mi ayudante. Soy alguien muy importante, mi poder no tiene límites. Puedo conseguir todo aquello que me proponga. Incluso cosas que nadie creería.

Acto seguido, le pidió al alcalde que convocara a todos los habitantes para poder contar cuáles eran esas habilidades extraordinarias.

Cuando el pueblo al completo estuvo reunido en la plaza mayor, la Mentira pronunció su discurso. Contó que estaba de paso y que, únicamente, podía quedarse aquella noche, ya que gentes de otros pueblos reclamaban su presencia. Afirmó que estaban en presencia de alguien tan poderoso, que incluso podía resucitar a los muertos. No obstante, añadió, como era muy tarde y estaba cansada del largo viaje, se marchaba a descansar. Sin embargo, al día siguiente, a mediodía, y para demostrar lo que afirmaba, resucitaría a todos los difuntos que hubieran fallecido el último año.

Dicho esto, la gente se dispersó y la Mentira y su compañera de viaje se acomodaron en la suntuosa casa en la que eran alojadas las personas distinguidas que visitaban el pueblo.

No habían pasado ni cinco minutos, cuando el alcalde se presentó para advertir a la Mentira de que cuando resucitara a los muertos, ni se le ocurriera resucitar a su predecesor, puesto que él hacía solo una semana que había tomado posesión de su nuevo cargo. El motivo estaba claro: si resucitaba al anterior alcalde, perdería su puesto. La Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Al cabo de un minuto de haberse marchado el alcalde, se presentó ante la Mentira una mujer, que contó que había perdido a su marido hacía once meses. El marido, que en vida había sido el mayor tacaño del que se tenga noticia, le había dejado en herencia una inmensa fortuna, de la que ahora disfrutaba y a la que tendría que renunciar si él regresaba. De nuevo, la Mentira escuchó, pero no dijo ni que sí, ni que no.

Tras la mujer, se presentaron otras personas con la misma súplica: que resucitara a cualquier difunto, menos al suyo. Aunque los motivos eran diversos, el más frecuente era el de las herencias. Dinero, objetos o propiedades que se verían obligados a devolver a sus legítimos dueños en caso de que volvieran a la vida. A todos escuchó la Mentira, pero a nadie le dijo ni que sí, ni que no.

Había ya oscurecido y se acercaba la hora de cenar, pero como cada uno de los que había visitado a la Mentira para pedirle que dejara a su muerto muerto y bien muerto la había intentado sobornar con una gran bandeja repleta de las más exquisitas y delicadas viandas, el problema fue elegir qué comer.

Mientras daban cuenta de aquellos manjares, la Verdad le dijo a la Mentira:

—Te has pasado con tus embustes. ¿Cómo has sido capaz de prometer devolver la vida a un muerto? Todo el mundo sabe que eso es imposible. Y más increíble aún, es que la gente te haya creído.

—Sí, hay cosas que todo el mundo sabe que son imposibles pero que, sin embargo, desean creer. Gracias a eso, hoy nos iremos a comer con la barriga bien llena y dormiremos en una cama mullida.

A mediodía, la plaza mayor estaba abarrotada, llena de curiosos que esperaban el milagro anunciado por la Mentira. Esta empezó su discurso:

—Buenos días,  sin que nadie se ofenda por ello, creo que es mi deber empezar por resucitar a la persona más importante de este pueblo. Es decir, al antiguo alcalde.

El nuevo alcalde se apresuró a responder:

—Mi predecesor dirigió nuestros destinos durante más de sesenta años. Se dedicó en cuerpo y alma al servicio de la comunidad y todos lo apreciamos por ello. Justo es que ahora lo dejemos tranquilo, ya hizo suficiente. Creo que será mejor empezar con otro.

—Ya habéis oído lo que dice el señor alcalde —dijo la Mentira—. La palabra de un alcalde es ley. Por lo tanto, empezaré con otro difunto.

Se dirigió entonces a la mujer que había perdido a su marido hacia casi un año. Sin embargo, ella también rechazó la oferta diciendo que su marido se había pasado la vida trabajando duramente y que él mismo había afirmado en los últimos tiempos que estaba ya cansado.

Acató la Mentira el deseo de la mujer y pasó a otra persona, y luego a otra y a otra, y a otra más, siguiendo el orden de las visitas recibidas la noche anterior. Todos ponían alguna excusa para que no se obrara el milagro en sus difuntos.

Finalmente, dijo:

—Ya lo veis, soy capaz de resucitar a los muertos, pero preferís que no lo haga, así que acataré vuestros deseos y los dejaré descansar en paz.

La gente empezó a dispersarse en dirección a sus casas y cuando la plaza quedó desierta, las dos viajeras se dirigieron a su alojamiento para recoger sus pertenencias antes de marcharse. Al abrir la puerta, casi ni pudieron entrar, tan llena estaba la casa de los regalos de agradecimiento que les había enviado la gente del pueblo.

De nuevo en ruta, la Verdad reflexionó:

—Yo siempre soy sincera y valoro la franqueza por encima de todas las cosas, pero lo cierto es que en el mundo hay muchos mentirosos y de eso, en parte, la culpa es de la propia gente, que prefiere creer cualquier embuste antes que aceptar la verdad. Además, hay personas tan simples que pagan muy caras las mentiras, cuando escuchar las verdades les saldría gratis. ¡Esto no hay quién lo entienda!

FIN

Si quieres, también puedes escuchar «Verdad y Mentira» con la voz de Angie Bello Albelda

La elección del rey

Ilustración: John Bauer

El rey Helamund debía partir lejos e hizo jurar a sus seis ministros que, durante su ausencia, gobernarían el reino lo mejor posible. Les advirtió, además, de que, en caso de fallecer durante su viaje, protegerían a su pequeña hija, todavía un bebé, y que le guardarían el trono para cuando se hiciera mayor.

Pero el rey todavía no tenía decidido a cuál de ellos nombraría primer ministro. Uno le parecía demasiado viejo, el otro demasiado joven, el tercero demasiado impaciente, el cuarto demasiado lento, el quinto demasiado atrevido y el sexto demasiado cobarde.

Una noche, acostado en la cama, pensaba a quién debía elegir cuando vio asomarse, entre los pliegues de las cortinas de la alcoba, una figura:

—¿Quién eres? —preguntó sorprendido.

—Soy la ninfa del castillo. He vivido aquí durante muchos reinados y siempre he intentado ayudar a la persona que reinaba en los momentos difíciles. Ahora lo haré contigo. Apoya la cabeza en la almohada.

A continuación, la ninfa sopló en el rostro del monarca y él se quedó dormido y empezó a soñar.

Soñaba que ya había partido y que estaba lejos, muy lejos de casa. Pero, a pesar de eso, podía ver lo que ocurría en su reino. Podía ver a sus ministros discutiendo. Solamente uno permanecía tranquilo e intentaba calmar la disputa.

Después, el rey los vio bajar a la cámara del tesoro y llenar sus bolsillos con oro. Solamente uno no rozó siquiera los baúles, sino que por el contrario intentaba impedir que los demás robaran.

A continuación, vio cómo uno de los ministros, al frente de una multitud de guerreros, comunicaba la muerte del rey Helamund, se proclamaba a sí mismo monarca, metía en la cárcel al ministro fiel y encerraba a la pequeña princesa en la torre.

Mientras Helamund soñaba esto, se le llenaba la frente de sudor. Anhelaba abalanzarse sobre aquel traidor. En ese momento, despertó agitando salvajemente los brazos a su alrededor, pero se dio cuenta de que la ninfa estaba todavía a su lado y se calmó, porque comprendió que nada de aquello había sucedido en realidad. Pero al mismo tiempo se asustó. Quizás el sueño era un aviso de lo que podía suceder.

La ninfa afirmó con la cabeza, como si hubiera leído sus pensamientos, y dijo:

—Ya ves el poco valor que tienen a veces promesas y juramentos.

—Si por lo menos supiera quién era el ministro fiel. Pero no pude distinguir su cara. —Se lamentó el rey.

—Tampoco yo lo sé —dijo la ninfa del palacio—. Pero si quieres conocer mejor a tus consejeros, te puedo ayudar. Invítalos mañana a pasear en tu barca por el río, pero tú no vayas. Tú y yo nos encontraremos en el embarcadero que hay en el bosque.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al día siguiente. el rey siguió el consejo de la ninfa e invitó a sus consejeros a pasear en su barca por el río y él cabalgó solo hasta el embarcadero, donde ya lo esperaba la ninfa del palacio.

La ninfa contempló a Helamund con sus ojos profundos y recitó:

Rey como tú no hubo jamás,

pero con mi magia mendigo serás.

El rey sintió entonces que se transformaba. Su cuerpo perdió esbeltez; sus ricos ropajes quedaron convertidos en harapos, su pelo y su barba se enmarañaron y su mano, en lugar de la espada, empuñó un hacha.

—¿Qué me has hecho? —exclamó Helamund asustado.

—No te asustes —dijo la ninfa—, pronto recuperarás tu aspecto normal.

Y recitó de nuevo:

Casucha pobre y pequeña

emerge de la tierra.

Y del suelo salió una cabaña de madera con el tejado cubierto de musgo.

—Ahora escucha —dijo la ninfa—: tú eres un pobre leñador y esta es tu casa. Dentro de un rato, salvarás a tus consejeros y, a cambio, tendrás ocasión de pedirles algo. Pídeles que te honren con su presencia en la fiesta que darás dentro de tres días a la puesta del sol.

Dicho esto, la ninfa desapareció.

Al poco, Helamund oyó gritos. Un remolino de viento agitaba tan fuerte la embarcación real, que parecía que el río se la iba a tragar junto a todos los pasajeros.

Sin pensarlo, el rey se lanzó al agua, nadó hasta la barca, que ya estaba medio hundida, se encaramó a ella y, remando, la llevó, hasta la orilla.

Con el miedo reflejándose aún en sus caras, los consejeros dieron las gracias a su salvador e insistieron en recompensarlo por su valentía.

—Dinos qué quieres. Sea lo que sea cumpliremos tu deseo.

Helamund recordó las palabras de la ninfa del castillo.

—Aunque soy un hombre pobre e insignificante, dentro de tres días, a la puesta del sol, celebraré una fiesta para algunos amigos y vecinos aquí, en mi humilde casa, y desearía contar con vuestra presencia.

Los consejeros se rieron.

—¿Puedes pedir lo que sea y solo deseas que asistamos a tu fiesta? —preguntaron.

—Sí, eso es todo —contestó Helamund.

Los consejeros seguían riendo, pero cada uno de ellos le dio la mano y prometió cumplir el compromiso.

Los seis se alejaron. El rey recuperó su aspecto y regresó a palacio.

Durante los dos días siguientes nada pasó, pero a la noche del segundo día, la ninfa de palacio volvió a visitar al rey:

—Rey Helamund, mañana darás una gran fiesta a la que invitarás a la corte entera, incluidos tus seis consejeros.

—Pero ellos se han comprometido con el leñador —-dijo el rey.

—Precisamente por eso —respondió la ninfa antes de volver a desaparecer.

Helamund se quedó pensativo, pero, poco a poco, comprendió qué debía hacer.

A la mañana siguiente, envió las invitaciones para la fiesta, que empezaría a la puesta del sol.

Puntualmente, a esa hora, la sala del palacio estaba abarrotada.

El rey entró y miró a su alrededor buscando a sus consejeros. Y, efectivamente, allí estaban todos saludándolo sumisamente. No habían hecho caso a la invitación del leñador. Pero al contarlos, se dio cuenta de que faltaba uno.

—No veo a Ismaril.

—Majestad, Ismaril ha mandado un mensaje diciendo que no podrá asistir a la fiesta porque se había comprometido anteriormente con otra persona —contestó el gran chambelán.

El rey se estiró y frunció las cejas, como si se hubiera puesto furioso.

—¿Alguien puede decirme quién es esa persona tan sumamente importante para que él prefiera honrarla con su presencia en vez de estar con su rey? —preguntó.

Los cinco consejeros se miraron entre sí, dudando de cómo debían contestar. Sin embargo, como en secreto tenían celos de Ismaril, no podían desaprovechar la ocasión de echar leña al fuego. Se acercaron al rey, hicieron una reverencia todos a la vez, y le contaron lo que les había sucedido y la estúpida promesa que habían hecho al leñador.

Entonces el rey llamó a un par de soldados y les ordenó:

—iBuscad al consejero Ismaril y traedlo aquí inmediatamente!

Los soldados se marcharon y la fiesta comenzó.

No hacía ni una hora de su marcha, cuando regresaron con el consejero, al que habían encontrado errando por el bosque buscando en vano la casita.

Ismaril, con la cabeza alta y sin demostrar temor, cruzó la sala hasta la presencia del rey, que permanecía sentado con la barbilla apoyada en la mano mirándolo detenidamente.

— iAsí que —dijo el rey— desprecias mi fiesta por ir a la de un leñador!

Ismaril lo miró fijamente a los ojos.

—Lo había prometido —dijo.

El rey se quedó callado un instante.

—¿Das más mérito a la invitación de un simple leñador que a una convocatoria mía? —continuó.

—Lo había prometido —insistió el consejero.

El rey levantó la cabeza.

—Quieres decir con esto que una promesa contraída con el más humilde de mis súbditos es más importante para ti que tener mi favor y gracia.

Ismaril también levantó la cabeza.

—Sí, señor —dijo.

Entonces, el rey se puso de pie y preguntó en voz alta a los invitados:

—¿Qué castigo opináis que merece?

Pero los cortesanos solamente murmuraron, susurraron y bajaron la vista.

—¿No contestáis? Entonces yo le daré el castigo que en mi opinión se merece —dijo el rey.

Helamund bajó del trono, se acercó a Ismaril y le dio un gran abrazo. A continuación, puso a la princesa en brazos de su consejero.

—Ismaril, en este acto te nombro primer ministro, porque en ti he hallado a alguien que prefiere cumplir una promesa dada antes que obtener gracia y honores. Sé que puedo confiar en ti. Dejo en tus manos mi reino, mi vida y a mi hija, lo más preciado que poseo.

FIN